El virus partidista o la miopía celeste

“Obrar con la forma mentis de la revolución,

es demostrar que la revolución ha triunfado”

Maurras

En una nación que le ha dado la espalda a Dios, donde la religión “mayoritaria” solo lo es a los efectos de las encuestas, donde la cultura ya no es el cultivo del hombre según helénica acepción, donde la política no es la búsqueda denodada del bien común, donde la educación no es la conducción del hombre a su perfección, donde la corrupción de las costumbres más nobles es política de estado, donde el orden natural -en el cual la familia es su último bastión-, la partidocracia se reparte lo poco que le queda de dignidad a nuestra patria.

En esta política de arrabales sabido es que los partidos nunca van a tender a la concordia porque hacen primar su interés partidario por sobre el bien común. Y aquel es uno de los elementos constitutivos del gran cáncer que nos asfixia cada día más.

Otro de los elementos constitutivos de este tumor político son los supuestos filosóficos sobre los cuales se asienta el sistema y que aceptarlos a pie de juntillas no hace más que consolidar la derrota de la Argentina. Aceptarlos a pie de juntillas es prenderse en la movida politiquera de querer formar un partido (elemento decadente de nuestra nación) para subsanar el cáncer con elementos cancerígenos; no niego que algunos partidos no acierten en el diagnóstico en lo que a nuestro país le acontece, pero yerran en el suministro de la cura.

Los llamados “partidos celestes” -de quienes doy por sentadas sus buenas intenciones políticas-, cometen el eterno error de querer reconquistar la Argentina con las herramientas que el mismísimo enemigo les provee; es decir, quieren competir honestamente en inferioridad de condiciones donde la mayoría de los politiqueros no trepidan en echar mano a la trapisonda, a la inmoralidad y la mentira. El poder financiero con el que cuentan los principales partidos no va a permitir que se ponga en juego su continuidad en el poder. Es por esto que difícilmente permitan la llegada de un “partido celeste” al poder.

La reconquista no se va a lograr echando una papeleta en una urna como le han hecho creer al común de la gente sobándole la espalda mientras le recuerdan el dogma revolucionario de que son “soberanos” para elegir. Pero ¿qué sucede cuando el candidato asume en su cargo? Hace lo contrario a lo prometido, entonces ese soberano no puede demandarle que cumpla aquello que prometió, porque el pueblo solo es soberano para votar y no para demandar el cumplimiento de promesas electorales.

La Argentina no se va a reconquistar por la coyunda de los opuestos, como se propone entre católicos y evangélicos a los fines de llegar al poder. Porque entre unos y otros existen diferencias serias y profundas. Sobre todo, diferencias teológicas que no pueden no provocar consecuencias en el plano político.

La reconquista de la Argentina no será posible si se le sigue haciendo el caldo gordo a la democracia y a todo este sistema que la prohíja. No se le puede seguir rindiendo pleitesía a esta demogresca, rindiendo el examen de lo políticamente correcto para no ser tildado de “nazi” o “facho”.

No será posible la reconquista si tanto la Jerarquía eclesiástica como las testas católicas insisten en mandar al rebaño a las urnas como única salvación cual Arca de la Alianza de la democracia; cuando desde los mitrados debería iniciarse la resistencia viril y católica a este sistema que cada día ultraja al mismísimo Dios y a su creación.

La reconquista de la Argentina del fango donde se la ha sumergido desde la Batalla de Caseros, comienza por la reforma del hombre en todas sus dimensiones; es necesario volver nuestra mirada y nuestro accionar a los principios fundacionales: aquellos que trajeron la espada y la cruz. Aquellos que emanan de las Sagradas Escrituras. El agudo pensador español Miguel Ayuso lo ha puesto de manifiesto en su célebre opúsculo “La política, oficio del alma”:

“La perspectiva católica se centra fundamente en la reforma del hombre. Hay que encarnar humildemente, pacientemente, la verdad humana. Y si han sido removidas las bases más elementales de la naturaleza humana no basta con predicar, a todos y a ninguno, desde la cúpula del edificio vacilante; es preciso bajar y reparar piedra a piedra sus cimientos amenazados.”

Pues bien, esta labor de reparación de la piedra de los cimientos de nuestra patria, no se puede lograr poniendo toda nuestra esperanza en que un candidato más o menos católico pueda revertir este proceso de descristianización llegando al poder, con un pueblo envilecido en sus costumbres y con una plana clerical que en su mayoría no hace más que predicar sobre la pobreza con un lenguaje remozado con elementos de la teología de la liberación. Nuestra esperanza ha de pender de la cruz, no de la urna.

Fundemos cristianas familias y ayudemos a fundarlas, libremos el buen combate para vencernos a nosotros mismo levantándonos del fango del pecado con la asistencia de la gracia sin la cual nada podremos; y si esto se replica en numerosas familias, veremos cuan sustancioso será el resurgimiento de una nueva Argentina. En una palabra, seamos santos, que esto va a repercutir en la sociedad por añadidura.

Si esto no lo pueden ver quienes engrosan las filas de la llamada ola celeste, padecen una miopía preocupante y los resultados no pueden ser sino nefastos y devastadores para su costal y no harán más que consolidar el sistema que a pasos agigantados nos devasta.

Y para que esa noble (y para algunos, ingenua) esperanza de que un día vendrá un gaucho a estas tierras a mandar, primero es necesario que hayan familias de los cuales puedan salir esos posibles reconquistadores.

 

Martín del Prado

Republiqueta de cartón

“La sociedad de masas es hija de la publicidad e incumbe a ésta convencerla de que efectivamente participa en el gobierno porque se la convoca, de vez en cuando, a elegir los representantes seleccionados por la propia propaganda”

Rubén Calderón Bouchet

republicaRepública (del latín respublica, ‘cosa pública’, ‘lo público’; y este de res, ‘cosa’, y pública, ‘pública’).

Palabras más, palabras menos que logramos encontrar en el común de los manuales de derecho y que han hecho suyas los panegiristas cegados por el sistema imperante que no osan, ni por asomo, cuestionar a los (des)gobiernos de turno esa flagrante distancia insalvable entre la teoría de la República y la praxis de la misma, que ya no tiene rasgos de tal, sino más bien de RES PRIVADA.

Pues de república solo ha quedado la máscara y el nombre. La modernidad política se ha encargado de desontologizar este tipo de gobierno, es decir de vaciarla de su esencia, que la distinguía del gobierno masificante de la democracia.

Entonces, ante una cosa sobre la cual se ejerce dominio, a gusto y placer como gustan enseñar los orates liberales de turno, es como creen estar facultados los dictadorcillos a proceder con la res-pública. Esgrimen “ampararse” en la ley, a la cual dicen apegarse (cuando les conviene) y si no les conviene (porque la misma los contraría), echan manos a las forzadísimas interpretaciones de los genuflexos y siempre bien dispuestos “doctrinarios”, prestos a justificar cualquier entuerto de ley para seguir adelante con sus atropellos y que el pueblo envilecido aplaude y vitorea cual intérprete y aplicador de la Justicia más pura y pulcra. Parece ser una constante en nuestra historia argentina esa argucia espantosa que nuestro Martín Fierro denunció en escuetos pero sabios versos:

La ley es tela de araña

en mi ignorancia lo explico:

no la tema el hombre rico

nunca la tema el que mande,

pues la rompe el bicho grande

y solo enreda a los chicos.

Que Argentina ha consumado un doloroso contubernio, de siglo y medio, con la política ramplona de partidos y que las escaramuzas entre las distintas facciones por ver quién es el que se queda con la sartén por el mango, es una verdad a secas que la realidad política se ha encargado de ratificar todos los días. Y es por eso que nadie que le sea funcional al sistema va a reconocer, que entre las facciones partidarias lo que impera es la lucha por el poder, porque se vería en la penosa situación de salirse del mismo perdiendo así las jugosas prebendas de las que son acreedores, viéndose en la “dolorosa” obligación de trabajar en serio y ponerse la patria al hombro como gustan decir los parlamentarios. Los que se ponen el país al hombro son los sencillos trabajadores que con el último sudor de su frente pagan la altísima carga impositiva para solventar la impagable, cuanto inmoral, deuda argentina y, por supuesto, para mantener la magra dieta de los políticos.

La casta partidaria ha sectorizado de tal modo las rencillas sociales, que la concordia que necesita una república para gozar de un mínimo de seriedad política, es el gran ausente del escenario nacional. Y esto es así porque los partidos, al no ser instituciones de orden natural, atomizan la sociedad ya que la lógica partidaria está transida de su propio interés, por sobre el del bien común. Ante lo cual, estas facciones, que buscan imponerse en la gresca “electoralera” en una acelerada carrera hacia el poder, lo hacen acudiendo a la demagogia y a las promesas mesiánicas, mintiendo sin ningún tipo de escrúpulos y echando manos a la denostación del partido oponente, propio de las disputas más arrabaleras.

Los que los gauchos llamaban “la puñalada trapera”, conducta propia de los traidores, es una constante en la burdelesca política populista.

No negamos que dentro del espectro de la política de partidos, haya quienes estén convencidos de estar haciendo un gran servicio a la patria. Pero su lucha dentro del sistema será tan impotente que no obtendrá resultados positivos; podrá lograr ciertos resultados coyunturales pero que al fin de cuentas el sistema se encargará de que dichos resultados no sean sustancialmente relevantes que hagan peligrar la estabilidad del régimen. Caso concreto de esto es el de esos políticos “católicos” que se desdoblan en los recintos parlamentarios en favor de causas nobles pero que ante la apabullante mayoría en contra, tienen que conformarse con haber dado su discurso.

Es que en el régimen donde el criterio de verdad es el número y en el mismo se someten a votación hasta el mismísimo orden natural, no es posible que el bien común y la justicia (valores objetivos) puedan estar presentes en la sociedad, porque el criterio numerolatrico hace de la mayoría de votos un criterio de la realidad. Cuando la realidad del orden inmutable es la que debería darles las pautas de legislación y no la mera subjetividad voluble del legislador.

Afirmamos que la política genuina consiste en la búsqueda del bien común y de la administración de la justicia, que procura la concordia social y la paz, que no es ausencia de conflictos sino la tranquilidad en el orden según sentencia agustiniana. Que respeta la inmutabilidad del orden natural, no sólo no violándolo sino haciéndose eco del mismo en su ordenamiento positivo. Es por esto que levantamos el dedo acusador señalando sin tapujos el cáncer que asfixia a nuestra patria, ese cuerpo extraño y canceroso llamado democracia y que nos ha sido impuesto después de Caseros. Es la puerta por donde han entrado los grandes males que se puedan apreciar en la faz política de nuestra nación. Y es sobre esta plataforma de partidos desde donde los politiqueros han hecho de nuestra nación una res privada, en la que gobiernan los frutos del vomito electoral y NO una República en la que puedan gobernar los que saben, como pretendía Platón como lógico resultado de una sociedad aristocrática, en la que según el mérito y las capacidades ocupen el lugar que les corresponda.

Pobre Platón, “iluso” aristócrata, se tendrá que conformar con la democracia donde el mérito gobierna en el desierto y el criterio del número se impone en todos los ámbitos como reflejo de la verdad.

Martín del Prado

Preocupación en el campo

Al bien, buscarlo, al mal espantarlo

 (Dicho de campo)

Florencio Molina Campos - El Truco
“El Truco” – Florencio Molina Campos

Antes de que asome el alba, al son de los primeros cantos del gallo madrugador, es una costumbre bien gauchesca, la de don Camilo, al levantarse del catre, persignarse, encomendarse al buen Dios y su santa Madre y comenzar la jornada reavivando el fuego que, la noche anterior, dormitó al cobijo de las cenizas.

Ni bien se enciende la lumbre, se preparan las cosas para el mate, alrededor del cual se generan los mejores momentos para la reflexión y el diálogo sobre los menesteres diarios que acompasan la vida de campo.

– ¡Cosa rica es el mate compadre!- Exclamó don Camilo mientras tomaba el primer mate bien dulce y con agua hirviendo, que a los novatos les pelaba el paladar pero que para no manchar la hombría, había que inflar el pecho y retener algún lagrimón por si acaso quería salir.- ¡Sírvase mi amigo!- Le dijo a don Fernández y mientras éste muy lentamente tomaba el mate, Camilo, agarrándose el mentón y con la mirada un tanto ida pero con el ceño fruncido, le espetó – ¿vio don Fernández lo que está pasando en la ciudá? Las cosas se están poniendo muy fieras, los hombres se están casando con los hombres, los políticos están sacando leyes que van en contra del tata Dios, se están permitiendo las piores travesuras; están sacando leyes que apañan a los traviesos y lo pior es que si uno defiende lo que Diosito ha querido (varón y mujer) lo tildan de discriminador y ¡¡¡hasta puede marchar preso!!!

– ¡Dios me libre desos amores torcidos!- Exclamó don Fernández mientras le devolvía el mate a don Camilo a la vez que le preguntó: -¿y a qué se refiere con  eso de discriminar?

Mire querido amigo, la vez pasada en la homilía que dio el padrecito Pérez, explicó que Dios nos ha dado inteligencia y que por ella podemos distinguir lo güeno de lo malo. Y que de ahí podemos elegir mejor. Y que este poder distinguir y luego elegir implica discriminar. Es decir que discriminar es parte de la inteligencia que nos diferencia de las bestias-.

Don Fernández que no podía esquivar a su propio sentido común, le preguntó sobre el pucho: –pero si el discriminar es parte del pensamiento, y el pensamiento evita que seamos como los brutos ¿quieren estos políticos que seamos pior que los animales? ¡Esto parece cosa e mandinga!- Y se persignaba mientras le invadía una profunda congoja que reflejaba en sus ojos, como añorando esos tiempos en que no se veían esas cosas.

Y para agudizar la preocupación, don Camilo dando un seco sopapo en la mesa que hizo saltar la matera exclamó: –lo único que falta ahora es que nos manden preso por jugar al truco y digan que es un juego discriminador y violento por que el macho mata a la hembra. Hay Diosito mío ¿Cuándo será el día en que nos gobierne un gaucho, que respete Tus leyes y saque a guascazo limpio al que le eche tierra al asado?

 

 

Martin del Prado

Día del Amigo

“Por eso creo yo que la amistad procede de la naturaleza más
que de la necesidad; más de un impulso del alma, dotada de cierto
sentido del amor, que del cálculo de las ventajas que pudiera traer consigo”
Cicerón
 
 

Jesus ultima cena     A propósito del día en el que se festeja la amistad, es oportuno exponer una breve pero sustanciosa reflexión acerca de la relación común entre los hombres y que en la actualidad no goza del mejor de los sentidos sino más bien de todos aquellos que lo empañan u opacan.

    Es inquietante, en la modernidad, que el común de los mortales no se pregunte por el sentido más cabal y profundo que subyace en los términos; esto responde a una conducta típica de nuestra pseudo cultura que no sobrevuela más allá de los fenómenos, que no traspasa las fronteras de lo superficial, que no se esfuerza por salir de lo banal. Es inquietante que el hombre de hoy no se pregunte por el sentido más acabado de la amistad. Pues bien intentémoslo nosotros.

    Un pagano del siglo I antes de Cristo (M. T. Cicerón) en su magnífica obra “De Amicita” nos legó unos párrafos con una precisión envidiable acerca de la amistad: “la amistad no es otra cosa que una consonancia absoluta de pareceres sobre todas las cosas divinas y humanas, unidas a una benevolencia y amor recíprocos…” al leer estas líneas, uno tiene la leve impresión de estar frente al escrito de algún pensador de la era cristiana con el aval de la gracia; en realidad estamos ante un pagano que nos deja entrever en sus escritos restos de la semilla del verbo.

     Luego va a decir Cicerón que aquellos que ponen el sumo Bien en la virtud, ningún reproche merecen por contraposición a los que prefieren los honores, los bienes caducos y hasta los placeres. Claro está que el mejor caldo de cultivo para una verdadera amistad es la virtud, justamente porque es la virtud la que alimenta la amistad y porque sin ella no hay amistad posible.

     La amistad, ese lazo invisible que une las almas, debe estar transida del amor benevolente, que no busca más que el bonum (bien) que perfecciona al otro. Es por ello que la amistad supone la reciprocidad de la conducta virtuosa.

     Es Verdad que la amistad comienza por detalles externos, pero a medida que pasa el tiempo dando un virtuoso cultivo a la misma, el lazo afectivo que une a los hombres comienza por transformar el alma.

     El prototipo de la amistad, el amigo por antonomasia es Cristo. Sobrados y claros ejemplos inundan los párrafos de las Sagradas Escrituras a favor de esta tesis. En la noche del jueves santo Cristo nos llamó AMIGOS, no ya siervos, AMIGOS. Él, conociendo nuestros pecados y miserias, no trepidó en llamarnos: amigos. Que misterio tan grande cuanto más hermoso, que aquel, por quien fueron hechas todas las cosas, llamase a sus creaturas: amigos míos. Cristo lloró por su amigo Lázaro al cual resucitó; pues así llora por nosotros cuando nos entregamos a la muerte del pecado. Y Cristo como EL amigo nos tiende sus brazos solícitos y sale a nuestro encuentro estrechándonos en divino abrazo para devolvernos eso que por motu proprio hemos desechado: la gracia que nos prohija en amistad eterna.

     La vivencia de la amistad de Jesús es el auténtico secreto de los santos, porque en un arrebato de amor eterno no querían más que lo que quería el crucificado.

     “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”: esta es una sentencia formidable cargada de belleza. Sentencia que llevo al Nazareno a derramar su sangre por mí. Una sentencia que acuñó en el Gólgota. Todo por mí.

      ¿Que tengo yo que mi amistad pretendes? Es la pregunta que nos asalta cuando miramos nuestra miseria a la par que contemplamos la grandeza amical del amor que Cristo nos probó con su sangre.

      Un detalle en el que es necesario reparar, nos lo proporciona el hermoso relato del Hijo Pródigo (en el que se encuentra contenido el dilema del hombre a lo largo de toda la historia) cuando el padre le recalca al hijo mayor una sustanciosa conducta, y en él a todos nosotros, cual es la de estar junto al padre. El estar junto a un ser muy querido es algo que no tiene precio, ¿cuánto más lo es estar junto a un amigo? por eso Dios hijo quiso quedarse hasta el fin de los tiempos en la eucaristía pensando en todos y en cada uno de nosotros.

      El día del amigo se festeja por que un hombre llego a la luna. ¿Cuál es la relación de este acontecimiento con uno de los vínculos afectivos más naturales y caros al hombre? No lo sabemos. Lo que si sabemos los cristianos es que el día del amigo debería celebrarse el Jueves Santo cuando el Verbo Encarnado, hace casi dos mil años, nos llamó amigos. Él nos espera en el silente sagrario que lo cobija día y noche. Vayamos a verle, pues un buen amigo es un bálsamo que cura el alma; ¿Quién mejor que Él?

 

Yo tenía tres amigos. Uno

Me regalaba plata. Era un buen amigo

El otro una vez me puso la mano

Sobre la mano y me dijo:

–          Si te matan, yo me haré matar por vos.

–          ¿por vos o con vos? Le dije.

–          Con vos.- y no mentía.

El tercer amigo cuando iba a

Verlo se ponía alegre.

Yo también me ponía alegre. Y estábamos

Alegres todo el tiempo.

Era mi mejor amigo.

(Leonardo Castellani)

 

 

 

Martin del Prado

 

Burla Emblemática


“El odio como factor de lucha, el odio intransigente
al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones
naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta,
selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados
tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar
sobre un enemigo brutal.”
 
Guevara, Ernesto
Mensaje a la “Organización de
Solidaridad con los Pueblos de Asia,
África y América Latina”.
Abril de 1967
   

pañueloLa burla y el escarnio a lo que significan nuestros emblemas patrios, parece no tocar fondo en esta Argentina repleta de corrupción, que día a día se precipita al más lúgubre de los abismos.

La banda de ladrones que tenemos por políticos, no contentos con mancillar y trastocar todo cuanto han tenido a su alcance; en el mes de julio del corriente año, quieren consumar una impostura más: el pañuelo de madres de plaza de mayo como un símbolo o emblema nacional. El mentado “emblema” que pertenece a las denominadas Madres de Plaza de Mayo, mujeres que bregan por los desaparecidos en la última dictadura militar, es un simple pañuelo blanco; pañuelo que siempre usaron y usan, en las clásicas marchas de los jueves hacia Plaza de Mayo, protestando por la desaparición de sus hijos, en los años setenta, a manos de los militares.

     Antes que nada, caben necesarias aclaraciones respecto de la actividad que ha desplegado la agrupación Madres de Plaza de Mayo y del porqué del uso del pañuelo blanco.

    La primera de ellas, que se impone, es que la desaparición de guerrilleros acaecida en la última dictadura es repudiable por cuanto atenta contra las exigencias éticas de un cristiano y porque viola un principio de orden iusnaturalista que exige el derecho de ser juzgado previamente a cualquier condena (sea de muerte o no). Ahora bien, la materna agrupación comenzó protestado por la aparición con vida de sus hijos o al menos pedían que se les entregase el cuerpo de sus hijos a fin de darles una elemental sepultura; por esto se pensó que eran las nuevas Antígonas. Pero la realidad va a mostrar la verdad con el paso del tiempo, porque además de la aparición de sus hijos van a pretender el juicio a las juntas militares después de cerrado el proceso; sumado a lo cual terminan por tornarse agentes de la tergiversación histórica.

    La segunda aclaración que considero pertinente es que hay algo de verdad en lo que reclamaron primigeniamente dichas mujeres (la aparición de sus hijos o al menos sus cadáveres), pero que con el paso de los años su pretensión se tornó de carácter más bien político. Ese lienzo blanco que se ponían en la cabeza para las marchas representa a sus hijos, es decir a los desaparecidos. Y, ¿quiénes son estos desaparecidos? No son los jóvenes idealistas que estúpidamente plantea la película “La noche de los lápices” (se tendría que haber llamado “La noche de los fusiles” en manos de estudiantes, si no pregúntenle a Mario Firmenich quien despotricó contra dicho rodaje); tampoco eran la encarnación de la justicia social que venían a luchar a favor de una sociedad oprimida por un capitalismo salvaje y despiadado. Salvajes y cobardes fueron estos crápulas que sin contar con el consenso del pueblo (aunque ellos decían luchar en nombre del pueblo) cometieron un sinnúmero de crímenes (asalto y acopamientos a unidades militares, asesinato de civiles, secuestros millonarios, y un largo etc.), todo lo cual hasta el día de hoy sigue impune por complicidad del estado nacional en despreciable contubernio con la justicia argentina. Pero la canallada no acaba ahí, sino que descaradamente esos mismos guerrilleros, que merecen un castigo ejemplar, han sido a lo largo del periodo democrático (1983 en adelante) galardonados con cargos públicos.

     Es decir que lo que se nos está imponiendo como símbolo nacional, no es la chaquetilla que usara San Martin para librar vehemente las batallas libertadoras, o los pantalones del corajudo Martin Güemes (que bien le vendrían a varios de nuestros militares) que usó en las batallas en Salta. No, nada de eso. Se nos está imponiendo un estropajo blanco que a pesar de su blancura simboliza una historia con un abultado peso de crímenes, de filosofía marxista, de sangre inocente derramada, de asalto al país con el auspicio de las usinas comunistas rusas y cubanas, de la debacle cultural. Todo eso simboliza el estropajo blanco que de puro tendrá solamente el color.

Los emblemas patrios tienen todo un sentido pedagógico y de ejemplaridad para los habitantes de una nación; dichos símbolos entrañan toda una vida de hazañas y epopeyas, de pasajes heroicos que nos hacen herederos de una historia rica en valores cristianos y virtudes probadas, y que nos impelen a gastarnos y desgastarnos sabiendo que Argentina nació al calor de la Cruz de Cristo con impronta hispana. Sin embargo, este pañuelo importa, en cierto modo, una renuncia a nuestro glorioso pasado. Por eso así como Francia renunció a su primogenitura por un plato de lentejas revolucionarias, Argentina está reclinada ante un pañuelo signado por el martillo y la hoz, símbolo de terror y muerte, renunciando a su baluarte histórico.

Porque soy un argentino bien parido, orgulloso de los arquetipos que hicieron de la doctrina cristiana un modus vivendi sabiendo corresponder al ser nacional, vaya para ese triste trapo blanco, no por lo que es sino por lo que significa, mi más absoluto desprecio y repudio.

 

 

 

Martin del Prado