Dos, una sola carne: amor y sacrificio

Matrimonio

Hodiernamente no hay palabra más usada que “amor”. Se ha vuelto un cliché, un eslogan. Mas, de tanto mal usarla se la ha ultrajado, se ha pasado de su uso a su abuso. Hay un exceso, un uso indebido, una deformación del concepto. Son los periódicos, “las revistas del corazón”, las telenovelas, las películas en los cuales se produce este abuso y confunden el verdadero amor con su caricatura. Ahora bien cómo distinguir entre el amor y su parodia. Podríamos marcar al menos dos notas distintivas: el orden y el sacrificio.

Veamos la antinomia de lo primero y repasemos mentalmente la situación actual del amor en boca de los abusadores. Cuando el amor se desordena se dirige principalmente a aumentar el narcisismo, el ego propio y así, poco a poco, el alma de esa persona va siendo ahogada por el orgullo, uno de los pecados capitales -que por cierto son la consecuencia de un amor desordenado-. Imaginemos un reciente matrimonio donde se presente este desorden.  ¿Cuántos años piensan que podrá mantenerse en pie algo construido sobre la arena? Han confundido la lujuria con el amor, buscando satisfacerse a sí mismo a costa del otro. Y ante cualquier mínimo altercado, y no sabiendo perdonar, se separan. Hay falta de amor, siempre la hubo, desde el momento en que se descarta el orden en el amor.

Por el contrario, si un matrimonio está incardinado en el amor ordenado y en el orden del amor, sabrán que por esencia éste es esfuerzo, generosidad, donación, es decir, sacrificio. El orden del amor que se dirige al bien del otro implica sacrificio; no se puede concebir matrimonio dichoso sin sacrificio. Y esto es lo que hoy parece olvidado, de allí tanto fracaso matrimonial.

Casarse, ha dicho Thibon, es tal vez la manera más directa, más exclusiva de no pertenecerse más. Uno se hace completamente responsable del otro y nos consagra de por vida a nuestro consorte. Y esta exclusividad y responsabilidad se enlazan en la fidelidad. Y solo puede existir fidelidad si hay disposición al sacrificio. Claro que hoy esta jerarquía del amor que hemos expuesto es totalmente lapidada. El sacrificio va contra el facilismo imperante, lo que trae consigo infidelidad, ya que la exclusividad y la responsabilidad por el otro se ven diluidas en la “felicidad” personal.

Contra lo que el mundo piensa, nosotros debemos velar por el orden del amor; y si el amor implica sacrificios es porque el amor humano tiene sus arideces y sus noches, pero sabemos que todo desierto tiene un pozo que alegra el corazón y que a toda noche le sigue un amanecer. Pasar estos entresijos trae la riqueza espiritual de haberse donado a la persona amada.

Pero nada de esto es posible sin la ayuda de la Gracia, la presencia del Amor en el amor humano: “Sacrificarse por una criatura, amarla a pesar de su nada, a causa de su nada: amarla con amor más fuerte y más puro que el deseo de la dicha, esto no es posible sino a condición de que el amor humano se conjugue y se amalgame con el amor eterno” (Thibon).

Cada uno es para el otro don de Dios, pues, quienes amando a Dios se aman en Dios han puesto un pie en el camino de la santidad:

“Porque Dios me la dio, yo puedo en ella

querer, una por una, cada estrella

y una por una, cada flor.

Dios me la dio porque sabía

que me bastaba para el verso:

Dios me la dio con toda la poesía

de todo el Universo.

Puedes amarla –me dijiste–,

puedes amarla en orden y alegría:

puedes buscarla en todos los colores;

puedes hallarla en toda la presencia;

con la gracia del sol y su licencia,

con el aplauso de los ruiseñores.

Por la alta paz de su mirada bella,

Señor, has aquietado la querella

del orden y el amor en que me ardía,

Señor: ¡gracias por ella!

¡y en ella, gracias por la luz del día”.

José Ma. Pemán

 

 

José Gastón

También nosotros…

“La fecha me invita a hablaros, como todos los años, de la solemnidad del día de hoy, conocida en todo el mundo; de lo que tiene de festivo para nosotros, y de lo que conmemoramos en esta celebración anual. Epifanía es un término griego que podemos traducir por «manifestación». Se nos dice que en este día adoraron al Señor los magos, advertidos por la aparición de una estrella que iba delante guiándoles. En el mismo día en que él nació vieron la estrella en oriente, y reconocieron quién era aquel cuyo nacimiento se les había indicado. Desde aquel preciso día hasta el de hoy estuvieron en camino, aterrorizaron al rey con su proclama y se encontraron con los judíos, quienes, con la Escritura profética en la mano, les respondieron que Belén era la ciudad en que había de nacer el Señor.

Teniendo la misma estrella por guía, llegaron luego hasta el mismo Señor, y, cuando les fue mostrado, lo adoraron, le ofrecieron oro, incienso y mirra, y regresaron por otro camino. En el mismo día de su nacimiento se manifestó a unos pastores advertidos por los ángeles, y en el mismo día, lejos, en el oriente, recibieron el anuncio los magos mediante una estrella; pero solamente en esta fecha fue adorado por ellos. Toda la Iglesia de la gentilidad ha aceptado celebrar con la máxima devoción este día, pues ¿qué otra cosa fueron aquellos magos, sino las primicias de los gentiles? Los pastores eran israelitas; los magos, gentiles; aquéllos vinieron de cerca; éstos, de lejos; pero unos y otros coincidieron en la piedra angular. Dice el Apóstol: Cuando vino, nos anunció la paz a nosotros, que estábamos lejos, y a los que estaban cerca. Él es, en efecto, nuestra paz, quien hizo de ambos pueblos uno solo, y constituyó en sí a los dos en un solo hombre nuevo, estableciendo la paz, y transformó a los dos en un solo cuerpo para Dios, dando muerte en sí mismo a las enemistades (Ef 2,11-22).

(…) Habiendo venido a destruir en todo el orbe, con la espada espiritual, el reino del diablo, Cristo, siendo aún niño, arrebató estos primeros despojos a la dominación de la idolatría. Apartó de la peste de tal superstición a los magos que se habían puesto en movimiento para adorarle, y, sin poder hablar todavía en la tierra con la lengua, habló desde el cielo mediante la estrella, y mostró no con la voz de la carne, sino con el poder de la Palabra, quién era, de dónde y por quiénes había venido. Esta Palabra que en el principio era Dios junto a Dios, hecha ya carne para habitar en medio de nosotros, había venido hasta nosotros y permanecía junto al Padre: sin abandonar a los ángeles allí arriba, por medio de ellos reúne a los hombres junto a sí aquí abajo. Resplandece por la verdad inmutable ante los habitantes del cielo en cuanto Palabra y yace en un pesebre a causa de la pequeñez de la posada. Él hacía aparecer en el cielo una estrella que le indicaba en la tierra como merecedor de adoración. Y, no obstante ser niño tan poderoso, tan grande, siendo aún pequeño, llevado por sus padres, huyó a Egipto debido a la hostilidad de Herodes; de esta manera hablaba, aunque no con la palabra, sí con los hechos, y en silencio decía: Si os persiguen en una ciudad, huid a otra (Mt 10,23). Llevaba carne humana en la que nos prefiguraba y en la que había de morir por nosotros en el momento oportuno. Éste era el motivo por el que los magos le ofrecieron no sólo oro e incienso, como señal de honor y adoración, respectivamente, sino también mirra, en cuanto que había de ser sepultado.

¿A quién no llama la atención el que los judíos respondieran según la Escritura a la pregunta de los magos, sobre el lugar en que había de nacer Cristo y no fueran a adorarle con ellos? ¿Qué significa esto? ¿No estamos viendo que incluso ahora sucede lo mismo, cuando en los ritos a que está sometida su dureza no se manifiesta otra cosa que Cristo, en quien no quieren creer? Cuando matan el cordero y comen la pascua, ¿no anuncian a Cristo a los gentiles, sin adorarlo ellos? ¿Qué otra cosa muestra nuestro actuar a propósito de los testimonios de los profetas, en los que está anunciado Cristo? A los hombres que sospechan que tales testimonios fueron escritos por los cristianos, no cuando aún eran futuros, sino después de acontecidos los hechos, los emplazamos ante los códices de los judíos para confirmar sus ánimos dudosos. ¿Acaso los judíos no muestran también entonces a los gentiles a Cristo, sin querer adorarlo en su compañía?

Una vez conocido y adorado nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien, para consolarnos a nosotros, yació entonces en un lugar estrecho y ahora está sentado en el cielo para elevarnos allí; nosotros, de quienes eran primicias los magos; nosotros, heredad de Cristo hasta los confines de la tierra, a causa de quienes la ceguera entró parcialmente en Israel hasta que llegare la plenitud de los gentiles, anunciémosle, pues, en esta tierra, en este país de nuestra carne, de manera que no volvamos por donde vinimos ni sigamos de nuevo las huellas de nuestra vida antigua. Esto es lo que significa el que aquellos magos no volvieran por donde habían venido. El cambio de ruta es el cambio de vida. También para nosotros proclamaron los cielos la gloria de Dios; también a nosotros nos condujo a adorar a Cristo, cual una estrella, la luz resplandeciente de la verdad; también nosotros hemos escuchado con oído fiel la profecía proclamada en el pueblo judío, cual sentencia contra ellos mismos que no nos acompañaron; también nosotros hemos honrado a Cristo rey, sacerdote y muerto por nosotros, cual si le hubiésemos ofrecido oro, incienso y mirra; sólo queda que para anunciarle a él tomemos la nueva ruta y no regresemos por donde vinimos”.

San Agustín

Sermón 202

Libro recomendado

“Estas páginas no pueden ser, ni lo son, un estudio erudito sobre el tema a tratar, pues solamente buscan acompañar al bautizado católico en el ahondamiento y reflexión sobre una de las nociones elementales de su catecismo básico.
Tal vez el lector se pregunte sobre el motivo para la elección de este Cuarto Mandamiento (“Honrarás a tu padre y a tu madre”). Ocurre que en este caso particular su comprensión por el creyente es despachada a menudo de manera superficial y empobrecida, por lo que se dejan ocultas muchas riquezas que no debemos resignar.
Ya en otra ocasión habíamos tratado el tema del Cuarto Mandamiento (en Misterios de Amor, Amistad y Patria) pero sobre todo en relación al vínculo entre los padres y la patria, ese doble cumplimiento que nos urgía esta virtud singular que los romanos llamaron la pietas.
Pero ahora buscamos lo que Dios ha querido decirnos y enseñarnos llanamente en las páginas de las Escrituras sobre nuestros padres y sobre nosotros.
Tal vez encontremos aquí aspectos harto singulares que habríamos pasado por alto.”

 

Para descargar: El mandato bifronte: honrar a los padres. Miguel Cruz

Es tiempo de regresar…

 

Con esta brevísima entrada damos por concluida la serie de artículos que tuvieron por temática la familia y la educación de los hijos.

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La familia, esa pequeña Iglesia doméstica, es para todo cristiano un alcázar a defender con la vida si fuera preciso, porque ella debe ser escuela de santidad. Si este alcázar cae, es eminente la destrucción moral y espiritual del hombre. O la familia es terreno bueno, o es terreno seco, árido, duro, pedregoso. Lo triste de todo esto es que la misma familia cristiana ha caído en cierta laxidad, tal vez, debido a los tiempos que corren, tiempos de confort. Pero si queremos formar un verdadero Hogar, escuela de santidad como hemos dicho, es menester volver a los paisajes alegres de la infancia, al agua y a la tierra, al trabajo y la oración, a la existencia profunda que extrae agua dulce de la fuente de la tradición, lo más noble que se nos ha legado. Así la tierra -el terreno del alma y también el Hogar-, es apta para que la semilla penetre en ella, crezca y dé fruto.

No basta defender, es menester conquistar, reconquistar. Que en cada corazón, en cada latido del corazón habite la nostalgia, la añoranza de un verdadero Hogar. Que el fuego del amor en donde padres e hijos se cobijan crezca y se haga inextinguible. Que toda nuestra vida sea sacrificada a restaurar-instaurar todas las cosas en Cristo.

Deseamos cerrar con un, aunque extenso, bellísimo párrafo de John Senior que merece ser leído y meditado una y otra vez:

“Es tiempo de regresar a esas condiciones en las cuales el ser humano puede crecer nuevamente, no solamente con aire puro y agua clara […], sino al aire y al agua naturales, a las flores y a los árboles, y, más importante aún, a los barrios y pueblos en los que podamos caminar a una velocidad humana normal, comprar en comercios amistosos donde el carnicero y el almacenero conozcan a sus clientes, enviar a nuestros hijos a colegios donde los padres conozcan a los maestros y los maestros amen su oficio y a sus alumnos.  Por supuesto, dado que somos humanos, podemos fallar; pero, porque podemos hablar entre nosotros, existe la posibilidad de que nos convirtamos en amigos y, aunque esto no resuelva la crisis mundial y la recesión económica, podremos vivir en hogares decentes aunque modestos, como familias […]”.

 

José Gastón

Por los frutos se conoce el árbol: la crianza de los hijos

“Inicia al niño en el camino que debe seguir,

y ni siquiera en su vejez se apartará de él”.

Prov. 22, 6

 

A diferencia de la enseñanza formal que reposa en métodos, en técnicas y en el esfuerzo cognoscente, la crianza se basa en hábitos. Ésta es puramente formativa: forma la persona total o integral. Se basa más en el ejemplo, en el trato humano, en el conocimiento por connaturalidad. En ella juegan un papel decisivo los afectos, la sangre, el suelo; o dicho de otro modo: la familia, la herencia, la patria. La crianza es una educación hecha “a medida” de la persona; trata de sacar lo mejor de sus aptitudes naturales.

La familia es paidocenosis, es decir un ambiente educativo, donde los padre forman y guían a sus hijos, por tal motivo podemos decir que son los primeros y más importantes pedagogos ­agós, conducir; paidós, niño-, pero este proceso de educación “no sólo queda en el niño sino que retorna a los padres como la imagen del espejo y ellos mismos son formados como hombres”[1]. Es más, esto se da desde la epifanía del hijo que se espera. Y ese hijo es, según bella expresión de Caturelli, lugar de encuentro y de co-incidencia de la mutua entrega de los esposos. Entonces, unos y otros se influyen y se ayudan en el camino de la perfección, pues sólo la familia será cristiana en la medida en que sea escuela de virtudes.

A este respecto daremos algunas consideraciones sobre la educación de los hijos, que no pretenden ser exhaustivas, sino tan sólo ejemplificadoras.

Podemos decir, analógicamente, que los niños son como los árboles, necesitan del aire, de la tierra, del agua y de la luz del sol. Sus manitas tienen que ser como las raíces del árbol: enraizadas en la tierra. En nuestro mundo de plástico, de ciudades de cemento, de edificios carentes de patios, y de la artificialidad de la televisión, el celular y la computadora, es imposible que crezca cualquier planta, y parece imposible que crezca un niño con ojos cargados de admiración, pues no hay nada que suscite despertar el anhelo por la belleza. Para que esto último acontezca, para que los niños sean un verdadero fruto fecundo necesitan la experiencia directa y cotidiana de los campos y sus dorados trigales, de los bosques y su tierra húmeda, de los arroyos y su agua cristalina, de los pájaros y sus melodiosos cantos, del pasto y  de la tierra entre sus dientes.

Los niños deben acampar bajo las estrellas, jugar en el barro, construir sus casitas de maderas ingeniándose las puertas, el techo, las paredes, hasta la forma de calefaccionarla. Deben salir al encuentro de dragones y centauros, de princesas y de caballeros que luchan por la justa causa del bien. Así la vida, su vida, su existencia, será preciosa, será una aventura y nacerán en el asombro y serán humildes, porque se sabrán pequeños, y esta humildad los hará alabar:

Los cielos atestiguan la gloria de Dios;

y el firmamento predica las obras

que Él ha hecho. (Sal. 18, 2)

En la Creación, tanto en el día como en la noche, podrán escuchar, en el misterioso lenguaje de su silencio, el mensaje que todas las cosas creadas se trasmiten unas a otras. Y tendrán un corazón bien puesto que los hará diestros para el misterio y capaces de develar algo de lo que tras las cosas se oculta. En última instancia, un corazón bien puesto es un corazón puro, y lo propio del corazón puro, que hay que cultivar toda la vida, es ver a Dios.

Desde pequeños hay que enseñarles a disponerse hacia el bien, a ser virtuosos. Así como muchas veces los padres envían a sus niños a que le enseñen algún deporte, a tocar un instrumento, de la misma forma se les debe enseñar a ser virtuosos, pues la virtud es un hábito, es decir, se debe practicar constantemente; de la misma manera como asiduamente practicamos con la guitarra para mejorar la técnica,

“De un modo semejante, practicando la justicia nos hacemos justos; practicando la moderación, moderados, y practicando la virilidad, viriles […] Por nuestras transacciones con  los demás hombres nos hacemos justos o injustos […] Así, el adquirir un modo de ser de tal o cual manera desde la juventud tiene no poca importancia, sino muchísima, o mejor, total”[2].

Por otra parte, debemos darle importancia a la lectura de cuentos, para que en lugar de dormirse con el celular en la mano, se duerman con la ilusión de despertar durante el sueño en ese cuento de hadas que se les ha leído, que no es otra cosa que el país soleado del sentido común.

De igual manera hay que acostumbrarlos al trabajo, desde pequeños y según sus posibilidades. Acostumbrar a los niños a trabajar desde pequeños es enseñarles a sopesar el trabajo de los padres, pero al mismo tiempo es ayudarles a que sean fuertes y no sientan el esfuerzo como algo penoso, sino como el camino necesario para alcanzar el gozo. Fr. Petit de Murat tiene, sobre este tema, unas páginas memorables en El amanecer de los niños que se encuentran cargadas de sentido común. Una de ellas refiere a la importancia de que el varón trabaje con sus manos, dice:

“Comprarles cosas de carpintería. Que hachen leña. El niño necesita de esas cosas de ingenio. Hay que ver la inteligencia del niño como se agudiza, cuando tiene en las manos un serrucho y un formón, y tiene que trabajar la madera y hacer alguna cosa; ¡y uno se siente artista!”.[3]

A este trabajo hay que impregnarlo del debido sentido, profundo y trascendental.

Al mismo tiempo los niños deben alimentarse de las prácticas católicas tradicionales: el rezo del rosario, las visitas al Santísimo Sacramento, el Vía Crucis. La oración es vital, es la respiración del alma, es ese impulso del corazón, del cual hablaba Santa Teresita, esa sencilla mirada lanzada hacia el cielo, que es un grito de agradecimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría. Enseñar a rezar, en familia, pero también en la intimidad de su habitación y de su corazón, el Padrenuestro, el Ave María y la oración al Ángel de la Guarda es indispensable. Es indispensable, también, hacer entender la oración como diálogo con una Persona y que esa Persona lo ama infinitamente.

Un peligro real son las liviandades de todo tipo en nuestra sociedad, que hace que muchos padres conserven a sus hijos en un recipiente herméticamente cerrado. Esto muchas veces es contraproducente. Cuando los padres contrastan, obstaculizan o impiden a los hijos la formación de su personalidad y quieren que “sean como ellos”, los niegan como personas. No hay que censurar y cortar, hay que educar su inteligencia y su voluntad para que formen su carácter, su personalidad, así podrán decidir como verdaderos varones y mujeres, distinguiendo el bien del mal. J. Senior al referirse a los adolescentes expresa certeramente:

“Denles una catequesis fuerte, sermones serios, buenos ejemplos y ejercicio físico. Gobiérnenlos con firmeza, pero no los enfermen: déjenlos leer los buenos libros ‘peligrosos’, y déjenlos practicar deportes ‘peligrosos’, como el rugby y el montañismo. La condición humana supone que alguno se quiebre una pierna y peque, pero en una familia católica bien equilibrada las caídas serán pocas y los cuerpos y las almas se recuperarán”.[4]

Aquí, en este terreno, en este verdadero Hogar cristiano, el Sembrador tiene buen suelo donde sembrar su semilla, la cual de manera invisible, en secreto y lentamente comienza a crecer y, naturalmente, no tiene más que una sola dirección: el Cielo.

 

Continuará en la próxima entrada…

 

José Gastón

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NOTAS:

[1] CATURELLI, A. Dos una sola carne… op. cit., p. 157.

[2] ARISTÓTELES. Ética nicomáquea, II, 1103ab.

[3] PETIT DE MURAT, M. El amanecer… op. cit., p. 139.

[4] SENIOR, J., op. cit., p. 51.