Carta del Diablo a su sobrino: “no dejes que razone”

Mi querido Orugario:

Tomo nota de lo que dices acerca de orientar las lecturas de tu paciente y de ocuparte de que vea muy a menudo a su amigo materialista, pero ¿no estarás pecando de ingenuo? Parece como si creyeses que los razonamientos son el mejor medio de librarle de las

garras del Enemigo. Si hubiese vivido hace unos (pocos) siglos, es posible que sí: en aquella época, los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamientos. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. Tu hombre se ha acostumbrado, desde que era un muchacho, a tener dentro de su cabeza, bailoteando juntas, una docena de filosofías incompatibles. Ahora no piensa, ante todo, si las doctrinas son «ciertas» o «falsas», sino «académicas» o «prácticas», «superadas» o «actuales», «convencionales» o «implacables». La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado en la labor de mantenerle apartado de la Iglesia. ¡No pierdas el tiempo tratando de hacerle creer que el materialismo es la verdad! Hazle pensar que es poderoso, o sobrio, o valiente; que es la filosofía del futuro. Eso es lo que le importa.

La pega de los razonamientos consiste en que trasladan la lucha al campo propio del Enemigo: también Él puede argumentar, mientras que, en el tipo de propaganda realmente práctica que te sugiero, ha demostrado durante siglos estar muy por debajo de Nuestro Padre de las Profundidades. El mero hecho de razonar despeja la mente del paciente, y, una vez despierta su razón, ¿quién puede prever el resultado? Incluso si una determinada línea de pensamiento se puede retorcer hasta que acabe por favorecernos, te encontrarás con que has estado reforzando en tu paciente la funesta costumbre de ocuparse de cuestiones generales y de dejar de atender exclusivamente al flujo de sus experiencias sensoriales inmediatas. Tu trabajo consiste en fijar su atención en este flujo. Enséñale a llamarlo «vida real», y no le dejes preguntarse qué entiende por «real».

Recuerda que no es, como tú, un espíritu puro. Al no haber sido nunca un ser humano (¡oh, esa abominable ventaja del Enemigo!), no te puedes hacer idea de hasta qué punto son esclavos de lo ordinario. Tuve una vez un paciente, ateo convencido, que solía leer en la Biblioteca del Museo Británico. Un día, mientras estaba leyendo, vi que sus pensamientos empezaban a tomar el mal camino. El Enemigo estuvo a su lado al instante, por supuesto, y antes de saber a ciencia cierta dónde estaba, vi que mi labor de veinte años empezaba a tambalearse. Si llego a perder la cabeza, y empiezo a tratar de defenderme con razonamientos, hubiese estado perdido, pero no fui tan necio. Dirigí mi ataque, inmediatamente, a aquella parte del hombre que había llegado a controlar mejor, y le sugerí que ya era hora de comer. Presumiblemente —¿sabes que nunca se puede oír exactamente lo que les dice?—, el Enemigo contraatacó diciendo que aquello era mucho más importante que la comida; por lo menos, creo que esa debía ser la línea de Su argumentación, porque cuando yo dije: «Exacto: de hecho, demasiado importante como para abordarlo a última hora de la mañana», la cara del paciente se iluminó perceptiblemente, y cuando pude agregar: «Mucho mejor volver después del almuerzo, y estudiarlo a fondo, con la mente despejada», iba ya camino de la puerta. Una vez en la calle, la batalla estaba ganada: le hice ver un vendedor de periódicos que anunciaba la edición del mediodía, y un autobús número 73 que pasaba por allí, y antes de que hubiese llegado al pie de la escalinata, ya le había inculcado la convicción indestructible de que, a pesar de cualquier idea rara que pudiera pasársele por la cabeza a un hombre encerrado a solas con sus libros, una sana dosis de «vida real» (con lo que se refería al autobús y al vendedor de periódicos) era suficiente para demostrar que «ese tipo de cosas» no pueden ser verdad. Sabía que se había salvado por los pelos, y años después solía hablar de «ese confuso sentido de la realidad que es la última protección contra las aberraciones de la mera lógica». Ahora está a salvo, en la casa de Nuestro Padre.

¿Empiezas a coger la idea? Gracias a ciertos procesos que pusimos en marcha en su interior hace siglos, les resulta totalmente imposible creer en lo extraordinario mientras tienen algo conocido a la vista. No dejes de insistir acerca de la normalidad de las cosas. Sobre todo, no intentes utilizar la ciencia (quiero decir, las ciencias de verdad) como defensa contra el Cristianismo, porque, con toda seguridad, le incitarán a pensar en realidades que no puede tocar ni ver. Se han dado casos lamentables entre los físicos modernos. Y si ha de juguetear con las ciencias, que se limite a la economía y la sociología; no le dejes alejarse de la invaluable «vida real». Pero lo mejor es no dejarle leer libros científicos, sino darle la sensación general de que sabe todo, y que todo lo que haya pescado en conversaciones o lecturas es «el resultado de las últimas investigaciones». Acuérdate de que estás ahí para embarullarle; por cómo habláis algunos demonios jóvenes, cualquiera creería que nuestro trabajo consiste en enseñar.

Tu cariñoso tío,

Escrutopo


Soy un retrógrado

Advertencia:

Sepa el lector que lo que sigue es el final de “Claves de Adán Buenosayres“, de “Cuaderno de Navegación”, Leopoldo Marechal, 1975. Para que no se nos acuse después de haber contado un final sin avisar.

Yo soy un “retrógrado”, no en el sentido habitual e insultante de la palabra, sino en la significación “mejorativa” que voy a exponerle. El conocimiento de las leyes cíclicas que gobiernan el desarrollo de “una hu­manidad” me ha hecho saber que, a partir de su origen, esa humanidad inicia un movimien­to “descendente” a través de las cuatro edades del hombre que figuran en toda tradición auténtica. Ese descenso acelerado se traduce por una “oscuridad” creciente, a medida que se aleja el hombre de la luz primordial manifestada en el centro de su origen. Ahora estamos en la última de las edades, la de Hierro, que ya deploró Hesíodo en su época (Los Trabajos y los Días, libro I). Ahora bien, siendo yo “un hombre de hierro”, y tras de realizar, como lo hice, las posibilidades cada vez más oscuras del siglo, mi alma en expe­riencia vino “descartándolas” gradualmente, hasta cruzarse de brazos en la correntada que seguía y sigue descendiendo hacia su fin. Naturalmente, como la inmovilidad es impo­sible a toda criatura forzada por la “condición temporal” y sometida, por ende, al movimien­to, sólo me quedaban dos recursos: o morir (abandonar la corriente del siglo en un gesto suicida), o nadar contra la corriente, vale decir, iniciar un “retroceso” en relación con la marcha del río. Para lograrlo es indispensable oponer una fuerza de “reacción” a la fuerza descendente que nos arrastra, tal como lo están haciendo, en el campo de la física, los productores de cohetes y de aviones a retro­propulsión. Y es que hay “analogía” entre las leyes del mundo físico, del mundo psíquico y del mundo espiritual. En mi Poética (Heptamerón III) adelanté ya ese operativo en los versos que siguen: “El surubí le dijo al camalote: / no me dejo llevar por la inercia del agua. / Yo remonto el furor de la corriente / para encontrar la infancia de mi río.” En tal manejo de fuerzas estoy ahora: soy un retró­grado, pero no un “oscurantista”, ya que voy, precisamente, de la oscuridad hacia la luz.

Un autor hoy desconocido: Maxence Van der Meersch

Maxence Van Der Meersch (1907-1951) es uno de esos escritores que tuvieron la fortuna de ser leídos en varios idiomas, ganar premios como el Goncourt (1936) o el Gran Premio de la Academia Francesa (1943), y hasta ser best-seller.

Hoy encuentro un autor completamente desconocido, que llegó a mis manos al heredar una biblioteca familiar, de esas que se catalogan injustamente como “pasadas de moda”. Informándome de los distintos libros llenos de polvo, un título llamó mi atención de manera especial: Cuerpos y almas (Corps et ames). Así me encontré con este escritor que, después de darle una oportunidad, recomiendo vivamente.

Van Der Meersch es un novelista francés que supo pintar cuadros acerca del mundo industrial de su época y, en ellos, un espejo de la miseria material. Pero en sus largos relatos y densas descripciones termina sacando de ellas una redención absoluta. Sus personajes son cristianos sin serlo muchas veces, pues se las ven con cuestiones morales, a través de las cuales hacen reflexionar al lector, dotados de un sentido común en esas materias. La trama de sus novelas se teje alrededor de historias de la vida cotidiana, en las que el amor se vuelve preponderante. Pero no un amor idealista, idílico, sino con la más cruda realidad del dolor de los sufrimientos aparejados y las renuncias para morir al otro. Y alrededor, penden esos planteos del honor o la fama, del reconocimiento social, o ser uno mismo y aspirar a la verdadera felicidad, con lo que cada elección implica.

En Cuerpos y almas, Michel Doutreval deja de lado el proyecto de vida que su padre tan afanosamente ha preparado para él, para embarcarse en la aventura del amor que no conoce lujos ni facilidades, sino todo lo contrario: comenzando por el significado social que a principios del siglo XX en el ambiente de la medicina francesa tenía enamorarse de una miserable enferma de tuberculosis, escapa así a una vida arreglada, típica de las gentes de clases altas, con matrimonios celebrados de antemano y a la reputación social, para vivir en la incertidumbre y en la providencia, con la única certeza que el amor verdadero puede ofrecerle: el soporte constante de su querida y enfermiza Evelyn.

Su padre representa el escepticismo del profesional que experimenta fríamente sobre la base de diagnósticos precarios, dada la tecnología de la época. Y también la garantía y la confortabilidad de abrirle un camino a su hijo asegurándole su futuro profesional y renombre que promete adquirir con sus investigaciones. Del otro lado, el joven Michel encuentra al doctor Domberlé, quien cambiará paulatinamente su vida con sus reflexiones. La medicina natural no se basa en conceptos negativos, sino en la prevención, que encierra un aspecto positivo:

“—Hay que esperar —decía Domberlé—. Este método, Doutreval, implica en el fondo unos cambios enormes en los conceptos de la medicina clásica. ¡La unidad de la enfermedad! Tenga usted en cuenta cuán lejos están aún los médicos de esta idea. Sin embargo, en su esencia, la enfermedad es una. Con una alimentación industrial, química, sobreconcentrada, con el abuso de la carne, del azúcar puro, del café, de los excitantes, del alcohol, de los medicamentos, de las inyecciones y de los reforzantes, el hombre se destruye a sí mismo corrompiendo su organismo. Y cuando éste trata de purificarse, auguramos un desastre y declaramos: «Estoy enfermo»”.

El doctor Intenta dar a entender sobre la unidad de la enfermedad, que es lo que no se comprende:

“—No comprender que una enfermedad cualquiera, por mínima que sea y aparentemente localizada (un forúnculo, un romadizo y hasta un pólipo o una carie dental), tiene por origen una perturbación del estado general de salud, por lo que el médico no debiera en ningún caso limitar su acción a un tratamiento local o a un medicamento”.

Este sensato y prudente anciano entiende la vida entera a través de la medicina, no solo desde lo físico y biológico, sino desde lo espiritual. Esto es la mencionada unidad de la enfermedad, que enseña al hombre a recordar el valor de la salud:

El sufrimiento es el gran educador del hombre, Doutreval. La medicina clásica ignora hasta qué punto esto es verdad, incluso en el plano fisiológico. Nos ha enseñado a odiar la enfermedad, y, sin embargo, la enfermedad le aclara, previene y purifica. En el aspecto material tiene las mismas causas; ignorancia, excesos, insumisión, que el sufrimiento en el plano moral. Extraño paralelismo, ¿verdad? Al exaltar el papel del sufrimiento, los cristianos no hacen más que trasponer y sublimar una verdad, ignorando hasta qué punto ésta se arraiga en lo más profundo de nuestro ser fisiológico. Si se la comprendiera bien, medicina y religión hacen realidad la más armoniosa de las síntesis, apoyándose la una en la otra en lugar de oponerse naturalmente. El plan preestablecido que conduce al mudo hacia lo Mejor, es uno.

«Y ahora, Doutreval, vamos a ver a nuestros enfermos»”.

Punto y aparte. Pero en el mismo párrafo de este autor, pues seguí con unas novelas más.

En Leed mi corazón, nos encontramos con la historia de Denise, una joven obrera en el París de la primera mitad del siglo XX. Es la segunda parte de una trilogía autobiográfica del autor. No carece de interés porque muestra a la sociedad tal cual era, con sus horrores fruto de la industrialización que provocaba la concentración de las riquezas en pocas manos. La protagonista vive de miseria en miseria, teniendo que trabajar en la fábrica para mantener a su madre enferma y a sus hermanitos. En este punto, describe cada momento en la fábrica, cómo es el trabajo y su medio, los obreros y sus condiciones de vida, las metas y anhelos de cada uno, las artimañas erigidas para subsistir, etc. El escritor nos ha dejado un panorama muy acabado sobre la imagen de la sociedad fabril parisina. Denise debe salir a mendigar, con la vergüenza que siente, esperando algo de los demás. Deja muy claro el sentido de la misericordia:

“¡Si pudiéramos conocer las esperanzas que nacen a veces en el alma del pobre, cuando en medio de sus angustias, viene a llamar a nuestra puerta! En el fondo esperaba un milagro cada vez. Pensaba yo: ¿Quién sabe? Acaso sea buena la señora que venga a abrir… Me escuchará; se conmoverá; acaso me pregunte; acaso se apiade. De momento, no me dará nada, desde luego, pero me pedirá mi dirección e irá a pedir informes. Y entonces verá que no he mentido; que mi madre es pobre; que somos honrados; que no pido más que trabajo… Acaso se ocupe de mí… Es una hermosa casa. Gente rica. Quizá la habiten directores, patronos… ¿Quién sabe…? Puede que tuviesen una fábrica. Podrían encontrarme trabajo… Una ocupación… Ganaría la vida de todos, no tendría que mendigar, dejaríamos el café Baussard, seríamos felices… ¡Qué sueño!

En algunas partes el narrador detiene el relato para reflexionar desde su presente, como habiendo madurado un pensamiento. Agrega: “Hoy, sí me asombro. Hoy se que detrás de nosotros estaba Cristo en el umbral de cada puerta. Y que aquellas gentes también lo sabían, y hacían que saliese la criada a recibir a Cristo”. Y en páginas siguientes precisa el valor del pobre y del sufrido: “Tal vez por esto ha puesto el Cristianismo al pobre tan cerca del santo. Sabe que el pobre merece menos, pero sufre más”.

Denise tiene que sufrir ataques y afrentas todo el tiempo porque su madre le había enseñado que siempre hay algo peor, y que a pesar de la miseria existe la honradez. Y esas cosas llevarán a que no se prostituya, ni busque un matrimonio fácil por el dinero. Pacientemente, sufrirá hasta que su vida se vuelva un caos: con lo justo para pagar el alquiler de la habitación, asistir a la partida de su madre enferma, y las constantes peleas de sus hermanos la harán agotarse.

El autor sigue reflexionando:

Cuando veo hasta qué punto he podido aceptar y sufrir todo aquello por nada; hasta qué punto, ciega, obstinada, salvajemente, a pesar del ambiente de la educación, de la lógica, de la evidencia de la vida, sin fe, sin religión, sin esperanza, pude batirme durante tantos años por el honor, por la única satisfacción interior de aquella potencia incógnita, desconocida, misteriosa, que me ha impulsado desesperadamente hacia lo alto, que me ha mantenido por encima del fango, me veo obligada a creer en Dios. No puedo negar a Dios. Lo he sentido demasiado claramente en mí. Creo en la conciencia, en una gracia, en una voz del deber, en una fuerza del Bien, en una potencia que, cuando se la escucha, nos toma de la mano, nos alumbra, nos infunde energía y nos salva”.

Pero al final del túnel se ve la luz.

La compañera, parte final de la trilogía, de concepto parecido a Cuerpos y almas, ofrece el camino de dicha joven obrera cuyo norte es su amor por Marc, un muchacho letrado y culto que estudia abogacía. Ella descubre en él la belleza que la herirá y le devolverá el sentido a su vida. Frente a todas las desavenencias, será la única causa de su superación, en una sufrida lucha contra sí misma y contra el entorno social que impone modelos plenos de vanidades, sin conocer su mérito y su recompensa. Ese mérito es la pobreza de espíritu y la miseria que se hace constante entrega:

Para vivir y luchar, el cielo me concedió un solo presente: el don de amar. Mi desgracia radicó en ese inexplicable y duro privilegio de entregarme y de sufrir más que otras, que me fue infligido sin que yo sepa por qué. Si no hubiera amado tanto desde la infancia, si en el momento en que encontré a Marc no hubiera estado dotada de aquel largo pasado de abnegación y de ternura mal correspondidas, pero sin desalentarme por ello, habría perdido la única fuerza omnipotente capaz de atraer hacia mí el corazón de otro ser”.

Hasta el final de la novela, ella se hallará sin saber lo que es capaz de ofrecer, y dudando a cada paso de sus capacidades. Hasta el final ignorará cómo el amor transforma y transfigura a los amantes.

“—Ya hace tiempo que he pensado, Denise, en las consecuencias de nuestro encuentro. Antes de conocerte a ti, no vivía. No era más que un egoísta. Llegaste para abrirme los ojos, para ilustrarme sobre un mundo y unos pesares que yo ni siquiera sospechaba. Hiciste que mi pan blanco, mi pan de señorito, se volviera amargo. Despertaste en mí la conciencia, el sentido de la justicia… No puedo creer que esto no sea un bien”.

Los personajes son nobles y reflexivos. Las páginas se hacen largas por sus descripciones, pero introducen al lector en cada detalle, permitiendo una imagen cuasi perfecta de las escenas que dejan impresión certera de lo que el autor quiere transmitir. Solo hay que tener paciencia, algo a lo que no nos tienen acostumbrados las novelas de hoy. Sobre el final es cuando aparecen las más jugosas reflexiones que valen la pena, y se acelera la lectura de modo generoso ante la presencia del desenlace final.

Podemos concluir que la ecuación de Van Der Meersch es miseria y misericordia. Una clave que atraviesa sus pensamientos y su vida hecha carne en tan realistas novelas. Por esto es un autor necesario a la juventud, porque educa al imprimir una cuota de realismo ante tanta literatura pastoril.

Y ante todo, no deja insatisfecho.

Gabriel Vilanova

Leer para alegrarnos y dolernos como es debido

Ya lo señaló Platón, y con él Aristóteles, que placer y dolor son la primera percepción infantil. Alegrarnos y dolernos como es debido es el punto de partida de toda buena educación, en palabras de Platón que “se odie lo que es necesario odiar y se ame lo que hay que amar directamente desde el principio hasta el final”[1]. Placer y dolor se han de seguir o evitar cuando se debe o como se debe, sabiendo que ellos no son un fin en sí mismos sino un medio para hacernos mejores, virtuosos. Educar a nuestros pequeños en esto es preciso para que no sean reticentes al dolor si con ocasión de ello acceden a un bien mayor, o por rechazar un placer se encaminan hacia un mejor ser. Por ejemplo ¿cuántos son los joven a los que nos les gusta estudiar y ven en ello algo poco placentero y hasta doloroso? Saber esforzarse en el estudio, poco a poco, día a día porque reconozco que estudiar me va a hacer mejor implica ya haberse dolido como es debido e ir forjando una virtud. Y exactamente en eso consiste la virtud “hacer lo que es mejor con respecto al placer y el dolor”[2]. Luego la educación de la infancia debe echar los fundamentos del carácter “encantando las almas aún jóvenes y tiernas de los niños, contando todas las cosas hermosas”[3]. Y lo hermoso es un latido de lo eterno, y lo bello un atisbo del misterio de la Belleza.

La formación del alma comienza por la música, y la música abarca también la palabra. Por ende cumple un papel crucial la literatura. Así vemos, por ejemplo, como el divino Platón confía el inicio de la educación a los cuentos y mitos, si bien considera que hay que modificarlos ya que como son presentados están cargados de mentiras. Hay que persuadir, dice, a las madres y a las criadas que cuenten estas historias, y recomienda, y nosotros seguimos sus huellas, que los niños “escuchen los mitos más bellos que se hayan compuesto en vista a la excelencia”[4], a la virtud. De esta forma y debido a su carácter imitativo los chiquillos pueden emular a los grandes héroes para que en la medida de lo posible, en la medida que puede el hombre, aspiren a lo divino.

 

José Gastón

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NOTAS:

[1] PLATÓN. Leyes, II, 653c.

[2] ARISTÓTELES. Ética nicomáquea, II, 3, 1104b.

[3] PLATÓN. Leyes, II, 664b.

[4] PLATÓN. República, II, 379e.

El telón del mundo

 

El ermitaño, que alguna vez había sido un hombre del mundo, le dirige a su amigo Bertram Drake estas palabras:

– ¿Se acuerda de la última vez que nos encontramos en aquel teatro, y que yo le dije que las imágenes del telón me gustaban tanto como las escenas de la obra? Era un paisaje aldeano, me acuerdo, y mostraba un puente; sentí perversamente que me hubiera gustado apoyarme en ese puente o asomarme al interior de las casitas. Luego recordé que desde cualquier otro ángulo que se lo mirara, aquello era sólo un delgado género pintado. Así es como me siento hoy respecto al mundo, mientras lo contemplo desde esta montaña. No es que no sea hermoso, ya que después de todo un telón puede ser hermoso. Ni tampoco irreal pues al fin y al cabo un telón es bien real. Pero sí siento que es delgado, y que las cosas detrás suyo son el verdadero drama. Siento que cuando abandone este lugar el fin habrá llegado para mí. Oiré los tres golpes de bastón como en el teatro francés, y el telón se alzará: yo estaré muerto.

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Chesterton, G. El hombre que sabía demasiado y otros relatos. Editorial Nova, Bs. As., 1946, pp. 334-335. (Este párrafo es parte del relato titulado “La torre de la traición”).