Cómo oraba Catalina

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Incluso materialmente, ocupó la oración gran parte de la vida de Santa Catalina de Siena. No solamente oraba mucho, sino prolongadamente. Buscó desde sus primeros años la soledad, y su familia no podía disimular su extrañeza al ver a una niña tan tierna capaz de oraciones tan prolongadas. Una vez terciaria, hizo mucho más: se encerró en la pequeña celda que su padre le había prestado y allí vivió como eremita, ocupada únicamente en las cosas de Dios; solamente salía para ir a la iglesia, es decir, para orar. Noche y día eran empleados en coloquios divinos; y para orar más tiempo, llegó a dormir sólo media hora cada dos noches. Nos cuenta el Beato Raimundo cómo «se elevó en el corazón de Catalina un deseo que iba a crecer durante todo el curso de su vida: el de la santa comunión». A pesar de todas las oposiciones, tenaces y vivas, tuvo la costumbre de comulgar con frecuencia, casi diariamente.

Y «en su acción de gracias—añade el Beato Raimundo—permanecía extasiada tres o cuatro horas, e incluso más, sin moverse del lugar donde se hallaba». Le ocurría esto en otras partes además de la iglesia; sus éxtasis fueron muy frecuentes; en el segundo período de su vida, apenas si podía tropezar con un crucifijo o vislumbrar el color rojo, que le recordaba la sangre de Cristo, o comenzar el rezo del Pater noster sin caer en éxtasis; levantaba el vuelo su alma arrastrando a veces al cuerpo que permanecía suspendido en el aire. «Su cuerpo—dice el Beato Raimundo—caía con frecuencia, con mucha frecuencia, en este estado extraordinario, y puedo afirmar que y o y mis hermanos lo hemos visto y comprobado millares de veces» (Leg., Pars, II, cap. II). Cuando el espíritu de Catalina se hallaba sumido de este modo en la contemplación de la Verdad eterna, tenía de ordinario la cabeza ligeramente inclinada, entreabiertos o cerrados los ojos y los sentidos privados de su actividad propia. Le sucedía, sin embargo, que alguna vez podía hablar, y, a veces, sabía incluso de antemano que el éxtasis le dejaría el uso de la palabra y advertía a sus secretarios que estuvieran preparados para escribir. Así fue dictado el Diálogo. Por ventura, muy raro en la historia de la mística, poseemos una treintena de oraciones cogidas al vuelo por sus secretarios cuando ella, arrebatada en éxtasis, oraba en voz alta. Aprovechémoslas. Incluso después del Diálogo, nos ayudan estas elevaciones a comprender de qué ideas se alimentaba una de las contemplativas más sublimes que la Iglesia universal ha conocido. Tal vez nos sea posible aprisionar el tono y el ímpetu de su oración; seguir el ritmo de su vida interior.

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En: M. V. BERNADOT, OP. Santa Catalina de Siena al servicio de la Iglesia. Traducción del R. P. Gabriel Ferrer, O. P., Ediciones Studium, Madrid, 1958, pp. 12-14.

El respeto a Dios

Difícilmente se hallará un santo o una santa que haya mantenido con Dios relaciones más sencillas, más confiadas y, para expresarnos en una sola palabra, familiaridad tan íntima como Catalina de Siena. El hecho de que Jesús en persona durante muchos años se dignara bajar casi todos los días a la celdita de la Fullonica, nos dice hasta dónde llegó esta familiaridad, si ya no poseyéramos otras pruebas. Vimos anteriormente cómo el Señor iba a rezar el oficio divino con Catalina, quien cambiaba entonces la conclusión ordinaria de los salmos inclinándose hacia su admirable compañero: «Gloria al Padre, a Ti y al Espíritu Santo…, por los siglos de los siglos.»

Y, sin embargo, no es éste su estilo familiar, el distintivo de Catalina de Siena. Es verdad que con mucha frecuencia, encontramos en estas elevaciones el acento, tierno y atrevido de la esposa hacia el Esposo. Con todo es más bien una excepción. El tono habitual de la oración de Catalina es de respeto, de adoración. Se dirige menos a Jesús, compañero de soledad, que al Señor soberano, a quien gustosa llama «Dios eterno, incomprensible Trinidad.»

A quien le extrañe esta actitud, le recordamos lo que le sucede a un alma purificada cuando Dios la atrae hacia Sí: es presa de santo respeto, de este sentimiento grave y noble que la Sagrada Escritura llama «el temor del Señor». Si hay almas que pretenden acercarse a Dios a la birlonga sin sentir este santo estremecimiento, esta reverencia de la criatura por el Creador, es la mejor prueba de que están muy lejos de Él. Ante la infinita Majestad, nuestro pobre ser no puede menos de estremecerse. Incluso en el cielo, en el reino del amor perfecto, las Potencias celestiales tiemblan ante la manifestación de la inefable Simplicidad divina: por muy inmersas que se hallen en el embeleso de la caridad, estas admirables criaturas tiemblan precisamente por estar cerca de Dios, porque lo conocen y lo ven. De su perfecta contemplación brota el respeto perfecto.

Así Catalina de Siena. Por un favor singular, se le permitió acercarse mucho al Señor y obtener un raro conocimiento de la perfección infinita. Por eso su oración es tan respetuosa y humilde, tan penetrada de temor santo.

¡Oh Deidad! ¡Deidad! ¡Inefable Deidad! Tú eres la sabiduría soberana; yo una ignorante y miserable criatura. Tú eres la soberana y eterna Bondad. Yo soy la muerte y Tú la vida; yo las tinieblas, Tú la luz; yo la locura, Tú la prudencia; Tú lo infinito, yo lo finito; yo el enfermo, Tú el médico. Yo soy una frágil pecadora que jamás te amó. Tú eres la belleza purísima y yo sólo soy una sórdida criatura. Por amor inefable me has sacado de Ti misma; por gracia y no por justicia Tú nos atraes hacia Ti, si nos dejamos atraer, es decir, si nuestra voluntad no se rebela contra la tuya. ¡Ay Señor!, he pecado; ten piedad de mí.

Todo lo que tiene alguna relación con Dios es objeto de su respeto. Es toda afecto y reverencia hacia los santos porque son, dice, «conformes al Cordero». Vedla en presencia de la dulce y augusta Madre de Dios:

¡Oh María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, dispensadora del fuego! ¡María, ministro de la misericordia! ¡María, Madre del Fruto divino! ¡María, redentora del género humano!, pues es tu carne la que sufrió en Cristo por la redención del mundo. Cristo nos ha rescatado por su pasión; Tú por el dolor del alma y del cuerpo.

¡Oh María, océano tranquilo! ¡Oh María!, Tú nos das la paz. ¡Oh María, tierra fecunda! Tú eres el tallo nuevo del que ha brotado la flor embalsamada, el Verbo, el único engendrado de Dios. En Ti, tierra fecunda, fue sembrado este Verbo…

¡Oh María, carro de fuego! Tú has llevado el fuego escondido y velado bajo la ceniza de tu humanidad.

¡Oh María, vaso de humildad! En Ti brillaba y ardía la luz de la ciencia verdadera que te ha levantado por encima de Ti misma hasta el punto de ser el encanto de los ojos del Padre Eterno. También Él te ha arrebatado, Él te ha llevado hacia sí en un acceso de amor y de predilección. Por esta luz, por el fuego de tu amor, por la dulzura de tu humildad atrajiste hacia Ti e hiciste descender dentro de Ti su Divinidad, si bien es verdad que la decidiera a venir el fuego ardiente de su incomprensible caridad.

Bella andadura la de esta piedad. Qué gravedad, qué nobleza. Qué lejos estamos de la afectación sentimental que emponzoña tantos libros piadosos. Sabe Catalina que el temor es el primero de los dones del Espíritu Santo y ella lo cultiva en su corazón; lo que no le impide, en absoluto, por otra parte, vivir en una perpetua embriaguez de amor. Tiene el sentido de la infinita Majestad. Cómo comprende que Dios lo es todo. Cómo siente la absoluta gratuidad de los dones divinos. Después del gran éxtasis de octubre de 1378 en que tantas luces recibiera y dictara en cinco días el Diálogo, brota de su corazón este grito:

¡Oh Trinidad eterna! ¡Oh Deidad, Naturaleza divina, Deidad que en tanto aprecio tienes la sangre de tu Hijo! Eres, Trinidad eterna, océano sin fondo, en el que cuanto más me sumerjo, más te encuentro, y como más te encuentro, más te busco. Jamás se está ahíto de Ti; en sus profundidades se llena de Ti el alma, sin apagar por esto su sed, pues continúa deseándote, oh Trinidad eterna; quiero contemplarte en tu luz. Como suspira el ciervo por el agua viva de las fontanas, así anhela mi alma salir de la tenebrosa prisión del cuerpo para verte en verdad. ¡Oh, cuánto tiempo estará todavía escondida tu faz a mis ojos, Trinidad eterna!

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Fuente: M. V. BERNADOT, OP. Santa Catalina de Siena al servicio de la Iglesia. Trad. R. P. Gabriel Ferrer, OP. Ediciones Studium, Madrid, 1958, pp. 15-19.

El Santo de la Trapa

Hermano Rafael

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IMG-20190425-WA0005Desde la Autovía A-62 (Salida 90), San Isidro de Dueñas – Palencia, se alcanzan a divisar a lo lejos los primeros carteles con la inscripción “Chocolates TRAPA” que indican que está pronto el acceso, al gran Monasterio Trapense San Isidro de Dueñas.

Amplia y extensa es la historia del Monasterio. Los orígenes del mismo datan de la época visigoda del siglo VII, pero sin dudas, en su período cisterciense –desde 1814 hasta la actualidad- “La Trapa” fue testigo de uno de los grandes místicos del siglo XX: San Rafael Arnáiz Barón. Sus restos reposan hoy en la capilla que lleva su nombre.

Accediendo al lugar lo primero que se alcanza a ver –en el punto más alto del edificio- es la torre con la campana, que tantas veces habrá indicado al santo el rezo de las horas litúrgicas, desde su ingreso en enero de 1934; y en la cima: la cruz. Cruz en la que descubrió su tesoro y su descanso, porque en ella estaba Dios. Así lo expresa en algunos de sus escritos: Ama con locura lo que el mundo desprecia porque no conoce, adora en silencio esa Cruz que es tu tesoro sin que nadie se entere. Medita en silencio a sus pies, las grandezas de Dios, las maravillas de María, las miserias del hombre del que nada debes esperar… Sigue tu vida siempre en silencio; amando, adorando y uniéndote a la Cruz… ¿qué más quieres?[1]

Dios que bien ordena los acontecimientos siempre para su gloria[2] quiso probarlo misteriosamente con una penosa enfermedad –la diabetes sacarina- que lo obligó a abandonar tres veces el monasterio, volviendo siempre respondiendo con fidelidad y generosidad heroicas.

La vida simple y profunda de Fray María Rafael es ante todo un testimonio de la trascendencia de Dios; de lo absoluto de Dios. Él sabía que ¡Sólo Dios llena el alma…, y la llena toda![3]

Santificado en la gozosa fidelidad a la vida monástica y en la aceptación amorosa de los planes de Dios, partió a la casa del Padre en la madrugada del 26 de abril de 1938, con apenas 27 años.

Una mañana de invierno, un grupo de jóvenes visitan la capilla donde se encuentran sus restos, con la grata sorpresa de tener una cita personalísima: Fray María Rafael, la Virgen y ellas. Con lágrimas en los ojos y el corazón henchido de amor, le rezan por él a “la Señora”, entonando Salve Regina.

Siendo parte de tal espectáculo no pudieron más que expresar, junto con el santo ¡Qué grande es Dios, qué dulce es María![4]

 

 

Prudencia Prim

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NOTAS:

[1] San Rafael Arnáiz Barón, “Rafael. Vida y Escritos del Beato Fray Maria Rafael Arnaiz Baron, Monje Trapense”. Ed. El Perpetuo Socorro.

[2] Ídem.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

Al cielo por un pequeñísimo camino

Se llamaba Pierina Bertrone y había nacido en Saluzzo (Cuneo) el 6 de abril de 1903, hija de un panadero, Pietro, y de Giuseppina Mirino, en medio de una numerosa familia. En Airasca, adonde se trasladaron, sus padres gestionaban un restaurante. En 1917 se establecen definitivamente en Turín, donde se ocupan de un negocio de pasta y cereales. Un ambiente concreto, hecho de trabajo y de cosas, nada romántico.

Pierina crece con muchas ganas de orar, estudiar, trabajar y hacer el bien a los demás. Entra en la “compañía de las Hijas de María”; cultiva proyectos de amistad con Jesús y de apostolado. Lee pronto el “Tratado de la verdadera devoción a María” de S. Luis M. de Montfort y se confía a la Virgen “en total esclavitud de amor”, para que su vida, en manos de María, sea verdaderamente una misión.

Es hermosa y amable, muy dotada. Después de la educación elemental, continúa, como puede, los estudios – las scuole magistrali festive – alternándolos con el trabajo en el negocio: sabe latín, francés, pintura y escribe muy bien. El 8 de diciembre de 1916, después de la Sagrada Comunión, oye por primera vez a Jesús, que le llama: “¿Quieres ser totalmente mía?”. Pierina responde: “Sí.”.

En búsqueda

14/15/20 años. En su parroquia de S. Massimo en Turín, trabaja en la Acción Católica, ocupándose de las muchachas con inteligencia y dedicación, sobre todo de las más pequeñas y necesitadas. Recibe, en Misa, a Jesús Eucarístico cada día, venciendo diferentes dificultades de quien no la querría demasiado en la iglesia, y, con el corazón rebosante de Él, explica a las niñas que “la vida cristiana es amor a Dios”. Les enseña a repetir a menudo: “Jesús, te amo”.

Tiene un temperamento apasionado y fuerte, pero dentro de sí misma sufre un largo periodo de oscuridad interior. Se hace más ardiente, ora, trabaja y comparte sus ideales de consagración interior con algunas amigas, que, como ella, serán totalmente de Jesús. Un día – tiene unos 21 años –, con sus niñas de Acción Católica, se dirige a orar a Valsalice, a la tumba de don Bosco. A través del cristal de la urna, lee un autógrafo del Santo que dice: “Muchos fueron los llamados, pero les faltó el tiempo.”. Comprende de improviso que “ha llegado su hora”.

Precisamente esa noche le cae en las manos “Historia de un alma” de S. Teresa del Niño Jesús y comienza a leerla en su habitacioncita, a la luz de la farola de la calle S. Massimo. En ese momento intuye su vocación: “Sentí – dirá – que la vida de amor de S. Teresita podía hacerla mía; habría podido imitar a esta santa. Lo que más me conmovió, lo que me hizo romper a llorar, fue la frase: ¡Querría amar mucho Jesús, amarle como no ha sido amado jamás!”. Es un encuentro decisivo: comienza a salir de su “oscuridad”, a encontrar el camino de la confianza y del abandono en Dios; ¡en su amor, en efecto, está toda solución!

El 26 de enero de 1925 entra en las Hijas de María Auxiliadora y se convierte en “sor Pierina”. Tras alrededor de un año se convence de que no es su camino… Intenta otra experiencia de vida religiosa en el Cottolengo, donde descubre su sed de ocultamiento y de sacrificio. Pero ni siquiera allí está su camino y el 26 de agosto de 1928 vuelve con sus padres a la calle S. Massimo. En las comunidades por las que ha pasado, fervorosa y sonriente, ha sido muy amada.

Su lugar

Con 25 años, busca su camino en el mundo. Continúa trabajando en la Acción Católica, ora más intensamente y recibe los consejos de su director espiritual para llegar adonde Dios la quiere. Sor María, superiora de las hermanas del Buen Pastor de Angers, le dice: “Si me escuchas, entra en las Capuchinas: es clausura papal y tienen oficio divino”. Pierina se decide: entra en las Capuchinas de Turín, en Borgo Po. Viste el santo hábito, poco más de un año después, al término del noviciado, ofrece a Dios los sagrados votos. Es ahora sor Consolata.

Pide como regalo a sus amigos y conocidos, la Confesión y la Comunión para sí, pero sobre todo para su santificación y su permanencia en el camino hacia la santidad. A partir de ese día, busca en todo lo más perfecto, la obediencia absoluta, la dedicación total de corazón y de mente hasta evitar todo pensamiento que no sea Jesús. Ofrece a Dios un solo propósito: el continuo “acto de amor”, expresado en la invocación “Jesús, María, os amo, salvad a las almas”. Incesante acto de amor.

Y Jesús, que la invade, la ocupa y le enseña para ella y para los demás el “pequeñísimo camino”, el mismo que recorre ella: el del amor y de la confianza: “Perteneces a las almas pequeñísimas… Estas te seguirán dándome el acto incesante de amor… No serán sólo miles las “pequeñísimas”, sino millones y millones. A ellas pertenecen también los hombres. Y a tu muerte las “pequeñísimas” correrán a Mí, como un día, cuando aparecías en la plaza de S. Massimo, corrían a ti las niñas más pequeñas”.

En 1938, sor Consolata es asignada al nuevo monasterio de Moriondo (Testona-Turín), que las Capuchinas han abierto por el afluir de muchas jóvenes a su convento. Ella había previsto todo esto y, por sugerencia suya, el monasterio es dedicado al Sagrado Corazón. Desde que entra en el monasterio, se inmola por la conversión de los sacerdotes que “lo han dejado”, por la santificación de todos los sacerdotes, a quienes llama “mis hermanos” (también por los que vendrán en nuestro tiempo de decadencia).

Renueva su consagración a la Virgen, en total esclavitud de amor, para que la Mamá Celeste de a Jesús todas las almas que ella le pide. “Dame las almas – ora como don Bosco – y toma todo lo demás: salud, alegría, vida”.

Tú también puedes

No acabaríamos de contar esta interesante “historia” de pequeñas grandes cosas, todas marcadas por el amor más puro y heroico, por la Sangre de Cristo, recibida y ofrecida, por la configuración cada vez más perfecta a Él. Su ofrenda victimal por las almas y por la Iglesia se hace suma durante la segunda guerra mundial. Al final de la guerra, en noviembre de 1945, sor Consolada es ingresada en el sanatorio: es un sacrificio enorme dejar su celda, la oración en soledad o en comunidad ante Jesús-Hostia. Pero ofrece a Dios sus últimos “sí”, intensos, plenos, hasta el culmen.

Está, pues, en el S. Luigi en Turín, entre los enfermos incurables. Le quedan pocos días de vida. Con las manos agarradas al Rosario, repite hasta el final: “Jesús, María, os amo, salvad a las almas”.

El 3 de julio de 1946, vuelve a su monasterio de Moriondo. Pesa sólo 35 kilos y tiene sólo 43 años. Tiene una sonrisa maravillosa y todas quieren verla y despedirse de ella, ahora que va a partir hacia el Paraíso.

Quince días de agonía y el 17 de julio, el último de su vida, Consolata desea ser velada, es la primera y la única vez.

A las tres de la madrugada, se vuelve hacia la imagen de Jesús y de la Virgen que tiene cerca y murmura en piamontés: “Jesús, María, ayudadme porque no puedo más”. A las cuatro, se hace la señal de la Cruz y besa el Crucifijo como se besa el Rostro del amor… y Le ve. Es el alba del 18 de julio de 1946.

A su director espiritual, el padre Sales, sor Consolata había escrito el 7 de octubre de 1944: “Jesús, un día, mostrándome al mundo, dirá: Se ha fiado de Mí. Me ha creído. Sí, Jesús hará grandes cosas. Consolata se convertirá en consoladora. Me inclinaré con amor sobre quien sufre, quien desespera, quien impreca… Jesús y yo nos queremos. ¡Quién sabe después en su Reino!”.

El 8 de febrero de 1995 se inició su causa de beatificación-canonización; oremos cada día para que se acelere este camino suyo hacia la gloria de los altares, donde será digna compañera y émula de S. Teresa del Niño Jesús. Su “pequeñísimo camino” hacia el Cielo, hecho de confianza y de amor, es posible para todos: también para mí, para ti, nos es dado hacer de la vida, en unión con Jesús, un continuo acto de amor para la gloria del Padre y para la salvación del mundo: “Jesús, María, os amo: salvad a las almas”.

Candidus

P.S. Su “admirable vida” ha sido narrada por Paolo Risso, L’amore per vocazione, Ancora, Milano, 2001, con estilo narrativo, fluido, apasionado.

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

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Visto en: Adelante la Fe

In memoriam: Josef Pieper

Un día como hoy, pero de 1997, Josef Pieper cerraba los ojos a la luz del mundo… y los abría a la Luz inaccesible por la cual vivió y enseñó. Habló de contemplar, hoy “fija la mirada en el Amado”. Habló de fiesta, hoy se encuentra extasiado de la Felicidad Eterna. Habló de culto, hoy canta el Gloria in excelsis Deo junto a los ángeles.

José Gastón

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A 20 años de su partida a las moradas eternas donde está frente a frente a lo anhelado durante toda su vida… Sabemos que esto fue así pues lo delata la frente amplia, la mirada profunda y cristalina, el semblante sereno y relajado, propios de aquel que ha sabido contemplar realidades, a los vulgares ojos, invisibles…

 

De ocio y contemplación

 

No es por mucha actividad

Que el alma encuentra el reposo

Sino que se encuentra el gozo

Conociendo la verdad.

Pero entre negocio y vanidad

El hombre su alma pierde

Porque la acedia lo hiere

En su afán de contemplar.

El único modo de hallar

La dicha eterna y el ocio

Es buscar a Dios en todo

Hasta en la misma actividad.

Porque el ocio jamás será

Sinónimo de alma marchita

Es la serena alegría

de quien goza en realidad.

Inés de Jesús