LLEVAMOS discurriendo sobre diversas cosas; pero ¿has dado en la cuenta de ¡o que con ello hemos hecho?

Cosas tiempo ha sabidas, pero que nos han parecido nuevas. Cosas mil veces vistas, que, contempladas a su verdadera luz, nos han descubierto su interior y revelado bellezas desconocidas. Hemos prestado atención, y ellas han roto a hablar. Nos hemos puesto en contacto con acciones ya antes a menudo usadas, las hemos hecho a conciencia, y sin más nos han entregado el secreto que guardaban.

Gran descubrimiento, por cierto. Pues a este tenor hemos de ir reconquistando lo que tiempo ha poseíamos, para que vuelva a ser realmente nuestro. Un ver exacto, un oír exacto y un obrar exacto es el supremo arte de aprender a ver y de llegar a saber. En tanto no lo conseguimos, todo permanece para nosotros mudo y oscuro; pero una vez logrado, las cosas se manifiestan como son; muestran su interior, y de ahí, de su esencia, va adquiriendo forma lo que de fuera aparece. Y comprobarás que precisamente las cosas más a la vista, las acciones cotidianas, encierran los secretos más profundos. En lo más simple se esconde el misterio más sublime.

Ejemplo tenemos en las gradas. Tantísimas veces como has andado por ellas, ¿reparaste una siquiera en lo que acontecía en ti mismo al subirlas? Porque realmente sucede algo en nosotros cuando ascendemos; sino que, de puro sutil y secreto, no lo advertimos.

Pues ahí se declara un profundo misterio. Uno de esos fenómenos que provienen de la raíz de nuestra naturaleza, enigmático, imposible de descifrar con la razón, pero que cualquiera lo entiende, por ser reacción nacida de lo más íntimo de nuestro ser.

No sólo el pie sube en las gradas, sino con él nuestro ser. También en espíritu subimos. Y hecho con recogimiento, presentimos vagamente la ascensión de aquella altura en que todo es grande y perfecto: el cielo donde Dios tiene su morada. Pero ya tocamos el misterio a que aludíamos.

¿Se halla Dios propiamente «arriba»? Para É1 no hay alto ni bajo. A Dios llegamos haciéndonos más puros, más sinceros y mejores. Pero ¿qué relación hay entre hacerse mejor y subir unas gradas, entre ser puro y estar en lo alto? Aquí huelgan las explicaciones. Nos es ingénito el considerar lo bajo como símbolo de mezquindad y malicia, lo alto como imagen de nobleza y bondad; y el subir con gravedad nos evoca la ascensión de nuestro ser hacia el «Altísimo», hacia Dios. No sabemos explicarlo, pero sentimos y vemos que así es.

Por eso, de la calle a la iglesia hay unas gradas, que parecen decir: «Vas arriba, a la casa de oración, cerca de Dios.» Y nuevamente las hay de la nave del templo al presbiterio, que sugieren: «Ahora entramos en el Santísimo» Y por fin otras, para llegar al altar. Y al subirlas, susurran al oído aquello que Dios dijo a Moisés en el monte Horeb: «Quítate el calzado, porque es santo el suelo que pisas». El altar es el umbral de la eternidad.

¡Qué hermoso es todo esto! Y ahora, pregunto, ¿subirás las gradas consciente? ¿Sabiendo que es para ir arriba? ¿Te resolverás a dejar abajo lo mezquino, para subir realmente «a lo alto»? Mas huelga dilatarse aquí en palabras. Basta que veas en tu interior con claridad, y que en ti se cumplan las «ascensiones del Señor».

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Fuente: GUARDINI, R. Los signos sagrados. 2ª ed., Editorial Litúrgica Española, Barcelona, 1965, pp. 43-45.