El obispo Torras y Bages escribía, allá por 1892, que los españoles, que se libraron del error religioso y metafísico del protestantismo, se encuentran hoy sometidos al mismo error, pero en el ámbito de lo político y práctico: el liberalismo. Liberalismo que a criterio del purpurado encuentra sus raíces en la declaración de los derechos del hombre y en el Contrato Social de Rusó y que se encuentra encarnado en la constitución de las naciones modernas, frutos maduros de aquellos principios.

Claro lo tenía Donoso Cortés cuando en el comienzo de su obra cumbre el Ensayo afirma, en forma axiomática: “En toda cuestión política va envuelta una cuestión teológica”. El error político del liberalismo tiene su origen en el error protestante, en la herejía protestante, en el apartamiento de la verdadera doctrina. Por eso León XIII en su Inmortale Dei decía que este nuevo ordenamiento político se presenta como un derecho nuevo… en muchos aspectos opuesto no sólo al orden cristiano, sino también al orden natural”. En esta Encíclica el Sumo Pontífice expone que los principios revolucionarios son el contenido esencial de la modernidad. Respecto a esto va a decir con señera expresión Felix A. Lamas que

“la pugna entre el liberalismo y el socialismo es solo relativa, dentro de un marco común –la revolución-, que se reduce, en el fondo, a la oposición, fruto de la inercia, entre una etapa ya agotada del proceso y otra, pujante, que es a la que hoy le toca librar la batalla definitiva”.

Liberalismo y comunismo tienen diferencias accidentales, pero en lo sustancial son parte de un mismo proceso revolucionario que rompe con las estructuras fundamentales de la cosmovisión cristiana. Combaten la mismísima idea de Dios en todos los ámbitos de la sociedad. En definitiva toda revolución es la manifestación del “non serviam”, de la supresión de la Providencia, por la propia voluntad. Por lo dicho, cuando hoy vemos a muchos católicos compartir trinchera con los liberales para luchar contra el “marxismo cultural” nos da escalofríos, pues si hemos llegado a esta etapa es debido a la disolvente predica de los liberales de antaño. Se escucha la palmadita liberal sobre el hombro del católico que no se da cuenta que pronto esa palmadita se convertirá en un empujón a la fosa.

Por otra parte el liberalismo se presenta como una filosofía naturalista de la cual emana el rechazo categórico de lo sobrenatural como algo falso o imposible. Naturalismo que el Cardenal Pie llamo “el ejército de la última y radical herejía”. Los naturalistas, deificando a la naturaleza, rechazaron de plano la soberanía de Dios. Hacemos nuestra las palabras del citado Cardenal cuando expresa:

”El naturalismo, hijo de la herejía, es mucho más que una herejía: es el puro anticristianismo. La herejía niega uno o más dogmas; el naturalismo niega que haya dogmas, y que pueda haberlos. La herejía altera más o menos las relaciones divinas; el naturalismo niega que Dios sea revelador. La herejía expulsa a Dios de tal o cual porción de su reino; el naturalismo lo elimina del mundo y de la creación”.

Su fin, destronar a Cristo, expulsarlo de la vida social.

Por eso, y a forma de corolario, podemos advertir junto a Torras y Bages que el sistema político presente en las constituciones modernas del mundo occidental tiene que ser considerado prácticamente como responsable de la profunda descristianización de los pueblos en nuestro tiempo.

José Gastón