Don José de San Martín, arquetipo perenne de la argentinidad

Son muchos los tópicos que podríamos meditar hoy acerca de la vida y obra del general Don José de San Martin, a 170 años de su partida a la Casa del Padre.

Podemos meditar sobre su vida militar al servicio de España, que desempeñó desde los 13 años con titánica grandeza y su heroísmo en Bailén.

Podemos meditar en su patriotismo, que lo vinculó siempre a estas tierras del Plata, a donde decidió volver y prestar su servicio cuando todo parecía perdido y a quien le consagró la vida misma.

Podemos meditar sobre sus hazañas en nuestras tierras: San Lorenzo, el ejército del Norte… ¡de su obra magna, el cruce de Los Andes! ¿Acaso su gesta no descansa entre los laureles áuricos de la historia?

Podemos contemplarlo como “general cristiano” al decir de su amigo, Manuel Belgrano, ofreciendo su bastón de mando a la Virgen del Carmen, imponiendo el escapulario a sus tropas y castigando severamente a aquellos soldados que se atrevan a blasfemar contra Dios.

Podemos meditar sobre su vida moral y virtudes humanas: prudencia, justicia, modestia, respeto, abnegación, etc. Así como también su genio y figura, la fuerza de su semblante que lograba imponer un respeto solemne en las fiestas de salón.

Podemos contemplar la paisanada fiel que lo acompañó y el esfuerzo sobrehumano de la generosa cuyania, hombres y mujeres para quienes la palabra del general era ley.

Podemos contemplar la amistad entablada con Juan Manuel de Rosas, plasmada en su fecundo epistolario -lección de patriotismo para todos nosotros-, y podemos contemplar la entrega de su sable como real legado y signo de continuidad de un proyecto común para la Argentina.

Y podemos, en fin, hablar de sus enemigos, los masones y liberales de ayer y de hoy. Ayer, las logias porteñas no cesaron de ponerle palos en las ruedas; hoy, aquellos que se esmeran en sacar a la luz sus miserias y ocultar sus grandezas… queriendo que aparezca a las juventudes como un hombre tan mediocre y perverso como ellos.

Al contemplar el alma de nuestros héroes -los verdaderos héroes- nuestros corazones no pueden hacer más que ser arrebatados por el entusiasmo, la admiración y el asombro. Esto solo pueden lograrlo los arquetipos -los héroes y los santos- que constituyen modelos fijos y definitivos a seguir, ellos con su vida egregia son ejemplo de lo que debemos ser.

Jordan bruno Genta nos enseña que “el hombre verdaderamente normal y normativo es aquel que más ha vencido, el que ha superado los mayores obstáculos, aquel que ha dado testimonio de la Verdad y se ha comportado en identidad con ella la vida entera”. Lo normal es, entonces, la excelencia y no el término medio.

San Martin es, de esta manera, la norma argentina, en él se encarnan el más sublime amor a la patria, su amor a las tradiciones recibidas, su fe y devoción a la Madre de Dios -su Patrona y generala- y el amor a la buena paisanada. Es quien en cuya conducta encontramos escritas las leyes perennes del estilo argentino.

Don José es la norma y el modelo de nobleza al que estamos llamados los argentinos, aquella nobleza que no consiste en títulos, pompa y boato, sino, como dice el p. Castellani “los que tienen alma para sí y para otros, los capaces de castigarse y castigar, los que en su conducta han puesto estilo, los que no piden libertad sino jerarquía, los que se ponen leyes y las cumplen, los capaces de obedecer, de refrenarse y de ver, los que sienten el honor como la vida, los que por poseerse pueden darse. Son los que saben cada instante las cosas por las cuales se debe morir…” (la transcripción es bastante libre y de memoria… el padre me sabrá disculpar).

Los argentinos mediocres de hoy, a pesar de seguir rindiendo homenajes vacíos, hacemos oídos sordos a la fuerza ejemplar de su vida, que nos grita desde el bronce que hay que salvar la Argentina y que para salvarla hay que darle el bastón de mando a la Virgen Soberana. Él ya trazó la huella, solo debemos peregrinar en pos.

San Martín está en el cielo, lo podemos asegurar (más que algunos santos nuevos). Dedicó el último trecho de su vida, según él mismo lo cuenta, a prepararse para entrar a la casa del Padre, donde su casa era más un santuario que una casa.

Pero San Martín se presentará un día de estos ante Dios, corvo en mano, y le pedirá que lo deje darse una vuelta por estos pagos… ¡Aún lo espera su chacrita en Mendoza! Y si Dios no se lo permite, es porque enviará a otro Caudillo Mayor, de quien solo bastará una palabra de su boca para que todo sea restituido. Pues Dios nunca deja de gobernar paternalmente a su pueblo, esa es nuestra esperanza.

Fray Taberna

Mayo y la lealtad

Recibimos hoy un nuevo 25 de mayo. Son muchas las mentes claras que han revelado el verdadero significado de los hechos de 1810, levantando su voz ante la mentira liberal.

Ya demostraron que no fue una revolución, que poco tuvieron que ver la Revolución Francesa y la independencia norteamericana con los sentimientos de nuestros patriotas, que el lumen de la gesta no fue el cobarde de Moreno, sino el quijotesco Saavedra y que la Argentina no nació allí, aunque quieran hacer que la patria parezca una de esas señoras que van por ahí quitándose años por vergüenza a no sé qué (y diré aquí que esos años se le notan, tanto a las viejas, como a la Argentina).

En fin, vayan a los libros, los buenos libros, los libros de aquellos hombres que se arrodillan ante la verdad, y ellos serán más claros que yo.

El titulo que asignaron los cabildantes a la primera junta alcanza para entender el espíritu que los impulsó, los criollos la denominaron “Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a nombre del Señor Don Fernando VII”. Más allá de las macaneras objeciones relacionadas con intencionalidades ocultas o movimientos politiqueros dignos de nuestra democracia actual, mayo de 1810 es lo que es: un acto de fidelidad. Fidelidad, en primer lugar, a la corona española (por mas indigna que esta fuera), fidelidad a la herencia recibida y fidelidad a su destino asumido como Nación.

Las tierras del Plata reafirmaron su lealtad a contrapelo de los misteriosos movimientos que se estaban desarrollando en todo el mundo occidental. Los criollos, españoles de América, dijeron “si no nos gobierna nuestro rey, acá hay madurez y agallas para gobernarnos a nosotros mismos; ni guillotineros franceses, ni piratas ingleses, ni traidores españoles que se bajan los pantalones ante la Masonería”.

Y la lealtad es cosa seria.

No puedo dejar de pensar en las líneas que Anzoátegui le dedica a esta terrible virtud. El dice “la lealtad, generosamente adoptada como una virtud, es la mas extraordinaria y contradictoria disposición de locura que un hombre puede elegir para jugar con su propia alma (…) La lealtad es quizás el deber que más necesita de la prueba y del sacrificio para no convertirse en una mansa indiferencia rutinaria…, es la virtud que más se halla expuesta a las tentaciones de esa forma asquerosa de la dignidad que se llama deslealtad”. Y sigue don Braulio, “es el único freno del orgullo que se puede llevar orgullosamente…, y es la forma más difícil de caridad -la caridad del que, teniendo poco, da lo poco al que tiene mucho-. Por eso es una virtud que, si no nació en España, nació para España…”. Esto Anzoátegui lo dice hablando del Cid, pero si miramos con atención, podemos intuir que hay algo de don Rodrigo en la Argentina de 1810, y hay algo del Rey Alfonso en la España de Fernando VII.

Parafraseando al gran filósofo de la Hispanidad, García Morente, siempre es tiempo y ocasión para pensar en Dios y la propia alma, pero hay momentos de la historia que parecen expresamente dispuestos por la Providencia para que enderecemos nuestra mirada y contemplemos la profundidad de su misterio. Y esta elevación del alma, no implica desdeñar la humanidad, al contrario, “predispone y prepara eficazmente para la acción concreta en el mundo, porque imprime en el pensamiento una idea más clara de lo que debemos ser y hacer, y en la voluntad, una resolución más enérgica de serlo y hacerlo”.

Quizás nuestra Dulcinea se vio perjudicada por lo acaecido posteriormente, quizás no se hizo lo suficiente. Pero Mayo fue un acto de fidelidad, no el primero ni el único, pero de los más patentes, y por eso se convierte en un llamado desde las entrañas mismas de la Historia, porque, como dice Anzoátegui, “el español (y el argentino hispánico, diríamos nosotros) sabe que Dios le ha creado para que le sea leal”.

 

Fray Taberna

En un nuevo aniversario de la Ciudad de San Luis

Ante la inminencia del mes de agosto de 1594 comenzó a sonar como un pregón en las ciudades de Mendoza y de San Juan de la frontera la noticia de una nueva expedición al territorio situado más allá del Desaguadero. Sonó como grito de guerra y llamado a los hombres a desposarse con la gloria. Y valientes hombres respondieron, merecedores del título de co-fundadores.

Valientes  los capitanes, dispuestos los huarpes, ecuánime el conquistador, hijo de conquistadores, don Luis Jofré de Loaiza y Meneses, marcharon “cubiertos de polvo, acosados por la sed y la fatiga”, llegando a estos contornos breñosos cuando ya comenzaba la primavera de 1594.

Probablemente haya sido el mismo 25 de agosto, día de San Luis Rey de Francia, a quien Luis Jofré había elegido como patrono de aquel grupo poblacional el acto de fundación de la Ciudad.

Poco sabemos, por falta de fuentes, de nuestro fundador. Hijo de una estirpe de hidalgos, cuyas raíces provenían de la tierra de Castilla, de bravos guerreros de las tierras de Valladolid.

Nació en Santiago de Chile en 1565 y para 1592, con 27 años, ya era capitán. A los 19, si bien no tenía edad para participar en la guerra con los naturales, aportó gran cantidad de oro, ganado y otros menesteres de la campaña, a la que se sumó sin dudarlo apenas le permitió su tierna edad.

En 1593, el gobernador de Chile Martin García Oñez y Loyola, provee a Luis Jofré como lugarteniente de Capitán General de la provincia de Cuyo “ que la divide de este reino una cordillera nevada que cierra el paso a las comunicaciones ocho meses del año…”, agregando que Jofré “desea servir a Vuestra Majestad desde que tuvo disposición para ello a mucha costa de su hacienda y valor de su persona como lo hizo su padre en la conquista y guerra de esta tierra y aquella provincia donde fue general”. Líneas que pintan la magnanimidad generosa de nuestro fundador.

Una vez fundada nuestra entrañable ciudad, Luis Jofré partió rumbo a San Juan, ciudad que había fundado su padre, que estaba parcialmente inundada y la trasladó, de acuerdo a su título de corregidor de Cuyo, veinticinco cuadras al sur. En 1596 volvió a Chile, donde sufrió un proceso por una serie de causas, cosa que parecía bastante común en esos tiempos y de la que se dice “no eran ni tan graves ni tan perniciosas”, pero ahondar en este tema es materia pendiente para otra ocasión. Tras salir airoso de ese trance de plumas y papeles, sigue sirviendo a la corona en distintos cargo de prestigio en la capital chilena. Fallece en 1611, tras firmar un generoso testamento en favor de su familia y los indios que le habían sido encomendados. Terminaba allí la vida del fundador de San Luis, dejando en su última voluntad evidencia de su catolicismo, su devoción a la Santísima Virgen y su virtud de varón justo.

El 25 de agosto de 1594, tal como lo pintan los recuerdos de los actos escolares de nuestra tierna infancia, Don Luis eligió el “asiento” y delineó la “traza” de la ciudad. Aquí la “Plaza Mayor”, allí el Templo Matriz, alrededor los “solares” para los vecinos, más allá las “dehesas” destinadas al pastoreo de vacas, caballos y cabras. Todo parecía descubrirse en la belleza y jerarquía de un orden, pensado desde toda la eternidad por la Inteligencia inefable. No nos cabe duda que posteriormente se redactó el acta correspondiente para finalizar con la erección canónica de la nueva ciudad indiana, aunque aún no se ha hallado. Nos es imposible no aludir a las palabras de Ignacio Anzoátegui sobre el sentido trascendental de la fundación de la ciudad española:

“La fundación de una ciudad no era simplemente la construcción de unas casas alrededor de una iglesia: era el acto de soberanía de un hombre sobre un pedazo de la tierra. Era la ceremonia de cortar el pasto con la espada y de clavar el estandarte, y de hincar la rodilla delante de la Cruz; era el sentido de la soberanía que entraba por los sentidos para que el hombre no se olvidara de la dignidad pública de su soberanía. Era el trazado de las calles con el filo de la espada, porque la ciudad necesita de la espada para defender su honor y para impartir la justicia entre los hombres. Era el cuerpo del fundador arañado por la selva y el monte y era el alma del fundador destrozada por la soledad de los caminos. Era el peligro que acechaba, y era la noche grandiosa de las estrellas florecidas, y la noche tironeada por el alarido del salvaje (…). La fundación de una ciudad no era la simple satisfacción de dejar una ciudad fundada sino la inquieta realización de un destino jalonado por fundaciones. Era España entera que se quedaba en la ciudad fundada. Era el pueblo de España y eran la religión y la justicia y el pecado y el heroísmo y la miseria españolas que se quedaban a vivir en América”

No podemos dejar de ver la realidad ontológica que aquí subyace, tal como lo enseñó nuestro profesor H. Fourcade,

“nosotros, los puntanos, los hombres de la Punta de los Venados fuimos en la Historia, entramos en la Historia venciendo el silencio de los siglos e integrando el proceso histórico universal (…). Acontecimiento que fue de una vez y para siempre, no interesan los traslados o transmigraciones, es el momento más importante de nuestro proceso histórico (…)”, nace en con este acto trascendental nuestro ser nacional “que da origen al proceso institucional que tiene por cabeza, por fuerza direccional y de conducción al Cabildo, y al proceso cultural con la Religión y el deposito secular de bienes espirituales (usos, costumbres, lenguaje y estilo de vida)(…)”

Así comienza a existir la puntanidad, en la que podemos reconocer los tres elementos que la constituyen: la Presencia Hispánica (con sus dos notas distintivas esenciales, el catolicismo integral y la magna lengua de castilla), el aporte indígena y el medio ambiental donde creció y se templó nuestra raza.

Estratégicamente, la fundación de las ciudades cabeceras de Cuyo sería parte de un plan destinado a unificar bajo una misma soberanía las tierras del Pacífico y del Atlántico, plan que solo pudo concluirse tras la fundación de San Luis. Pero además, San Luis tiene un destino que parece dilucidar con pluma admirable el profesor Fourcade

“…la fundación de San Luis tiene un objetivo claro, ser atalaya del desierto, ser bastión inexpugnable aunque cargara sobre sus hombros la más increíble pobreza, ser una punta de lanza de la cultura y la civilización hispanoamericana, ser matriz de héroes en las jornadas de la Independencia, ser una comunidad que sabe, en la raíz de su espíritu, cuanto han costado 400 años de historia”

Dios nos de la gracia de reconocer su acción providente en la historia y la presencia de su mano amorosa en nuestra patria chica, siendo conscientes que la patria es su historia y será juzgada cuando advengan cielos nuevos y tierras nuevas.

 

Fray Taberna