Sentimientos de culpa

Al cabo de tres días de fatigoso viaje en común, Léo Moulin, de ochenta y un años, aparece fresco, elegante, atento y tan cordial como siempre. Moulin, profesor de Historia y Sociología en la Universidad de Bruselas durante medio siglo, autor de decenas de libros rigurosos y fascinantes, es uno de los intelectuales más prestigiosos de Europa. Es quizás quien mejor conoce las órdenes religiosas medievales, y pocos sienten tanta admiración por la sabiduría de aquellos monjes como él. A pesar de haberse distanciado de las logias masónicas en las que militó («A menudo —me dice— afiliarse a ellas es condición indispensable para hacer carrera en universidades, periódicos o editoriales: la ayuda mutua entre los “hermanos masones” no es un mito, es una realidad aún vigente»), sigue siendo un laico, un racionalista cuyo agnosticismo bordea el ateísmo.

Moulin me encomienda que repita a los creyentes uno de sus principios, madurado a lo largo de una vida de estudio y experiencia: «Haced caso a este viejo incrédulo que sabe lo que se dice: la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convenceros de que sois los responsables de todos o casi todos los males del mundo. Os han paralizado en la autocrítica masoquista para neutralizar la crítica de lo que ha ocupado vuestro lugar.»

Feministas, homosexuales, tercermundialistas y tercermundistas, pacifistas, representantes de todas las minorías, contestatarios y descontentos de cualquier ralea, científicos, humanistas, filósofos, ecologistas, defensores de los animales, moralistas laicos: «Habéis permitido que todos os pasaran cuentas, a menudo falseadas, casi sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por creerlo, hasta el punto de respaldarlos. En cambio, yo (agnóstico, pero también un historiador que trata de ser objetivo) os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. De hecho, a menudo no es cierto. Pero si en algún caso lo es, también es cierto que, tras un balance de veinte siglos de cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas. Luego, ¿por qué no pedís cuentas a quienes os las piden a vosotros? ¿Acaso han sido mejores los resultados de lo que ha venido después? ¿Desde qué púlpitos escucháis, contritos, ciertos sermones?» Me habla de aquella Edad Media que ha estudiado desde siempre: «¡Aquella vergonzosa mentira de los “siglos oscuros”, por estar inspirados en la fe del Evangelio! ¿Por qué, entonces, todo lo que nos queda de aquellos tiempos es de una belleza y sabiduría tan fascinantes? También en la historia sirve la ley de causa y efecto…» (…).

 

En: Messori, Vittorio. Leyendas negras de la Iglesia. 11ª ed., Planeta, Madrid, 2004, pp. 11-12.

Cien testigos (1/3)

Cien testigos que dan testimonio del valor espiritual y ascético de la lectura, meditación y estudio de la Sagrada Escritura.

ERA PATRISTICA

  1. San Clemente Romano, Papa
  2. San Ignacio de Antioquía, Obispo y Mártir
  3. San Policarpo de Esmirna, Obispo y Mártir
  4. San Justino, Mártir
  5. San Ireneo, Obispo y Doctor de la Iglesia
  6. Clemente de Alejandría
  7. Orígenes
  8. Acta Martyrum
  9. San Cipriano de Cartago, Obispo y Mártir
  10. San Antonio Magno, Abad
  11. San Hilario, Obispo de Poitiers
  12. San Atanasio de Alejandría, Obispo y Doctor de la Iglesia
  13. San Efrén, Doctor de la Iglesia
  14. San Basilio de Cesarea, Obispo y Doctor de la Iglesia
  15. San Cirilo de Jerusalén, Obispo y Doctor de la Iglesia
  16. San Gregorio Nazianceno, Obispo y Doctor de la Iglesia
  17. San Ambrosio de Milán, Obispo y Doctor de la Iglesia
  18. San Juan Crisóstomo, Patriarca de Constantinopla y Doctor de la Iglesia
  19. San Jerónimo, el Doctor Máximo
  20. San Agustín de Hipona
  21. San Benito de Nursia
  22. San Gregorio Magno, papa y Doctor de la Iglesia
  23. San Isidoro de Sevilla, Obispo y Doctor de la Iglesia
  24. El Areopagita

EDAD MEDIA

  1. San Beda el Venerable, Doctor de la Iglesia
  2. Santa Lioba, abadesa y colaboradora de San Bonifacio
  3. Rabanus Maurus
  4. Nicolás I, Papa
  5. Juan VIII, Papa
  6. San Pedro Damián, Cardenal y Doctor de la Iglesia
  7. San Anselmo de Canterbory, Arzobispo y Doctor de la Iglesia
  8. San Bruno de Asti, Obispo de Segni
  9. San Bernardo, Doctor de la Iglesia
  10. Hugo de San Victor
  11. Ricardo de San Victor
  12. Inocencio III, Papa
  13. Gregorio IX, Papa
  14. Alejandro de Hales, llamado “Doctor irrefragabilis”
  15. Alejandro IV, Papa
  16. Hugo de San Caro, Cardenal
  17. Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia
  18. San Buenaventura, Cardenal y Doctor de la Iglesia
  19. Sancta Mectildis
  20. Santa Brígida
  21. Tomás de Kempis

EDAD MODERNA

  1. Adriano VI, Papa
  2. Fray Luis de Granada
  3. Luis de León
  4. San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia
  5. Santa Teresa de Jesús
  6. San Francisco de Sales
  1. P. Luis de la Puente, S. J.
  2. J. J. Olier, Fundador de la Congregación de S. Sulpicio
  3. Pascal
  4. J. B. Bossuet, Obispo de Meaux
  5. Pío VI, Papa
  6. Felipe Scio de San Miguel, Obispo de Segovia y Traductor de la Biblia al Castellano
  7. Pío VII, Papa
  8. Gregorio XVI, Papa
  9. Félix Torres Amat, Obispo de Astorga y Traductor de la Biblia al Castellano

61.Beato Federico Ozanam, Fundador de las Conferencias Vicentinas

  1. Juan Donoso Cortés, Marqués de Valdegamas
  2. E. Lacordaire
  3. Cardenal Gibbons y el Tercer Concilio Plenario de Baltimore
  4. El Arzobispo de Caracas
  5. León XIII, Papa
  6. Santa Teresita del Niño Jesús
  7. Mons. J. F. Wood, Arzobispo de Filadelfia
  8. San Pío X, Papa
  9. Mons. Enrique, Obispo de Palencia

71.Arzobispo de Santiago de Chile

  1. Cardenal Arcoverde, de Río de Janeiro
  2. Mons. M. Landrieux, Obispo de Dijón
  3. R. Vigoroux, editor de una políglota de la Biblia y célebre escriturista
  4. Benedicto XV, Papa
  5. L. Cl. Fillion, Traductor de la Biblia al Francés
  6. Mons. Pablo G. Von Keppler, Obispo de Rottenburgo
  7. Cardenal L. E. Dubois, de París
  8. Cardenal D. J. Mercier
  9. Pío XI, Papa
  10. Los Obispos de Suiza
  11. March – Ferreres
  12. Mons. Mario Besson, Obispo de Friburgo (Suiza)
  13. Cardenal Isidro Gomá y Tomás, de Toledo
  14. Cardenal Miguel Faulhaber, de Munich
  15. P. Cordovani, Maestro de los Sagrados Palacios
  16. Cardenal Nasalli Rocca di Cormeliano, Arzobispo de Bolonia
  17. Mons. Luis Civardi
  18. P. A. Tanquerey
  19. Mons. Audino Rodriguez y Olmos, Arzobispo de San Juan

91.Paul Claudel

  1. Mons. Carmelo Ballester Nieto, Obispo de León
  2. Mons. Antonio M. Barbieri, Arzobispo de Montevideo
  3. Cardenal Santiago Luis Copello, de Buenos Aires
  4. Mons. Juan P. Chimento, Arzobispo de la Plata
  5. Resoluciones del Primer Congreso Argentino del Evangelio
  6. Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast)
  7. P. B. Pujol, Superior General de los Operarios Diocesanos
  8. Mons. Edwin V. O’Hara, Obispo de Kansas City
  1. Pío XII, Papa

ADVERTENCIA

Los testimonios que siguen a continuación, necesitan una palabra de aclaración:

1) Citamos solamente cien. Podríamos publicar doscientos y más testimonios. Pero ¿para qué este desperdicio? Aquellos que no creen a cien testigos, tampoco darán crédito a doscientos.

2)Las citas son tan exactas como le es posible a uno que ha dejado su colección de citas en Europa y tiene que arreglárse con los recursos que le prestan las pocas e insuficientes bibliotecas que están ahora a su alcance. Los escrituristas encontrarán algún error y lo perdonarán y rectificarán, porque saben de experiencia qué labor tan ardua es hacer una cadena de testigos desde Clemente Romano hasta Pio XII

3)Conforme al fin de este trabajo han sido elegidos solamente aquellos testigos que recomiendan la Sagrada Escritura como instrumento y medo de la piedad cristiana. Hay también quienes señalan los peligros de una lectura indiscreta de los Libros Sagrados, y se entiende por sí mismo que en aquella época, en que a raíz del Protestantismo la lectura de la Biblia en lengua vulgar estaba prohibida a los que no tenían permiso especial (1564-1757, en España hasta 1781), el número de Testigos es relativamente escaso.

4)Registrando los nombres, notamos dos épocas de apogeo en la valorización del Libro divino para la piedad cristiana: la era patrística y el siglo XX. ¿Es acaso porque el tiempo moderno tiene tanta semejanza con los primeros siglos el Cristianismo, en cuanto a la decadencia de las costumbres y falta de espiritualidad? El hecho es que desde León XIII la voz de la Iglesia Docente y de los hombres de espiritualidad recomiendan cada vez más el Libro de los libros como remedio contra los males que han invadido un mundo que todo lo posee menos la espiritualidad del Evangelio.

5)Los cien testigos representan toda la Iglesia de todos los siglos, de Occidente y de Oriente, del Antiguo y Nuevo Mundo, y todos los estados eclesiásticos: Papas, Cardenales, Arzobispos, Obispos, Sacerdotes, Religiosos, laicos, hombres y mujeres. Encontramos entre ellos 16 Sumos Pontífices, 18 Doctores de la Iglesia, 42 Cardenales, Arzobispos y Obispos, 24 escritores católicos. Entre todos estos 34 han llegado al honor de los altares.

  1. ERA PATRISTICA

* Testigo 1º: SAN CLEMENTE ROMANO, PAPA (92-102)

– Vosotros, amados, sabéis bien las Sagradas Escrituras; tenéis un profundo conocimiento de las palabras de Dios. Guardadlas para acordaros de ellas. [Epístola a los Corintios, cap. 53]

* Testigo 2º: SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, OBISPO Y MÁRTIR (+107)

– Acudo al Evangelio como a la Carne de Cristo, y a los Apóstoles como al presbiterio de la Iglesia.

– No celebremos más el sábado, según costumbre judía, con ociosidad, sino que cada uno de nosotros lo celebre para salud del alma, no (sólo) con recreo y descanso corporal, sino con el deleite de la meditación de las Sagradas Escrituras. [Epístolas a los Magnesios]

* Testigo 3º: SAN POLICARPO DE ESMIRNA, OBISPO Y MÁRTIR (+156)

– Tengo la confianza de que estáis bien versados en las Sagradas Escrituras. Pablo, estando ausente, os ha escrito cartas que os edificarán si las leyereis reflexivamente. [Epístoa a los Filipenses]

* Testigo 4º: SAN JUSTINO, MÁRTIR (+165)

– Siempre nos acompaña nuestro caudillo, la Palabra de Dios… La Divina Palabra compenetra nuestra alma con su vigor… A los mortales nos convierte en inmortales y nos conduce de este mundo al otro. [Orat. ad Graecos, cap. 5]

* Testigo 5º: SAN IRENEO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (130-200)

– Leed con el mayor empeño el Evangelio que nos ha sido transmitido por los Apóstoles; leed los Profetas, y encontraréis anunciados la historia, las enseñanzas y la Pasión de Nuestro Señor [Adv. Haereses lib. 4, cap. 66]

* Testigo 6º: CLEMENTE DE ALEJANDRÍA (150-215)

– Así como el mar está abierto para todos y el uno lo aprovecha para nadar, el otro para hacer comercio, el tercero para pescar, y así como la tierra es común de todos y el uno sobre ella camino, el otro se desvía, el tercero hace un edificio, así sucede en la lectura de las Escrituras Sagradas: el uno por el conocimiento de las Sagradas Escrituras se fortalece en la fe, el otro en las costumbres, el tercero renuncia a la superstición. [Apud. Damasc. Lib. 2, Paral. c. 49]

* Testigo 7º: ORÍGENES (+254)

– Ojalá que todos cumpliéramos lo que está escrito: Escudriñad las Escrituras. [Hom. 2 in Is., c. 7]

– Necios y ciegos son todos los que no comprenden que la lectura de la Sagrada Escritura suscita conceptos grandes y dignos. [In Matth. tract. 25, c. 23]

* Testigo 8º: ACTA MARTYRUM

– En las persecuciones, muchos cristianos murieron mártires por guardar en su casa los Libros Sagrados, p.ej. Saturnius, Esperatus, los mártires escilitanos, Sta. Irene, Marcullius, Catulinus, Euplius. Este último confiesa ante el juez: Soy cristiano; no me es lícita entregarlos; prefiero morir. Estos libros me aseguran la vida eterna; quien los entrega, la pierde. Ofrezco mi vida para no perder la vida eterna.

* Testigo 9º: SAN CIPRIANO DE CARTAGO, OBISPO Y MÁRTIR (+256)

– Hállese en vuestras manos la Sagrada Escritura, y la memoria del Señor en vuestros corazones. [Sermo de zelo et livore]

– El cristiano que tiene fe se dedica a la lectura de las Sagradas Escrituras. [De Spectaculis]

* Testigo 10º: SAN ANTONIO MAGNO, ABAD (+356)

– Empéñate en leer las Sagradas Escrituras, porque ellas te darán amparo. [Orat. ad Monach.]

* Testigo 11º: SAN HILARIO, OBISPO DE POITIERS (+366)

– Dios habla para nosotros, y no para Sí, y en la redacción de sus Escrituras ha querido usar de nuestras palabras y maneras de decir y se ha amoldado a los usos y costumbres de nuestra locución. [Expln. in Psal. 126, n.6]

* Testigo 12º: SAN ATANASIO DE ALEJANDRÍA, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+373)

– No se aleje de tu boca la Palabra de Dios, ni de día ni de noche. En todo tiempo consista tu obra en la meditación de las Sagradas Escrituras. Has de tener el Salterio y has de aprender de memoria los Salmos. [De virgin. 12]

– Como la Sagrada Escritura sobrepuja a todos los libros, aconsejo que la lean con frecuencia quienes desean saber más de ella. [Epíst. a los Obispos de Egipto y Libia, c. 4]

– Estos (los libros del Antiguo y Nuevo Testamento) son los manantiales de la salud, de los cuales todos los sedientos pueden sacar la Palabra de Dios. [Epíst. festal 39]

* Testigo 13º: SAN EFRÉN, DOCTOR DE LA IGLESIA (+373)

– Cuida de leer frecuentemente los Libros Sagrados… Si por ventura no sabes leer, recurre a otra persona de la cual puedas oírlos con aprovechamiento [Sermo 60]

* Testigo 14º: SAN BASILIO DE CESAREA, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+379)

– Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil, escrita únicamente con la asistencia del Espíritu Santo, a fin de que toda alma que busca la salud pueda elegir en ella como en un común depósito de medicamentos, los remedios saludables y apropiados a su debilidad. [Hom. in Psalm 1]

– Obedezcamos el mandato del Señor: Escudriñada las Escritura. [De Bapt. cap. 4]

* Testigo 15º: SAN CIRILO DE JERUSALÉN, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+386)

– ¡Recrea tu alma con la lectura de los Santos Libros, ante todo en este tiempo de Cuaresma! [Catech. I]

– Los Salmos ahuyentan a los demonios, llaman en socorro a los Angeles, suministran armas contra los temores nocturnos. En ellos consiste el descanso después de las labores cotidianas, la seguridad de los niños, el adorno de los jóvenes, el consuelo de los ancianos, la gala más conveniente de las mujeres. Ellos dan vida a la soledad, sabiduría al foro. A los principantes son principio; a los adelantados incremento; firmeza a los perfectos. Son la voz de la Iglesia, llenan de alegría los días festivos, crean aquella tristeza que es de Dios. [Ench. Ascet. 246]

* Testigo 16º: SAN GREGORIO NAZIANCENO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+389)

– Con tu mente y tu lengua, ocúpate siempre de las Letras Divinas [Carm. Lib. I, n. 1, carm. 12]

– Adquiere los grandes tesoros de ambos Testamentos de los cuales uno se llama el Antiguo, el otro el Nuevo… Emplea toda aplicación y celo en leerlos; porque en ellos podrás aprender cómo formarte en las mejores costumbres y servir al único y veradero Dios con ánimo devoto.

* Testigo 17º: SAN AMBROSIO DE MILÁN, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA (+397)

– No deje nuestra alma de dedicarse a la lectura de las Letras Sagradas, a la meditación y a la oración, para que la Palabra de Aquel que está presente, sea siempre eficaz en nosotros. [De Abraham lib. 2, c.5]

– Si eres tentado por la concupiscencia y los apetitos, lee el Evangelio; dígate Jesucristo: No se perturbe tu corazón. Si te agobia algún temor, dígate Cristo: No se perturbe tu corazón ni se amedrente. Si el perseguidor te inflige tormentos, lee el Evangelio; dígate Jesús: No se turbe tu corazón ni se amedrente. Lee al Apóstol que dice: Los sufrimientos de la vida presente no son de comparar con la gloria venidera. Si navegas y contra ti se levantan grandes oleadas y se desencadena una oscura tormenta, dígate Jesús: Soy Yo, no temas. Y si te sobreviene una grande y grave prueba, di antes: Resuelto estoy, y nada me arredra, a cumplir tus preceptos. [Encha. Ascet. núm. 417]

* Testigo 18º: SAN JUAN CRISÓSTOMO, PATRIARCA DE CONSTANTINOPLA Y DOCTOR (+407)

– Sea cual fuere la desgracia que pese sobre el ser humano, en la Escritura encontrará el antídoto adecuado, que ahuyenta todo pesar. Así, pues, es necesario no sólo oír las lecturas en la Iglesia, sino leerla también en casa y hacer que la lectura sea provechosa. [Hom. 29 in cap. 9 Genes.]

– No os contentéis con mirar esas palabras adorables. Es menester alimentarse de ellas, asimilarlas: la verdadera causa de nuestros males es la ignorancia de la Palabra de Dios. [Hom. 9 in cap. 2 ad Col.]

– La Santa Escritura es semejante a un tesoro precioso. Porque si es verdad que upede adquirirse una riqueza considerable con sólo una pequeña parte de un tesoro, ello puede decirse con mayor razón de las Escrituras Santas. Una sola de las sentencias, por breve que sea, encierra plenitud de pensamiento y una riqueza inefable. Es también la Escritura divina semejante a una fuente de abundante e inagotable caudal. Nuestros antepasados bebieron de sus aguas, según sus fuerzas; los venideros beberán también, sin que agoten la fuente, antes al contrario, manará más copiosa y serán más abudantes sus aguas. [In Gen. Hom. 3]

– Es absolutamente necesario que nos armemos continuamente con las Escrituras y saquemos de ellas los remedios eficaces para tantos males. [Homilía sobre Lázaro]

– La lectura de las Sagradas Escituras refresca y alivia y consuela el corazón afligido y atormentado por angustias mortales, atenuando la intensidad y el aguijón del dolor y ofreciendo un sosiego más dulce y apacible que el de la sombra de aquella enramada. [Hom. 4 de poenit. et orat.]

– Un prado es agradable, y es agradable un jardín; pero es más agradable todavía el estudio de la Sagrada Escritura. Porque sus flores se marchitan, pero las palabras de la Escritura tienen un vigor de vida perdurable. El céfiro sopla allí, pero aquí la inspiración del Espíritu Santo… Un jardín está sujeto al cambio de las estaciones; mas la Sagrada Escritura, aún en invierno, está cubierta de hojas, y en todo tiempo de frutos. [Hom. de capt. Eutrop. 1]

– Aunque no entendáis los secretos de la Escritura, con todo, la simple lectura de ella causa en nosotros una cierta santidad; porque no puede ser que dejéis de entender algo de lo que leáis. Porque, a la verdad, por esto dispuso la gracia del Espíritu Santo que estas Escrituras fuesen compuestas por publicanos, pescadores, artífices de tiendas de campaña, pastores, cabreros, torpes e ignorantes para que ningún iletrado puede alegar por excusa la dificultad de comprenderlas, y a fin de que todos entiendan fácilmente lo que en ellas se contiene. [Hom. 3 de Lázaro]

* Testigo 19º: SAN JERÓNIMO, EL DOCTOR MÁXIMO (+420)

– Sé muy asidua en la lectura y estudia lo más posible. Que el sueño te encuentre con el Libro en la mano, y que sobre la página sagrada caiga tu cabeza agobiada por el cansancio. [Carta a santa Eustoquia: Ep. 22, 17]

– Libremos nuestro cuerpo del pecado y se abrirá nuestra alma a la sabiduría; cultivemos nuestra inteligencia mediante la lectura de los Libros Santos: que nuestra alma encuentre allí su alimento de cada día. [In Tit. 3, 9]

– ¿Cómo podríamos vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer a Cristo que es la vida de los fieles? [In Is. Prol.]

– Ignorar las Escrituras es ignorar al mismo Cristo [In Is. Prol.]

– Debemos, pues, con el mayor ardor leer las Escrituras y meditar día y noche la ley del Señor; así podremos distinguir, como ejercitados cambistas, las monedas buenas de las falsas. [In Eph. 4, 31]

– A la matrona romana Leta le da sobre la educación de su hija, entre otros consejos, el siguiente: “Cerciórate de que estudie cada día algún pasaje de la Escritura…; que en vez de las alhajas y sederías se aficione a los Libros divinos… Tendrá que aprender antes el Salterio, distraerse con sus cantos, y extraer de los Proverbios de Salomón una regla de vida. El Eclesiastés le enseñará a hollar los bienes del mundo; Job le brindará un modelo de fortaleza y de paciencia. Pasará enseguida a los Evangelios, que deberá tener siempre entre las manos. Asimilará ávidamente los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas. Después de haber recogido esos tesores en el místico cofre de su alma, estudiará a los profetas, el Heptateuco, los libros de los Reyes y de los Paralipómenos, para terminar comprendiendo el Cantar de los Cantares”. [Ep. 107, 9, 12]

– Mientras estés en tu patria, haz de celda un paraíso, come los frutos variados de las Escrituras; pon tus delicias en estos Santos Libros y goza de su intimidad… Ten siempre la Biblia en tus manos y bajo tus ojos; aprende palabra por palabra el Salterio, que tu oración sea incesante, tu corazón vigile constantemente y permanezca cerrado a los pensamientos vanos. [Ad Rusticum. Ep. 125, 7, 3; 11, 1]

– Una vez que conozcas bien las Divinas Escrituras, y te hayas armado con sus leyes y testimonios, que son los vínculos de la verdad, marcharás sobre tus enemigos, los enlazarás, los encadenarás y los traerás cautivos; y luego de estos adversarios y cautivos de ayer harás hijos libres de Dios. [Ad Fabiolam. Ep. 78, 30]

– Relee con frecuencia las Divinas Escrituras, más aún, que el Santo Libro no se aparte jamás de tus manos. Aprende allí lo que luego has de enseñar. Permanece firmemente adherido a la doctrina tradicional que te ha sido enseñada, a fin de estar en condiciones de exhortar según la santa doctrina y de refutar a aquellos que la contradicen. [Ad Nepot. Ep. 52, 7, 1]

– Si hay alguna cosa, oh Paula y Eustoquia, que pueda sujetarnos aquí abajo a la sabidur{ia y que en medio de las tribulaciones y torbellinos del mundo conserve el equilibrio de nuestra alma, yo creo que es ante todo la meditación y la ciencia de las Escrituras. [In Eph. Prol.]

– Nos alimentamos con la Carne de Cristo y bebemos su Sangre no solamente en el Misterio (de la Misa), sino también leyendo las Escrituras.

* Testigo 20º: San Agustín de Hipona (+430)

– La Escritura habla de tal manera que su sublimidad confunde a los soberbios, su profundidad amedrenta a los atentos, su verdad apacienta a los grandes y su afabilidad nutre a los párvulos [De Gen. ad Lit. I, 5, c.3, n.6]

– Si toda ciencia, hasta la más profana y la más fácil, reclama para ser adquirida la ayuda de un hombre docto y de un maestro, ¿puede habr algo más orgullosamente temerario que pretender conocer los Libros que contienen los secretos divinos sin el auxilio de quienes son sus propios intérpretes? [Ad Honorat. de utilit. cred. XX, 17]

– Se nos ofreció la dulzura de las Santas Escrituras, para que pudiéramos mantenernos en el desierto de la vida humana… Acércate a la mesa del Señor, al banquete de las Escrituras; pero cuida de llevar vestidura nupcial, es decir, amor de Dios y del prójimo. [Sermo 90, n.9]

– Cuanto es más pobre el hombre de su propio fondo, más debe enriquecerse en estas fuentes sagradas. Pequeños como somos para expresar las grandes cosas de la fe, hemos de crecer mediante la autoridad de las Escrituras. [De Doctr. Christ. 4, 5]

– Leed la la Escritura, leedla, para que no seáis ciegos y guías ciegos. Leed la Sagrada Escritura, porque en ella encontraréis normas sobre lo que habéis de hacer y lo que habéis de evitar. Leedla, porque es más dulce que la miel y más nutritiva que cualquier otro alimento. [Sermo 48]

– Dadme, Señor, que publique y confiese en vuestra presencia todo cuanto yo hallare y entendiere en vuestros Sagrados Libros; que oiga aquellas voces de alabanza vuestra; que sacie mi sed, bebiendo allí vuestro espíritu y que considere las maravillas que nos refiere vuestra santaLey, comenzando desde el principio en que creáistes el cielo y la tierra, hasta el perfecto establecimiento de aquel reino, que ha de durar con Vos eternamente en vuestra santa ciudad y celestial Jerusalén. [Confes.XI, 2]

– Quien no se aplica a oír en su interior la Palabra de Dios, será hallado vaíoen su predicación externa. [Sermo 179]

– El verdadero Cristo se halla (entre nosotros) tanto en la Palabra como en la Carne. [In Ev. Joh. tract. 26,12]

– Para todas las enfermedades del alma proporciona la Sagrada Escritura un remedio. [Sermo 1 in Psalm. 48]

– Todas las divinas Escrituras son saludables a los que las entienden bien; pero son peligrosas a los que quieren torcerlas para acomodarlas a la depravación de sus costumbres [Sermo 1 in Psalm. 48]

– Ama las Sagradas Escrituras y te amará la Sabiduría.

* Testigo 21º: San Benito de Nursia (+543)

– ¿Qué página o qué sentencias hay en el Antiguo y Nuevo Testamento, que no sean una perfectísima norma de vida humana? [Regla, cap. 73]

* Testigo 22º: San Gregorio Magno, papa y Doctor de la Iglesia (+604)

– ¿Qué otra cosa es la Sagrada Escritura sino una carta que el Señor todopoderoso ha querido por su bondad dirigir a su creatura? Por cierto, en cualquier lugar o situación que te hallares, oh Teodoro, si recibieras una carta del emperador, al punto y sin la menor dilación la leerías: ni tendrías reposo alguno ni dormiría, sin querer saber primero lo que la majestad imperial te ordenaba. Pues habiéndote enviado el Emperador del cielo y el Señor de los hombres y de los Ángeles sus cartas en la que se te trata de tu propia vida: ¿cómo te descuidas en leerlas, y no manifiestas ardor y prontitud en saber lo que en ellas se contiene? Por lo cual, te encargo estrechamente, que te apliques a este estudio con la mayor afición, y que medites cada día las palabras de tu Creador. Aprende por la Palabra de Dios, cuál es para contigo el corazón de Dios. [Ad Theod. Med. Ep. 31]

– La Palabra Divina, la cual está llena de misterios para ejercitar los entendimientos más elevados, contiene también verdades muy claras, propias para nutrir a los sencillos y menos ilustrados. Es semejante a un río, cuyo cauce (ensanchándose) fuese en algunas partes tan poco profundo que pudiese pasarlo un corderito; y tan hondo en otras, que pudiese nadar un elefante. [Carta a San Leandro, Obispo de Sevilla]

* Testigo 23º: San Isidoro de Sevilla, Obispo y Doctor de la Iglesia (+ 636)

– El camino que conduce a Cristo es la Sagrada Escritura, mediante la cual los justos se acercan a Dios y le reconocen tal ual es. Las santas y sublimes Escrituras son semejantes a montes que nos proporcionan alimento; todo hombre piadoso que los sube, tiene el pleno goce de encontrar alimento eterno. [De Summo Bono, lib. I, c. 13]

* Testigo 24º: El Areopagita

– Leer la Biblia es rezar, meditarla es hacer oración, reverenciarla es adorar la incomprensibilidad divina, familiarizarse con la Biblia es entrar en conversación frecuente con Dios y empezar a gozar de Él.

 

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En: Straubinger, Juan. La Iglesia y la Biblia. Guadalupe, Bs. As., p 189 y ss.

Mitos ideológicos sobre la Edad Media

Es cosa innegable la influencia de las escuelas históricas francesas en los estudios actuales, especialmente en nuestro país, donde los “taitas oficiales de la historia” -como les llamaba Castellani- han sostenido una incansable admiración por los historiadores galos.

En efecto, desde la predilección de Mitre por Michelet, la preeminencia de los Annales de Bloch y Febvre o el influjo reciente de los cultores de la “historia cultural” como Chartier o Darnton, la historiografía argentina ha sido largamente seducida por su análoga francesa.

Sin embargo, los popes de nuestra historiografía dominante -que tendrán sus matices ideológicos pero sobre todo acuerdos y convergencias- han esquivado resueltamente las referencias a los historiadores franceses que, en términos muy amplios, merecen ser señalados como “revisionistas”. Por eso en nuestras universidades permanecen casi inauditos los nombres de Jacques Bainville, Jean Dumont, Paul Hazard o, más recientemente, René Remond y Jean Meyer, por sólo mencionar a unos pocos.

Entre esos historiadores vetados por la cerrazón académica se distingue una mujer, la notable Regine Pernoud (1909-1998) quien -como el resto de los revisionistas, cada cuál a su modo- llevó a cabo la siempre atrayente tarea de desmalezar el pasado de la cizaña de mitos, leyendas y embustes ideológicos.
Pernoud se formó en Letras en la ƒcole National des Chastes y se doctoró en Historia en la Universidad de París. Fue paleógrafa y archivista y por muchos años conservadora de los museos de Reims y de Historia Francesa. Su interés por la historia, disciplina que ocupa el grueso de su obra escrita, se inició con la fascinación por el arte medieval en sus múltiples manifestaciones.

A nuestro entender son dos las notas que informan el prolífico itinerario intelectual de nuestra autora. En primer término, su predilección por el género biográfico, que ya dejaba señalado en uno de sus primeros libros: “La biografía es para mí lo más apasionante del mundo, y también lo más significativo; es portadora de sentido en la investigación histórica”.

Fruto magnífico de ese ímpetu biográfico son sus libros sobre Hildegarda de Bingen, Leonor de Aquitania y sobre todo aquellos que escribió sobre la Doncella de Orleáns, Santa Juana de Arco. A Pernoud se le debe la fundación del Centro Juana de Arco, uno de los principales ámbitos de investigación sobre la Pucelle.

Por otro lado, su obra se define por el estudio de la (mal) llamada Edad Media, una ingente tarea de desenmascaramiento de las múltiples deformaciones historiográficas en torno a ese período. Ese trabajo intelectual estuvo jalonado por libros notables como Luces del Medioevo; ¿Qué es la Edad Media?; La mujer en tiempos de las Cruzadas; Los hombres de las cruzadas: historia de los soldados de Dios o La mujer en el tiempo de las catedrales.

Bajo la forma de síntesis el afán revisionista de Pernoud se verifica en el libro Para acabar con la Edad Media (Barcelona, Medievalia, 2010) afortunadamente reeditado poco tiempo atrás y que aquí reseñamos en sus líneas centrales.

Para Pernoud la historiografía acerca de la Edad Media es la expresión por antonomasia de la llamada Leyenda negra, puesto que no hay época más históricamente deformada. Con ironía sostiene que este largo período “es materia privilegiada puesto que puede decirse sobre ella lo que se quiera con la casi certeza de que nadie lo desmentirá”.

En efecto, la Edad Media es el objeto de toda una mitología ideológica que a fuerza de propagandística repetición ha terminado por imponerse a la verdad histórica. Poco importa que esa construcción ideológica, común a historiadores liberales y marxistas, esté viciada de nulidad por sus contradicciones y antihistóricos presupuestos, que no han impedido sin embargo su vasta difusión y aceptación.

Resulta notable que tamaño despropósito haya adquirido visos de realidad, pues basta con pensarlo un momento: un milenio de historia occidental -en el que por decir lo menos se forjaron las monarquías cristianas, nacieron las universidades y el arte románico y gótico y que tuvo a pensadores como Abelardo, Santo Tomás o Buenaventura- reducido al mote de “edad oscura” o, peor aún, al absurdo del “modo de producción feudal” de la historiografía marxista. Suena ridículo. Pues bien, ¡a esa ridiculez remite grosso modo la historiografía “oficial” acerca del Medioevo desde hace unos trescientos años!

En este libro breve y notable, Pernoud desarrolla los fundamentos de ese infundio y otorga algunas herramientas de zapa, útiles para socavar las bases edificadas por los falsarios de la historia.

Inicia el libro señalando la importancia del arte medieval y subrayando su radical originalidad puesto que, a diferencia del arte renacentista -de suyo determinado por la imitación de la Antigüedad-, el medieval es original en sentido estricto, esto es, fiel a su origen cristiano.

SAGRADO

Contrariamente a lo sostenido por muchos historiadores modernos, el artista medieval tomó de la Antigüedad sólo lo que le interesaba, sin imitaciones ni copias, para expresarse así en modo “ontológicamente distinto al arte pagano antiguo, vinculándose íntimamente con lo religioso, dando fe de esa tendencia inherente al hombre que le lleva a expresar lo sagrado, lo Trascendente, en este lenguaje secundario que es el Arte en todas sus formas”.

Por otro lado, Pernoud enseña el carácter rural de la cultura medieval en la que los castillos y monasterios fueron centros de irradiación de una sapiencia raigalmente comunal centrada en la transmisión de la tradición auténtica. Esa cultura, compartida por siervos y señores, inició su declive con el ascenso burgués en el siglo XV y el afincamiento urbano de una cultura de elite, desarraigada de lo comunal y tradicional, que terminó por cristalizar en la cultura moderna.

Nuestra autora analiza uno a uno los múltiples tópicos de la Leyenda negra sobre el Medioevo, derribándolos con la solvencia y autoridad que confieren décadas de estudio junto al desvelo por la verdad histórica. Así, por ejemplo, se ocupa de la farsa repetida ad nauseam de Galileo quemado en la hoguera; o desmiente con solidez los “errores y abusos sobre el concepto de Feudalismo” y el intencionado anacronismo de la “lucha de clases” aplicada a la sociedad feudal. Asimismo, con no poco sarcasmo explica las remanidas invenciones sobre la Inquisición o critica por antihistóricas las versiones fabulatorias acerca de las Cruzadas.

También se detiene en contradicciones o paradojas como aquella tan afín a la historiografía moderna -especialmente la de sesgo marxista- que condena la servidumbre feudal sin siquiera mencionar la desaparición de la esclavitud antigua a partir del siglo V, en los albores del Medioevo, mientras silencia el resurgir de la esclavitud en el siglo XV hasta la actualidad.

DISTORSIONES

Sin embargo, Pernoud destaca dos grandes distorsiones historiográficas respecto del mundo medieval. La primera centrada en el malicioso apelativo de Edad Oscura, resultante del prejuicio racionalista que opone fe y razón. El “mito de la Oscuridad” llega al punto de negar toda entidad cultural al período. Se pregunta Pernoud:

“¿Mil años sin producción poética o literaria digna de ese nombre? ¿Acaso es esto concebible? ¿Mil años vividos por el hombre sin que haya expresado nada bello, profundo o grande sobre sí mismo? ¿A quien se lo harían creer?”.Estimada Regine, se lo han hecho creer a generaciones enteras.

Pero para Pernoud el culmen de la Leyenda negra está representado por la infausta visión sobre la Iglesia, es decir, la institución vertebral de la Cristiandad Medieval. Por eso se ocupa de desmontar la fábula que versa sobre la exasperada misoginia que habría caracterizado a la Iglesia medieval y que encuentra su estereotipo en la idea de la “mujer sin alma”.

Así las cosas, dice Pernoud, “durante siglos se habría bautizado, confesado y admitido en la Eucaristía a unos seres sin alma…es extraño que los primeros mártires venerados como santos hayan sido mujeres y no hombres: santa Inés, santa Cecilia, santa Agata y tantas otras. Es sorprendente que una de las pinturas más antiguas de las catacumbas (en el cementerio de Priscila) haya representado a la Virgen con el Niño. En fin, ¿a quien creer, a los que reprochan a la Iglesia Medieval, precisamente, el culto a la Virgen María, o a los que opinan que la Virgen era considerada entonces una criatura sin alma?”.

Lo rigurosamente cierto es que, junto a la Cristiandad medieval, otras materias históricas están sujetas a tergiversaciones múltiples, lo cual no deja de ser paradójico en tiempos de constante ensalzamiento de la memoria. Quizás por eso Pernoud termina su libro con algunas sugerencias sobre la enseñanza de la historia, enfatizando la necesidad imperiosa de cultivar el sentido histórico en los jóvenes. Lo dice con claridad meridiana:

“Al descuidar la formación del sentido histórico, al olvidar que la Historia es la memoria de los pueblos, la enseñanza forma amnésicos”.

¡Cuán patente es esto en la Argentina de hoy! Y cuánto más con el agravante de que la sociedad no sólo se ha vuelto amnésica sino también autodenigratoria puesto que repite hasta el cansancio las falsificaciones de su pasado. Es lo que poéticamente decía Manuel Machado:

¡Ay del pueblo que olvida su pasado
y a ignorar su prosapia se condena!
¡Ay del que rompe la fatal cadena
que al ayer el mañana tiene atado!

En suma, este libro de Regine Pernoud es una auténtica joya, de suyo recomendable para profesores o maestros pero también para aquellos que, munidos ante todo de buena voluntad e inteligencia abierta, deseen acercarse a la verdadera historia.

 

Sebastián Sánchez

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Visto en: La Prensa

El árbol de la colina

arbolPoco antes de romper el alba de un perfecto día primaveral, Don Emanuel tomaba un senderito que se encontraba contiguo a un arroyo, el cual descendía suavemente hasta perderse en el valle. Ese sendero lo llevaba a la cumbre de un monte cercano. Mientras caminaba a la vera del arroyo iba escuchando y deleitándose con el susurro del agua al acariciar las piedras. El rocío primaveral hacía realzar las fragancias de las florecillas que en esta época del año se vestían de gala. Una suave luz de luna en cuarto creciente iluminaba el sendero estrecho por el que caminaba y hacía delicioso contemplar el paisaje que iba dejando detrás, pues a cada instante frenaba y giraba para ver, una vez más, ese valle conocido palmo a palmo. Era un varón curtido por las labores y la vida que llevaba, pero en él habitaba una particularidad: si se lo miraba a los ojos descubría en ellos la luz primigenia de la infancia que con ahínco cultivó, eso le servía para inaugurar su mirada cada día al levantarse y pintar el paisaje de su alma con los colores, los sonidos, y las fragancias que se colaban por sus sentidos…

“Se estremece mi corazón cuando contemplo

el celeste y el azul del cielo

y a las estrellas siguiendo su curso

tejiendo música en el universo.

Así fue cuando nuevo en la vida era

Así sea cuando me haga viejo”.

Colgaba de su hombro izquierdo una alforja, allí transportaba su ración de comida para el día, agua no cargaba, pues el arroyo le convidaba la más fresca y dulce que por su cauce zigzagueaba. Y, además, llevaba una semilla. Tiempo atrás concibió la idea de plantar un árbol en la cima del cerro, para que a modo de un templo, dominara todo el valle. -Catedral de pájaros-, decía. Y pensaba que en esos días de nostalgia extasiante, tomaría el sendero a la orilla del arroyo e iría a descansar bajo la copa de aquel hermoso árbol.

Al fin, llegado a la cumbre, con sus propias manos, curtidas por el trabajo de la tierra, excavó un pequeño agujero; los pensamientos se arremolinaban, para él esto era un acto amor, todas sus obras estaban transidas de amor, pero ésta, no se sabe por qué razón, le hacía rebozar el corazón. Sacó la semilla de su saco, y en reverencial acto, la entregó a la tierra. La tapo con la tierra que extrajera hace instantes y con sus manos a modo de cántaro tomó un poco de agua del arroyo, a no más de tres metros de distancia, y la regó. El suelo era apto, el tiempo era el oportuno, -sólo hay que esperar, las cosas más grandes y hermosas crecen despacio y en silencio-, dijo, y se retiró colina abajo mientras rompía el alba al oriente, a su espalda, con una alegre sonrisa.

Tiempo pasó. Todos los días al levantarse para las labores diarias elevaba la mirada hacia el oriente, hacia el cerro donde esa pequeña semilla, en el silencio y la oscuridad, se iba abriendo camino hacia la luz, hacia el cielo. Asiduamente la visitaba y poco a poco vio elevarse el pequeño brotecito. Y creció. El primer tiempo debió colocarle un tutor, pues los vientos crudos del invierno se afanaban en arrancarlo de cuajo. Ya con el tronco firme, le retiró el tutor. Un arbolito esbelto, sereno y con una gracia particular, podía contemplarse desde los infinitos puntos del valle. Su rica y delicada plenitud de proporciones, el gracioso ondular de sus ramas al compás de la brisa matinal, los susurros musicales, la fragancia que exhala, el frescor que se difunde a su alrededor. Todo esto invadía cada rincón del alma de Don Emanuel y decía: –Éste será mi alcázar, el alcázar donde hallará resguardo mi alma-.

Llegó el tiempo de la primera poda, necesaria para que el árbol crezca con nuevo vigor y tenga una sombra frondosa en donde poder recostarse ¡Recostarse a su sombra! es lo que ansiaba, pero para ello era imperioso podar. Y así lo hizo. Mientras el arbolito trepaba el cielo, Don Emanuel disfrutaba de la pequeña sombra que proyectaba. Allí descansaba y contemplaba. La vista se le llenaba con todos los colores del valle, el amarillo del trigo sembrado, el púrpura de los ciruelos, el celeste del cielo y el escarlata que explotaba a la hora del crepúsculo; los oídos eran dulcemente acariciados por los primeros pajarillos pobladores de su árbol, que alegremente veía volar una y otra vez en busca de pequeñas ramas para construir sus nidos. Visitar ese árbol era su delicia.

Pero ese bellísimo árbol fue motivo de recelo por parte de uno de sus vecinos, por cierto, muy querido por Emanuel. Una tarde, al caer el sol, este vecino, cegado por la envidia, se acercó al árbol y con certero golpe de hacha cortó una rama. El ruido resonó por todo el valle, fue como un doloroso quejido. Don Emanuel se despertó sobresaltado: -¡Mi árbol!- gritó. Mientras tanto el profanador tomó la gruesa rama, la colocó sobre su hombro y con perjura sonrisa descendió el cerro. La noche era oscura, noche completamente cerrada, en donde no se puede ver ni siquiera los pasos.

Emanuel, llegado al árbol, luego de una agitada y sufrida subida, comprobó la herida infligida. La sabia se vertía por el corte -era primavera, las hojas volvían a las ramas después del severo invierno-, y a manera de lágrimas descendían por su tronco hasta llegar al suelo.

Se dijo ya que el vecino de Emanuel estaba cegado, no pudo ver siquiera que, aunque las hojas de la rama estén verdes, tarde o temprano se secarían, no pudo ver que aunque plantare la rama, no podría soportar el abrazador sol del verano por falta de raíces. Pero su corazón estaba envilecido y nada le importó. Su orgullo se envaneció de tal manera que lo consumió. Emanuel lo había convidado a reconfortarse bajo la sombra del árbol, pero sólo lo quería para él.

Don Emanuel curó el árbol herido, y a la primavera siguiente una nueva rama venía a suplir aquella arrancada sin clemencia. En tanto la rama arrancada no volvió a florecer, se marchitó, al igual que el pobre corazón del desleal amigo. Aún hoy, este último, persiste en hacer reverdecer algo que de por sí está muerto, pues se lo separó del tronco y de las raíces. En tanto, Emanuel disfruta de la sombra de su gran árbol, que si bien a medida que crece en tamaño aparecen algunas alimañas y ciertas enfermedades propias de los árboles que no puede erradicar y curar rápidamente, sigue ofreciendo su sombra de ensueño.

Mikael

El Santo y el hereje: dos visitas

Si alguien se refiere a Lutero como un “testigo del Evangelio”, hay que dudar… ¡NO! hay rechazar efusivamente tan vil mentira, y considerar a quien lo dijo por un mentiroso, o al menos por un ignorante. Si Lutero es “testigo”, con lo que dicho término implica ¿qué título se merecen los verdaderos Reformadores? Habría que hacerlos descender de los altares. Son antitéticos. Excluyentes. Si Lutero es “testigo”, Ignacio ¿qué es? Su paralelismo es el auténtico de las líneas que nunca se encuentran. Es cierto que ambas son verticales, pero una va hacia el Cielo, la otra… ya sabemos; y sabemos también que Ignacio es Santo, el soldado de Cristo, y que Lutero es y seguirá siendo,  aunque muchos lo llamen “testigo”, un hereje; un hereje que desangró a la Madre Iglesia.

A continuación dejamos para su lectura el relato de dos visitas, una al capitán de Guipúzcoa, otra al monje excomulgado de Turingia.

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san-ignacio-de-loyola-y-martin-luteroYa bien avanzado el año 1521, allá en la atmósfera húmeda y sedante que envuelve la verde suavidad de los prados guipuzcoanos, un hombre entretenía sus ocios de convaleciente leyendo y pesando. Era un valiente caballero herido y había reclamado para su lectura libros de caballería. Pero no quiso Dios que en aquella sazón se encontrasen, y como era urgente dar de algún modo entretenimiento al espíritu de aquel caballero inmóvil, se le entregó un amable Flos sanctorum una colección de vidas de santos y una Vida de Cristo. El caballero se hundió en aquellos relatos, y en su alma noble y en su fogosa naturaleza se levantaban no se sabe qué ansias profundas de emulaciones extraordinarias. Ser como fueron aquéllos. Hacer lo que aquéllos hicieron. Nada menos que esa celestial ambición se entraba por las puertas del alma en el caballero herido. Y como se entretenía con estos pensamientos y su corazón rebosaba, anhelante de una acción nueva, encaminaba a lo alto, tiénese por cierto que entonces le vino a fortalecer y a comunicar perseverancia heroica una visita de la propia Madre de Dios que se apareció al caballero llevando en los brazos al Divino Niño. El caballero que mereció tan singular favor se llamaba Iñigo de Loyola y después adoptó el nombre de Ignacio, con el que le conocemos y le veneramos hoy.

Exactamente en la misma fecha -1521- allá en la atmósfera un poco salvaje y bravía que flota sobre los bosques de Turingia, cerca de Eisenach, un hombre entretenía sus ocios de temeroso refugiado, leyendo las Sagradas Escrituras, con espíritu de soberbio interprete, y traduciéndolas al alemán. Era un monje excomulgado que en aquel retiro se dejaba crecer la barba y se paseaba como enjaulado por su aposento, derramando hacia todas partes miradas recelosas. Aquel hombre estaba lleno de temor y esperaba siempre una visita del otro mundo. Por fin la sintió llegar y la vio cómo penetraba en la estancia sombría sin que para ella fuesen obstáculo puertas claveteadas y muros de castillos. Entró, y a cierta altura de la pared se le quedó mirando. Era un perro espantoso que aullaba lúgubremente, mostraba unos colmillos agudos y de la boca abierta se le caían hilos de baba. Pero el monje solitario y enloquecido –él mismo nos ha dejado el testimonio- le conocía bien. Bajo aquella forma se ocultaba Satanás. Para ahuyentarlo, su presa tomó en su mano el pesado tintero del que se servía y se lo arrojó. Aún pueden ver los visitantes del castillo de Wartburg la negra mancha que en la pared se hizo. Aquel visitado del demonio se llamaba Martín Lutero.

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Fuente: GONZÁLEZ RUÍZ, N. Dos hombres: el santo y el hereje. San Ignacio. Lutero. Editorial Cervantes, Barcelona, 1953, pp. 5-7.