Ante un nuevo acto de culto democrático

Gueydán de Russel caracterizaba a la política sin Dios como una “política juego”, donde los equipos se dividen en partidos y se entregan a un espectáculo circense. En este tipo de política idolátrica, viciada desde sus mismas raíces, se busca desordenadamente el poder por el poder mismo. Hay una sustitución de principios, en lugar del bien lo útil, en lugar del orden natural lo antinatural, en lugar de la certeza moral el relativismo, en lugar de la concordia el odio y la venganza.

Este estilo de política y este relevo de principios se vienen concretando en nuestra Patria con asidua y persistente continuidad, pero en los últimos años se ha profundizado de manera notable. Lo acontecido el día de ayer en nuestra Argentina es muestra de la inconsistencia moral y del deterioro, que casi llega a la putrefacción, de gran parte de los argentinos. Y con esto me refiero a la victoria de la mafia Fernández y Fernández. Victoria que dejó en claro el talante moral de ciertos fanáticos suyos con cánticos, pintadas y todo tipo de manifestación contra “el gato” Macri. No se atreva el lector a colocarnos en el tablero de “Juntos por el Cambio”, no. Las dos fórmulas que se discutían el poder palmo a palmo tan solo nos merecen un calificativo: despreciables.

Sin embargo a pesar de que cambia el color político, nada cambia, es más de lo mismo: la tenaz lucha contra Cristo y su Iglesia y contra el Orden Natural. Ahora se hará por izquierda, antes por derecha, pero en definitiva es una tenaza que constriñe cada vez más los últimos resabios del decadente orden social cristiano (con las facilidades que le dan los mismos cristianos, y en particular la jerarquía católica).

Estamos frente a una política que se ha separado de la moral y de un hombre que le ha vuelto la espalda a Dios. El hombre, entonces, es endiosado y se convierte en fuente de todo bien y de toda moral. Y este principio del liberalismo es lo que da sustento a la democracia liberal, que es el non serviam en plural del que hablaba Madiran.

Este sistema corrupto y corruptor (que no una de las tantas formas de gobierno que acepta la Iglesia) se sustenta ante todo en la descomposición moral. Luego, la batalla no está en las urnas, terreno imponderable del enemigo, la batalla está en el ámbito cultural. Bien lo entendieron Gramsci, los de Frankfurt y sus secuaces. Tan bien lo entendieron y tan bien les salió la jugada que hasta los mismos católicos caemos en sus tretas. Repito, la batalla está en el ámbito de la cultura, en el amplio sentido en que hoy se entiende, en todas las manifestaciones diarias, desde el saludo (antes se estilaba al saludar decir “Ave María” y el otro respondía “Sin pecado concebida”, o también “adiós” que es apócope de “A Dios encomiendo su alma”) hasta la creación de editoriales, clubes, empresas, escuelas, medios de comunicación, todo lo que esté a la mano como decía Castellani. Es decir, creación de Cuerpos Intermedios. Pero primero y antes que nada debemos corrernos del lugar de Marta y ser como María quien se quedó con la mejor parte. El católico no debe, no puede olvidar que es preciso restaurar a Cristo en cada uno de nosotros, debemos ser otro Cristo. Lo demás, lo que hace Marta, que podríamos llamar en término general justicia social, es consecuencia de aquello. Por lo tanto, lo inaugural, es “Buscad primero el reino de los cielos”.

Ha dicho con magistral sabiduría Genta

“que el hombre convertido a Dios en Cristo, transforma a la sociedad y a la historia en la acción redentora por la cual el tiempo se hace imagen de la eternidad y la comunidad de los hombres se convierte en Iglesia, en Cristo total cuya cabeza es Él y nosotros sus miembros”.

Por tal motivo la obligación del católico es el ajustar su vida política a las exigencias de su recta razón, iluminada por la fe. Es deber innegociable conocer las exigencias de su fe, formarse en la Doctrina Social de la Iglesia, conocer el Magisterio, ilustrase bebiendo de las fuentes que manan de los grandes pensadores católicos.

Y por último, como corolario de la acción política ser Testigos (que en griego se dice mártir). Es ofrecerse a través del sacrificio personal, defendiendo con viril energía todo aquello que es sagrado, reverenciado y respetado. Bien lo ha dicho Genta, y lo demostró con su propia muerte: “sin disposición al sacrificio no puede haber fidelidad continuada, ni constancia persistente en el esfuerzo, ni fortaleza suficiente para resistir la adversidad”. Pero este sacrificio no es un voluntarismo, sino más bien, sigue diciendo Genta,

“Tiene que ser partícipe por la Gracia de Dios, de la Pasión, Muerte y Resurrección de N. S. Jesucristo para ser vencedor incluso en la derrota y para que la Vida verdadera surja de la muerte con nitidez fulgurante en la Esperanza sobrenatural”.

El Testigo triunfa indefectiblemente, pero a costa de su sacrificio personal. Por eso Castellani agrega: “para algunos, por vocación, salvar el alma es lo mismo que salvar la Patria”. Esta fue la vocación de Genta, salvó su alma intentando salvar la Patria. Genta fue testigo, siguió el ejemplo de aquel Supremo Testigo, Jesucristo, que vencido, vence.

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La sociedad se encuentra en pleno desorden y desorientación. Pero en la medida que Dios nos provea de testigos que alcen la voz y reclamen los derechos de Dios, reaparece la Cruz como signo, como bandera y como estandarte. Es por ello que ningún cristiano debe entender la historia como un mero transcurrir del tiempo y de los caprichos del hombre, pues si la comprende así, sin una mirada teológica ha sucumbido al oleaje del mar del mundo. Y nosotros no podemos pensar así, porque el director de la orquesta es Dios y su Hijo, Cristo Rey, se reserva el último acorde.

 

José Gastón

Réplica al artículo ‘Los Cruzados Virtuales…’

La nota que adjunto encontró albergue en un blog titulado “Que no te la cuenten”, dirigido (o administrado, como se dice ahora) por el Padre Javier Olivera Ravassi. El texto no lleva firma, salvo que pueda considerarse por tal el sello del Centro de Estudios Universitarios “Leonardo Castellani”.
Hasta ayer creí que el texto estaba dirigido a Antonio Caponnetto. Algunos amigos también lo creyeron. Incluso Antonio Caponnetto consideró que era un ataque contra él. Pero todos nos equivocamos puesto que el Centro “Leonardo Castellani” emitió un comunicado aclarando que el escrito no tiene un destinatario concreto -“mucho menos Antonio Caponnetto”- sino que es tan sólo la “descripción genérica de una mentalidad”, la de los “cruzados virtuales”. Eso me trajo tranquilidad.
No obstante, releyendo el escrito, con un azoramiento del que no salgo, retornó a mí la inquietud. El tenor general del escrito es sumamente agresivo y evidencia una cólera apenas contenida, un frenesí crítico que no se corresponde con la mera descripción de una “mentalidad”. El texto no se refiere a Caponnetto, de acuerdo. Pero entonces, ¿a quienes? ¿Quiénes son los portadores argentinos de este virus mental, moral, ideológico y religioso contra los que el anónimo autor alza el índice acusador? Estas son preguntas lógicas respecto de un texto en extremo violento y a la vez viciado de ambigüedades.
Tras varias lecturas, mi parecer es que el autor se dirige a muchos de nosotros. A los que no vemos que una empresa partidocrática sea un medio aceptable para llegar a buen puerto. A los que consideramos que la pelea por la familia y la vida de los hijos de esta Patria –hoy llamada “provida”, a secas- no puede desvincularse de la Verdad. A los que seguimos creyendo que no han desaparecido los alcázares, ni las campanas, ni los púlpitos. Ni los vigías. A los que seguimos enseñando eses puñado de verdades a nuestros hijos y alumnos, a los amigos que quieran escucharnos.
No tenemos más que las clases y las charlas que damos, o los pocos textos que escribimos. No congregamos multitudes ni somos influencers, pero cada uno de nosotros –¡cómo recuerdo a mis amigos y camaradas de varios lugares del país que, a pesar de los dolores y las angustias, siguen en la brecha del Buen Combate diario! – nos entregamos con fervor, con auténtica fe y esperanza en la resurrección de aquellos que se llamó Argentina. Ninguno de los hombres que conozco, y que aparecen acusados caricaturescamente en esta nota, falta a la caridad a la hora de decir o escribir sobre las cosas que a todos nos importan.
Nunca he escrito un texto como éste. Jamás ocupé mi tiempo en responder un ataque. Si he tenido críticas a gente amiga o a camaradas, o guardé silencio o las manifesté en persona. Hay tantos enemigos de la Familia, la Patria y la Iglesia que es cosa triste que alguien pueda tomarse unas horas para calumniar a la propia tropa. Pero me siento obligado a escribir esto, aunque me duele. Y aunque soy un don nadie y carezco de la estatura intelectual necesaria, es necesario que alguien lo haga. Casi como una cuestión de defensa propia.

La nota de marras es pusilánime, innoble, dañina, triste y desesperanzada. Y en apretada síntesis diré por qué.
1) La nota desborda pusilanimidad pues arroja sus envenenados dardos desde un ignominioso anonimato. El autor calumnia e injuria parapetado en el amontonamiento, tira piedras a lo piquetero, desde la masa. En vez de su nombre y apellido, firma como si todos los miembros de ese Centro de Estudios lo hubiesen escrito mancomunadamente. Casi me recuerda a los obispillos que –disminuidos en fe y coraje- firman resguardados en esas entelequias ajenas a la Tradición denominadas Conferencias episcopales.
Si el autor hubiera firmado con nombre y apellido otro sería el cantar. Pero no, el escriba anónimo, que blasona de ser un “alma templada a golpes”, que acusa a los “cruzados virtuales” de esconderse detrás de una “trinchera-covacha”, no tiene la entereza de dar su nombre y apellido, tal como un cruzado real haría.
2) Este es un escrito innoble, aplebeyado, ayuno de hidalguía, desdoroso y deshonroso. Estas cosas no se hacen, y mucho menos con la “propia tropa”. Esto, ni al enemigo. Y hablando del enemigo parece surgir del texto que el enmascarado autor es un milite de los que se comen las balas sin pelar, que se la pasa cruzando lanzas con la turba del trapo verde náusea, en cada manifestación, en cada aquelarre, en la puerta de cada iglesia o catedral sacrílegamente violentada, en cada demoníaco abortorio, en cada juzgado que convalida el escándalo de la niñez “trans”. Es eso lo que se evidencia cuando se leen sus temerarias incursiones en “la peligrosa plataforma que se llama el mundo real”. A tenor de lo allí estampado, uno se siente inclinado a pensar que el cruzado real autor, no le deja pasar una a los masones de toda extracción- estén donde estén, ocupen el lugar que ocupen-. Casi puede imaginárselo desayunándose muchachos de La Cámpora, así de puro guapo. Es lo que uno imagina, pero el mismo autor se desmiente.
Es probable es que esta persona haya participado de las marchas antiaborto desde 2018 (antes no había manifestaciones, ni muchedumbre, ni audiencias sino una prolija acumulación de leyes perversas, ante el silencio generalizado) y que haya audicionado en el Congreso “para que no salga la Ley”. O para demorarla.
Pues bien, yo estuve en cada marcha –no hubo “hermano separado” con el que no me abrazara, emocionado-, intervine en la audiencia neuquina del infame Código Civil (espeté en la jeta de Fuentes, Filmus y Camaño) y sin embargo, jamás sentí que mi vida estuviera en riesgo, nunca pensé que esa gesta sería la última. Que Dios me de siempre el buen sentido, y el pudor, de no creerme un cruzado real por putear a un senador, entonar cánticos protestandoides “por las dos vidas” o ir a las conferencias de los celebrities liberalotes que andan de gira sacándole el mango a nuestra buenas y sanas gentes.
3) Es una nota dañina.
Este texto ha hecho mucho daño. Mucho. Quizás su autor no lo sepa. Tal vez sólo pretendía dar rienda suelta a su encono hacia “él”/“ellos”/”nosotros”, escribiendo una pieza turbia –robándole unas horas a su cotidiano combate callejero- para terminar leyéndose y releyéndose, sonriendo jactancioso en la soledad de su covacha escritoril. Quizás no midió consecuencias. Pero lo cierto es que ha cometido una injusticia, ahondado viejas heridas que empezaban a restañar, profundizado divisiones que no deberían existir, zahiriendo a personas que -equivocadas o no, Dios sabrá- presentan el combate como pueden, testimoniando con pasión y entrega, siempre abigarradas en un puñado de verdades inveteradas, sólidas como rocas. Esta persona ha herido, confundido, desunido, escandalizado.
Es que hay que atreverse a declamar y reclamar caridad y al mismo tiempo injuriar con lindezas como estas: “espíritus geométricos, adalides de la matrix, puritanos, rebuznadores, caballeros conceptuales, puristas, carceleros de la ortodoxia, cruzados de escritorio, gustosos de la victimización, asomo de perseguidos”.
Hay que atreverse a hacer berrinches porque habemos quienes no acompañamos a NOS (que refiere, ya no a la forma átona del nosotros, sino a la primera palabra del Preámbulo de la Constitución de 1853, lo cual ya dice mucho) y al mismo tiempo perorar sobre lo prudencial porque “la política es opción entre dificultades”. Si la política es eso, es mero optar y actuar en la madeja de lo fáctico, si es cuestión eminentemente prudencial, ¿cuál es el problema con que algunos opten por no convalidar esa o cualquier otra opción política partidocrática?
Tengo para mí, al resguardo, el incólume afecto por los familiares y amigos que guardan expectativas –que no esperanza- con las próximas elecciones, los legisladores “provida” y el arribo de un veterano malvinero que hará retornar las cosas a su quicio, que nos sacará del abismo. Me gustaría creer en eso, en serio, pero no lo puedo ver, no me sale. No obstante, tras señalar con afecto esa imposibilidad mía a amigos y familiares, guardo un caritativo silencio. Y lo mismo puedo afirmar respecto de la actitud de muchos de mis amigos del nacionalismo.
4) Este texto es triste y desesperanzado.
Además del tono jactancioso y soberbión, todo el escrito evidencia un gran encono, una tirria apenas contenida que no encuentra explicación, sobre todo si el objetivo ha sido la mera descripción de una forma mentis.
Pero esencialmente estas páginas segregan una terrible tristeza, como devela uno de sus párrafos iniciales:
“¡Ay de mí! Ya quisiera yo ser llamado a contemplar en paz un misterio del Santo Rosario o cantar en coro con el corazón en ascuas un himno gregoriano tomado del Gradual y ser arrebatado a la tercera morada, pero me fue impuesto tener que trabajar, hacer mandados y consultar de reojo cuánto cerro el dólar la mañana de hoy”.
Es cosa penosa y dolorosa la burla que contiene ese párrafo.
Pero la cosa sigue, y la pena se ahonda, como muestra esta peligrosa y patética befa que es casi una profesión de desesperanza:
“(‘Ellos’) esperan una restauración. Esperan la Parusía. La consumación final y la plenitud de los tiempos; y si miran a oriente cada mañana, se vuelven un poco más realistas y les asoma el alma por la ventana de la burbuja virtual y respiran la agreste atmósfera del mundo consumado en fracaso, y exclaman con profundo realismo: ¡Cristo Vuelve! Y de repente el corazón se les inflama y sus conceptos cobran vida, y ese brote de esperanza interrumpe la obtusa mirada cotidiana, y sus palabras se vuelven Verbo por una vez… pero miran alrededor y encuentran que ese anhelo les contesta: ‘todavía no’”.
Hay que tener mucho rencor para escribir esto. Parecen líneas de Renán. Pero sigue, angustiosamente, como quien ya no ve sino Derrota:
“Ya no quedan palacios, ya no quedan cuarteles, ya no quedan alcázares, ya no quedan vigías, ya no quedan ni siquiera púlpitos, ya no suenan las campanas del mediodía. Ya los niños están tristes con sus infancias alienadas. Las familias agonizantes. Ya no hay pastor. Ya no hay maestros. Ya no está occidente con sus preciosas instituciones republicanas heredadas de la Roma prístina. Las preciosas formas que instauraron la gloria de la cristiandad, del Reinado Social de Cristo, de las Catedrales y los Claustros se quedaron sin materia. Quedaron las formas luminosas y sus esencias pero ya no hay materia. Ya no hay soporte”.
Yo espero la Restauración. Y la Parusía. Creo que ¡Cristo vuelve! Creo en el arquetipo del Alcazar, en el tañido eterno de las campanas, en los buenos sacerdotes en sus púlpitos. Creo en los vigías –y a veces sueño que lo soy- y sé que hay Pastor y maestros, porque los he visto y oído. Creo en la Tradición y hago lo que puedo por transmitirla. Y porque creo que Dios puede demorar una ley perversa –no creo que sea cosa de la voluntad de la masa- creo en el Reinado Social de Cristo. Sigo creyendo que todo debe ser restaurado en Él y que eso no será obra de hombres aunque habrá quienes dejen la vida en ese empeño. Y todo lo que creo y espero se lo debo a Dios.
En fin, confieso que esta nota me ha provocado un gran abatimiento. Hace tres días estoy abandonado en un constante oscilar entre la bronca y la tristeza, aunque al momento de “subirla” me domina la pena.
No quiero yo saber quien es el autor de este texto. Quería, pero ya no. Sólo me interesa transmitirle algo, si es que llega a leer este ya larguísimo escrito: soy sólo un profesor perdido en la Patagonia, carente de toda entidad intelectual. Soy un pecador, repleto de vicios y miserias y quizás uno de mis pecados sea el de ser efectivamente un cruzado virtual. Si es así, ya rendiré cuentas por eso, además de por mis otras faltas. Pero hay algo que me permito aconsejarle: reflexione sobre lo que ha escrito, sobre lo que ha hecho. Y ya sea que ratifique o rectifique, la próxima vez dé la cara.

 

Prof. Sebastián Sánchez

¿NOS están engañando?

Amén de los artículos y las argumentaciones que se han expuesto en este blog, y en otros por estas fechas, insistiendo una y otra vez sobre la perversión del sistema democrático y su oposición a la Doctrina de la Iglesia, por estas horas nos hemos adentrado en las propuestas del partido comandado por Gómez Centurión, NOS. Más allá de las propuestas económicas de corte liberal, nos hemos centrado en las propuestas “provida” que sostiene. Y partir de aquí ver cómo apuntala y defiende estas últimas.

Bien. Sabemos que esta forma de gobierno (corrupta, por cierto) se sostiene en el número, y que la sanción de las leyes se rige por idéntico criterio. Por lo tanto el número cuenta, la mayoría es prioritaria. Es de crucial importancia lograr bancas en el Congreso, tanto en senadores como en diputados. Y es en este punto en el que nos comenzó a hacer ruido la “estrategia” de NOS.

NOS solo lleva candidatos a senadores en Chaco y Salta, y de diputados en las dos provincias ya citadas más Santa Fe (que, como dato no tan anecdótico, son ¡10! los candidatos que se enfrentan en la interna). Esto es lo que nos resulta raro ¿cómo es posible que no se lograra conseguir candidatos en el resto de las provincias? ¿Falta de tiempo, incapacidad, ingenuidad, o argucia?  ¿Acaso se desconoce cómo funciona el sistema de distribución de diputados por provincia? ¿Por qué se le pusieron “tantas fichas” a la elección presidencial sabiendo de antemano que contra los poderes y los intereses de las oligarquías que manejan gran parte del mundo, incluido nuestro país, poco se puede hacer? ¿Qué fuerza podrán hacer, si por esas casualidades ganan los diputados y senadores de las provincias citadas ut supra frente a una bancada repleta de abortistas como los de Macri, Cristina y los demás?

Claramente hubo una estrategia deficiente, por no decir concertada de antemano. Las dos cámaras quedarán en las garras de los abortistas.

Nos podrán decir “¿y si gana Centurión?”. Casi los podríamos considerar un milagro. Supongamos que gana… ¿Entonces?- pregunto. Mi interlocutor dirá: “puede vetar la ley”. Es cierto, pero lo único que hace es prolongar, por muy breve tiempo, la agonía. Dice el art. 83 de la Constitución:

“Desechado en todo o en parte un proyecto por el Poder Ejecutivo, vuelve con sus objeciones a la Cámara de su origen; ésta lo discute de nuevo, y si lo confirma por mayoría de dos tercios de votos, pasa otra vez a la Cámara de revisión. Si ambas Cámaras lo sancionan por igual mayoría, el proyecto es ley y pasa al Poder Ejecutivo para su promulgación”.

Repito, la estrategia fue mal consumada.

¿O por el contrario bien consumada y NOS están engañando?

 

José Gastón

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Finalizada esta nota, un querido maestro me hace llegar el vídeo de un programa emitido el día de ayer, en el cual Soaje Pinto y Chinda (por cierto, los primeros engañados) desenmascaran la jugada de Gómez Centurión. La pregunta es ¿Por qué no lo dijo antes?

El virus partidista o la miopía celeste

“Obrar con la forma mentis de la revolución,

es demostrar que la revolución ha triunfado”

Maurras

En una nación que le ha dado la espalda a Dios, donde la religión “mayoritaria” solo lo es a los efectos de las encuestas, donde la cultura ya no es el cultivo del hombre según helénica acepción, donde la política no es la búsqueda denodada del bien común, donde la educación no es la conducción del hombre a su perfección, donde la corrupción de las costumbres más nobles es política de estado, donde el orden natural -en el cual la familia es su último bastión-, la partidocracia se reparte lo poco que le queda de dignidad a nuestra patria.

En esta política de arrabales sabido es que los partidos nunca van a tender a la concordia porque hacen primar su interés partidario por sobre el bien común. Y aquel es uno de los elementos constitutivos del gran cáncer que nos asfixia cada día más.

Otro de los elementos constitutivos de este tumor político son los supuestos filosóficos sobre los cuales se asienta el sistema y que aceptarlos a pie de juntillas no hace más que consolidar la derrota de la Argentina. Aceptarlos a pie de juntillas es prenderse en la movida politiquera de querer formar un partido (elemento decadente de nuestra nación) para subsanar el cáncer con elementos cancerígenos; no niego que algunos partidos no acierten en el diagnóstico en lo que a nuestro país le acontece, pero yerran en el suministro de la cura.

Los llamados “partidos celestes” -de quienes doy por sentadas sus buenas intenciones políticas-, cometen el eterno error de querer reconquistar la Argentina con las herramientas que el mismísimo enemigo les provee; es decir, quieren competir honestamente en inferioridad de condiciones donde la mayoría de los politiqueros no trepidan en echar mano a la trapisonda, a la inmoralidad y la mentira. El poder financiero con el que cuentan los principales partidos no va a permitir que se ponga en juego su continuidad en el poder. Es por esto que difícilmente permitan la llegada de un “partido celeste” al poder.

La reconquista no se va a lograr echando una papeleta en una urna como le han hecho creer al común de la gente sobándole la espalda mientras le recuerdan el dogma revolucionario de que son “soberanos” para elegir. Pero ¿qué sucede cuando el candidato asume en su cargo? Hace lo contrario a lo prometido, entonces ese soberano no puede demandarle que cumpla aquello que prometió, porque el pueblo solo es soberano para votar y no para demandar el cumplimiento de promesas electorales.

La Argentina no se va a reconquistar por la coyunda de los opuestos, como se propone entre católicos y evangélicos a los fines de llegar al poder. Porque entre unos y otros existen diferencias serias y profundas. Sobre todo, diferencias teológicas que no pueden no provocar consecuencias en el plano político.

La reconquista de la Argentina no será posible si se le sigue haciendo el caldo gordo a la democracia y a todo este sistema que la prohíja. No se le puede seguir rindiendo pleitesía a esta demogresca, rindiendo el examen de lo políticamente correcto para no ser tildado de “nazi” o “facho”.

No será posible la reconquista si tanto la Jerarquía eclesiástica como las testas católicas insisten en mandar al rebaño a las urnas como única salvación cual Arca de la Alianza de la democracia; cuando desde los mitrados debería iniciarse la resistencia viril y católica a este sistema que cada día ultraja al mismísimo Dios y a su creación.

La reconquista de la Argentina del fango donde se la ha sumergido desde la Batalla de Caseros, comienza por la reforma del hombre en todas sus dimensiones; es necesario volver nuestra mirada y nuestro accionar a los principios fundacionales: aquellos que trajeron la espada y la cruz. Aquellos que emanan de las Sagradas Escrituras. El agudo pensador español Miguel Ayuso lo ha puesto de manifiesto en su célebre opúsculo “La política, oficio del alma”:

“La perspectiva católica se centra fundamente en la reforma del hombre. Hay que encarnar humildemente, pacientemente, la verdad humana. Y si han sido removidas las bases más elementales de la naturaleza humana no basta con predicar, a todos y a ninguno, desde la cúpula del edificio vacilante; es preciso bajar y reparar piedra a piedra sus cimientos amenazados.”

Pues bien, esta labor de reparación de la piedra de los cimientos de nuestra patria, no se puede lograr poniendo toda nuestra esperanza en que un candidato más o menos católico pueda revertir este proceso de descristianización llegando al poder, con un pueblo envilecido en sus costumbres y con una plana clerical que en su mayoría no hace más que predicar sobre la pobreza con un lenguaje remozado con elementos de la teología de la liberación. Nuestra esperanza ha de pender de la cruz, no de la urna.

Fundemos cristianas familias y ayudemos a fundarlas, libremos el buen combate para vencernos a nosotros mismo levantándonos del fango del pecado con la asistencia de la gracia sin la cual nada podremos; y si esto se replica en numerosas familias, veremos cuan sustancioso será el resurgimiento de una nueva Argentina. En una palabra, seamos santos, que esto va a repercutir en la sociedad por añadidura.

Si esto no lo pueden ver quienes engrosan las filas de la llamada ola celeste, padecen una miopía preocupante y los resultados no pueden ser sino nefastos y devastadores para su costal y no harán más que consolidar el sistema que a pasos agigantados nos devasta.

Y para que esa noble (y para algunos, ingenua) esperanza de que un día vendrá un gaucho a estas tierras a mandar, primero es necesario que hayan familias de los cuales puedan salir esos posibles reconquistadores.

 

Martín del Prado

El ateísmo liberal y la descristianización de las sociedades

El obispo Torras y Bages escribía, allá por 1892, que los españoles, que se libraron del error religioso y metafísico del protestantismo, se encuentran hoy sometidos al mismo error, pero en el ámbito de lo político y práctico: el liberalismo. Liberalismo que a criterio del purpurado encuentra sus raíces en la declaración de los derechos del hombre y en el Contrato Social de Rusó y que se encuentra encarnado en la constitución de las naciones modernas, frutos maduros de aquellos principios.

Claro lo tenía Donoso Cortés cuando en el comienzo de su obra cumbre el Ensayo afirma, en forma axiomática: “En toda cuestión política va envuelta una cuestión teológica”. El error político del liberalismo tiene su origen en el error protestante, en la herejía protestante, en el apartamiento de la verdadera doctrina. Por eso León XIII en su Inmortale Dei decía que este nuevo ordenamiento político se presenta como un derecho nuevo… en muchos aspectos opuesto no sólo al orden cristiano, sino también al orden natural”. En esta Encíclica el Sumo Pontífice expone que los principios revolucionarios son el contenido esencial de la modernidad. Respecto a esto va a decir con señera expresión Felix A. Lamas que

“la pugna entre el liberalismo y el socialismo es solo relativa, dentro de un marco común –la revolución-, que se reduce, en el fondo, a la oposición, fruto de la inercia, entre una etapa ya agotada del proceso y otra, pujante, que es a la que hoy le toca librar la batalla definitiva”.

Liberalismo y comunismo tienen diferencias accidentales, pero en lo sustancial son parte de un mismo proceso revolucionario que rompe con las estructuras fundamentales de la cosmovisión cristiana. Combaten la mismísima idea de Dios en todos los ámbitos de la sociedad. En definitiva toda revolución es la manifestación del “non serviam”, de la supresión de la Providencia, por la propia voluntad. Por lo dicho, cuando hoy vemos a muchos católicos compartir trinchera con los liberales para luchar contra el “marxismo cultural” nos da escalofríos, pues si hemos llegado a esta etapa es debido a la disolvente predica de los liberales de antaño. Se escucha la palmadita liberal sobre el hombro del católico que no se da cuenta que pronto esa palmadita se convertirá en un empujón a la fosa.

Por otra parte el liberalismo se presenta como una filosofía naturalista de la cual emana el rechazo categórico de lo sobrenatural como algo falso o imposible. Naturalismo que el Cardenal Pie llamo “el ejército de la última y radical herejía”. Los naturalistas, deificando a la naturaleza, rechazaron de plano la soberanía de Dios. Hacemos nuestra las palabras del citado Cardenal cuando expresa:

”El naturalismo, hijo de la herejía, es mucho más que una herejía: es el puro anticristianismo. La herejía niega uno o más dogmas; el naturalismo niega que haya dogmas, y que pueda haberlos. La herejía altera más o menos las relaciones divinas; el naturalismo niega que Dios sea revelador. La herejía expulsa a Dios de tal o cual porción de su reino; el naturalismo lo elimina del mundo y de la creación”.

Su fin, destronar a Cristo, expulsarlo de la vida social.

Por eso, y a forma de corolario, podemos advertir junto a Torras y Bages que el sistema político presente en las constituciones modernas del mundo occidental tiene que ser considerado prácticamente como responsable de la profunda descristianización de los pueblos en nuestro tiempo.

José Gastón