La asistencia a la Santa Misa, fuente de santificación (1/2)

La santificación de nuestra alma está en la unión con Dios, unión de fe, de confianza y de amor. De ahí que uno de los principales medios de santificación sea el más excelso de los actos de la virtud de religión y del culto cristiano: la participación en el sacrificio de la Misa. La Santa Misa debe ser, cada mañana, para todas las almas interiores, la fuente eminente de la que desciendan y manen las gracias de que tanta necesidad tenemos durante el día; fuente de luz y calor, que, en el orden espiritual, sea para el alma lo que es la aurora para la naturaleza. Después de la noche y del sueño, que es imagen de la muerte, al levantarse el sol sobre el horizonte, la luz inunda la tierra, y todas las cosas vuelven a la vida. Si comprendiéramos a fondo el valor infinito de la misa cotidiana, veríamos que es a modo del nacimiento de un sol espiritual, que renueva, conserva y aumenta en nosotros la vida de la gracia, que es la vida eterna comenzada.

Mas con frecuencia la costumbre de asistir a Misa, por falta de espíritu, degenera en rutina, y por eso no sacamos del santo sacrificio el provecho que deberíamos sacar.

La misa debe ser, pues, el acto principal de cada día, y en la vida de un cristiano, y, más, de un religioso, todos los demás actos no deberían ser sino el acompañamiento de aquél, sobre todo los actos de piedad y los pequeños sacrificios que hemos de ofrecer a Dios a lo largo de la jornada.

Trataremos aquí de-estos tres puntos: 1º, de dónde nace el valor del sacrificio de la Misa; 2º, que sus efectos dependen de nuestras disposiciones interiores; 3º, cómo hemos de unirnos al sacrificio eucarístico.

LA OBLACIÓN SIEMPRE VIVIENTE EN EL CORAZÓN DE CRISTO

La excelencia del sacrificio de la Misa proviene, dice el Concilio de Trento[1], de que en sustancia es el mismo sacrificio de la Cruz, porque es el mismo sacerdote el que continúa ofreciéndose por sus ministros; y es la misma victima, realmente presente en el altar, la que realmente se ofrece. Sólo es distinto el modo de ofrecerse: mientras que en la Cruz fue una inmolación cruenta, “en la misa la inmolación es sacramental por la separación, no física, sino sacramental, del cuerpo y la sangre del Salvador, en virtud de la doble consagración. Así la sangre de Jesús, sin ser físicamente derramada, lo es sacramentalmente[2].

Esta sacramental inmolación es un signo[3]de la oblación interna de Jesús, a la cual nos debemos unir; es asimismo el recuerdo de la inmolación cruenta del Calvario. Aunque sólo sea sacramental, esta inmolación del Verbo de Dios hecho carne es más expresiva que la inmolación cruenta del cordero pascual y de todas las víctimas del Antiguo Testamento.

Un signo o símbolo, en efecto, saca todo su valor de la grandeza de la cosa significada; la bandera que nos recuerda la patria, aunque sea de vulgarísimo lienzo, tiene a nuestros ojos más valor que el banderín de una compañía o la insignia de un oficial. Del mismo modo la cruenta inmolación de las víctimas del Antiguo Testamento, remota figura del sacrificio de la .Cruz, sólo daba a entender los sentimientos interiores de los sacerdotes y fieles de la antigua Ley; mientras que la inmolación sacramental del Salvador en nuestros altares expresa sobré todo la oblación interior perenne y siempre renovada en el corazón de “Cristo que no cesa de interceder por nosotros” (Hebr., VII, 25).

Mas esta oblación, que es como el alma del sacrificio de la Misa, tiene infinito valor, porque trae su virtud de la persona divina del Verbo encarnado, principal sacerdote y victima, cuya inmolación se perpetúa bajo la forma sacramental.

San Juan Crisóstomo escribió: “Cuando veáis en el altar al ministro sagrado elevando hacia el cielo la hostia santa, no vayáis a creer que ese hombre es el (principal) verdadero sacerdote; antes, elevando vuestros pensamientos por encima de lo que los sentidos ven, considerad la mano de Jesús invisiblemente extendida[4].” El sacerdote que con nuestros ojos de carne contemplamos no es capaz de comprender toda la profundidad de este misterio, pero más arriba está la inteligencia y la voluntad de Jesús, sacerdote principal. Aunque el ministro no siempre Sea lo que debiera ser, el sacerdote principal es infinitamente santo; aunque el ministro, por bueno que sea, pueda estar ligeramente distraído u ocupado en las exteriores ceremonias del sacrificio, sin llegar a su más íntimo sentido, hay alguien sobre él que nunca se distrae, y ofrece a Dios, con pleno y total conocimiento, una adoración reparadora de infinito valor, una súplica y una acción de gracias de alcance ilimitado.

Esta interior oblación siempre viviente en el corazón de Jesucristo es, pues, en verdad, como el alma del sacrificio de la Misa. Es la continuación de aquella otra oblación por la cual Jesús se ofreció como víctima al venir a este mundo y a lo largo de su existencia sobre la tierra, sobre todo en la Cruz. Mientras el Salvador vivía en la tierra, esta oblación era meritoria; ahora continúa, pero sin esta modalidad del mérito. Continúa en forma de adoración reparadora y de súplica, a fin de aplicarnos los méritos que nos ganó en la Cruz. Aun después que sea dicha la última misa al fin del mundo, y cuando ya no haya sacrificio propiamente dicho, su consumación, la oblación interior de Cristo a su Padre, continuará, no en forma de reparación y súplica, sino de adoración .y acción de gracias. Eso será el Sanctus, Sanctus, Sanctus, que da alguna idea del culto de los bienaventurados en la eternidad.

Si nos fuera dado ver directamente el amor que inspira esta interna oblación que continúa sin cesar en el corazón de Cristo, “siempre viva para interceder por nosotros”, ¡cuál no sería nuestra admiración!

La Beata Ángela de Foligno dice[5] : “No es que lo crea, sino que tengo la certeza absoluta de que, si un alma viera y contemplara alguno de los íntimos esplendores del sacramento del altar, luego ardería en llamas, porque habría visto el.amor divino. Paréceme que los que ofrecen el sacrificio y los que a él asisten, deberían meditar profundamente en la profunda verdad del misterio tres veces santo, en cuya contemplación habríamos de permanecer inmóviles y absortos.”

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Fuente: Garrigou-Lagrange, R. La tres edades de la vida interior. Tomo I, 5ª ed., Ediciones Palabra, Madrid, 1985, pp. 469-472.

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NOTAS:

[1] Sesión XXII, c. I y II.

[2] Del mismo modo la humanidad del Salvador permanece numéricamente la misma, pero después de la resurrección es impasible, mientras que antes estaba sujeta’ al dolor y a la muerte.

[3] “Sacrificium externum est in genere signi, ut signum interiori sacrificii.”

[4] Homilía LX al pueblo de Antioquía.

[5] Libro de las visiones e instrucciones, c. LXVII.

La oración dirigida al oriente

En esta “orientación” (oriens = este; orientación significa, por tanto mirar hacia el oriente, mirar hacia el este) de la oración cristiana se unen distintos significados. La orientación expresa, en primer lugar, la mirada fija en Cristo, como lugar de encuentro entre Dios y el hombre. Expresa la forma fundamental de nuestra oración, que es cristológica. Pero el hecho de encontrar simbolizado a Cristo en el sol naciente remite también a una cristología que se define escatológicamente. El Sol simboliza al Señor que volverá, en el amanecer definitivo de la historia. Orar hacia el oriente significa salir al encuentro de Cristo que viene. La liturgia orientada hacia el este lleva a cabo, por así decir, nuestra introducción en una historia que avanza hacia su futuro, hacia el cielo nuevo y la tierra nueva, que nos salen al encuentro en Cristo. Es oración de esperanza, orar caminando en la dirección que nos indica la vida de Cristo, sus Pasión y su Resurrección. Este hecho hizo que, en algunos sectores de la Cristiandad, el oriente se marcara, ya desde muy pronto, con el signo de la cruz. Este modo de proceder pudo derivarse de una lectura combinada de Ap. 1, 7 y Mt. 24, 30.

En el Apocalipsis de san Juan se dice: “Mirad: viene entre las nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron. Por Él se lamentarán todos los pueblos de la tierra. Sí, amén”. El escriba del Apocalipsis se apoya en Jn. 19, 37, donde, en la escena de la crucifixión, se cita el misterioso texto profético de Zac. 12, 10, que adquiere ahora, de improviso, un sentido muy concreto: “Mirarán al que traspasaron”. Por último en Mt. 24, 30 se trasmite la siguiente sentencia del Señor: “Entonces [al final de los tiempos] aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre. Todas las razas del mundo harán duelo [Zac. 12, 10] y verán venir al Hijo del hombre sobre las nueves del cielo [Dan. 7, 13] con gran poder y gloria”. El signo del Hijo del hombre, de “el que traspasaron”, es la cruz, que se ha convertido en el signo de victoria del resucitado. De este modo el simbolismo de la cruz y del oriente se sobreponen; ambos son expresión de la misma y única fe, en la que el recuerdo de la Pascua de Jesús se trasforma en una presencia que introduce ese recuerdo en una dinámica de esperanza, para salir al encuentro del que viene. Pero esta orientación al este significa, a fin de cuentas, que el cosmos y la historia de la salvación van unidos. El cosmos se una a la oración, también el espera la redención. Precisamente esta dimensión cósmica es esencial en la liturgia cristiana, que no se realiza solo en el mundo elaborado por el propio hombre, sino que es siempre liturgia cósmica. El tema de la creación es parte integrante de la oración cristiana, que pierde su grandeza cuando olvida esta relación. Por eso habría que retomar necesariamente de nuevo la tradición apostólica de orientar las iglesias y la misma celebración litúrgica hacia el este (allí donde sea posible).

Fuente: RATZINGER, J. El espíritu de la liturgia. Una introducción. Ediciones Logos, Rosario, 2015, pp. 60-61. El resaltado es nuestro.

La Ascensión del Señor

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Nuestra vida «desde ahora escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3)

      Cristo, que había prometido que sus discípulos llegarían a ser, con él, uno en Dios; que había prometido que estaríamos en Dios y Dios en nosotros, ha realizado ya esta promesa para nosotros. De manera misteriosa llevó a término esta gran obra, este sorprendente privilegio. Parece que lo realizó al subir al Padre, en su ascensión corporal y su descenso espiritual, y que la asunción de nuestra naturaleza hasta Dios es al mismo tiempo el descenso de Dios hasta nosotros. Se podría decir que, aunque en sentido oscuro, nos ha llevado verdaderamente hasta Dios y ha hecho que Dios se llegara a nosotros; depende del punto de vista en que nos situemos.

Así pues, cuando san Pablo dice que «nuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col  3,3), se podría entender con ello que nuestro principio de existencia ya no es un principio mortal y terrestre, tal como el de Adán después de la caída, sino que somos bautizados y escondidos de nuevo en la gloria de Dios, en esta pura luz de su presencia la cual perdimos con la caída de Adán. Somos creados de nuevo, transformados, espiritualizados, glorificados en la naturaleza divina. Por Cristo recibimos, como por un canal, la verdadera presencia de Dios, tanto dentro de nosotros como fuera de nosotros; estamos impregnados de santidad y de inmortalidad.

Y esta es nuestra justificación: nuestra subida por Cristo hasta Dios o el descenso de Dios, por Cristo, hasta nosotros; lo podemos decir de una u otra manera… Estamos en él y él en nosotros; Cristo es «el único Mediador» (1Tm 2,5), «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6) uniendo la tierra con el cielo. Esta es nuestra verdadera justificación –no tan sólo el perdón o el favor, no solamente una santificación interior- … sino el hecho de estar nosotros habitados por nuestro Señor glorificado. Este es el gran don de Dios.

 

Beato John Henry Newman

La Iglesia en tiempo del Anticristo

Extracto de una carta escrita por el Obispo Horseley, en Oxford, en el año 1838:

CartaEn los tiempos del Anticristo, la Iglesia de Dios sobre la tierra, como podemos imaginar, verá grandemente reducido el número aparente de sus fieles, debido a la abierta deserción de los poderes de este mundo. Esta deserción comenzará por una indiferencia hacia toda forma de cristianismo, bajo la apariencia de tolerancia universal. Más dicha tolerancia no procederá del verdadero espíritu de caridad e indulgencia sino de un designio de minar el cristianismo por la multiplicación y el fomento de las sectas. Dicha pretendida tolerancia irá mucho más allá de una justa tolerancia, incluso en lo que concierne a las diferentes sectas de cristianos. Pues los gobiernos pretenderán ser indiferentes a todas y no darán protección preferencial a ninguna. Todas las Iglesias establecidas serán echadas a un lado. De la tolerancia del islamismo, del ateísmo y por fin, a la persecución explícita de la verdad del cristianismo. En aquellos tiempos el Templo de Dios se verá prácticamente reducido al Sancta Sanctorum, esto es, al pequeño número de verdaderos cristianos que adoren al Padre en espíritu y verdad, y que rijan estrictamente su doctrina y su culto, y toda su conducta, por la Palabra de Dios. Los cristianos meramente nominales abandonarán la profesión de la verdad cuando los poderes del mundo lo hagan. Pienso que este trágico suceso está tipificado por la orden de San Juan de medir el Templo y el Altar, y de permitir que el atrio (las iglesias nacionales) sea pisoteado por los gentiles. Los bienes del clero serán entregados al pillaje, el culto público será insultado y rebajado por estos desertores de la fe que una vez profesaron, quienes no pueden ser llamados apóstatas pues nunca fueron sinceros en su profesión. Ésta no fue más que condescendencia con la moda y la autoridad pública. En el fondo siempre fueron lo que ahora demuestran ser: paganos.

Cuando esta deserción general de la fe tenga lugar, entonces comenzará el ministerio de los dos testigos de sayal (Ap. XI,3). No habrá nada de esplendor en la apariencia externa de sus iglesias; no tendrán apoyo de los gobiernos, no tendrán honores, ni emolumentos, ni inmunidades, ni autoridad; solo tendrán aquella que ningún poder humano puede arrebatar, y que ellos reciben de Aquel que les ha encargado ser Sus Testigos.

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Fuente: NEWMAN, J. H. Cuatro sermones sobre el Anticristo: la idea patrística del Anticristo. 2ª ed., Del Pórtico, Bs. As., 2006, pp. 103-105.

 

El Anticristo según Fulton Sheen

Arcebispo Fulton J.SheenEl Anticristo no será llamado así; de otra manera no tendría seguidores. El no usará medias rojas ni vomitará azufre, ni llevará un tridente ni tendrá una cola puntiaguda como Mefistófeles en Fausto. Esa mascara ayudó al Diablo a convencer a los hombres que no existe. Cuando nadie lo reconoce, más poder ejerce. Dios se definió a sí mismo como “Yo soy el que soy”, y el Diablo como “Yo soy el que no soy”

En ningún lugar en las Sagradas Escrituras encontramos asidero para el mito del Diablo como si fuera un bufón y como el primero en vestir de “Rojo”. Más bien se lo describe como un ángel caído del cielo, como “El Príncipe de este mundo”, cuya misión es decirnos que no hay otro mundo. Su lógica es simple: “si no hay Cielo, no hay Infierno; si no hay Infierno, entonces no hay pecado; si no hay pecado, entonces no hay ningún juez, y si no hay juicio entonces lo malo es bueno y lo bueno es malo”. Pero por sobre todas estas descripciones, Nuestro Señor nos dice que va a ser tan parecido a Sí mismo que engañará, aún a los escogidos – y ciertamente nunca se vio que una imagen en libros de un demonio, pudiera engañar aún a los escogidos. ¿Cómo vendrá entonces en esta nueva era para conseguir seguidores para su religión?

La creencia de la Rusia Pre-comunista es que vendrá disfrazado como un Gran Humanista, que hablará de paz, prosperidad y abundancia, no como un medio para llevarnos a Dios, sino como si fueran fines en sí mismos.

La tercera tentación en la cual Satanás le pidió a Cristo que lo adorara y todos los reinos del mundo serían suyos, se convertirá en la tentación de tener una nueva religión sin Cruz, una liturgia sin un mundo para atraer, una religión para destruir la religión, o una política que es una religión – una que dé al Cesar incluso las cosas que son de Dios.

En el medio de todo este aparente amor por la humanidad y su discurso superficial de libertad e igualdad, él tendrá un gran secreto que no le dirá a nadie: él no creerá en Dios. Porque su religión será la fraternidad sin la paternidad de Dios… Él va a crear una contra-Iglesia que será la mona de la Iglesia, porque él, (como) el Diablo, es el mono de Dios. Tendrá todas las notas y las características de la Iglesia, pero a la inversa y vaciada de su Divino contenido. Será el cuerpo místico del Anticristo que se parecerá en todo lo exterior al cuerpo místico de Cristo.

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Fuente: SHEEN, F. J. El Comunismo y la Conciencia de Occidente. Bobb-Merril Company, Indianapolis, 1948, pp. 24-25