Virgilio y la IV Égloga (2/2)

El tiempo en Virgilio. Influencias

Buisel (2012:30) plantea que el mantuano se encuentra entre dos concepciones extremas del pensamiento sobre el tiempo. El cíclico hesiódico donde la materia existe desde siempre y para siempre, y el lineal creacionista donde todo empieza en el Génesis bíblico. Virgilio tiende al segundo, aunque sin conocerlo, quedando en algo “tal vez espiralado” (2012:35). Una conjunción entre determinismo divino y voluntad con libertad humanas: el centro en Virgilio es un puer divino-humano. “Por eso, no hay creacionismo ex nihilo; la salida del ciclo supone primero la búsqueda de un centro anclado en una criatura de doble naturaleza, destinada al regere orbem y después a la apoteosis” (Buisel, 2012:42).

Entre las influencias que acrisolaron el pensamiento de nuestro poeta, encontramos oráculos atribuidos a la sibila de Cumas (cerca de Nápoles); los saecula etruscos (v. 5: “nuevo orden de los siglos”), concebidos como cambio de edades a partir de personas representativas cuyo tiempo de vida marcaba un siglo; a las doctrinas astronómicas del Gran Año; edades órficas, cuyas ideas de purificación y salvación implican un más allá y una reencarnación. Oroz (1990) también menciona a los neopitagóricos en relación con la renovación del mundo.

Buisel cita a Nisbet: “un sincretismo entre el sistema hesiódico, el cíclico pitagórico o estoico (el eterno retorno, donde el mundo se consume y vuelve a resurgir a través de los elementos, luego del aion o gran año) y el saeculum etrusco resulta una yuxtaposición inconsistente.” (2012:39)

Podemos pensar que también Virgilio leyó las predicciones orientales.

Proyección cristiana

El tema del puer hace y ha hecho pensar en el nacimiento de Jesucristo. No se puede hablar de profecía en sentido estricto, ni de cuestiones teológicas. Pues la influencia parece ser más bien órfica (Bauzá, 2015), sumadas las anteriores. Pues como dice Oroz (1990:33), Virgilio no era un romano ni latino, sino itálico, lo que supone una herencia cultural amplia. Pero sí puede hablarse, como dijo Tertuliano, de un alma naturaliter christiana, como resalta Haecker (1945), porque desarrolla la intuición que posibilita la unión del discurso mitológico con la tradición judaica (Bauzá menciona el libro de Isaías del Antiguo Testamento, capítulos 7 y 9). Esta conjunción se vuelve posible solo en la Pax Romana, centro de la historia.

José Oroz dice una frase que he querido tomar muy en serio: “Todas estas explicaciones y otras que se han ideado fallan por no contar con la fantasía divina –enthousiasmos– que entra siempre en la inspiración de un gran poeta” (1990:69).

Es decir, y para concluir, que siempre será un misterio para nosotros esta Égloga IV, por no conocer los designios que movieron al poeta a escribir esto. Lo incuestionable es que hay coincidencia, más allá de quién sea el puer, y de si tenga o no relación causal con la aurea aetas, pues ambos elementos están presentes y conjugados en el poema. Virgilio buscó un centro para la historia y ciertamente lo halló: cada vez que mencionemos una fecha la ubicaremos antes o después de su época.

En cuanto al poeta, podemos decir que vio más allá, dentro de los límites humanos, que le posibilitaron todas sus influencias y confluencias, para jugar con las palabras. Partió de una mitología en tensión hacia una teología natural cuya materialización no llegó a ver con los ojos, pero tal vez vio con el alma. Desarrolló lo máximo que la sola razón permitiera ver por medio de la intuición connatural, y por eso su poesía es culminación de la antigüedad.

Sirva también de homenaje decir cuánto debemos los historiadores aprender de los poetas, que en momentos determinantes supieron desentrañar misterios de los tiempos que atestiguaban, esculpiendo versos simbólicos que pudieran alumbrar más la realidad que numerosas y esforzadas labores de aquellos.

 

Anexo: IV Égloga

 

Musas de Sicilia, cantemos algo un poco más grande;

no a todos agradan matorrales y bajos tamariscos,

si cantamos bosques, sean los bosques dignos del cónsul.

Ya llegó la última edad del canto de Cumas;

desde la totalidad nace un gran orden de los siglos.                5

Ya vuelve la Virgen, vuelven los reinos saturnios;

ya una nueva progenie es descendida del alto cielo.

Favorece, casta Lucina, al niño que nace ya, por el cual

primero cesará el linaje áureo, Apolo, tu hermano, reina ya. 10

Y por tanto, siendo tú, tú cónsul, esta gloria del tiempo se

iniciará, Polión, y los grandes meses empezarán a avanzar;

siendo tú jefe, si duran algunas marcas de nuestro crimen,

borradas, librarán la tierra del temor perpetuo.

Él recibirá la vida de los dioses y unidos a los dioses              15

verá a los héroes y entre ellos él mismo será visto.

Y regirá el orbe pacificado por las virtudes paternas.

Empero para ti, niño, sus primeros regalitos sin ningún

cultivo, hierras errantes aquí y allá con el bácar y las

colocasias unidas al riente acanto te prodigará la tierra.      20

Las cabritas por sí mismas traerán a casa sus ubres tensas

de leche, y los rebaños no temerán a los grandes leones;

tu cunita espontáneamente, te prodigará tiernas flores.

Morirá la serpiente, y la hierba simuladora de su veneno

morirá; y la canela asiria por doquier brotará.         25

Empero en tanto que puedas leer ya las loas de los héroes

y las hazañas de tu padre y conocer qué es el valor,

de a poco se dotará el campo con tierna espiga,

y de los zarzales salvajes penderá rojiza uva,

y las duras encimas destilarán mieles como rocío,    30

sin embargo pocos vestigios del antiguo dolo quedarán,

que ordenen afrontar el mar con naves, ceñir

con muros las fortalezas, hendir surcos a la tierra.

Habrá entonces un segundo Tifis y una segunda Argo

que conduzca escogidos héroes; habrá una segunda guerra  35

y otra vez un gran Aquiles a Troya será enviado.

Luego, cuando asentados, los años te habrán hecho hombre,

el timonel retrocederá ante el mar y el pino marinero

no trocará mercaderías; la tierra toda, todo llevará.

No sufrirá rastrillos la gleba ni hoz la viña;               40

ya también desuncirá los toros el vigoroso labrador;

ni variados colores aprenderá a fingir la lana,

sino en los prados sus vellones trocará el carnero, ya por

el púrpura de suave rojizo, ya por el amarillo azafranado;

de suyo se vestirán de escarlata los corderos al pacer.            45

“Desplegad tales siglos” dijeron a sus husos las Parcas

unánimes por el inmutable designio de los hados.

¡Iníciate a los grandes honores (ya será el tiempo),

oh caro linaje de dioses, magno retoño de Júpiter!

Mira el mundo que se balancea por su curvo peso    50

y la tierra y la extensión del mar y cóncavo cielo;

mira cómo todo se alegra con el siglo venidero.

¡Oh, se me dé prolongado el último trecho de mi vida,

el aliento y cuanto sea suficiente para entonar tus gestas!

Que no me venza con sus cantos Orfeo, el tracio,       55

ni Lino, aunque los asistan, su madre, Calíope

a Orfeo, y su padre el esbelto Apolo a Lino.

Si Pan compitiese conmigo, siendo juez Arcadia,

Pan también, siendo juez Arcadia, se declararía vencido.

Comienza, pequeñito, con la sonrisa a conocer a tu madre    60

(nueve meses aportaron prolongadas molestias a tu madre),

comienza, pequeñito, quienes no sonrieron a su madre,

ni un dios los considera dignos de su mesa, ni una diosa de su lecho.

 

 

Gabriel L. Vilanova

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Fuente

BUISEL, M.D. (2013), “La IV Égloga de Virgilio: la búsqueda de un centro para la historia”. En: Lucidez y coraje. Homenaje al P. A. Sáenz en sus bodas de oro sacerdotales. Buenos Aires: Gladius. 177-200.

Bibliografía

BAUZÁ, H.F. (2015), “Virgilio y el orfismo”. En: Novus Tellus vol. 32, num. 2. México DF: Centro de Estudios Clásicos. 251-269.

BUISEL, M.D. (1999), “Discurso mítico y discurso histórico en la IV Égloga de Virgilio”. En: Auster 4. Universidad Nacional de La Plata. 41-62.

BUISEL, M.D. (2012), “Traducción e interpretación: problemas presentes en la IV Égloga de Virgilio”. En: Auster 17. Universidad Nacional de La Plata. 27-47.

HAECKER, T. (1945), Virgilio, padre de Occidente. Madrid: EPESA.

OROZ, J. (1990) Virgilio. Vida, obra y fortuna. Pontificia Universidad de Salamanca.

Virgilio y la IV Égloga (1/2)

“Musas de Sicilia, cantemos algo un poco más grande;
no a todos agradan matorrales y bajos tamariscos,
si cantamos bosques, que sean los bosques dignos del cónsul.
Ya llegó la última edad del canto de Cumas;
desde la totalidad nace un gran orden de los siglos.
Ya vuelve la Virgen, vuelven los reinos saturnios;
ya una nueva progenie es descendida del alto cielo.
Favorece, casta Lucina, al niño que nace ya, por el cual
primero cesará el linaje férreo y surgirá por todo el mundo
el linaje áureo; Apolo, tu hermano, reina ya.” (w. 1-10)

 

Introducción

La presente exposición no tendrá el carácter científico al que acostumbramos en este tipo de eventos, pero sí podemos hablar de su academicidad. Pues si nos detenemos en la etimología y nos remontamos en la historia observaremos que en el Parque Academos aquellos adalides del pensamiento se dedicaron a la labor de reflexión, como nos proponemos hacer ahora.

Si miramos a través de la lupa en un mapa de Grecia, encontraremos a dichos filósofos caminando, pensando, dialogando, pero callando también… Y ahora vamos a callar para observar a nuestro homenajeado. Por supuesto, debemos trasladarnos a la ciudad eterna, que tantos imperios osaron imitar, rescatar, restaurar, como un Carlomagno, un Otón, un Románov o el mismo Napoleón. Es que el tiempo de Roma dividió al mundo en un antes y un después, como nada lo hizo en la historia.

Una vez más, el poeta honrado en esta velada fue precursor, heraldo, profeta y testigo del cambio de edad, de la inauguración de un nuevo mundo: ese fue Publio Virgilio Marón.

El testigo

Virgilio nació en el año 70 a.C. en Mantua, y murió en el 19, es decir que vivió la transformación de la república romana en el imperio. Cuenta Donato, uno de sus biógrafos citado por José Oroz “(…) que, mientras esperaba el nacimiento de aquel su primer hijo, la madre soñó que daba a luz un ramo de laurel que, al contacto con el suelo, reverdeció y creció rápidamente hasta convertirse en un frondoso árbol, abundante de flores y frutos. Al día siguiente, al dirigirse con su marido al pueblo cercano, dio a luz en una de las cunetas o fosas del camino. Donato añade que, según la costumbre del país, los padres de Virgilio plantaron una rama de álamo que muy pronto creció y superó en altura a todos los demás árboles, plantados mucho antes.” (Oroz, 1990:36).

En Cremona estudió gramática, métrica, historia, tomó contacto con los griegos, luego estuvo en Milán y Roma, donde pasó siete u ocho años, y que no fueron de su mayor agrado, prefiriendo la campiña. De hecho, sus estudios de retórica y oratoria vinculados a las leyes no le llamaron la atención como sí lo hizo la reflexión poética. Estudió el epicureísmo con Sirón, aunque se mantuvo dentro de ciertos límites, como toda alma en que resuena la máxima métron áriston (la medida es siempre lo mejor), y Lucrecio influyó en él.

Hacia el año 40 a.C. sus poemas habían adquirido fama entre los romanos. Por esta época había escrito las Églogas o Bucólicas, poemas de género pastoril, en que se reconoce a Teócrito como mentor.

Entró en el círculo selecto de Cayo Mecenas, quien estimulaba las artes y fue consejero de Augusto. Aquí estaba el joven Octavio, en ese momento triunviro, entre otros.

Siendo emperador Augusto le encargó el poema fundacional de Roma, que, para documentarse mejor, viajó a Grecia y Asia Menor. De vuelta, falleció en el 19 en Brentesio, sin que la ciudad eterna lo viera por última vez. Unos pocos versos le quedaron pendientes de revisión, por lo que ordenó quemar todo el manuscrito de la Eneida; tanto el emperador como sus colaboradores se opusieron a una decisión característica de un alma noble y diligente, perspicaz y celosa de la verdad. Dejaba de este modo la vida nuestro testigo, y también profeta.

IV Égloga: ¿el profeta?

Las diez Églogas que Virgilio escribió constituyen su primer conjunto de obras. Al tratar temas pastoriles y exaltar temas campestres, no se la relaciona mucho con cuestiones temporales, como la historia o la política. Si seguimos el análisis de Buisel (1999, 2012), estos asuntos se dejan ver. Debe leerse el poemario en clave política por la situación belicosa constante de la época. Si bien la IV Égloga parte del mito, acaba en la historia, cuando invoca a las musas y seguidamente menciona al cónsul Polión. Sobre todo, habla de una nueva edad, donde el tiempo histórico y el kairós toman preponderancia. Este poema contiene y desarrolla 3 temas: aurea aetas, puer, Arcadia, (Buisel, 1999:41), todos relacionados entre sí.

Estructuralmente, Buisel (1999) divide la IV Égloga en los tres primeros versos, donde se presenta el poeta en relación con las Musas, y con otros dos elementos: silva y cónsul.

Musas de Sicilia, cantemos algo un poco más grande;

no a todos agradan matorrales y bajos tamariscos,

si cantamos bosques, sean los bosques dignos del cónsul (w. 1-3)

Ese canto de lo más grande o maiora trasciende lo netamente pastoril para ingresar en lo político.

Los 60 versos restantes se pueden dividir en grupos de 7 o múltiplos de 7: de los versos 4 a 10 hay dos anuncios sibilinos que han de cumplirse: el advenimiento de la edad de oro o aurea aetas, junto con el nacimiento del niño o puer. La segunda héptada, de los versos 11 a 17 marca el tiempo real, histórico, político, al relacionar esta nueva era con el consulado de Polión hacia el año 40 a.C. Los 28 versos siguientes o cuatro héptadas que van entre los versos 28 a 45 hablan del crecimiento del niño y sus etapas, que comprenden la cuna, la adquisición de virtudes, una salida hacia afuera en guerra, hasta la aetas firmata. En la penúltima héptada (vv. 46-52) el poeta invoca al niño, denotando su filiación divina y el júbilo del cosmos consustanciado con el venturo saeclo (v.52).

La última serie de 7 versos (vv. 53-59) integra el tema de la Arcadia con los otros, aurea aetas y puer, culminando en un clímax (Buisel, 1999:48).

La edad dorada se entronca en el tiempo humano, diferenciándose de la concepción cíclica hesiódica, que resulta rota, superada por la linealidad y realidad de lo histórico. Ya no opera el hado, sino la libertad humana, y con ella la esperanza. La tradición desde Hesíodo planteaba un retorno de las cinco edades cuyo devenir resultaba de un sino que entendemos por cíclico. Las edades eran Oro, Plata, Bronce, una edad de los Héroes y, por último, la edad del Hierro, donde la gens férrea vive miserablemente y corresponde a la actualidad de los poetas que lo atestiguan (Hesíodo en la Grecia del s. VII y Virgilio en la Roma del I a.C.). Este ciclo supondría, si bien alguna redención o mediante algún acontecimiento, un retorno a la edad dorada, pero esta aurea aetas virgiliana es pura y plenamente humana. Al menos, lo humano se entiende a partir de Polión y su consulado en el año 40 a.C., y del puer cuya naturaleza no es solo divina, sino también humana, por ser hijo de dios y virgen. La cuestión de lo cíclico o no cíclico ha provocado debates dependiendo de la traducción del verso 5 (ab integro), si es un “de nuevo” como dirá Recio García (Cfr. Bucólicas, 1990, Gredos), o “desde la totalidad”, como por ejemplo traduce Bauzá (Cfr. Bucólicas, 1982, EUDEBA). Buisel insiste en “un recomienzo distinto y definitivo, desde una novedad absoluta que veta la repetición idéntica dando lugar a una responsabilidad moral en el ejercicio de la libertad sin la coacción impuesta por el ciclo (1999:62). Otra característica es la relación de la nueva edad, no con Saturno, como es de suponerse, sino con Júpiter (v.49). Virgilio llega a esto, desde Hesíodo, pero confrontado con Platón, pues para él la edad de oro está en relación con la posesión de un alma bella, virtuosa y sabia (Cfr. Cratylo, 398 a). Quiere decir que depende de un factor humano más que de un ciclo “ex machina”, forzoso y necesario.

El puer, viene de la mano con una renovación del mundo. Hay quienes dicen que es simplemente testigo, coetáneo a esta transformación, y quienes dicen que es causa y agente, dependiendo de la traducción del pronombre relativo quo del verso 8. Siguiendo a Buisel (1999:52), el puer posee relación causal con la aurea aetas. Otros autores como José Oroz (1990), niegan dicha relación del niño como fundamento de dicha alteración.

El niño crecerá gradualmente y regirá el orbe mediante virtudes. Esta alusión a la virtus que legitima el poder y la capacidad rectora es una nostalgia que se rastrea también en Cicerón, y que su falta es la causa principal de la crisis del orden republicano (Buisel, 1999:51). La virtud del puer sería un camino hacia la auera aetas. “Virgilio ha ennoblecido o dignificado el mito áureo arcaico con la confianza en la virtus romana capaz de implantar una edad de oro signada con la libertad y la rectitud humanas” (Buisel, 1999:58). Virgilio escapa a un utopismo al aclarar que la virtus se alcanza con la educación propia romana y la práctica de hábitos buenos en el trabajo. Esto quiebra la armonía del mundo bucólico (Buisel, 1999:58).

Por último, el poema trata el tema de Arcadia. “La Arcadia es en el espacio lo que la aurea aetas en el tiempo: las dos coordenadas se cruzan en el punto donde se yergue el puer y los tres mitos se unifican en el tono pastoral también sobrepujado con destreza.” (Buisel, 1999:59). Aquí Virgilio se enfrenta a tres adversarios que no superarán su poesía: Orfeo, apoyado por su madre Calíope; Lino, apoyado por su padre Apolo, y el mismo regente de la Arcadia, Pan. De esta manera Arcadia se transformaría con el puer y su virtus. Es el triunfo y la realización del nuevo epos histórico-mítico romano (Buisel, 1999:60).

En resumen, diremos que, dada la situación de guerra, busca una recuperación de la justicia para sanear la Arcadia. Eso lo puede hacer un héroe que nace de humano y dios, para instaurar la Edad de Oro (paz).

 

Continuará…

 

Gabriel  L. Vilanova

Sentimientos de culpa

Al cabo de tres días de fatigoso viaje en común, Léo Moulin, de ochenta y un años, aparece fresco, elegante, atento y tan cordial como siempre. Moulin, profesor de Historia y Sociología en la Universidad de Bruselas durante medio siglo, autor de decenas de libros rigurosos y fascinantes, es uno de los intelectuales más prestigiosos de Europa. Es quizás quien mejor conoce las órdenes religiosas medievales, y pocos sienten tanta admiración por la sabiduría de aquellos monjes como él. A pesar de haberse distanciado de las logias masónicas en las que militó («A menudo —me dice— afiliarse a ellas es condición indispensable para hacer carrera en universidades, periódicos o editoriales: la ayuda mutua entre los “hermanos masones” no es un mito, es una realidad aún vigente»), sigue siendo un laico, un racionalista cuyo agnosticismo bordea el ateísmo.

Moulin me encomienda que repita a los creyentes uno de sus principios, madurado a lo largo de una vida de estudio y experiencia: «Haced caso a este viejo incrédulo que sabe lo que se dice: la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convenceros de que sois los responsables de todos o casi todos los males del mundo. Os han paralizado en la autocrítica masoquista para neutralizar la crítica de lo que ha ocupado vuestro lugar.»

Feministas, homosexuales, tercermundialistas y tercermundistas, pacifistas, representantes de todas las minorías, contestatarios y descontentos de cualquier ralea, científicos, humanistas, filósofos, ecologistas, defensores de los animales, moralistas laicos: «Habéis permitido que todos os pasaran cuentas, a menudo falseadas, casi sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por creerlo, hasta el punto de respaldarlos. En cambio, yo (agnóstico, pero también un historiador que trata de ser objetivo) os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. De hecho, a menudo no es cierto. Pero si en algún caso lo es, también es cierto que, tras un balance de veinte siglos de cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas. Luego, ¿por qué no pedís cuentas a quienes os las piden a vosotros? ¿Acaso han sido mejores los resultados de lo que ha venido después? ¿Desde qué púlpitos escucháis, contritos, ciertos sermones?» Me habla de aquella Edad Media que ha estudiado desde siempre: «¡Aquella vergonzosa mentira de los “siglos oscuros”, por estar inspirados en la fe del Evangelio! ¿Por qué, entonces, todo lo que nos queda de aquellos tiempos es de una belleza y sabiduría tan fascinantes? También en la historia sirve la ley de causa y efecto…» (…).

 

En: Messori, Vittorio. Leyendas negras de la Iglesia. 11ª ed., Planeta, Madrid, 2004, pp. 11-12.

Mayo y la lealtad

Recibimos hoy un nuevo 25 de mayo. Son muchas las mentes claras que han revelado el verdadero significado de los hechos de 1810, levantando su voz ante la mentira liberal.

Ya demostraron que no fue una revolución, que poco tuvieron que ver la Revolución Francesa y la independencia norteamericana con los sentimientos de nuestros patriotas, que el lumen de la gesta no fue el cobarde de Moreno, sino el quijotesco Saavedra y que la Argentina no nació allí, aunque quieran hacer que la patria parezca una de esas señoras que van por ahí quitándose años por vergüenza a no sé qué (y diré aquí que esos años se le notan, tanto a las viejas, como a la Argentina).

En fin, vayan a los libros, los buenos libros, los libros de aquellos hombres que se arrodillan ante la verdad, y ellos serán más claros que yo.

El titulo que asignaron los cabildantes a la primera junta alcanza para entender el espíritu que los impulsó, los criollos la denominaron “Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a nombre del Señor Don Fernando VII”. Más allá de las macaneras objeciones relacionadas con intencionalidades ocultas o movimientos politiqueros dignos de nuestra democracia actual, mayo de 1810 es lo que es: un acto de fidelidad. Fidelidad, en primer lugar, a la corona española (por mas indigna que esta fuera), fidelidad a la herencia recibida y fidelidad a su destino asumido como Nación.

Las tierras del Plata reafirmaron su lealtad a contrapelo de los misteriosos movimientos que se estaban desarrollando en todo el mundo occidental. Los criollos, españoles de América, dijeron “si no nos gobierna nuestro rey, acá hay madurez y agallas para gobernarnos a nosotros mismos; ni guillotineros franceses, ni piratas ingleses, ni traidores españoles que se bajan los pantalones ante la Masonería”.

Y la lealtad es cosa seria.

No puedo dejar de pensar en las líneas que Anzoátegui le dedica a esta terrible virtud. El dice “la lealtad, generosamente adoptada como una virtud, es la mas extraordinaria y contradictoria disposición de locura que un hombre puede elegir para jugar con su propia alma (…) La lealtad es quizás el deber que más necesita de la prueba y del sacrificio para no convertirse en una mansa indiferencia rutinaria…, es la virtud que más se halla expuesta a las tentaciones de esa forma asquerosa de la dignidad que se llama deslealtad”. Y sigue don Braulio, “es el único freno del orgullo que se puede llevar orgullosamente…, y es la forma más difícil de caridad -la caridad del que, teniendo poco, da lo poco al que tiene mucho-. Por eso es una virtud que, si no nació en España, nació para España…”. Esto Anzoátegui lo dice hablando del Cid, pero si miramos con atención, podemos intuir que hay algo de don Rodrigo en la Argentina de 1810, y hay algo del Rey Alfonso en la España de Fernando VII.

Parafraseando al gran filósofo de la Hispanidad, García Morente, siempre es tiempo y ocasión para pensar en Dios y la propia alma, pero hay momentos de la historia que parecen expresamente dispuestos por la Providencia para que enderecemos nuestra mirada y contemplemos la profundidad de su misterio. Y esta elevación del alma, no implica desdeñar la humanidad, al contrario, “predispone y prepara eficazmente para la acción concreta en el mundo, porque imprime en el pensamiento una idea más clara de lo que debemos ser y hacer, y en la voluntad, una resolución más enérgica de serlo y hacerlo”.

Quizás nuestra Dulcinea se vio perjudicada por lo acaecido posteriormente, quizás no se hizo lo suficiente. Pero Mayo fue un acto de fidelidad, no el primero ni el único, pero de los más patentes, y por eso se convierte en un llamado desde las entrañas mismas de la Historia, porque, como dice Anzoátegui, “el español (y el argentino hispánico, diríamos nosotros) sabe que Dios le ha creado para que le sea leal”.

 

Fray Taberna

Natalicio de Isabel, la Católica

A Isabel  la Católica
De San Fernando viene tu corona,
que es venir de la sangre unida al Cielo,
y del Cid heredaste aquel anhelo
de alzar la Cruz donde la alfanje mora.
+
El don de imperio te entregó Castilla
y el Sacramento, de Aragón la estirpe,
Granada se rindió cuando fue en ristre
tu lanza que empuñaste allá en Sevilla.
+
Con el yugo y las flechas y la espada
–mi Señora Isabel, mi Reina Santa–
América te aguarda en el desierto.
 +
Que otra vez hace falta una Cruzada
y bautizar al ídolo que espanta,
quemar las naves y avanzar resuelto.
 
Antonio Caponnetto