Los hijos. Los más hermosos dones de Dios

Los niños, carne de cañón de la progresía

“El hombre moderno (…), ha creado un mundo de acero,

y todo es áspero, y no sabe sino matar a sus niños”.

Fr. Petit de Murat

El fenomenal Chesterton, planteaba que existe una Intelligentsia moderna que quiere deshacerse de la familia y de los niños. Para estos últimos existen tres maneras de sacarlos del camino. Una que consistía en decir que “no habrá niño”. Otra, enviar a los niños a una escuela lo más lejana posible, y que sea lo más parecida a una prisión. Y la tercera, la solución rousseauneana, abandonarlos en un asilo de niños abandonados. Sin entrar en detalles diremos que esta última forma de deshacerse de los niños está en plena vigencia desde hace ya más de un siglo ¡Cómo es eso posible! Exclamará nuestro azorado lector. Y el alegre inglés responderá: -¡Es posible! De hecho, sucede:

“Ese asilo de niños abandonados se ha ensanchado hasta hacerse la Escuela y luego el Estado, que se convierte de esta forma no en el guardián de algunos niños que están fuera de lo normal, sino en guardián de todos los niños normales”.

Esto no es sano, el Estado moderno sustenta postulados laicistas, lo que implica un concepto materialista y ateo de la vida humana y de la sociedad, imponiéndose esta concepción a los funcionarios, en las escuelas y en la nación entera. El laicismo, recordémoslo, no es otra cosa que el sistema doctrinal o político que se propone arrancar de la sociedad y de la familia la influencia religiosa. Arrancar, en definitiva, la semilla. El Estado y su educación laica, impermeabilizan y endurecen la tierra del alma del niño, no permitiendo que la semilla entre en el surco del corazón, ni deja paso al agua para que penetre y haga posible una tierra fecunda.

Desde otro punto de vista, pero concomitante al anterior, el materialismo imperante en la escuela hace que el mundo se achique, se encoja. Chesterton ha dicho que el materialismo tiene una especie de loca simplicidad, para ellos todo camino que vaya más allá de la tuerca y el tornillo está vedado. El reduccionismo materialista destruye no tan sólo la bondad, sino la esperanza, el coraje, la poesía, el amor, todo lo que es humano. Lo que tiende poco a poco a estrechar la mente del niño, haciendo desaparecer el asombro, explicándole “científicamente” el origen de ese asombro y de la cosa sobre la cual recae ese asombro, desechando y develando –supuestamente- el misterio. Así… es como mueren los poetas.

 Hemos de recalcar un último asunto en este punto y es el siguiente: los padres no deben aplicar la solución rousseauneana, es decir, abandonar sus hijos en la escuela; ni aun enviándolos a un buen colegio. Corresponde como tarea indeclinable de los padres la que podría llamarse formación del carácter, es decir, que sus hijos se mantengan siempre firmes, decididos, constantes en una vida acorde a la ley natural y a la ley eterna.

Sin embargo hay una decadencia respecto a la educación familiar y sus prioridades, esto lo hacía notar el ya citado Sumo Pontífice en su Encíclica “Divini Illus Magistri”, que a pesar de los años no ha perdido validez y su diagnóstico es sumamente actual:

“A los oficios y a las profesiones de la vida temporal y terrena, que son ciertamente de menor importancia, preceden largos estudios y una cuidadosa preparación; en cambio, para el oficio y el deber fundamental de la educación de los hijos están hoy día poco o nada preparados muchos de los padres, demasiado sumergidos en las preocupaciones temporales. A debilitar la influencia de la educación familiar contribuye también modernamente el hecho de que casi en todas partes se tiende a alejar cada vez más de la familia a los niños desde sus más tiernos años, con varios pretextos, económicos, como el trabajo industrial y comercial, o políticos”.

Descubrimos en estas líneas los modernos abandonos de la niñez.

Son muchos los “abandonos”  que se producen en nuestra época, pero el más serio y triste: el espiritual. ¿Cuántos son los niños que hoy no conocen a Cristo? Amargamente, muchísimos. Nunca se les ha hablado de Él, nunca su oído se ha visto consolado por el suave y dulce nombre de Jesús. Esto es culpa de los padres, sí, por diversos motivos: sea por indiferencia, o por una fe débil quebrantada por las mentiras en torno a Dios que proliferan en todos los ambientes, o por un odio visceral a todo lo referido a su Iglesia; sea lo que fuere el niño se ve privado de conocer a su mejor Amigo. La otra parte, que tiene una responsabilidad inexcusable en este terrible “abandono espiritual” de la niñez es la Iglesia –en su conjunto- que ha dejado de predicar la Buena Nueva, rechazando, algunas veces implícitamente y otras explícitamente, la evangelización, tildado a esta -despectivamente- de “proselitismo”, de falta de “tolerancia” o falta de “ecumenismo”, exponiendo erróneamente que “todos creemos en un mismo Dios”. Se deserta así del “Id y predicar a las naciones”, del “sí, sí; no, no”… en pro de una fe difusa, de una fe relativista.

Desde la hondura divina se escucha la Voz solemne de Cristo que lanza enojado,  nos dice el Evangelio, una colosal advertencia a los discípulos que no permiten que los niños se acerquen a Él: “Dejad que los niños vengan a mí y no los estorbéis” (Mc. 9, 13-14). ¿Acaso no son hoy los discípulos de Cristo los que no dejan llegar a los niños a Jesús? ¡Cuidado!, a quien obstaculice a los niños el camino que los lleva hacia Él, Cristo les dice: “al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen una piedra de molino de asno y le arrojasen al fondo del mar” (Mt. 18, 6).

Por lo dicho hasta aquí podemos señalar certeramente que ser padres no radica tan sólo en dar el ser al hijo sino, ineludiblemente, en dotarlo de eternidad.

Celebrar la Navidad

El andar del tiempo litúrgico, tiempo sacro que debería regir nuestra vida espiritual, nos presenta el Nacimiento de Nuestro Señor. Esta es una buena ocasión para que nuestros niños comiencen a entender el sentido cristiano de la Navidad. Para que puedan, en la intimidad del Hogar comenzar a vislumbrar, con su alma poética, los atisbos de la obra redentora de Nuestro Señor.

Desde los primeros siglos, las familias cristianas, en Jerusalén, se reunían desde media noche en la Basílica de Belén y pasaban la noche rezando junto a la gruta donde nació Jesús. Siguiendo esta venerable y piadosa tradición deberíamos reunirnos con nuestros hijos en torno al Pesebre a contemplar el grande y gozoso misterio de la Encarnación. Llegadas las 00hs, papá podría colocar, acompañado del canto (podría ser el villancico “Noche de paz”) el Niño en el Pesebre, leer la lectura del Evangelio correspondiente a la Navidad y luego un instante de silencio para contemplar el Nacimiento y, por qué no, que nuestros hijos hablen con el Niño y le ofrezcan “regalos”, por ejemplo, rezar un Avemaría todos los días, o ayudar a mamá o papá.

Acabamos de hablar de los “regalos” al Niño y no de regalos a los niños. Esto de los regalos es una larga tradición que se puede remontar a los primeros siglos. Al parecer entre los romanos existía la costumbre de intercambiar regalos el primero de cada año. Los cristianos trasladaron esa costumbre a la fiesta de Navidad. Pues con Cristo se pasaba de una era a otra. Pero, por otra parte, consideramos que los regalos le quitan centralidad al Niño Jesús. Los pequeños esperan con más ansias abrir los regalos que rezar al Niño. En este caso, prioridades.

Se ha de seguir la tradición que se ha extendido por España y, como es natural, por la América hispana que los regalos los traen los Reyes Magos. Primero explicarles quiénes eran estos “magos que venían de Oriente”, cómo llegaron a Belén y qué le ofrecieron al Señor y qué simboliza cada ofrenda. Luego, sí, la preparación para recibirlos, como en nuestra infancia, poner en la puerta pasto y agua para los camellos, y claro está, las zapatillas de cada uno, para que ellos sepan cuántos regalos se han de dejar. Todo esto desde la explicación, la preparación y la apertura de los regalos se convierte en un ritual que fascina a los niños.

Procuremos imprimir desde muy pequeños el sentido de la Navidad en nuestros hijos, promoviendo, además de lo ya nombrado, las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. Respecto a esta última podemos decirles a nuestros hijos que Jesús nos quiere a cada uno más que nadie y nosotros debemos querer a Jesús, a María Santísima y a San José con todo nuestro corazón y demostrar nuestro cariño a ellos queriendo a nuestra familia, a nuestros amigos y a todo aquel que es mi prójimo.

Qué el Salvador, que se hace pequeño por amor, bendiga la empresa más ardua y hermosa: la familia.

¡FELIZ Y SANTA NAVIDAD!

 

Continuará en la próxima entrada…

 

José Gastón

La familia, el alcázar que necesita nuestra defensa

 

“Miren el imperativo moderno ¡la comodidad!

La comodidad relaja las fuerzas físicas y morales”.

Fr. Petit de Murat

“El desorden en la sociedad

es el resultado del desorden en la familia”.

Santa Ángela de Mérici

Creemos que es imprudente hablar de un estado de desastre irreversible, pero no podemos dudar que el momento actual de nuestra sociedad es un desastre. Ante esto las inevitables preguntas: ¿Qué se puede hacer? ¿Qué se debe hacer? Algo se puede y ha de hacerse, no hay opción, no se puede dejar tal y como está, pues si somos hijos de la Luz, debemos iluminar el mundo, debemos trasfigurar el mundo; la luz no puede ni debe ocultarse o guardarse. Es hora, como dice el Apóstol, de despertar del sueño, de salir del letargo, del adormecimiento, de la comodidad. Bien ha señalado Pío XII, todo el mundo debe ser rehecho desde sus cimientos: de salvaje volverlo humano, de humano volverlo divino, todo conforme al corazón de Dios. Ésta es la tarea del cristiano: Instaurare omnia in Christo.

Veamos, en principio, un aspecto de esta caótica época. Si echamos un vistazo sobre el mundo hodierno podremos observar que está absorbido por completo por el progreso utilitario y, por lo tanto, está cada día más ajeno al orden espiritual. El auto, la casa, el televisor, la computadora, el aire acondicionado, todas cosas útiles para una vida cómoda, de confort, van ocupando y extinguiendo, muchas veces, el verdadero sentido del Hogar. Muchos padres ponen gran empeño en “dar lo mejor” –materialmente hablando- a su familia, pero se olvidan de darse a ellos mismos ignorando que lo que da al hombre verdadero valor, es menos lo que hace y tiene que lo que es. La vida moderna parece diseñada para hacer muchas cosas a la vez, excepto hacer fértil y fructífero el suelo del Hogar. Reducido a las necesidades materiales, el sentido de la vida se agota en el trabajo productivo para satisfacerlas.

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La familia en donde los esposos han sabido imitar en el amor la fidelidad de Cristo y su Esposa, cuando los hijos son recibidos al modo cristiano, es decir, con serena alegría y como don precioso de Dios, se puede constituir en verdadero Hogar. Éste es el terreno bueno del que nos habla el Evangelio, es tierra fértil donde pueden germinar varones y mujeres de carácter, o sea, los héroes y los santos, que son los únicos capaces de forjar la Patria y de plantar la Iglesia hasta con su sangre si fuera necesario, estos son, en definitiva, los únicos que pueden transfigurar el mundo. Este es el fin último y esencial de la familia: la promoción recíproca de la personalidad, cuyo cumplimiento es trascendente a la vida del hombre: es estar cara a cara con Dios.

He aquí porqué el Maligno se empeña en desintegrarla. Alberto Caturelli, luego de plantear que la sociedad moderna pretende una sociedad sin Dios, expone dramáticamente el plan del príncipe de este mundo: “El objetivo principal es el misterio nupcial y la disolución de la familia”.[1] Pocas cosas detesta más el Infiel que la fidelidad conyugal. Pero no tan sólo ello, seguidamente el autor advierte vehementemente: “Cuando hayan desaparecido [el misterio nupcial y la familia], el ‘reino’ del príncipe de este mundo ‘habrá alcanzado su plenitud’”.[2]

¿En dónde podemos observar algunos aspectos de esta disolución de la familia? Prestando atención a cuestiones cotidianas; estas nos muestran algunos trazos tristes y dan cuenta de que la familia ha perdido su quicio. Si bien para algunos la falta de unión en la mesa familiar, la perdida de la autoridad paterna, las relaciones prematrimoniales, el “amor libre”, no son sino elementos que demostrarían la “deconstrucción” de la familia; nosotros no podemos decir lo mismo, tal concepción es errónea y no hace sino demostrar el estado de decadencia de la misma hoy día. Pío XI en el nº 16 de su –casi olvidada o relegada- Encíclica “Casti Connubi”, sobre el matrimonio cristiano, se dolía de ver cómo ésta divina institución era tantas veces despreciada y tan fácilmente vilipendiada:

“No es ya de un modo solapado ni en la oscuridad, sino que también en público, depuesto todo sentimiento de pudor, lo mismo de viva voz que por escrito, ya en la escena con representaciones de todo género, ya por medio de novelas, de cuentos amatorios y comedias, del cinematógrafo, de discursos radiados, en fin, por todos los inventos de la ciencia moderna, se conculca y se pone en ridículo la santidad del matrimonio, mientras los divorcios, los adulterios y los vicios más torpes son ensalzados o al menos presentados bajo tales colores que parece se les quiere presentar como libres de toda culpa y de toda infamia”.

Lo citado se puede aplicar muy bien a nuestra actualidad y con ribetes que rozan la morbosidad. En nombre de la “sacrosanta libertad” se destruye lo verdaderamente santo y querido por Dios.

A lo expuesto por Pío XI deberíamos agregar que la tendencia al confort, al placer, al ascender profesionalmente -que exige dedicarse por completo al trabajo- genera ese atroz sentimiento de que los hijos son “una carga”, por tal motivo, tristemente, son muchos los que prefieren tener una mascota a tener hijos. A todo lo dicho se suman los cuantiosos y satánicos ataques a la familia guarecidos bajo la inicua bandera de la “ideología de género”.

Ante este objetivo siniestro del padre de la mentira es impostergable, urgente y forzoso cerrar filas; la familia, nuestra familia, en este preciso instante del tiempo, en el cual todo parece oscurecerse, debe ser una fortaleza, un alcázar que debemos defender hasta las últimas consecuencias. Tenemos mucho que hacer, aún con este riesgo espantoso vislumbrándose en el horizonte.

Continuará en la próxima entrada…

 

José Gastón

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NOTA:

[1] CATURELLI, A. Dos una sola carne. Metafísica, Teología y Mística del Matrimonio y la Familia. Gladius, Bs. As., 2005, p. 389.

[2] Ídem.

Consejos para aplicar la Regla al día a día familiar

El trabajo

“Sírvanse los hermanos uno al otro, de modo que ninguno sea dispensado del trabajo de la cocina (…) porque de este modo se consigue una mayor recompensa y un mayor mérito de caridad”. Regla, c. 35.

Reflexión

El trabajo doméstico

El humilde servicio doméstico significa ejercicio de la caridad fraterna, victoria sobre el propio egoísmo y sobre la propia pereza (…). No es solo una norma práctica para aliviar el trabajo doméstico de la madre, sino mucho más que eso, es un poderosísimo medio educativo a través del cual los hijos aprenden, no con las palabras sino con lo hechos, qué significa la práctica del amor fraterno y adquieren, con el ejercicio cotidiano, las virtudes de la caridad, de la laboriosidad, de la paciencia, del cuidado amoroso, del obrar cuidadoso y acertado (…).

Fuente: LAPPONI, Dom Mássimo, O.S.B. San Benito y la vida familiar. Una lectura original de la regla benedictina. Athanasius Editor, Córdoba, 2018, pp. 47-48.

Habladles de la santa pureza

Frente a la vulgaridad y a la obscenidad que hoy se nos quiere imponer mediante la ESI, donde la primacía de lo genital sobre lo espiritual produce que nos acerquemos más a la condición animal que a la propiamente humana, quitando del horizonte toda referencia al amor y a la exclusividad del amor, hay que hablarles a nuestros hijos del heroísmo de la santa pureza. Provoquemos que amen la pureza, para que su mente sea pura, sus ojos sean puros, sus labios sean puros, su corazón sea puro.

Viene bien, entonces, recordar las palabras de Jesús Urteaga [1]:

Habladles de cómo la santa pureza les dará la valentía de un Juan, apóstol, al pie de la Cruz.

Habladles de cómo la santa pureza le dará el amor de Juan, adolescente, para poder reclinar su cabeza en el corazón de Cristo.

Habladles de cómo la santa pureza les dará la visión sobrenatural de Juan, apóstol, para descubrir el primero al Señor sobre las aguas.

Habladles de la santa pureza y el amor.

Habladles del valor de la virginidad, de la castidad vivida con amor de Dios.

Habladles de la vida a la luz del amor.

Habladles de la familia y el matrimonio.

Habladles del amor del varón a la mujer.

Habladles de la grandeza de la obra del amor.

Habladles de la importancia de preservar las facultades de amar para el amor.

Habladles del carácter divino que tiene, en la tierra, el amor humano.

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NOTAS:

[1] URTEAGA, Jesús. Dios y los hijos. 5ª ed., Rialp, Madrid, 1961, p. 224.

 

Pedagogía de la libertad. Apuntes de pedagogía senequiana

Para el de Córdoba no habrá educación que no sea mejoramiento interior, crecimiento en la virtud. Nos propone una educación, a nuestro entender, de cuño eminentemente cualitativo, es decir, donde el conocimiento busca provocar en el destinatario un cambio interior. Educar en esta perspectiva será en primera instancia educarse. Este cambio interior que produce el conocimiento sólo es posible considerando a este último como vida, es decir, que lo que conozca se haga uno conmigo, que lo que conozca se convierta en acción, pero no cualquier acción sino aquella que se convierte en hábito perfectivo de mi ser y de mi obrar, o sea, que convierta cada quehacer en un acto de libertad, en un acto virtuoso. En este punto libertad y virtud se reúnen en la sabiduría. Sólo aquel que accede a la sabiduría es virtuoso, sólo el sabio es libre. Más adelante ahondaremos en esta relación.

Algo que se puede observar en la “pedagogía de Séneca” es la importancia que le atribuye al tiempo del cuidado de sí. Por ejemplo, a Lucilio le dice: “Reivindica para ti la posesión de ti mismo”[1], como diciéndole ocúpate más de ti que de tus cosas –nec-otium-. Ocuparse de sí requiere tomarse un tiempo, que no es por caso un tiempo de indolencia o abandono en los placeres y la lascivia, sino que es un “tiempo de ocio”, por así de decirlo, si no fuera esta idea una tautología. Ya que cuando hablamos de ocio, el otium romano heredero claro está de la skholé griega, hacemos referencia a un tiempo libre: libre, por un lado, de las ataduras y del peso de los negocios, nec-otium; y libre, por el otro, para ocuparse de uno mismo. Repitamos: el ocio es un tiempo dedicado a uno mismo, en donde nos apartamos de la vida negociosa.

Es lapidaria aquella advertencia que se troca en consejo de Séneca a Lucilio: “La mayor parte de tu vida, la mejor sin duda, las has consagrado a la política: toma algo de tu tiempo para ti[2]. ¿Cuántos son los que a lo largo de la jornada de la vida no se dan un tiempo para sí mismos? ¿Cuántos son los que laboriosamente logran lo que tienen, lo que la fortuna les ha dado, y angustiosamente lo conservan? Y al final de esa jornada no se han dado cuenta del tiempo que han desperdiciado y nunca más ha de volver. El tiempo ¡Bien precioso que es dilapidado por los hombres! Los bienes sujetos a la fortuna de nada valen, y por ellos gastamos el valioso tiempo; creemos poseer aquellos bienes y quedamos sujetos a ellos; creemos que nos sirven y somos sus siervos.

Entonces, ocio y tiempo (como tiempo libre, tiempo propio, tiempo para ocuparse de sí) podemos decir que son conceptos intercambiables. Así vemos que los que dedican su tiempo al ocio son libres, porque ellos se encaminan a la sabiduría, la única que nos hace felices: “Pensad que nada, excepto el alma, es digno de admiración, para la cual, si es grande, nada hay que sea grande”[3]. El alma virtuosa no considera nada sobre la virtud, sobre la sabiduría. El alma virtuosa se sabe contenta consigo misma, es decir, contenida, nada le falta y por eso es libre. Para él todo se hace medio, excepto la verdad,  la cual “no sirve”, porque no es medio sino fin. Y quien está en la verdad es verdaderamente feliz[4].

En fin la educación será procurar el hombre virtuoso, sólo el hombre virtuoso es verdaderamente libre, porque sólo él se guía por la sabiduría, por la razón, por la naturaleza, y esta vida es la vida feliz.

 

José Gastón

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NOTAS:

[1] Epístolas morales a Lucilio, I, 1, 1. En: Consolaciones, Diálogos, Epístolas morales a Lucilio. Gredos, Madrid, 2014, p. 333.

[2] Sobre la brevedad de la vida. En: op. cit., p. 326. (El subrayado es nuestro.)

[3] Epístolas morales a Lucilio, I, 8, 5. En: op. cit., p. 336.

[4] Cfr. Sobre la vida feliz. En: op. cit., p. 232.