Recuerdos de una nieta

María Eugenia Martínez Zuviría

Palabras pronunciadas por la autora en el homenaje por el

40º aniversario del fallecimiento de Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast).

Puede parecer inusual que, en una mesa redonda en donde se analizará la obra de un escritor, alguien hable de él solamente como nieta: exactamente mi caso. Tuve que recurrir a la memoria familiar: tíos, primos y amigos contribuyeron con muchas de las anécdotas que hoy les puedo contar.

Comenzaré hablando del Vechin. Vechin significa viejo en idioma vasco. Solamente mi abuela lo llamaba Gustavo; los hijos, yernos y nueras, sus nietos y amigos más cercanos le decíamos Vechin. Mi abuela era Matilde de Iriondo, pero todos la llamábamos Manin. Así que: Vechin y Manin.

Se casaron, él de 24 años y la Manin de 20. En el diario que llevó el Vechin durante su luna de miel en Europa, relata que el 10 de julio de 1908, Pío X los recibió en la Sala del Tronetto, les habló en español:

– ¿Unos argentinos?, ¿esperan?, bueno, yo los bendigo; sean buenos.

Tendrán hijos, bendigo a sus hijos.

Comenta el Vechin:

–Nos habló con cariño, risueño…–. Le tomaron la mano y se la besaron. Después la Manin le pidió:

–Rece por nosotros–. El Papa no entendió:

–¿Qué dice?–. Ella entonces le dijo en italiano:

–Prega per noi–. El Papa se echó a reír con una risa alegre y cariñosa:

–¡Sí, rezaré, rezaré!–, le dijo y salió.

Manin y Vechin tuvieron 13 hijos, contando a José Ignacio –el mayor de todos– quien murió a los tres años y medio. El Vechin explicó después a su familia, que todos tenían otro Ángel de la Guarda aparte y que se llamaba Pepito.

Además de conocer a Pío X, tuvo la oportunidad de tratar al Cardenal Eugenio Pacelli –más tarde Pío XII–; en ocasión de haber sido nombrado Presidente de la Comisión de Prensa del XXXII Congreso Eucarístico Internacional, que se realizó en Buenos Aires.

La noche del 12 de octubre de 1934, después de iniciar su discurso de apertura, citó las palabras que figuran en el libro de Ester, antes de llegar a la presencia del rey Asuero: «Acordaos de mí, Señor, vos que domináis todo poder. Poned en mi boca lo que debo decir, a fin de que mis palabras sean agradables al príncipe».

Durante el Congreso, mis tías Madelón y Teresita hicieron su primera comunión.

El Vechin citaba el Antiguo y el Nuevo Testamente como otros citan al Martín Fierro o a sus pensadores favoritos: así, comparaba a una amiga de sus hijas con las trompetas de Jerícó y en una carta –tan luego a Lisandro de la Torre, su gran amigo– cita al Eclesiástico: “los que me beben tendrán más sed”; al apóstol Santiago: “todo don perfecto viene de lo alto”; y a Lucas –cuando los discípulos proponen al Señor–: “¿Quieres que pidamos que descienda fuego del cielo y los acabe?”. Y él les respondió: “No sabéis de qué espíritu sois. El Hijo del hombre no ha venido a perder las almas, sino a salvarlas”.

No creo exagerar si afirmo que los conocía de memoria… especialmente cuando me enteré de lo siguiente:

Cuando estaba muy enfermo y con pocas fuerzas, había inventado un curioso entretenimiento en el que Carlos Riviere –marido de mi tía Bety– le servía de cómplice: “Buscá en el Diccionario de la Real Academia cualquier palabra y decímela”. Contaba Carlos, que el Vechin, una y otra vez, comenzaba por la etimología y enunciaba cada una de las acepciones.

Anécdota de mi tía Teresita: todos los días saludaba cordialmente a la portera de un edificio vecino. Al enterarse ella de su muerte, pidió verlo por última vez. Sentada al lado del cajón, se sorprendió al verlo revestido con el hábito y la faja de los jesuitas y comentó: “Pues mire Ud., yo sabía que tenía muchos hijos y nietos… ¡lo que no sabía es que fuese cura!”.

Cuenta mi tía María Helena (Facundo), que dentro de la familia se comentaba que los salesianos y los jesuitas habrían alguna vez “discutido”… sobre la sotana con la que debería ser enterrado el Vechin.

Estudió leyes y escribió la tesis ¿Hacia dónde nos lleva nuestro panteísmo de Estado?, con el fin de doctorarse en Derecho y Ciencias Sociales. La Universidad –en ese entonces de Santa Fe, después del Litoral– se dice, que por primera vez en su historia, rechazó una tesis. Entonces presentó El Salario, esta vez en la Universidad de Buenos Aires, para el doctorado en Legislatura y Jurisprudencia y que resultó aprobada.

Años más tarde, al ser aceptada su tesis rechazada (hay quien dice que presentó una tercera tesis, que fue la que aceptaron) se encontró dueño de dos doctorados.

Resulta curioso que nunca haya ejercido la abogacía. En Navega hacia alta mar dice: “El 50 % de este gremio (los abogados) defiende permanentemente una injusticia… ¿Cómo así? Porque de dos abogados que pleitean… uno hay… que está defendiendo a alguien que no tiene razón”.

Su verdadera vocación fue escribir: empezó a los 10 años con Carlos Cromwell, o sea el Navegante, que tres años más tarde quemó… avergonzado de encontrar escritos helefante con hache y baliente con b larga.

Le contaron a mi primo Pío (hijo de mi tío Marcelo) que mi bisabuela –con quien se criaron el Vechin y su hermano Efraín– debió suplicarle al dueño de una librería cordobesa, que no le vendiera más libros “porque no le estudiaba”.

Rondó insistentemente el diario Los Principios, de Córdoba, hasta conseguir su primer publicación… tenía 14 años. Su cuento se llamaba “Un viaje a París”.

Tuvo también sus desilusiones: como cuando encontró a la cocinera de un tío suyo apantallando el fuego de la cocina a leña con su libro El enigma de la vida.

–Lindo su libro, niño Gustavo, fino y livianito… para apantallar–. (Anécdota de mi tío Marcelo.)

Si su vocación fueron los libros, su sueño era encontrar un lugar para escribir, algo así como la casa de verano de su abuela, doña Rosa Cabanillas de Martínez, en Los Molinos, Córdoba, en donde a los18 años, comenzó Alegre, su primer novela.

Para encontrarlo, recorrió a lomo de mula, abriéndose paso entre piquillines y espinillos cordobeses, a fuerza de machete, todos los rincones del valle de Punilla. Buscaba el lugar que veía en su imaginación, un lugar ideal en donde construir su casa para escribir y también un aire que mejorase su asma… “Esa perenne hipoteca mía”, cuenta mi tía Ruth que decía.

Lo acompañaban en su peregrinar, su concuñado Manolo Argüelles y el padre Holzer, un sacerdote alemán. ¡Vaya uno a saber dónde durmieron, qué comieron! No tenemos muchos datos; calculamos alrededor de 1911, año en que publicó Flor de Durazno… el mismo nombre que eligió para su propiedad de 300 hectáreas, en Córdoba.

Encargó a Alemania una casa amplia y de madera de roble. Los técnicos alemanes que la trajeron, la armaron sobre un enorme zócalo de piedras blancas. Para vivir ellos –mientras tanto– se construyeron otra, al estilo de nuestras pircas cordobesas, también con piedras blancas y que aún subsiste… parece eterna.

En la casa de madera nació mi tía Graziella. Al sentir la Manin los primeros síntomas, Vechin partió ¿en sulky?, ¿a caballo?… a Cosquín… una legua, para traer al médico. Llegaron cuando ya Graziella –bañada– dormía en su cunita. Asistió en el parto Abel Furno, cuñado de la Manin, –marido de mi tía abuela Ema– felizmente médico. Él mismo firmó la partida de nacimiento.

La casa de madera queda a 50 metros del río Yuspe, frente a una playita de arena gruesa y rosada, agua poco profunda y transparente.Por lo menos cuatro generaciones de Martínez Zuviría hemos pescado mojarritas con botellas rellenas de pan, que luego freíamos y comíamos.

En esa misma playa, pasando un trabajoso grupo de piedras, se escondía el lugar en donde se bañaban “los grandes”: una olla –especie de pileta natural– allí desembocaba una cascada ruidosa y al costado, la inmensa piedra, en donde a los mayores de 12 años se les permitía zambullirse de cabeza.

El Vechin se hizo construir un escritorito, separado completamente de la casa. Allí escribió tres meses –en verano– durante cincuenta años: 150 meses. Si seguimos sacando la cuenta, exactamente 12 años. En ese escritorito apenas cabían: una chimenea, estanterías con libros, un catre de campaña con un colchoncito para dormir sus siestas, una silla y una mesa con su máquina de escribir inglesa, que cierta vez lo metió en problemas por no poner acentos.

Su amigo el Doctor Aubonne –Ministro de Agricultura– le había regalado semillas de olivo que el Vechin plantó… En la temporada siguiente, se encuentra con que han prosperado sólo tres o cuatro plantitas. Escribe para agradecerle, y pone 3 –con número–, la o –sin acento– y 4 –con número–. El doctor Aubonne queda encantado y manda telegrama: “Va especialista inspeccionará plantación”. Se lo recibe con gran almuerzo, tratando de estirar el tiempo. Y mientras el Vechin intenta echarle la culpa a su máquina de escribir… la Manin –no sé si afligida por la situación o de puro pícara nomás– cada vez que se dirige al ingeniero inspector… lo llama Sr. Olivero. (Anécdota de mi tío Jorge.)

Cuenta mi tía Bety, que en Flor de Durazno el Vechin se levantaba a las cuatro o cinco de la mañana y despertaba a su marido Carlos Riviere para ver juntos el lucero del alba.

Decía tener la cabeza fresca a esa hora; aunque con doce hijos casados y nietos por todos lados, sospecho que era el único momento en que podía escribir tranquilo.

En la ciudad, iba a misa de seis de la mañana. Al volver, se preparaba su propio desayuno, café con leche, un bifecito de lomo o panceta con dos huevos fritos… y otra vez a trabajar hasta la hora del almuerzo. Después, su siesta.

Reunía con varias siestas de diez a veinte minutos a lo largo del día, seis horas diarias de sueño. No necesitaba más.

Mi tía Mátil recuerda que comenzaba a escribir estuviese o no inspirado: “aunque fuera cuatro renglones”. De vez en cuando le costaba sentarse y empezar, pero muchas veces –gracias a esa disciplina– lo asaltaban pantallazos: sus personajes comenzaban a moverse y a hablar, entonces todo se volvía fácil.

No le dedicaba más de cuatro horas al libro. Pasado ese tiempo, salía, armado de unas libretitas –que aún conservamos– y lápiz; observaba, anotaba y describía: un amanecer en medio del mar, una madre cruzando la calle con el cochecito de su hijo en Londres o un local de objetos de segunda mano en París, un diálogo, una personalidad curiosa…

…y especialmente en Flor de Durazno. Se calzaba las polainas, se colgaba una escopeta al hombro… y volvía siempre con las manos vacías, pretextando no haber sido capaz de dejar huérfanos a los pichones de la mamá perdiza que se le había cruzado. En cambio sus libretas regresaban repletas de anotaciones.

Una de sus biznietas, Magdalena Morales Bustamante, medio dormida en una clase de Química en Bellas Artes –mientras el profesor explicaba cómo transmitir sentimientos a través de los colores– despertó sobresaltada cuando oyó decir: “¿Han leído las descripciones de la sierra cordobesa que logra Hugo Wast?…. eso mismo pueden conseguir Uds. si usan bien los colores”.

La Manin nos había ordenado no hablarle si él no lo hacía y nos explicaba: “Él va pensando en sus libros, no deben interrumpirlo”; los nietos acatábamos con toda naturalidad.

Lo veíamos pasar entre nosotros como si fuésemos invisibles. Sin embargo, no me explico cómo, él estaba pendiente de nosotros… Felizmente íbamos naciendo de a poco, ya que llegamos a ser 57 primos hermanos.

Tendría yo cuatro años, mi tía Mátil se me acercó intrigada por lo que estaría comiendo y que me provocaba toda clase de muecas:

–¿Qué comés, María Eugenia?

–Camarelitos feos–, dice que le contesté, mientras le mostraba frutitas de paraíso verdes. Esa misma tarde, pasó el Vechin por mi lado, me puso un flamante billete azul de cincuenta centavos en la mano y me dijo:

–Para que te compres caramelos–, y siguió de largo.

Quiero leer párrafos de dos cartas que conservó mi padre, en donde revela cómo le divertían sus hijos.

2/2/1942

Hugo se ha venido con su auto, el Hudson que fue de Oscar (marido de mi tía Myriam), [el auto] está en muy buenas condiciones, marcha admirablemente pero tiene un defecto: que de cuando en cuando hay que echarle un poquito de nafta… por cuenta mía. Dice Hugo que le va a sacar ese defecto en cuanto terminen las vacaciones…

30/1/1947

Madelón ha sacado carnet de conductora de auto en Cosquín, lo que le ha permitido el primer día, matar legalmente un perro. Al día siguiente apareció sobre el lugar un cartel….. que contenía este epitafio:

Al pie de este abrupto cerro,

Una chica que es un churro,

Con el auto mató un perro,

Otra vez matará un burro,

Caminante debes irte,

Porque puede confundirte.

La teoría que tengo, del porqué los personajes femeninos en los libros del Vechin tienen tanta fuerza y rápidas respuestas, surge sencillamente de haber conocido muy bien a mi abuela. Todos recordamos una anécdota que la pinta de cuerpo entero: estaban la Manin y su hermana Carmen, sentadas, tejiendo mientras se comían prolijamente una caja de bombones. Entró el Vechin, las observó y comentó mirando al techo:

–Las Iriondo… se cavan la tumba con los dientes–… Mi abuela sin dejar de tejer le contestó:

–Puede ser… pero no dejamos viudos.

Y termino con el fragmento de una carta que le escribió a mi padre –Gustavo– en 1930. Mi padre, de quince años, estaba pupilo –junto con mi tío Jorge– en el Mount Saint Mary, un colegio de los jesuitas, en Sheffield, Inglaterra. El Vechin debe de haberle preguntado qué puesto en su curso merecería a fin de año. La carta dice esto:

Tú me dices que no podrás ser sino el penúltimo. Más vale creer menos y sacar más, que hacer grandes anuncios y fracasar vergonzosamente. Si sales primero mejor, si segundo, muy bien, si penúltimo, no te debes desencantar, otra vez saldrá mejor. Lo indispensable es la perseverancia. Contra la desesperación de aprender una cosa demasiado difícil, no hay más que la paciencia humilde. Hacer lo que uno pueda, aunque sea poquito. Eso vale más que atropellar con muchos bríos y abandonarse luego.

No te debes desencantar… perseverancia… paciencia humilde.


En: Revista Gladius, Año 20, Nº 55, Diciembre de 2002, pp. 35-41.