Una risa en Nochebuena

Una gélida brisa penetró por los resquicios del desvencijado ventanuco. «Si al menos entrara luz con este frío» — pensé mientras me acurrucaba en el rincón. Luz, cariño, calor… Nada de eso podía hallarse en esa habitación perdida en la montaña. Ni leños, ni velas, ni siquiera el resplandor de la luna alumbraba en la negrura de esa amarga noche.

El silencio lo invadía todo, tanto que sólo se podía escuchar mi entrecortada respiración al ritmo del castañetear de mis dientes, que no parecían dispuestos a callar. Pretendía dormir, pero el frío y la soledad eran tan desoladores que no lograba hallar paz para conciliar el sueño. ¿Acaso es posible dormirse sobre el piso helado? ¿Cómo soñar cuando la realidad es una almohada de piedra? ¡Ay…! Parecía Bernini el escultor que en cruel genialidad me destinaba a dormir sobre el mármol frío. Y, emulando a Dafne, mi macilenta piel se confundía en su palidez hasta simular tornarme yo mismo en obra de arte.

Mi humanidad estaba casi extinta, cuando un eco repentino despertó mis pensamientos y devolvió el color a mis mejillas. «¿Estaré loco?» — me pregunté. ¿A qué más atribuir esos sones que acariciaban mi oído y que no llegué a distinguir? Parecían campanas, pero no lo eran… ¿Cascabeles…? No, no eran tan impertinentes ni tan ruidosos. Parecía más bien la armonía perfecta de una música celestial…

Mi mirada se inclinó en vano hacia las lomas que la ventana enmarcaba y al no hallar más que penumbras confirmé una demencia incipiente. ¿Cómo creer que tales ruidos eran verdaderos? ¡No podían ser más que delirios de mi dolor y mi sufrir! Intenté incorporarme, pero retrocedí. «¿Es mejor creerse cuerdo o conocer la propia locura…?» – cavilé con mis pocos años intentando mirar el oscuro horizonte.

— «¿Y si fuera verdad?» — susurré mientras la emoción movilizaba mis pies, que corrieron hacia la puerta. Sin embargo, un escalofrío recorrió mi cuerpo y me detuve en seco antes de poner un pie en el exterior. Tuve miedo, terror casi. Preferí haberme vuelto loco a descubrir que ese sonido cautivante no había sido cantado para mí. Porque más terrible que la demencia es la amarga certeza de saberme vedada la felicidad. ¿Para qué buscar aquellos trinos? ¿Para qué encontrar la melodía si su belleza me heriría en lo profundo del corazón con su desdén? Pero el eco resonó nuevamente y un nudo se deshizo dentro mío. Movió algo tan hondo en mi espíritu infantil, que al instante supe que era una risa y comprendí que esa risa me estaba llamando, que había sido exclamada especialmente para mí. Y así, sin quererlo, sin pensarlo, esbocé la primer sonrisa que pudo verse en mi rostro por mucho, mucho tiempo; y dirigí mis pasos hacia ese cántico que me llamaba tácitamente por mi nombre.

Ahora que lo pienso, me sonrío. Si esto sucediera el día de hoy, probablemente sería incapaz de dar un paso. No daría crédito a esa certeza y me sentaría escéptico a reír con acritud. Sí, emitiría una de esas risas resentidas, ásperas y tristes que son muestra segura del peor de los orgullos. Doy gracias a Dios que esa bendita y oscura noche yo era todavía un niño, porque sólo un niño tiene la inocencia capaz de responder a estos llamados divinos al corazón.

Aunque, pensándolo bien, tal vez hoy también saldría corriendo. Es que esa risa no fue una risa cualquiera. Era la risa más humana que jamás había escuchado o escuché después. Y a pesar de eso estaba seguro de que esa risa no pertenecía a este mundo, porque su belleza superaba cualquier otro sonido terrenal. Si alguien hubiera querido concebir en su imaginación una risa perfecta, la risa por excelencia, no me quedan dudas que — de ser capaz de lograrlo — ese sería el resultado arribado. Pero esos sones no se pueden emular, porque no hay voz humana que pueda reproducir tal armonía y tal belleza, que sea capaz de reír con esa paz y esa alegría; que genere a su vez quietud divina y viva emoción.

Si no fuera que esa risa me llamaba, estoy seguro de que hubiera pasado la mejor noche de mi vida acurrucado en una esquina, escuchándola, hasta dormirme con una sonrisa en mi rostro y en mi interior… ¿Es que una risa — una verdadera — no es capaz de distender el espíritu más sufrido y ser un destello de luz en la peor oscuridad? Antes no lo sabía, pero ese día me convencí de que efectivamente es así. El problema es que una risa verdadera no es algo que uno encuentre todos los días, porque sólo brota de un corazón rebosante de sólida nobleza y profunda caridad.

Hay una cosa que aún no sé si fue fruto de mi imaginación o pura realidad. Es que fue tan clara la llamada, que corrí presuroso y sin dilación en busca de la cristalina fuente de la risa. En mi inocencia me sentí guiado por las estrellas que, paulatinamente y sin saber cómo, fueron dejándome ver su resplandor. Las tinieblas de la montaña se iban disipando con cada paso que daba y la blancura de mi sonrisa se conjugaba con la creciente luz estelar. No sé porqué, pero estaba seguro de que esas estrellas eran las notas de esa risa que me llamaba y se transformaban en luz. ¡Tanta era la magia que tenía esa carcajada que no podía simplemente desaparecer en el silencio! Luego los mayores me han dicho que esos son cuentos, que simplemente seguí los pasos de los pastores que sí sabían hacia dónde se debían dirigir. Pero estoy seguro de que lo que dicen no es verdad, porque del camino en esa noche fría sólo recuerdo la belleza del cielo, la luna y sus estrellas. Y para que crean que caminaba con los ojos fijos en el firmamento, pueden preguntar a cualquiera pastor que viva cerca de Belén. Seguro quedará alguno que recuerde como tropecé intempestivamente con un anciano mientras contemplaba estas armoniosas estrellas. Me aflige de solo pensarlo, porque su vejez le cobraba caro cada uno de sus pasos. No obstante, agradezco que fuera él, porque paradójicamente fue el único que no me reprochó mi descuido esa noche. Él notó mi confusión y me disculpó en su corazón al ver que fue recién cuando escuché las amonestaciones de los caminantes que me percaté de la compañía que tenían mis pasos.

Sí, no quedan dudas de que me guiaron las estrellas. ¿Cómo explicar el no haber visto tantos peregrinos junto a mi? Sólo puedo permitirme dudar que aquellas estrellas hayan sido la risa materialmente transfigurada. Pero sé con total seguridad que fueron ellas las que iluminaron mis pasos, las que guiaron mis pies y señalaron mi camino en esa bendita noche, en esa densa oscuridad.

Mas, ni el golpe repentino ni las disculpas aledañas – ni los retos recibidos – empañaron mi sonrisa. No había dudas de que aquel era el sitio de donde provenía esa risa que yo estaba buscando. Y por si quedaran dudas, la multitud congregada a su puerta disipó cualquier rasgo de dubitativo atisbo. Fue en ese instante en que me di cuenta de algo que no había pensado hasta ese momento. Esa risa inolvidable, esa risa mágica y conmovedora no podía ser más que la risa de un bebé, de un niño… Y mirando las estrellas en el cielo sonreí, pero esta vez sonreí a propósito, siguiendo las tácitas insinuaciones de la risa que misteriosamente seguía sonando en mis oídos. Noté como esas notas hacían fuerza para curvar mis labios y las dejé hacerlo, porque no había mejor respuesta que dejarme llevar por esa risa. Por esa risa que era la risa por excelencia, la risa más verdadera que jamás podría escucharse sobre la faz de la tierra.

Si alguna vez han escuchado alguna historia sobre pastores en Noche Buena tal vez habrán notado un detalle que yo, en mi inocencia y mi emoción, había pasado por alto. Los regalos, simples o elaborados, pululaban entre las gentes en gran cantidad. Vi pasar leche de vaca y de cabra, pieles de todo tipo, quesos exquisitos, tejidos de belleza incomparable y la miel más cristalina que había visto jamás. Recorrí con la mirada ese lugar con destellos de sagrado y en un santiamén la sonrisa abandonó mi rostro y se nubló mi vista. Todo fue muy rápido, simultáneo, como cuando apagan inesperadamente la luz en una habitación. Miré mis manos y el corazón, eufórico de alegría, se detuvo al darme cuenta que estaban vacías y se apagó todo resplandor. Nada… nada tenía…. Solo era yo, ¿y qué era yo sino un niño triste y solo?

Bajé la mirada y me permití regar el suelo con mis pobres lágrimas. La realidad era la peor de las pesadillas: tenía esa celestial risa al alcance de mis manos ¡y no tenía nada que ofrecer! Nunca sufrí tanto como en ese instante — y eso que había sufrido mucho para ese momento — . Se retorció mi estómago y retornó ese nudo en la garganta que casi había olvidado. Me desplomé en el suelo y lloré; pero lloré en silencio, porque no quería opacar la alegría ajena. No tenía derecho a participar de mi nada y mi vacío a aquellos que sí tenían algo que ofrecer. «Soy el niño más triste del mundo» — pensé mientras escondía mi rostro en la oscuridad de mis bracitos y trataba de evitar esa risa que ahora taladraba mis oídos y mi corazón. Estoy seguro de que nadie pensó jamás en una escena similar para una pintura navideña: un niño pobre y descalzo anegado en llanto en el umbral del pesebre. Es que parece que no hay lugar para la tristeza en la noche de Navidad.

Tal vez fue por eso que no sentí que me llamaban por mi nombre. Al menos después me dijeron que no había respondido al llamado hasta que unos golpecitos en mi cabeza interrumpieron inesperadamente mi llanto. Levanté el rostro lloroso y entre la bruma que desfiguraba mi mirada vi unos ojos y una sonrisa de una dulzura que soy incapaz de describir. Nada me dijo, pero me dijo tanto… Obedecí su tácita orden y me incorporé siguiendo sus pasos, aún avergonzado de no tener regalo para dar. Debo reconocer que algunos pastores me miraron con hostil reproche y otros con franco desdén; pero no me importa, porque sólo hay dos miradas que recuerdo vivamente en mi corazón. La primera fue la de esa celestial mujer que me miró como si yo fuera su propio hijo. La segunda fue la de un señor que me hizo comprender al instante la grandeza y el amor que se esconden tras aquello que llamamos «padre». Ellos no dijeron nada y dijeron todo. Me miraron como nunca nadie me había mirado y luego dirigieron sus ojos hacia unas mantas y pieles que había sobre un montón de paja.

Entonces me di cuenta de que no tenía nada, pero lo tenía todo. Aunque aquellos pastores experimentados y toscos habían llevado queso, leche, pieles y miel; yo, que no tenía nada en mis manos, había llevado algo que ninguno tenía: yo mismo. ¿Y qué tiene de particular un niño algo sucio, pobre y triste como yo era esa noche? Seguro no se han dado cuenta, así que se los tendré que decir: sólo un niño puede jugar de verdad con otro niño, por eso yo tenía algo que los demás no. Esa era mi mayor riqueza, mi inestimable don: mi pequeñez y mi pobreza, que no me dieron más opciones que convertirme a mí mismo en regalo para Él.

Así fue como desaparecieron las sombras en mi mirada y los dientes aparecieron con todo su esplendor. De repente tuve la impresión de que el silencio había llenado la estancia y me di cuenta de que todo ruido parecía haber sido desterrado desde que mis ojos se habían cruzado con los de esa mujer tan divina y humana a la vez. Sin embargo, podía escuchar el ruido de mis pies al posarse sobre el polvo y los impacientes latidos de mi pequeño corazón. Di un pasito… y luego otro, y así hasta llegar hasta ese conjunto de pieles y paños que ocultaban al Niño. A pesar de la lentitud de mis pasos mi corazón galopaba, pareciendo querer salirse de su lugar. Es imposible intentar describir lo que supera las realidades terrenas, pero voy a hacer mi mejor intento. Fue todo un instante, como una explosión, pero una de las buenas, esas que exhalan belleza, bondad y amor de un modo que no puede explicarse. Es que lo primero que mis ojos contemplaron de ese Divino Niño fueron sus ojos saltarines que fueron acompañados por una sonora carcajada que llenó todo el lugar…

Ni la genialidad de Mozart hubiera sido capaz de replicar esa melodía celeste que me empujó a reír también, porque eso mismo hice instintivamente. Y mientras reía por primera vez en años, contemplé la risa del Niño y comprendí cuánto me quería. Era un bebé minúsculo, un Niño pequeñito, pero sus ojos reflejaban más sabiduría de la que nunca había encontrado en una mirada — y que tampoco hallé después — . Y supe al instante que esa risa era un regalo, el primer regalo solo para mí.

Aún no sé a ciencia cierta cómo se fueron dando las cosas, sólo recuerdo que esa carcajada inicial del Pequeño fue la obertura de una irreproducible pieza musical. Cuando a la mía se sumó la de su Madre, el canon se convirtió en una sinfonía celestial. Es que pareció que la risa de Ella era lo único necesario para que todos, sin faltar uno solo, lanzaran sus carcajadas como una orquesta. Tal vez no fueron más que unos segundos de risa, pero esos instantes me hicieron comprender aquello que las personas suelen llamar «hogar». Me sentí cobijado por esas risas tan variadas, tan dispares, pero tan unidas y pude sentir en mi alma el sabor de la eternidad…

No se molesten conmigo si no recuerdo todos los detalles de esa noche. Desde ese momento mi corazón parecía estallar de felicidad y mi sonrisa no tenía espacio suficiente para reflejar mi exultante alegría. Así fue como, sin saber de qué manera, me encontré jugando con el Niño en el pesebre. Tapaba mis ojos, hacía muecas e incluso me animé a hacerle alguna cosquilla. No importaba qué hiciera, siempre, al correr las manos de mis ojos y volver la vista, hallaba frente a mí una risa cristalina, pura y tan bella que no puedo hacerle justicia con mi descripción. Pero además de esa risa saltarina, fueron sus ojos lo que hablaron las palabras que su boca no podía pronunciar. A pesar de mi soledad, a pesar de las dificultades de mi vida, supe que ese Niño me amaba y que su amor era todo lo que necesitaba esa noche y siempre

Creo que jugamos durante horas, porque no podía cansarme de admirar el ritmo de esos ojos al son de su risa. Sin embargo, en algún momento caímos rendidos de sueño. Allí terminan mis recuerdos, esos que me acompañan cada noche al conciliar el sueño. Porque en medio del silencio de la noche sentí cómo unos brazos firmes y viriles me tomaban con un cariño indecible, y me acomodaban junto al Niño en el pesebre. Y una vez dispuesto allí mi cansado cuerpo, entre las sombras de mi mirada, pude vislumbrar una mano femenina que, luego de tapar al Niño, se dispuso a arroparme a mí junto al pequeño. En ese momento recuerdo que sonreí, ¿acaso puede uno permanecer indiferente si esa Madre te acompaña a dormir? Y aunque ya no venga en persona a acomodarme la almohada, aunque no sienta sus tiernas manos taparme con una manta, cada noche la veo acercarse en mis sueños para velar mi noche, para acompañar mis sueños, para ser centinela y farol del descanso de su Hijo Divino y de sus hijos terrenos.


Soneto al Niño Dios

Te llamé con la voz del sentimiento

antes de la primera desventura,

te busqué con la luz, aún obscura,

que despuntaba en el entendimiento.

Pero siempre, Señor, sin fundamento.

Pero nunca, Señor, con fe segura,

porque la luz aquella no era pura

y aquella voz se la llevaba el viento.

Fue necesario que muriera el día,

que viniera la noche, que callara

la voz y que cesara la alegría,

para que yo te descubriera, para

que la desolación del alma mía

en el llanto* del Niño te encontrara.

Francisco Luis Bernardez

*o tal vez en la risa…

María Bernardita Olazabal


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