Música que es nostalgia de la Belleza

Reflexiones a propósito de “Tristeza”, de Horacio “Chango” Spasiuk

Emil Cioran, el atormentado filósofo rumano nacido y muerto en el siglo XX, decía, glosando un sentido aforismo de Nietzsche, que toda verdadera música procede del llanto porque ha nacido de la nostalgia por el paraíso. Con estas palabras, el escéptico pensador rumano nos dio quizá la clave para entender por qué ciertas piezas musicales -aquellas fieles al dictado de las musas- hacen trepidar el corazón, parecen hablar ese indescifrable idioma cordial que la razón no entiende.

“Algo en uno se siente llamado”, dijo alguna vez el mismo Chango Spasiuk tratando de describir su propia vibración interior ante los tonos de una canción litoraleña que hablaba de un caballo alazán y de una niñez montando en pelo, entre yerbales, montes y olor a pan casero.

Moro, que no alazán, era el potro junto al que don Leopoldo Marechal vió, en pañales, a la metafísica, “Tempranamente, allá en el sur”. Y tordillo era el flete en el que don Atahualpa descubrió la cifra de la amistad, recorriendo sobre su ancho lomo esa tierra con espinillos que Dios creó “en un descanso de domingo”.

Moros, alazanes o tordillos, en el monte de tierra colorada o en la pampa dorada y oliva, a una y la misma epifanía asistían los ojos niños de los poetas aquí convocados. Por ello no llama la atención que, puesto a descifrar el idioma indescifrable en cuyo inasible horizonte semántico recibió aquel llamado, hablara Spasiuk, en aquel artículo, de la infancia. Desde aquí parecía provenir el llamado hecho audible en una canción litoraleña. Algunos años después y consagrado al mismo afán de desciframiento, compondrá y presentará el Chango, el chamamé “Tristeza”, y lo hará como quien ofrece la genciana rilkeana hallada en la cima de un monte de tierra colorada.

MIRADA INAUGURAL

En “Tristeza” nos parece encontrar los motivos fontales de la música del Chango. Algunas de sus profundas constelaciones melódicas reaparecen en “Mi pueblo, mi casa, la soledad”, y las verdades inefables que sus tonos revelan tornan con renovados matices en sus más emotivas producciones como “Camino”, “Pynandí”, “Mi sur”, “Búsqueda”.

Hablamos de motivos pero quizá todos sean reconducibles a uno que, como el télos aristotélico, es el originario y finalísimo: la -en palabras del mismo Spasiuk- “búsqueda desesperada de la belleza”. Lo cual es decir también afán por recuperar aquella mirada inaugural, por regresar al hogar de la infancia donde el contacto con la belleza era tan cercano y cotidiano como el olor a yerbales y a pan casero.

“Tristeza” tiene mucho de ese clamor del alma que busca sin descanso una belleza cuya revelación inacabada es herida, es ausencia y es llamado. Nos animamos a decir que esta pieza de Spasiuk nos habla -en una atmósfera serena en la que se adivina algo parecido a la esperanza- de la ausencia, de la pérdida, de la carencia, del naufragio. Y lo hace sin abaratar su tematización musical. Estas densas realidades son “presentadas”, son llevadas a su registro más pleno, en todo el hondo desgarramiento interior que implican. Pero la serenidad y la belleza con la que ese desgarramiento es ofrecido a nuestra percepción cordial, nos dice, nos sugiere, algo más. Como si frente a la perspectiva segura de un desgarramiento definitivo el compositor nos dijera, con el poeta, que el naufragio es la única ruta hacia la isla prometida.

LA INTUICION

En aquella inmortal ejecución realizada hace cuatro años en el Teatro Colón (y que conforma el que a nuestro modesto entender es el mejor trabajo discográfico de Spasiuk: Tierra Colorada en el Teatro Colón), la idea, la intuición nuclear, la concepción espiritual, en suma, el lógos de “Tristeza”, es presentado, sin preámbulos, al inicio mismo del concierto. Durante los diez segundos inaugurales suena, desnudo, el entrañable acordeón del Chango. Ese acordeón sierva, siempre al servicio de la intuición profunda de su ejecutante misionero. Alejada por igual del relleno simplón y del virtuosismo estéril. Donde todos los recursos técnicos son puestos al servicio de la idea, de la intuición, que preside y gobierna todo el desarrollo de la canción. Ese acordeón al servicio, en definitiva, de la música.

Su singular protagonismo en “Tristeza” se nos antoja vinculado, no sólo a la natural centralidad del instrumento ejecutado por el artista solista, sino a la sobrenatural virtud del sonido mismo del acordeón para hablar, por igual, el idioma de la tristeza y el de la alegría.

Su introducción desnuda, al iniciar la pieza sobre la que estamos meditando, nos hace entrar repentina pero suavemente en un clima de intimidad espiritual profunda. Una intimidad que es también comunión porque el Chango, descendiendo a las cisternas de su alma para encontrar allí el sonido y el significado inefable de la nostalgia (que procede del vocablo griego que designa al “regreso”), nos ofrece un espejo musical en el que descifrar el sentido de los desgarramientos más hondos de nuestra propia alma. Frente a ello, el oyente no puede sino conmoverse y estremecerse súbitamente, como si sintiera tocada la fibra más íntima y sensible de su tejido espiritual.

Así conmovido, así retratado, no llama la atención que al escuchar por primera vez “Tristeza”, el corazón vaya por delante “como madrina de tropilla”, adivinando los tonos que siguen, rememorando en esas notas inéditas una música ya conocida. De principio a fin, el corazón recorre un itinerario que no le es extraño aunque lo recorra por primera vez. Parece adivinar los recodos, las pendientes, los ascensos que se aproximan.

A poco andar, se hace nítido un sencillísimo y casi familiar rasguido litoraleño de guitarra que acompaña las notas de la tristeza. Con ese rasguido sereno acompañando el acordeón estas realidades y el registro más pleno de ellas que esta pieza nos da, son como enclavadas en el centro de nuestra vida cotidiana, de nuestra existencia desgarrada. Situados allí, y después de una exquisita transición, la pieza va ganando rápidamente en intensidad expresiva hasta llegar a su momento culmen en el que un violín adquiere el protagonismo diciéndonos algo como en secreto.
Hacia el final y como pendiente repentina abierta en el curso de un río torrentoso, el acordeón llena de sonido el silencio, asciende en intensidad expresiva y llegando casi al límite de su lamento, se sujeta deliberada y conclusivamente al cauce final de quietud que le ofrece el violín, recuperando así el registro del silencio…

Si, como agua de deshielo, nuestras lágrimas -esas que, según Marechal, acumulamos desde que fuimos concebidos- encuentran en piezas como “Tristeza” su cañada natural y su música escondida, no es porque esta composición de Spasiuk juegue a la melancolía imponiendo caprichosamente tonos menores a manera de diques y riachuelos. No. Ella encarna, por el contrario, los motivos más hondos del espíritu que busca desesperadamente la belleza. Del espíritu que, atado al destino eu-catastrófico de este mundo sublunar, canta en tono menor la efímera epifanía de esa belleza arrebatadora, llora en tono mayor su larga partida y emprende siempre de nuevo, en sinfonía de esperanza, el camino hacia su reencuentro definitivo.

Por estas razones es que frente a “Tristeza”, de Horacio Chango Spasiuk, nos hallamos frente a una pieza musical que encarna los motivos de toda obra artística que merece ser reconocida y que honra y jerarquiza nuestra cultura nacional.

 

Santiago H. Vázquez

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Visto en: La Prensa

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