También nosotros…

“La fecha me invita a hablaros, como todos los años, de la solemnidad del día de hoy, conocida en todo el mundo; de lo que tiene de festivo para nosotros, y de lo que conmemoramos en esta celebración anual. Epifanía es un término griego que podemos traducir por «manifestación». Se nos dice que en este día adoraron al Señor los magos, advertidos por la aparición de una estrella que iba delante guiándoles. En el mismo día en que él nació vieron la estrella en oriente, y reconocieron quién era aquel cuyo nacimiento se les había indicado. Desde aquel preciso día hasta el de hoy estuvieron en camino, aterrorizaron al rey con su proclama y se encontraron con los judíos, quienes, con la Escritura profética en la mano, les respondieron que Belén era la ciudad en que había de nacer el Señor.

Teniendo la misma estrella por guía, llegaron luego hasta el mismo Señor, y, cuando les fue mostrado, lo adoraron, le ofrecieron oro, incienso y mirra, y regresaron por otro camino. En el mismo día de su nacimiento se manifestó a unos pastores advertidos por los ángeles, y en el mismo día, lejos, en el oriente, recibieron el anuncio los magos mediante una estrella; pero solamente en esta fecha fue adorado por ellos. Toda la Iglesia de la gentilidad ha aceptado celebrar con la máxima devoción este día, pues ¿qué otra cosa fueron aquellos magos, sino las primicias de los gentiles? Los pastores eran israelitas; los magos, gentiles; aquéllos vinieron de cerca; éstos, de lejos; pero unos y otros coincidieron en la piedra angular. Dice el Apóstol: Cuando vino, nos anunció la paz a nosotros, que estábamos lejos, y a los que estaban cerca. Él es, en efecto, nuestra paz, quien hizo de ambos pueblos uno solo, y constituyó en sí a los dos en un solo hombre nuevo, estableciendo la paz, y transformó a los dos en un solo cuerpo para Dios, dando muerte en sí mismo a las enemistades (Ef 2,11-22).

(…) Habiendo venido a destruir en todo el orbe, con la espada espiritual, el reino del diablo, Cristo, siendo aún niño, arrebató estos primeros despojos a la dominación de la idolatría. Apartó de la peste de tal superstición a los magos que se habían puesto en movimiento para adorarle, y, sin poder hablar todavía en la tierra con la lengua, habló desde el cielo mediante la estrella, y mostró no con la voz de la carne, sino con el poder de la Palabra, quién era, de dónde y por quiénes había venido. Esta Palabra que en el principio era Dios junto a Dios, hecha ya carne para habitar en medio de nosotros, había venido hasta nosotros y permanecía junto al Padre: sin abandonar a los ángeles allí arriba, por medio de ellos reúne a los hombres junto a sí aquí abajo. Resplandece por la verdad inmutable ante los habitantes del cielo en cuanto Palabra y yace en un pesebre a causa de la pequeñez de la posada. Él hacía aparecer en el cielo una estrella que le indicaba en la tierra como merecedor de adoración. Y, no obstante ser niño tan poderoso, tan grande, siendo aún pequeño, llevado por sus padres, huyó a Egipto debido a la hostilidad de Herodes; de esta manera hablaba, aunque no con la palabra, sí con los hechos, y en silencio decía: Si os persiguen en una ciudad, huid a otra (Mt 10,23). Llevaba carne humana en la que nos prefiguraba y en la que había de morir por nosotros en el momento oportuno. Éste era el motivo por el que los magos le ofrecieron no sólo oro e incienso, como señal de honor y adoración, respectivamente, sino también mirra, en cuanto que había de ser sepultado.

¿A quién no llama la atención el que los judíos respondieran según la Escritura a la pregunta de los magos, sobre el lugar en que había de nacer Cristo y no fueran a adorarle con ellos? ¿Qué significa esto? ¿No estamos viendo que incluso ahora sucede lo mismo, cuando en los ritos a que está sometida su dureza no se manifiesta otra cosa que Cristo, en quien no quieren creer? Cuando matan el cordero y comen la pascua, ¿no anuncian a Cristo a los gentiles, sin adorarlo ellos? ¿Qué otra cosa muestra nuestro actuar a propósito de los testimonios de los profetas, en los que está anunciado Cristo? A los hombres que sospechan que tales testimonios fueron escritos por los cristianos, no cuando aún eran futuros, sino después de acontecidos los hechos, los emplazamos ante los códices de los judíos para confirmar sus ánimos dudosos. ¿Acaso los judíos no muestran también entonces a los gentiles a Cristo, sin querer adorarlo en su compañía?

Una vez conocido y adorado nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien, para consolarnos a nosotros, yació entonces en un lugar estrecho y ahora está sentado en el cielo para elevarnos allí; nosotros, de quienes eran primicias los magos; nosotros, heredad de Cristo hasta los confines de la tierra, a causa de quienes la ceguera entró parcialmente en Israel hasta que llegare la plenitud de los gentiles, anunciémosle, pues, en esta tierra, en este país de nuestra carne, de manera que no volvamos por donde vinimos ni sigamos de nuevo las huellas de nuestra vida antigua. Esto es lo que significa el que aquellos magos no volvieran por donde habían venido. El cambio de ruta es el cambio de vida. También para nosotros proclamaron los cielos la gloria de Dios; también a nosotros nos condujo a adorar a Cristo, cual una estrella, la luz resplandeciente de la verdad; también nosotros hemos escuchado con oído fiel la profecía proclamada en el pueblo judío, cual sentencia contra ellos mismos que no nos acompañaron; también nosotros hemos honrado a Cristo rey, sacerdote y muerto por nosotros, cual si le hubiésemos ofrecido oro, incienso y mirra; sólo queda que para anunciarle a él tomemos la nueva ruta y no regresemos por donde vinimos”.

San Agustín

Sermón 202

Consejos para aplicar la Regla al día a día familiar

El trabajo

“Sírvanse los hermanos uno al otro, de modo que ninguno sea dispensado del trabajo de la cocina (…) porque de este modo se consigue una mayor recompensa y un mayor mérito de caridad”. Regla, c. 35.

Reflexión

El trabajo doméstico

El humilde servicio doméstico significa ejercicio de la caridad fraterna, victoria sobre el propio egoísmo y sobre la propia pereza (…). No es solo una norma práctica para aliviar el trabajo doméstico de la madre, sino mucho más que eso, es un poderosísimo medio educativo a través del cual los hijos aprenden, no con las palabras sino con lo hechos, qué significa la práctica del amor fraterno y adquieren, con el ejercicio cotidiano, las virtudes de la caridad, de la laboriosidad, de la paciencia, del cuidado amoroso, del obrar cuidadoso y acertado (…).

Fuente: LAPPONI, Dom Mássimo, O.S.B. San Benito y la vida familiar. Una lectura original de la regla benedictina. Athanasius Editor, Córdoba, 2018, pp. 47-48.

Desolación

Jeremías contempla a Sión, desolada y solitaria, desgarrada por sus pecados e infidelidades; contempla doliente la soledad de sus caminos, en otro tiempo transitados con alegría por quienes iban al encuentro de Yavé en la ciudad santa: “Los caminos de Sión están de luto, porque nadie viene a las fiestas solemnes. Todas sus puertas están desoladas, gimen sus sacerdotes, sus vírgenes están afligidas, y ella misma está amargada” (Lm. 1, 4). Pero Isaías, exultante, canta la restauración del camino de Sión, ahora camino de santidad y de gracia: “Se trocará la tierra abrasada en estanque, y el país árido en manantial de aguas. En la guarida donde moran los chacales verdeará la caña y el papiro. Habrá allí una senda y un camino, vía sacra se la llamará; no pasará el impuro por ella, ni los necios por ella caminaran” (Is. 35, 7-8)

Al partir el pan

 

Yo sé que estás conmigo, porque todas
las cosas se me han vuelto claridad:
porque tengo la sed y el agua juntas
en el jardín de mi sereno afán.

Yo sé que estás conmigo, porque he visto
en las cosas tu sombra, que es la paz;
Y se me han aclarado las razones
de los hechos humildes, y el andar
por el camino blanco, se me ha hecho
un ejercicio de felicidad.

No he sido arrebatado sobre nubes
ni he sentido tu voz, ni me he salido
del prado verde donde suelo andar…
¡otra vez, como ayer, te he conocido
por la manera de partir el pan!

José María Pemán

Las golondrinas del Señor

Se dice en un viejo cuento

que, al rendir el Salvador

su dulce frente al dolor

de su amargo sufrimiento,

como se rinde una flor

que troncha al pasar el viento;

cantando a la cruz llegaron

unas cuantas golondrinas,

y dulcemente arrancaron

las zarzas y las espinas

que los sayones clavaron

sobre las sienes divinas…

Y al ver hoy estas edades

llenas de vanas torpezas,

y de míseras ruindades

y mentirosas grandezas,

pregunto yo, con dolor,

si el mundo falso y traidor,

al irse las golondrinas,

no ha vuelto a llenar de espinas

la frente del Salvador…

De espinas, sí, de rencores;

de ingratos apartamientos,

de hipócritas fingimientos;

de mentirosos amores;

espinas, más engañosas

porque se ocultan en rosas

de mil fingidas virtudes;

espinas de ingratitudes

que son las más dolorosas…

¡Que no hay puñal que taladre

con tanta fuerza y dolor

como la espina que a un padre

le clava un hijo traidor…!

Así el mundo pecador

hiere las sienes divinas

del Divino Redentor…

¿Y no habrá ya golondrinas

para arrancar las espinas

de la frente del Señor?

Sí: en esta Casa han oído

unas almas tus querellas;

esta Casa que ha seguido,

como una esclava, tus huellas,

quiere, Señor, ser un nido

de golondrinas de aquellas…

Mientras el mundo, burlando

vaya en tu frente clavando

sus zarzas y sus espinas

¡nosotras, tus golondrinas,

te las iremos quitando!

Tendrás por cada escondido

puñal que tu pecho clava,

un pecho de pena herido;

un amor por cada olvido;

por cada ingrato una esclava;

por cada abandono un nido;

un bien por cada dolor;

por cada infiel pecador

un alma buena y cristiana;

y una lágrima de amor

por cada risa mundana.

Y así, cada golondrina,

tus heridas al curar,

sabrá, Señor, despertar

en tu alma grande y divina,

tanto amor… ¡que aun va a sobrar

amor para perdonar

al que te clave la espina!

José María Pemán