La oración dirigida al oriente

En esta “orientación” (oriens = este; orientación significa, por tanto mirar hacia el oriente, mirar hacia el este) de la oración cristiana se unen distintos significados. La orientación expresa, en primer lugar, la mirada fija en Cristo, como lugar de encuentro entre Dios y el hombre. Expresa la forma fundamental de nuestra oración, que es cristológica. Pero el hecho de encontrar simbolizado a Cristo en el sol naciente remite también a una cristología que se define escatológicamente. El Sol simboliza al Señor que volverá, en el amanecer definitivo de la historia. Orar hacia el oriente significa salir al encuentro de Cristo que viene. La liturgia orientada hacia el este lleva a cabo, por así decir, nuestra introducción en una historia que avanza hacia su futuro, hacia el cielo nuevo y la tierra nueva, que nos salen al encuentro en Cristo. Es oración de esperanza, orar caminando en la dirección que nos indica la vida de Cristo, sus Pasión y su Resurrección. Este hecho hizo que, en algunos sectores de la Cristiandad, el oriente se marcara, ya desde muy pronto, con el signo de la cruz. Este modo de proceder pudo derivarse de una lectura combinada de Ap. 1, 7 y Mt. 24, 30.

En el Apocalipsis de san Juan se dice: “Mirad: viene entre las nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron. Por Él se lamentarán todos los pueblos de la tierra. Sí, amén”. El escriba del Apocalipsis se apoya en Jn. 19, 37, donde, en la escena de la crucifixión, se cita el misterioso texto profético de Zac. 12, 10, que adquiere ahora, de improviso, un sentido muy concreto: “Mirarán al que traspasaron”. Por último en Mt. 24, 30 se trasmite la siguiente sentencia del Señor: “Entonces [al final de los tiempos] aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre. Todas las razas del mundo harán duelo [Zac. 12, 10] y verán venir al Hijo del hombre sobre las nueves del cielo [Dan. 7, 13] con gran poder y gloria”. El signo del Hijo del hombre, de “el que traspasaron”, es la cruz, que se ha convertido en el signo de victoria del resucitado. De este modo el simbolismo de la cruz y del oriente se sobreponen; ambos son expresión de la misma y única fe, en la que el recuerdo de la Pascua de Jesús se trasforma en una presencia que introduce ese recuerdo en una dinámica de esperanza, para salir al encuentro del que viene. Pero esta orientación al este significa, a fin de cuentas, que el cosmos y la historia de la salvación van unidos. El cosmos se una a la oración, también el espera la redención. Precisamente esta dimensión cósmica es esencial en la liturgia cristiana, que no se realiza solo en el mundo elaborado por el propio hombre, sino que es siempre liturgia cósmica. El tema de la creación es parte integrante de la oración cristiana, que pierde su grandeza cuando olvida esta relación. Por eso habría que retomar necesariamente de nuevo la tradición apostólica de orientar las iglesias y la misma celebración litúrgica hacia el este (allí donde sea posible).

Fuente: RATZINGER, J. El espíritu de la liturgia. Una introducción. Ediciones Logos, Rosario, 2015, pp. 60-61. El resaltado es nuestro.

La Ascensión del Señor

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Nuestra vida «desde ahora escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3)

      Cristo, que había prometido que sus discípulos llegarían a ser, con él, uno en Dios; que había prometido que estaríamos en Dios y Dios en nosotros, ha realizado ya esta promesa para nosotros. De manera misteriosa llevó a término esta gran obra, este sorprendente privilegio. Parece que lo realizó al subir al Padre, en su ascensión corporal y su descenso espiritual, y que la asunción de nuestra naturaleza hasta Dios es al mismo tiempo el descenso de Dios hasta nosotros. Se podría decir que, aunque en sentido oscuro, nos ha llevado verdaderamente hasta Dios y ha hecho que Dios se llegara a nosotros; depende del punto de vista en que nos situemos.

Así pues, cuando san Pablo dice que «nuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col  3,3), se podría entender con ello que nuestro principio de existencia ya no es un principio mortal y terrestre, tal como el de Adán después de la caída, sino que somos bautizados y escondidos de nuevo en la gloria de Dios, en esta pura luz de su presencia la cual perdimos con la caída de Adán. Somos creados de nuevo, transformados, espiritualizados, glorificados en la naturaleza divina. Por Cristo recibimos, como por un canal, la verdadera presencia de Dios, tanto dentro de nosotros como fuera de nosotros; estamos impregnados de santidad y de inmortalidad.

Y esta es nuestra justificación: nuestra subida por Cristo hasta Dios o el descenso de Dios, por Cristo, hasta nosotros; lo podemos decir de una u otra manera… Estamos en él y él en nosotros; Cristo es «el único Mediador» (1Tm 2,5), «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6) uniendo la tierra con el cielo. Esta es nuestra verdadera justificación –no tan sólo el perdón o el favor, no solamente una santificación interior- … sino el hecho de estar nosotros habitados por nuestro Señor glorificado. Este es el gran don de Dios.

 

Beato John Henry Newman

La Iglesia en tiempo del Anticristo

Extracto de una carta escrita por el Obispo Horseley, en Oxford, en el año 1838:

CartaEn los tiempos del Anticristo, la Iglesia de Dios sobre la tierra, como podemos imaginar, verá grandemente reducido el número aparente de sus fieles, debido a la abierta deserción de los poderes de este mundo. Esta deserción comenzará por una indiferencia hacia toda forma de cristianismo, bajo la apariencia de tolerancia universal. Más dicha tolerancia no procederá del verdadero espíritu de caridad e indulgencia sino de un designio de minar el cristianismo por la multiplicación y el fomento de las sectas. Dicha pretendida tolerancia irá mucho más allá de una justa tolerancia, incluso en lo que concierne a las diferentes sectas de cristianos. Pues los gobiernos pretenderán ser indiferentes a todas y no darán protección preferencial a ninguna. Todas las Iglesias establecidas serán echadas a un lado. De la tolerancia del islamismo, del ateísmo y por fin, a la persecución explícita de la verdad del cristianismo. En aquellos tiempos el Templo de Dios se verá prácticamente reducido al Sancta Sanctorum, esto es, al pequeño número de verdaderos cristianos que adoren al Padre en espíritu y verdad, y que rijan estrictamente su doctrina y su culto, y toda su conducta, por la Palabra de Dios. Los cristianos meramente nominales abandonarán la profesión de la verdad cuando los poderes del mundo lo hagan. Pienso que este trágico suceso está tipificado por la orden de San Juan de medir el Templo y el Altar, y de permitir que el atrio (las iglesias nacionales) sea pisoteado por los gentiles. Los bienes del clero serán entregados al pillaje, el culto público será insultado y rebajado por estos desertores de la fe que una vez profesaron, quienes no pueden ser llamados apóstatas pues nunca fueron sinceros en su profesión. Ésta no fue más que condescendencia con la moda y la autoridad pública. En el fondo siempre fueron lo que ahora demuestran ser: paganos.

Cuando esta deserción general de la fe tenga lugar, entonces comenzará el ministerio de los dos testigos de sayal (Ap. XI,3). No habrá nada de esplendor en la apariencia externa de sus iglesias; no tendrán apoyo de los gobiernos, no tendrán honores, ni emolumentos, ni inmunidades, ni autoridad; solo tendrán aquella que ningún poder humano puede arrebatar, y que ellos reciben de Aquel que les ha encargado ser Sus Testigos.

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Fuente: NEWMAN, J. H. Cuatro sermones sobre el Anticristo: la idea patrística del Anticristo. 2ª ed., Del Pórtico, Bs. As., 2006, pp. 103-105.

 

El Anticristo según Fulton Sheen

Arcebispo Fulton J.SheenEl Anticristo no será llamado así; de otra manera no tendría seguidores. El no usará medias rojas ni vomitará azufre, ni llevará un tridente ni tendrá una cola puntiaguda como Mefistófeles en Fausto. Esa mascara ayudó al Diablo a convencer a los hombres que no existe. Cuando nadie lo reconoce, más poder ejerce. Dios se definió a sí mismo como “Yo soy el que soy”, y el Diablo como “Yo soy el que no soy”

En ningún lugar en las Sagradas Escrituras encontramos asidero para el mito del Diablo como si fuera un bufón y como el primero en vestir de “Rojo”. Más bien se lo describe como un ángel caído del cielo, como “El Príncipe de este mundo”, cuya misión es decirnos que no hay otro mundo. Su lógica es simple: “si no hay Cielo, no hay Infierno; si no hay Infierno, entonces no hay pecado; si no hay pecado, entonces no hay ningún juez, y si no hay juicio entonces lo malo es bueno y lo bueno es malo”. Pero por sobre todas estas descripciones, Nuestro Señor nos dice que va a ser tan parecido a Sí mismo que engañará, aún a los escogidos – y ciertamente nunca se vio que una imagen en libros de un demonio, pudiera engañar aún a los escogidos. ¿Cómo vendrá entonces en esta nueva era para conseguir seguidores para su religión?

La creencia de la Rusia Pre-comunista es que vendrá disfrazado como un Gran Humanista, que hablará de paz, prosperidad y abundancia, no como un medio para llevarnos a Dios, sino como si fueran fines en sí mismos.

La tercera tentación en la cual Satanás le pidió a Cristo que lo adorara y todos los reinos del mundo serían suyos, se convertirá en la tentación de tener una nueva religión sin Cruz, una liturgia sin un mundo para atraer, una religión para destruir la religión, o una política que es una religión – una que dé al Cesar incluso las cosas que son de Dios.

En el medio de todo este aparente amor por la humanidad y su discurso superficial de libertad e igualdad, él tendrá un gran secreto que no le dirá a nadie: él no creerá en Dios. Porque su religión será la fraternidad sin la paternidad de Dios… Él va a crear una contra-Iglesia que será la mona de la Iglesia, porque él, (como) el Diablo, es el mono de Dios. Tendrá todas las notas y las características de la Iglesia, pero a la inversa y vaciada de su Divino contenido. Será el cuerpo místico del Anticristo que se parecerá en todo lo exterior al cuerpo místico de Cristo.

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Fuente: SHEEN, F. J. El Comunismo y la Conciencia de Occidente. Bobb-Merril Company, Indianapolis, 1948, pp. 24-25

Libro recomendado

cristo vuelve o no vuelve“Cristo ¿Vuelve o no vuelve?”

Este libro tiene tres partes.

La primera, y principal, está dedicada al misterio del Retorno del Rey. Saber si Cristo vuelve o no vuelve determina el sentido de toda existencia particular y el de la misma historia humana.

Castellani no duda en sus afirmaciones. Ni en sus negaciones: “El Universo no es un proceso natural, como piensan los evolucionistas o naturalistas, sino que es un poema gigantesco, un poema dramático del cual Dios se ha reservado la iniciación, el nudo y el desenlace, que se llaman teológicamente Creación, Redención y Parusía… El dogma de la Segunda Venida de Cristo, o Parusía, es tan importante como el de su Primera Venida, o Encarnación”.

La segunda parte contiene ensayos de variada temática, que van desde la muerte de Adán y el desquite de la mujer, hasta la pequeña industria y el vínculo entre política y religión, pasando por la televisión, la parapsicología y la bomba atómica. No obstante la diversidad, el hilo conductor se mantiene firme en la reflexión apocalíptica.

La tercera parte, incorporada por primera vez a esta obra, trata de las profecías contenidas en algunas de las apariciones de María: La Salette, Lourdes, Fátima y Garabandal. Nada mejor como telón de cierre, dado que las revelaciones de la Virgen siempre incluyen, además de un mensaje, una advertencia y una promesa. Al leer este libro no sólo nos reencontraremos con un escritor impactante y original, “género único”, sino que seremos llevados a meditar nuevamente sobre cuestiones que residen en lo más profundo del alma. ¿Habrá un fin de la historia? ¿El Anticristo gobernará el mundo? ¿Volverá Cristo para derrotarlo? Y si vuelve, ¿vuelve pronto?