El Padre Brown entre la justicia y la misericordia (1/3)

Entre los grandes detectives que nos señala la historia nos encontramos con, al parecer el primero, Chevalier August Dupin (Poe), al cual debemos agregar otros dos de los más descollantes investigadores privados, de una talla superior e inigualable, hablamos, ni más ni menos, de Sherlock Holmes (Doyle) y de Hércules Poirot (Christie). A esta selección, completamente arbitraria que hemos realizado de seculares investigadores, debemos añadir uno, de otra especie y variedad, pues es un tanto heterodoxo respecto al método científico y deductivo de los primeros. Alguno podrá decir que no se puede comparar a la talla de aquellos, y es irrefutable tal afirmación, el personaje que aquí presentamos es más bien de talla baja y regordeta, como un globo terráqueo al cual le han incrustado miembros superiores e inferiores. Hablamos, sin más preámbulos,  del tipo de investigador religioso, del cura-detective, del incomparable Padre Brown (Chesterton).

Este sacerdote, con su aire desharrapado, no da crédito alguno a aquel que lo trata por primera vez. A simple vista le parece ingenuo, en el sentido peyorativo, y en consecuencia erróneo, con que hoy se usa ese término. Desconoce que detrás de la desprolijidad que atestigua su porte hay una mente lúcida, una intuición profunda, una sagacidad penetrante. Concomitante a esto, y a diferencia de los investigadores al principio nombrados, que aplican en la resolución de sus casos la concepción positivista de la ciencia “que estriba en salirse del hombre y estudiarlo como si fuera un insecto gigante; mantenerlo dentro de la luz fría e imparcial; en lo que yo diría una luz muerta y deshumanizada” (El secreto, p. 11-12), el P. Brown, sin dudar que aquella forma de investigar pueda dar resultados, prefiere otro “método”. Método que develará después de más de dos décadas de actividad detectivesca en la casa de su entrañable amigo Duroc.

Un ejercicio religioso

La noche se cerraba sobre el suelo castellano y al interior de la habitación el fuego de la estufa se entrecortaba en las figuras que se guarecían a su calor. Las sombras que se proyectaban sobre la pared blanca y desnuda del fondo daban segura impresión de las diversas composturas físicas. Una de ella delgada, estaba sentada y tendida hacia adelante, como quien escucha, pero a pesar de esta disposición se notaba su presteza de hombre joven. La otra figura, de pie, que doblaba en tamaño a la precedente, iba sirviendo vino directamente del barril, en ello se podía apreciar los gráciles movimientos de alguien que en su juventud los hubiera practicado constantemente. Por último, una pequeña figura era dibujada sobre la pared, era la mitad de alta que el primero, y la mitad de ancha que el segundo. Por los gestos realizados, parecía que él era quien hablaba. Grandison Chace, dueño de la sombra delgada, interpelaba a la figura regordeta acerca del secreto de su método detectivesco… si algo como un método podía aplicarse a su forma de trabajar. Entre tanto dimes y diretes, la figura rechoncha del P. Brown accede, con parca resignación, a dar a conocer su procedimiento, a descubrir su secreto.

Con pasmosa sorpresa G. Chace escucha del sacerdote lo que sigue: “Fui yo quien maté a todas esas personas” (El secreto, p. 10). El calor del fuego parecía arder en el rostro desencajado del entrevistador, que súbitamente se echó hacia atrás en su silla. Con asentada calma el Padre Brown, que sopesa continuamente sus palabras, siguió con su exposición: “Yo mismo había planeado cada uno de esos asesinatos cuidadosamente. Me había imaginado con todos los pormenores cómo se podía llegar a semejante cosa y en qué estado mental podría hacerse. Y cuando estuve completamente seguro de que el asesino había sentido lo que yo, entonces, naturalmente, sabía quién era” (El secreto, p. 10).

De lo dicho podemos inferir que nuestro sacerdote, con brillante penetración, hace un viaje a las profundidades de la psique humana. Es un trabajo arduo que le llevó demasiado tiempo lograrlo. Es que es bastante tiempo el que le lleva a uno sentir las cosas con esta crudeza. Tomemos un ejemplo de un caso particular, que nos va a ser útil para entender el método de manera global: “Intenté desbrozar mi mente de todos los atributos saludables y de buen sentido constructivo que he tenido la suerte de aprender y heredar. Cierro despiadadamente todas las ventanas a través de las cuales entra la buena luz diurna del cielo; imaginaba una mente cuyo calor solo viniera del horno rojo de las profundidades, fuego que iba echando rocas y creando abismos hacia lo alto…” (El secreto, pp. 185-186). Se cierra sobre sí mismo y pretende recrear el estado mental del otro; estado mental que lo convierte, frente a la mínima oportunidad, en un criminal. No se detiene en lo que los sentidos y los juicios de los demás atestiguan, esto solo le sirve de excusa para un análisis más profundo y personal. Tal vez la gracia de su ministerio sacerdotal y los años de impartir el sacramento de curación, es decir, la confesión, le permitieron conocer la insondabilidad del alma humana: sus vicios, sus pecados, su humildad, su contrición. Cuando el alma está sola con Dios, muestra fielmente su rostro. Todo esto lo convierte en alguien singularísimo que sabe leer la sinuosidad del corazón humano. “Lo que yo intento –nos dice- es meterme dentro del asesino… pensando sus pensamientos, acunando sus pasiones” (El secreto, p. 12).

Ilustremos esto con un ejemplo extraído del cuento “El oráculo del perro”. Al hablar del asesino expresa: “Aquel hombre era un jugador y un desgraciado”, una coyunda explosiva, pues al ver su suerte truncada haría cualquier cosa para trocarla a su favor. Y así fue: adivinó cómo diferentes piezas se acomodaban y esto lo llenó de vanidad, “la principal manía del jugador”. Por último, la pieza que faltaba para completar el rompecabezas se presenta: “ver un puntito blanco a través del seto” –color de la vestimenta del que iba a ser asesinado-; unas palabras demoniacas lo alientan -“¡Nadie que tuviera el poder suficiente para notar este detalle, puede ser lo bastante cobarde para no obrar en consecuencia!”, fatal comentario para un jugador. “Ahora –dice el padre- intente usted representarse la escena. Imagíneselo dudando sobre si aprovechar o no la oportunidad; miraría después a su alrededor  y levantando la cabeza vería una peña recortada de manera atrevida y que podía ser la imagen de su alma en aquel momento; una gran roca oscilando sobre otra (…); entonces recordó que la llamaban la Roca de la Fortuna. ¿Comprende usted cómo interpretaría aquel hombre la señal? Yo creo que fue ello lo que le movió a actuar” (La incredulidad, pp. 88-89). Una herencia que no es, un orificio en el seto, una roca y un bastón de estoque, dictaminaron la suerte del jugador.

Develar esto solo es posible si se conoce el carácter de las personas, para luego, convertirse en el asesino; una vez que conformaba su mente a la mente del homicida se daba cuenta de que él podía ser como aquel, o, en segura expresión del padre, que él era de esa manera. Aunque, claro, algo lo distingue: el rechazo formal de la acción.

Redonda lección de antropología y psicología nos da el curita. Todo aquel que juzgue a otro y diga –“Jamás lo haría”, es porque verdaderamente no conoce su natura débil. El Padre Brown, por el contrario, teme, por el hecho de que alguna vez podría cometer un crimen: “Un crimen pude parecer terrible porque no se concibe la posibilidad de cometerlo. Yo lo creo horrible, porque podría cometerlo” (El secreto, p. 90). Esta confesión es producto de la honda compresión del mensaje cristiano: “El cristianismo auténtico no ha cerrado jamás los ojos ante la semilla de perversidad que hay en nuestra natura, y ha asignado a la conducta moral dos raíces: el esfuerzo del albedrío y la ayuda de Dios”[1].

 Otra magistral lección del cura-detective, donde se pone de manifiesto la segunda raíz de la conducta moral, de la que habla Castellani, es que toma la actitud del publicano en el templo y deja para los que se tienen por justos la erguida soberbia del fariseo. Como el publicano, que se sabía indigno aun de levantar los ojos al cielo, pero que pedía humildemente a Dios que le fuese propicio, nuestro sacerdote expresa: “Pensé que si no hubiese contado con la gracia de Dios podía haber sido un hombre para quien el mundo no es más que un derroche de luz eléctrica, sin otra cosa que tinieblas a su alrededor y en el más allá” (El secreto, p. 186). El P. Castellani supo realizar una certera vivisección de este complejo actuar moral en una persona en su más que conocido artículo “Moral y moralina”[2], y que nos permite pulir y complementar la idea del P. Brown: “La moralina es fácil, superficial, presuntuosa, puritana, palabrera. La moral es difícil, profunda, humilde, cauta, callada y alegre. La moralina está siempre pronta a hacer portar bien a los demás, a juzgarlos y a reprocharlos. La moral tiene la vista en sí misma. La moralina propone mucho, promete mucho y confía en sus propias fuerzas. La moral va poco a poco, y siempre termina por buscar su apoyo en el sentimiento religioso para poder superar con la esperanza de sanciones futuras la imperfección o falla total de las sanciones humanas. Una lee a Marsden y Smiles, y la otra a Thomas de Kempis. La moralina es sólo la ilusión, y a veces la falsificación de la moral”.

Volvamos con el sacerdote inglés. Este pensar que uno puede cumplir el papel de malo, de que es capaz de cometer el mayor de los crímenes, de que puede convertirse en un Judas Iscariote, pero a su vez contar con el auxilio de la gracia que no permitirá que realicemos algún quebrantamiento del orden moral, es para el P. Brown un “ejercicio religioso”. Ejercicio que permite convencérsenos de que “no existe un hombre que sea realmente bueno mientras no sepa cuán malo puede llegar a ser”; y esto no se logra “hasta que no ha expelido de su alma la última gota de la esencia de los fariseos” (El secreto, p. 13). En este ejercicio religioso, creemos, se encuentra el quid de su método. Método que se asienta en dos virtudes eminentes: caridad y humildad. De la segunda hemos venido hablando; pasemos entonces a la primera. La virtud de la caridad, hace que la justicia se halle hermanada con la misericordia; en consecuencia la obra del P. Brown no concluye, no puede concluir en la condena del criminal, sea quien sea, Daniel Doon o Brander Merton –véase La saeta del cielo en “La incredulidad…”-. Su recta lectura de la moral evangélica busca salvar al criminal, restituyendo la gracia en el alma. El buen cura sigue el ejemplo del Maestro, que sabe que quien necesita del médico es el enfermo, que sabe reconocer el pecado, pero sabe más perdonar al pecador arrepentido: vete, pero no peques más.

En más de una ocasión, descubierto el crimen, dejaba libre al criminal; sabiendo, por supuesto, del sincero arrepentimiento del mismo. Cuando en el relato de “El hombre de las dos barbas” se descubre al ladrón de las joyas, que sucumbe en el lugar del delito “por un tiro medio casual disparado por un empleadillo en un jardín de suburbio” (El secreto, p. 89), y tras lo cual, el investigador de turno, Carver, resuelve todo el caso de manera magistral a partir de la relación establecida entre las abejas, la barba, los lentes, el memorándum y muchos otros fenómenos más, el cura no presta crédito, se mantiene incrédulo frente a tanta sucesión y concatenación de hechos que conducían directa y determinantemente al ladrón. Ante esta postura, le retrucan: “¿No le hemos visto todos con nuestros propios ojos?”, a lo que, mostrando el ancho de espadas, responde: “He visto muchas cosas con mis propios ojos en las que no creeré nunca” (El secreto, p. 91).

No obstante, detrás de este positivismo detectivesco, hasta cierto punto frenológico, se ocultaba algo macabro. Carven sabía que Claro de luna -el muerto- era un ladrón de renombre, y aunque retirado de su oficio, el halo de criminal pesaba sobre él. Teniendo en cuenta que los hombres, por lo general, se guían por las apariencias, se aprovecharon de la situación: la presencia en la zona de aquel famoso delincuente. Carven y su socio acondicionaron todo para asesinarlo, inculparlo y así salir ilesos y, lo más importante, quedarse con las joyas. Pero el P. Brown sabía que Claro de luna no podía ser el ladrón: “A este hombre muerto lo conocía, realmente, muy bien: era su confesor y amigo. Yo sabía lo que ocupaba su mente hasta allí donde nos es dado conocer al hombre, y su pensamiento era como una colmena de cristal llena de doradas abejas. Es algo superfluo decir que su conversión fue sincera. Era uno de esos penitentes que se las componen para sacar mayor provecho de la penitencia que otros de la virtud.” Remata más adelante con pálido rostro y melancólica voz: “Dije que era su confesor, pero, en realidad, era yo quien iba a él en busca de consuelo. Me complacía estar junto a un hombre tan bueno. Y cuando le vi yaciendo muerto en el jardín, me pareció oír recitar en voz alta sobre mi cabeza unas extrañas palabras que se pronunciaron en el principio de nuestra era” (El secreto, p. 91). Las extrañas palabras fueron las pronunciadas desde el madero de la Cruz a aquel ladrón penitente: “En verdad, te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso”. El hombre ve las apariencias, Dios el corazón.

Gastón H. Guevara


[1] Castellani, Leonardo. Las canciones de Militis. Ediciones Dictio, Bs. As., 1977, p. 129.

[2] Ídem.


Para este ensayo hemos utilizado las siguientes obras de Chesterton. El candor del Padre Brown. Hyspamerica-EGA, Trad. Alfonso Reyes/Emiliano Pascual, Madrid, 1982; La incredulidad del Padre Brown. 2ª ed., Ediciones G.P., Trad. Isabel Abello de Lamarca, Barcelona, 1982; El secreto del Padre Brown. José Janés, Trad. Isabel Abello de Lamarca, Barcelona, 1956. Las citas de estos libros se harán en el cuerpo del ensayo de la siguiente manera: (libro, página).

 Las ilustraciones están tomadas de El candor del Padre Brown y fueron realizadas por Iván Fernández.