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La oración dirigida al oriente

En esta “orientación” (oriens = este; orientación significa, por tanto mirar hacia el oriente, mirar hacia el este) de la oración cristiana se unen distintos significados. La orientación expresa, en primer lugar, la mirada fija en Cristo, como lugar de encuentro entre Dios y el hombre. Expresa la forma fundamental de nuestra oración, que es cristológica. Pero el hecho de encontrar simbolizado a Cristo en el sol naciente remite también a una cristología que se define escatológicamente. El Sol simboliza al Señor que volverá, en el amanecer definitivo de la historia. Orar hacia el oriente significa salir al encuentro de Cristo que viene. La liturgia orientada hacia el este lleva a cabo, por así decir, nuestra introducción en una historia que avanza hacia su futuro, hacia el cielo nuevo y la tierra nueva, que nos salen al encuentro en Cristo. Es oración de esperanza, orar caminando en la dirección que nos indica la vida de Cristo, sus Pasión y su Resurrección. Este hecho hizo que, en algunos sectores de la Cristiandad, el oriente se marcara, ya desde muy pronto, con el signo de la cruz. Este modo de proceder pudo derivarse de una lectura combinada de Ap. 1, 7 y Mt. 24, 30.

En el Apocalipsis de san Juan se dice: “Mirad: viene entre las nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron. Por Él se lamentarán todos los pueblos de la tierra. Sí, amén”. El escriba del Apocalipsis se apoya en Jn. 19, 37, donde, en la escena de la crucifixión, se cita el misterioso texto profético de Zac. 12, 10, que adquiere ahora, de improviso, un sentido muy concreto: “Mirarán al que traspasaron”. Por último en Mt. 24, 30 se trasmite la siguiente sentencia del Señor: “Entonces [al final de los tiempos] aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre. Todas las razas del mundo harán duelo [Zac. 12, 10] y verán venir al Hijo del hombre sobre las nueves del cielo [Dan. 7, 13] con gran poder y gloria”. El signo del Hijo del hombre, de “el que traspasaron”, es la cruz, que se ha convertido en el signo de victoria del resucitado. De este modo el simbolismo de la cruz y del oriente se sobreponen; ambos son expresión de la misma y única fe, en la que el recuerdo de la Pascua de Jesús se trasforma en una presencia que introduce ese recuerdo en una dinámica de esperanza, para salir al encuentro del que viene. Pero esta orientación al este significa, a fin de cuentas, que el cosmos y la historia de la salvación van unidos. El cosmos se una a la oración, también el espera la redención. Precisamente esta dimensión cósmica es esencial en la liturgia cristiana, que no se realiza solo en el mundo elaborado por el propio hombre, sino que es siempre liturgia cósmica. El tema de la creación es parte integrante de la oración cristiana, que pierde su grandeza cuando olvida esta relación. Por eso habría que retomar necesariamente de nuevo la tradición apostólica de orientar las iglesias y la misma celebración litúrgica hacia el este (allí donde sea posible).

Fuente: RATZINGER, J. El espíritu de la liturgia. Una introducción. Ediciones Logos, Rosario, 2015, pp. 60-61. El resaltado es nuestro.

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La Resurrección del Señor

Hermanos, la lección del santo Evangelio que acabáis de oír es harto clara en su sentido histórico, pero debemos inquirir brevemente su sentido místico.

Cuando todavía estaba obscuro, fue María Magdalena al sepulcro Según la historia, se hace notar la hora del suceso; pero, según el sentido místico, señala el estado en que se hallaba la inteligencia de la que buscaba, esto es, qué era lo que entendía María Magdalena. En efecto, María buscaba en el sepulcro al Creador de todo, al cual había visto muerto corporalmente, y al no encontrarle creyó que había sido robado. Todavía estaba obscuro cuando llegó al sepulcro, echó a correr apresurada y lo anunció a los discípulos. Pero, de éstos, se apresuraron más los que más amaban, a saber, Pedro y Juan. Los dos corrían igualmente, pero Juan corrió más aprisa que Pedro, llegó el primero al sepulcro, pero no se determinó a entrar; llegó, pues, Pedro tras él y entró.

¿Qué, hermanos, qué significa este correr? ¿Creeremos, acaso, que esta descripción del evangelista carece de misterio? No por cierto, que tampoco Juan diría que él llegó delante y que no entró, si creyera que en esa misma indecisión suya no hubiera misterio. Ahora bien, ¿qué se significa por Juan sino la Sinagoga, y qué por Pedro sino la Iglesia? Y no parezca cosa extraña el que se exponga que la Sinagoga está figurada por el más joven, y la Iglesia por el más viejo, puesto que, si bien la Sinagoga vino al culto de Dios primero que la Iglesia de los gentiles, con relación a la vida presente, la multitud de los gentiles fue primero que la Sinagoga, como lo atestigua San Pablo, que dice (1 Cor 15,46): Pero no es el espiritual el que ha sido formado primero, sino el animal. De suerte Pedro, el más viejo, se significa la Iglesia de los gentiles y por Juan, el más joven, la Sinagoga de los judíos.

Corren los dos igualmente, porque, desde el principio de la vida, hasta el fin, la gentilidad y la Sinagoga corren por igual y común camino, mas no por igual y común sentido. La Sinagoga llegó la primera al sepulcro, pero no entró, porque ella, sí, recibió los preceptos de la Ley, oyó las profecías referentes a la encarnación y a la pasión del Señor, pero no quiso creer en El muerto; Juan pues vio los lienzos puestos en el suelo, pero no entró, lo cual significa que la Sinagoga conoció los misterios de la Sagrada Escritura y, con todo, difirió entrar, esto es, creer, en la fe de la pasión del Señor. Vio presente a aquel a quien había profetizado hacía mucho tiempo desde lejos y ampliamente, pero se negó a recibirle; tuvo a menos el que fuera hombre; no quiso creer en Dios hecho mortal en la carne. ¿Qué significa, por tanto, esto sino que corrió más aprisa y, con todo, permaneció vacua ante el sepulcro?

Y llegó tras él Pedro y entró en el sepulcro, porque la Iglesia de los gentiles, que llegó después, además de reconocer que el Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, había muerto en la carne, le creyó Dios vivo. Vio los lienzos puestos en el suelo, y el sudario que había sido puesto sobre su cabeza, colocado, no junto con los demás lienzos, sino separadamente doblado en otro lugar. ¿Qué creemos, hermanos, que signifique el no estar el sudario de la cabeza junto con los demás lienzos sino que Dios, como dice San Pablo, es la cabeza de Cristo, y que los misterios incomprensibles de la divinidad están fuera de lo que alcanza a conocer nuestra pequeñez, y que su poder trasciende la naturaleza de la criatura? Y es de notar que se dice que estaba no sólo separado, sino también doblado en otro lugar. Pues bien, del lienzo que se halla doblado no se ve el principio ni el fin; y así, con razón se halla doblado el sudario de la cabeza, porque la Majestad divina es sin principio ni fin, ni nace principiando ni está sujeta a concluir.

Y rectamente se dice en otro lugar que Dios no se halla en las almas desacordes de los pastores, porque Dios está en la unidad y no merecen recibir su gracia los que unos de otros se hallan divididos por los escándalos de las sectas.

Ahora bien, como con el sudario suele enjugarse el sudor de los que trabajan, con el nombre de sudario puede también significarse el cansancio de Dios, que cierto es que en sí permanece siempre inmutable, pero, sin embargo, se muestra como cansado cuando soporta las crueles maldades de los hombres. Por eso dice también el profeta (Jer. 6,11): Canséme de sufrir. Dios, pues, cuando apareció en la carne, padeció en nuestra flaqueza; a vista de cuya pasión, los incrédulos no quisieron venerarla, pues tuvieron a menos creer. Por eso Jeremías dice también (Lam. 3,64): Tú les darás, ¡oh Señor!, lo que merecen las obras de sus manos. Pondrás sobre su corazón, en vez de escudo, las aflicciones que les enviarás. Pues para que no llegaran a sus corazones las punzadas de la predicación, menospreciando los sufrimientos de su pasión, pusieron como escudo los mismos sufrimientos suyos, es a saber, que no permitieron que llegaran a ellos las palabras de El, por lo mismo que le vieron sufrir hasta la muerte.

Pero¿qué somos nosotros sino miembros de nuestra cabeza, esto es, de Dios? De manera que por los lienzos de su cuerpo se Significan las ligaduras de los sufrimientos que ahora oprimen a todos los elegidos, es decir, a sus miembros. Y se halla aparte el sudario que se había puesto sobre su cabeza, porque la pasión de nuestro Redentor dista mucho de nuestros sufrimientos, puesto que El soportó sin culpa lo que nosotros soportamos culpables El quiso sucumbir voluntariamente a la muerte, a la cual llegamos nosotros contra nuestra voluntad. Prosigue: Entonces entró también el discípulo que había llegado el primero al monumento. Después de haber entrado Pedro entró Juan también: éste, que había llegado primero, entró el último. Es de notar, hermanos, que al fin del mundo se acogerá tam-bién la Judea a la fe del Redentor, según lo atestigua San Pablo, que dice (Rom. 11,25): Hasta tanto que la plenitud de las naciones haya entrado en la Iglesia, y entonces salvarse ha todo Israel.

Y vio y creyó. ¿Qué es, hermanos, lo que os parece que creyó? ¿Acaso que el Señor a quien buscaban había resucitado? No por cierto, porque aún no se veía en el sepulcro y, además, porque lo contradicen las palabras que siguen, y que dicen: Y vio y creyó.

¿Qué es, pues, lo que vio y lo que creyó? Vio los lienzos que estaban en el suelo, y creyó lo que había dicho la mujer: que el Señor había sido robado del sepulcro. En lo cual debemos reconocer una gran providencia de Dios; porque así el corazón de los discípulos se encendió en deseos de buscarle y a la vez se les dilata el encontrarle, para que la debilidad de su espíritu, acosado por su misma tristeza, se robusteciera más al hallarle y con tanto mayor valor le retuviera después de hallado cuanto más había tardado en encontrarle.

Hermanos carísimos, hemos repasado brevemente todo esto en la exposición de la lección evangélica; ahora resta decir algo acerca de la grandeza de esta solemnidad. Y con razón digo la grandeza de esta solemnidad, porque es la primera de todas las otras solemnidades; y así como en la Sagrada Escritura, por razón de su dignidad, se llaman el sancta sanctorum y el Cantar de los Cantares, así esta solemnidad puede llamarse la solemnidad de las solemnidades, puesto que en ella se nos muestra el ejemplo de nuestra resurrección, la esperanza segura de la patria celestial y la realidad de la gloria del reino celeste, que ya casi tocamos con las manos. Por ella son llevados ya a las amenidades del paraíso los justos que, si bien en el seno tranquilo de Abrahán, sin emargo estaban cerrados en los abismos de la muerte.

Lo que el Señor había prometido antes de su pasión, en la resurrección lo cumplió (lo. 12,32): Cuando fuere levantado en alto en la tierra, dijo, todo lo atraeré a mi ; porque todo lo atrajo quien no dejó ninguno de sus elegidos en el infierno. Llevóse todos. claro que los elegidos, pues a ningún infiel, ni a los condenados a los suplicios eternos por sus delitos, los restituyó el Señor al perdón cuando resucitó, sino que sólo arrancó de las Profundidades del infierno a los que reconoció como suyos por la fe Y Por las obras.

De ahí también se dice con razón por Oseas (13,14): ¡Oh muerte!, yo he de ser la muerte tuya; seré tu mordedura, ¡oh infierno! ; pues aquello a lo que damos muerte hacemos que totalmente no sea, pero de lo que solamente mordemos, una parte substraemos y dejamos otra parte; luego porque a todos sus elegidos libró totalmente de la muerte, fue muerte para la muerte; pero como del infierno sacó una parte y dejó otra parte, no mató del todo al infierno, sino que le destruyó o le mordió; por eso dice: Yo he de ser la muerte tuya, ¡oh muerte!; como si claramente dijera: Porque acabo totalmente contigo en mis elegidos, seré tu muerte, ¡oh muerte!, y seré tu mordedura, ¡oh infierno!, porque, arrebatándote los elegidos, te dejo la otra parte.

¡Qué tal será, pues, esta solemnidad que ha destruido los abismos del infierno y nos ha dejado abiertas las puertas del reino de los cielos!

Analicemos detenidamente su nombre; preguntemos al apóstol San Pablo y veamos qué es lo que declara acerca de su valor. Dice, pues (1 Cor. 5,7): Porque Jesucristo, que es nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado por nosotros. Ahora bien, si Cristo es la Pascua, debemos atender a lo que la Ley dice de la Pascua, para que indaguemos sutilmente si es que ello parece dicho de Cristo.

Dice Moisés (Ex. 12,7…): Y tomarán la sangre del cordero y rociarán con ella los dos postes y el dintel de las casas en que le comerán. Las carnes las comerán aquella noche asadas al fuego, y panes ázimos con lechugas silvestres. Nada de él comeréis crudo ni cocido en agua, sino solamente asado al fuego. Comeréis también la cabeza, y los pies, y los intestinos. No quedará nada de él para la mañana siguiente; si sobrare alguna cosa, la quemaréis al fuego. Donde toda-vía se añade: Y le comeréis de esta manera: tendréis ceñidos vuestros lomos y puesto el calzado en los pies y un báculo en la mano, y comeréis aprisa. Cosas todas ellas que nos causarán grande admiración si las exponemos en su significado místico. Porque cuál sea lo que significa la sangre del cordero, bebiéndola lo habéis aprendido mejor que oyéndolo. Y con esta sangre se rocían los dos postes cuando se bebe no sólo con la boca del cuerpo, sino también con del corazón; se han rociado, pues, los dos postes cuando el sacramento de su pasión se toma por la boca para nuestra redención Y con la mente atenta se la medita para su imitación; porque quien recibe la sangre de su Redentor de tal modo que, no obstante, no quiera imitar su pasión, pone en un solo poste la sangre que debe Poner además en el dintel de las casas.

Y qué entendemos espiritualmente por las casas sino nuestras almas, en las cuales habitamos por el pensamiento?; el dintel de las cuales es la intención que preside nuestras acciones. Por tanto, quien dirige la intención de su alma a imitar la pasión del Señor, Pone la sangre del Cordero en el dintel de la casa. O bien, nuestras casas son nuestros cuerpos, en los que habitamos mientras vivimos; y ponemos en el dintel de la casa la sangre del Cordero cuando llevamos en la frente la señal de la cruz de la pasión del Cordero.

Acerca del cual aún se dice: Las carnes las comerán de noche asadas al fuego. Efectivamente, comemos de noche el Cordero, porque en el sacramento recibimos el cuerpo del Señor ahora cuando todavía no vemos nuestras conciencias respectivas. Pero estas carnes deben asarse al fuego, sin duda porque el fuego deshace las carnes que se cuecen en agua, pero da mayor firmeza o consistencia a las que cuecen sin agua.

De manera que el fuego asó las carnes de nuestro Cordero, porque la misma virtud de su pasión le hizo más poderoso para resucitar y más resistente para la incorrupción; pues al fuego de la pasión se endurecieron las carnes de aquel que tomó a la vida después de muerto. De ahí lo que también el Salmista dice (Ps. 21, 16) Todo mi verdor se ha secado como un vaso de barro cocido. Pues ¿qué es un vaso de barro antes de ponerse al fuego sino barro blando? Pero con el fuego se consigue solidificarle. Luego el verdor de su humanidad se secó como un vaso de barro cocido, porque con el fuego de la pasión adquirió la firmeza de la incorrupción.

Mas para la verdadera solemnidad del alma no es bastante con sólo entender los misterios de nuestro Redentor, sino que a ellos deben agregarse además las buenas obras; porque ¿qué aprovecha comer y beber su sangre y ofenderle con las malas acciones? Por eso todavía se añade cómo se ha de comer: con panes ácimos y lechugas silvestres. Y come los panes sin fermentar quien realiza las buenas obras sin el fermento de la vanagloria, quien practica las obras de misericordia sin mezcla de pecado, a fin de no desvirtuar malamente lo que al parecer dispensa rectamente. También habían mezclado a su buena acción el fermento del pe-cado aquellos a quienes el Señor, increpándolos, decía por el pro-feta (Am. 4,4): Id a Betel a continuar vuestras iniquidades; y poco después:Y ofreced el sacrificio de alabanza con pan fermentado; porque quien de la rapiña ofrece a Dios sacrificio inmola a los ídolos el sacrificio de alabanza.

Pero, como las lechugas silvestres son muy amargas, las carnes del cordero deben comerse con lechugas silvestres, para que, al recibir el cuerpo del Redentor, nos aflijamos llorando nuestros pecados, y de esa manera el mismo amargor de la penitencia purifique del humor de la mala vida el estómago del alma.

Además también allí se agrega: Nada de él comeréis crudo ni cocido en agua. Ved que ahora las mismas palabras de la historia se oponen al sentido histórico. Pues qué, hermanos carísimos, ¿acaso aquel pueblo, cuando estaba asentado en Egipto, había tenido por costumbre comer el cordero crudo, para que la Ley diga: Nada de él comeréis crudo? También se añade: Ni cocido en agua. Pues ¿qué se significa por el agua sino la sabiduría humana, según esto que pone Salomón en boca de los herejes (Prov. 9,57): Las aguas hurtadas son más dulces? ¿Qué significan las carnes crudas del cordero sino la falta de consideración a su humanidad, el pensar en ella con descuido e irreverencia?; pues todo lo que meditamos minuciosamente, como lo cocemos en el alma. Mas la carne del Cordero ni se ha de comer cruda ni cocida en agua, porque a nuestro Redentor ni hemos de tenerle por puro hombre ni la ciencia humana debe investigar cómo Dios pudo encarnarse; porque quien cree que nuestro Redentor es solamente hombre, ¿qué otra cosa hace sino comer crudas las carnes del Cordero, las cuales no ha querido cocer mediante el reconocimiento de su divinidad? Y todo el que se empeña en descubrir, mediante la ciencia humana, los misterios de su encarnación, quiere cocer en agua las carnes del Cordero, esto es, quiere penetrar el misterio de su providencia mediante una ciencia que le disuelve.

Por consiguiente, quien quiera celebrar la solemnidad del pozo pascual, no cueza en agua el Cordero ni le coma crudo; esto es, ni quiera penetrar lo misterioso de su encarnación con los recursos de la humana sabiduría, ni crea que El es un puro hombre, sino que debe comer sus carnes asadas al fuego, esto es, debe saber que todo ello es obra providencial del poder del Espíritu Santo.

Y todavía se añade con respecto a ello: Comeréis la cabeza, y los pies, y los intestinos. Según dijimos antes, hermanos, hemos aprendido del testimonio de San Pablo que Cristo es la cabeza, porque nuestro Redentor es el alfa y la omega, esto es, Dios antes de los siglos y hombre hasta el fin de los siglos; comer, pues, la cabeza del Cordero es recibir por la fe su divinidad; y comer los pies del Cordero es investigar las huellas de su humanidad mediante el amor y la imitación. Y ¿qué son los intestinos sino los preceptos encerrados y ocultos en sus palabras, los cuales comemos cuando escuchamos con avidez sus palabras de vida? Y al decir: y comeréis de prisa, ¿qué otra cosa se condena sino la languidez de nuestra pereza cuando no buscamos por nosotros mismos sus palabras y sus misterios y lo oímos de mala gana cuando otros lo predican?

No quedará nada de él para el día siguiente; porque sus palabras deben meditarse con grande solicitud, a fin de que antes de que llegue el día de la resurrección, durante la noche de esta vida presente, todos sus mandatos sean entendidos y cumplidos. Mas, como es muy difícil poder entender toda la Escritura y penetrar sus misterios, oportunamente se agrega: Si sobrase alguna cosa, la quemaréis al fuego. Quemamos al fuego lo que resta del Cordero cuando humildemente atribuimos al Espíritu Santo lo que del misterio de la encarnación no podemos entender ni comprender; así que nadie se atreva, soberbio, ni a despreciar ni contradecir lo que no entiende, sino que, atribuyéndolo al Espíritu Santo, lo entregue al fuego.

Pues que ya sabemos cuál es la Pascua que se debe comer, aprendamos ahora cuáles deben ser los que deben comerla. Prosigue: Y le comeréis de esta manera: tendréis ceñidos vuestros lomos. ¿Qué se entiende por los lomos sino los deleites carnales? Por lo que el Salmista pide (Ps. 25,2): Acrisola al fuego mis lomos o afectos; pues, si no supiera que el placer de la liviandad reside en los lomos, no pediría que se los acrisolase al fuego. De ahí que, como principalmente por el placer sensual prevaleció sobre el género humano el poder del diablo, de éste dice el Señor (Job 40,11): Su fortaleza está en sus lomos. Luego quien come la Pascua debe tener ceñidos sus lomos; es decir, que quien celebre la solemnidad de la resurrección y de la incorrupción, no debe estar ya sujeto a la corrupción por vicio alguno; debe domar sus apetitos y apartar de la lujuria su carne.

Así es que no ha aprendido aún qué cosa sea la solemnidad de la incorrupción quien, por la incontinencia, es todavía esclavo de la corrupción.

Duras cosas son éstas para algunos, pero angosta es la puerta que conduce a la vida, y tenemos ya muchos ejemplos de continentes. De ahí que todavía se añade con acierto: Tendréis el calzado puesto en los pies ¿qué son nuestros pies sino nuestras obras, y qué el calzado sino pieles de animales muertos? ¿Y cuáles son los animales muertos con cuyas pieles protegemos nuestros pies sino los Padres antiguos, que nos han precedido en la vida eterna? Cuando, pues, meditamos en sus ejemplos, protegemos los pies de nuestras obras. Luego tener puesto el calzado en los pies significa contemplar el camino que siguieron los muertos y evitar que a nuestras obras las hiera el pecado.

Teniendo un báculo en la mano. ¿Qué designa la Ley por el báculo sino la vigilancia pastoral? Y es de notar que primero se preceptúa tener ceñidos los lomos y después tener los báculos en la mano; porque los que ya saben dominar en sus cuerpos las inclinaciones de la lujuria, ésos son los que deben recibir el ministerio pastoral, para que, cuando predican a otros obligaciones fuertes, no caigan ellos flojamente en los suaves lazos de la molicie.

Y se añade rectamente: Y comeréis aprisa. Fijaos, hermanos carísimos, fijaos en que se dice: aprisa, apresurados. Aprended aprisa los mandamientos de Dios, los misterios del Redentor, los gozos de la patria celestial. Apresuraos a cumplir en seguida los preceptos que conducen a la vida, pues así como sabemos que hoy todavía se nos permite obrar, no sabemos si mañana nos será permitido. Por lo tanto, comed aprisa la Pascua, esto es, anhelad la solemnidad de la patria celeste. Ninguno sea perezoso en el camino de esta vida, no sea que pierda su puesto en la patria. Ninguno demore el cuidado de apetecerla, antes bien, lleve a cabo lo comenzado, no sea que luego no se le permita concluir lo que principió. Si no nos emperezamos en el amor de Dios, nos ayudará el mismo a quien amamos, Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre, en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

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En: San Gregorio. Obras Completas. BAC, Madrid, 1958, pp. 637-640.

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Una tarde apacible

“¡Qué tarde tan apacible!” dijo una vez un amigo. Y así era: una tarde de domingo primaveral, estábamos en el predio del Seminario San Miguel Arcángel, ese  día otro querido amigo había recibido el hábito talar.

“¡Qué tarde tan apacible!”, había dicho luego de un suspiro, mientras mirábamos los árboles, la luz del sol a través de las hojas a la hora de la siesta, y unos mates de por medio. Y en verdad era apacible: lejos de todo, de los ruidos mundanales y las preocupaciones del día a día que no son más que una vorágine, de la inquietud de un mundo acelerado, que no es capaz de sentarse en una siesta de domingo a mirar los árboles y compartir un mate en silencio.

¡El silencio! ¿Posible en un mundo en el que no hay un instante en el que no esté sonando algo de fondo, donde para muchos el silencio representa algo solitario, temible?

¡Sentarse a mirar los árboles! ¿No es eso una pérdida de tiempo de hacer algo “útil”? (Aquí podríamos preguntar: ¿útil para quién?)

Lejos del mundanal ruido, el silencio del campo parecía algo precioso. Una brisa suave que anunciaba el cambio de estación movía las hojas de los árboles que enmarcan el camino de entrada al seminario. ¿Por qué tantos temen el silencio? No puedo evitar preguntármelo, y a la vez encuentro la respuesta: el silencio del afuera lleva, necesariamente, a escuchar las cosas que hay en el interior. Después de divagar un rato, uno se encuentra reflexionando sobre las cosas que ha dicho y hecho. Algunas ya no se pueden cambiar, muchas pueden rectificarse.

Y sin embargo, ¡cuántos rehúyen a este silencio interior, donde Dios habla al corazón! Donde la dulce voz de nuestro Señor nos lleva hasta el fondo de nuestro corazón, si se lo permitimos, para descansar en Él. Tal como le reveló a Santa Sor Faustina: “Cuando contemplas en el fondo de tu corazón lo que te digo, sacas un provecho mucho mayor que si leyeras muchos libros. Oh, si las almas quisieran escuchar Mi voz cuando les hablo en el fondo de sus corazones, en poco tiempo llegarían a la cumbre de la santidad” (Diario, 584).

¡Qué triste, Jesús, es ese “silencio”, esa “interioridad” que se pregona en estos días! Un mirar hacia adentro “subjetivo”; dicen conocerse a sí mismos, pero no se conocen, porque no te conocen. Sólo escuchan sus voces en un monólogo interminable.

En silencio, mirar los árboles y cómo se mueven las hojas al compás de la brisa, los colores de la tarde en la primavera que llega. ¿Cómo no encontrarte Señor, en tus obras? ¿Cómo no llegar hasta Vos, si toda tu creación te aclama? Lo bello de todas las cosas es que de Vos vienen, y a Vos retornan.

¡Qué triste, Jesús, que no sepan verte! Se admiran, sí, los he visto admirarse de la magnificencia de tu creación, pero no pueden encontrarte detrás de ella. ¿O no quieren encontrarte? “¡Mira, todas las cosas huyen de ti, porque tú huyes de Mí!”[1], expresó una vez un poeta.

En silencio, mirar el parque, compartir un mate con amigos. ¡Amigos! En toda amistad es necesario compartir un silencio de vez en cuando, gozar del bien que esa presencia significa. “En el silencio tiene lugar, a su vez, no sólo el conocimiento de sí mismo, sino también el auténtico conocimiento del otro… Quien siempre habla no se tiene realmente, pues continuamente se desvía de sí, y lo que da al otro, cuando debería ofrecerse él mismo, son meras palabras”[2].

¡Qué extraño es el corazón del hombre! Siempre inquieto, dijo San Agustín de sí mismo en las Confesiones[3], buscándote lejos y afuera, cuando estás cerca y adentro. ¿El último lugar donde te buscaríamos, tal vez? En el fondo de nuestro corazón, lo que requiere hacer un largo recorrido, justamente en silencio, de la misma forma en que se remonta un río para conocer su fuente. Así lo había expresado tiernamente Michel Quoist[4] en uno de sus libros, hablando sobre el amor.

El amor humano, que bien encauzado es un reflejo del Amor, amar como Dios ama, amar al otro con el amor con el mismo amor del Padre, o al menos uno que se le asemeje. El mismo amor que es capaz de contemplar en silencio las cosas, cuando las palabras ya no son necesarias. Cuántas veces he escuchado decir a mi director espiritual, citando a San Juan Pablo II, que las visitas al Santísimo Sacramento pueden consistir en un interminable intercambio de miradas, donde Él me mira, y yo le miro. “Si no tengo amor, no soy nada”, dijo el Apóstol en la primera carta a los Corintios.

“¡Qué tarde tan apacible!”, dijo mi amigo, después de un suspiro. Devuelvo el mate, ya casi son las seis de la tarde. Veo cómo declina el día, estamos en septiembre pero aún quedan vestigios del invierno. Es hora de volver.

 

A. B.

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Notas:

[1] “El sabueso del cielo”, Francis Thompson. En: SHEEN, F., Eleva tu corazón. Tercera parte, Capítulo 20.

[2] GUEVARA, G. Restaurar el rostro del niño y otros ensayos filosóficos. Cor ad cor, Bs. As., p. 39.

[3] Confesiones, X, 27.

[4] Cfr. QUOIST, M. Amor: el diario de Daniel.

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La muerte de Don Juan Manuel de Rosas

Un 14 de marzo de 1877, la Granja de Burguess Street, a poco más de diez kilómetros de Southampton, fue testigo de la partida de Don Juan Manuel de Rosas.

Aquella que había sido descrita como “la más Argentina de las chacras Inglesas” acunó la soledad y el dolor durante sus últimos veinticinco años. Quizás su profunda nostalgia hizo que las estancias del “Rincón de López” y “los Cerrillos”, tan lejanos en distancia y tiempo, le sirvieran de molde para esta porción de tierra inglesa: un casco formado por tres ranchos con sus respectivos aleros a la usanza criolla, los robles y castaños con sus sombras solariegas, los corrales, los palenques, las hortalizas, su laguna y el monte de frutales. Ella vio al joven de sesenta y tantos montar como nadie en la tierra anglosajona había montado y realizar así los trabajos que ni los mozos podían hacer. Lo vio bolear y enlazar de la misma manera que la campaña del desierto del Sud lo había visto en los años 33 y 34. Fue testigo de la raza gaucha que hallaba en Juan Manuel su máximo exponente y bebió de la sangre noble que aquel hidalgo derramó en cada faena para ganarse el mínimo jornal. Porque en aquella vida sencilla dedicada a la tierra lo acunó la pobreza y la soledad. Lejos de los suyos, repetía frecuentemente “mi única compañía son mi mate y mi Ángel custodio”, y era ese mate y unos pedazos de carne asada su único sustento.

Juan Manuel de Rosas fue, ante todo un gaucho y probablemente fue El Gaucho por antonomasia, aunque de él nos quede solo la imagen de gobernador de escritorio y hasta de tirano, a causa de los fabuladores liberales y marxistas. Y por eso nos extraña no verlo en su iconografía montado en su zaino y entreverado en la cruda campaña, resistiendo el ataque de algún malón, o con su cañón en la ensenada.

Pero la imagen del gaucho es tan tergiversada como la de su arquetipo. El gaucho se posiciona en un mismo linaje que el caballero de la cristiandad, que el Cid y el Quijote de la Mancha.

Al declinar la Europa Cristiana y su caballero cruzado, todo lo que ambos representaban halló refugio y continuidad en el Reino y caballero hispano, el de la reconquista de España frente al moro y luego en el de la conquista americana (cuya grandeza no podríamos exaltar aquí). Lo que sí debemos señalar es cómo, apenas llegados los conquistadores, enfrentando el hambre y el acecho de los malones salvajes que esta tierra aún desierta les ofrendaba, aprendieron rápidamente a domar los potros salvajes y enfrentar al indio con lo poco que le quedaba. Se hallaron solos en los improvisados fortines sin más armas que su coraje, el caballo y la espada. Esas espadas, que para terminar de dar forma a la raza gaucha, se fueron partiendo por la mitad, trocándose en los primeros facones, de los que nunca más se desprendería el habitante de estos lares.

Es necesario repetirlo una y mil veces, Juan Manuel de Rosas es el arquetipo cabal de esta raza de gauchos, por venir de caballeros y adelantados: en sus venas corría la sangre del caballero de Santiago Bartolomé Ortiz de Rosas y del capitán y gobernador de Bs. As., Domingo Ortiz de Rosas y Villasuso.

Pero el hombre que yacía muerto en la Granja de Burguess Street no sólo mereció ser gaucho por linaje, sino que ganó su título a fuerza de sangre, por jugarse el cuero en cada patriada desde sus años mozos. Ya lo describió Luis Franco, uno de sus adversarios como “un hombre con tez y ojos de querubín y con musculatura y elasticidad de tape. (…) Se trata de un gaucho sin una achura de desperdicio. Galopa por vizcacheras y cangrejales, no cayendo nunca o cayendo siempre de pie; maneja a macho el lazo y las boleadoras haciendo flores en las hierras; se descuelga desde la tranquera del corral sobre el bagual de más humos y sin otros adornos que sus espuelas, lo deja acabarse a corcovos y lo acuesta de un rebencazo. Si no es el primer jinete de la pampa, le pasa raspando. Y no es solo eso: también degüella y desuella reses con maña limpia; conoce la ciencia del rumbo y de los pastos; su doctoreria en animales es la más consultada; solazos y fríos le vienen chicos; sabe aviarse aún en la soledad más pelada; en ella, sobre su apero, duerme como un tronco. Y mientras que sus compañeros estudian   en la ciudad,  él estudia tehuelche en las tolderías y va deletreando poco a poco el alma del gaucho, y la más agarabateada del aun indio, hasta leerlas de corrido”.

El gaucho don Juan Manuel, de 84 años, que sabía que una vida ociosa y tirada al abandono era la peor de las muertes, salió a arriar el ganado con el invierno inglés calándole los huesos. Al volver al rancho, cayó en el lecho a causa de una neumonía. El jinete de la Patria había domado así el potro de su vida para entrar al trote en los pastizales perennes de la Vida Eterna.

Ya en el entierro, sencillo y pobre, el melancólico paisaje entra en disonancia con la grandeza que allí se exhibe. El glorioso sable de San Martin reposa sobre su féretro como anunciando con su filosa parábola el retorno de la gloria para su lejana Patria. Y de mortaja, la bandera de Belgrano le augura cómodo descanso, cual manto de la Inmaculada.

Cruzando el mar, en las australes latitudes del Plata, aún lo nombran los cantares populares y añoran su regreso los puñales. En las calles de Buenos Aires resuenan los estruendos de los cañones que disparó en las invasiones inglesas y lo recuerdan las huellas de la Pampa y las férreas cadenas de Obligado.

Como colofón de su Vida de Rosas, Manuel Gálvez nos deja estas palabras:

“Don Juan Manuel de Rosas no ha muerto. Vive en el alma del pueblo, al que apasiona su alma gaucha, su obra por los pobres, su defensa de nuestra independencia, la honradez ejemplar de su gobierno y el saber que es una de las más fuertes expresiones de ARGENTINIDAD… Rosas es el hombre que defendió con talento, energía, tenacidad y patriotismo, la soberanía y la independencia de la patria contra las dos potencias más grandes del mundo. El rosismo, ferviente movimiento espiritual es la aspiración a la verdad en nuestra historia y en nuestra vida política; la protesta contra la entrega de la patria al extranjero; el odio a lo convencional, a la mentira, que todo lo envenena. El nombre de Juan Manuel de Rosas ha llegado a ser hoy lo que fue en 1840: la encarnación y  el símbolo de la conciencia nacional, de la Argentina independiente y autárquica; de la Argentina que está dispuesta a desangrarse antes de ser Estado vasallo (política, económica, ideológica o religiosamente) de ninguna gran potencia”.

 

 

Fray Taberna

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El Capitán de Gondor y la Dama de Rohan

La historia de Faramir y Éowyn es, a mi criterio, una de las más bellas presentadas por Tolkien, pero que ha quedado completamente rezagada por aquella de Beren y Luthien, y por esta de Aragorn y Arwen. Trataremos aquí de vislumbrar un poco el amor de estos dos corazones.

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Faramir, como sabemos es desvirtuado totalmente en la película, en ella se lo muestra débil, incapaz, dubitativo, hasta poco inteligente. Pero éste personaje no es el Faramir real. Es valiente, más valiente de los que muchos suponen. Es un sabio: “versado en los antiguos manuscritos y en las leyendas y canciones del pasado”. Y al mismo tiempo, aunque muchos no lo quieren creer, “es un capitán intrépido y de decisiones rápidas en el campo de batalla” (III, p. 38), y que “sabe cómo dominar a las bestias y a los hombres” (III, p. 100). Y por ello contaba con la confianza incondicional de sus soldados. Era un capitán al que seguirían ciegamente, aún bajo la sombra de las alas de los Nazgûl. Así por ejemplo Beregond que ante la oscuridad lanzada por la malicia del Enemigo para ensombrecer los corazones, ruega que vuelva el Señor Faramir, porque él no se dejaría amilanar por ello. Sabiduría y valor militar, prudencia y fortaleza, juicio y coraje, hidalguía y bondad se armonizaban en él, semejante, aunque menos sublime, a Aragorn. Arquetipo de autoridad: sabiduría y prudencia, justicia y templanza se ahincaban en su alma para convertirlo en un verdadero rey. Y así lo vio Pippin, una vez que Faramir llega a la Ciudad. No le quitaba los ojos de encima y de tanto observarlo tuvo un sentimiento extraño que le embargó el corazón. Vio en él a uno de los Reyes de los Hombres, tocado por la sabiduría y la tristeza de la Antigua Raza. Y los demás hombres vieron reconfortados sus corazones.

Pero ante su padre, Faramir, era un donnadie. Denethor, el Senecal de Gondor, hubiera preferido tener con vida a Boromir en lugar de él. Pues en vez de desperdiciar lo que le ofrecía la suerte –el encuentro con Frodo y Sam y el Anillo-: “Me hubiera traído un regalo poderoso” (III, 105). Fue él quien lo envío casi a una muerte segura en Osgiliath, y Faramir en franca obediencia, pero también con clara amargura acepta ir, pero antes de salir le dice: ¡Pero si yo volviera un día, tened mejor opinión de mí! (III, 111). Así fue como se dirigió al Río y volvió, sobre la cruz del caballo del Príncipe  Imrahil. Faramir había sido herido por un dardo mortifero. Fue llevado a la Torre Blanca. Aunque agonizando, no estaba muerto, pero Denethor en un ataque de locura decidió llevar a Faramir a las mansiones de los Reyes muertos y sus Senecales, para arder junto a él en la hoguera. Pero gracias a Pippin, Gandalf salvó a Faramir. Luego junto a Beregond y Pippin lo llevaron a las Casas de Curación. Allí, una anciana, miró el rostro hermoso de Faramir, y lloró, porque todos lo amaban. Y dijo: “¡Ojalá hubiera en Gondor reyes como los de antaño, según cuentan! Porque dice la tradición: Las manos del rey son manos son manos que curan” (III, p.179). Y en efecto el legítimo rey estaba entre ellos. Aragorn se llegó junto a Faramir, y arrodillándose colocó una mano sobre la frente. Se libraba una lucha a muerte, lo llamaba por su nombre, pero con una voz cada vez más débil “como si él mismo se estuviese alejando, llamando a un amigo extraviado” (III, p. 185). Aragorn conoce un remedio eficaz contra este mal que sufre Faramir: cierta planta –athelas– a la cual es preciso añadir una epodé, un ensalmo. Para que la planta sea el remedio –phármakon- ha de serle añadido el ensalmo  –epodé-. La palabra y el remedio han de ir juntos[1]. Faramir abrió los ojos “y una luz de reconocimiento y amor se le encendió en la mirada” (III, p. 186). Reconoció a Aragorn como su Señor, como el Rey que debía retornar, porque sólo las manos del rey curan. Y esto es confirmado por el mismísimo Faramir, en voz baja dice: “Me has llamado, mi Señor. He venido. ¿Qué ordena mi rey?” A lo que el Rey responde: “no sigas caminando en las sombras ¡despierta!” (III, p. 186).

El paralelismo con las tres resurrecciones llevadas a cabo por Cristo es palpable: la niña de Cafarnaúm, el joven de Naím y su amigo Lázaro. Así como Jesucristo entra en los ámbitos donde la muerte domina, así lo hace Aragorn cuando llama a Faramir. Como Aragorn le ordena a Faramir que despierte del sueño de la muerte, así Cristo le ordena a la jovencita, al joven y a Lázaro: “¡Levántate!”, ¡Levántate del lecho de la muerte! Ha sido necesario que la Muerte actúe, para que la Vida realmente triunfe[2].

Aragorn, dejando a Faramir se dirigió a la estancia donde yacía Éowyn, que enfrentó a un enemigo superior a sus fuerzas, físicas y mentales ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Quién es ésta dama? Aragorn nos responde esta última pregunta: “es una doncella hermosa, la dama más hermosa de una estirpe de reinas”, tenía el rostro muy hermoso, y largos cabellos que parecían un río dorado; alta y esbelta era ella; pero fuerte y vigorosa a la vez. Seguidamente describe su temple, su carácter: “Cuando la vi por primera vez me pareció estar contemplando una flor blanca, orgullosa y enhiesta, delicada como un lirio; y sin embargo supe que era inflexible, como forjada en duro acero en las fraguas de los Elfos” (III, p. 187). ¿Cómo llegó a esta situación? Fue por un largo y penoso camino. El mal empezó mucho antes de este día. Éowyn era una doncella, sí,  pero tenía un coraje y un espíritu no menores que Éomer, y sin embargo, se veía condenada a cuidar a un anciano, y este papel le parecía innoble. Por tal motivo cuando Aragorn y los Dúnedain se disponían a partir con dirección al Sendero de los Muertos, Éowyn le expresa: “Señor, si tenéis que partir, dejad que os siga. Estoy cansada de esconderme en las colinas, y deseo afrontar el peligro y las batallas… ¿no soy por ventura una virgen guerrera y no una nodriza seca? ¿No puedo vivir mi vida como yo lo deseo? ¿Siempre tendré yo que quedarme en casa dedicada a pequeños menesteres mientras ellos conquistan la gloria?… Todas vuestras palabras significan una sola cosa: Eres una mujer, y tu misión está en el hogar” (III, p. 64). Las palabras de la Dama de Rohan van creciendo en ardor, pasión y fervor y llegan a ser palabras de tamaña actualidad, despreciando el valor sin gloria de la cotidianidad del hogar. Por eso Aragorn responde señorialmente: “Las hazañas no son menos valerosas porque nadie las alabe” (III, p. 64). Bien de sobra sabemos que “los actos heroicos se suceden en el mundo y son reconocidos. Los grandes amores y los grandes sacrificios suelen presentarse frecuentemente. Lo raro, lo difícil de encontrar, y de hacer notar, es la adaptación de aquellos grandes amores al molde de la vida diaria, de la diaria realidad. Es lo que podríamos llamar “heroísmo en lo pequeño”. Es la mujer, que es verdadera mujer y verdadera madre, la que es capaz de aplicar aquel amor a todos los instantes. Ella identifica el amor con la existencia y disemina su propia oblación a través de la vida”[3].

Aragorn la dejó en El Sagrario, con una tristeza que lo embargaba todo. Ella lo amaba. Pero no toleró continuar así, enjaulada, y tomó la decisión de morir en batalla.

Ya sabemos lo sucedido. Lo que nos lleva a nuevamente a las Casas de Curación. Aragorn contemplaba el rostro de Éowyn y, luego, dirigiendo la palabra a Éomer: “Tal vez yo tenga el poder de curarle el cuerpo, y de traerla del valle de las sombras. Pero si habrá de despertar a la esperanza o a la desesperación, no lo sé. Y si despierta a la desesperación, entonces morirá, a menos que aparezca otra cura que yo no conozco” (III, pp. 188-189). Se presenta aquí una radical diferencia con la curación de Faramir, y Aragorn lo deja, a mi criterio bastante claro, Éowyn puede ser curada en el cuerpo pero no en el alma y por eso puede despertar a la desesperación porque la tristeza del alma la engendra. Debe haber otra cura, pero él no la conoce. Éowyn aun quisiera morir en la batalla. Y así luego de despertar y estar curada en el cuerpo, discute algunos asuntos con el Mayoral y le solicita hablar con quien manda en la ciudad. El Mayoral la llevó con el Senecal, Faramir.

Se encontraron. Faramir pudo ver “que la hermosura y la tristeza –de Éowyn- le traspasarían el corazón”. Ella lo miró “y vio en los ojos de él una grave ternura, y supo, porque había crecido entre hombres de guerra, que se encontraba ante un guerrero a quien ninguno de los Jinetes de la Marca podría igualar en la batalla” (III, p. 322). A la pregunta de ¿qué deseáis? de Faramir, Éowyn, a quien aún la sombra de la soberbia no abandonaba, le respondió arrogantemente que quiere partir, ir a la batalla y morir. Pero algo pasó, algo que nunca le había sucedido, mientras pronunciaba sus palabras desde la altura del orgullo su corazón vaciló: “Temió que aquel hombre alto, a la vez severo y bondadoso, pudiese juzgarla caprichosa”. Faramir habló breve e indirectamente en un intento de retenerla y “le pareció que algo en ella se ablandaba”. Y una lágrima rodó por su mejilla, como la primera gota de una escarcha a la cual el sol de primavera comienza a descongelar. “La orgullosa cabeza se inclinó ligeramente” (III, p. 323), como aceptando los explicaciones de Faramir, cosa que no había sucedido frente a Aragorn. Desde ese momento ambos pasearían por el jardín, mirando hacia el este, en donde estaban depositadas todas las esperanzas. Deseoso de esto era Faramir: “aquí me encontraréis a mí, que camino y espero… Aliviaréis mis penas si me hablarais, o si caminarais conmigo alguna vez”. Levantando la cabeza, con un ligero rubor en su rostro preguntó: “¿Cómo podría yo aliviar vuestras penas, señor?-¿Queréis una respuesta sincera?- dijo él- La quiero.

Entonces, acercando su corazón Faramir dijo: “os digo que sois hermosa. En los valles de nuestras colinas crecen flores bellas y brillantes, y muchachas aún más encantadoras; pero hasta ahora no había visto en Gondor ni una flor ni una dama tan hermosa, ni tan triste. Tal vez nos queden pocos días antes que la oscuridad se desplome sobre el mundo…; pero si pudiera veros mientras el sol brilla aún, me aliviaríais el corazón”. Pero ella no concibió que eso fuera posible, dio media vuelta y se marchó.

A la mañana siguiente pasearon juntos y se sentaron a la sombra de un árbol verde. Y al Mayoral se le alegró el corazón; entre los muchos que él cuidaba ellos mejoraban y ganaban fuerzas.

Pasaban los días, el séptimo, desde las altas murallas, Éowyn miraba hacia el norte y dijo: “Siete días hace que partió” (III, p. 325). Su corazón aún seguía aferrado a los designios de Aragorn. Y nuevamente, Faramir, declara lo que su corazón clama: “Siete días. No penséis mal de mí si os digo: a mí me ha traído a la vez una alegría y una pena que ya no esperaba conocer. La alegría de veros; pero pena, porque los temores y las dudas de estos tiempos funestos se han vuelto más sombríos que nunca. Éowyn, no quisiera que este mundo terminase ahora, y perder tan pronto lo que he encontrado” (III, pp. 326-325). La respuesta fue primero de desconcierto y luego de dolor y tristeza de un alma embargada de oscuridad: “Estoy al borde de un terrible precipicio y en el abismo que se abre a mis pies, la oscuridad es profunda, y no sé si a mis espaladas hay alguna luz”. Ya lo había previsto Aragorn, es posible que despierte a la desesperación. Pero Éowyn, considero, presentía esa luz: “aún –dice- aún no puedo volverme. Espero un golpe del destino (III, p. 326).

Y entre ellos, al pie del muro, todo se hizo silencio, desaparecían los rumores de la ciudad, el canto de los pájaros se perdía a lo lejos, el sonido del roce de las hojas cesaba, parecía que hasta sus corazones dejaban de latir. El tiempo se había detenido. El golpe del destino trocaba la suerte de Éowyn: “las manos de los dos se encontraron y se unieron, aunque ellos no lo sabían” (III, p. 326). Y mientras esperaban, sin saber que esperaban, un Águila traía buenas nuevas de los Señores del Oeste: el velo de Sombra había sido rasgado y la Puerta Negra destruida, el Rey estaba pronto a retornar.

Los días que siguieron fueron dorados. Éomer mando por Éowyn, pero ella no partió y Faramir debió hacerse cargo de la ciudad. No se veían.

El Mayoral fue a buscar a Faramir, porque comenzó a preocuparse por Éowyn, su rostro era pálido nuevamente, estaba triste y dolorida. Entonces Faramir fue a buscarla; y le dijo: “Éowyn ¿por qué os habéis quedado aquí…?- Y ella dijo: ¿no lo sabéis?- Pero él respondió: Hay dos motivos posibles, pero cuál es el verdadero, no lo sé… no vais porque sólo vuestro hermano mandó por vos… O porque no voy yo… Éowyn ¿no me amáis, o no queréis amarme?- Quería el amor de otro hombre –respondió ella-. Mas no quiero la piedad de ninguno. Lo sé –dijo Faramir-. Deseabais el amor del Señor Aragorn… Pero cuando sólo recibisteis de él comprensión y piedad, entonces ya no quisisteis ninguna otra cosa, salvó una muerte gloriosa en el combate… ¡No desdeñéis la piedad, que es el don de un corazón generoso, Éowyn! Pero yo no os ofrezco mi piedad. Pues sois una dama noble y valiente; y sois tan hermosa que ni las palabras de la lengua de los Elfos podrían describíos, y yo os amo ¿no me amáis?” (III, p. 328-329). Entonces ocurrió lo esperado, lo que había comenzado junto a los muros y en el jardín de las Casas de Curación, lo que se había atisbado en el encuentro de sus manos, la esperanza volvió al corazón de Éowyn y su alma, aquella que no había podido curar el Rey, se veía libre de las ataduras de la oscuridad, la tristeza, el miedo, la desesperanza, y se disponía libremente a amar: “¡La Sombra a desaparecido! ¡Ya nunca más volveré a ser una doncella guerrera, ni rivalizaré con los grandes caballeros, ni gozaré tan sólo con cantos de matanzas! Seré una curadora, y amaré todo cuanto crece, todo lo que no es árido” (III, p. 329).

Éowyn ha salido airosa del trance mortal en el que se encontraba, Faramir fue la lumbrera de ese recorrido, tal vez otro no hubiera podido purificar el alma de Éowyn. Para ello se necesitaba al varón pleno, al varón hecho; y Faramir, por todo lo dicho, lo era. Y Éowyn, verdadera varona, supo quebrantar su orgullo y convertirse en tierra, porque la mujer es vida, es profundamente telúrica. Se ha encontrado ella misma en su misterio de mujer.

Ante esta confesión de Éowyn, Faramir río, feliz. La tomó en los brazos y la besó. Luego dijo al Mayoral: “Aquí veis a la Dama Éowyn de Rohan, y ahora está curada” (III, 330).

 

 

José Gastón

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Notas:

[1] Se podría hablar mucho más acerca de la curación mediante la palabra, pero es tema de otro ensayo.

[2] Merecería, como ya dijimos anteriormente, un ensayo aparte.

[3] GUEVARA, G. El sembrador salió a sembrar. Reflexiones en torno a la familia y la educación de los hijos. Cor ad cor, San Luis, 2017, p. 36.

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La economía invertida

“Si la política tiende tan sólo a procurar los bienes económicos,
en detrimentos de los morales, de tal suerte se corromperá
que será incapaz de procurar los económicos”.
Julio Meinvielle
Concepción Católica de la Política

 

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Sería erróneo imaginar que una cultura económica logra acabadamente su objeto propio, así como en una cultura puramente política tampoco la política alcanza el suyo. Pues si la economía debe hallarse sujeta al imperio de la política, la prioridad de aquella entraña una inversión de valores.

En efecto, la economía economista es inevitablemente invertida; en ella se consume para producir más, se produce más para vender más, se vende más para lucrar más, cuando la recta ordenación exige que la finanza y el comercio estén al servicio de la producción y ésta al servicio del consumo, ambos al servicio de la economía; ésta al servicio de la política, la política al servicio del hombre, y el hombre al servicio de Dios.

Esta economía así invertida es implacablemente funesta, y termina en la tremenda catástrofe contemporánea que presenciamos: un inmenso aparato productor que remueve las riquezas del mundo, y una humanidad de la cual las dos terceras partes sufren la intemperie, la falta de abrigo y el hambre.

 

 

En: MEINVIELLE, Julio. El comunismo en la revolución anticristiana. 4ª ed., Cruz y Fierro Editores, Bs. As., 1982, p. 61.

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¿El católico debe ser de derecha o izquierda?

Se deshace este mundo imbécil que pretendió ser cómodo sin Jesucristo. No que Cristo le haga cómodo, pues la Cruz es lo opuesto al ‘confort’ de los burgueses.

‘Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura’. Se nos prometió, es verdad, el reino de los cielos y no la comodidad de la tierra. Mas por añadidura se nos aseguraba la habitabilidad de este valle.

Los pretendidos filósofos, en cambio, los teóricos de la política liberal y socialista,  nos prometieron el paraíso en la tierra y nos han dado un confortable infierno aquí abajo y la garantía del inextinguible fuego en la vida venidera.

¿Y los católicos? ¿Andaremos mientras tanto afanosos por tomar posiciones a la derecha, al centro o a la izquierda, de quién? Dejémosles a los mundanos éstos términos y dejémosles que tomen posiciones en las filas del diablo.

Sería más saludable que nos cristianicemos nosotros mismos. Seamos católicos. Y como católico significa únicamente santo, tratemos verdaderamente de ser santos.

No consiste en hablar y pensar de la santidad. Es vida. La vida católica (que es conocimiento de Jesucristo), plenamente vivida en el ejercicio de la caridad, nos impondrá, por añadidura, una fisonomía católica en las manifestaciones puramente humanas de la vida: arte, ciencia, economía y política católicas.

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En: MEINVIELLE, Julio. La concepción católica de la política. Cursos de Cultura Católica, Bs. As., 1941, pp. 250-253. (Resumen)

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El anuncio de la gran Águila

Y antes de que el sol se hubiera alejado mucho del cenit, una gran Águila llegó volando desde el este, portadora de nuevas inesperadas de los Señores del Oeste, gritando:

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¡Cantad ahora, oh gente de la Torre de Anor,

porque el Reino de Sauron ha sucumbido para siempre,

y la Torre Oscura ha sido derruida!

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¡Cantad y regocijaos, oh gente de la Torre de Guardia,

pues no habéis vigilado en vano,

y la Puerta Negra ha sido destruida,

y vuestro Rey ha entrado por ella

trayendo la victoria!

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Cantad y alegraos, todos los hijos del Oeste,

porque vuestro Rey retornará,

y todos los días de vuestra vida

habitará entre vosotros.

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Y el Árbol marchito volverá a florecer,

y él lo plantará en sitios elevados,

y bienaventurada será la Ciudad.

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¡Cantad oh todos!

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La muerte cristiana

El cristianismo no disimula la muerte, no la reviste de máscaras que difuminen la tragedia, que disimulen las causas. Sólo el cristianismo es capaz de presentar la Muerte con su verdadero rostro. Porque sólo Jesucristo miró a la Muerte, frente a frente, tal cual es, y nos enseñó a mirarla así. Porque si eludimos su sombra tampoco veremos el verdadero esplendor de la Luz que la ha vencido.

 

En: COMANDI, M. Cuando las sombras se disipen. Una reflexión sobre la muerte cristiana. s/e, El Volcán, San Luis, Argentina, 2017, p. 42. El subrayado es nuestro

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