Santo Tomás de Aquino en la Humani Generis de Pío XII (segunda parte)

´El método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico´

El título refiere textualmente la cita del antiguo Codex Iuris Canonicis (CIC) (canon 1366, 2) que recomienda a Santo Tomás de Aquino en lo concerniente a la formación filosófica de los futuros sacerdotes (Humani Generis, 25).

Esta recomendación tiene su origen y fundamento en la encomiable ´Aeterni Patris´, del Papa León XIII, dedicada a proponer ´la restauración de la filosofía cristiana conforme a la doctrina de Santo Tomás de Aquino (4 de agosto de 1879). Y bien, “(…) la preferencia que da la Iglesia al método y a la doctrina del Doctor Angélico no es una preferencia exclusiva; al contrario, se trata de una preferencia ejemplar, que permitió a León XIII declararlo: “inter Scholasticos Doctores, omnium princeps et magister” (Aeterni Patris, 13). Y esto es verdaderamente Santo Tomás de Aquino, no sólo por la competencia, el equilibrio, la profundidad, la limpidez del estilo, sino aún más por el vivísimo sentido de fidelidad a la verdad, que también puede llamarse realismo. Fidelidad a la voz de las cosas creadas, para construir el edificio de la filosofía; fidelidad a la voz de la Iglesia, para construir el edificio de la teología”, expresará Juan Pablo II en el discurso de despedida a los participantes del VIII Congreso Tomista Internacional (13/09/1980, n° 2).

Aquella originaria recomendación ha perdurado hasta el Decreto ´Optatam totius´ (Concilio Vaticano II), sobre la formación sacerdotal,  que en su número 16, explicando las exigencias a las que ha de atenerse la formación de los candidatos al sacerdocio en lo que respecta a las disciplinas teológicas, declara que “(…) para ilustrar de la forma más completa posible los misterios de la salvación, aprendan los alumnos a profundizar en ellos y a descubrir su conexión, por medio de la especulación, bajo el magisterio de Santo Tomás”, citando a pie de página precisamente un discurso de Pío XII a los alumnos de los seminarios (24/06/1939) y dos alocuciones de Pablo VI; una pronunciada en la Universidad Gregoriana de Roma (12/03/1964), la otra leída a los participantes del VI Congreso Tomístico Internacional ( 10/09/1965). Desde luego que en estas tres piezas discursivas consta la expresa recomendación de la autoridad doctrinal del santo Doctor de Aquino.

Esta continuidad, con sus más y sus menos, se mantuvo con Juan Pablo II (tengamos presente la magnífica Encíclica ´Fides et Ratio´, de 1998) y hasta Benedicto XVI, con tres catequesis dedicadas a Santo Tomás, filósofo (02/06/2010), teólogo (16/06/2010) y educador (23/06/2010); no obstante no haber tenido el Papa Ratzinger primaria formación tomista.

Pero retornemos a Pío XII y la ´Humani Generis´. Primeramente, puede leerse un clarísimo elogio del Aquinate al decir que “(…) por la experiencia de muchos siglos sabemos ya bien que el método del Aquinatense se distingue por una singular excelencia, tanto para formar a los alumnos como para investigar la verdad, y que, además, su doctrina está en armonía con la divina revelación y es muy eficaz así para salvaguardar los fundamentos de la fe como para recoger útil y seguramente los frutos de un sano progreso (AAS XXXVIII, 1946, 387)” (25).

Patente es el elogio de la doctrina de Santo Tomás al parangonarla con la Divina Revelación y para asegurar dentro de saludables cauces todo legítimo progreso de investigación en las disciplinas filosófico-teológicas.

Los errores de ayer, de hoy y de siempre

Se lamenta, empero, Pío XII de una deplorable crítica de la ´sana filosofía´ que la Iglesia ha adoptado, denominándola, sus detractores, “anticuada por su forma y racionalística (así dicen) por el progreso psicológico. Pregonan que esta nuestra filosofía defiende erróneamente la posibilidad de una metafísica absolutamente verdadera; mientras ellos sostienen, por lo contrario, que las verdades, principalmente las trascendentales, sólo pueden convenientemente expresarse mediante doctrinas dispares que se completen mutuamente, aunque en cierto modo sean opuestas entre sí” (26).

Esta afirmación arroja luz sobre la tesis evolucionista, en los términos dialécticos del idealismo de G.W.F. Hegel (1770-1831); además, patrimonio del historicismo sería el tenor de la segunda crítica que reprocha a “la filosofía enseñada en nuestras escuelas” (la Escolástica) no ser “un método filosófico que responda ya a la cultura y a las necesidades modernas”, concediendo que pueda haber desempeñado su papel histórico de acuerdo con la “mentalidad del Medioevo”. Conviene tener presente que el error historicista no es sino el ´eterno retorno´ que acompaña inevitablemente el costado dialéctico del idealismo, casi como si fuese el rostro bifronte de Jano.

De hecho, cercano a nuestro tiempo, Juan Pablo II ha fustigado el error historicista en la ´Fides et Ratio´, ´sobre las relaciones entre Fe y Razón´. Explica que “la tesis fundamental del historicismo consiste en establecer la verdad de una filosofía sobre la base de su adecuación a un determinado período y a un determinado objetivo histórico. De este modo, al menos implícitamente, se niega la validez perenne de la verdad. Lo que era verdad en una época, sostiene el historicista, puede no serlo ya en otra (…) la historia del pensamiento es para él poco más que una pieza arqueológica a la que se recurre para poner de relieve posiciones del pasado en gran parte ya superadas y carentes de significado para el presente” (87).

De ningún modo es banal este ejercicio confirmatorio de la continuidad del magisterio de la Iglesia para sostener los ánimos decaídos frente a la ruptura que nos ofrece el presente, cuando se escuchan autorizadas voces eclesiales que profieren con el alborozo imbécil de los ignorantes la emergencia de “nuevos paradigmas”.

Por lo demás, inmanentismo e idealismo son censurados en el número 26 de la Humani Generis. Lo son por las razones que venimos considerando, pero también porque las fórmulas que expresan el dogma católico no pueden “ligarse a cualquier sistema filosófico efímero”, que es una de las tesis preferidas del modernismo teológico. ´ ¿Si Tomás se apropió de Aristóteles y sus categorías, estando prohibido el Filósofo en su tiempo, por qué no apropiarse de Hegel, de Kant, de Heidegger y de otros para la necesaria labor teológica que dé respuestas al hombre contemporáneo?´. Pregunta obligada de la progresía teológica. Historicista como es, sostenía que así como las categorías aristotélicas y neo-platónicas sirvieron como base racional para la elaboración teológica del pasado, bien podría suponerse, por ejemplo, que las categorías de la filosofía contemporánea, las de un Martin Heidegger (1889-1976) y su ´existencialismo´, pueden emplearse para la edificación de la teología de nuestro tiempo, a la vista de nuevas realidades culturales, sociales, etc.

Hoy, la respuesta católica nos parece ya establecida y diríamos sin ambages que hay incompatibilidad irreductible entre la ´filosofía del ser´ y esta del ´devenir´; y que no es lo mismo decir “el Ser en su develación histórica”, que decir “historicidad del Ser”, aunque los términos sean casi los mismos.

La firmeza de aquella respuesta, con todo, no despejó la niebla de unos cuantos hombres de talento dentro de la Iglesia que sí adhirieron a la ´historicidad´ del Ser en los términos del filósofo de la Selva Negra. Un precioso libro del P. Cornelio Fabro (1911-1995), traducido al castellano como “La aventura de la teología progresista” (EUNSA, Pamplona, 1976), muestra cómo la ontología fundamental de Martin Heidegger rechaza la “inversión antropológica” de la teología “de la secularización”, impulsada por nombres de peso, algunos de los cuales prohijaron discípulos hoy vivientes.

Un ulterior reproche a Santo Tomás, como el exponente más egregio de la filosofía perenne, recoge la Humani Generis cuando parafrasea el pensamiento de los críticos al decir que aquélla “no es sino la filosofía de las esencias inmutables, mientras que la mente moderna ha de considerar la existencia de los seres singulares y la vida en su continua evolución. Y mientras desprecian esta filosofía ensalzan otras, antiguas o modernas, orientales u occidentales, de tal modo que parecen insinuar que, cualquier filosofía o doctrina opinable, añadiéndole —si fuere menester— algunas correcciones o complementos, puede conciliarse con el dogma católico. Pero ningún católico puede dudar de cuán falso sea todo eso, principalmente cuando se trata de sistemas como el Inmanentismo, el Idealismo, el Materialismo, ya sea histórico, ya dialéctico, o también el Existencialismo, tanto si defiende el ateísmo como si impugna el valor del raciocinio en el campo de la metafísica” (26).

La abolición de la metafísica por parte del existencialismo está anticipada en el punto 3 de la Humani cuando Pío XII asegura que, tratándose de una filosofía en oposición al idealismo y al pragmatismo, pecó de un lastimoso abandono metafísico al desentenderse de “las esencias inmutables de las cosas” para ocuparse, con evidentes limitaciones, de “la existencia de los seres singulares” (3). Tal vez por esa intrínseca fragilidad ontológica fue fácil presa del corrosivo ácido del ´pensiero debole´ y del nihilismo, de tal suerte que solo de un modo lejano y con tono melancólico evocamos aquella filosofía como un endeble gemido.  

´At the end of the day´, Tomás fue un santo

Nada dice Pío XII en su Encíclica sobre la intimidad del santo fraile Tomás de Aquino. Por eso, acabando este homenaje a la Humani Generis y a Pío XII,  lo último que diré es solamente mío, aunque con elogiables ayudas.

La santidad de Tomás es lo que ha de contar pues su vida de teólogo, profesor, maestro, escritor, predicador y de religioso no pudo haber sido lo que fue sino hubiera “corrido la carrera” del mejor modo concebible, tal como testimonia San Pablo de sí mismo. Y así fue su corta vida y su bella muerte, esto es, que vivió y murió como hombre de Dios con la gravedad que tienen estas palabras

´Al fin de cuentas´, lo que realmente  importa es que no gozaríamos de las precisas distinciones de Tomás, no beberíamos sin jamás saciarnos de su magnífica ciencia, no nos deleitaríamos de elevarnos a las altas fuentes de sabiduría si fray Tomás no hubiera consumado en amor la obra a la que la Sabiduría Divina lo destinó.

“´Tú has hablado bien de mí, Tomás´ – respondió el Crucifijo -. ´ ¿Cuál será tu recompensa?´. Y la respuesta que dio Tomás es la que también nosotros, amigos y discípulos de Jesús, quisiéramos darle siempre: ´ ¡Nada más que tú, Señor!´”, concluye Benedicto XVI su catequesis sobre Santo Tomás, filósofo.

Ernesto Alonso


Para leer la primera parte AQUÍ

Los setenta años de la Humani Generis de Pío XII (primera parte)

Propósitos de esta recordación

El próximo 12 de agosto se cumplirán setenta años de la publicación de la Carta Encíclica ´Humani Generis´ (1950), del Papa Pío XII, ´sobre las falsas opiniones contra los fundamentos de la doctrina católica´.

Excepción hecha de la Encíclica ´Rerum Novarum´ (1891) de León XIII, con la secuela de textos pontificios que la siguieron para celebrarla y actualizarla, no tengo presente que la Iglesia se haya propuesto la conmemoración y aclamación de un documento que retenga valioso por su doctrina, oportunidad y benéficos efectos que proporciona. Puede decirse, más bien, que la Encíclica que ahora me ocupa pretendió ser una suerte de continuidad de la ´Pascendi Domini gregis´ (1907), formidable condenación de los errores modernistas de la mano del preclaro San Pío X.

 ¿Por qué me propongo recordar esta breve y precisa página del Magisterio del Papa Pío XII? Primero, porque es altamente probable que nadie la recuerde, ni la celebre; casi desapercibidos pasaron en la Santa Sede los cincuenta años de la ´Humanae Vitae´ (25 de julio de 1968), con la enorme vigencia que mantiene hoy, imagino que peor suerte habrá de correr la Humani Generis, con su rancio lenguaje y repleta como está de advertencias y condenaciones a doctrinas, gestos y prácticas que han devenido usuales en la Iglesia de hoy. Segundo, porque valdría la pena reconquistar del olvido la extraordinaria figura y el magnífico pontificado del romano Eugenio Pacelli, Papa Pío XII desde marzo de 1939 hasta su muerte en 1959. Declarado ´venerable´ por el Pontífice Benedicto XVI, ha sido el único gesto brioso para arrancarlo del deprimente arcón de ´Papas preconciliares´.

A propósito de lenguaje, impactará de inmediato el  sub-título del texto pontificio para un lector actual del Magisterio de la Iglesia, acostumbrado al despojo sistemático de términos relativos a ´error´, ´falsedad´, ´amenazas´, ´fundamentos de la doctrina católica´, etc. Se trata de un vocabulario que la Iglesia mantiene en un confinamiento “preventivo, obligatorio” y  decepcionante desde una cuarentena inmemorial. La llamada ´guerra semántica´ no es principalmente un cambio en los términos significantes, por más que esas alteraciones sean las que llamen nuestra atención. En rigor, el vaciamiento lingüístico es un problema metafísico como bien lo ha explicado el P. Battista Mondin[1].

            Siguiendo la conclusión de mi propia lectura, el texto de la Encíclica ofrece una división tripartita que, aunque no sea fiel al orden lineal de la exposición, puede presentarse de la siguiente manera. En primer término, tiene lugar una enumeración y refutación de los principales errores de su tiempo. Segundo, una explícita recomendación de la filosofía cristiana que la Iglesia ha aceptado, aprobado y recomienda para la formación de sus futuros sacerdotes, que no es otra que “el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico” (25),  citando el canon 1366, 2, del antiguo Código de Derecho Canónico. En tercer lugar, asegurar el valor del magisterio doctrinal y la autoridad de la Iglesia en las cuestiones concernientes a la nueva exégesis de la Palabra de Dios.

Concuerdo bastante con la estructura de la edición de la Encíclica que puede leerse en la página de la Santa Sede. En efecto, además de la Introducción, se enuncian tres partes claramente distinguibles. Una primera, sobre ´Doctrinas Erróneas´; la segunda, ´Doctrina de la Iglesia´, la tercera, finalmente, ¨Las Ciencias´. En rigor, esta división no está en el original latino de las Actas Apostólicas de la Santa Sede (AAS).

Ya dije cuáles son los propósitos de este recordatorio. Aunque no explicitada, descarto cualquier comparación de la Humani Generis, y de Pío XII, con el actual Papa Francisco y su magisterio, admitiendo empero que dicho ejercicio resulta un tanto inevitable. Brevemente, quiero detenerme en tres puntos de la Humani que merecen alguna consideración.

Juicio crítico del evolucionismo y del poligenismo

En primer lugar, la cuestión del evolucionismo y del poligenismo que aborda Pío XII en los puntos 29 y 30 de la tercera parte, dedicada a las ciencias. Concede el Pontífice que pueda investigarse con cierta libertad “la doctrina del evolucionismo” que examina el origen del cuerpo humano a partir de una materia viva preexistente, sin que dicha proposición abandone el estado de hipótesis de investigación para convertirse en una verdad inconcusa, pues algunos obran “como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los indicios hasta el presente hallados”. Defensores e impugnadores de tal teoría deben disponerse por igual “a obedecer al dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y de defender los dogmas de la fe” (29).

Por el contrario, el número 30 expresa una condena explícita y firme de la tesis ´poligenista´.  En efecto, ni “Adán significa el conjunto de muchos primeros padres”, ni tampoco “hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente (Adán) por natural generación”, como textualmente refiere la Humani Generis. La polémica poligenista pareciera haber perdido vigor al día de hoy, no así los diversos rostros que continúa adoptando la hipótesis evolucionista.

Por lo demás, y especialmente en los puntos 3 y 7 de la ´Introducción´, Pío XII se ocupa de enumerar y descalificar una serie de errores filosóficos, algunos de los cuales horadan las bases mismas de la labor teológica, que necesita de instrumentos nocionales proporcionados por la razón para desentrañar las verdades de fe. Así, por ejemplo, quedan estigmatizados el “sistema evolucionista”- que referí en el párrafo anterior – la “hipótesis monística y panteísta de un mundo sujeto a perpetua evolución” (…) y “los comunistas” que valiéndose de las antedichas hipótesis propagan “su  materialismo dialéctico”.

Fuente de ulteriores errores es el evolucionismo puesto que al resistir “todo lo que es absoluto, firme e inmutable, abre el camino a una moderna seudofilosofía, que, en concurrencia contra el idealismo, el inmanentismo y el pragmatismo, ha sido denominada existencialismo, porque rechaza las esencias inmutables de las cosas y no se preocupa más que de la ´existencia´ de cada una de ellas”. Y en el párrafo siguiente despacha como inviable “un falso historicismo, que se atiene solo a los acontecimientos de la vida humana y tanto en el campo de la filosofía como en el de los dogmas cristianos destruye los fundamentos de toda verdad y ley absoluta” (3).

El “irenismo” condenado vuelve hoy por sus fueros

Olvidado el término en el lenguaje eclesial contemporáneo, por el desfallecimiento que supone caracterizarlo como error, extraña resulta la condena del “irenismo”, “tanto más grave cuanto más se oculta bajo la capa de virtud” (…) “Muchos, pasando por alto las cuestiones que dividen a los hombres, se proponen no sólo combatir en unión de fuerzas al arrollador ateísmo, sino también reconciliar las opiniones contrarias aun en el campo dogmático” (…) “Así tampoco faltan hoy quienes se atreven a poner en serio la duda de si conviene no sólo perfeccionar, sino hasta reformar completamente, la teología y su método a fin de que con mayor eficacia se propague el reino de Cristo en todo el mundo, entre los hombres todos, cualquiera que sea su civilización o su opinión religiosa”. Y por causa de  este “imprudente irenismo, parecen considerar como un óbice para restablecer la unidad fraterna todo cuanto se funda en las mismas leyes y principios dados por Cristo y en las instituciones por El fundadas o cuanto constituye la defensa y el sostenimiento de la integridad de la fe, caído todo lo cual, seguramente la unificación sería universal, en la común ruina” (7), remata Pío XII el análisis de este extravío. Más arriba afirmé que resultaría un tanto inevitable la comparación de esta luminosa página con el actual Magisterio de la Iglesia y con las inveteradas prácticas eclesiales que, desde el conciliar acostumbramiento al lenguaje de “hermanos separados” hemos arribado al vacilante sostenimiento de la fe católica con la reciente ´luteranización´ de la Iglesia Romana.

            Nuevas advertencias sobre esta falsedad pueden leerse en diversos pasajes de la Encíclica. “No crean, cediendo a un falso ´irenismo´ – escribe Pío XII en el número 34 – que pueda lograrse una feliz vuelta —a la Iglesia— de los disidentes y los que están en el error, si la verdad íntegra que rige en la Iglesia no es enseñada a todos sinceramente, sin ninguna corrupción y sin disminución alguna” (…) “Algunos no se consideran obligados por la doctrina (…) según la cual el Cuerpo místico de Cristo y la Iglesia católica romana son una sola y misma cosa. Otros reducen a una pura fórmula la necesidad de pertenecer a la verdadera Iglesia para conseguir la salud eterna” (21).  Notablemente señala Pío XII que estos, y otros errores, “se divulgan o por cierto afán de novedad o por un inmoderado celo de apostolado. Pero sabemos también que tales nuevas opiniones hacen su presa entre los incautos, y por lo mismo preferimos poner remedio en los comienzos, más bien que suministrar una medicina, cuando la enfermedad esté ya demasiado inveterada” (33).

            Cuando menos llamativa parecería esta sugerida relación entre “irenismo” e “inmoderado celo de apostolado”. Pasar por alto lo que divide a los hombres, creyentes en particular, a fin de que todos formen parte de esta nueva “Iglesia en salida”, sin doctrinarias exigencias previas o recaudos sacramentales discriminatorios; o bien, de la Iglesia como “hospital de campaña” en el que no sería ´religiosamente correcto´ indagar sobre los indicadores normales de salud a los “heridos graves”. Bien se sabe que ambas son grandilocuentes metáforas de propiedad intelectual del Papa Francisco que no han hecho otra cosa que sembrar una espesa neblina en el recto ´intellectus fidei´ del pueblo cristiano fiel.

La otra cara del modernísimo “irenismo” eclesial no consistiría sino en borrar todo límite entre la Iglesia de Cristo y las confesiones religiosas y concluir amasando toda creencia en una suerte de religión universal, revestida de las espléndidas notas de humanismo, fraternidad universal, pacifismo, ecologismo, encuentro, diálogo, compulsiva comunión en la mano, diaconisas o ´monaguillas, a lo menos, y otras propiedades que no dejan de escucharse como “graznidos desconsoladores” desde los vértices supremos del Poder Eclesial.

Roguemos para “la enfermedad no esté ya demasiado inveterada”. Y pido disculpas pues concluí haciendo lo que había prometido que no iba a hacer aunque resultase un tanto inevitable.

Ernesto Alonso


[1] Mondin, Battista. Cómo hablar de Dios hoy. El lenguaje teológico. 2da., edición. Madrid, Paulinas, 1979, pp. 9 a 16.

Sentimientos de culpa

Al cabo de tres días de fatigoso viaje en común, Léo Moulin, de ochenta y un años, aparece fresco, elegante, atento y tan cordial como siempre. Moulin, profesor de Historia y Sociología en la Universidad de Bruselas durante medio siglo, autor de decenas de libros rigurosos y fascinantes, es uno de los intelectuales más prestigiosos de Europa. Es quizás quien mejor conoce las órdenes religiosas medievales, y pocos sienten tanta admiración por la sabiduría de aquellos monjes como él. A pesar de haberse distanciado de las logias masónicas en las que militó («A menudo —me dice— afiliarse a ellas es condición indispensable para hacer carrera en universidades, periódicos o editoriales: la ayuda mutua entre los “hermanos masones” no es un mito, es una realidad aún vigente»), sigue siendo un laico, un racionalista cuyo agnosticismo bordea el ateísmo.

Moulin me encomienda que repita a los creyentes uno de sus principios, madurado a lo largo de una vida de estudio y experiencia: «Haced caso a este viejo incrédulo que sabe lo que se dice: la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convenceros de que sois los responsables de todos o casi todos los males del mundo. Os han paralizado en la autocrítica masoquista para neutralizar la crítica de lo que ha ocupado vuestro lugar.»

Feministas, homosexuales, tercermundialistas y tercermundistas, pacifistas, representantes de todas las minorías, contestatarios y descontentos de cualquier ralea, científicos, humanistas, filósofos, ecologistas, defensores de los animales, moralistas laicos: «Habéis permitido que todos os pasaran cuentas, a menudo falseadas, casi sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por creerlo, hasta el punto de respaldarlos. En cambio, yo (agnóstico, pero también un historiador que trata de ser objetivo) os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. De hecho, a menudo no es cierto. Pero si en algún caso lo es, también es cierto que, tras un balance de veinte siglos de cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas. Luego, ¿por qué no pedís cuentas a quienes os las piden a vosotros? ¿Acaso han sido mejores los resultados de lo que ha venido después? ¿Desde qué púlpitos escucháis, contritos, ciertos sermones?» Me habla de aquella Edad Media que ha estudiado desde siempre: «¡Aquella vergonzosa mentira de los “siglos oscuros”, por estar inspirados en la fe del Evangelio! ¿Por qué, entonces, todo lo que nos queda de aquellos tiempos es de una belleza y sabiduría tan fascinantes? También en la historia sirve la ley de causa y efecto…» (…).

 

En: Messori, Vittorio. Leyendas negras de la Iglesia. 11ª ed., Planeta, Madrid, 2004, pp. 11-12.

Cien testigos (1/3)

Cien testigos que dan testimonio del valor espiritual y ascético de la lectura, meditación y estudio de la Sagrada Escritura.

ERA PATRISTICA

  1. San Clemente Romano, Papa
  2. San Ignacio de Antioquía, Obispo y Mártir
  3. San Policarpo de Esmirna, Obispo y Mártir
  4. San Justino, Mártir
  5. San Ireneo, Obispo y Doctor de la Iglesia
  6. Clemente de Alejandría
  7. Orígenes
  8. Acta Martyrum
  9. San Cipriano de Cartago, Obispo y Mártir
  10. San Antonio Magno, Abad
  11. San Hilario, Obispo de Poitiers
  12. San Atanasio de Alejandría, Obispo y Doctor de la Iglesia
  13. San Efrén, Doctor de la Iglesia
  14. San Basilio de Cesarea, Obispo y Doctor de la Iglesia
  15. San Cirilo de Jerusalén, Obispo y Doctor de la Iglesia
  16. San Gregorio Nazianceno, Obispo y Doctor de la Iglesia
  17. San Ambrosio de Milán, Obispo y Doctor de la Iglesia
  18. San Juan Crisóstomo, Patriarca de Constantinopla y Doctor de la Iglesia
  19. San Jerónimo, el Doctor Máximo
  20. San Agustín de Hipona
  21. San Benito de Nursia
  22. San Gregorio Magno, papa y Doctor de la Iglesia
  23. San Isidoro de Sevilla, Obispo y Doctor de la Iglesia
  24. El Areopagita

EDAD MEDIA

  1. San Beda el Venerable, Doctor de la Iglesia
  2. Santa Lioba, abadesa y colaboradora de San Bonifacio
  3. Rabanus Maurus
  4. Nicolás I, Papa
  5. Juan VIII, Papa
  6. San Pedro Damián, Cardenal y Doctor de la Iglesia
  7. San Anselmo de Canterbory, Arzobispo y Doctor de la Iglesia
  8. San Bruno de Asti, Obispo de Segni
  9. San Bernardo, Doctor de la Iglesia
  10. Hugo de San Victor
  11. Ricardo de San Victor
  12. Inocencio III, Papa
  13. Gregorio IX, Papa
  14. Alejandro de Hales, llamado “Doctor irrefragabilis”
  15. Alejandro IV, Papa
  16. Hugo de San Caro, Cardenal
  17. Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia
  18. San Buenaventura, Cardenal y Doctor de la Iglesia
  19. Sancta Mectildis
  20. Santa Brígida
  21. Tomás de Kempis

EDAD MODERNA

  1. Adriano VI, Papa
  2. Fray Luis de Granada
  3. Luis de León
  4. San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia
  5. Santa Teresa de Jesús
  6. San Francisco de Sales
  1. P. Luis de la Puente, S. J.
  2. J. J. Olier, Fundador de la Congregación de S. Sulpicio
  3. Pascal
  4. J. B. Bossuet, Obispo de Meaux
  5. Pío VI, Papa
  6. Felipe Scio de San Miguel, Obispo de Segovia y Traductor de la Biblia al Castellano
  7. Pío VII, Papa
  8. Gregorio XVI, Papa
  9. Félix Torres Amat, Obispo de Astorga y Traductor de la Biblia al Castellano

61.Beato Federico Ozanam, Fundador de las Conferencias Vicentinas

  1. Juan Donoso Cortés, Marqués de Valdegamas
  2. E. Lacordaire
  3. Cardenal Gibbons y el Tercer Concilio Plenario de Baltimore
  4. El Arzobispo de Caracas
  5. León XIII, Papa
  6. Santa Teresita del Niño Jesús
  7. Mons. J. F. Wood, Arzobispo de Filadelfia
  8. San Pío X, Papa
  9. Mons. Enrique, Obispo de Palencia

71.Arzobispo de Santiago de Chile

  1. Cardenal Arcoverde, de Río de Janeiro
  2. Mons. M. Landrieux, Obispo de Dijón
  3. R. Vigoroux, editor de una políglota de la Biblia y célebre escriturista
  4. Benedicto XV, Papa
  5. L. Cl. Fillion, Traductor de la Biblia al Francés
  6. Mons. Pablo G. Von Keppler, Obispo de Rottenburgo
  7. Cardenal L. E. Dubois, de París
  8. Cardenal D. J. Mercier
  9. Pío XI, Papa
  10. Los Obispos de Suiza
  11. March – Ferreres
  12. Mons. Mario Besson, Obispo de Friburgo (Suiza)
  13. Cardenal Isidro Gomá y Tomás, de Toledo
  14. Cardenal Miguel Faulhaber, de Munich
  15. P. Cordovani, Maestro de los Sagrados Palacios
  16. Cardenal Nasalli Rocca di Cormeliano, Arzobispo de Bolonia
  17. Mons. Luis Civardi
  18. P. A. Tanquerey
  19. Mons. Audino Rodriguez y Olmos, Arzobispo de San Juan

91.Paul Claudel

  1. Mons. Carmelo Ballester Nieto, Obispo de León
  2. Mons. Antonio M. Barbieri, Arzobispo de Montevideo
  3. Cardenal Santiago Luis Copello, de Buenos Aires
  4. Mons. Juan P. Chimento, Arzobispo de la Plata
  5. Resoluciones del Primer Congreso Argentino del Evangelio
  6. Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast)
  7. P. B. Pujol, Superior General de los Operarios Diocesanos
  8. Mons. Edwin V. O’Hara, Obispo de Kansas City
  1. Pío XII, Papa

ADVERTENCIA

Los testimonios que siguen a continuación, necesitan una palabra de aclaración:

1) Citamos solamente cien. Podríamos publicar doscientos y más testimonios. Pero ¿para qué este desperdicio? Aquellos que no creen a cien testigos, tampoco darán crédito a doscientos.

2)Las citas son tan exactas como le es posible a uno que ha dejado su colección de citas en Europa y tiene que arreglárse con los recursos que le prestan las pocas e insuficientes bibliotecas que están ahora a su alcance. Los escrituristas encontrarán algún error y lo perdonarán y rectificarán, porque saben de experiencia qué labor tan ardua es hacer una cadena de testigos desde Clemente Romano hasta Pio XII

3)Conforme al fin de este trabajo han sido elegidos solamente aquellos testigos que recomiendan la Sagrada Escritura como instrumento y medo de la piedad cristiana. Hay también quienes señalan los peligros de una lectura indiscreta de los Libros Sagrados, y se entiende por sí mismo que en aquella época, en que a raíz del Protestantismo la lectura de la Biblia en lengua vulgar estaba prohibida a los que no tenían permiso especial (1564-1757, en España hasta 1781), el número de Testigos es relativamente escaso.

4)Registrando los nombres, notamos dos épocas de apogeo en la valorización del Libro divino para la piedad cristiana: la era patrística y el siglo XX. ¿Es acaso porque el tiempo moderno tiene tanta semejanza con los primeros siglos el Cristianismo, en cuanto a la decadencia de las costumbres y falta de espiritualidad? El hecho es que desde León XIII la voz de la Iglesia Docente y de los hombres de espiritualidad recomiendan cada vez más el Libro de los libros como remedio contra los males que han invadido un mundo que todo lo posee menos la espiritualidad del Evangelio.

5)Los cien testigos representan toda la Iglesia de todos los siglos, de Occidente y de Oriente, del Antiguo y Nuevo Mundo, y todos los estados eclesiásticos: Papas, Cardenales, Arzobispos, Obispos, Sacerdotes, Religiosos, laicos, hombres y mujeres. Encontramos entre ellos 16 Sumos Pontífices, 18 Doctores de la Iglesia, 42 Cardenales, Arzobispos y Obispos, 24 escritores católicos. Entre todos estos 34 han llegado al honor de los altares.

  1. ERA PATRISTICA

* Testigo 1º: SAN CLEMENTE ROMANO, PAPA (92-102)

– Vosotros, amados, sabéis bien las Sagradas Escrituras; tenéis un profundo conocimiento de las palabras de Dios. Guardadlas para acordaros de ellas. [Epístola a los Corintios, cap. 53]

* Testigo 2º: SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, OBISPO Y MÁRTIR (+107)

– Acudo al Evangelio como a la Carne de Cristo, y a los Apóstoles como al presbiterio de la Iglesia.

– No celebremos más el sábado, según costumbre judía, con ociosidad, sino que cada uno de nosotros lo celebre para salud del alma, no (sólo) con recreo y descanso corporal, sino con el deleite de la meditación de las Sagradas Escrituras. [Epístolas a los Magnesios]

* Testigo 3º: SAN POLICARPO DE ESMIRNA, OBISPO Y MÁRTIR (+156)

– Tengo la confianza de que estáis bien versados en las Sagradas Escrituras. Pablo, estando ausente, os ha escrito cartas que os edificarán si las leyereis reflexivamente. [Epístoa a los Filipenses]

* Testigo 4º: SAN JUSTINO, MÁRTIR (+165)

– Siempre nos acompaña nuestro caudillo, la Palabra de Dios… La Divina Palabra compenetra nuestra alma con su vigor… A los mortales nos convierte en inmortales y nos conduce de este mundo al otro. [Orat. ad Graecos, cap. 5]

* Testigo 5º: SAN IRENEO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (130-200)

– Leed con el mayor empeño el Evangelio que nos ha sido transmitido por los Apóstoles; leed los Profetas, y encontraréis anunciados la historia, las enseñanzas y la Pasión de Nuestro Señor [Adv. Haereses lib. 4, cap. 66]

* Testigo 6º: CLEMENTE DE ALEJANDRÍA (150-215)

– Así como el mar está abierto para todos y el uno lo aprovecha para nadar, el otro para hacer comercio, el tercero para pescar, y así como la tierra es común de todos y el uno sobre ella camino, el otro se desvía, el tercero hace un edificio, así sucede en la lectura de las Escrituras Sagradas: el uno por el conocimiento de las Sagradas Escrituras se fortalece en la fe, el otro en las costumbres, el tercero renuncia a la superstición. [Apud. Damasc. Lib. 2, Paral. c. 49]

* Testigo 7º: ORÍGENES (+254)

– Ojalá que todos cumpliéramos lo que está escrito: Escudriñad las Escrituras. [Hom. 2 in Is., c. 7]

– Necios y ciegos son todos los que no comprenden que la lectura de la Sagrada Escritura suscita conceptos grandes y dignos. [In Matth. tract. 25, c. 23]

* Testigo 8º: ACTA MARTYRUM

– En las persecuciones, muchos cristianos murieron mártires por guardar en su casa los Libros Sagrados, p.ej. Saturnius, Esperatus, los mártires escilitanos, Sta. Irene, Marcullius, Catulinus, Euplius. Este último confiesa ante el juez: Soy cristiano; no me es lícita entregarlos; prefiero morir. Estos libros me aseguran la vida eterna; quien los entrega, la pierde. Ofrezco mi vida para no perder la vida eterna.

* Testigo 9º: SAN CIPRIANO DE CARTAGO, OBISPO Y MÁRTIR (+256)

– Hállese en vuestras manos la Sagrada Escritura, y la memoria del Señor en vuestros corazones. [Sermo de zelo et livore]

– El cristiano que tiene fe se dedica a la lectura de las Sagradas Escrituras. [De Spectaculis]

* Testigo 10º: SAN ANTONIO MAGNO, ABAD (+356)

– Empéñate en leer las Sagradas Escrituras, porque ellas te darán amparo. [Orat. ad Monach.]

* Testigo 11º: SAN HILARIO, OBISPO DE POITIERS (+366)

– Dios habla para nosotros, y no para Sí, y en la redacción de sus Escrituras ha querido usar de nuestras palabras y maneras de decir y se ha amoldado a los usos y costumbres de nuestra locución. [Expln. in Psal. 126, n.6]

* Testigo 12º: SAN ATANASIO DE ALEJANDRÍA, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+373)

– No se aleje de tu boca la Palabra de Dios, ni de día ni de noche. En todo tiempo consista tu obra en la meditación de las Sagradas Escrituras. Has de tener el Salterio y has de aprender de memoria los Salmos. [De virgin. 12]

– Como la Sagrada Escritura sobrepuja a todos los libros, aconsejo que la lean con frecuencia quienes desean saber más de ella. [Epíst. a los Obispos de Egipto y Libia, c. 4]

– Estos (los libros del Antiguo y Nuevo Testamento) son los manantiales de la salud, de los cuales todos los sedientos pueden sacar la Palabra de Dios. [Epíst. festal 39]

* Testigo 13º: SAN EFRÉN, DOCTOR DE LA IGLESIA (+373)

– Cuida de leer frecuentemente los Libros Sagrados… Si por ventura no sabes leer, recurre a otra persona de la cual puedas oírlos con aprovechamiento [Sermo 60]

* Testigo 14º: SAN BASILIO DE CESAREA, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+379)

– Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil, escrita únicamente con la asistencia del Espíritu Santo, a fin de que toda alma que busca la salud pueda elegir en ella como en un común depósito de medicamentos, los remedios saludables y apropiados a su debilidad. [Hom. in Psalm 1]

– Obedezcamos el mandato del Señor: Escudriñada las Escritura. [De Bapt. cap. 4]

* Testigo 15º: SAN CIRILO DE JERUSALÉN, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+386)

– ¡Recrea tu alma con la lectura de los Santos Libros, ante todo en este tiempo de Cuaresma! [Catech. I]

– Los Salmos ahuyentan a los demonios, llaman en socorro a los Angeles, suministran armas contra los temores nocturnos. En ellos consiste el descanso después de las labores cotidianas, la seguridad de los niños, el adorno de los jóvenes, el consuelo de los ancianos, la gala más conveniente de las mujeres. Ellos dan vida a la soledad, sabiduría al foro. A los principantes son principio; a los adelantados incremento; firmeza a los perfectos. Son la voz de la Iglesia, llenan de alegría los días festivos, crean aquella tristeza que es de Dios. [Ench. Ascet. 246]

* Testigo 16º: SAN GREGORIO NAZIANCENO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+389)

– Con tu mente y tu lengua, ocúpate siempre de las Letras Divinas [Carm. Lib. I, n. 1, carm. 12]

– Adquiere los grandes tesoros de ambos Testamentos de los cuales uno se llama el Antiguo, el otro el Nuevo… Emplea toda aplicación y celo en leerlos; porque en ellos podrás aprender cómo formarte en las mejores costumbres y servir al único y veradero Dios con ánimo devoto.

* Testigo 17º: SAN AMBROSIO DE MILÁN, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+397)

– No deje nuestra alma de dedicarse a la lectura de las Letras Sagradas, a la meditación y a la oración, para que la Palabra de Aquel que está presente, sea siempre eficaz en nosotros. [De Abraham lib. 2, c.5]

– Si eres tentado por la concupiscencia y los apetitos, lee el Evangelio; dígate Jesucristo: No se perturbe tu corazón. Si te agobia algún temor, dígate Cristo: No se perturbe tu corazón ni se amedrente. Si el perseguidor te inflige tormentos, lee el Evangelio; dígate Jesús: No se turbe tu corazón ni se amedrente. Lee al Apóstol que dice: Los sufrimientos de la vida presente no son de comparar con la gloria venidera. Si navegas y contra ti se levantan grandes oleadas y se desencadena una oscura tormenta, dígate Jesús: Soy Yo, no temas. Y si te sobreviene una grande y grave prueba, di antes: Resuelto estoy, y nada me arredra, a cumplir tus preceptos. [Encha. Ascet. núm. 417]

* Testigo 18º: SAN JUAN CRISÓSTOMO, PATRIARCA DE CONSTANTINOPLA Y DOCTOR (+407)

– Sea cual fuere la desgracia que pese sobre el ser humano, en la Escritura encontrará el antídoto adecuado, que ahuyenta todo pesar. Así, pues, es necesario no sólo oír las lecturas en la Iglesia, sino leerla también en casa y hacer que la lectura sea provechosa. [Hom. 29 in cap. 9 Genes.]

– No os contentéis con mirar esas palabras adorables. Es menester alimentarse de ellas, asimilarlas: la verdadera causa de nuestros males es la ignorancia de la Palabra de Dios. [Hom. 9 in cap. 2 ad Col.]

– La Santa Escritura es semejante a un tesoro precioso. Porque si es verdad que upede adquirirse una riqueza considerable con sólo una pequeña parte de un tesoro, ello puede decirse con mayor razón de las Escrituras Santas. Una sola de las sentencias, por breve que sea, encierra plenitud de pensamiento y una riqueza inefable. Es también la Escritura divina semejante a una fuente de abundante e inagotable caudal. Nuestros antepasados bebieron de sus aguas, según sus fuerzas; los venideros beberán también, sin que agoten la fuente, antes al contrario, manará más copiosa y serán más abudantes sus aguas. [In Gen. Hom. 3]

– Es absolutamente necesario que nos armemos continuamente con las Escrituras y saquemos de ellas los remedios eficaces para tantos males. [Homilía sobre Lázaro]

– La lectura de las Sagradas Escituras refresca y alivia y consuela el corazón afligido y atormentado por angustias mortales, atenuando la intensidad y el aguijón del dolor y ofreciendo un sosiego más dulce y apacible que el de la sombra de aquella enramada. [Hom. 4 de poenit. et orat.]

– Un prado es agradable, y es agradable un jardín; pero es más agradable todavía el estudio de la Sagrada Escritura. Porque sus flores se marchitan, pero las palabras de la Escritura tienen un vigor de vida perdurable. El céfiro sopla allí, pero aquí la inspiración del Espíritu Santo… Un jardín está sujeto al cambio de las estaciones; mas la Sagrada Escritura, aún en invierno, está cubierta de hojas, y en todo tiempo de frutos. [Hom. de capt. Eutrop. 1]

– Aunque no entendáis los secretos de la Escritura, con todo, la simple lectura de ella causa en nosotros una cierta santidad; porque no puede ser que dejéis de entender algo de lo que leáis. Porque, a la verdad, por esto dispuso la gracia del Espíritu Santo que estas Escrituras fuesen compuestas por publicanos, pescadores, artífices de tiendas de campaña, pastores, cabreros, torpes e ignorantes para que ningún iletrado puede alegar por excusa la dificultad de comprenderlas, y a fin de que todos entiendan fácilmente lo que en ellas se contiene. [Hom. 3 de Lázaro]

* Testigo 19º: SAN JERÓNIMO, EL DOCTOR MÁXIMO (+420)

– Sé muy asidua en la lectura y estudia lo más posible. Que el sueño te encuentre con el Libro en la mano, y que sobre la página sagrada caiga tu cabeza agobiada por el cansancio. [Carta a santa Eustoquia: Ep. 22, 17]

– Libremos nuestro cuerpo del pecado y se abrirá nuestra alma a la sabiduría; cultivemos nuestra inteligencia mediante la lectura de los Libros Santos: que nuestra alma encuentre allí su alimento de cada día. [In Tit. 3, 9]

– ¿Cómo podríamos vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer a Cristo que es la vida de los fieles? [In Is. Prol.]

– Ignorar las Escrituras es ignorar al mismo Cristo [In Is. Prol.]

– Debemos, pues, con el mayor ardor leer las Escrituras y meditar día y noche la ley del Señor; así podremos distinguir, como ejercitados cambistas, las monedas buenas de las falsas. [In Eph. 4, 31]

– A la matrona romana Leta le da sobre la educación de su hija, entre otros consejos, el siguiente: “Cerciórate de que estudie cada día algún pasaje de la Escritura…; que en vez de las alhajas y sederías se aficione a los Libros divinos… Tendrá que aprender antes el Salterio, distraerse con sus cantos, y extraer de los Proverbios de Salomón una regla de vida. El Eclesiastés le enseñará a hollar los bienes del mundo; Job le brindará un modelo de fortaleza y de paciencia. Pasará enseguida a los Evangelios, que deberá tener siempre entre las manos. Asimilará ávidamente los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas. Después de haber recogido esos tesores en el místico cofre de su alma, estudiará a los profetas, el Heptateuco, los libros de los Reyes y de los Paralipómenos, para terminar comprendiendo el Cantar de los Cantares”. [Ep. 107, 9, 12]

– Mientras estés en tu patria, haz de celda un paraíso, come los frutos variados de las Escrituras; pon tus delicias en estos Santos Libros y goza de su intimidad… Ten siempre la Biblia en tus manos y bajo tus ojos; aprende palabra por palabra el Salterio, que tu oración sea incesante, tu corazón vigile constantemente y permanezca cerrado a los pensamientos vanos. [Ad Rusticum. Ep. 125, 7, 3; 11, 1]

– Una vez que conozcas bien las Divinas Escrituras, y te hayas armado con sus leyes y testimonios, que son los vínculos de la verdad, marcharás sobre tus enemigos, los enlazarás, los encadenarás y los traerás cautivos; y luego de estos adversarios y cautivos de ayer harás hijos libres de Dios. [Ad Fabiolam. Ep. 78, 30]

– Relee con frecuencia las Divinas Escrituras, más aún, que el Santo Libro no se aparte jamás de tus manos. Aprende allí lo que luego has de enseñar. Permanece firmemente adherido a la doctrina tradicional que te ha sido enseñada, a fin de estar en condiciones de exhortar según la santa doctrina y de refutar a aquellos que la contradicen. [Ad Nepot. Ep. 52, 7, 1]

– Si hay alguna cosa, oh Paula y Eustoquia, que pueda sujetarnos aquí abajo a la sabidur{ia y que en medio de las tribulaciones y torbellinos del mundo conserve el equilibrio de nuestra alma, yo creo que es ante todo la meditación y la ciencia de las Escrituras. [In Eph. Prol.]

– Nos alimentamos con la Carne de Cristo y bebemos su Sangre no solamente en el Misterio (de la Misa), sino también leyendo las Escrituras.

* Testigo 20º: San Agustín de Hipona (+430)

– La Escritura habla de tal manera que su sublimidad confunde a los soberbios, su profundidad amedrenta a los atentos, su verdad apacienta a los grandes y su afabilidad nutre a los párvulos [De Gen. ad Lit. I, 5, c.3, n.6]

– Si toda ciencia, hasta la más profana y la más fácil, reclama para ser adquirida la ayuda de un hombre docto y de un maestro, ¿puede habr algo más orgullosamente temerario que pretender conocer los Libros que contienen los secretos divinos sin el auxilio de quienes son sus propios intérpretes? [Ad Honorat. de utilit. cred. XX, 17]

– Se nos ofreció la dulzura de las Santas Escrituras, para que pudiéramos mantenernos en el desierto de la vida humana… Acércate a la mesa del Señor, al banquete de las Escrituras; pero cuida de llevar vestidura nupcial, es decir, amor de Dios y del prójimo. [Sermo 90, n.9]

– Cuanto es más pobre el hombre de su propio fondo, más debe enriquecerse en estas fuentes sagradas. Pequeños como somos para expresar las grandes cosas de la fe, hemos de crecer mediante la autoridad de las Escrituras. [De Doctr. Christ. 4, 5]

– Leed la la Escritura, leedla, para que no seáis ciegos y guías ciegos. Leed la Sagrada Escritura, porque en ella encontraréis normas sobre lo que habéis de hacer y lo que habéis de evitar. Leedla, porque es más dulce que la miel y más nutritiva que cualquier otro alimento. [Sermo 48]

– Dadme, Señor, que publique y confiese en vuestra presencia todo cuanto yo hallare y entendiere en vuestros Sagrados Libros; que oiga aquellas voces de alabanza vuestra; que sacie mi sed, bebiendo allí vuestro espíritu y que considere las maravillas que nos refiere vuestra santaLey, comenzando desde el principio en que creáistes el cielo y la tierra, hasta el perfecto establecimiento de aquel reino, que ha de durar con Vos eternamente en vuestra santa ciudad y celestial Jerusalén. [Confes.XI, 2]

– Quien no se aplica a oír en su interior la Palabra de Dios, será hallado vaíoen su predicación externa. [Sermo 179]

– El verdadero Cristo se halla (entre nosotros) tanto en la Palabra como en la Carne. [In Ev. Joh. tract. 26,12]

– Para todas las enfermedades del alma proporciona la Sagrada Escritura un remedio. [Sermo 1 in Psalm. 48]

– Todas las divinas Escrituras son saludables a los que las entienden bien; pero son peligrosas a los que quieren torcerlas para acomodarlas a la depravación de sus costumbres [Sermo 1 in Psalm. 48]

– Ama las Sagradas Escrituras y te amará la Sabiduría.

* Testigo 21º: San Benito de Nursia (+543)

– ¿Qué página o qué sentencias hay en el Antiguo y Nuevo Testamento, que no sean una perfectísima norma de vida humana? [Regla, cap. 73]

* Testigo 22º: San Gregorio Magno, papa y Doctor de la Iglesia (+604)

– ¿Qué otra cosa es la Sagrada Escritura sino una carta que el Señor todopoderoso ha querido por su bondad dirigir a su creatura? Por cierto, en cualquier lugar o situación que te hallares, oh Teodoro, si recibieras una carta del emperador, al punto y sin la menor dilación la leerías: ni tendrías reposo alguno ni dormiría, sin querer saber primero lo que la majestad imperial te ordenaba. Pues habiéndote enviado el Emperador del cielo y el Señor de los hombres y de los Ángeles sus cartas en la que se te trata de tu propia vida: ¿cómo te descuidas en leerlas, y no manifiestas ardor y prontitud en saber lo que en ellas se contiene? Por lo cual, te encargo estrechamente, que te apliques a este estudio con la mayor afición, y que medites cada día las palabras de tu Creador. Aprende por la Palabra de Dios, cuál es para contigo el corazón de Dios. [Ad Theod. Med. Ep. 31]

– La Palabra Divina, la cual está llena de misterios para ejercitar los entendimientos más elevados, contiene también verdades muy claras, propias para nutrir a los sencillos y menos ilustrados. Es semejante a un río, cuyo cauce (ensanchándose) fuese en algunas partes tan poco profundo que pudiese pasarlo un corderito; y tan hondo en otras, que pudiese nadar un elefante. [Carta a San Leandro, Obispo de Sevilla]

* Testigo 23º: San Isidoro de Sevilla, Obispo y Doctor de la Iglesia (+ 636)

– El camino que conduce a Cristo es la Sagrada Escritura, mediante la cual los justos se acercan a Dios y le reconocen tal ual es. Las santas y sublimes Escrituras son semejantes a montes que nos proporcionan alimento; todo hombre piadoso que los sube, tiene el pleno goce de encontrar alimento eterno. [De Summo Bono, lib. I, c. 13]

* Testigo 24º: El Areopagita

– Leer la Biblia es rezar, meditarla es hacer oración, reverenciarla es adorar la incomprensibilidad divina, familiarizarse con la Biblia es entrar en conversación frecuente con Dios y empezar a gozar de Él.

 

__________________________________

En: Straubinger, Juan. La Iglesia y la Biblia. Guadalupe, Bs. As., p 189 y ss.

Mitos ideológicos sobre la Edad Media

Es cosa innegable la influencia de las escuelas históricas francesas en los estudios actuales, especialmente en nuestro país, donde los “taitas oficiales de la historia” -como les llamaba Castellani- han sostenido una incansable admiración por los historiadores galos.

En efecto, desde la predilección de Mitre por Michelet, la preeminencia de los Annales de Bloch y Febvre o el influjo reciente de los cultores de la “historia cultural” como Chartier o Darnton, la historiografía argentina ha sido largamente seducida por su análoga francesa.

Sin embargo, los popes de nuestra historiografía dominante -que tendrán sus matices ideológicos pero sobre todo acuerdos y convergencias- han esquivado resueltamente las referencias a los historiadores franceses que, en términos muy amplios, merecen ser señalados como “revisionistas”. Por eso en nuestras universidades permanecen casi inauditos los nombres de Jacques Bainville, Jean Dumont, Paul Hazard o, más recientemente, René Remond y Jean Meyer, por sólo mencionar a unos pocos.

Entre esos historiadores vetados por la cerrazón académica se distingue una mujer, la notable Regine Pernoud (1909-1998) quien -como el resto de los revisionistas, cada cuál a su modo- llevó a cabo la siempre atrayente tarea de desmalezar el pasado de la cizaña de mitos, leyendas y embustes ideológicos.
Pernoud se formó en Letras en la ƒcole National des Chastes y se doctoró en Historia en la Universidad de París. Fue paleógrafa y archivista y por muchos años conservadora de los museos de Reims y de Historia Francesa. Su interés por la historia, disciplina que ocupa el grueso de su obra escrita, se inició con la fascinación por el arte medieval en sus múltiples manifestaciones.

A nuestro entender son dos las notas que informan el prolífico itinerario intelectual de nuestra autora. En primer término, su predilección por el género biográfico, que ya dejaba señalado en uno de sus primeros libros: “La biografía es para mí lo más apasionante del mundo, y también lo más significativo; es portadora de sentido en la investigación histórica”.

Fruto magnífico de ese ímpetu biográfico son sus libros sobre Hildegarda de Bingen, Leonor de Aquitania y sobre todo aquellos que escribió sobre la Doncella de Orleáns, Santa Juana de Arco. A Pernoud se le debe la fundación del Centro Juana de Arco, uno de los principales ámbitos de investigación sobre la Pucelle.

Por otro lado, su obra se define por el estudio de la (mal) llamada Edad Media, una ingente tarea de desenmascaramiento de las múltiples deformaciones historiográficas en torno a ese período. Ese trabajo intelectual estuvo jalonado por libros notables como Luces del Medioevo; ¿Qué es la Edad Media?; La mujer en tiempos de las Cruzadas; Los hombres de las cruzadas: historia de los soldados de Dios o La mujer en el tiempo de las catedrales.

Bajo la forma de síntesis el afán revisionista de Pernoud se verifica en el libro Para acabar con la Edad Media (Barcelona, Medievalia, 2010) afortunadamente reeditado poco tiempo atrás y que aquí reseñamos en sus líneas centrales.

Para Pernoud la historiografía acerca de la Edad Media es la expresión por antonomasia de la llamada Leyenda negra, puesto que no hay época más históricamente deformada. Con ironía sostiene que este largo período “es materia privilegiada puesto que puede decirse sobre ella lo que se quiera con la casi certeza de que nadie lo desmentirá”.

En efecto, la Edad Media es el objeto de toda una mitología ideológica que a fuerza de propagandística repetición ha terminado por imponerse a la verdad histórica. Poco importa que esa construcción ideológica, común a historiadores liberales y marxistas, esté viciada de nulidad por sus contradicciones y antihistóricos presupuestos, que no han impedido sin embargo su vasta difusión y aceptación.

Resulta notable que tamaño despropósito haya adquirido visos de realidad, pues basta con pensarlo un momento: un milenio de historia occidental -en el que por decir lo menos se forjaron las monarquías cristianas, nacieron las universidades y el arte románico y gótico y que tuvo a pensadores como Abelardo, Santo Tomás o Buenaventura- reducido al mote de “edad oscura” o, peor aún, al absurdo del “modo de producción feudal” de la historiografía marxista. Suena ridículo. Pues bien, ¡a esa ridiculez remite grosso modo la historiografía “oficial” acerca del Medioevo desde hace unos trescientos años!

En este libro breve y notable, Pernoud desarrolla los fundamentos de ese infundio y otorga algunas herramientas de zapa, útiles para socavar las bases edificadas por los falsarios de la historia.

Inicia el libro señalando la importancia del arte medieval y subrayando su radical originalidad puesto que, a diferencia del arte renacentista -de suyo determinado por la imitación de la Antigüedad-, el medieval es original en sentido estricto, esto es, fiel a su origen cristiano.

SAGRADO

Contrariamente a lo sostenido por muchos historiadores modernos, el artista medieval tomó de la Antigüedad sólo lo que le interesaba, sin imitaciones ni copias, para expresarse así en modo “ontológicamente distinto al arte pagano antiguo, vinculándose íntimamente con lo religioso, dando fe de esa tendencia inherente al hombre que le lleva a expresar lo sagrado, lo Trascendente, en este lenguaje secundario que es el Arte en todas sus formas”.

Por otro lado, Pernoud enseña el carácter rural de la cultura medieval en la que los castillos y monasterios fueron centros de irradiación de una sapiencia raigalmente comunal centrada en la transmisión de la tradición auténtica. Esa cultura, compartida por siervos y señores, inició su declive con el ascenso burgués en el siglo XV y el afincamiento urbano de una cultura de elite, desarraigada de lo comunal y tradicional, que terminó por cristalizar en la cultura moderna.

Nuestra autora analiza uno a uno los múltiples tópicos de la Leyenda negra sobre el Medioevo, derribándolos con la solvencia y autoridad que confieren décadas de estudio junto al desvelo por la verdad histórica. Así, por ejemplo, se ocupa de la farsa repetida ad nauseam de Galileo quemado en la hoguera; o desmiente con solidez los “errores y abusos sobre el concepto de Feudalismo” y el intencionado anacronismo de la “lucha de clases” aplicada a la sociedad feudal. Asimismo, con no poco sarcasmo explica las remanidas invenciones sobre la Inquisición o critica por antihistóricas las versiones fabulatorias acerca de las Cruzadas.

También se detiene en contradicciones o paradojas como aquella tan afín a la historiografía moderna -especialmente la de sesgo marxista- que condena la servidumbre feudal sin siquiera mencionar la desaparición de la esclavitud antigua a partir del siglo V, en los albores del Medioevo, mientras silencia el resurgir de la esclavitud en el siglo XV hasta la actualidad.

DISTORSIONES

Sin embargo, Pernoud destaca dos grandes distorsiones historiográficas respecto del mundo medieval. La primera centrada en el malicioso apelativo de Edad Oscura, resultante del prejuicio racionalista que opone fe y razón. El “mito de la Oscuridad” llega al punto de negar toda entidad cultural al período. Se pregunta Pernoud:

“¿Mil años sin producción poética o literaria digna de ese nombre? ¿Acaso es esto concebible? ¿Mil años vividos por el hombre sin que haya expresado nada bello, profundo o grande sobre sí mismo? ¿A quien se lo harían creer?”.Estimada Regine, se lo han hecho creer a generaciones enteras.

Pero para Pernoud el culmen de la Leyenda negra está representado por la infausta visión sobre la Iglesia, es decir, la institución vertebral de la Cristiandad Medieval. Por eso se ocupa de desmontar la fábula que versa sobre la exasperada misoginia que habría caracterizado a la Iglesia medieval y que encuentra su estereotipo en la idea de la “mujer sin alma”.

Así las cosas, dice Pernoud, “durante siglos se habría bautizado, confesado y admitido en la Eucaristía a unos seres sin alma…es extraño que los primeros mártires venerados como santos hayan sido mujeres y no hombres: santa Inés, santa Cecilia, santa Agata y tantas otras. Es sorprendente que una de las pinturas más antiguas de las catacumbas (en el cementerio de Priscila) haya representado a la Virgen con el Niño. En fin, ¿a quien creer, a los que reprochan a la Iglesia Medieval, precisamente, el culto a la Virgen María, o a los que opinan que la Virgen era considerada entonces una criatura sin alma?”.

Lo rigurosamente cierto es que, junto a la Cristiandad medieval, otras materias históricas están sujetas a tergiversaciones múltiples, lo cual no deja de ser paradójico en tiempos de constante ensalzamiento de la memoria. Quizás por eso Pernoud termina su libro con algunas sugerencias sobre la enseñanza de la historia, enfatizando la necesidad imperiosa de cultivar el sentido histórico en los jóvenes. Lo dice con claridad meridiana:

“Al descuidar la formación del sentido histórico, al olvidar que la Historia es la memoria de los pueblos, la enseñanza forma amnésicos”.

¡Cuán patente es esto en la Argentina de hoy! Y cuánto más con el agravante de que la sociedad no sólo se ha vuelto amnésica sino también autodenigratoria puesto que repite hasta el cansancio las falsificaciones de su pasado. Es lo que poéticamente decía Manuel Machado:

¡Ay del pueblo que olvida su pasado
y a ignorar su prosapia se condena!
¡Ay del que rompe la fatal cadena
que al ayer el mañana tiene atado!

En suma, este libro de Regine Pernoud es una auténtica joya, de suyo recomendable para profesores o maestros pero también para aquellos que, munidos ante todo de buena voluntad e inteligencia abierta, deseen acercarse a la verdadera historia.

 

Sebastián Sánchez

________________

Visto en: La Prensa