«Finalmente, la misma víspera de mi marcha el doctor me confió una extraña opinión que había formado sobre mí. ‘He adquirido la absoluta convicción – me dijo – de que usted mismo es un verdadero niño. Quiero decir un niño en todo el sentido de la palabra. Tiene usted el rostro y la estatura de un adulto; pero nada más. Respecto al desarrollo moral, al alma, al carácter, acaso a la inteligencia, usted no es un hombre maduro y así quedará aunque viva sesenta años’.»

Fiodor Dostoyevsky – El Idiota


Y finalmente di vuelta la última página. Ya estaba, había terminado… Estaba estupefacta, algo no había cuajado. El corazón estrujado y una sensación amarga en mi garganta… A pesar de todo no lograba comprender qué en ese desenlace había despertado esta reacción en mi interior. ¿Qué era eso que me resultaba tan desagradable? — ¿acaso es esa la palabra? — . Pasaron horas, días y semanas, y en mi interior sigo intentando desentrañar el mensaje de Dostoyevsky para reconciliarme con su novela. Si el escritor quiso terminar su melodía de un modo tan estridente, si quiso dejar en vilo nuestros corazones al seguir esos sones, quiero entender qué se propuso con eso. Quiero saber cuál es la nota disonante que ha destruido la armonía esperada, porque estoy convencida de que su obra no es más que un eco de esta tierra que replica las cacofonías de nuestro tiempo.

Jakub Schikaneder — Autumn red (1910)

Debo confesar que durante toda la historia había esperado con sentido de justicia que la bondad del príncipe Michkin fuera recompensada de alguna manera. No obstante, qué desencanto descubrir que esa benignidad había fracasado… Si bien es cierto que la derrota del bien, sea quien sea quien lo encarne en una novela, apareja una tristeza inevitable; en este caso esa opresión del corazón, esa suerte de sequedad estéril que experimentaba tenía otro motivo. Lo terrible, lo tremendo de este libro es que el agotamiento del bien es deslucido, ordinario, casi patéticamente ridículo. Uno espera con ansias que la probidad de Michkin permita la redención de los otros personajes, como un ser excepcional que logra dar un nuevo curso a la historia. Pero al parecer eso no basta… El príncipe termina siendo un ser como cualquier otro, tan vulnerable y corriente como nosotros. Y si bien no logran corromper su espíritu, es tan profunda la herida infringida por ese mal pertinaz que lo rodea, que su alma es incapaz de soportarlo. Esa benignidad excelsa, ese corazón misericordioso, se ve reducido a un estado lamentable, a una situación ridícula y casi más miserable que la de quienes evidencian poseer espíritus peores.

Inicialmente pensé — y estuve muy convencida durante un tiempo — que el autor quería recalcar la inexistencia de seres excepcionales. No voy a negar que Dostoyevsky me llevó a esto con sus recurrentes reflexiones sobre la escasez de personalidades extraordinarias en un mundo de personas comunes. Sabiendo que ya ha planteado en otras obras el peligro que acarrea este deseo de saberse únicos — y por ende superiores — , se me ocurrió que en esta ocasión lo tremendo del desenlace era que yo esperaba algo sublime y se me ofreció un final corriente, ordinario.

Sin embargo, con el tiempo he descubierto melodías desconocidas que han reformulado mi lectura de la obra. De más está decir que estas ideas son el fruto de mis desvaríos y que no pretendo afirmar haber desentrañado a Dostoyevsky. Hay algo profundo e intrincado en el espíritu del autor ruso que me subyuga, algo de místico e incomprensible que genera en mi casi un temor reverencial. Pero, aún así me atrevo a encender una tenue y humilde luz para afirmar que ese desenlace devastador me ha evocado con excesiva familiaridad la dolorosa realidad del mundo que me rodea. Es que, al fin y al cabo, los sones que canta el artista no son más que el gemido de un mundo pusilánime que, henchido de vil orgullo, se niega a aceptar misericordia. ¡Cómo sufre uno al pasar las últimas páginas! Esa compasión profunda, ese atroz desagrado, no son más que el resultado de contemplar el retrato del aparente fracaso del Bien en la novela, de descubrir en un sólo instante la nota disonante que pregona a gritos la inutilidad de la música de aquel que venía a salvar al mundo… ¿Dónde ha quedado la Belleza redentora? ¿Qué ha sido de ese «Pulchrum» prometido para un mundo de pecado? Despreciada, rechazada la Bondad, ¿hay acaso esperanza alguna en un mundo de seres estrechos que no soportan el único Amor capaz de redimirlos?

Creo que Dostoyevsky fue el primero en retratar el final nefasto de una realidad humana que, ebria de absurdo y mezquino orgullo, no está dispuesta a aceptar la misericordia divina. Este sabor amargo que despierta en la garganta el final de «El Idiota» es fiel réplica de lo que genera el «non serviam» del mundo actual. Así como la bondad del príncipe deviene insuficiente, dando una apariencia casi patética en su desenlace; del mismo modo el Cordero Inmaculado ofrecido en holocausto por la humanidad herida, hoy puede parecer ridículo a los ojos de una cultura secular, atea y arrogante. El príncipe Michkin, joven, idealista y repleto de magnos deseos, concluye la obra en el más estrepitoso desengaño. Y Cristo crucificado hoy también parece vencido en un mundo que ya lo ha olvidado, si no lo repele con odio — como se ha visto en tantos templos profanados —.

Jakub Schikaneder — Twilight in winter (1899)

No voy a negarlo: ¡que tristeza generan estos cuadros! Pero es una pena extraña la que se duele de un aparente fracaso que no es más que el reflejo de una derrota ajena. Porque los verdaderos abatidos son los paupérrimos seres de orgullosa impenitencia que no fueron capaces de aceptar el amor y la bondad que exhalaba el corazón del príncipe Michkin. El terrible estropicio es el de ese conjunto de soberbias insignificantes que ridiculizan la misericordia verdadera mientras corren absurdamente hacia un precipicio. ¿Es que existe acaso algo más doloroso que observar un alma obcecada en el mal y en el pecado? ¿O contemplar un espíritu necesitado rechazar continuamente la única mano amiga que se le ofrece? Orgullo abyecto y soberbia mezquina la del hombre que, al no verse digno de tal amor, hiere y repele a Aquel dispuesto a quererlo en su miseria.

En nuestro mundo abundan los Hipólitos: sujetos deseosos de aplausos y medallas, que al descubrir su propia pobreza se yerguen en toda su ira contra los que se proponen no señalarla. Este pobre joven enfermo no es capaz de soportar el cariño verdaderamente desinteresado del príncipe, como tantos hoy no son capaces de aceptar la bondad infinita de Dios que se inclina hacia nuestra indigencia. Absurdo orgullo que prefiere halagos falaces, que, ofuscado ante la realidad adversa, transforma a Dios – que lo ama con franqueza – en objeto de su ira y su desprecio. ¿Acaso no seremos nosotros Hipólito en estos días?

¡Cuántos Rogochines hay también en esta tierra! Hombres infames, revolcados en el mal y en el pecado, que al vislumbrar la pureza del amor divino no hacen más que enervarse y odiarlo. Se miran a sí mismos y se conocen viles, y cuando amorosamente se les ofrece misericordia, responden con un odio rotundo que juzgan más apropiado, más «justo»… ¡No quieren una bondad que no merecen! Dios nos guarde siempre de detestar a quienes en verdad nos quieren…

Ay, cuántas veces nosotros seremos fantasmas de otra Nastasya Filipovna… Inclinamos nuestro rostro y nos vemos indignos de un amor tan grande y tan puro; ya hemos cometido muchas faltas, ya hemos ofendido tantas veces, que no merecemos ser amados de tal modo. Y así, absurdamente, nos entregamos a esa pasión que sabemos no obtendrá más que destrucción y muerte. Es que preferimos ese afecto rastrero – más acorde a nuestra desafortunada condición – donde no hay deuda ni subordinación, sino miserias ecuánimes y obligaciones empardadas. Grotesca reacción de una soberbia suicida que se cree más digna por ser la artífice de la propia condena…

Finalmente, cuantas veces nos habremos topado – si no es que en nosotros mismos – con nuevas Aglayas. Bellezas aparentes y perfección encarnada que crecieron creyendo que aplausos y éxito es lo que merecen. Sin embargo, cuando el vacío hipócrita y la pobreza de su propio ser se encuentran de frente con aquel que demuestra magnanimidad real, sustancial y elocuente, hace falta demasiada humildad para inclinar la frente. Es lamentable, pero frecuente, la actitud ambivalente de quien desea el bien que no puede procurarse y aún así lo rechaza cuando se le ofrece gratuitamente. Ay, ¡pobre hidalgo pobre…! Nadie sabe si es halago o burla, si es admiración o represalia de quien ha visto su miseria descubierta. Es que aunque las Aglayas de este siglo aplauden lo grande al reconocerlo, al verse luego incapaces, convierten lo bueno, bello y excelso en objeto de sus nuevos desprecios. Así hacen escarnio de aquello que anhelan y rebasa su esfuerzo, pero que en limosna rechazan, puesto que no quieren verse pordioseras. Corren de este modo a la penuria, abrazan la pobreza, que juzgan mejor y la prefieren a la inmerecida riqueza.

Parece loco, ¡ridículo! Eso es lo más tremendo de este libro… La repugnante amargura que Dostoyevsky ha logrado replicar en un conjunto de hombres que, altaneros, se niegan a aceptar un amor que no merecen… Es que, sabiéndose miserables, hace falta verdadera humildad para dejarse amar al modo divino. Y aunque parezca risible pensar que alguien no quiera aceptar cariño y afecto, esa es la tragedia de hoy que emula con tanta habilidad la sabia pluma del escritor. Esa es la tristeza desgarradora que sufre el lector, ese es el profundo dolor de quien contempla el aparente fracaso de Michkin en el libro, de Dios en esta tierra…

Sí, leer el idiota es algo devastador… Y es desolador porque nos abre la mirada hacia la deplorable realidad que nos rodea. Porque parece gritar con Macbeth que la vida «es un cuento relatado por un idiota, lleno de ruido y frenesí, que no significa nada». — ¿Acaso no provoca esto la funesta suerte de Michkin? — Pero sobre todo, porque en la obra del escritor ruso no existen los retornos ni hay espacio para un segunda vuelta. No hay más que este trágico fracaso del príncipe, y con él, de la bondad y la belleza… Sin embargo, la realidad – a diferencia de la ficción – está exenta de desesperanza, puesto que Dios ha anunciado que su misericordia hará florecer el amor repudiado por orgullo. Y así vendrá con triunfo y pompa a salvar este mundo idiota de una buena vez, de una vez por todas…

Jakub Shikaneder — All souls’ day (1888)

A pesar de ser triste el canto, no puede reducirse la obra a un conjunto de voces lastimeras. Fiodor Dostoyevsky también ha cantado melodías hermosas que, sin dejar de ser humanas, responden con armonía a la sinfonía del amor celestial. Creo haber vislumbrado en Kolia algunas notas de ese canto que sólo puede entonar un niño, uno que lo es verdaderamente en espíritu. Porque el tono de sus sones surge de un reconocimiento humilde de su indinga mezquindad frente a la magnanimidad del príncipe Michkin, sabiendo que no merece ese afecto gratuito que esté le ofrece. Y en vez de amarse a sí mismo en demasía, en vez de querer reclamar un amor que esté a su altura, que no señale su corta estatura, agradece benigno y ofrece a cambio un corazón tenue y pequeñito. Hay también algo de luz y armonía en la graciosa figura de Lizaveta. Es que para la niñez espiritual el paso del tiempo no es verdadero obstáculo; por eso me atrevo a afirmar que la simpleza y particularidad de la voz de esta mujer no es más que un eco de infantil encanto, capaz de aceptar el amor divino sin rencores, sin orgullos y sin recelos.

Niños… Sólo los niños son capaces de reconocerse impotentes y amar la propia vulnerabilidad que los hace objeto de los mayores dones. Pero, ¡ay! ¡Vivimos en un mundo que se pregona adulto! Hemos crecido con el mandato prometeico de las grandezas fabricadas, de los éxitos labrados, de los aplausos merecidos: el hombre se ha creído su propio cuento donde ha querido ser omnipotente. ¡Simplemente hay que dejar de jugar a ser dioses! ¡Hay que dejar de pretender que la felicidad celeste es algo que podemos ganar con nuestros pobres medios! Hay que aprender a ser niños y redescubrirnos frágiles. Hay que abrir los ojos a la suprema Bondad, y entonar cánticos de gratitud hacia la Belleza eterna. Hay que gritar al mundo la alegría de nuestra miseria que nos hace pasibles de recibir inmerecida misericordia. Hay que aprender a recibir más de lo que nuestra corta humanidad merece si no queremos ser tan idiotas como el mundo, tan idiotas como estos hombres de Dostoyevsky.

María Bernardita Olazabal



Nuestro agradecimiento a la autora por permitirnos publicar su artículo. Pueden visitar su página AQUÍ

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