El árbol de la colina

arbolPoco antes de romper el alba de un perfecto día primaveral, Don Emanuel tomaba un senderito que se encontraba contiguo a un arroyo, el cual descendía suavemente hasta perderse en el valle. Ese sendero lo llevaba a la cumbre de un monte cercano. Mientras caminaba a la vera del arroyo iba escuchando y deleitándose con el susurro del agua al acariciar las piedras. El rocío primaveral hacía realzar las fragancias de las florecillas que en esta época del año se vestían de gala. Una suave luz de luna en cuarto creciente iluminaba el sendero estrecho por el que caminaba y hacía delicioso contemplar el paisaje que iba dejando detrás, pues a cada instante frenaba y giraba para ver, una vez más, ese valle conocido palmo a palmo. Era un varón curtido por las labores y la vida que llevaba, pero en él habitaba una particularidad: si se lo miraba a los ojos descubría en ellos la luz primigenia de la infancia que con ahínco cultivó, eso le servía para inaugurar su mirada cada día al levantarse y pintar el paisaje de su alma con los colores, los sonidos, y las fragancias que se colaban por sus sentidos…

“Se estremece mi corazón cuando contemplo

el celeste y el azul del cielo

y a las estrellas siguiendo su curso

tejiendo música en el universo.

Así fue cuando nuevo en la vida era

Así sea cuando me haga viejo”.

Colgaba de su hombro izquierdo una alforja, allí transportaba su ración de comida para el día, agua no cargaba, pues el arroyo le convidaba la más fresca y dulce que por su cauce zigzagueaba. Y, además, llevaba una semilla. Tiempo atrás concibió la idea de plantar un árbol en la cima del cerro, para que a modo de un templo, dominara todo el valle. -Catedral de pájaros-, decía. Y pensaba que en esos días de nostalgia extasiante, tomaría el sendero a la orilla del arroyo e iría a descansar bajo la copa de aquel hermoso árbol.

Al fin, llegado a la cumbre, con sus propias manos, curtidas por el trabajo de la tierra, excavó un pequeño agujero; los pensamientos se arremolinaban, para él esto era un acto amor, todas sus obras estaban transidas de amor, pero ésta, no se sabe por qué razón, le hacía rebozar el corazón. Sacó la semilla de su saco, y en reverencial acto, la entregó a la tierra. La tapo con la tierra que extrajera hace instantes y con sus manos a modo de cántaro tomó un poco de agua del arroyo, a no más de tres metros de distancia, y la regó. El suelo era apto, el tiempo era el oportuno, -sólo hay que esperar, las cosas más grandes y hermosas crecen despacio y en silencio-, dijo, y se retiró colina abajo mientras rompía el alba al oriente, a su espalda, con una alegre sonrisa.

Tiempo pasó. Todos los días al levantarse para las labores diarias elevaba la mirada hacia el oriente, hacia el cerro donde esa pequeña semilla, en el silencio y la oscuridad, se iba abriendo camino hacia la luz, hacia el cielo. Asiduamente la visitaba y poco a poco vio elevarse el pequeño brotecito. Y creció. El primer tiempo debió colocarle un tutor, pues los vientos crudos del invierno se afanaban en arrancarlo de cuajo. Ya con el tronco firme, le retiró el tutor. Un arbolito esbelto, sereno y con una gracia particular, podía contemplarse desde los infinitos puntos del valle. Su rica y delicada plenitud de proporciones, el gracioso ondular de sus ramas al compás de la brisa matinal, los susurros musicales, la fragancia que exhala, el frescor que se difunde a su alrededor. Todo esto invadía cada rincón del alma de Don Emanuel y decía: –Éste será mi alcázar, el alcázar donde hallará resguardo mi alma-.

Llegó el tiempo de la primera poda, necesaria para que el árbol crezca con nuevo vigor y tenga una sombra frondosa en donde poder recostarse ¡Recostarse a su sombra! es lo que ansiaba, pero para ello era imperioso podar. Y así lo hizo. Mientras el arbolito trepaba el cielo, Don Emanuel disfrutaba de la pequeña sombra que proyectaba. Allí descansaba y contemplaba. La vista se le llenaba con todos los colores del valle, el amarillo del trigo sembrado, el púrpura de los ciruelos, el celeste del cielo y el escarlata que explotaba a la hora del crepúsculo; los oídos eran dulcemente acariciados por los primeros pajarillos pobladores de su árbol, que alegremente veía volar una y otra vez en busca de pequeñas ramas para construir sus nidos. Visitar ese árbol era su delicia.

Pero ese bellísimo árbol fue motivo de recelo por parte de uno de sus vecinos, por cierto, muy querido por Emanuel. Una tarde, al caer el sol, este vecino, cegado por la envidia, se acercó al árbol y con certero golpe de hacha cortó una rama. El ruido resonó por todo el valle, fue como un doloroso quejido. Don Emanuel se despertó sobresaltado: -¡Mi árbol!- gritó. Mientras tanto el profanador tomó la gruesa rama, la colocó sobre su hombro y con perjura sonrisa descendió el cerro. La noche era oscura, noche completamente cerrada, en donde no se puede ver ni siquiera los pasos.

Emanuel, llegado al árbol, luego de una agitada y sufrida subida, comprobó la herida infligida. La sabia se vertía por el corte -era primavera, las hojas volvían a las ramas después del severo invierno-, y a manera de lágrimas descendían por su tronco hasta llegar al suelo.

Se dijo ya que el vecino de Emanuel estaba cegado, no pudo ver siquiera que, aunque las hojas de la rama estén verdes, tarde o temprano se secarían, no pudo ver que aunque plantare la rama, no podría soportar el abrazador sol del verano por falta de raíces. Pero su corazón estaba envilecido y nada le importó. Su orgullo se envaneció de tal manera que lo consumió. Emanuel lo había convidado a reconfortarse bajo la sombra del árbol, pero sólo lo quería para él.

Don Emanuel curó el árbol herido, y a la primavera siguiente una nueva rama venía a suplir aquella arrancada sin clemencia. En tanto la rama arrancada no volvió a florecer, se marchitó, al igual que el pobre corazón del desleal amigo. Aún hoy, este último, persiste en hacer reverdecer algo que de por sí está muerto, pues se lo separó del tronco y de las raíces. En tanto, Emanuel disfruta de la sombra de su gran árbol, que si bien a medida que crece en tamaño aparecen algunas alimañas y ciertas enfermedades propias de los árboles que no puede erradicar y curar rápidamente, sigue ofreciendo su sombra de ensueño.

Mikael

El Santo y el hereje: dos visitas

Si alguien se refiere a Lutero como un “testigo del Evangelio”, hay que dudar… ¡NO! hay rechazar efusivamente tan vil mentira, y considerar a quien lo dijo por un mentiroso, o al menos por un ignorante. Si Lutero es “testigo”, con lo que dicho término implica ¿qué título se merecen los verdaderos Reformadores? Habría que hacerlos descender de los altares. Son antitéticos. Excluyentes. Si Lutero es “testigo”, Ignacio ¿qué es? Su paralelismo es el auténtico de las líneas que nunca se encuentran. Es cierto que ambas son verticales, pero una va hacia el Cielo, la otra… ya sabemos; y sabemos también que Ignacio es Santo, el soldado de Cristo, y que Lutero es y seguirá siendo,  aunque muchos lo llamen “testigo”, un hereje; un hereje que desangró a la Madre Iglesia.

A continuación dejamos para su lectura el relato de dos visitas, una al capitán de Guipúzcoa, otra al monje excomulgado de Turingia.

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san-ignacio-de-loyola-y-martin-luteroYa bien avanzado el año 1521, allá en la atmósfera húmeda y sedante que envuelve la verde suavidad de los prados guipuzcoanos, un hombre entretenía sus ocios de convaleciente leyendo y pesando. Era un valiente caballero herido y había reclamado para su lectura libros de caballería. Pero no quiso Dios que en aquella sazón se encontrasen, y como era urgente dar de algún modo entretenimiento al espíritu de aquel caballero inmóvil, se le entregó un amable Flos sanctorum una colección de vidas de santos y una Vida de Cristo. El caballero se hundió en aquellos relatos, y en su alma noble y en su fogosa naturaleza se levantaban no se sabe qué ansias profundas de emulaciones extraordinarias. Ser como fueron aquéllos. Hacer lo que aquéllos hicieron. Nada menos que esa celestial ambición se entraba por las puertas del alma en el caballero herido. Y como se entretenía con estos pensamientos y su corazón rebosaba, anhelante de una acción nueva, encaminaba a lo alto, tiénese por cierto que entonces le vino a fortalecer y a comunicar perseverancia heroica una visita de la propia Madre de Dios que se apareció al caballero llevando en los brazos al Divino Niño. El caballero que mereció tan singular favor se llamaba Iñigo de Loyola y después adoptó el nombre de Ignacio, con el que le conocemos y le veneramos hoy.

Exactamente en la misma fecha -1521- allá en la atmósfera un poco salvaje y bravía que flota sobre los bosques de Turingia, cerca de Eisenach, un hombre entretenía sus ocios de temeroso refugiado, leyendo las Sagradas Escrituras, con espíritu de soberbio interprete, y traduciéndolas al alemán. Era un monje excomulgado que en aquel retiro se dejaba crecer la barba y se paseaba como enjaulado por su aposento, derramando hacia todas partes miradas recelosas. Aquel hombre estaba lleno de temor y esperaba siempre una visita del otro mundo. Por fin la sintió llegar y la vio cómo penetraba en la estancia sombría sin que para ella fuesen obstáculo puertas claveteadas y muros de castillos. Entró, y a cierta altura de la pared se le quedó mirando. Era un perro espantoso que aullaba lúgubremente, mostraba unos colmillos agudos y de la boca abierta se le caían hilos de baba. Pero el monje solitario y enloquecido –él mismo nos ha dejado el testimonio- le conocía bien. Bajo aquella forma se ocultaba Satanás. Para ahuyentarlo, su presa tomó en su mano el pesado tintero del que se servía y se lo arrojó. Aún pueden ver los visitantes del castillo de Wartburg la negra mancha que en la pared se hizo. Aquel visitado del demonio se llamaba Martín Lutero.

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Fuente: GONZÁLEZ RUÍZ, N. Dos hombres: el santo y el hereje. San Ignacio. Lutero. Editorial Cervantes, Barcelona, 1953, pp. 5-7.

Al Santo Sacrificio de la Misa

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El altar que ayer se vestía

de Sangre y de Calvario.

Hoy se adorna con globos

y de bárbara estulticia.

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El Sacrificio de la Cruz,

que en impávido silencio se contemplaba

Hoy es revestido de aplausos,

como los judíos de hace tiempo.

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El misterio Eucarístico del Señor

que de rodillas y en la boca se alcanzaba.

Hoy con irreverente e insolente gesto

se permite que en la mano se reciba.

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Música que eleva el alma,

en el templo se oía.

Hoy es ruido ensordecedor,

guitarra, palmas y batería.

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La enseñanza del Señor es clara

sí, sí; no, no, el lenguaje del apóstol

Hoy, algunos, la hacen confusa y oscura,

y tienen como padre el demonio.

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En este momento de tristeza,

recuerdo la Pasión del Señor.

Tu no estarás exenta de ella.

Te toca el Huerto, el Calvario y la Cruz.

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A ti Madre ésta poesía,

transida y agobiada de dolor.

Enferma como estás,

te amo ahora mucho más.

Mikael

El Niño y el Misterio

15622381_1166680956732609_8659009978031936499_n“Esto tendréis por señal: encontraréis un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc. 2, 12). Esta es la señal de que el tiempo oportuno ha penetrado la bóveda del crónos y ha hecho de la historia humana un tiempo vertical, un tiempo con sabor a Eternidad. El Dios inaccesible se hace presente a los ojos humanos envuelto en pañales, pero también en el Misterio que lo envuelve.

La Luz misteriosa que en aquella pequeña ciudad de Belén se encendía, generaba una atracción imposible de resistir, y por ello toda la Creación se extasió ante magnifico acontecimiento y el silencio se dejó oír a lo largo de todo lo creado, porque en los momentos más solemnes el silencio es la más excelsa forma de comunicar. A ella acudieron los pastores, que cerca de aquel lugar moraban, en silenciosa procesión. Al retirarse, luego de haber contemplado, de haber saciado su espíritu con la  presencia del Divino Niño, de haber reposado su mirada sobre el Niño, de haber visto, se fueron alegres alabando y glorificando al Señor. Esto es lo propio de aquel que al contemplar y saciarse en su contemplación exulta de gozo y alegría; rebalsado el corazón humano de las mercedes y gracias que Dios le otorga, se produce como consecuencia necesaria la fiesta.

A ese pequeñuelo, dijimos, lo envolvía el Misterio. Misterio que no nos deja penetrar en las profundidades de sus sentido, pero que del mismo modo, nos atrae más y más a él. La religión cristiana es la religión de los misterios –aunque los racionalistas de dentro y de fuera quieran borrarlo del mapa- y el Misterio de la Encarnación del Verbo nos llama una y otra vez a surcar sus mares y elevar las velas para utilizar los vientos que nos provee.

El Niño que nace es la Palabra que el Padre ha querido darnos, en esa Palabra proferida del Gran Silencio ha querido Dios que escuchemos cuánto nos ama. Inviable es proferir alaridos contra Dios por guardar silencio, como se oye a cada minuto que pasa y en cada punto de la tierra. Dios Habló, Habla y Hablará, pero sólo podremos escuchar a Dios  y su Palabra siguiendo el ejemplo de los pastores que con prisa, premura y en silenciosa caravana se acercaron para escuchar a Dios, sólo como los Magos que observando los signos del cielo y esperando que se cumpliera la promesa se dirigieron a conocer al Niño Rey que había nacido. Sólo de esta forma, en el silencio humilde de un corazón que se postra ante la infalibilidad del Misterio, sólo de esa forma, podremos adorar al pequeño Niño como Dios, como Rey y como Salvador.

Mikael

El maestro, alpinista de la verdad

alpinista-mont-blancEl maestro debe ser un alpinista de la verdad. En las cumbres elevadas del saber se levanta el punto más sublime que domina todo el cordón montañoso con majestuosa autoridad. El maestro misterioso y atrevido concibe el designio de subir allá; mira, tantea, tropieza, cae, se levanta, trepa por altísimos peñascos, es equilibrista en la cornisa de los abismos, se agarra de débiles plantas y raíces para no caer, tiene miedo de tremenda altura alcanzada, pero persiste en el afán primero; lleno de sudor y casi agonizante alcanza la cumbre, levanta lo brazos en gesto de victoria y se deja caer. En ese momento entra en él toda la luminosidad del paisaje y el aire puro penetra en sus pulmones. Entonces de una ojeada domina todos los escondrijos, vertientes, pasajes que escondía la montaña; lo que antes veía en partes, ahora lo ve en su conjunto. Observa lugares por donde había intentado subir y ríe de su ignorancia, pues era imposible. Y una vez contemplado lo que se le ha dado, dice y se pregunta: “esto es de una belleza inaudita ¿y cómo harán aquellos que están mirando para subir hasta aquí?”. Mirando descubre un sendero, no sin dificultades y que da muchos rodeos, pero por el cual se puede acceder al pico más alto. Entonces desciende hasta el valle y se ocupa de convencer y guiar a los que deseen que les enseñe el camino y la vista que de la cumbre se percibe.

Mikael