Santísima Trinidad

16 Porque así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna[1]. 17 Porque no envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo[2], sino para que el mundo por Él sea salvo. 18 Quien cree en, Él, no es juzgado, mas quien no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

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Comentario de Mons. Straubinger

[1] 16. “Este versículo, que encierra la revelación más importante de toda la Biblia, debiera ser lo primero que se diese a conocer a los niños y catecúmenos. Más y mejor que cualquier noción abstracta, él contiene en esencia y síntesis tanto el misterio de la Trinidad cuanto el misterio de la Redención” (Mons. Keppler). Dios nos amó primero (1 Jn. 4, 19), y sin que le hubiésemos dado prueba de nuestro amor. “¡Oh, cuán verdadero es el amor de esta Majestad divina que al amarnos no busca sus propios intereses!” (S. Bernardo). Hasta dar su Hijo único en quien tiene todo su amor que es el Espíritu Santo (Mt. 17, 5), para que vivamos por Él (1 Jn. 4, 9).

[2] 17. Para juzgar al mundo: Véase 5, 22 y nota.

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Comentario de  San Efrén (c. 306-373), diácono en Siria, doctor de la Iglesia.

Himno a la Trinidad

«Un solo Dios, un solo Señor, en la trinidad de personas y en unidad de su naturaleza» (Prefacio)

Refrán: ¡Bendito sea el que te envía!

Toma como símbolos el sol para el Padre
para el Hijo, la luz,
y para el Espíritu Santo, el calor.

Aunque sea un solo ser, es una trinidad
lo que se percibe en él.
Captar al inexplicable, ¿quién lo puede hacer?

Este único es múltiple: uno formado de tres,
y tres no forman sino uno,
¡gran misterio y maravilla manifestada!

El sol es distinto de sus rayos
aunque estén unidos a él;
sus rayos también son el sol.

Pero nadie habla, sin embargo, de dos soles,
aunque los rayos
son también el sol aquí abajo.

Tampoco nosotros decimos que habría dos Dioses.
Dios, Nuestro Señor, lo es,
también él, por encima de lo creado.

¿Quién puede enseñar cómo y dónde le está unido
el rayo al sol,
así como su calor, siendo libres.

No están ni separados ni se confunden,
unidos aunque distintos,
libres pero unidos, ¡oh maravilla!

¿Quién puede, escrutándolos, tener poder sobre ellos?
¿Y, sin embargo, no son ellos,
aparentemente tan simples, tan fáciles?

Mientras que el sol permanece todo él arriba,
su claridad, su calor,
son, un símbolo claro para los de aquí abajo.

Sí, sus rayos llegan hasta la tierra
y se quedan en nuestros ojos
como si revistieran nuestra carne.

Cuando nuestros ojos se cierran en el momento del sueño
como a unos muertos, los abandona,
a ellos que seguidamente se desvelarán.

Y cómo la luz entra en el ojo,
nadie lo puede comprender.
Así Nuestro Señor en el seno…

De esta manera Nuestro Señor se ha revestido de un cuerpo
con toda su debilidad,
para venir a santificar al universo.

Pero cuando el rayo vuelve a su fuente,
nunca ha estado
separado del que lo engendró.

Deja su calor para los que están abajo,
como Nuestro Señor
ha dejado el Espíritu Santo a los discípulos.

¡Contempla estas imágenes en el mundo creado,
y no dudarás,
en cuanto a los Tres, porque sino te pierdes!

Lo que estaba oscuro te lo he hecho claro:
cómo los tres hacen uno,
trinidad que no forma sino una esencia.

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Comentario del P. Diego de Jesús DIOS SOLO SE BASTA

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