La educación en llamas

Libros en llamasCuando más hablamos de educación, es cuando más falta nos hace la misma. Cuando más hablamos de respeto, de amor, de sinceridad… es cuando más inhumanamente vive el hombre.

¿Podríamos analizar este siglo XXI como un siglo de decadencia? ¿O es acaso una época más donde se palpa de manera expresa lo más bajo de la naturaleza humana? ¿Habrán pensado nuestros abuelos lo que nosotros pensamos hoy sobre el futuro?

Los teóricos se cansan de generar nuevas teorías, los pragmáticos de implementar nuevas estrategias, los científicos de mirar aquello que ya han mirado cientos de veces. Pero pareciera que vamos de mal, en peor… ¿Acaso no es notorio que “darle en la tecla” implica conocer al hombre tal cual es? Dejar de negar y ocultar aspectos de la naturaleza humana no es más que soberbia. Reconocerse indigente no es humillante, es loable. Saber quiénes somos nos salvará, porque conocer la enfermedad nos permitirá identificar el remedio que alivie nuestro dolor y nos conduzca a la sanación. ¿O acaso el médico para curar niega la enfermedad e inventa otra distinta? ¿Por qué el hombre es capaz de reconocer sus miserias en lo corporal pero no en lo espiritual?… Nuevamente la soberbia… la madre de todos los vicios… y aquella que llevará a la humanidad a su condenación…

El hombre no mejorará su condición humana si no se detiene a contemplar aquello que le es más inmediato a la experiencia: su propia naturaleza. De este reconocimiento sincero devendrá la generación de soluciones que implementen medios realmente eficaces. ¿Los problemas del hombre se solucionarán por completo? Por supuesto que no. Aseverarlo sería como afirmar la posibilidad de instaurar el paraíso en la tierra. Los problemas del hombre no se acabarán, pero la tranquilidad de transitar el camino que lo lleve a su fin último y a la plenificación de su naturaleza, dará al hombre la paz que busca incansablemente.

¿Cuál es el papel de la educación en todo ello? Un verdadero educador sabe diagnosticar, cual médico, el mal que aqueja al hombre para poder elevarlo y sacarlo de su condición de ignorancia y error. Una educación en llamas es aquella que no sabe apagar el fuego de las ideologías, de los monismos que la apremian y confunden todo a su paso. Un educador que vive en tales condiciones no es capaz de ver con claridad a quién está educando. Reducidos, así, los sentidos, no puede dilucidar el mal que habrá de ser atacado, ni tampoco las consecuencias que devienen de sus acciones para aliviar el supuesto mal. Un mal diagnóstico, implicará un error en las estrategias y un desastre en las consecuencias.

Cual médicos que se preocupan por el avance de su ciencia, los educadores habrán de ser serios en el estudio de la naturaleza humana. Conociéndola, serán capaces de conducir a quienes serán educados, hacia su plenificación, siempre partiendo de las contingencias particulares.

Nos seguimos engañando con nuevas teorías, con implementación de leyes siempre redundantes en los mismos errores y nueva tecnología que en vez de funcionar de recursos se piensan como panacea. Es necesario volver hacia aquel uso de la razón que Pieper tan bien explicase: “La Edad Media distingue entre la razón como Ratio y la razón como Intellectus. Ratio es la capacidad de pensamiento discursivo, de búsqueda e investigación, de abstracción, de precisión, de las conclusiones. Pero Intellectus es el nombre que recibe la razón en cuanto facultad del simplex intuitus, de la “simple mirada”, a la que lo verdadero se ofrece como el paisaje a los ojos. La facultad espiritual de conocimiento del hombre, así lo han entendido los antiguos, es las dos cosas en una: ratio e Intellectus; y el conocer es el actuar conjunto de ambas.”[1]

La educación no dejará de arder hasta que no recuperemos la capacidad de contemplar. Sólo así llegaremos a lo más profundo de nuestro ser y, con ello, hallaremos la respuesta a la educación del hombre.

 

Basta de tecnicismos, basta de ideologías, basta de teorías monistas… el hombre necesita mirarse nuevamente con realismo, conocerse en su interioridad y, sólo así, sabrá a qué está llamado.

 

 

 

 Catalina Amethyst

 

[1] PIEPER, Josef. El ocio, fundamento de la cultura. Bs. As., Librería Córdoba, 2010. p. 160.

Y libéranos de toda liviandad…

blablaA diario se nos presentan situaciones que ponen a prueba nuestros conocimientos y nuestra paciencia. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Pues bien, los conocimientos se ponen a prueba frente a ideas expresadas por otras personas, ya sea de manera directa u oídas al pasar. Nuestra paciencia se pone a prueba cada vez que dichas ideas se apoyan en la carencia total de fundamento. La paciencia de nuestro puño se evidencia en nuestra quietud frente a la seguridad con que tales teorías se postulan.

Lamentablemente, a diario se prueba nuestra paciencia…

El día de hoy escuché una teoría tan interesante como estúpida, proveniente, nada más ni nada menos, que de una alumna (ya mayor) de una Universidad Nacional. El dato es interesante ya que el pensamiento (o la falta de pensamiento) es común en nuestras universidades nacionales… tristemente.

La teoría surge a partir de una clase de Ética en la que esta alumna había participado. La profesora de dicha materia les había asignado un caso de dos homosexuales (varones) que querían “tener un hijo”. Recurrieron a la inseminación artificial (uno de ellos donaba los espermatozoides y, obviamente, necesitaban un óvulo de alguna mujer… espero que por esto el INADI no haya denunciado a la naturaleza por discriminación y no aceptar la fecundación a partir de dos espermatozoides). Además de la inseminación necesitaban alquilar un vientre… otra injusticia de la naturaleza… La cuestión del caso se centraba en las consecuencias de tales actos. La alumna en cuestión le contaba a su amiga lo autoritario de la opinión de su profesora que trataba de hacerles notar las consecuencias psicológicas que esta situación tendría para el pequeño niño fecundado artificialmente. La alumna, con mucha seguridad, afirmaba que la única consecuencia sería la “patria potestad” en caso de que la pareja se separase. La solución era legal ya que ambos, pretendidos “padres”, habían firmado un papel donde ninguno reclamaría el derecho sobre el niño; aun siendo el donador del esperma y por tanto padre biológico. La alumna insistía en la inexistencia de consecuencias morales y sociales a partir de los actos de estos hombres.

Es interesante notar cuánta razón tenía Gramsci cuando afirmaba que cambiando la cabeza (el sentido común – común sentir de la gente) se cambiaría la sociedad. En la actualidad existen muchísimas personas, entre ellos estudiantes y profesores universitarios, que apenas piensan más allá de lo que ven. Siendo aún peor su seguridad al afirmar cualquier idea que se autoproclame democrática y liberadora.

Efectivamente es necesario reinstalar en las personas, principalmente en las universidades, el uso de la inteligencia. Hemos descuidado, como sociedad, la capacidad de pensar, de profundizar, de buscar argumentos, de pretender conocer la verdad. ¿Nos conformamos acaso con las opiniones de moda? ¿Tan poco reflexionamos que podemos llegar a mirar la realidad con tanta liviandad? En momentos como este no es claro el sentimiento: ¿da lástima por las personas que piensan así o bronca porque lo diseminan sin escrúpulos, mucho menos conciencia?

Comencemos a preocuparnos y a ocuparnos porque la liviandad en el pensamiento y en la moral está ahogando nuestra sociedad. Esto no significa que en épocas anteriores la humanidad no haya vivido decadencias similares; pero ello no justifica el dormirse en los laureles… porque si todavía no nos hundimos del todo, es porque ha habido personas que han podido salvar algo de la dignidad que como seres humanos, e hijos de Dios, tenemos.

Contra la liviandad se lucha. Primero, contemplando. Segundo, estudiando. Tercero, disputando. Pero principalmente, implorando a Dios nos conserve la inteligencia y nos aleje de la estulticia.

Catalina Amethyst

Aclarando conceptos: ¿qué es la libertad de cátedra?

Libertad de cátedraEn una época donde tanto hablamos y defendemos la libertad a cualquier precio, es cuando menos sabemos definirla. La definición implica una delimitación de lo que las cosas son. Sin dicha demarcación, podemos asegurar que algo es lo que no es; o que no es lo que es, sólo porque “opinamos” que es así. ¡A tal grado de estulticia ha llegado el hombre!

La libertad es “la facultad de elegir entre los medios que conducen a un fin determinado” (Hello; 1980: 11) Dicha facultad es inexistente en seres que carecen de inteligencia, ya que es ésta la que muestra lo que las cosas son, dejando vislumbrar así, la bondad o maldad de las mismas. La voluntad se ve, así, iluminada para poder actuar conforme a lo que la inteligencia haya determinado como bueno. Sin embargo, somos conscientes de que no siempre vemos con claridad las cosas o que, incluso viéndolas, no elegimos siempre lo mejor. No reconocer, en este punto, el efecto del pecado original, es pretender negar la propia naturaleza humana. Hacerlo, sería como imitar a un niño que no quiere aceptar que no puede volar y, a pesar de las advertencias, se tira del techo de su casa con una capa. A él lo disculpamos por ser un niño y seguramente aprenderá de su experiencia… no podemos decir lo mismo de tanto grandulón que todavía cree y aún más, enseña, que dejando al hombre hacer lo que “sienta” será más feliz. No sé si a personas como estas hay que denunciarlos por maliciosos o felicitarlos por insistentes. Jamás el hombre logrará su plenitud animalizando su vida. La libertad, entendida como libertinaje, sólo hará al hombre más esclavo, nunca más dueño de sí.

La libertad, en el ámbito universitario, no escapa a tales consideraciones. Una libertad de cátedra mal entendida y practicada, tendrá consecuencias graves no sólo en los claustros, sino que sus efectos se extenderán en el plano social. No se trata aquí de hacer futurismos, sólo basta mirar a nuestro alrededor; porque casi 100 años[1] de libertinaje de cátedra ya tienen sus consecuencias…

Hemos de recordar, tal como señaláramos en artículos anteriores[2], que el fin propio de la universidad es la búsqueda, el conocimiento y la transmisión, siempre desinteresada, de la verdad. Una institución que se pretenda educativa y se aleje de tal fin, podrá ser cualquier cosa, pero nunca una universidad.

Podemos preguntarnos, entonces, qué implicancia tiene la libertad en esto. Pues bien, uno de los aspectos fundamentales de la vida universitaria ha sido, desde sus orígenes, la libertad de investigación y de enseñanza; siendo, ambos, constitutivos de la libertad académica. En primer lugar, la libertad del docente para investigar implica la superación de los propios prejuicios a la hora de buscar la verdad, así como la eliminación de toda presión interesada que pudiese poner en riesgo la pureza de la investigación. Así lo explicara con muchísima claridad Derisi: “El investigador en su labor universitaria sólo busca la verdad. En esta búsqueda, la verdad es el único fin que debe moverlo inmediatamente, porque, cualquier otro motivo que interfiera este movimiento, pondría en peligro esta investigación y podría desviar la mente de su objetivo y disminuir y aun deformar los resultados de la misma, que no pueden ser sino la verdad misma” (1980: 180) Investigar teniendo ideas a priori que se quieran demostrar, movidos por creencias propias o por presiones, por ejemplo, políticas, socava la verdadera libertad de investigación. Se vuelve, el maestro, un títere o de sus pasiones o de grupos externos. Lo peor suele ocurrir, cuando quien investiga, se cree libre en dichas condiciones. Nada más triste… y más peligroso.

Junto a la libertad de investigación, se encuentra la libertad de cátedra o de expresión. La una sin la otra, no existen. La verdadera libertad de cátedra supone la enseñanza de aquel conocimiento científico, filosófico e incluso teológico que se conoce, se piensa y se acepta. “Ningún profesor puede ser obligado a enseñar lo contrario a lo que él piensa, o aquello de lo cual no tiene evidencia ni certeza” (Derisi; 1980: 187) Que buena decisión se ha tomado en diferentes épocas en nuestro país retirando a los profesores que enseñaban teorías falsas y destructoras en las universidades. ¿O acaso hubiesen preferido enseñar algo distinto a lo que pensaban?

La presión sobre la libertad de cátedra puede ser, incluso, muy sutil. En nuestras actuales instituciones de nivel superior, así acontece. Se impide, de modo más o menos solapado según las circunstancias, la expresión de la verdad conforme el maestro la haya descubierto. Si lo que se tiene que decir, no corre por la misma vía de los grupos universitarios de poder, se impide su expresión, aunque parezca paradójico, en nombre de la misma libertad de cátedra. Y esto es así porque, justamente, hablar de verdad implica una falta de respeto para una universidad cuya concepción de libertad de cátedra implica no reconocer verdad absoluta. Sí, es tan absurdo como suena: la universidad se autoproclama libre porque puede pensar lo que quiera, siempre y cuando no asevere la existencia de una verdad absoluta.

La cuestión de la libertad de cátedra no es difícil de resolver cuando se tiene claro, previamente, qué implica la libertad de investigación. Un profesor que alcanza la verdad, fácilmente podrá enseñar verdaderas teorías a sus alumnos sin tener que traicionar su pensamiento. Porque si realmente su fin es desinteresado, se rendirá ante la evidencia de lo verdadero y no querrá más que transmitir lo que las cosas son. En nuestros días, tanto estudiantes como profesores universitarios, no comprenden tal simpleza. No la comprenden porque no aceptan la fuerza de la verdad, no quieren verla o simplemente ignoran que la misma pueda existir.

Recuperar la noción de la libertad de cátedra requiere sentarnos a conversar sobre la verdad. Asegurar, en una universidad, que la verdad absoluta no existe y que la misma se construye, socava el fin de la Universidad: la búsqueda y transmisión de la verdad. Traiciona, quien piensa de ese modo, a los miembros que asisten a dicha institución y a, quienes no siendo universitarios, confían en la misma. Quien no busca la verdad en el ámbito universitario, es un parásito que le quita vida; un miserable que pretende robar la luz que la humanidad tiene para guiarse en el tránsito de lo terreno; un demagogo que se dice universitario y no hace más que destruir, desde dentro, tan noble misión de encontrar la verdad.

Quien defiende una libertad de cátedra sin verdad es un mentiroso o un ignorante culposo. En ambos casos, el repudio público es lo menos que se merece.

 

Catalina Amethyst

 

 

[1] A partir de la denominada Reforma del ’18, la cuestión de la libertad de cátedra continúa su perversión y comienza la caída libre.

[2] Lo que hoy llamamos universidad ¿es tal?

La verdad sobre los partícipes de la Gesta de Mayo de 1810

CabildoabiertoEl gran Papa León XIII, extractando a Cicerón dijo: “La primera ley de la historia es no atreverse a mentir; la segunda, no temer decir la verdad”.

Decir la verdad sobre la Gesta de Mayo implica hacer referencia a los hechos históricos tal como acontecieron, a la vez que destacar a las personas que le han dado vigor; reconociendo sus virtudes a fin de re-establecer su nombre y proporcionar a la sociedad uno de los dones más valiosos de la humanidad: los arquetipos. Ya lo explicaría el P. Alfredo Sáenz en su libro Arquetipos Cristianos: “el arquetipo es una suerte de modelo original que golpea al hombre y lo atrae por su ejemplaridad, un primer molde –inmóvil y permanente-, una forma o idea concretada en una persona, que tiende a marcar al individuo, instándole a su imitación” (2005: 8)

Ahora bien, la historiografía oficial liberal-marxista, que peca de falsaria en el relato de la historia, se ha encargado, a lo largo de estos dos siglos, de ofrecer figuras que se acercan más a la fantasía que a lo verdadero, pretendiendo mostrar una realidad y una concepción de la Gesta de Mayo que no es tal. El modelo ofrecido se aleja de la verdad y, en tanto tal, nos distancia como sociedad de la posibilidad de tener verdaderos héroes que nos permitan elevar la mirada hacia los grandes ideales y, por su intermedio, al mismo Dios.

Decir que algo es lo que no es y que no es lo que es, resta claridad no sólo en torno a la Gesta de Mayo, que para muchos podría no ser más que una cuestión anecdótica; sino que también ofrece un modelo de hombre y de sociedad decimonónica falsa. Se nos hace creer así, que lo de Mayo fue una revolución en contra de la tiranía hispano-católica y que, gracias a los ideales de la Revolución Francesa y la instauración de la sacra democracia, fuimos salvados. Nada más alejado de la realidad…

Hemos de destacar, como lo diría Antonio Caponnetto, que la Gesta de Mayo no se realizó en contra de España en pos de la liberación de la opresión; tampoco estuvo inspirada en la Revolución Francesa y, por lo tanto, tampoco en los ideales de libertad, igualdad y fraternidad; mucho menos fue un estallido populista sostenido en el principio de la soberanía popular y la lucha de clases; por último, no hemos de olvidar que dicha Gesta no pretendió significar, de modo alguno, una ruptura con la Iglesia y la posterior secularización del poder político.

Este engaño histórico se manifiesta, también, en la centralidad que la historiografía le ha dado a las figuras equivocadas. Es necesario aclarar que existieron, en la Junta porteña, dos líneas claramente identificables: la del teniente coronel Cornelio Saavedra y la del doctor en leyes Mariano Moreno. En torno a esto se suscitan las más crudas discusiones. Tal es así que dos de las verdades que parecen blasfemias, diría Hugo Wast, son, por un lado, la poca intervención que tuvo Mariano Moreno en los acontecimientos y cuando la tuvo “fue insignificante, cuando no funesta”; por otro, decir que el actor principal fue el jefe de los militares, don Cornelio Saavedra, siendo él, el primer gobernante de la República Argentina. La pronunciación de ambas verdades son al liberalismo, lo que es una blasfemia, una herejía y un sacrilegio, juntos, a la religión católica.

Ahora bien, podemos referirnos a Saavedra, tal como lo describiera el historiador Juan Luis Gallardo: “un jefe militar, poco amigo de la retórica, con ascendente sobre sus hombros y prestigio popular. Prudente, pragmático, siente apego por las tradiciones y desconfía de los arrebatos revolucionarios que suelen distinguir a ciertos intelectuales” (2007: 66). Saavedra era un personaje destacado en la Ciudad de Buenos Aires, Jefe del Regimiento de Patricios, militar de pura cepa. Un hombre de recta formación, humilde y prudente que supo buscar consejo en las obras de San Agustín y Santo Tomás cuando hubo de ser alcalde, procurador y gobernador. Se destacaba por su honradez y su serenidad; hombre respetado por sus soldados, por civiles y religiosos. Era un gran defensor de la justa autonomía de España, en tanto reconocía que el Rey ya no podía gobernar en ese entonces; pero lo cual no significaba, de modo alguno –y esto él lo tenía muy claro-, que habríamos de dejar de lado los bienes espirituales recibidos: el regalo más grande otorgado por nuestra Madre Patria.

El papel cumplido por Saavedra en los acontecimientos de Mayo fue destacado. El proceso llevado adelante, que nada tuvo de revolucionario, fue accionado por una mente prudente, siendo él el guía más fuerte para lograr el cometido de fidelidad al Rey y rechazo de las fuerzas napoleónicas. Con claridad mental y madurez personal, supo dirigir el proceso y poner límite al accionar arrebatado de los más jóvenes, obnubilados estos por los ideales de la Revolución Francesa, que había conocido por contacto directo en Europa o apenas de oídas. Saavedra era un hombre respetuoso de las tradiciones y fiel reflejo de la sociedad del momento, procuró una Gesta cuyo significado real fuese la restauración del legado hispano-católico, verdadera raíz de nuestra Patria.

En contraposición a esta figura, nos encontramos con Moreno, a quien la historiografía oficial elevó al canon de “verbo de la Revolución”; luego de esto, muchos inocentes y no tan inocentes se referirán a él con varios calificativos que de manera alguna merece. Moreno no fue el espíritu de Mayo ni el padre de la democracia; decir esto es considerar que otros personajes, verdaderamente grandes, fueron títeres insignificantes.

Hemos de aclarar que la Gesta de Mayo se hizo sin Moreno; sin embargo, no podría haberse hecho sin Saavedra.

Moreno no colaboró con los patriotas en ninguno de los preparativos, apareciendo recién en el Cabildo, ya realizado todo, al anochecer del 25 de Mayo. Se presentó incluso de mala gana, ya que todo se hizo en contra de sus ideas… y gracias a Dios que así fue, debido a que como abogado de los ingleses es fácil demostrar que sus intereses no eran los de la Patria. Sus intereses no estaban puestos, en modo alguno en los acontecimientos que se iban sucediendo en tanto no favorecían su bien particular. Aún más, Moreno había labrado una gran fortuna en su profesión de abogado y su vida se franqueaba entre su trabajo y su familia; aspectos que para nada son reprochables, pero que no habilitan a la historiografía a elevarlo al lugar de prócer de nuestra Patria.

Mariano Moreno a quien se le otorga toda la gloria de la Gesta no gastó ni tiempo, ni dinero, ni sangre. Ya lo diría Hugo Wast: “no se mezcló con el pueblo para enseñarlo y enardecerlo, no pronunció un solo discurso, no empuñó nunca un fusil, no fue visto jamás en la línea de fuego, ni en los sitios de peligro, y su nombre no figura (…) en ninguna de las innumerables listas de donativos en defensa de Buenos Aires” (1995: 17). La historiografía se ha encargado de colocar a Moreno junto o por encima de los mismos Belgrano y San Martín en la defensa de la Patria. Nada más alejado de la realidad. Aún más… ¡qué dificultad para un serio historiador que quisiese elaborar una biografía auténtica de Moreno!; tropezará con la más desalentadora situación: la falta de asunto. Aún más, las Memorias escritas por el mismo Mariano Moreno no tienen más de quince hojas. La historia que hoy conocemos se hizo no sobre Moreno, sino en torno a Moreno; lo cual redunda en la falsedad de la historia.

No es excusa la edad a la que Moreno murió, ya que si verdaderamente es un genio, hubo tiempo de demostrarlo hasta los 31 años. La historia no se hace sobre promesas sino sobre hechos, son los grandes acontecimientos los que forjan nuestra Patria, no lo que pudo haber sido. Mariano Moreno vivió en una época propicia para desarrollar su talento y mostrar su heroísmo en caso de haber tenido ambos; sin embargo él prefirió espiar la historia desde “lejos y escribirla después en el abrigado rincón de su bufet” (1995:20), tal como expresase Hugo Wast.

Definitivamente no es este el personaje más destacado de la Gesta de Mayo. El objetivo no es desprestigiar a una persona, sino ser realistas y fidedignos a lo que realmente aconteció. La historia se forja con los grandes héroes, no dejemos que nos enseñen otra cosa. No lo olvidemos, Moreno era un comulgante fiel de la Revolución Francesa, y en este sentido opositor al verdadero significado de la Gesta de Mayo; diría el mismo Gallardo: “es un ideólogo en todo el sentido del término pero, a la vez, un trabajador infatigable, capaz de poner por obra su pensamiento” (2007:66-67), lo cual, siendo esto último una virtud, convirtió al mismo Mariano Moreno en traidor de dicha Gesta en tanto sus ideas resultaron contrarias a nuestra tradición hispano-católica. Es claro reconocer, entonces, el motivo por el cual Mariano Moreno ha sido elevado, luego de su muerte, a la figura de prócer de Mayo si tenemos presente que la historiografía que conocemos es de carácter liberal y, en tanto tal, lo establecido por ella, se constituye en un dogma.

En la misma línea de Moreno, se ubica su primo Castelli, a la vez que los conocidos French y Berutti, de estos últimos no podemos decir que hayan sido, tal como nos cuentan, apenas unos jóvenes que promovían el patriotismo repartiendo cintas celestes y blancas. French y Berutti, como tantos otros pertenecían a la Liga Infernal, agrupación que se convertiría en la “fuerza de choque” de las ideas revolucionarias inspiradas en la Revolución Francesa.

A raíz de todo lo desarrollado hemos de aclarar, entonces, que el 25 de Mayo no es el día que nace la Patria porque esta lo hace mucho tiempo antes; no es el comienzo de nuestra libertad porque no éramos esclavos sino una provincia más de España; no rompimos ninguna cadena porque no éramos presos sino que cortamos lazos con un gobierno francés del cual nos convertiríamos en colonia. A partir del 25 de Mayo se habló en nuestra Patria de lealtad y fidelidad, no de separación ni de independencia. Nuestro enemigo no era España y la tradición católica, sino Napoleón y la división de nuestra Patria.

Festejemos este 25 de Mayo reconociendo que tuvimos un primer gobierno patrio decente, encabezado por Cornelio Saavedra y respetuoso de aquellos ideales más valiosos que tiene la humanidad: Dios, la Patria y la Familia.

Entender el presente y prever el futuro implica, necesariamente, conocer el pasado de manera cierta. Los miembros de la sociedad necesitamos de manera permanente modelos de heroísmo, reflejo de las virtudes más elevadas que conducen al hombre hacia su perfeccionamiento. Esto es lo que hacen los próceres. Los arquetipos nos permiten comprender que el heroísmo no es algo alejado de la naturaleza humana, sino, por el contrario, el signo más resplandeciente de la juventud. Vivir una vida llana y cobarde no nos permite alcanzar los grandes ideales para los cuales hemos sido llamados. La Patria nos necesita, seamos imitadores de los grandes héroes en todas sus virtudes y, principalmente, en la búsqueda de la verdad y la conquista del Bien Común, tanto natural, como sobrenatural.

Encomendémonos en ello, a María Santísima, modelo de Santidad.

Catalina Amethyst

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Se recomienda leer El terrorismo morenista (Nota Nuestra)

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Bibliografía

  • Caponnetto, Antonio. (2010) El Bicentenario en el aula. El 25 de Mayo de 1810 contado para chicos. Buenos Aires: Co-ed. Santiago Apóstol y Bella Vista.

  • Gallardo, J. L. (2007) Crónica de Cinco Siglos 1492/1992. Buenos Aires: Vórtice.

  • Sáenz, Alfredo. (2005) Arquetipos Cristianos. España: Gratis Date.

  • Wast, Hugo. (1995) Año X. Buenos Aires: Ed. Theoría.

“Lo que hoy llamamos Universidad, ¿es tal?”

Disputatio

1.      Introducción

Reconocemos a nuestro alrededor muchas universidades, de distinto tipo y denominación; con legislación vigente a nivel nacional y programas de estudio para sus diferentes carreras. Todos creemos saber lo que es una universidad, por el hecho de haber vivido u oído sobre aquellas instituciones educativas que nos permiten acceder a un título que actúa como llave para el ingreso al mundo laboral-profesional. Pero, ¿Sabemos lo que es realmente la universidad? Las instituciones que hoy denominamos universidades, ¿son realmente tales?

 2.      ¿Qué es la Universidad?

Primero hemos de dejar claro que aquello que sea la universidad, es decir, su esencia inmutable, puede ser definida por su fin específico, el cual se encuentra más allá de toda mutación que la institución universitaria pueda sufrir; ya sea producto de la geografía, la historia, etc. Para aclarar brevemente este aspecto, podemos hacer una comparación. Así como los seres humanos tenemos en común nuestra esencia, es decir, aquello que nos hace humanos, poseemos también una individualidad, que nos hace diferentes en determinados aspectos, producto esto de nuestra existencia. De igual modo, la universidad posee una esencia que hace que sea tal, y la provee de características que le son propias y provoca que se distinga de otros tipos de institución, incluso educativas; sin embargo, no podemos decir que no sea poseedora de una existencia, una singularidad visualizada en sus características peculiares e individualizantes, es decir, notas distintivas que la diferencian de otras universidades. Por lo tanto, si bien hablamos de varias universidades reales e históricas, es importante clarificar la necesaria existencia de la universidad, definida como concepto universal, que nos permite saber si la institución que hoy llamamos universidad, es realmente tal.

Podemos y debemos, entonces, definir a la universidad como aquel “órgano superior de investigación y transmisión de la verdad al servicio de la comunidad y, como tal, órgano superior de cultura en todas sus manifestaciones en cuanto fundadas en la verdad” [1] Aquí hay varios aspectos para analizar a partir de la visualización de lo que llamamos universidad. Sin embargo, no podemos comprender la universidad actual, sin una mirada hacia el pasado, constitutivo directo del presente.

3.      La Universidad a través de la historia

Lo primero que se ha de destacar es que la universidad como Escuela de Sabiduría es una institución medieval, que nace impregnada del espíritu cristiano y todas sus características. La Teología y la Filosofía fueron los pilares en torno a los cuales se erigió toda la estructura universitaria. La comunidad de maestros y discípulos, que supone la universidad, se reúne para encontrar la verdad. En este sentido, la investigación y la transmisión de la verdad, apuntan a la búsqueda de la Sabiduría, siendo éste uno de los medios de santificación del universitario, a causa de que con su inteligencia y ejemplo debe ser “luz del mundo”. Conocer y transmitir la verdad resulta ser, para el universitario, su deber para con Dios y la Patria.

Este centro de Sabiduría, que utilizaba el método escolástico de la lectio, quaestio y disputatio, para alcanzar el conocimiento; iría desapareciendo progresivamente a causa del alejamiento de la Fe, por parte de muchos universitarios. El inicio de la separación entre Fe y Razón, con centralidad en esta última, fue generando una Universidad Filosófica. Si bien aún se buscaba la verdad a partir de los cánones filosóficos, la referencia a Dios, al Logos, como principio de unidad de todo lo que es, se fue diluyendo poco a poco; lo cual tendría en breve tiempo, sus graves consecuencias.

La Universidad Científica no tardaría en llegar y, con ella, el reinado del método científico. A partir de ahora, sólo es considerado conocimiento válido aquel que haya pasado por el tamiz de este único método; el cual, entre otras cosas, exige la comprobación empírica del objeto. Esta universidad, en donde la razón humana, con capacidad inagotable de conocer lo que le rodea, tiene el papel principal, aún busca conocer la verdad, aunque sea en el pequeño segmento de estudio de cada ciencia particular. Sin embargo, la incapacidad de la ciencia moderna para unificar sus conocimientos con los de otros saberes, teniendo como medio de unión la Filosofía, tiene implicancias inmediatas en el modo de comprender y actuar en el mundo.

Es con la intromisión del Estado y la política en el ámbito universitario, donde continúa y se acelera la caída de esta institución superior. Así, la Universidad Profesional tiene como estandarte, no ya la búsqueda del conocimiento, sino la adquisición de un título que le permita al egresado, desempeñarse laboralmente y obtener el dinero para subsistir en el mundo. El estudiante de esta institución educativa ingresa a la misma con un único objetivo: recibirse. Qué y cómo aprende, no son un punto central de interés. Este tipo de universidad adquirirá, pronto, un carácter burocrático. El Estado Moderno, se inmiscuye en aquel ámbito cultural que no le corresponde y reclama para sí, derechos que no le son naturales. Es así como “Napoleón engendra la nueva Universidad francesa de 1806, subordinándola a los intereses de su política y a la formación de funcionarios; ha desaparecido la Universidad “libre”; la nueva se estructura a partir del derecho subjetivo del Estado y al servicio del Estado”.

A esta universidad ya profesionalizada y burocratizada, se le agrega, tanto en países liberales como comunistas, el matiz tecnocrático. Así, la universidad ya no busca conocer las causas, indagar en torno a los grandes interrogantes de la vida humana; sino que lo que importa es adquirir y desarrollar “las técnicas del hacer”. La incapacidad de los estudiantes de pensar en los fines, hace que pierdan la perspectiva de lo que hacen técnicamente; esto da como resultado profesionales burócratas y autómatas. Personas que se creen libres, pero que en realidad responden, siempre, a un gobierno e, incluso, a grandes instituciones que deciden el destino de la sociedad toda.

Ahora bien, los grandes temas que han sido dejados de lado, reingresaron en pocos siglos al ámbito académico; pero cargados, ahora, de ideología: es cuando nace la Universidad Ideológica. Así, las características propias de la ideología, las adquiere la universidad: la dogmatización de aspectos contingentes, el encubrimiento de la realidad y el servicio a intereses sectarios, la estructuración del pensamiento en torno a un conjunto de ideas polémicas, la dependencia a un sistema filosófico que se deforma al ideologizarse, las pretensiones totalitarias al presentar “su verdad” como única. En este tipo de universidad, la ideología se convierte en el sustituto permanente de la teología, la filosofía y las ciencias particulares. Obviamente, ya no importa el ajuste de la inteligencia a la realidad; por lo tanto, la verdad no es el objeto a alcanzar por una comunidad de profesores y alumnos, de manera desinteresada. La Universidad Ideológica tiene como estandarte la defensa de intereses sectarios y la imposición de una “verdad” que oriente las mentes hacia una visión de la realidad, nunca realista. Además de ello, no podríamos nunca hablar, en este tipo de universidad de “comunidad”, ya que con la ideología impera el conflicto; de este modo, el diálogo académico para poder alcanzar, desinteresadamente, la verdad, ya no existe. Esta Universidad Ideológica engendra pronto la Universidad Contestataria, aún regida por el marxismo, cuyos principios inamovibles son la lucha, el conflicto, la “contestación”, la falsa idea de justicia que todo lo sacrifica en pos de una igualdad sin límites. Sin embargo, este conflicto que genera desorden por naturaleza, es pronto reemplazado por la “disciplina del Partido Comunista”, apenas se alcance el poder, dando lugar así a la Universidad Comunista. Esta universidad, dependiente e “instrumento del Estado” totalitario comunista, tendrá como misión principal propagar “su verdad” e imponer las nuevas “reglas de juego” sociales, e incluso intelectuales.

Esta última universidad parece ser el final trágico de la intelectualidad y, por lo tanto, de una sociedad rica culturalmente. Sin embargo, la historia nos muestra cómo existen opciones que pueden subsanar las heridas, llenar vacíos y corregir errores intelectuales, con lo que se conoce como Universidad Volante[2]. La misma, siendo paralela a la universidad estatal, pretende elevar el nivel intelectual y conocer aquello que el Gobierno prohíbe, a fin de que las nuevas generaciones puedan ser, por fin, “luz del mundo”. Si bien no es una universidad en sentido estricto, es una luz de esperanza para las nuevas generaciones que realmente quieren vivir el espíritu universitario, ser verdaderos estudiantes y profesores que se unen para alcanzar el conocimiento de la verdad.

4.      Entonces, ¿podemos hablar en la actualidad de Universidad?

El anterior recorrido histórico muestra cómo las variaciones que ha sufrido la Universidad, han afectado mucho más que cuestiones accidentales, han modificado esta institución desde su raíz. Es por este motivo que en nuestros días no podemos hablar, en sentido estricto, de Universidad. A continuación podremos clarificar el porqué.

En primer lugar, debemos retomar las nociones de esencia y existencia. Si bien el entorno en que se ha desarrollado la Universidad no ha sido siempre igual, ni lo será; la institución ha perdido progresivamente sus notas esenciales, desfigurando, por lo tanto, lo que ella era.  La pérdida de la comunidad de profesores y alumnos, a causa de la ideologización y la instauración del conflicto y la imposición de una “verdad” que no pretende más que la supremacía de determinados intereses; elimina la noción recta de docencia, la cual debe ser entendida como servicio y guía del discípulo hacia el descubrimiento de la verdad, siempre mediado por un santo diálogo académico. Claro está, entonces, que sin docencia no hay Universidad. Esto produce, de manera casi directa, el distorcionamiento del papel del estudiante. El alumno aprende que lo importante ya no es la búsqueda desinteresada de la verdad, sino la acumulación de una serie de “verdades modernas” que le permitan desempeñarse profesionalmente en un mundo dividido en bandos. Salirse de dichas verdades consumadas, establecidas como dogmas disfrazados de pluralidad, implicaría, para el pensamiento moderno, la propia inmolación profesional: el hereje debe ser desterrado.

En segundo lugar, y considerando que para que haya transmisión de la verdad, primero ha de haber búsqueda y contemplación  de la misma; no podemos dejar de notar, que sin investigación tampoco existe Universidad. Si bien en nuestras instituciones superiores, se habla de investigación: ¿podemos realmente referirnos a investigación si los supuestos de los que se parte resultan ser sectarios e impiden la visualización completa de la realidad? Creo que la respuesta es evidente. La ciencia, en sentido clásico, supone el conocimiento del objeto por sus causas; la universidad actual ya no pretende alcanzar la comprensión de lo que las cosas son, sino que opta por una mera explicación del objeto por sus causas próximas: esto es la ciencia moderna. Obviamente, los resultados alcanzados en esta “investigación” son luego transmitidos en las aulas, perpetuando en las inteligencias la incorrecta noción de ciencia e investigación. Sumado a esto, la visión sectaria del conocimiento ha provocado la pérdida de un aspecto importantísimo de la verdadera universidad: la integridad del conocimiento. Al no existir ya la Filosofía como ciencia que da unidad al conocimiento, la comunidad educativa universitaria pierde la capacidad de conocer la realidad como un todo integrado por el principio de unidad. Por supuesto, una universidad que no reúna todos los saberes a partir de la unidad, no puede ser llamada tal.

Ahora bien, ha quedado claro, al referirnos a la transformación por la que ha pasado la Universidad, que la búsqueda de la verdad ya no es el estandarte que caracteriza a esta institución superior. De igual manera, si no se busca la verdad, sino la imposición de las ideas que sirvan a determinados propósitos políticos y sociales, tampoco son necesarios el ocio y la contemplación como medios para alcanzar esta verdad. De hecho, tal como asegura Pieper[3], la cultura moderna no valora el ocio y la contemplación, descuida la formación del intelectual e impide, de este modo, la formación integral, el conocimiento de todas las cosas a la luz de las primeras causas; el intelectual es, así, un funcionario, en otros términos, un tecnócrata que sabe hacer, pero desconoce el por qué hacerlo. Esta forma de vida académica está muy alejada de lo que debe ser la vida universitaria y descuida “el cultivo amoroso del alma”. Sin ocio, sin contemplación, sin verdad, no hay cultura. Una universidad que no sirva al desarrollo de la cultura y favorezca, por lo tanto, la degeneración humana, no es una verdadera universidad.

Al haber retirado los pilares de sustento de la universidad, a saber, la Teología y la Filosofía; se quebró la unidad interna de esta institución, por lo tanto, su misma esencia. Estrictamente no podemos hablar de universidad si queremos ser fieles al fin para el cual ha sido creada esta casa de estudios. Sin embargo, ¿podemos asegurar que nos encontramos ante el fin de la universidad y, por lo tanto, de la cultura?

5.      Consideraciones finales

 Si bien el panorama puede parecer desalentador, el cristiano se caracteriza por vivir en la esperanza. Cambiar el destino de la Universidad depende, en buena parte, del compromiso asumido por quienes conocemos el verdadero espíritu de la Universidad, y queremos realmente vivirlo; siendo este un deber para con Dios y con la Patria.

Recuperar la Universidad es re-valorizar la contemplación, la búsqueda desinteresada de la verdad, practicar la virtud de la estudiosidad, reconocer que alumnos y profesores no son “clases antagónicas”, sino una comunidad que tiene un común interés. Recuperar la Universidad es defender los grandes ideales de investigación y docencia para el desarrollo de la cultura. Recuperar la Universidad es reconocer que allí se encuentra la misión del universitario para la salvación de las almas… y, principalmente, de la propia. Recuperar la Universidad es una imperiosidad de nuestro tiempo; es una lucha cotidiana que exige defender la idea de que “las ciencias particulares son tales en tanto buscan la verdad; que la voluntad de verdad exige, de suyo, que todos los elementos del saber se reúnan para formar el cosmos de las ciencias, que es la esencia de la universidad; que no existe dicho cosmos de las ciencias sin la vida comunicativa. Sin dicha comunicación entre las diversas ciencias, nos dice Jaspers, la totalidad de la cultura decae y se degenera”[4] … Entonces, ¿dejaremos que esto siga pasando?… ¿O recuperaremos la Universidad?…

Catalina Amethyst


[1] Derisi, O. “Naturaleza y vida de la Universidad”.  Ed. El Derecho. UCA. Buenos Aires, Argentina. 1980. Pág. 12.

[2] Para profundizar en los distintos tipos de Universidad, es interesante la lectura de libro de Bernardino Montejano. “La Universidad. Ayer, hoy y mañana”. Folia Universitaria. Universidad Autónoma de Guadalajara. Jalisco, México. 2007.

[3] En el libro El Ocio. Fundamento de la Cultura, Pieper explica cómo en la cultura moderna la sobrevaloración por el trabajo, se traduce, en el ámbito intelectual, a la valoración de la Ratio, el pensamiento discursivo; a costa del desprecio del Intellectus, la simple mirada, la contemplación. Capaz ésta de profundizar en lo que las cosas son, por lo tanto, el descubrimiento de la verdad.

[4] Lasa, C. D. y otros. “Pensar la Universidad. Presente y futuro. Ediciones del Instituto Académico Pedagógico de Ciencias Humanas (IAPCH) Universidad Nacional de Villa María. Villa María, Córdoba, Argentina. 2007. Pág. 74.