Tradición y equilibrio

“Es cuestión de una pulgada; pero una pulgada es todo cuando se está conservando un equilibrio”.
G.K. Chesterton

Conservar el equilibrio, en cuerpos estáticos y simétricos, es cálculo; conservarlo en el pensar y obrar de los hombres es un osado desafío espiritual y artístico.

Entre los argumentos intuitivos de Chesterton a favor del cristianismo se destaca éste, el equilibrio. Manera singular de aunar dos fuerzas o ideas en apariencia contrapuestas, exaltando todas sin opacar ninguna. Por ejemplo, propugnaba una valentía desgarradora hasta dar la vida pero sin desdeñarla, deseaba la paz mientras armaba caballeros para la guerra, con idéntico ímpetu predicaba sobre la virginidad y la familia. Supo mantener lado a lado, dice Chesterton, “dos insistencias, como si mantuviera dos colores, rojo y blanco; como el blanco y el rojo del escudo de San Jorge. Siempre mantuvo un saludable odio por el rosado”. Así, todo el cuerpo de la Cristiandad –esa “roca inmensa, irregular y romántica”– logró unidad  armónica, se hizo de una sola pieza como la divina túnica de nuestro Salvador (símbolo de la Iglesia, según enseña San Cipriano).

Esta sorprendente cualidad que no puede conquistarse a fuerza de recetas, métodos ni gestiones humanas, pareciera escasear en muchos de los grupos o movimientos que integran nuestra Iglesia. Un sinnúmero de discordias y desacuerdos de católicos suceden a menudo por no saber conjugar verdades, por desconocer aquel arte de unir al dinamismo de la vida dos principios de aparente contradicción. Pienso que esta carencia puede manifestarse de dos modos: mezclando verdades o acentuando una verdad por sobre otra (descontemos de raíz a quienes no tienen siquiera una verdad que mezclar o acentuar). El equilibrio, fruto de la sensatez, es punto medio de estos dos descarríos: de un lado, un amasijo oscuro y desabrido; del otro, un paquetón de buenas verdades sin ligazón.

El primer error es más fácil de descubrir; lo que se mezcla se diluye (lo saben por igual albañiles y enólogos). Lo primario pierde identidad para dar lugar a una verdad descolorida –el rosado, por caso– desprovista de tradición y contenido, de fuerza y vitalidad. Es tanta la dilución que todo parece lo mismo porque no hay contornos ni definiciones claras y, por lo mismo, se pierde el compromiso y la alegría. La fidelidad se torna fanatismo y muere ya la ilusión de levantar pendones por un ideal. No hace falta ejemplificar ni dar nombres de instituciones de esta índole, se encuentran a la vuelta de cualquier esquina del mundo.

La segunda manera de atentar contra una correcta conjugación es la mala acentuación. Una

palabra varía su sentido de acuerdo a la sílaba acentuada. Mutatis mutandi pasa con nuestra Fe, la cual se desvirtúa muchas veces por no acertar con los acentos. En nuestra vida cristiana hay cosas esenciales y accidentales, dogmáticas y opinables, importantes y urgentes, etc. Cada alma humana –o comunidad católica, para seguir la reflexión– tiene un carácter diferente, como distintas las circunstancias, condiciones y destinos a los cuales ha sido llamada. En esta trama tan exquisita y compleja es preciso dar en la tecla para no arruinar la obra de Dios en nosotros. La sensatez es una cuestión de acentos. Aquí los ejemplos abundan porque toda combinación desatinada trae desequilibrio. Quienes anteponen la acción a la contemplación, quienes se aferran al estudio descuidando la oración, quienes defienden la liturgia postergando su vida moral, quienes atienden rigurosos la doctrina relegando el culto. El que no presupone lo natural y el que desconoce lo sobrenatural, los minuciosos de la letra o los intrépidos del espíritu, los que saben y no hacen, los que hacen sin saber, e via dicendo…

Una consecuencia de las tantas acentuaciones erróneas podría ser ésta: desintegrar la vida. Cuando no se acierta en los acentos de un verso –continuando nuestros ejemplos lingüísticos– es imposible lograr ese conjunto armónico e inquebrantable del poema. Las palabras no danzan al unísono y así, desintegradas, malogran la obra de arte. Ocurre parecido en hombres y comunidades cristianas que no logran equilibrio por sutiles desproporciones, por tildar fuera de lugar… aunque sea una pulgada. Por desconocer el fin confunden los medios. Sin un principio interno ordenador todo se desquicia y desvitaliza. Algunos se hacen conservadores de un cuerpo, sí, pero disecado y frío. El cuerpo más bello deviene en cadáver si se desatiende el alma. Falta integrar la vida y eso es considerar todas sus partes y ordenarlas desde dentro conforme a naturaleza. La integridad es signo de buena salud y debe ser condición necesarísima para el apostolado… sin embargo, suele ausentarse en las más entusiastas iniciativas.

Otra forma casi imperceptible de esta segunda manifestación es el falso equilibrio. Son los mentados reduccionismos y simplificaciones que no tanto desvían cuanto empobrecen una vida de Fe. Es un equilibrio a mi medida, donde las verdades están bien acentuadas. El problema es que faltan verdades y faltan acentos. A veces preferimos quedarnos en estas visiones sesgadas de espiritualidad por mera comodidad, por el orgullo de tener una respuesta razonable para todo. Nos aferramos, sin más, por lo que ellas nos dan de certezas, cuando la fe también es inseguridad. Se trata de una tranquilidad e intranquilidad que van juntas, decía Pieper, no obstante estamos bien con la sola tranquilidad. Cualquier riesgo nos parece peligroso y exagerado. Hemos perdido el instinto de aventura y, por evitar el naufragio, anclamos en posturas ridículas, accesorias. Cada cual se aferra a la que mejor le parece o tiene más cerca, desoyendo la Tradición y recreando una fe a su antojo. Se intenta conservar lo anterior porque es mejor que lo nuevo; y así, de acuerdo al molde que quiere conservarse, cada cual es más o menos conservador. Por eso, conservadurismos hay muchos; Tradición, una sola. Y arribar a los umbrales de esta genuina Tradición es el cometido difícil en el que estamos embarcados.

Sin duda el diagnóstico es incompleto y carece de algunas precisiones que hallarán los que más saben. Con todo, no deja de suscitar algunas reflexiones que bien pueden ayudarnos en nuestro itinerario espiritual. Es inevitable que se suscite este interrogante: ¿qué hacer para alcanzar sensatez? ¿Cómo conocer aquellas verdades nutricias, conjugarlas convenientemente y articularlas en cada existencia personal o grupal? La búsqueda humilde de estas respuestas es indicio de buen camino.

Si alguno intuyera que todo esto es también una paradoja, creo que acertaría. Porque dicha paradoja –o quizá feliz solución– consiste en que al equilibrio no hay que buscarlo… se lo encuentra buscando a Dios. Si “todo es cuestión de una pulgada”, mejor dejárselo a Él. Jamás el equilibrio será producto de esmerados análisis sino siempre añadidura divina; “porque Dios da la sabiduría, y de su boca salen el conocimiento y la inteligencia” (Prov II, 6). Y esta Sabiduría debe ser nuestro mayor anhelo y única preferencia, pues “ella abarca fuertemente todas las cosas, de un cabo a otro, y las ordena todas con suavidad” (Sab VIII, 1). Ella es “madre del bello amor, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza” (Ecli XXIV, 24) y “juntamente con ella vienen todos los bienes” (Sab VII, 11). La sabiduría nos dará equilibrio, y sólo la alcanzaremos anhelando e implorando el verdadero conocimiento de Dios. Quien se deja conducir por el Espíritu, no tiene por qué hacer cuentas ni acrobacias.

Dicho esto y llegando al final, agudizando el criterio, podríamos cuestionar la voz “equilibrio”. Y es necesario hacerlo, para no confundir este equilibrio atrevido, sobrenatural y divino, con la estabilidad engañosa de una fe burguesa, desnutrida y pusilánime. Por eso nos queda corta la palabra castellana para aludir a todo lo que quisiéramos. Por lo mismo, quizás, Thibon distinguió el equilibrio de la armonía y optó por esta última, que sugiere más un orden vivo y esa unidad en la multiplicidad a la que nos remite el diccionario. Como fuere, es preciso este matiz para que no se crean equilibrados los “prolijos”, los que rehúyen los extremos. Porque el cristianismo es extremo, porque la entrega de Cristo fue extrema y nos amó hasta el fin. La locura de la Cruz, escándalo y necedad para los equilibristas del mundo, es Sabiduría y Ciencia de Dios.

Para hallar el conocimiento de Dios debemos ir a su Fuente primordial, puntal unitario de una Tradición viva y completa. Las Sagradas Escrituras y los Santos Padres son morada de encuentro íntimo con el Señor. Su Palabra y los mediadores e intérpretes de esa Palabra guardan un tesoro que muchos aún no han desenterrado. Eslabón primario que suele desatenderse e ignorarse en muchos grupos que se dicen tradicionales; motivo y raíz de desequilibrio y de muchas desavenencias. Porque, en última instancia, se trata de acceder al misterio intratrinitario con el alma entera y, para vislumbrar y desear ese botín divino, necesitamos estos hilos dorados de la trama. Sin ellos, se truncará cualquier intento de Tradición fidedigna.

Debemos buscar a Dios con osadía e inteligencia y, para ello, es menester empezar por el principio. Si acordamos en esto, tal vez evitemos unos cuantos dolores de cabeza.

¡Adelante! “Spiritum nolite extinguere” (I Tes, V, 19)

José A. Ferrari

Amoris laetitia

Les dejamos una entrevista donde se analiza brevemente algunos puntos de la Exhortación “Amoris laetitia”. Traducción a cargo del Dr. Carlos Lasa.

Me resulta muy grato compartir esta entrevista del destacado filósofo alemán Robert Spaemann acerca de la exhortación “Amoris laetitia” del Papa Francisco.

El profesor Spaemann, 89 años, coetáneo y amigo de Joseph Ratzinger, es profesor emérito de filosofía en la Ludwig-Maximilians-Universität de Mónaco de Baviera. Es uno de los mayores filósofos y teólogos católicos alemanes. Vive en Stoccarda. Su último libro en Italia es “Dio e il mondo. Un’autobiografia in forma di dialogo”, editado por Cantagalli en 2014.
Esto que sigue es la traducción de la entrevista sobre la “Amoris laetitia” que ha dado en exclusivo el 28 de abril a la edición alemana de Catholic News Agency:
(Ein Bruch mit der Lehrtradition” – Robert Spaemann über “Amoris lætitia).

D. – Profesor Spaemann, Ud. ha seguido, con su filosofía, los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Hoy, muchos fieles se preguntan si la exhortación postsinodal “Amoris lætitia” del papa Francisco puede ser leída en continuidad con la enseñanza de la Iglesia y de estos papas.
R. – Para la mayor parte del texto eso es posible, aunque su lineamiento deja espacio a conclusiones que no pueden resultar compatibles con la enseñanza de la Iglesia. Para el caso, el artículo 305, junto con la nota 351, en el cual se afirma que los fieles “dentro de una situación objetiva de pecado” pueden ser admitidos a los sacramentos “a causa de factores atenuantes”, contradice directamente el artículo 84 de la “Familiaris consortio” de Juan Pablo II.
D. – ¿Qué había en el corazón de Juan Pablo II?
R. – Juan Pablo II declara a la sexualidad humana como “símbolo real de la donación de toda la persona” y, más precisamente, “una unión no temporal o experimental”. En el artículo 84 afirma, por lo tanto, con toda claridad, que los divorciados vueltos a casar, si desean acceder a la comunión, deben renunciar a los actos sexuales. Un cambio en la praxis de la administración de los sacramentos no sería, en consecuencia, “un desarrollo” de la “Familiaris consortio”, como considera el cardenal Kasper, sino una ruptura con su enseñanza esencial, en el plano antropológico y teológico, respecto del matrimonio y la sexualidad humana.
La Iglesia no tiene el poder, sin que exista una conversión antecedente, de evaluar de modo positivo las relaciones sexuales mediante la administración de los sacramentos, disponiendo anticipadamente de la misericordia de Dios. Y esto permanece como verdadero prescindiendo de cuál sea el juicio sobre estas situaciones, tanto sobre el plano moral como en el humano. En este caso, como para el sacerdocio femenino, la puerta está cerrada.
D. – ¿No se podría objetar que, si bien las consideraciones antropológicas y teológicas por Ud. citadas sean, tal vez, verdaderas, no pueden limitar la misericordia de Dios la cual se relaciona con la situación concreta de cada persona singular?
R. – La misericordia de Dios mira el corazón de la fe cristiana en la encarnación y en la redención. Ciertamente que la mirada de Dios comprende a cada persona singular en su situación concreta. Él conoce a cada persona singular mejor de lo que ella misma se conoce. La vida cristiana, sin embargo, no es una preparación pedagógica dentro de la cual uno se encamina hacia el matrimonio como hacia un ideal, tal como aparece presentada en muchos pasajes de la “Amoris lætitia”. El entero ámbito de las relaciones, particularmente aquellas de carácter sexual, tiene que ver con la dignidad de la persona humana, con su personalidad y libertad. Tiene que ver con el cuerpo como “templo de Dios” (1 Cor 6, 19). Toda violación en este ámbito, aun cuando se haya convertido en frecuente, es una violación de la relación con Dios, a la cual los cristianos están llamados; es un pecado contra su santidad, y tiene siempre y continuamente, necesidad de purificación y conversión. La misericordia de Dios reside, propiamente, en el hecho de que esta conversión ha sido hecha, se prolonga y es, nuevamente, posible. Ella, ciertamente, no está ligada a determinados límites, pero la Iglesia, por su parte, está obligada a predicar la conversión y no tiene el poder de superar los límites existentes mediante la administración de los sacramentos, ejerciendo, de este modo, violencia a la misericordia de Dios. Esto equivaldría a una orgullosa arrogancia.
Por lo tanto, los clérigos que se atienen al orden existente no condenan a ninguno, sino que tienen en consideración y anuncian este límite hacia la santidad de Dios. Es un anuncio saludable. Acusarlos injustamente, por esto, de “esconderse detrás de las enseñanzas de la Iglesia” y de “sentarse sobre la cátedra de Moisés… para arrojar piedras contra la vida de las personas” (art. 305) es algo que no quiero ni comentar. Se advierte, sólo incidentalmente, que aquí se hace uso, jugando sobre un malentendido intencional, del pasaje evangélico citado. Jesús dice, en efecto, que los fariseos y los escribas se sientan sobre la cátedra de Moisés, pero subraya de modo expreso que los discípulos deben practicar y observar todo aquello que ellos dicen, si bien no deben vivir como ellos (Mt 23, 2).
D. – El Papa quiere que no nos concentremos sobre frases singulares de su exhortación, sino que se tenga en cuenta la obra en su totalidad.
R. – Desde mi punto de vista, concentrarse sobre los pasajes citados está plenamente justificado. Delante de un escrito del magisterio papal no puede esperarse que la gente se alegre por un bello texto y permanezca impasible frente a frases decisivas que cambian de modo sustancial la enseñanza de la Iglesia. En ese caso sólo existe una clara decisión entre el sí y el no. Dar o no dar la comunión: no existe una vía media.
D. – El Papa Francisco, en su escrito, repite que ninguno puede ser condenado para siempre.
R. – Me resulta difícil entender qué cosa quiere decir. Que a la Iglesia no le sea lícito condenar personalmente a ninguno, y mucho menos eternamente –cosa que, gracias a Dios, ni siquiera puede hacer– es algo claro. Pero, si se trata de relaciones sexuales que contradicen objetivamente el ordenamiento de la vida cristiana, entonces querría verdaderamente saber por boca del mismo Papa cuándo y en qué circunstancias una conducta objetivamente pecaminosa se transforma en una conducta agradable a Dios.
D. – Entonces, ¿se trata de una ruptura con la tradición de la enseñanza de la Iglesia?
R. – Que se trata de una ruptura resulta evidente para cualquier persona que, siendo capaz de pensar, lea los textos en cuestión.
D. – ¿Cómo se ha podido llegar a esta ruptura?
R. – Que Francisco se ponga a una distancia crítica respecto de su predecesor Juan Pablo II ya se había advertido cuando lo había canonizado junto a Juan XXIII, en el momento en el cual consideró superfluo el segundo milagro que, contrariamente, es canónicamente exigido. Muchos, con razón, han percibido a esta elección como manipuladora. Parecía que el Papa quisiese relativizar la importancia de Juan Pablo II.
El verdadero problema, sin embargo, es el de una influyente corriente de teología moral, ya presente entres los jesuitas en el siglo XVII, que sostiene una mera ética situacional. Las citas de Tomás de Aquino consignadas por el Papa en la “Amoris lætitia” parecen sostener esta dirección de pensamiento. Aquí, sin embargo, se descuida el hecho de que Tomás de Aquino conoce actos objetivamente pecaminosos, para los cuales no admite excepción alguna ligada a las situaciones. Entre estos, también entran las conductas sexuales desordenadas. Como ya había hecho en los años cincuenta con el jesuita Karl Rahner, en una intervención que ya contiene todos los argumentos esenciales, válidos todavía hoy, Juan Pablo II ha acusado a la ética de la situación y la ha condenado en su encíclica “Veritatis splendor”.”Amoris laetitia” rompe también con este documento magistral. Al respecto, no debe olvidarse que fue Juan Pablo II quien introdujo como tema de su propio pontificado la misericordia divina, dedicándole su segunda encíclica y dando a conocer, en Cracovia, el diario de la hermana Faustina y canonizándola de modo inmediato. Él es su auténtico intérprete.
D. – ¿Qué consecuencias advierte para la Iglesia?
R. – Las consecuencias se pueden ver ya mismo. Crecen la incertidumbre, la inseguridad y la confusión: desde las conferencias episcopales hasta el último párroco que vive en la jungla. Hace pocos días un sacerdote del Congo me expresó toda su desconformidad frente a este texto y frente a la ausencia de indicaciones claras. De acuerdo a los pasajes correspondientes de “Amoris laetitia”, ante la presencia de “circunstancias atenuantes” no definidas, pueden ser admitidos a la absolución de los otros pecados y a la comunión no sólo los divorciados vueltos a casar sino todos aquellos que viven en cualquier “situación irregular”, sin que deban esforzarse en abandonar su conducta sexual y, por lo tanto, sin verdadera confesión y sin conversión.
Todo sacerdote que se atenga al orden sacramental vigente hasta el momento, podría sufrir formas mobbing (trato hostil o vejatorio al que es sometida una persona, que le provoca problemas psicológicos) por parte de los propios fieles y ser puesto bajo presión por el propio Obispo. Roma puede imponer, ahora, la directiva por medio de la cual sólo serán nombrados obispos “misericordiosos” que estén dispuestos a ser condescendientes con el orden existente. El caos ha sido erigido como principio con un trazo de pluma. El Papa debería hacer sabido que un paso semejante quiebra a la Iglesia y la conduce hacia un cisma. Este cisma no tendría lugar en la periferia sino en el corazón mismo de la Iglesia. Que Dios nos libre de esto. Una cosa, sin embargo, me parece segura: aquello que parecía ser la aspiración de este pontificado –que la Iglesia superase la propia auto-referencialidad para dirigirse, con un corazón libre, al encuentro de las personas– con este documento papal ha sido aniquilado por un tiempo imprevisible. Lo que puede esperarse es un empuje secularizador y un ulterior descenso del número de los sacerdotes en amplias partes del mundo. Se puede verificar fácilmente, desde hace un tiempo, que los obispos y las diócesis con una posición no equívoca en materia de fe y de moral tienen el mayor número de vocaciones sacerdotales. Aquí se debe tener en cuenta aquello que escribe San Pablo en la Carta a los Corintios: “Si la trompeta emite un sonido confuso, ¿quién se preparará para la batalla?” (1 Cor 14, 8).
D. – Entonces, ¿qué sucederá?
R. – Cada cardenal, pero también cada obispo y sacerdote está llamado a defender, en su propio ámbito de competencia, el ordenamiento sacramental católico y a profesarlo públicamente. Si el Papa no está dispuesto a introducir correcciones, le corresponderá al pontificado siguiente volver a poner las cosas en su justo lugar.

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Tomado del Blog Settimo Cielo de Sandro Magister

Nosotros lo tomamos del facebook del Dr. Lasa

Los diez pecados contra la Música Sagrada

Gregoriano

Toda la vida sobrenatural nos viene de Cristo; Cristo ha confiado su función santificadora a la Jerarquía de la Iglesia y ésta la ejerce por la Santa Liturgia. La Liturgia es, pues, “un ejercicio”, “una vida”, “un sacerdocio”; “es el ejercicio vital del Sacerdocio de Jesucristo”.

Se comprende así muy bien, la exhortación: “Procúrese, especialmente, que el pueblo adquiera la costumbre de usar el ‘canto gregoriano’ –en primer lugar y como propio de la Iglesia- y el ‘canto popular religioso’; para que los fieles tomen parte activa y eficaz en la Asamblea Litúrgica”.

La Música Sagrada es aquella que, creada para la celebración del culto divino, posee las cualidades de “santidad” y de “perfección de formas” (Instr. del “Concilium”, marzo 5, 1967, nº 4, a).

Debe ser “santa” y excluir todo lo profano y tener “arte verdadero”. Por eso “la Música Sacra será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya enriqueciendo de mayor solemnidad los ritos sagrados” (Sacrosanctum Concilium, nº 112).

A continuación dejamos un decálogo que el P. Lombardi  que titula:

“Los diez pecados contra la Música Sagrada”.

1º No leer y estudiar en profundidad los Documentos Pontificios que se refieren a la Música Sagrada.

2º Ignorar total o parcialmente cuanto se refiere al “Arte Musical”, en su Teoría, Historia y Estética.

3º No aceptar distinción entre Música Sagrada y Música Profana, en sus diversos Géneros: Música Sagrada o Litúrgica, Música Religiosa, Música Culta y Música Popular.

4º No aceptar distinción entre instrumentos “aptos” para la Acción Litúrgica, en particular la Santa Misa, e instrumentos “no aptos” y más bien de uso “profano”.

5º No aceptar que la Iglesia tiene derecho a señalar, en orden de preferencia los “instrumentos aptos” para acompañar el Canto y la Acción Sagrada: 1ro. el “órgano y armonio” y en 2do. lugar otros “instrumentos aptos” descartando aquellos de uso “preferentemente profano” como son: baterías, piano, acordeón, bandoneón y guitarra.

6º Introducir en la Acción Litúrgica “melodías y cantos” con letras ambiguas y meramente sentimentales, con ritmos señaladamente danzantes.

7º No diferenciar el Templo, “Casa de Dios y de Oración”, de una sala cualquiera, y admitiendo en el mismo “Recitales de Música Profana”[1].

8º Querer a toda costa olvidar y apartar en todo momento de la Acción Sagrada, sobre todo de la Santa Misa, el Canto Gregoriano, la Lengua Latina y el Canto Polifónico de la Schola Cantorum, argumentando la ausencia de la Asamblea de los fieles del Rito Sagrado e ignorando las recomendaciones, repetidas veces formuladas, por los últimos Sumos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II[2].

9º No aceptar la tradición secular que en materia de Música Sagrada, en sus diversos géneros, incluyendo el uso de la Lengua Latina, ha señalado la Santa Iglesia Romana, desde el Concilio de Trento, en sus memorables documentos; en el Derecho Canónico; en Bulas y Cartas Pontificias; en el Concilio Plenario Americano; en el Primer Congreso de Música Sagrada de Buenos Aires (abril de 1904); en los Documentos Pontificios de Pío X, Pío XI, Pío XII y en los últimos tiempos, en lo Documentos del Concilio Vaticano II y de los Papas Pablo VI y Juan Pablo II.

10º No aceptar que la Iglesia tiene derecho a señalar en orden de preferencia los Géneros de Música Sagrada que son: 1ro. el Canto Gregoriano; 2do. el Canto Polifónico; y, en último lugar, el Canto Religioso Popular.

 

Fuente: LOMBARDI, Pbro. Enrique. La música sagrada. Ediciones del Cruzamante, Bs. As., 1984, p. 81-82. (El resaltado es del autor).

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 Notas:

[1] Esto es lo que hoy, lamentablemente, sucede en la Basílica de Luján, Bs. As., Argentina. (Nota Nuestra)

[2] Debemos agregar nosotros a Benedicto XVI.

El canto litúrgico

monjes-cantando
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  1. Fin de la música sagrada.

“Como parte integrante de la Liturgia solemne que es -escribe San Pío X[1]– la música sagrada tiende al mismo fin que aquélla, o sea, a la gloria de Dios y a la santificación y edificación de los fieles”.

“La música -continúa el mismo- contribuye a aumentar el decoro y esplendor de las solemnidades religiosas; y así como su principal oficio consiste en revestir de adecuadas melodías el texto litúrgico que se propone a la consideración de los fieles, de igual manera su propio fin consiste en añadir más eficacia al texto mismo, para que por tal medio se excite más la devoción de los fieles y se preparen mejor a recibir los frutos dé la gracia, propios de la celebración de los sagrados misterios.”

  1. Sus cualidades.

Para cumplir fielmente con su fin, la música sagrada debe poseer en grado eminente las cualidades propias de la Liturgia, y por consiguiente, la santidad, la bondad de las formas y la universalidad.

“Debe, pues, ser santa, y por lo tanto excluir todo lo profano. Debe tener arte verdadero, porque no es posible de otro modo que tenga sobre el ánimo de quien la oye aquella virtud que se propone la Iglesia al admitir en su Liturgia el arte de los sonidos. Y a la vez debe ser universal, en el sentido de que, aun concediéndole a toda nación que admita en sus composiciones religiosas aquellas formas particulares que constituyen el carácter específico de su propia música, éste debe estar de tal modo subordinado a los caracteres generales de la música sagrada, que ningún fiel procedente de otra nación experimente al oírla impresión que no sea buena.”

  1. Tres géneros de música sagrada.

El citado Motu proprio distingue tres géneros de música sagrada: el Canto Gregoriano, la Polifonía Clásica, y la Música Moderna.

Da la preferencia para los Oficios Litúrgicos al Canto Gregoriano, al que califica de “supremo modelo de toda música sagrada”, por poseer en grado sumo las cualidades susodichas de santidad, bondad de las formas y universalidad.

Cede el segundo lugar a la polifonía clásica, especialmente a la de la escuela romana, que en el siglo XVI llegó a la meta de la perfección en las obras de Pedro Luis de Palestrina, y que después siguió produciendo composiciones de excelente bondad musical y litúrgica. Esta polifonía clásica se acerca bastante al canto gregoriano y por esta razón mereció ser admitido, junto con ese canto, en las funciones más solemnes de la Iglesia, como son las que se celebran en la Capilla Pontificia. Es, pues, deseo de la Iglesia que se haga de ella frecuente uso en las solemnidades religiosas, especialmente en las basílicas más insignes, en las catedrales y en los seminarios e institutos eclesiásticos, donde existen los elementos necesarios para su digna interpretación.

La Iglesia ha reconocido y fomentado en todo tiempo los progresos de las artes, admitiendo en el servicio del culto cuanto en el curso de los siglos el genio ha sabido hallar de bueno y bello, salva siempre la ley litúrgica; por consiguiente, admite también en el templo la música moderna, puesto que cuenta con composiciones de tal bondad, seriedad y gravedad, que de ningún modo son indignas de las solemnidades religiosas. Ha de cuidarse, empero, con gran diligencia que dichas composiciones musicales de estilo moderno no contengan nada profano ni ofrezcan reminiscencias de motivos teatrales.

  1. El canto gregoriano.

“El canto gregoriano -dice el citado documento de Pío X- es el canto propio de la Iglesia romana, el único que la Iglesia heredó de los antiguos Padres, el que ha custodiado celosamente durante el curso de los siglos en sus códices litúrgicos, el que en algunas partes de la Liturgia prescribe exclusivamente, el que propone a los fieles directamente como suyo, y recentísimos estudios han restablecido felizmente en su pureza e integridad.”

Entiéndese comúnmente por canto gregoriano un género de música a una sola voz, de tonalidad diatónica en general y ritmo libre. Nacido dentro del seno mismo de la Iglesia, fue creciendo y desarrollándose a su lado, primero en las Catacumbas, y luego bajo las bóvedas de las basílicas romanas y demás templos del mundo cristiano. Su repertorio fue obra de muchos años y de muchos artistas, hasta que, en el siglo VI, llegó por fin San Gregorio Magno a codificar y disponer todas sus piezas, conforme al orden poco antes establecido por él mismo en las misas y demás oficios litúrgicos del año. Además, este mismo Pontífice enriqueció con gran número de composiciones suyas el catálogo de las melodías existentes en su tiempo, y dio a estas últimas la forma definitiva que hoy tienen, por lo cual mereció se conocieran todas ellas de allí en adelante con el calificativo de gregorianas[2].

Desde 1903, en que se promulgó el tantas veces citado Motu proprio de San Pío X, el texto oficial del canto gregoriano se halla únicamente en la edición oficial Vaticana, preparada con toda diligencia por los benedictinos de la Congregación de Solesmes.

  1. Elogios del canto gregoriano.

A la declaración. oficial de la Iglesia de ser el canto gregoriano, el canto litúrgico por antonomasia, el canto propio suyo, el único que heredó de los antiguos Padres, etc., que constituye el más alto de los elogios; podríamos añadir un sinnúmero de alabanzas, salidas de labios de santos y de músicos de la mayor autoridad. Recogeremos, a título de curiosidad, algunos de los elogios más divulgados.

Empezaremos por el ya clásico de San Agustín, quien, hablando con el Señor en sus Confesiones, exclamaba enternecido: “¡Oh, cuánto lloré conmovido con los suavísimos himnos y cánticos de tu Iglesia! ¡Vivísimamente se me entraban aquellas voces por los oídos, y por medio de ellas penetraban a la mente tus verdades. El corazón se encendía en afectos, y los ojos se deshacían en lágrimas!”

San Bernardo, aludiendo a él, escribía: “No hay hombre de mundo; por duro que sea su corazón, que al oír una bella salmodia no sienta como un despertar de su amor hacia las cosas de Dios. Personas ha habido a quienes el canto de los salmos, oído por simple curiosidad, ha hecho derramar lágrimas de arrepentimiento y de conversión.”

Y en efecto, por no citar sino un casó entre mil: Presentándose cierto día a San Carlos Borromeo, un moro de mucho prestigio en demanda del Bautismo, preguntóle el Santo:“¿Y quién os ha movido a abandonar la religión de Mahoma y abrazar la de Jesucristo?” A lo que respondió “Habiendo entrado por casualidad en una iglesia de benedictinos en Ragusa, de tal modo me impresionaron las melodías del órgano y la belleza del canto, que pensé para mí: Es imposible sea falsa una religión que alaba a Dios en forma tan admirable y con unas melodías tan suaves, y salí cambiado”.

Mozart, el célebre compositor, decía: “De buena gana daría toda mi gloria por haber tenido la honra de componer el Prefacio de la Misa.”

“No conozco dice Gounod- obra alguna de ningún genio que pueda compararse con la terrible majestad de ésos cantos sublimes, que diariamente escuchamos en nuestros templos, en los oficios de difuntos: Dies iare, De profundis. Imposible llegar a tanta altura y a tanto poder de expresión y de impresión.

El protestante Thibaut llamaba a las-melodías gregorianas “cantos de todo punto celestiales”. Y el judío Halevy se preguntaba extrañado: “¿Cómo es posible que los sacerdotes católicos, teniendo en el canto gregoriano las más hermosas melodías de la tierra, admitan en sus iglesias las mezquindades de nuestra música moderna? Yo, por mi parte, trocaría todas mis obras dramáticas por sólo algunas de sus melodías religiosas.”

“Una ventaja grande -escribe el P. Feijóo- tiene este canto llano, ejecutado con la debida pausa, para el uso de la Iglesia, y es que, siendo por su gravedad incapaz de mover los efectos que se sugieren en el teatro, es aptísimo para inducir los que son propios del templo. ¿Quién, en la majestad sonora del himno Vexilla Regis, en la gravedad festiva del Pange lingua, en la ternura luctuosa del Invitatorio de Difuntos no se siente conmovido, ya a veneración, ya a devoción, ya a lástima? Todos los días se oyen estos cantos, y siempre agradan; al paso que muchas de las composiciones modernas, en repitiéndose cuatro o cinco veces, fastidian.”

Pero el elogio que vale por todos y que la experiencia de cada día acredita ser verdaderísimo, es aquél tan repetido hasta por los menos entendidos, de que el Canto Gregoriano es el canto más popular, el que mejor ayuda a rezar, el que infunde en el alma la verdadera paz y serenidad, el más dulce y candoroso, el más santo, el que mejor expresa el entusiasmo religiosa de las generaciones pasadas, el eco más fiel de los antiguos coros de catedrales y monasterios, la lengua musical de nuestra Fe.

  1. Deseos de la Iglesia.

Los Papas Pío X y Pío XI. Siendo, pues, el canto gregoriano, propio de la Iglesia, el único género de música inherente a la Liturgia romana y que forma parte integrante y así como cuerpo con ella, el único que tiene en ella una como personalidad jurídica; parece muy natural que la Iglesia desee, y aun ordene, que se restablezca ampliamente en las solemnidades del culto; que se le estudie en los seminarios e institutos eclesiásticos, y aun en los colegios católicos; que se funde por lo menos en las Iglesias principales, “Scholas” de cantores, y que hasta en las pequeñas capillas y en las parroquias rurales se procure que el pueblo vuelva a adquirir la costumbre de cantarlo como solía hacerlo antiguamente.

Estos deseos y casi órdenes terminantes formulados por Pío X, fueron de nuevo reiterados por Pío XI[3], de quien son las siguientes disposiciones:

 Que todos los que, en los seminarios y casas de religiosos, deseen prepararse para el sacerdocio, deben empaparse, desde la primera edad, en el canto gregoriano y en la música sagrada.

 Que en los seminarios y demás casas de estudios eclesiásticos debe haber breves pero frecuentes y casi diarias lecciones o ejercicios de canto gregoriano y música sagrada.

 Que en las catedrales y templos mayores y aun en las parroquias y capillas menores deben fundarse “Coros de niños” para canto gregoriano.

 Que, para que el pueblo vuelva a tomar parte activa en el culto litúrgico, debe, devolvérsele el uso del canto gregoriano, en lo que a él le corresponde, a fin de que alternen sus voces con las de los sacerdotes y cantores.

 Que las autoridades eclesiásticas fomenten la instrucción litúrgico-musical del pueblo, haciendo que se enseñen en las escuelas, cofradías y demás asociaciones los cantos litúrgicos; debiendo las comunidades de religiosas, de hermanas y de mujeres piadosas prestarse con alegría a conseguirlo en sus respectivos institutos de educación y de enseñanza.

  1. Dos reglas de oro.

Para que, acerca del uso del canto gregoriano en las solemnidades del culto, sepan los buenos católicos a qué atenerse, ante ciertas hostilidades contra el mismo por parte hasta de algunas eclesiásticos, estamparemos aquí, como corolario de todo lo dicho, la siguiente regla de oro consignada en el citado documento de Pío X:

Así pues, el antiguo canto gregoriano tradicional deberá restablecerse ampliamente en las solemnidades del culto, teniéndose por bien sabido que ninguna función religiosa perderá nada de su solemnidad, aunque no se cante en ella otra música que la gregoriana.”

Y los compositores sepan, por su parte, que “el canto gregoriano fue siempre tenido como acabado modelo de música religiosa” y den por establecida en la Iglesia esta ley general, que es otra regla de oro:

“que una composición destinada a la Iglesia, será más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo, cuanto diste más de este soberano modelo” (San Pío X).

La encíclica de Pío XII ratifica y confirma todo lo establecido acerca de la música sagrada, y especialmente del empleo del canto gregoriano, por sus antecesores Pío X y Pío XI, insistiendo en que las voces del pueblo deben alternar con la del sacerdote y del coro, para que la Iglesia Militante una sus acentos a los cantos de la Triunfante (…).

  1. La música y el canto modernos.

El Papa Pío XII, después de poner en su lugar de preferencia para el culto litúrgico al canto gregoriano y a la música polifónica clásica, al igual que sus predecesores, escribe:

Esto no quiere decir que la música y el canto modernos hayan de ser excluidos en absoluto del culto católico. Más aún, si no tienen ningún sabor profano, ni desdicen de la santidad del lugar o de la acción sagrada, ni nacen de un prurito vacío de buscar algo raro y maravilloso, débeseles incluso abrir las puertas de nuestros templos, ya que pueden contribuir no poco a la esplendidez de los actos litúrgicos, a elevar más en alto los corazones y a nutrir una sincera devoción”[4].

  1. El canto religioso popular.

En todos los documentos pontificios anteriores a la encíclica de Pío XII hácese referencia tan sólo a los tres géneros consabidos de música religiosa, a saber: al canto gregoriano, a la música polifónica clásica y a la moderna o contemporánea; mas el Papa Pío XII añade otro cuarto, que es el canto religioso popular, que exhorta fomentar y ejecutar con exactitud y con la conveniente dignidad, como medio de estimular y acrecentar la fe y la piedad del pueblo cristiano. Y añade:

“ascienda al cielo el canto unísono y potente de nuestro pueblo como el fragor de las olas del mar, y sea expresión armoniosa y vibrante de un solo corazón y de una sola alma, como conviene a hermanos e hijos de un mismo Padre”.

Si no nos equivocamos, es ésta la primera vez que se trata del canto religioso popular en un documento oficial. Es el canto que acompaña a los actos de devoción de los cristianos, a las procesiones y manifestaciones piadosas, que efectos tan sorprendentes produce a veces en las muchedumbres. En adelante, por lo mismo, deberá tenerse mucho mayor cuidado en la elección tanto de la música como de la letra de estos cantos, los cuales a menudo son los únicos que en muchas partes oyen muchos cristianos, y aun personas ajenas a nuestra religión, y juzgan por ellos de la dignidad y cultura del pueblo fiel.

  1. El uso de instrumentos músicos[5]

Aun cuando la música eclesiástica es exclusivamente vocal, permítese en ella el uso del órgano y, en algún caso particular y con la debida licencia del Ordinario, también el de otros instrumentos (Motu proprio de Pío X, n9 15).

Estos otros instrumentos que pueden usarse, además del órgano, con previa y expresa licencia del Ordinario, son: violines, violas, violoncelos, contrabajos, flautas, clarinetes, fagots y bandas de música con personal selecto y número de instrumentos proporcionados al local (Id., íd., números 20 y 21).

En cambio, son instrumentos prohibidos para siempre y por doquier, y no pueden ser permitidos: el piano, todos los instrumentos fragorosos: tambor, chinesco, panderetas, platillos, etcétera, y todos los ligeros: arpa, guitarra, bandurria, mandolina, acordeón, etcétera (íd., íd., n9 11), sin exceptuar el gramófono y el fonógrafo (Decr. 11 febrero de 1920, n9 4.272).

  1. El uso del órgano y del armonio.

El órgano, y en su defecto el armonio, es el instrumento oficial de la música litúrgica, y su misión es: acompañar la música sagrada, suplir el canto de algunas piezas, y llenar los silencios.

Las prescripciones de la Iglesia acerca del uso del órgano o del armonio pueden reducirse a estas tres reglas:

 Se prohíbe en la misa del Jueves Santo, una vez terminado el “Gloria”; en todos los oficios litúrgicos del Triduo de Semana Santa, hasta el “Gloria” de la misa del Sábado; en el Oficio y Exequias de Difuntos.

 Se permite, pero sólo como mero acompañante del canto: en los domingos y ferias de Advientos y Cuaresma y en todas las misas de Réquiem.

 Tiene libre uso en todos los demás días del año, y en los domingos “Gaudete” y “Laetare” de medio Adviento y media Cuaresma.

  1. En las misas rezadas.

Como la misa debe ser lo que realmente es y no un concierto sacro o cosa parecida, se ha de dejar tranquilidad y silencio a los fieles para que puedan seguirla en unión con el celebrante, y, por lo tanto, sólo es lícito cantar o tocar el órgano o armonio en los momentos en que dicho celebrante recita los textos secretamente o guarda completo silencio, es a saber: antes de empezar la misa, mientras prepara el cáliz en el altar y registra el misal; desde el Ofertorio hasta el comienzo del Prefacio; desde el “Sanctus” hasta el “Paternoster”; y desde el “Agnus Dei” hasta la Comunión, cesando al “Confíteor” si hubiere comunión de los fieles.

Observando esta regla dáse bien a entender que la misa no es tan sólo cuestión del celebrante, sino de todo el pueblo, el cual debe procurar no perder de vista ni de oído al que, en su nombre, actúa en el altar.

El organista, por lo mismo, no debe “armonizar” toda la misa, sino tan sólo las partes permitidas, para no sofocarla, ni sofocar a los asistentes, con su música. Y esto es sobre todo aplicable a todas las Misas de Difuntos, en las que están prohibidos todos los instrumentos, excepto para acompañar el canto.

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Fuente: AZCÁRATE, R.P. Andrés. “La flor de la Liturgia”.6º ed., Bs. As., 1952, pp. 153-165.

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NOTAS:

[1] Motu Proprio del 22 de Noviembre de 1903.

[2] Cf. P. Casiano Rojo. Método de Canto Gregoriano.

[3] Constitución Apostólica Divini cultus del 20 de diciembre de 1928.

[4] Enc. Mediator Dei, 41 parte, II. 5 Id., id.

[5] Véase Revista Litúrgica Argentina, año 1938, n° 26, p. 178