Mi padre y la muerte. Testimonio

Jordán Bruno Genta

La posibilidad cierta de la muerte violenta no le surgió ni por extrañas visiones ni por dones de adivino. Las amenazas llegaban por teléfono, todos los sábados a las 11 de la mañana (por lo matos aquellas de las que tuvimos noticia, porque varias veces atendieron el teléfono mi madre o la empleada…).

Jamás, por otra parte, alardeó de esta persecución, tomando de ella ocasión para ensoberbecerse o presumir de fuerte, binumerables veces incluso, le oímos poner en duda su propio comportamiento cuando llegara el momento crucial. Transcribo exactamente: «Siempre le ruego a Dios que si cumplen la amenaza me maten pero no me secuestren. Tengo conciencia de mi bajo umbral al dolor. Me dolería mucho hacer un mal papel en ese trance, no por mí, sino por la doctrina que represento».

Su estilo frente a la muerte viene a ser la ‘versión criolla’ de un Tomás Moro (quien se defendió con todo el peso de su rango) o el de José Antonio: «la vida no es una bengala para quemarla en fuegos de artificio», o «nunca es alegre morir a mi edad».

Admiraba sí, aun en el adversario, el temple ante la tortura (por comentarios por ejemplo cuando los montoneros publicaron el relato de la muerte de Aramburu), pero no creo que nadie le haya escuchado postularse como mártir, o pedir aquella muerte.

No claudicó ante las amenazas, pero nunca le escuchamos la menor fanfarronería ante el sufrimiento o la muerte.

Frente a las amenazas tomó la misma actitud que ante otras cruces o pruebas de su vida: aceptación confiada, fidelidad y disponibilidad a la suprema Voluntad de Dios.

 

María Lilia Genta de Caponnetto

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En: GENTA, J.B. Asalto terrorista al poder. Editorial Santiago Apóstol, Bs. As., 1999, p. 11.

Homenaje a Alberto Caturelli

Alberto Caturelli en una de sus visitas a San Luis.

En el marco de una nueva Jornada Universitaria de Apologética en la provincia de San Luis, en la cual han participado más de un centenar de jóvenes de diferentes provincias, se realizó un homenaje al Maestro Alberto Caturelli. Las hermosas palabras que se leyeron son un resumen de un artículo más extenso realizado por la Prof. Ana C. Galiano. Aprovechamos este espacio para agradecerle tan generoso gesto de hacer públicas dichas palabras en nuestro blog y la exhortamos a divulgar el artículo completo, donde la verdad, la pulcritud y la belleza con que está escrito se unen armoniosamente a la descollante personalidad del biografiado intelectual católico argentino.

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Eminente filósofo, incansable predicador de la verdad y cristiano cabal

Es un honor para nuestra Patria Argentina haber contado entre sus hijos a uno de los más eminentes filósofos y ante todo verdadero católico. A modo de un sentido homenaje, quisiéramos traer aquí el recuerdo de su lucidez en este mundo, de su innegable inteligencia y coraje para defender la verdad, de su certísima percepción de los males y peligros que actualmente acechan al cristiano y a la Iglesia.

Alberto Caturelli nació el 27 de noviembre de 1927 en Villa del Arroyito, cerca de la ciudad de Córdoba. Esposo de Celia Isabel Galíndez y padre de ocho hijos. Doctor en Filosofía, y Doctor honoris causa de varias Universidades en diversos países. Participó en dos centenares de Congresos a nivel nacional e internacional. Publicó alrededor de cuarenta libros y quinientos artículos. Un rasgo característico es lo valioso de sus obras: todas son profundas, claras, llenas de la más amplia erudición e iluminadas por la fe cristiana.

San Agustín dice: Para conocer a un hombre, pregúntale lo que ama”. Caturelli amaba sobre todas las cosas al Dios Uno y Trino, a quien recibía diariamente en el Sagrado Sacramento; a la Santísima Virgen, bajo cuyo amparo encomendó su vida y su familia. Amaba a la Iglesia, y por eso se dolía profundamente por aquello que denominó “la invasión de los iscariotes del relativismo sofistico y anticontemplativo”[1], la secularización y el falso ecumenismo. Amaba a la Patria Hispana y Católica, que no olvida sus raíces helénicas y romanas, convencido del sentido que América tiene como esperanza de la Iglesia. Amaba la familia, manifestándolo en su limpio, profundo y verdadero amor para con su esposa Celia, y a sus 8 hijos, para quienes fue un padre ejemplar. Amaba el paradigma del amor cristiano, en la amistad que tenía con Sciacca, Meinvielle, Sacheri, Derisi, entre otros. Amaba la Universidad, la cual era su casa, y por eso su dolor al verla sin ciencia y sin logos, huérfana de theoría y desaristotelizada. Caturelli era, además,  un alma enamorada del Ser -del Bien, la Verdad y la Belleza-, y por tanto, sabía reaccionar con la razón y el corazón ante la presencia de la mentira, del error y del pecado. Finalmente, entre sus amores encontramos la Filosofía; era un padeciente de amor por la sabiduría, y por ello decía que la filosofía es agonía -dolorosa y gozosa-, porque es una dramática búsqueda de la Verdad que siempre hace gozar y sufrir terriblemente, y por ello no puede tener fin sino en la Sabiduría. Gozo de la agonía por la verdad por la cual vale la pena dar la vida aunque en este mundo del poder mundial bastardo y sin alma, me tomen por loco[2].

En el Prólogo de La Iglesia Católica y las catacumbas de hoy, Caturelli escribe: “Entonces el Señor dijo a Pablo de noche en una visión: ‘No temas, sino habla y no calles’ (…) Todos estamos llamados. Y el mandato de no callar a todos nos obliga, siempre que tengamos algo de qué hablar. De eso se trata. He tenido algo de qué hablar en el seno de la vida de la Iglesia; por eso, no callo.” Sus palabras tienen peso, altura y profundidad; imponentes y proféticas. Quienes hemos tenido el honor de escucharlo o leerlo reconocemos en él a un verdadero maestro que remonta vuelo, pero que sabe volver al valle para dilucidarnos las necesarias cuestiones terrenas.

Algunos de sus discípulos lo recuerdan  por su rigor intelectual, profundidad de pensamiento y lógica impecable. Además, lo caracterizan por su inconmensurable bondad, traducida habitualmente en una sonrisa transparente y en un gesto amable; su hablar pausado y sereno, fruto, seguramente, de su aquilatada vida interior además de su proverbial alma provinciana[3]. Esto manifiesta su conducta, de singular envergadura, lo cual no sólo da cuenta de la capacidad intelectual, su adhesión a los principios y una evidente vocación teórica, sino también de un hombre que siempre se destacó por una extraordinaria calidez, sencillez y humildad en el trato con discípulos, alumnos, y público en general.

Como hijo de los hijos de los apóstoles, se caracterizó por llevar adelante el “apostolado intelectual”, como le gustaba llamarle. Aquella confluencia en la que se unen armónicamente la búsqueda racional de la verdad como acto propio de la filosofía, con el carácter misivo del apostolado cristiano.

Con mucha claridad, haciendo referencia a sí mismo, sentencia: Me encanta que me tilden de intolerante… porque de veras no tolero el error en el orden especulativo ni el mal en el orden práctico; intransigente…porque la inteligencia se ordena necesariamente a la verdad del ser y, por eso, no puedo ‘transigir’ en ese orden y sí rendirme humildemente a lo verdadero; reaccionario… porque soy hombre de reacciones rápidas ante el error y la injusticia; no ecumenista… porque lo que hoy corre por el mundo es un sincretismo acomodaticio y relativista enmascarado de ‘apertura’, ‘ponderación’ y (pseudo) ‘diálogo’; anti-pluralista… porque el único pluralista válido es el que se funda en la unidad y unicidad de la verdad, que es lo que hace posible la pluralidad de los juicios a la luz de la verdad.[4]

Sabía que es peligroso hablar de Dios, pero también que la vocación filosófica no tiene sentido sin Él. Y por eso mismo, se fue haciendo cargo de los peligros que acarrea el “pensar contracorriente”. Debido a esto, nunca verdaderamente dejó de poner en primer plano su condición de católico, sin mezclas ni vacilaciones. Comprendió que la filosofía viva, auténtica y comprometida, es agonía perpetua; contemplación y a la vez lucha interior; también es como un surco que se abre e impulsa a seguir en el mismo sin poder ya detenernos. Pero, al mismo tiempo, el ambiente se ponía más y más difícil y con la agonía filosófica había comenzado a mezclarse una suerte de agonía total[5]. Empresa ardua y difícil es luchar contracorriente; y la llevó adelante con coraje, vestido con la “armadura de Dios”, único modo para entrar en el combate espiritual: Contra el pecado nefando del inmanentismo actual, la ‘armadura’ de Aquel que ha creado el orden natural[6]. Por eso, es nuestro deber inmediato y urgente romper con la pusilanimidad para consagrarlo todo desde las catacumbas donde estamos.[7] Existen profundas razones para sentir un gran temor; existen inconmensurablemente más para sentir un gran gozo y agradecimiento.[8]

En el último capítulo de La Historia Interior, Caturelli habla sobre el fin del camino diciendo: “El camino de la historia interior ha llegado hasta aquí. Llegar, sin embargo, no significa que se haya concluido o cerrado. La tierra hollada donde habitualmente se transita no termina, no sólo porque, al camino, puede abrírselo siempre más, sino porque, al fin, se abre más allá del tiempo”[9]. Y luego, en Historia de la Filosofía en la Argentina, concluye con estas palabras que bien podrían ser una suerte de despedida: “Por eso, aquí termino, pudiendo decir lo mismo que el inmortal poeta al despedirse de sus hijos, contemplando el horizonte infinito:

“Permítanme descansar,

¡Pues he trabajado tanto!

En este punto me planto

Y a continuar me resisto

Estos son treinta y tres cantos,

Que es la mesma edá de Cristo”[10].

 

Podemos decir que su paso por la vida le allanó el camino al cielo, y no caben dudas de que Cristo Rey y Su Santísima Madre le recompensarán con creces su infatigable caridad en servicio a la Verdad crucificada.

Sus amigos, alumnos y discípulos lo recuerdan diciendo “fue un incansable predicador de la verdad. Fatigado por el buen combate que libró, su alma goza ya del encuentro del Esposo en la contemplación de la Verdad Eterna”.

A los 88 años de edad, Alberto Caturelli entregó su alma a Cristo, con la debida atención sacerdotal y con el auxilio de los Sacramentos. Misteriosa y significativamente fue llamado por el Padre el día 4 de octubre de 2016 -día en que su madre, varias décadas antes, le precedió en el camino- en la fiesta de San Francisco de Asís, de quien los dos profesaban una especial devoción.

Mario Caponnetto expone un bellísimo relato respecto de la última vez que lo vio diciendo: “Lo visité en agosto de 2014 en su casa de Córdoba, Fue la última vez que lo vi. Hablamos por más de una hora. Fue una fiesta del espíritu. Después hablé un par de veces por teléfono tras la muerte de Celia; me contó que Celia, al morir, le dijo: “te espero en el cielo”. Allí estarán ahora los dos, unidos en el amor creado, contemplando al Amor Increado.”[11] Y en otra oportunidad expresa: “Caturelli deja una obra filosófica inmensa, pero sobre todo nos deja el legado de un testimonio insobornable de fe católica íntegramente pensada y vivida. Fue modelo de intelectual católico; estoy seguro de que ya está contemplando la verdad que tanto amó, estudió y enseñó.”

Alberto Caturelli, nos ofrece una obra monumental en la que confluyen los trabajos de toda una vida empeñada al servicio de la verdad y la caridad en el apostolado intelectual. Eminencia intelectual con humildad y sencillez evangélica, siempre alzó su voz y su pluma, enamorado de la verdad, del bien y la belleza; irradió luz, esa luz que eleva la inteligencia y conforta la voluntad.

Gran católico argentino, que libró el buen combate, concluyó su carrera y conservó su fe.

Ana C. Galiano

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Notas

[1] Caturelli, Alberto, La historia interior, Buenos Aires: Gladius, 2004, p. 186.

[2] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 193.

[3] Alonso, Ernesto, IN MEMORIAM: Homenaje al profesor y doctor Alberto Caturelli (1927 – 2016) “El maestro de la metafísica realista, interiorista y personalista”; Cabildo, 2017.

[4] Caturelli, Alberto, La historia interior, Buenos Aires: Gladius, 2004, p. 191.

[5] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 82.

[6] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 169.

[7] Caturelli, Alberto, La historia interior, Buenos Aires: Gladius, 2004, p. 122.

[8] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 345.

[9] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 200.

[10] Caturelli, Alberto, Historia de la Filosofía en la Argentina (1600-2000), Buenos Aires: Ciudad Argentina – Universidad del Salvador, 2001, p. 921.

[11] En: Gristelli, Virginia; ¡Gracias, Alberto Caturelli; descansa en paz tras el Buen Combate!; InfoCatólica, 2016.

27 de octubre. Martirio de Jordán B. Genta

Jordán Bruno Genta
Jordán Bruno Genta

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“El Sacrificio es el primer fundamento y el sostén de toda obra. Sin disposición al sacrificio no puede haber fidelidad continuada, ni constancia persistente en el esfuerzo, ni fortaleza suficiente para resistir la adversidad; pero ese sacrificio del hombre tiene que ser participe por Gracia de Dios, de la Pasión, Muerte y Resurrección de N. S. Jesucristo para ser vencedor incluso en la derrota y para que la Vida verdadera surja de la muerte con la nitidez fulgurante en la Esperanza sobrenatural.”

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Fuente: GENTA, J. B. Opción política del cristiano. Editorial Cultura Argentina, Bs. As., 1977, p. 36.

Jordán B. Genta ¡Presente!

Un día como hoy, pero de 1974, era asesinado Jordán Bruno Genta por el grupo guerrillero y subversivo “Ejército de Liberación 22 de Agosto”. Nuestro humilde homenaje a este enorme pensador de nuestra Patria. Fue un católico cabal y Dios le dio la gracia de morir en el martirio.

JBG

El sentido de la vida

tolkein2A Camilla Unwin

Se le dijo a Camilla, hija de Rayner Unwin, que escribiera, como parte de un «proyecto» escolar, una respuesta a la pregunta: «¿Cuál es el propósito de la vida?».

20 de mayo de 1969   [19 Lakeside Road, Branksome Park, Poole]

 

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Estimada señorita Unwin:

 

Lamento que mi respuesta se haya demorado tanto. Espero que le llegue a tiempo. ¡Qué pregunta tan amplia! No creo que las «opiniones», no importa de quién, resulten muy útiles sin alguna explicación de cómo se ha llegado a ellas; pero acerca de esta cuestión no es fácil ser breve.

¿Qué significa realmente la pregunta? Tanto propósito como vida, necesitan alguna definición. ¿Es una pregunta puramente humana y moral? ¿O se refiere al Universo? Podría significar: ¿Cómo debería utilizar el tiempo de vida que se me ha concedido? O: ¿A qué propósito/ designio sirven las criaturas vivientes por el hecho de estar vivas? Pero la primera pregunta encontrará respuesta (si la encuentra) sólo después de considerada la segunda.

Pienso que las preguntas acerca de un «propósito» sólo son realmente útiles cuando se refieren a los propósitos u objetivos de los seres humanos o a la utilización de las cosas que proyectan o hacen. En cuanto a los «otros seres», su valor radica en sí mismas: SON, existirían aun si nosotros no existiéramos. Pero como sí existimos, una de sus funciones es ser contempladas por nosotros. Si ascendemos la escala del ser a «otros seres vivientes», como por ejemplo una planta pequeña, ésta presenta forma y organización: una «estructura» reconocible (con variaciones) en cuanto a especie y prole; y eso resulta profundamente interesante, pues estos seres son «otros» y no los hemos hecho nosotros; parecen proceder de una fuente de invención incalculablemente más rica que la nuestra.

La curiosidad humana no tarda en formular la pregunta CÓMO: ¿de qué modo llegó a ser esto? Y como la «estructura» reconocible sugiere designio, procede a la pregunta POR QUÉ. Pero POR QUÉ en este sentido, como que implica razones y motivos, sólo puede referirse a una MENTE. Sólo una Mente puede tener propósitos de algún modo o grado semejante a los propósitos humanos. De modo que inmediatamente cualquier pregunta: «¿Por qué la vida, la comunidad de seres vivientes, aparece en el Universo físico?» plantea la pregunta: ¿Hay un Dios, un Creador/Diseñador, una Mente con la que están emparentadas nuestras mentes (pues derivan de ella), de manera que nos es en parte inteligible? Con eso llegamos a la religión y a las ideas morales que proceden de ella. De estas cosas diré sólo que la «moral» tiene dos aspectos, derivados del hecho de que somos individuos (como en cierto grado lo son todos los seres vivientes), pero no vivimos, no podemos vivir, aislados, y tenemos un vínculo con todas las demás criaturas, que va estrechándose hasta el vínculo absoluto que tenemos con nuestra propia especie humana.

De modo que la moral debería ser una guía para nuestros humanos propósitos, el conducto de nuestra vida: (a) la manera en que nuestros talentos individuales pueden desarrollarse sin desperdicio ni abuso, y (b) sin daño para nuestros semejantes ni estorbo para su desarrollo. (Más allá de esto y por encima está el autosacrificio por amor.)

Pero éstas son sólo respuestas a la pregunta menor. A la mayor no hay respuesta, porque ésta requiere un conocimiento completo de Dios, que es inaccesible. Si preguntamos por qué Dios nos incluyó en su designio, sólo podemos contestar: Porque lo Hizo.

Si no creemos en un Dios personal, la pregunta «¿Cuál es el propósito de la vida?» es informulable e incontestable. ¿A quién o a qué se dirigiría la pregunta? Pero como en un rincón extraño (o rincones extraños) del Universo se han desarrollado seres con mentes que formulan preguntas y tratan de responderlas, uno podría dirigirse a uno de esos seres tan peculiares. Como uno de ellos, me aventuraría a decir (hablando con absurda arrogancia en nombre del Universo): «Soy como soy. No hay nada que pueda hacerse al respecto. Es posible seguir tratando de averiguar lo que soy, pero nunca se lo logrará. Y por qué trata uno de saberlo, no lo sé. Quizás el deseo de saber sólo por el mero hecho de saber se relacione con las oraciones que algunos dirigen a lo que se llama Dios. En su punto más elevado, éstos parecen alabarlo por ser como es, y por hacer lo que ha hecho tal como lo ha hecho».

Los que creen en un Dios personal, el Creador, no creen que el Universo de por sí sea venerable, aunque su devoto estudio sea uno de los modos de honrarlo. Y como en tanto que criaturas vivientes estamos dentro de él y de él formamos parte (parcialmente), nuestras ideas acerca de Dios y el modo que tenemos de expresarlas derivarán en amplia medida de la contemplación del mundo a nuestro alrededor. (Aunque hay también una revelación tanto dirigida a los hombres en general como a ciertas personas particulares).

De modo que puede decirse que el principal propósito de la vida, para cualquiera de nosotros, es incrementar, de acuerdo con nuestra capacidad, el conocimiento de Dios mediante todos los medios de que disponemos, y ser movidos por él a la alabanza y la acción de gracias. Hacer como decimos en el Gloría in Excelsis: Laudamus te, benedicamus te, adoramus te, glorificamus te, gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam. Te alabamos, te santificamos, te veneramos, proclamamos tu gloria, te agradecemos la grandeza de tu esplendor.

Y en los momentos de exaltación podemos invocar a todos los seres creados para que se nos unan en el coro hablando en su nombre, como se hace en el Salmo 148 y en El Canto de los Tres Niños en Daniel II, ALABAD AL SEÑOR… todas las montañas y las colinas, todos los huertos y los bosques, todas las criaturas que reptan y los pájaros que vuelan.

Esto es demasiado largo, y también demasiado corto… para semejante pregunta.

Con mis mejores deseos,

 

J.R.R. Tolkien.

 

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Fuente: Carpenter (ed.) Cartas de J R R Tolkien, n° 310, p. 463.

Visto en: Rincón de Tolkien