Saber de dónde venimos (Parte 3)

Surcando maresVI. El sentido de la conquista.

Vicente Sierra en su Historia de la Argentina resalta un aspecto que es de suma importancia para quien quiera comprender el sentido de la conquista de América especialmente de estas lejanas latitudes… lejanas de las cortes europeas… lejanas de las cortes aztecas o incaicas. Enseña Sierra que el análisis de los hechos en los primeros años de la conquista del Río de la Plata «demuestra la intención de la corona de realizar lo que no había sido posible en otras partes del continente: una colonización inspirada en afanes misionales. La falta de riquezas mineras, la “pobreza de la tierra”, como entonces se dijo, explican que la codicia no encontrase en esta parte de América los mismos acicates que en Nueva España y el Perú, donde los hechos sucedieron con mayor rapidez que la legislación destinada a encausarlos»[1]. El estudio de las capitulaciones dadas para el Río de la Plata revela hasta qué punto fue haciéndose cada vez más imperativo el afán misionero. Así acercándonos a la fecha que nos interesa, la de fundación de Santa Fe, la corona capituló con Juan Ortiz de Zárate, en 1569, estable­ciendo que el rey deseaba «la población, instrucción y conversión de los naturales de las provincias de Indias a nuestra santa Fe Católica, teniendo delante el bien y salvación de las ánimas, como por la Santa Iglesia Romana se nos ha encargado»[2].

En este contexto se ubica la vida y origen de nuestro propio pueblo. San Rafael fundada como un fuerte de avanzada en 1805, será una de las últimas poblaciones hispánicas en América. El conocido texto del Parla­mento del Diamante del 1 y 2 de abril de 1805 celebrado entre el Coman­dante Miguel Telles Meneses y 23 caciques y 11 capitanejos pehuenches entre los doce artículos que resumen el acuerdo expresa en el cuarto: «Se conformaron en que se funde Capilla de que sea párroco el Padre Fray Francisco Inalicán para instruir a los que deseen abrazar nuestra religión»… Un sitio alejado de los centros importantes, tanto la vida militar como la civil estaban signadas por la pobreza. Véase como ejemplo de esto la carta que Fray Francisco Inalicán, Capellán del Fuerte y Párroco a pedido de los indígenas del lugar[3], dirige al Gobernador Intendente en 1816. En el mismo solicita para algunos vecinos nuevos que han llegado al Fuerte, pro­cedentes de Chile, que el Gobierno les facilite «palas, hachas y azadones, para la dirección de las acequias». También pide granos de maíz o trigo para sembrar «y una res cada mes para que se les reparta en raciones, y puedan diferenciar el sustento siquiera aquel día». Y aún agrega, «Señor: aquellos pobres vecinos que existen no tienen cómo poderlos socorrer y aliviarles sus urgencias, porque son pobres»[4]. Al final de la carta aclara que sería suficiente con seis palas, seis hachas y seis azadones. Huelgan las palabras, sólo hay que imaginar la máxima austeridad con que vivían aquellos primeros pobladores. Narciso Sosa Morales, el historiador de la Villa Vieja, se refiere a estos como los audaces primeros pobladores, que surcaron la tierra con sus arados de palo para sembrar trigales y maizales, y abrieron así el camino del progreso, a cuesta de sus esfuerzos, de sus vidas, sacrificios y vicisitudes[5].

Años más tarde fue nombrado Jefe de la Frontera Sur el Coronel Ma­nuel Olascoaga. Este Cnel. en su larga actuación militar logró tener tal as­cendiente entre sus soldados que cuando hizo el llamado para formar su regimiento que debiera trasladarse a las entonces inhospitalarias tierras de San Rafael, se cubrieron enseguida sus plazas, prometiendo licenciarlos a los 6 meses. Transcurrido ese tiempo, Olascoaga expresó a sus soldados que estaban todos licenciados, ante lo cual todos respondieron que continua­rían a su lado. Más aún cuando llegaron los fondos para pagar a las tropas, el dinero fue devuelto en razón de que todos se quedaban como volunta­rios. Muchas obras se hicieron entonces, especialmente las obras de riego necesarias para poner en valor a las tierras.

Una colonización inspirada en afanes misionales. Esto no significa que la obra de España en América fuera perfecta, pero sí debemos reco­nocer que los ideales que la inspiraron fueron nobles y rectos. Rómulo Carbia, uno de los iniciadores de la Nueva Escuela Histórica Argentina, escribió en 1943 una obra que por su minuciosidad aún hoy no puede pa­sarse por alto. Me refiero a la Historia de la Leyenda Negra Hispanoamericana. En este enjundioso estudio el autor revela el origen, difusión y explotación de la Leyenda Negra. En él, con absoluta lealtad y seriedad científica (cosas que no siempre suelen demostrar otras corrientes historiográficas), admite que la historia de la conquista de América no está limpia de actos de vio­lencia, pero asevera que lo que no puede admitirse es que ellos constituyan lo vertebral de todas las jornadas o que estas obedezcan a una especie de sistematización de la crueldad, calculada y dirigida desde arriba. «Obra de hombres, la Conquista fue como tal un conjunto de acciones diversas en las que, desde luego, no predominaron la perversidad y el dolo. Hechos inicuos los hubo, más o menos repudiables según sea la posición espiritual de quien los juzga, y más o menos explicables también, según sea, a la vez, la comprensión que se tenga de la época y del lugar geográfico en que se consumaron»[6].

En este sentido Vicente Sierra comenta haciendo un balance del pri­mer siglo de la presencia de España en América y refiriéndose al Río de la Plata que el relato de los hechos ocurridos durante el siglo XVI, en que se cierra el ciclo que denomina conquista y población de la tierra argentina, ofrece un cuadro abundante de anormalidades, «en el que las pasiones de los hombres sobresalen de tal modo que la lectura superficial podría mo­tivar una falsa idea del carácter de la gran empresa». Las cosas no podían ocurrir de otra manera, los protagonistas de estos hechos aparecen a veces tras el logro de beneficios personales y otras impelidos por grandes ideales. El ser moral español, reflexiona el autor, está constituido en esa perma­nente contradicción que exaltaba la magnitud de la empresa de Indias y las sorpresas que su vasto escenario ofrecía. Pero en medio de todo esto hay algo que asombra: el tacto con que la corona rige la empresa y la influencia de las decisiones legales sobre los pobladores.

España se propuso forjar un Nuevo Mundo con lo mejor de su ser, de su espíritu, de su moral y su estilo en un proceso de mutua asimilación que dio a luz formas nuevas creadoras de la Hispanidad −enseña Ramiro de Maeztu. No quiso que su cultura fuera trasplantada a América como flor de invernáculo, a la que habría que cuidar celosamente para que sus raíces no se secaran. Buscó asimilar hombres y ser asimilada por los hombres. Podrán crearse formas locales, es decir una cultura argentina, mejicana, peruana… pero lo que ninguna podrá dejar de ser, es retoño de la cultura hispánica. Como dice el poeta: España es «esa niña perdida y hallada en el templo de América».

Por eso América es retoño del tronco español. Por eso la Macarena llegó a América y se vistió de Guadalupe. Por eso la jota cordobesa y las castañuelas se volvieron aquí cueca, zamba y chacarera. Por eso Don Qui­jote desembarcó en América y se hizo Martín Fierro o Segundo Sombra. Por eso América sigue hablando, creando, sufriendo y viviendo en español. Con la misma entraña y estilo de España y con esa vena heroica y militante propia del espíritu hispánico. Y por eso la historia de Colón, como escribie­ra don Julio Irazusta, es tan nuestra como lo es la de España porque es la de los que fueron compatriotas y hoy son hermanos de raza. Porque por me­dio de Colón y de España recibimos lo mejor de la tradición espiritual de Occidente, que aún hoy tiene un nombre, y ese nombre es: Hispanidad.

VII. Decadencia

Lamentablemente fueron los propios españoles los que se alejaron del significado, del símbolo que expresa arquitectónicamente el castillo de los Austrias construido por Felipe II, siguiendo las instrucciones de su padre en El Escorial, símbolo de una fortaleza, del castillo interior sin ningún lujo, inconmovible en su austeridad de piedra y ángulos rectos. Contraste con el Palacio de Oriente con sus salas lujosas, sus espacios dorados, su imitación versallesca. Es la expresión arquitectónica de esa decadencia, de la pérdida de esos valores que dieron unidad y base firme al imperio.

El sabio imperio de los Austrias había trasladado a los rincones de su imperio sus instituciones de libertad comunal, como los cabildos abiertos. Fue una «teodemocracia», asentada en la donación papal. En cambio los afrancesados Borbones fundaron su derecho de patronato no sobre la con­cesión papal sino en su soberanía personal.

Como era de esperar este esquema entró en crisis y no hubo forma de restaurar un imperio que estaba fallando por su esencia. Cuando se produce la crítica situación a comienzos del siglo XIX se produce la ruptura del principio de unidad, representado en la persona del rey.

Conclusión

Hace más de medio siglo, en 1937, en épocas tan sombrías como las que actualmente vive la Argentina, en plena época borrascosa definida por sus protagonistas como la «década infame», vio la luz una obra que, a partir de una profunda reflexión puso de manifiesto el enfrentamiento inevita­ble entre dos clases de Argentinas contrapuestas e inconciliables: la visible y la invisible. Quería Eduardo Mallea, con estos calificativos definir dos tipos humanos opuestos identificando al primero con el follaje, la repre­sentación, la inautenticidad, la falsedad como norma y expresión de vida. Mientras que el otro, el del argentino invisible es el del hombre que vive en esta tierra, «que la prueba, la hiere, la trabaja y la fertiliza… un hombre casi sumergido en el secreto de su labor». Es ese hombre en el que hay hombría, o sea humanidad sustancial. «Hasta sus manos son raíces». Es ese hombre en el que Mallea advierte la «secuela española, colonial, jesuítica, todavía no alterada o deformada por la bárbara venida de una invasión sin genio original, confusa, caótica». Y en esos hombres encuentra algo propio y peculiar, un sentido de la existencia al que llama «exaltación severa de la vida». Asegura haberse detenido mucho alrededor de esta idea y que cada vez le parece más cargada de verdad esta expresión: «Exaltación, y exalta­ción severa, y exaltación severa de la vida. No sé cuál de las tres palabras -confiesa Mallea- me parece más digna ni cuál más importante en la uni­dad de su movimiento». Porque la palabra exaltación entraña en sí misma el acto de elevar. Y este acto de elevarse, de elevarse por una idea, por una experiencia, por una fe, el poder exaltarse es la categoría que más distingue al hombre del resto de las especies vivas. Exaltarse es generalmente un acto espiritual, y «si a esto se agrega la circunstancia de la severidad -es decir: de ánimo que piensa sin trivialidad y obra consiguientemente- …es exaltación trascendente». Esos argentinos invisibles que Mallea ha visto a lo largo y a lo ancho del país, debajo de esa corrupción y esa farolería mediática de la argentina visible, esos los auténticos son los que han continuado el espí­ritu de aquellos que «hicieron» este país. Porque la historia de América es «la historia del hombre ante la rebeldía del espacio». Es la obra espiritual, material, política de creación. Y la categoría espiritual de esos hombres es la misma en todos los casos: «la exaltación severa de la vida» en medio «del infortunio, del mal o del bien circundante, del fracaso o del gozo, de la repentina contingencia, cualquiera fuera el desastre o el éxito»[7].

Si algo relumbra en la conquista española de los territorios del Río de la Plata, si algo resplandece es justamente ese espíritu, esa exaltación severa de la vida, esa obstinación en vencer al medio salvaje y natural, esa búsque­da sostenida de un ideal espiritual, en parajes inhóspitos donde no había riquezas minerales, donde «la pobreza de la tierra» no alentaba la codicia como en otros sitios de América. Ignacio Anzoátegui hablándonos del hé­roe hispánico en la figura de don Pedro de Mendoza, nos dice, con pluma grácil y a la vez precisa, que la conquista de América no fue la empresa co­mercial de un grupo de buscadores de oro, sino la empresa de la redención espiritual de un pueblo de héroes: de un pueblo de héroes que necesitaba de una nueva Cruzada para dar rienda suelta a su vocación de heroísmo… «La conquista de América no fue un lujoso desfile de héroes con espadas brillantes ni fue la parada militar de los uniformes con colores de calcoma­nía. La conquista de América fue la conquista de las espadas ennegrecidas en la sangre de la reconquista de España y los uniformes quemados por la sal mordiente de la travesía. No fue el velero limpio que se desliza sobre las aguas planchadas sino la carabela miserable que iba pechando las olas con un motín de viento en el velamen. No fue el casco luciente ni la pica pla­teada sino el casco abollado y la pica cruzada del dolor de los músculos he­ridos. La conquista de América fue el barullo de los corazones y las espadas, cuando las espadas y los corazones se movían en las manos de los hombres y redoblaban en los pechos de los hombres. Fue la empresa de heroísmo de los tiempos en que la vida servía para la muerte… Venían todos los que te­nían una esperanza de salvación en América. Venían a América para fundar en ella el reinado de Cristo. Traían su vida para darla por la vida de América y traían su muerte para darla también por la vida de América, traían su vida y su muerte para darlas en la conquista de Dios»[8].

Una verdad inapelable para quien quiera adentrarse en la historia es: que es necesario despojarse de ópticas actuales para juzgar antiguas cir­cunstancias. El primer esfuerzo que es menester, es abrir los ojos del alma para penetrar en el sentido de los grandes procesos históricos. Desde las apetencias materiales, desde las pasiones del alma, desde la mera ansia de figuración no es posible comprender los sucesos americanos después de la llegada de Colón y con él de todo un pueblo de cruzados. Porque desde esa perspectiva sólo es posible hurgar con morboso placer en los puntos oscu­ros de la epopeya americana que, como en toda obra humana, ciertamente los hubo. Pero es imposible captar el sentido profundo de los estos sucesos como es imposible comprender esa «exaltación severa de la vida», al decir de Mallea, que inspiraba la obra.

Si lo que inspira la conquista es el colonialismo imperialista hay mu­chos eslabones que quedan perdidos y no encuentran coherente explica­ción. ¿Por qué proseguir en el empeño en lugares inhóspitos como el Río de la Plata cuando ya es visto que no hay demasiadas riquezas por extraer? Porque el potencial y gran riqueza agropecuaria rioplatense se escapa a la visión de los hombres del siglo XVI que aún tenían otro concepto eco­nómico de la riqueza. Entonces si no hay riquezas en estos lares ¿por qué seguir aquí?

Es que si, por el contrario, lo que inspira a España es lo mismo que había guiado su acción durante los setecientos setenta años que van desde Covadonga a Granada… Si lo que inspira a España es lo mismo que había obsesionado a Colón: la búsqueda de una nueva ruta para continuar la cruzada… Si lo que inspira a España es lo mismo que conduce a sus tropas en las luchas europeas por la defensa y expansión de la Fe y la defensa del ideal de la Cristiandad occidental… Si esto es así, el problema histórico se modifica sustancialmente. Si reconocemos en la empresa hispánica ese ca­rácter de cruzada, la vigencia de las normas del derecho natural en las rela­ciones entre conquistadores y conquistados era ineludible y por lo mismo exigía el transplante de los conceptos de libertad cristiana que el español del siglo XVI poseía[9].

Y es desde esta perspectiva donde todo cobra sentido, aún la prédica constante de los detractores de la obra hispánica. Porque lo que buscan en definitiva desde un materialismo mundialista es que «nos avergonce­mos y arrepintamos de nuestros momentos fundacionales, para que sobre el remordimiento y la humillación por ser criollos, católicos e hispáni­cos aceptemos gustosos la extranjería expoliadora y usurera»[10]. Querer ser otros es ya querer no ser, decía don Ramiro de Maeztu, y por eso decía también que la culpable del antihispanismo americano es la propia España que dejó de creer en su ideal[11]. España que dejó de ser la España de los grandes ideales para ser la España afrancesada gobernada no por reyes sino por cortesanos.

Entender la conquista de América en su sentido misional permite comprender cómo cada detalle se enlaza y cobra coherencia en el conjunto. Así hasta el estilo urbanístico americano se entiende desde el espíritu que lo ordenaba. Por ello canta el poeta chileno:

 

Toda en ángulos rectos los tuyos te querían

toda en cuadras iguales:

tal como Ercilla y Oña severos componían

sus poemas heroicos en octavas reales[12].

 

Se entiende entonces al Escorial construido por Juan de Herrera que representa el espíritu de la España de Felipe II… Se entiende entonces que la sublime y severa elevación de las figuras del Greco expresan lo mismo que la traza regular, jerárquica y disciplinada de la ciudad americana.

Es que, como bellamente escribe Ignacio Anzoátegui, «la fundación de una ciudad no era simplemente la construcción de unas casas alrededor de una iglesia: era el acto de soberanía de un hombre sobre un pedazo de la tierra. Era la ceremonia de cortar el pasto con la espada y de clavar el estan­darte y de hincar la rodilla delante de la Cruz; era el sentido de la soberanía que entraba por los sentidos para que el hombre no se olvidara de la dig­nidad pública de su soberanía. Era el trazado de las calles con el filo de la espada para defender su honor y para imponer justicia entre los hombres. Era el cuerpo del fundador arañado por la selva y era el alma del fundador destrozada por la soledad de los caminos. Era el peligro que acechaba y era la noche grandiosa de las estrellas florecidas y la noche tironeada por el alarido del salvaje. Era la travesía y la llegada, la epilepsia del mar y la enemiga soledad de la tierra. Y era la vida de los fundadores ofrecida por la vida de la ciudad. La fundación de la ciudad era el paso de la Conquista que se afirmaba en un punto de la tierra de América para dar otro paso. No era la simple satisfacción de dejar una ciudad fundada, sino la inquieta realización de un destino jalonado por fundaciones. No era tampoco la fría fundación de un puesto militar de la Conquista: era España entera que se quedaba en la ciudad fundada. Era el pueblo de España y eran la religión y la justicia y el pecado y el heroísmo y la miseria españolas que se quedaban a vivir en América»[13]. Por eso no entienden nada de este espíritu los que ven a la ciudad como un acto de prepotencia absolutista de un Rey con afanes de imperialismo colonial y espíritu renacentista. No entienden ni ven la coherencia entre política, sociedad y cultura de una España que vive en América del mismo modo que en la península.

Es otro el afán que orienta la idea imperial de España. No es el impe­rialismo capitalista de expoliación de las colonias. Esos eran otros tiempos… Los tiempos en que en Los Álamos había una misión franciscana en vez de un laboratorio destructor para producir la bomba atómica. Eran tiempos en que lo que brillaba era ese espíritu de la vida que Mallea llama «invisible». Donde el ideal caballeresco era el de Hernando Arias de Saavedra fundado en el servicio, la jerarquía y la hermandad. Esos mismos ideales que vemos brillar en los auténticos protagonistas de la revolución de Mayo.

Si se ha podido omitir o desviar la atención de los verdaderos hechos es porque deliberadamente se intenta cambiar nuestra historia…

Por eso urge recuperar nuestra verdadera historia. Por eso debemos escuchar con atención las palabras de Fray Francisco de Paula Castañeda, en su «Sermón Patriótico», en la Catedral de Buenos Aires el 25 de mayo de 1815, cuando comenzó diciendo: «Nuestra revolución, el día veinticinco de Mayo, fue un acto heroico en la sustancia, heroico en las circunstancias, heroico en la intención y mucho más heroico en su ejecución y exacto cumplimiento».

Dado que el heroísmo es una gran virtud humana, es justamente lo opuesto al ideologismo, gran defecto humano y gran defecto de nuestro tiempo. Y si como decía Chesterton en Santo Tomas de Aquino cada genera­ción es convertida por el santo que más la contradice[14], es esa notable virtud, la del patriotismo heroico, la que debe golpear en nuestras inteligencias y corazones. Debemos anidar en nuestros corazones aquel testamento de Cornelio Saavedra, verdadero imperativo para los argentinos de bien: «…espero sabrán… ser buenos ciudadanos y servidores de su Patria, por cuya conservación en su libertad e independencia de toda dominación extranjera, les ruego con el mayor encarecimiento prodiguen no sólo sus bienes sino también sus vidas, y en la última vez que les hablo les pido no abandonen la Santa Religión de sus mayores».

Porque la argentinidad es fruto de generaciones, por eso es algo que se recibe, se cuida, se transmite, se re-crea, se construye y se proyecta día a día. Para hacerlo, se parte de lo que se es, como el árbol crece nutriéndose desde sus raíces. Que no nos engañen los que han hecho de la Argentina un botín de guerra para usufructo personal y de sus mandantes extranjeros. Mientras la Argentina no vuelva sus pasos por el camino de los valores fun­dacionales (Dios, Patria, hombría de bien, generosidad, verdadera herman­dad) será difícil que podamos superar las muchas crisis que nos afectan, ya que la raíz de todas ellas es la miseria moral.

A ser héroes, por tanto, que es lo que la Patria necesita.

___________________________________________________________

Fuente: “Diálogo”. Año 14. Segunda época. Nº 52. Diciembre 2009. Páginas 157 a 166. Prof. Andrea Greco de Álvarez.


[1] V. Sierra, Historia de la Argentina, t. I Conquista y población (1492-1600). Buenos Aires, U.D.E.L., 331-332.

[2] V. Sierra, Historia de la Argentina, t. I Conquista…, 333.

[3] Archivo Histórico de Mendoza, A.H.M. Est. 30, doc. 49, 3/5/1805

[4] A.H.M. Época Independiente, Sección Gobierno, Departamento de San Rafael, Carp. 592, doc. 2, 1816.

[5] N. Sosa Morales, Historia de un pueblo; La Villa Vieja. Museo de Historia Natural, San Rafael, Mendoza 1979, 35.159 hacia los 200 años.

[6] R. Carbia, Historia de la Leyenda…, 28.

[7] E. Mallea, Historia de una pasión argentina, Sudamericana, Buenos Aires 1995. 20, 88-94.

[8] I. B. Anzoátegui, Mendoza o el héroe, en: Tres ensayos españoles, Nueva Hispanidad, Buenos Aires 2000, 11.15. 163 hacia los 200 años

 

[9] V. Sierra, Así se hizo América, Dictio, Buenos Aires 1977

[10] A. Caponnetto, Hispanidad y Leyendas Negras. Cruzamante, Buenos Aires 1989, 152.

[11] R. de Maeztu, Defensa de…, 152.

[12] E. Diez Canedo, Ciudad Medida, en: A. Zapata Gollán, La urbanización… Op. cit., p. 23.

[13] I. B. Anzoátegui, Mendoza o el héroe…, 20-21.

[14] Cf. G. K. Chesterton, Santo Tomás de Aquino, Carlos Lol

Anuncios