Discurso sobre la Tradición

Molina CamposCon la realización de este acto celebramos el día de la Tradición Argentina, recordando a José Hernández autor del inolvidable “Martín Fierro”, exponente auténtico de nuestras costumbres y tradiciones más puras.

Creemos que hablar de Tradición es nombrar a la Patria, y por ello nos detendremos un momento a reflexionar sobre algunos elementos de esta realidad a la cual llamamos Patria, tan desfigurada y dejada de lado en nuestros días.

Un árbol tiene que echar las raíces en la tierra para poder crecer y fortalecerse, para dar flores, hojas, frutos y cada árbol tiene su tierra propia. En una familia un hijo tiene las raíces en sus padres y en aquellos que lo han antecedido y en aquel nombre y en aquel apellido que recibe. Y el hijo recibe en la familia la educación, el ejemplo de la conducta, recibe el aprender a caminar derecho, recibe la Fe, recibe la lengua que habla, que aprende de la enseñanza diaria de la madre y por eso la llamamos “lengua materna”.

Un árbol necesita una tierra donde echar raíces, un hijo necesita una familia donde nacer y crecer y de la cual recibe la Fe, la Cultura y la Educación como persona humana.

Y un pueblo tiene que echar raíces, y ¿cuáles son las raíces de un pueblo? Las raíces de un pueblo están en su historia y en su suelo. En el suelo de la Patria y en la Historia de aquellos que hicieron de esta tierra una Patria.

Las raíces de un pueblo están en la Tradición, es decir en aquello que se transmite: en la Fe, en la lengua, en el heroísmo del pasado, en el esfuerzo en el trabajo, en todas aquellas cosas que nos marcan y nos distinguen con características propias y nos hacen ocupar un lugar propio en el concierto de las naciones. ¿Qué pasa si una Patria se olvida de su Tradición, se olvida de su pasado y de su Fe, de su cultura, de su lengua y de su historia? Esa Patria está llamada a disgregarse, a dividirse, a permanecer en el conflicto y en el enfrentamiento.

 ¿Y cuáles son las raíces de nuestra Patria? Son raíces que se hunden muy profundo en la tierra de la historia. Nosotros recibimos la herencia de Grecia, el pensamiento griego, el orden de la lógica. También recibimos el Orden Romano, el derecho, la justicia, el espíritu de conquista y del Imperio.

Pero todo aquello que venía de Grecia y de Roma, fue bautizado por el Cristianismo y se encarnó en España, en la España conquistadora y en la España Misionera, en la España que vino a estas tierras a ganar un continente nuevo con la espada de los conquistadores y con la Cruz de los misioneros.

Y cuando España llegó a estas tierras se produjo un encuentro de culturas, ciertamente doloroso en muchos aspectos, pero siempre un encuentro fecundo. Como fue dolorosa también, la separación nuestra de España cuando al llegar a la madurez como naciones, decidimos que teníamos que independizarnos. Fue independencia pero no ruptura, porque todo aquello que habíamos recibido como herencia, como lengua, como Fe, como cultura, quisimos conservarlo.

Y de ese encuentro entre la cultura indígena y la cultura de la España Misionera y de esa madurez de pueblos que se independizaron de la Madre Patria, nació una cultura que es al mismo tiempo muy antigua y muy nueva. Nuestra cultura de la América Latina, nuestra cultura de la América Española, nuestra cultura eminentemente criolla.

Esas son las raíces de nuestra Patria, raíces tan fuertes que fueron capaces de asimilar al inmigrante que llegó luego a estas tierras, al inmigrante que vino para abrir los surcos, para plantar las viñas, para cultivar la tierra, para levantar las fábricas. Aquellos que vinieron de todas las partes del mundo a habitar esta tierra, fueron asimilados por esa cultura y aprendieron nuestra lengua y se integraron a este pueblo y sintieron que esta tierra que los había recibido era como su segunda Patria y sus hijos no siguieron siendo extranjeros, sino que empezaron a considerarse argentinos.

Esta es la auténtica Tradición de nuestra Patria, que se expresa en costumbres, modos y formas sociales; y que nos lleva a expresar el amor por nuestra tierra, porque esta tierra es la casa de esta familia grande que es el pueblo argentino;

El amor por nuestro pueblo, que es el amor por su lengua, que es el amor por su cultura, que es el amor por su Tradición.

En definitiva el amor por las cosas nuestras, sabiendo que en el Gaucho se encarna el espíritu español del Quijote, el espíritu del Caballero, el espíritu generoso y desinteresado, el espíritu del amigo capaz de tender la mano, el espíritu del que fue capaz de hacer con el sudor en el trabajo y con la sangre en las batallas esta Patria Argentina.

Nada Más. Muchas Gracias.

 

Prof. Roberto Giménez

Historia de la Iglesia en América y en Argentina

Virgen de Guadalupe, Patrona de América.
Virgen de Guadalupe, Patrona de América.

El 12 de octubre de 1984 en Santo Domingo, comenzando el novenario de años como preparación a la celebración del Quinto Centenario del descubrimiento de América, el Papa Juan Pablo II expresó, respecto de la obra espiritual de la Iglesia las siguientes palabras: “En el aspecto evangelizador, la obra de la Iglesia en unión con la del Estado Español, marca la puesta en marcha de un despliegue misionero sin precedentes, que, partiendo de la Península Ibérica, daría pronto una nueva configuración al mapa eclesial. Dicho despliegue misionero, verdaderamente extraordinario, trabajó desde la transparencia e incisividad de la fe cristiana, en los diversos pueblos y etnias, culturas y lenguas indígenas. Los hombres y pueblos del nuevo mestizaje americano fueron engendrados también por la novedad de la fe cristiana. Y en el rostro de Nuestra Señora de Guadalupe está simbolizada la potencia y arraigo de esa evangelización”.

Desde la primerísima hora de la incorporación de América al mundo conocido, la Iglesia se vuelca ardorosamente a la conquista de las almas de los aborígenes para la Fe de CRISTO. El pontífice reinante en el momento del descubrimiento, Alejandro VI, en su bula de donación de las tierras descubiertas y por descubrir a la Corona de Castilla, le impone “destinar a las tierras e islas susodichas varones probos y temerosos de DIOS, doctos instruidos y experimentados para adoctrinar a los indígenas y moradores dichos en la fe católica e imponerles en las buenas costumbres, poniendo toda la debida diligencia en lo que habéis de enviar”. En las instrucciones dictadas por los reyes para Colón con motivo de su segundo viaje se lee: “por ende Sus Altezas deseando que nuestra Santa Fe Católica sea aumentada y acrecentada, mandan y encargan al dicho Almirante, Virrey y Gobernador que por todas las vías y maneras que pudiere procure y trabaje atraer a los moradores de las dichas islas y tierra firme a que se conviertan a nuestra Santa Fe Católica.” Por su parte, la reina Isabel, en su testamento expresó claramente: “nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro VI, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar inducir y traer los pueblos de las islas, y convertirlos a nuestra Santa Fe Católica, y enviar a las dichas islas y tierra firme prelados y religiosos, clérigos y otras personas devotas y temerosas de DIOS, para instruir los vecinos y moradores de ellas a la fe católica adoctrinándolos y enseñándoles buenas costumbres, según más largamente en las letras de la dicha concesión se contiene”; pide luego a sus sucesores en el trono “que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su principal fin”.

Uno de los sucesores, casi inmediato, Carlos I, en las Leyes Nuevas de 1542, expone: “Nuestro principal intento y voluntad siempre ha sido y es de la conservación y aumento de los indios, y que sean instruidos y enseñados en las cosas de nuestra Santa Fe Católica y bien tratados como personas libres y vasallos nuestros”. Por todo esto, España, considerando que la Providencia la había señalado para ser la Potencia descubridora, aceptó constituirse en un Imperio Misionero. Tal lo declarado por el Código Ovandino de 1570: “Reconociendo la obligación en que DIOS ha puesto en habernos dado tantos reinos y señorío y descubrimiento, adquisición y conversión de todo el Nuevo Mundo de las Indias Occidentales”. Por todo ello aquel gran Papa que fue León XIII, afirma que la evangelización fue el primordial objetivo de los Reyes de España: “Porque consta que el principal propósito fue éste: abrir camino al Evangelio por nuevas tierras y nuevos mares”.

El Clero que arribó a nuestro continente y en especial a nuestra Patria, era un Clero reformado. Durante el reinado de los Reyes Católicos, el Cardenal Jiménez de Cisneros (gloria de la Hispanidad), logró en España moralizar y disciplinar las costumbres de quienes estaban consagrados a DIOS, e hizo observar las reglas que regían la vida de las comunidades religiosas de tal manera, que la inmensa cantidad de misioneros que vinieron a América, clérigos y frailes, cumplieron con denuedo y virtudes acrisoladas sus menesteres apostólicos.

Los primeros en llegar a nuestras playas fueron generalmente, frailes especialmente franciscanos y dominicos. Los siguieron mercedarios y agustinos, y ya en la segunda mitad del siglo XVI lo hicieron los jesuitas, de tan famosa labor misionera en toda América. Concomitantemente, se iban creando obispados y arzobispados a todo lo largo y lo ancho de la América Española, verdaderos centros de la difusión de la Buena Nueva entre los naturales. Además, obispos y frailes se constituyeron en grave obstáculo para el proceder de aquellos españoles que vinieron a América con un exclusivo fin de lucro, convirtiéndose así estos obispos y frailes en defensores de los derechos de los naturales y echando las bases espirituales de los Justos Títulos de España, a la posesión de estas tierras.

La evangelización no consistió solamente en la difusión del Nuevo Testamento y la administración de los Sacramentos. Juan Pablo II lo subraya en su discurso con meridiana claridad: “Por su parte, en la labor cotidiana de inmediato contacto con la población evangelizada, los misioneros formaban pueblos, construían casas e iglesias, llevaban el agua, enseñaban a cultivar la tierra, introducían nuevos cultivos, distribuían animales y herramientas de trabajo, abrían hospitales, difundían las artes, como la escultura, pintura, orfebrería, enseñaban nuevos oficios, etc.”

En otras palabras, según lo dijera el gran Virrey del Perú Francisco de Toledo, los indios “para aprender a ser cristianos tienen primero necesidad de saber ser hombres”. Para esto, era menester ponerse en contacto con las diversas parcialidades aborígenes que hablaban numerosísimas lenguas. Los misioneros entonces, se entregaron a la ardua tarea de estudiar los idiomas autóctonos: hubo, en suma, que “superar las barreras de las lenguas”, “componer gramáticas y vocabularios” de ellas, llegar al “dominio de numerosas lenguas indígenas”, según el decir de Juan Pablo II. Monumento de la lingüística universal que honra a la Iglesia, fue el resultado de ese extraordinario esfuerzo intelectual que llevó a los misioneros a cultivar literariamente más de cincuenta idiomas autóctonos y aprender muchos más para poder encarar la dura faena de transmitir la fe y la cultura. Un prestigioso historiador como el mejicano Carlos Pereyra, afirma que las gramáticas, las crónicas y el dominio de los múltiples léxicos son base para los estudios científicos actuales en lingüística. Nuestro compatriota           Vicente Quesada manifiesta que: “Los vocabularios, gramáticas, catecismos, sermonarios y prácticas de confesionario, que en los idiomas indios escribieron los religiosos, son en tan crecido número y tan importantes, que bastan para constituir un monumento histórico filológico que no tiene parecido”. El esfuerzo realizado se ve realzado por el hecho de que la ciencia lingüística no tenía parámetros científicos en el siglo XVI, de manera que bien puede aceptarse que la labor misionera en este ámbito se constituyó en el fundamento de la lingüística universal.

Mencionamos además, aunque sea de soslayo, que la tarea misionera fue una gesta de héroes y también de mártires. Luchando contra la naturaleza apocada e indolente, cuando no feroz, del aborigen, contra climas de todo tipo, contra distancias inmensas, esa falange de religiosos fue creando la posibilidad de una nueva mentalidad, de una nueva cultura. A modo de ejemplo de lo que estamos expresando, transcribimos una carta que demuestra los extremos a que llegó la entrega de estas almas fundadoras. Pertenece a fray Antonio de Zúñiga de la Orden de los Franciscanos, dirigida a Felipe II en 1579: “Suplico a Vuestra Majestad humildemente considere que a veinte y cuatro años que le sirvo en esta tierra, y que por descargar vuestra real conciencia estoy muy menoscabado de mi persona, por haber andado a pie muchas leguas por tierras calientes y frías, montañas y ciénagas, sierras y valles, bautizando, casando, confesando, administrando los Santos Sacramentos; y predicando la palabra de DIOS a los indios; de los cual se me han recrecido muchas y graves enfermedades, de las cuales estoy tal, que con no pasar de 43 años, me juzgan los que me ven de más de 60; por lo cual suplico a Vuestra Majestad mande al Provincial me de licencia para irme a Castilla, a descansar y a meterme en un rincón de un convento para aparejarme para morir”. Con admirables sacrificios como éste, y con la sangre de numerosos mártires quedó regado y fecundado el territorio de América en la gesta de la evangelización.

La evangelización del aborigen alcanzó una profundización en las reducciones y misiones, que sembraron por doquier especialmente los miembros de las órdenes religiosas. Así lo recuerda el Papa en Santo Domingo: “Al mismo tiempo, se van iniciando amplias experiencias colectivas de crecimiento en humanidad y de implantación más profunda del cristianismo, en formas nuevas de vida y sociabilidad más dignas del hombre. Tales fueron los “pueblos hospitales” del obispo Vasco de Quiroga, las reducciones o colonias misioneras de los franciscanos, las extraordinarias reducciones de los jesuitas en el Paraguay, y tantas obras de caridad y misericordia, de instrucción y cultura”. El Papa hace mención expresa de los “pueblos hospitales” del obispo de Michoacán, en Méjico, Vasco de Quiroga, hombre piadoso y erudito, que organizó diversos pueblos aborígenes rodeados de tierras, las cuales eran labradas colectivamente, en tanto se reservaba a cada familia una casa y un jardín propios. Estas comunidades sirvieron de modelo a las órdenes religiosas que fundaron misiones entre los naturales, y se llamaron “pueblos hospitales” debido a la atención preferente que mereció el hospital en cada una de estas localidades.

El Papa hace asimismo referencia a las reducciones de franciscanos y jesuitas. Aclaremos que los términos misión y reducción se usaban en forma indiferente, aunque el primero parece que debía reservarse a toda labor apostólica efectuada en tierra de infieles que no se limitaba por razones de lugar y tiempo, especialmente cuando se trataba del primer intento evangelizador. En cambio, se habituaba llamar reducción a toda acción apostólica efectuada con indios infieles congregados en poblaciones estables, donde también se los humanizaba enseñándoles las primeras letras, las técnicas agrícolas y artesanales y hasta a defenderse de los ataques externos. Franciscanos, dominicos y agustinos poseyeron reducciones a todo lo largo y lo ancho de la América Española, mientras que los mercedarios se limitaron a Guatemala, Quito, Perú y Chile. Los jesuitas prefirieron actuar en las zonas de frontera: Paraguay, Florida y California.

Entre nosotros, los iniciadores en materia de reducciones fueron los franciscanos, que evangelizaron a través de ellas el ámbito rioplatense desde fines del siglo XVI, como respuesta al llamado Tercer Concilio de Lima, realizado en 1581. La gran figura franciscana en esta obra fue Fray Luis de Bolaños, que tuvo apoyo eficiente de ese notable y extraordinario gobernante que fue Hernando Arias de Saavedra, más conocido como Hernandarias, modelo de virtud política y autoridad moral, y quién fundó, entre otras reducciones, la de la Limpia Concepción de Itatí, cerca de Corrientes, y de Santiago de Baradero, actual Baradero en la provincia de Buenos Aires.

En lo que respecta a San Luis, la integración de la modesta cultura indígena de nuestro suelo, en el vasto sistema cultural traído por los españoles a través de la evangelización, formó los elementos y principios de nuestro ser provincial, que fueron asumidos, desarrollados y fundamentalmente vividos por los hombres y mujeres de San Luis, sin distinción ni discriminación alguna, sea del estamento social que fuere.

A partir de la fundación de San Luis (25 de agosto de 1594), se va formando un estilo particular entre los habitantes de esta tierra, que desde el principio mismo se va palpando en este cotidiano luchar y vencer silencioso sobre los graves obstáculos y peligros, que representaban las carencias de las necesidades básicas para vivir, y de la amenaza constante de las tribus vecinas guerreras dispuestas a destruir el precario asentamiento. La ocupación de las tierras, fue realizada lenta y penosamente, adaptándose españoles y criollos a las cambiantes y agresivas condiciones del medio, en este territorio en donde nunca en donde jamás fue fácil vivir, al decir del inolvidable maestro Hugo Arnaldo Fourcade.

Nacen así muchas poblaciones, custodiadas, a veces, por destacamentos militares, pero siempre emplazadas junto a oratorios o pequeñas capillas, constituyendo realizaciones concretas y genuinas de ese espíritu hispánico que funda y puebla ciudades. El gran elemento unificante de la comunidad es la religión católica que lo penetra todo, constituyendo un deber imperativo que mueve a la conciencia a obrar recta y moralmente, a tener un marcado sentido de la justicia en todas sus actividades y que se extiende desde los usos y costumbres más nobles, como también de una piedad fervorosa en los humildes hogares; hasta el manejo de los asuntos públicos y del mismo gobierno.

En el territorio argentino los franciscanos fueron seguidos por los jesuitas, que realizarían en nuestras tierras las experiencias más apasionantes en lo referente a la fundación de reducciones; Juan Pablo II las llama “extraordinarias”. Ellas comenzaron, también con el apoyo de Hernandarias, hacia 1610, bajo la supervisión del Superior de la Compañía de Jesús en nuestra zona, el Padre Diego de Torres. Para mediados del siglo XVII las reducciones se fijaron, en un número total aproximado de treinta pueblos, en territorio misionero y correntino unas quince, ocho en el actual Paraguay y siete en lo que es ahora el Estado Brasileño de Río Grande Do Sul, al este de nuestra Mesopotamia. La población íntegra de los treinta pueblos alcanzó los cien mil habitantes. Los jesuitas produjeron con sus reducciones una de las más fieles respuestas al espíritu altamente generoso de la Legislación de Indias. Sustrajeron al indio del régimen de las servidumbres y de las encomiendas y lo formaron integralmente respetando su libertad. Esta formación modeló primero al aborigen como persona, como integrante de una familia y de una profesión, como patriota de un territorio particular y finalmente como hijo de DIOS y heredero del cielo.

En lo que atañe a la atención de los enfermos y en otros varios aspectos de la beneficencia, mucho fue lo que la Iglesia hizo en este campo, a punto tal que puede decirse sin equivocarse que este ámbito fue atendido exclusivamente por ella, con la colaboración del Estado español y de la caridad particular.

Y así, además de hospitales, abrió y regenteó leprosarios, casas de huérfanos, casas para mujeres abandonadas o perdidas, asilos de mendigos, maternidades, boticas, posadas de caminantes y peregrinos.

La Iglesia fundó hospitales para blancos, indios y negros, desde la primera etapa de los descubrimientos hasta la época de la Independencia y a todo lo largo y lo ancho de las posesiones españolas. Ya para principios del siglo XVII puede afirmarse que ninguna población de cierta importancia en Hispanoamérica carecía de hospitales. Debe tenerse en cuenta que en aquella época un hospital no prestaba asistencia solamente a los enfermos, sino que muchas veces asistía a pobres, ancianos, lisiados, ciegos, y todo tipo de personas verdaderamente necesitadas. Obispos, Párrocos, Órdenes Religiosas, especialmente franciscanos y dominicos, cofradías, concurrieron a la fundación y atención de los hospitales. Los miembros de algunas de las cofradías trabajaban como enfermeros gratuitamente o colaboraban pecuniariamente para el sostén del establecimiento.

En nuestro país la fundación de hospitales y de centros asistenciales, se extendió por todo el siglo XVII, comenzando con el hospital San Martín de Buenos Aires en el año 1619. Para principios del siglo XVIII poseían hospitales: Tucumán, Jujuy, Santa Fe, Corrientes, Paraná, Santiago del Estero, Córdoba, Salta y San Juan; existiendo centros asistenciales en Mendoza y en San Luis.

Finalmente en esta somera descripción que estamos realizando sobre la notable labor de la Iglesia, en América y en nuestra Patria, debemos hacer mención a la obra educativa. Juan Pablo II dijo en Santo Domingo: “Cerca de cada Iglesia, como preocupación prioritaria, surgía la escuela para formar a los niños. De esos esfuerzos de elevación humana quedan páginas abundantes en las crónicas de Mendieta, Grijalva, Motolinía, Remesal y otros. ¡Con qué satisfacción consignan que un solo Obispo podía ufanarse de tener unas 500 escuelas en su diócesis! Una obra evangelizadora y promocional que ha querido continuar hasta nuestros días, a través de la educación en las escuelas y universidades, con tantas iniciativas sociales de hombres y mujeres imbuidos del ideal evangélico”.

La tarea educadora de la Iglesia se desarrolló en los tres niveles: elemental, preparatorio para los estudios superiores y universitarios. En el primer nivel sobresalieron los franciscanos, los dominicos y sobre todo los jesuitas, estos particularmente en nuestro territorio nacional. Además de las escuelas conventuales, se encontraban las escuelas parroquiales, existentes debido al eficiente trabajo del clero secular que desarrolló una ímproba labor en este campo. En aquellas primitivas escuelas se enseñaba la doctrina cristiana, los principios de urbanidad, a leer y escribir, a contar; pero también se preparaba a los aborígenes niños para la vida, enseñándoles un oficio o una habilidad artística. Allí entonces se formaban latinistas, cantores, músicos, bordadores, canteros, imagineros, pintores, sastres, zapateros, herreros, como así también personas dedicadas al cultivo de la tierra. Asimismo se debe aclarar, que la enseñanza elemental se administró a las mujeres tanto niñas como adolescentes.

Con respecto al segundo nivel, el secundario, los estudios realizados preparaban para el acceso a la Universidad. El plan de estudios comprendía el Trivio, o curso de Latín, que a su vez incluía Gramática, Retórica y Lógica; y el Cuatrivio, o curso de Artes, con Aritmética, Geometría, Astronomía y Música. En este nivel se estudiaba el griego, para poder leer en su idioma a Homero, Platón y Aristóteles. La formación filosófica y teológica se brindaban en sus rudimentos para ir disciplinando el pensamiento y darle base en qué fundar cualquier especialización futura. En el Río de la Plata, los colegios preparatorios más conocidos fueron el Monserrat de Córdoba y el San Ignacio de Buenos Aires, dirigidos ambos por los jesuitas desde el siglo XVII.

En el terreno de los estudios superiores, la Iglesia trajo a América la universidad, institución que acunara la Edad Media a partir del siglo XIII como producto egregio del occidente cristiano. Santo Domingo la tuvo en 1538, y durante el siglo XVI se fundaron otras tres; la de Méjico, la de Lima y la de Santa Fe de Bogotá. A lo largo del siglo XVII, son creadas la nuestra de Córdoba, 1613, la de Chuquisaca, la de Guatemala, y la de Cuzco. Posteriormente, siglo XVIII, aparecen la de Caracas, la de Santiago de Chile, la de La Habana y la de Quito. En total, doce universidades, pero agregándole a este número otros institutos de nivel superior, colegios mayores y universidades menores, entonces puede llegarse hasta casi a treinta.

Los estudios que se cursaban en las universidades hispanoamericanas fueron similares a los cursados en las universidades europeas de la misma época: Teología, Jurisprudencia, Derecho Civil y Canónico, Medicina y Artes, correspondiendo estos últimos a los de Filosofía y Letras o Humanidades de hoy. Podemos afirmar que las universidades fueron instituciones donde no se miraba a menos a los criollos. Los rectores más notables fueron también criollos. Tampoco se miraba a menos a los aborígenes. Así, el famoso Túpac Amaru fue alumno en la Universidad de San Marcos en Lima.

Quisiera terminar mi exposición, con las  significativas palabras de mi maestro el doctor Eduardo Rodolfo Amitrano, quién en su libro “La Restauración de Nuestra Identidad” expresaba lo siguiente: “El catolicismo, impulso de la  misión española, es, al mismo tiempo, el concepto y el fundamento de la Hispanidad. Ese espíritu hispánico, el del sentido moralizador y práctico, la ha movido a sacrificarse en aras de los más grandes y puros ideales. La cultura de España está impregnada de espiritualidad, y ella ha dado carácter a todas sus genuinas expresiones: sentido del deber, sentido de la justicia, virtud, nobleza, hidalguía, honor y religión. En otras palabras: el principio cristiano y la actitud católica, en el contexto del sentido ético y humanístico de la vida, es lo que da forma y contenido a la cultura hispánica; en fin, a nuestra cultura. La hispanidad es un hecho vivo. Lo racial, lo geográfico, lo económico, y lo político, asumidos y configurados en orden al espíritu, y con una visión trascendente de la vida terrena, son la única y válida prenda de unidad, por encima de particularidades y diferencias, sean territoriales, raciales o sociales. Lo ético y católico, por encima de lo material y económico; el espíritu sobre la materia; lo eterno sobre lo temporal; la gracia sobre la naturaleza. En síntesis: la fe al servicio del hombre, y el hombre y la sociedad al servicio de DIOS”.

Prof. Roberto Giménez

San Martín: una filosofia para la independencia y el ser nacional

san martinJosé de San Martín y Matorras nació en la antigua reducción jesuítica de Nuestra Señora de los Reyes Magos de Yapeyú el 25 de febrero de 1778. Este hecho debe ser tenido muy en cuenta porque a ningún hombre le es indiferente el significado del lugar donde ha nacido. En el caso particular de Yapeyú, este pueblo simboliza y expresa la transformación o transfiguración del mundo precolombino por obra del descubrimiento español y sobre todo por obra de la Revelación Cristiana ; por eso es fruto del siempre presente acto de la conciencia cristiana descubridora del Nuevo Mundo. En efecto, el descubrimiento realizado por España (develamiento histórico de aquel mundo desconocido y aislado) no ha sido un “hallazgo”, un mero topar extrínseco o un llevarse las cosas por delante, ni tampoco un “encuentro” casual o abstracto entre culturas sino entre personas concretas. El descubrimiento ha sido inicial el 12 de octubre de 1492 y es progresivo en el tiempo histórico, permanentemente se actualiza y se convierte en la base de nuestro Ser Nacional.

El acto del descubrimiento, inicial y progresivo, ha sido misional por su participación vital en el Enviado por esencia que es el VERBO. De ahí la evangelización como “fin principal” de la conquista, según lo declaran los documentos de los Reyes Católicos de acuerdo con la condición puesta por el Papa Alejandro VI en su Bula de Donación y continuada por los sucesivos monarcas españoles. El acto de conciencia cristiana, descubridor de lo originario precolombino, hace surgir de él toda posible originalidad que, por ser tal, es siempre novedad; ese acto, que es misional y evangelizador a la vez, produce a medida que transcurre el tiempo histórico dos consecuencias notablemente benéficas para el continente, por un lado, la progresiva anulación de la idolatría y, por otro, la conversión de lo originario a la Buena Nueva del Evangelio. De ahí que América haya sido fundada y sea de veras un mundo nuevo con una novedad no solamente geográfica, científica, cultural, sino también espiritual y sobrenatural. Por eso hunde sus raíces en la tradición greco-latina, ibérica y católica y en  aquel fondo originario develado al mundo por el acto descubridor. Tal es la tradición integral de este mundo mestizo y verdaderamente nuevo.

Yapeyú ha sido, significativamente, la cuna del héroe iberoamericano. En él forman síntesis la tradición greco-romana-ibérica y el supuesto originario descubierto y transfigurado por la conciencia cristiana.

Ahora observemos el mapa del mundo. El mar Mediterráneo (que es el mar de la cultura occidental) cerrado por el Oriente hacia el Asia remota, es cruzado de Norte a Sur por las tres penínsulas más importantes de la historia universal: Grecia, como una mano abierta, matriz de la cultura occidental; Italia, como una pierna o bota militar en el momento del impulso de dar un paso al frente, en el medio y en su centro Roma la ciudad modelo, la ciudad imperial; España, como un rostro mirando al Océano Atlántico, ese mar ignoto y desconocido por los antiguos, está en contacto por el Oriente con la fuente de la cultura y por el Occidente, se comporta como una plataforma abierta a la Mar Océano. Este inmenso mar, prolongación del Mediterráneo, guarda por ahora el secreto del nuevo continente. Pero volvamos todavía por un momento la atención  hacia el antiguo Mediterráneo: observemos que las penínsulas son centrífugas, tienden a salir de sí mismas y cuando lo hacen realizan hechos extraordinarios en la historia que dejan una impronta, que marcan un estilo, como Grecia y la confederación de ciudades helenas que alcanza su plenitud con Alejandro Magno y el Helenismo; Italia, en el medio, con su Imperio que rige el orbe conocido de aquel entonces integrando al mare nostrum que tiene como límites al norte a la selva germánica y al sur el ardoroso desierto africano; por fin Hispania, que sale fuera de sí por su propia expansión europea y el descubrimiento del Nuevo Mundo.

Cuando José de San Martín, apenas un niño, va a España, regresa al origen (al antiguo Mediterráneo) dejando vivas en América sus raíces originarias que siempre le serán recordadas por la educación y el ejemplo de sus padres. En España se hace hombre y se hace militar, pelea en el mar, en el llano y en la montaña por la España tradicional y misionera que había soñado con el Imperio espiritual del mundo y que consideraba a América como parte esencial de ese Imperio. Pero llega un momento en que San Martín intuye que lucha por una España que, al volverse iluminista y afrancesada por los Borbones, ha comenzado a renunciar a sí misma, a ser sí misma. La gloriosa España abandona el espíritu del antiguo Imperio que justificaba la misma existencia del continente americano, las Provincias de Ultramar son transformadas (al menos en la intención) en “dominios” y, por eso, el imperio se corrompe en “colonia”, el sueño de los Reyes Católicos se desvanece con la acción traicionera de los Borbones. San Martín lucha por una España que ya casi no existe y que ha degradado a las Españas de América. El movimiento histórico centrífugo de la Península madre ha cesado. El mediocrísimo rey Carlos IV permite la entrada de los franceses en España. Poco más tarde el mismo Carlos y su hijo Fernando VII se convierten en prisioneros de lujo de Napoleón Bonaparte entre 1808 y 1813, traicionando a su pueblo. Finalmente usurpa el poder un hermano de Napoleón, José I, conocido por los españoles como “pepe botella”. Por todo esto la misión de San Martín concluye y comienza otra inmensamente mayor.

Deja su sable hispano cargado de gloria en batallas como Torre-Batera, San Marsal, Banyuls, Olivares, en la guerra de guerrillas, en Arjonilla, Cuesta de Madero, Albuera y sobre todo Bailén (en donde es condecorado y ascendido en pleno campo de batalla) y muchas otras acciones. Toma uno nuevo, simbólicamente nuevo, corvo como un alfanje, que señala la vuelta a sus raíces originarias. Regresa a la antigua Provincia del Río de la Plata adonde llega el 9 de marzo de 1812. Tal como él lo explico más tarde: “cuando tuve las primeras noticias del movimiento general de ambas Américas… preferí venirme a mi país nativo”, llega junto a un grupo de jóvenes oficiales de carrera – criollos en su mayoría- después de larga travesía marítima: ofreciendo sus servicios profesionales al gobierno porteño de ese entonces, como él lo dijo después: “resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento”

Contemplemos ahora nuevamente el mapa. El antiguo Mediterráneo corre de este a oeste; el Atlántico, el nuevo Mediterráneo, corre de norte a sur o de sur a norte, está cerrado en el norte por los hielos árticos y abierto al sur. América meridional, inmensa península, se va afinando a medida que su dinamismo se dirige hacia el sur: tiene por un lado el familiar Atlántico y por el otro el Pacífico que se extiende hasta el Asia lejana. Como toda península, la Argentina, es también asumida por el movimiento centrífugo. Mientras los países-continentes (como China, Rusia, Estados Unidos y Brasil) con centrípetos y absorbentes, los países península son centrífugos, salen fuera de sí para dejar su sello en la historia. San Martín proyectando su plan continental, intuyó genialmentela naturaleza histórica-geográfica de Hispanoamérica y concibió su estrategia: no insistir directamente por el norte; salir fuera dando la vuelta a través de los Andes y después por el Pacífico hasta el Perú, apoyándose (en el interior del país) en Güemes inmediatamente y en Bustos mediatamente (mientras un joven estanciero llamado Juan Manuel de Rosas contenía a los indios en el sur), liberando y manteniendo unidas a las provincias del Antiguo Virreynato. De modo análogo al movimiento que realizaron los fundadores del Imperio Romano pero en escala inmensamente mayor, San Martín, siguiendo el dinamismo de la gran península del Sur (su amada patria Argentina), salió fuera, cruzó los Andes, liberó al Perú, sus soldados lucharon aún más al norte y concluyó en Guayaquil el 27 de junio de 1822.

Las regiones americanas, las Españas de América que habían conservado intacta la esencia de la hispanidad (especialmente Argentina), resultaban ser, paradójicamente, más hispánicas que España, por ser fieles a sí mismas, conquistaban ahora su independencia política.

Esta visión grandiosa, implícita en todos los actos, tanto militares como políticos del Gran Capitán, es la que alimentaba su patriotismo americano no solamente argentino. Por eso explicaba en 1848 desde el exilio, que él quería “mirar a todos los Estados americanos… como hermanos interesados todos en un santo y mismo fin”. De ahí que la estrategia sanmartiniana suponga la americanización de todos sus actos de tal modo que la Argentina salía de sí misma liberando, reconfortando y sosteniendo a los pueblos hermanos. Este movimiento centrífugo de nuestra Patria no ha de ser solamente militar, sino espiritual, cultural, político y económico. Nuestra Patria peninsular gira desde sí misma como un engranaje esencial de la gran Patria federativa hispanoamericana.

El sistema político-cultural que deseaba implementar San Martín puede resumirse en tres postulados que siempre obsesionaron a nuestro Libertador, desde el principio, cuando en Mendoza preparaba en 1814 al heroico Ejército de los Andes: 1) preservar en lo posible, las esencias de la TRADICIÓN HISPÁNICA EN EL NUEVO MUNDO, tan revolucionado y anarquizado aquí, a partir de 1810; 2) reafirmar la SOBERANÍA e INDEPENDENCIA de las naciones de la misma estirpe española, bajo una forma de gobierno MONÁRQUICO-CONSTITUCIONAL  capaz de integrar dichos Estados independientes en un solo bloque geopolítico poderoso y unido, frente al desafío insolente de las grandes potencias colonialistas de la época (rotundo mentís al San Martín republicano y democrático que nos presentan los liberales); 3) proclamar la doctrina del AMERICANISMO con que culturalmente la España histórica formó, durante tres siglos, la conciencia de nuestros pueblos, que “rezaron siempre a JESUCRISTO” y hablaron siempre el idioma castellano al buen decir de Rubén Darío.

El plan de San Martín, consistía en la UNIÓN DEL RÍO DE LA PLATA, CHILE Y EL PERÚ INDEPENDIENTES, en cabeza de una MONARQUIA CONSTITUCIONAL presidida por un PRINCIPE ESPAÑOL A ELEGIRSE CON EL ACUERDO DE DICHAS NACIONES AMERICANAS Y LA MADRE PATRIA; y las firmas consiguientes de TRATADOS DE AMISTAD Y COMPLEMENTACIÓN ECONÓMICA DE AQUELLA MONARQUIA INDEPENDIENTE HISPANOAMERICANA CON ESPAÑA. Todo esto, claro está, contrariaba sin lugar a dudas, la ideología masónica y los intereses mercantiles tanto de Inglaterra como de los Estados Unidos.

Era lógico que a la pequeña mentalidad “iluminista” de los adoctorados ideólogos a la francesa que nos gobernaban (encabezados por Bernardino Rivadavia) se les escapara el sentido de la epopeya sanmartiniana; no podían llegar nunca a comprender a San Martín y por eso le combatieron sin pausa.

Representaban, para el Gran Capitán, el odiado y odioso “espíritu de partido”; por eso de nada se cuidó tanto como de “mezclarme en los partidos que alternativamente dominaron”. Mientras San Martín desde el Plata y Bolívar desde el Caribe, siguiendo el natural movimiento histórico de la tradición ibérica, trataron de forjar la unidad de la gran Patria hispanoamericana, los ideólogos desarraigados provocaron la atomización de América Española. Hasta donde resistió la potente energía de San Martín, alcanzó la epopeya. Después, el retiro y el silencio, solamente roto ante acontecimientos que afectaban gravemente a su patria. Y, en cada ocasión, volvió sobre lo mismo: al enterarse del combate de Obligado (20 de noviembre de 1845) y del dignísimo papel de la Confederación Argentina que bien representaba en ese momento a toda Hispanoamérica ante el atropello imperialista de Francia y de Inglaterra, escribirá a Rosas (con el cual mantenía comunicación epistolar desde 1838) señalando que el país “presenta a todos los nuevos Estados americanos un modelo que seguir”.

La expresión sanmartiniana tiene un significado mayor: “modelo” para los países de Hispanoamérica, tiene el sentido profundo de prototipo, de Arquetipo, de principio normativo, de idea expresiva de la verdadera tradición integral de Iberoamérica; así en lo político representa la unidad interior del territorio nacional, a través de instituciones y leyes propias, adecuadas a la realidad auténtica del país; socialmente con la existencia de provincias autónomas (expresión efectiva de federalismo), unidas para defender la soberanía territorial; económicamente con la protección de la producción nacional y de la riqueza de nuestro suelo; cultural-religioso con la protección y extensión de la Religión Católica como elemento fundacional de nuestra patria y de la impronta occidental greco-latina. Así la Confederación Argentina gobernada por Juan Manuel de Rosas, se convertía a los ojos de San Martín en ejemplo de gobierno y de sistema político para todos los países americanos.

Este supremo modelo es causa del patriotismo americano de San Martín como acto de reconocimiento de la patria terrena como don; en cuanto tal, ella requiere entrega y sacrificio: “El verdadero patriotismo en mi opinión, dice San Martín, consiste en hacer sacrificios”. Y al explicar su retiro confesará que lo hacía “creyendo de mi deber hacer el último sacrificio en beneficio del país”, Para este hombre verdaderamente incomparable, el patriotismo es también entrega (acto de suprema justicia legal y al mismo tiempo acto de amor cristiano) como él mismo lo explica al decir “tiempo a que no me pertenezco a mí mismo, sino a la causa del continente americano”.

Puede pensarse que el proyecto sanmartiniano fracasó, sobre todo ante la incontrastable potencia del poder tiránico y mundial de nuestro presente. Sin embargo no es así. Aquel movimiento centrífugo de la gran península cuyo significado San Martín intuyó y siguió fielmente en su campaña, nos señala el camino a seguir. Aunque hoy nos encontremos sumidos en una extrema debilidad física ante un imperio planetario que organiza un mundo todo-uno, verdaderamente podemos y debemos trasponer el proyecto sanmartiniano al orden del espíritu. Desde allí, podemos ir forjando con paciencia la unidad de la gran Patria Hispanoamericana ya existente en sus cimientos religiosos, históricos y culturales. Para lo cual hemos de estar dispuestos a realizar nuevos sacrificios y comprender que, para conseguirlo, dejaremos de pertenecernos a nosotros mismos. Tal es el sentido profundo de la epopeya sanmartiniana, de la vida del Libertador, del Padre de la Patria, que nos distingue de los actuales poderes de este mundo corrupto e idólatra. José Francisco de San Martín, como no podía ser de otra manera, nos señala el modelo a seguir.

                                                   Prof. Roberto Giménez