Mt 14,13-21

Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos. Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos». Pero Jesús les dijo: «No es necesario que se vayan, dadles de comer vosotros mismos». Ellos respondieron: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados». «Traédmelos aquí», les dijo. Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.


Este acontecimiento tiene lugar inmediatamente después de que Jesús se enterara del martirio de San Juan Bautista. Va a introducirse aquí el tema del Misterio Pascual, anunciado de manera muy velada. Y esa introducción consiste en este milagro de la multiplicación de los panes. Es esta escena de alimentación, donde las fuerzas humanas no son suficientes ni efectivas a tal fin. Sólo Dios puede alimentar a su Pueblo. Esa es la gran verdad aquí contenida y expresada, en continuidad con una larga tradición que se inicia con el comienzo mismo de los tiempos, cuando Dios, luego de crear a nuestros primeros padres, les dio de comer: “Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.” (Gn 1,29). Línea temática que concluye en el Apocalipsis, con la gran y solemne celebración de las Bodas del Cordero, en la plena realización del Banquete celestial. Y en el centro mismo de la historia, el Banquete eucarístico.

La multiplicación de los panes debe ser entendida a la luz de estos misterios de salvación. Porque el alimento representa la vida que proviene de Dios. Notemos cómo el Pecado original se configura bajo las dimensiones de un acto de nutrición: Adan y Eva comen del fruto del árbol que les estaba vedado. Y la muerte entra en el mundo, no porque el fruto fuera malo, sino porque el hombre pretendió alcanzarlo al margen de Dios, por sus propias fuerzas. Era un fruto que Dios tenía previsto conceder, a su debido tiempo, y una figura de la Encarnación del Verbo y de la Eucaristía, fruto de salvación. Así lo dirá Isabel a María Santísima en la Visitación, aludiendo al “fruto bendito de tu vientre”.

La escena es introducida mediante la referencia al atardecer. También la Última Cena empezará con idéntica alusión: “Al atardecer Jesús estaba sentado a la mesa con los Doce” (Mt 26,20). Porque aquí también tendrá lugar un Banquete, que preanuncia el Eucarístico y, por ende, preanuncia también la Pasión del Señor. El mandato de Cristo es paradójico: “dadles de comer vosotros mismos” y remite al mandato que Jesús les dará mas adelante: “haced esto en memoria mía”. Los Apóstoles reconocerán que no es posible, humanamente, cumplir con ello, que las fuerzas de este mundo no son suficientes, que son ineficaces. Pero reconocerán también que todo es posible para Dios, que es por Él y por la gracia que de Él proviene, que el Banquete de la Salvación continuará vigente hasta el fin de los tiempos. Ellos serán los ministros de ese Banquete, pero la fuerza viene de lo Alto.

Dios no desprecia lo humano, pero lo transfigura por la gracia. Ellos muestran su pobreza, evidencian la debilidad de lo meramente humano, en aquellos pocos panes y peces. Pero al hacerlo, al poner frente a Cristo la incapacidad de que las cosas de la tierra puedan por si mismas alcanzar la salvación, Cristo realiza el milagro. Cuenta con eso, pero ofrece mucho más, ofrece el don sobreabundante que, poco tiempo después, será su propio cuerpo y sangre. Él no lo necesita, no requiere de nosotros, lo puede todo. Pero somos nosotros lo que necesitamos que vea nuestra miseria, contemple nuestra debilidad, advierta que nuestro corazón está dispuesto, y nos sacie con sus dones.

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