Con esta brevísima entrada damos por concluida la serie de artículos que tuvieron por temática la familia y la educación de los hijos.

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La familia, esa pequeña Iglesia doméstica, es para todo cristiano un alcázar a defender con la vida si fuera preciso, porque ella debe ser escuela de santidad. Si este alcázar cae, es eminente la destrucción moral y espiritual del hombre. O la familia es terreno bueno, o es terreno seco, árido, duro, pedregoso. Lo triste de todo esto es que la misma familia cristiana ha caído en cierta laxidad, tal vez, debido a los tiempos que corren, tiempos de confort. Pero si queremos formar un verdadero Hogar, escuela de santidad como hemos dicho, es menester volver a los paisajes alegres de la infancia, al agua y a la tierra, al trabajo y la oración, a la existencia profunda que extrae agua dulce de la fuente de la tradición, lo más noble que se nos ha legado. Así la tierra -el terreno del alma y también el Hogar-, es apta para que la semilla penetre en ella, crezca y dé fruto.

No basta defender, es menester conquistar, reconquistar. Que en cada corazón, en cada latido del corazón habite la nostalgia, la añoranza de un verdadero Hogar. Que el fuego del amor en donde padres e hijos se cobijan crezca y se haga inextinguible. Que toda nuestra vida sea sacrificada a restaurar-instaurar todas las cosas en Cristo.

Deseamos cerrar con un, aunque extenso, bellísimo párrafo de John Senior que merece ser leído y meditado una y otra vez:

“Es tiempo de regresar a esas condiciones en las cuales el ser humano puede crecer nuevamente, no solamente con aire puro y agua clara […], sino al aire y al agua naturales, a las flores y a los árboles, y, más importante aún, a los barrios y pueblos en los que podamos caminar a una velocidad humana normal, comprar en comercios amistosos donde el carnicero y el almacenero conozcan a sus clientes, enviar a nuestros hijos a colegios donde los padres conozcan a los maestros y los maestros amen su oficio y a sus alumnos.  Por supuesto, dado que somos humanos, podemos fallar; pero, porque podemos hablar entre nosotros, existe la posibilidad de que nos convirtamos en amigos y, aunque esto no resuelva la crisis mundial y la recesión económica, podremos vivir en hogares decentes aunque modestos, como familias […]”.

 

José Gastón