Algunas consideraciones para la crianza de los niños

A diferencia de la enseñanza que reposa en métodos, en técnicas y en el esfuerzo cognoscente, la crianza se basa en hábitos. Ésta es puramente formativa: forma la persona total o integral. Se basa más en el ejemplo, en el trato humano, en el conocimiento por connaturalidad. En ella juegan un papel decisivo los afectos, la sangre, el suelo; o dicho de otro modo: la familia, la herencia, la patria. La crianza es una educación hecha “a medida” de la persona; trata de sacar lo mejor de sus aptitudes naturales. Por tal motivo una educación que se permita prescindir de la crianza es una educación en crisis.

A este respecto daremos algunas consideraciones, que no pretenden ser exhaustivas, sino tan sólo ejemplificadoras. Analógicamente, podemos decir que los niños son como los árboles, necesitan del aire, de la tierra, del agua y de la luz del sol. Sus manitas tienen que ser como las raíces del árbol: enraizadas en la tierra. En nuestro mundo de plástico, de ciudades de cemento, de edificios carentes de patios -y de la artificialidad de la televisión, el celular y la computadora- es imposible que crezca cualquier planta, y parece imposible que crezca un niño con ojos cargados de admiración, pues no hay nada que suscite despertar el anhelo por la belleza. Para que esto último acontezca, para que los niños sean un verdadero fruto fecundo necesitan la experiencia directa y diaria de los campos, los bosques, los arroyos, los lagos, los océanos, el pasto y la tierra.

Los niños deben acampar bajo las estrellas, jugar en el barro, construir sus casitas de maderas ingeniándose las puertas, el techo, las paredes, hasta la forma de calefaccionarla. Deben salir al encuentro de dragones y centauros, de princesas y de caballeros que luchan por la justa causa del bien. Así la vida, su vida, su existencia, será preciosa, será una aventura y nacerán en el asombro y serán humildes, porque se sabrán pequeños, y esta humildad los hará alabar:

Los cielos atestiguan la gloria de Dios;

y el firmamento predica las obras

que Él ha hecho.

Así en la Creación, tanto en el día como en la noche, podrán escuchar, en el misterioso lenguaje de su silencio, el mensaje que todas las cosas creadas se trasmiten unas a otras. Tendrán un corazón bien puesto que los hará diestros para el misterio y capaces de develar algo de lo que tras las cosas se oculta. Y en última instancia, un corazón bien puesto es un corazón puro, y lo propio del corazón puro, que hay que cultivar toda la vida, es ver a Dios.

Desde pequeños a los niños hay que enseñarles a disponerse hacia el bien, a ser virtuosos. Así como muchas veces los padres envían a sus niños a que le enseñen algún deporte, a tocar un instrumento, de la misma forma se le debe enseñar a ser virtuosos, pues la virtud es un hábito, es decir, se debe practicar constantemente; de la misma manera como asiduamente practicamos con la guitarra para mejorar la técnica, de un modo semejante, ha dicho Aristóteles practicando la justicia nos hacemos justos; practicando la moderación, moderados, y practicando la virilidad, viriles. Por nuestras transacciones con  los demás hombres nos hacemos justos o injustos. Así, el adquirir un modo de ser de tal o cual manera desde la juventud tiene no poca importancia, sino muchísima, o mejor, total.

Por otra parte, debemos darle importancia a la lectura de cuentos, para que en lugar de dormirse con el celular en la mano, se duerman con la ilusión de despertar durante el sueño en ese cuento de hadas que se les ha leído, que no es otra cosa que el país soleado del sentido común.

De igual manera hay que acostumbrarlos al trabajo, desde pequeños y según sus posibilidades. Acostumbrar a los niños a trabajar desde pequeños es, primero, enseñarles a sopesar el trabajo de los padres, pero al mismo tiempo es ayudarles a que sean fuertes y no sientan el esfuerzo como algo penoso, sino como el camino necesario para alcanzar el gozo. Fr. Petit de Murat tiene unas páginas memorables en El amanecer de los niños sobre este tema cargadas de sentido común. Una de ellas refiere a la importancia de que el varón trabaje con sus manos, dice:

“Comprarles cosas de carpintería. Que hachen leña. El niño necesita de esas cosas de ingenio. Hay que ver la inteligencia del niño como se agudiza, cuando tiene en las manos un serrucho y un formón, y tiene que trabajar la madera y hacer alguna cosa; ¡y uno se siente artista!”.

A este trabajo hay que impregnarle el sentido profundo y trascendental, cuya idea hay que impregnar en el niño.

Al mismo tiempo los niños deben alimentarse de las prácticas católicas tradicionales: el rezo del rosario, las visitas al Santísimo Sacramento, el Vía Crucis. La oración es vital, es la respiración del alma, es ese impulso del corazón, del cual hablaba Santa Teresita, esa sencilla mirada lanzada hacia el cielo, que es un grito de agradecimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría. Enseñar a rezar, en familia, pero también en la intimidad de su habitación y de su corazón, el Padrenuestro, el Ave María y la oración al Ángel de la Guarda es indispensable. Es indispensable, también, hacerle entender que la oración es un diálogo con una Persona y que esa Persona lo ama infinitamente.

Un peligro real son las liviandades de todo tipo en nuestra sociedad, que hace que muchos padres conserven a sus hijos en un recipiente herméticamente cerrado. Esto muchas veces es contraproducente. No hay que censurar y cortar, hay que educar su inteligencia y su voluntad para que sepan decidir como verdaderos varones y mujeres, distinguiendo el bien del mal. J. Senior al referirse a los adolescentes expresa certeramente:

“Denles una catequesis fuerte, sermones serios, buenos ejemplos y ejercicio físico. Gobiérnenlos con firmeza, pero no los enfermen: déjenlos leer los buenos libros ‘peligrosos’, y déjenlos practicar deportes ‘peligrosos’, como el rugby y el montañismo. La condición humana supone que alguno se quiebre una pierna y peque, pero en una familia católica bien equilibrada las caídas serán pocas y los cuerpos y las almas se recuperarán”.

Una verdadera familia cristiana es capaz de trastocar el vecindario. Y muchas familias cristianas son capaces de transfigurar el mundo. Encender el fuego del Hogar comienza en el corazón simplísimo de los esposos que se aman y luego se propaga en los hijos. Este fuego, alimentado por el amor de Cristo jamás se consumirá, es más, se extenderá y provocará un incendio. Un incendio de amor.

Aquí, en este verdadero Hogar cristiano, el Sembrador tiene buen suelo donde sembrar su semilla, la cual de manera invisible, en secreto y lentamente comienza a crecer y, naturalmente, no tiene más que una sola dirección: el Cielo.

 

José Gastón

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