Matar la conciencia

“En estos últimos tiempos estoy seguro de que entre cristianos,

la caridad nunca fue tan menguada, ni el vivir santo y virtuoso nunca

fue menos empleado, ni Dios mismo nunca fue menos reverenciado, honrado y servido”

Enrique VIII ante el Parlamento, un año antes de su muerte

Quien alguna vez haya transitado la vida inmerso en una institución, laica o religiosa, con finalidades laborales o recreativas, pública o privada, sabe que ésta puede ser muy ingrata al momento del retiro. No es lo mismo ser presidente que ser ex-presidente (pregunten a Alfonsín), no es lo mismo ser Coronel que Coronel retirado. No es lo mismo ser Canciller que ex-Canciller, lentamente se van perdiendo prebendas y ascendientes, reales o tácitos; los que vienen ya no son los mismos, el sueldo disminuye, los amigos ya no llaman tan seguido, etc. Éste era el caso de Moro y peor aún; porque él renunciaba.

Todos los domingos al finalizar la misa un criado se acercaba a la esposa de Moro para darle el mismo aviso, esta vez fue él quien se lo dio: “Señora, mi Lord se fue”. La excusa era un creciente dolor de pecho; enfermedad real y espiritual provocada por el “grave asunto del rey”.

Aquel rey que le rodeaba el hombro para platicar a orillas del Támesis, aquel a quien ayudó contra la herejía a ganar el título de “Defensor de la Fe” (por su escrito contra Lutero, la Assertio Septem Sacramentorum, apología de la supremacía papal !!), aquel que lo capturaba para debatir en eternas sobremesas y gozar de sus chanzas. Hombre culto (hablaba varios idiomas) que supo componer himnos religiosos y tocarlos en el órgano de la Iglesia. Nunca dejo de ser un niño mimado y consentido, que no toleraba que lo contradijeran. Este rey, otrora amigo, conocía en Sir Thomas aquello que Holbein había retratado con maestría y Erasmo recordaba en carta a Ulrich von Hutten: “sus ojos de un gris azulado, con manchas de diversos colores, lo cual demuestra según se dice un carácter bastante feliz, y que en Inglaterra es muy admirado, aunque nuestros compatriotas gusten más del color negro. Son los ojos, se dice, que nunca se ajan. Su condición se lee en la cara siempre bondadosa, amistosa y despierta, pronta a sonreír; en verdad se inclina más al regocijo que a una dignidad severa…” Y los ojos dice el refrán son verdadero espejo del alma.

En privado le había dicho al Rey que su divorcio de Catalina y sus pretensiones de constituirse en cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra por encima de Roma no eran válidas. En público evitaba los artilugios y las preguntas capciosas pero sus ojos confirmaban con la firmeza con la que Cristo miró a Pedro antes que el gallo cantara por tercera vez. El tipo de mirada que se clava cual espolón en el alma de aquel que se ha quebrado por el capricho del pecado. Tal vez fuera lo que cuenta Sargent[1], un Rey con espíritu sanguíneo y atropellado, arrebatado por el encanto tentador y tramposo de una fémina con “voluntad dominante” (mi abuela, que es calabresa, tiene un refrán bastante guarango para graficar estos caprichitos varoniles).

Política e históricamente este proceso fue un dislate, el quiebre artificial de la unidad cristiana por favorecer el interés de unos pocos es un hecho ilógico del que solo las plumas de historiadores como Belloc han podido dar cuenta de forma más o menos satisfactoria[2].

El enfoque sociológico moderno explica que estas persecuciones arbitrarias requieren de un proceso de autorización que dejen de lado las consideraciones morales habituales; para lo cual es menester deshumanizar a las víctimas privándolas de su identidad y comunidad, es decir de ser individuos independientes, diferenciados, capaces de elegir y pertenecientes a una red de individuos que respetan los derechos del prójimo[3]. La elevación del monarca por encima del papado cumplía lo primero: ser “papista” significaba cargar un estigma de leproso, equivalía a ser un traidor; las confiscaciones infundadas, los arrestos y persecuciones reforzaban lo segundo.

Como fuera; su cartujo silencio (carisma con el que Moro se identificaba[4]) pesaba sobre el reino como el testimonio vivo del peor de los alaridos. Thomas era la virtud; y la obscuridad es ausencia de luz. La coacción ejercida sobre los súbditos para que firmaran el Estatuto patentizaba su ilegitimidad. Thomas Cromwell reclamaba al rey que su “conducta” –al negarse Moro a jurar– “era causa de perdición y escándalo para el reino”, aun cuando el grupo del duque de Norfolk (parientes de Ana Bolena) hicieron presión sobre el Consejo, se inventaron cargos y se pagaron testigos, todo fue inútil, ni el obispo Fisher ni Lord Canciller bajaron la guardia, la verdad se imponía por sí misma: la firma no era más que la excusa para saciar de lujuria de uno y la avidez de riquezas de todos.

El ex Canciller del Reino tenía muy en claro el principio receptado en nuestro art. 19 de la Constitución[5] y por ello evitó exteriorizar aquello que todo el mundo ya sabía. Solo un acto externo, materia de la virtud de justicia puede caer bajo la potestad legislativa del Estado[6].

Y cuando el Colegio de Jueces leyó el veredicto de culpable, entonces fue el tiempo y he aquí una nueva cátedra de Fe, un ejemplo de coherencia jurídica y otra propina para la Isla.

“Considerando que ustedes están decididos a condenarme –¡Y Dios sabe cómo!–, en descargo de mi conciencia manifestaré, llana y libremente, mi opinión sobre la acusación y el Estatuto en cuestión.

La acusación se basa en un acta del Parlamento que contrasta directamente con las leyes de Dios y de su Santa Iglesia. La suprema jurisdicción de la Iglesia, o de cualquiera de sus partes, no puede ser asumida, por ley, por ningún príncipe temporal, ya que pertenece legítimamente a la sede de Roma por ese primado espiritual concedido, como singular privilegio, a San Pedro y a sus sucesores, los obispos de aquella sede por la palabra misma de Cristo nuestro Salvador, cuando en persona estaba presente en la tierra. Esa Acta pues, carece entre cristianos de fundamento jurídico para acusar a otro cristiano”. Además puso de relieve que esas Actas eran contrarias a los principios constitucionales de la “Magna Charta”, que establecía: “La Iglesia en Inglaterra sea libre y tenga íntegros todos sus derechos e inviolables sus libertades.” Más aún esas Actas vulneraban el juramento hecho por el rey Enrique VIII en el momento de la coronación[7].


El 6 de julio Sir Tomás subió al cadalso, dijo a los circundantes:

“que rogasen a Dios por el Rey y que moría habiendo sido siempre buen servidor del reino,

pero ante todo servidor de Dios”.


En: CASANOVA FERRO, Gonzalo. Revista “Gladius”, Año 15, Nº 43, Diciembre de 1992, pp. 51-82. (Nota: La selección realizada pertenece a las páginas 62-65).


Notas:

[1] Sargent, Daniel, Tomás Moro, Morcelliana, Brescia 1978.

[2] Hilaire Belloc, Así ocurrió la Reforma, Thau, Buenos Aires 1984.

[3] H. Kelman-V.L. Hamilton, Crímenes de obediencia, Planeta Argentina, 1990.

[4] Chambers, op.cit., “Mencionando la obra de Roper”, p. 74.

[5] 7 “Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están solo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados. Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohibe”, art. 19, C.N. Argentina.

[6] Sampay, Arturo Enrique, La filosofía jurídica del art 19 CNA, Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales, Buenos Aires 1975.

[7] Fray Contardo Miglioranza, Santo Tomás Moro. Vida popular, Claretiana, Bs. As. 1991, p.214.