Tradición y equilibrio

“Es cuestión de una pulgada; pero una pulgada es todo cuando se está conservando un equilibrio”.
G.K. Chesterton

Conservar el equilibrio, en cuerpos estáticos y simétricos, es cálculo; conservarlo en el pensar y obrar de los hombres es un osado desafío espiritual y artístico.

Entre los argumentos intuitivos de Chesterton a favor del cristianismo se destaca éste, el equilibrio. Manera singular de aunar dos fuerzas o ideas en apariencia contrapuestas, exaltando todas sin opacar ninguna. Por ejemplo, propugnaba una valentía desgarradora hasta dar la vida pero sin desdeñarla, deseaba la paz mientras armaba caballeros para la guerra, con idéntico ímpetu predicaba sobre la virginidad y la familia. Supo mantener lado a lado, dice Chesterton, “dos insistencias, como si mantuviera dos colores, rojo y blanco; como el blanco y el rojo del escudo de San Jorge. Siempre mantuvo un saludable odio por el rosado”. Así, todo el cuerpo de la Cristiandad –esa “roca inmensa, irregular y romántica”– logró unidad  armónica, se hizo de una sola pieza como la divina túnica de nuestro Salvador (símbolo de la Iglesia, según enseña San Cipriano).

Esta sorprendente cualidad que no puede conquistarse a fuerza de recetas, métodos ni gestiones humanas, pareciera escasear en muchos de los grupos o movimientos que integran nuestra Iglesia. Un sinnúmero de discordias y desacuerdos de católicos suceden a menudo por no saber conjugar verdades, por desconocer aquel arte de unir al dinamismo de la vida dos principios de aparente contradicción. Pienso que esta carencia puede manifestarse de dos modos: mezclando verdades o acentuando una verdad por sobre otra (descontemos de raíz a quienes no tienen siquiera una verdad que mezclar o acentuar). El equilibrio, fruto de la sensatez, es punto medio de estos dos descarríos: de un lado, un amasijo oscuro y desabrido; del otro, un paquetón de buenas verdades sin ligazón.

El primer error es más fácil de descubrir; lo que se mezcla se diluye (lo saben por igual albañiles y enólogos). Lo primario pierde identidad para dar lugar a una verdad descolorida –el rosado, por caso– desprovista de tradición y contenido, de fuerza y vitalidad. Es tanta la dilución que todo parece lo mismo porque no hay contornos ni definiciones claras y, por lo mismo, se pierde el compromiso y la alegría. La fidelidad se torna fanatismo y muere ya la ilusión de levantar pendones por un ideal. No hace falta ejemplificar ni dar nombres de instituciones de esta índole, se encuentran a la vuelta de cualquier esquina del mundo.

La segunda manera de atentar contra una correcta conjugación es la mala acentuación. Una

palabra varía su sentido de acuerdo a la sílaba acentuada. Mutatis mutandi pasa con nuestra Fe, la cual se desvirtúa muchas veces por no acertar con los acentos. En nuestra vida cristiana hay cosas esenciales y accidentales, dogmáticas y opinables, importantes y urgentes, etc. Cada alma humana –o comunidad católica, para seguir la reflexión– tiene un carácter diferente, como distintas las circunstancias, condiciones y destinos a los cuales ha sido llamada. En esta trama tan exquisita y compleja es preciso dar en la tecla para no arruinar la obra de Dios en nosotros. La sensatez es una cuestión de acentos. Aquí los ejemplos abundan porque toda combinación desatinada trae desequilibrio. Quienes anteponen la acción a la contemplación, quienes se aferran al estudio descuidando la oración, quienes defienden la liturgia postergando su vida moral, quienes atienden rigurosos la doctrina relegando el culto. El que no presupone lo natural y el que desconoce lo sobrenatural, los minuciosos de la letra o los intrépidos del espíritu, los que saben y no hacen, los que hacen sin saber, e via dicendo…

Una consecuencia de las tantas acentuaciones erróneas podría ser ésta: desintegrar la vida. Cuando no se acierta en los acentos de un verso –continuando nuestros ejemplos lingüísticos– es imposible lograr ese conjunto armónico e inquebrantable del poema. Las palabras no danzan al unísono y así, desintegradas, malogran la obra de arte. Ocurre parecido en hombres y comunidades cristianas que no logran equilibrio por sutiles desproporciones, por tildar fuera de lugar… aunque sea una pulgada. Por desconocer el fin confunden los medios. Sin un principio interno ordenador todo se desquicia y desvitaliza. Algunos se hacen conservadores de un cuerpo, sí, pero disecado y frío. El cuerpo más bello deviene en cadáver si se desatiende el alma. Falta integrar la vida y eso es considerar todas sus partes y ordenarlas desde dentro conforme a naturaleza. La integridad es signo de buena salud y debe ser condición necesarísima para el apostolado… sin embargo, suele ausentarse en las más entusiastas iniciativas.

Otra forma casi imperceptible de esta segunda manifestación es el falso equilibrio. Son los mentados reduccionismos y simplificaciones que no tanto desvían cuanto empobrecen una vida de Fe. Es un equilibrio a mi medida, donde las verdades están bien acentuadas. El problema es que faltan verdades y faltan acentos. A veces preferimos quedarnos en estas visiones sesgadas de espiritualidad por mera comodidad, por el orgullo de tener una respuesta razonable para todo. Nos aferramos, sin más, por lo que ellas nos dan de certezas, cuando la fe también es inseguridad. Se trata de una tranquilidad e intranquilidad que van juntas, decía Pieper, no obstante estamos bien con la sola tranquilidad. Cualquier riesgo nos parece peligroso y exagerado. Hemos perdido el instinto de aventura y, por evitar el naufragio, anclamos en posturas ridículas, accesorias. Cada cual se aferra a la que mejor le parece o tiene más cerca, desoyendo la Tradición y recreando una fe a su antojo. Se intenta conservar lo anterior porque es mejor que lo nuevo; y así, de acuerdo al molde que quiere conservarse, cada cual es más o menos conservador. Por eso, conservadurismos hay muchos; Tradición, una sola. Y arribar a los umbrales de esta genuina Tradición es el cometido difícil en el que estamos embarcados.

Sin duda el diagnóstico es incompleto y carece de algunas precisiones que hallarán los que más saben. Con todo, no deja de suscitar algunas reflexiones que bien pueden ayudarnos en nuestro itinerario espiritual. Es inevitable que se suscite este interrogante: ¿qué hacer para alcanzar sensatez? ¿Cómo conocer aquellas verdades nutricias, conjugarlas convenientemente y articularlas en cada existencia personal o grupal? La búsqueda humilde de estas respuestas es indicio de buen camino.

Si alguno intuyera que todo esto es también una paradoja, creo que acertaría. Porque dicha paradoja –o quizá feliz solución– consiste en que al equilibrio no hay que buscarlo… se lo encuentra buscando a Dios. Si “todo es cuestión de una pulgada”, mejor dejárselo a Él. Jamás el equilibrio será producto de esmerados análisis sino siempre añadidura divina; “porque Dios da la sabiduría, y de su boca salen el conocimiento y la inteligencia” (Prov II, 6). Y esta Sabiduría debe ser nuestro mayor anhelo y única preferencia, pues “ella abarca fuertemente todas las cosas, de un cabo a otro, y las ordena todas con suavidad” (Sab VIII, 1). Ella es “madre del bello amor, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza” (Ecli XXIV, 24) y “juntamente con ella vienen todos los bienes” (Sab VII, 11). La sabiduría nos dará equilibrio, y sólo la alcanzaremos anhelando e implorando el verdadero conocimiento de Dios. Quien se deja conducir por el Espíritu, no tiene por qué hacer cuentas ni acrobacias.

Dicho esto y llegando al final, agudizando el criterio, podríamos cuestionar la voz “equilibrio”. Y es necesario hacerlo, para no confundir este equilibrio atrevido, sobrenatural y divino, con la estabilidad engañosa de una fe burguesa, desnutrida y pusilánime. Por eso nos queda corta la palabra castellana para aludir a todo lo que quisiéramos. Por lo mismo, quizás, Thibon distinguió el equilibrio de la armonía y optó por esta última, que sugiere más un orden vivo y esa unidad en la multiplicidad a la que nos remite el diccionario. Como fuere, es preciso este matiz para que no se crean equilibrados los “prolijos”, los que rehúyen los extremos. Porque el cristianismo es extremo, porque la entrega de Cristo fue extrema y nos amó hasta el fin. La locura de la Cruz, escándalo y necedad para los equilibristas del mundo, es Sabiduría y Ciencia de Dios.

Para hallar el conocimiento de Dios debemos ir a su Fuente primordial, puntal unitario de una Tradición viva y completa. Las Sagradas Escrituras y los Santos Padres son morada de encuentro íntimo con el Señor. Su Palabra y los mediadores e intérpretes de esa Palabra guardan un tesoro que muchos aún no han desenterrado. Eslabón primario que suele desatenderse e ignorarse en muchos grupos que se dicen tradicionales; motivo y raíz de desequilibrio y de muchas desavenencias. Porque, en última instancia, se trata de acceder al misterio intratrinitario con el alma entera y, para vislumbrar y desear ese botín divino, necesitamos estos hilos dorados de la trama. Sin ellos, se truncará cualquier intento de Tradición fidedigna.

Debemos buscar a Dios con osadía e inteligencia y, para ello, es menester empezar por el principio. Si acordamos en esto, tal vez evitemos unos cuantos dolores de cabeza.

¡Adelante! “Spiritum nolite extinguere” (I Tes, V, 19)

José A. Ferrari

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La Catedral: centro de la cultura medieval

“Señor, he amado la belleza de tu casa”.
Salmo 26, 8.

 

La Cristiandad concibió una inteligencia asombrada que se encontraba en continuo diálogo con lo extraordinario –en lo ordinario- y con fuerzas supra-humanas. Se da aquí una compenetración entre lo humano y lo divino que dio un pensamiento riquísimo en símbolos y analogías (la gramática del misterio) y por ello también un arte profundísimoFue un pensar en imágenes. Fue fijar la mirada en el Misterio que todo lo ciñe, deleitándose de gozo y alegría al percatarse que la realidad es siempre más grande y que se escapa a los cálculos y a los instrumentos de medición.

La fe se hace plegaria, y se hace templo. El templo es la expresión concreta de la fe. La fe abría horizontes de infinitud y eternidad. El templo es símbolo del Dios siempre más grande y tiene fuerza para evocar, a través de todas sus manifestaciones artísticas, lo sempiterno. El templo católico es el centro de la cultura, su síntesis y su más alto exponente. Todas las aspiraciones del hombre medieval confluían en  él y en él se verticalizaban. Se ha considerado al arte sacro de la Catedral como un valor “cuasi sacramental”, es decir, como símbolo de lo sagrado, que trata de expresar por lo visible lo invisible. El templo, no es por ningún motivo un monumento –como hoy creen los turistas- sino un santuario; es un ambiente que permite a la gracia manifestarse de la mejor manera, provocando una comunicación con lo divino. Es un espacio y un tiempo consagrado, sustraído de toda utilidad. No podemos dejar de nombrar a la Liturgia -cántico sempiterno rebosante de vida-, pues todas estas manifestaciones culturales no fueron espontáneas, sino que tienen su principium, es decir, su origen permanente e intrínseco, en el culto: la cultura vive del culto, ha dicho Josef Pieper. Y la medieval era por excelencia un rebozar de belleza y armonía porque vivía del y en el culto. La fe daba vida a las piedras.

En la catedral se da una síntesis formidable entre lo eterno y el devenir. Todo tenía que hacer resaltar aquel mundo invisible del cual este es signo: desde la piedra fundamental, pasando por la orientación del templo y concluyendo en el altar. Todo quiere mostrarnos algo, todo quiere de-velarnos algo. Pongamos dos ejemplos. Primero: los vitrales. Estos grandes vitrales de las catedrales medievales contaban al pueblo fiel la historia sagrada. Son hechos trascendidos por la luz física que los ilustra y manifiestan de ese modo al que es llamado “Luz de Luz”, “Sol de Justicia”. La historia entonces, está iluminada y atravesada por Dios de palmo a palmo, y sin Él no se puede entender. Él le da sentido a todo el acontecer humano. Segundo: la música. A la voz silenciosa del templo que nos habla de un Silencio imperecedero de donde ha brotado la Palabra que ha creado todas las cosas, se une la música cómo un pórtico hacia el silencio que debe continuarla.

El templo, podemos concluir, es una sutil manifestación de la gloria divina, a semejanza de Jesucristo en la Transfiguración, y que lleva a los fieles que allí se encuentran a exclamar: ¡Qué bien estamos aquí!

 

José Gastón

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Eclesiastés

Hay un pecado: decir que es gris una hoja verde

Y se estremece el sol ante el ultraje;

Una blasfemia existe: implorar la muerte,

Pues sólo Dios conoce lo que la muerte vale;

Y un credo: no se olvidan de crecer las manzanas

En los manzanos, nunca, pase lo que pase;

Hay una cosa necesaria: todo;

El resto es vanidad de vanidades.

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Fuente: Chesterton, G. Hombre vida. Dedicatoria

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Allí donde un niño camina, el misterio ronda

“La Luz de tu rostro, Señor,
se ha reflejado sobre nosotros”
Salmo 4, 7.

El misterio no se puede atrapar, ni domesticar, ni cuadricular. El hombre moderno lo ha intentado: son como domadores de circo queriendo someter la indómita naturaleza, hay momentos en los cuales logran su cometido, y el león se percibe como un pequeño gatito amaestrado: mas el león sigue siendo león, así como el misterio sigue siendo misterio aunque quiera ser domesticado por la ciencia y la técnica. Por tal motivo ha de presentarse un momento en que la presión sea tal que el león dejará de ser un gatito y volverá a ser león. Es ese el mismo instante en que el misterio deja de ser certeza y se abre como un abismo insondable a la mirada del hombre. Es allí, en ese preciso instante, en el que el hombre vuelve a ser libre, siente un aire fresco y límpido y joven, como si ninguna criatura viviente lo hubiera respirado antes y llegara recién nacido desde las montañas nevadas bajo una bóveda de estrellas, o desde el agua dulce de algún río que ondulante y silencioso se dirige al mar. Esto sucede así, inexorablemente, porque retorna a los días en que todo le era inmenso, grande y hermoso, como el recuerdo de una mañana de rocío al despuntar el alba de un día sin nubes.

El misterio hace humilde al hombre, lo hace reverente ante la Creación, la admira y barrunta todos sus significados, que van más allá, mucho más allá, de lo meramente fenomenológico. Hay algo detrás ¿o será adelante? mejor adelante, pues sólo conocemos la espalda de las cosas así como aquel personaje de Chesterton, Syme, que contemplaba la monumental espalda de Domingo.

A la luz del misterio vive el niño, y los que tienen mirada de niño -porque el misterio se muestra a la mirada límpida-. Él sabe, intuye, que todo es más de lo que es. Se trata exactamente de este hecho: que en las mismas cosas con las que tratamos cotidianamente a él se le hace perceptible el rostro más profundo de lo real; la mirada dirigida a las cosas de la experiencia diaria se le muestran cargadas de sentido. La mirada del niño es como un amanecer que hace todas las cosas nuevas, las vuelve a iluminar como la primera vez y las descubre una y otra vez. Tan sólo aquel que vuelva a mirar como niño y a inaugurar una y otra vez las cosas cotidianas y ordinarias, sentirá que sus ojos físicos se abren a una nueva luz que le permitirá trascender las apariencias: “Sólo se puede entrever la luz divina con los ojos corporales si el que la contempla participa en dicha luz, se deja transformar por ella”.[1] Es la visión espiritual, que sólo la alcanza el corazón puro, y es la única que “ve a Dios”[2].

Esto de lo que venimos hablando se puede palpar con meridiana claridad en el juego. El juego es para el niño una fiesta, y también es un diálogo. Él habla con las cosas y las cosas le hablan. El juego es la sublime inutilidad. Jamás el niño se propone conseguir algún fin en su juego, pero, asimismo, está impregnado de sentido. Y aquí, en este punto, podemos analogar el juego con el culto, ambos tienen su fin en sí mismo, ambos son inútiles, en ambos se presenta un tiempo dentro del tiempo, un tiempo sagrado y al margen de toda utilidad y en ambos hay un desbordamiento de vida. En este sentido es que Guardini ha caracterizado a la Liturgia como juego: un juego maravilloso, un cántico sempiterno.

“El Padre halla su alegría y su gozo en la contemplación del Hijo, plenitud de la verdad, que difunde ante sus ojos los infinitos tesoros de su belleza, de su sabiduría y de su bondad, dentro de la más pura beatitud, exenta de todo fin práctico, pero pleno de sentido, del definitivo sentido del Hijo que se recrea, ludens, jugando, ante el Padre”.[3]

En la Liturgia, el arte y la realidad, divinamente armonizados, en una sobrenatural infancia, se despliegan y viven bajo la mirada de Dios. El arte sacro, la liturgia, no es un trabajo, en el sentido de realización transeúnte para un fin externo a sí mismo, sino un juego que se juega ante Dios. “De ahí proviene esa mezcla dichosa de profunda gravedad y de divina alegría; ese cuidado exquisito en sus múltiples prescripciones, para fijar las palabras, las oraciones, los gestos, los colores, los ornamentos, y todo lo relativo al culto”[4]. Todo esto será absurdo solamente para quien no sabe comprender su sentido y busca siempre el resultado, la utilidad. Cuando nos presentemos al culto con mirada y espíritu de niños sabremos que es un Don precioso del cielo y nos dispondremos a recibir.

El desafío, entonces, se reduce a perseverar fieles a la propia infancia. A habitar la infancia. A cultivar al pequeño Mozart. A purificar la mirada, para que todo lo que se presente ante ella sea iluminado por los primeros rayos de la alborada. Es hacer de nuestra vida una obra de arte. En definitiva, y ya lo dijo Nuestro Señor, ser como niños.

 

José Gastón

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NOTAS:

[1] SÁENZ, A. El Icono, esplendor de lo sagrado. 4ª ed. Gladius, Bs. As., 2004, p. 186.

[2] Cfr. Mt. 5, 8.

[3] GUARDINI, R., op. cit., p. 89. “Cum eo eram, cuncta componens; et delectabar per singulos dies ludens coram eo omni tempore: ludens in orbe terrarum” (Prov. 8, 30-31).

[4] GUARDINI, R., op. cit., p. 93.

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Al Niño que nace

De su ser, impronta y sustancia

La mirada de Dios en las cosas

puso Orden a las rosas

Y se encarnó en el Tiempo la Palabra

+

Del Cordero, tal trashumancia

de buscar humanas pasturas

De posarse en tierra tan dura

De cargar consigo la falta

+

A cada estrella por su nombre llama

Una ráfaga de sus labios vuela

Sus ojos cual brillante centella

Su Voz cual Mar que brama

+

Es su ser, impronta y flama

Su amor que crepita y chispea

Su alma gracia destella

Su fuerza el orbe desarma

+

Su llanto de Niño clama

Por los hombre y sus querellas

Mientras lo mece la Doncella

Viven tranquilos los que aman

+

Paradoja y misterio del que trama

Ser sol y conducirse por la estrella

Ser Camino y no dejar huella

Ser Dios y morir porque ama

 

Inés de Jesús

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¿De dónde a mí este honor?

También san José besa al recién nacido, lo acaricia y al considerar que ese Niño es Dios exclama fuera de sí:

“¿De dónde a mí este honor que el Hijo del Altísimo me sea dado así por hijo? ¡Ah! Niñito: me alarme, lo confieso, respecto de tu madre; hasta llegué en pensar a dejarla. Mi ignorancia del misterio era para mí una trampa, y sin embargo en tu madre residía el tesoro escondido que haría de mí el más rico de los hombres. David, mi antepasado, se ciñó la corona real, yo había descendido hasta ser un simple artesano; pero la corona que había perdido vuelve a mí cuando tú, Rey de los reyes, te dignas reposar sobre mi pecho”.

San Efrén. In natalem Domini, 5

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¿De dónde a mí este honor?

San Efrén trata de expresar los sentimientos que embragan el alma de María al estrechar en sus brazos al Niño recién nacido:

“¿Dé dónde a mí este favor de haber dado a luz a Quien siendo simple se multiplica por doquier, a Quien siendo inmenso tengo pequeñito entre mis brazos, es enteramente mío, y está también enteramente en todas partes? El día en que Gabriel bajo del cielo hasta mi pequeñez, me convertí de esclava en princesa. Tú, Hijo del Rey, hiciste de mí en un instante la hija del Rey eterno. Humilde esclava de tu divinidad, me convertí en la madre de tu humanidad, ¡Señor mío e hijo mío! De toda la descendencia de David viniste a elegir a esta pobre doncella y la has llevado hasta las alturas del cielo donde reinas.

¡Oh! ¿Qué es lo que veo? ¡Un Niño más antiguo que el mundo cuya mirada está buscando el cielo! Sus labios no se abren, pero en su silencio ¿no está indicando acaso Aquél cuya providencia gobierna el mundo? ¿Y cómo me atrevo a brindar mi leche al que es la fuente de todos los seres? ¿Cómo me atreveré a alimentar a Quien alimenta al mundo entero? ¿Cómo podré envolver en pañales a Quien está vestido de luz?”

San Efrén. In natalem Domini, 5

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Ha amanecido el día de la nueva redención

“Exultemos en el Señor, amadísimos, y alegrémonos con gozo espiritual, porque ha brillado para nosotros el día de la nueva redención, desde antiguo preparado, el día de la felicidad eterna”.

San León Magno, II Sermones de Navidad 1-5.

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La irrupción del laicismo en la educación argentina (3/3)

IV. La Ley 1.420 de Educación Común

En primer término, debemos dejar en claro que cuando hablamos de  “Ley” nos estamos refiriendo, en un sentido amplio, a toda norma que regula un acto u operación, cualquiera que ésta sea, en orden a un fin. “Las normas que las autoridades de las diversas sociedades promulgan  tienen por finalidad ordenar las acciones de los miembros de esas sociedades al bien común; si son justas obligan en conciencia, porque explicitan de modo concreto la ley natural”.[1]

Por lo tanto, toda la ley humana o positiva que atente contra el Bien Común[2], es decir, entre otros bienes, que atente contra la Verdad, a decir de Santo Tomás, no es ley.

1. La ley 1.420

La ley 1420 no fue algo espontaneo, sino completamente premeditado desde largo tiempo en la mente de los laicistas. No tan sólo fue una lucha en torno a cuestiones educativas, a más sociales o políticas, sino que fue a decir de Ibarguren una lucha religiosa. Lucha que comenzó a librarse hacia 1881: “El conflicto propiamente dicho estalló en 1881 en la provincia de Córdoba […] La tendencia anticlerical se manifestó con la insólita designación de profesores ‘libre pensadores’ en las vacantes para ocupar las cátedras de teología –nada menos-”.[3]

Pero el pleito religioso se agravo a raíz de la convocatoria al Congreso Pedagógico en el mes de agosto de 1.882: “el mismo fue integrado no tan sólo por liberales sino también por católicos, quienes al advertir su clara orientación anticlerical, abandonaron el recinto de sesiones del Congreso”.[4]

En dicho Congreso Pedagógico se colocó la piedra fundamental en la que se sustentaría el edificio de la ley 1.420.

El año 1.884 fue fatal, la mayoría liberal en el Congreso, salvo alguna oposición en el Senado, aprobó la Ley de Educación Común.

La ley 1.420 fue una copia de la Ley Ferry 1.882 en Francia, la cual en nombre de la libertad de conciencia y de la paz religiosa quitó a Dios de la escuela.[5] Es decir que el laicismo escolar francés es padre y modelo del laicismo escolar doméstico.

De esta manera podemos entender aquello de Castellani cuando se refiere a la escuela laica: “nos vino de afuera, armada y violenta. No era de aquí, no estaba en la tradición, y la dejaron entrar nuestros mayores por quién sabe que fatídica flojera, como a los gorriones y al sorgo de Alepo, creyéndola un gran progreso”.[6]

2. Algunos argumentos laicistas

  • Debemos respetar los derechos de los padres no católicos, de lo contrario disminuirá la inmigración. La enseñanza de obligatoria de la Religión Católica en la escuela oficial, será una barrera infranqueable.

Respuesta:

Rafael Igarzábal respondería: “Abrimos nuestras playas a todos los hombres del mundo no para que vengan a colonizarnos. Así, la libertad de cultos no debe entenderse en el sentido de que por cuatro disidentes debamos cambiar el tipo de nuestra educación nacional”.

Y añadiría Estrada: “para ganar un puñado de inmigrantes sacrificamos nuestra conciencia y nuestro mejor patrimonio. Naciones que sacrifican su carácter para fomentar su riqueza son tan infames como los hombres que inmolan su conciencia por un puñado de plata”.[7]

Podríamos agregar además que la mayoría de los inmigrantes no fueron anglosajones como quería Sarmiento, sino españoles, italianos, polacos católicos. Por otra parte, antes de 1884, habían llegado miles de inmigrantes y el “problema” no existía.

  • La Religión debe ser enseñada únicamente por los sacerdotes o ministros del culto, fuera del horario escolar.

Respuesta:

Goyena expresa: “(…) Será imposible que el reducido número de sacerdotes del país den la enseñanza religiosa a un gran número de niños”. Se crea así la imposibilidad de que los niños reciban educación religiosa a través de un subterfugio legal. Porque los maestros no están habilitados y los sacerdotes, por ser un número reducido, se ven imposibilitados de cumplir tal actividad. El mismo Goyena agrega, previendo las ideas oscuras de los laicistas: “Y, conocido el espíritu de la ley, no sería extraño que se pusiera a los sacerdotes dificultades para usar el recinto de la escuela, o que se combinase el horario de modo que la enseñanza religiosa fuera impracticable (…)”.[8] Tales pronósticos se cumplieron al pie de la letra.

  • La Religión es un asunto privado. Es un problema de la familia y de la Iglesia. Quien desee tal enseñanza que se la pague. Además, la enseñanza religiosa en la escuela pública es algo inconstitucional.

Respuesta:

La Constitución argentina empieza invocando el nombre de Dios, seguidamente expone que se debe sostener el culto católico, promoviendo la conversión al catolicismo a toda aquella parte de la población que todavía no se halle civilizada. Por tanto la Religión no es asunto privado sino que de ella, como quedó estipulado en la Constitución de 1853 –amén de las reservas consideradas en lo citado más arriba- es un elemento vital para mantener la unidad nacional.[9]

Por otra parte, es injusto que los padres deban costear la educación de sus hijos en una escuela privada, pues, con sus impuestos colaboran para el sostenimiento de la escuela pública. Es decir, que debe pagar por algo que no usan. Además, aquello padres imposibilitados de acceder a la educación privada, se ven obligados a enviar a sus hijos a la escuela laica viendo como destruyen la fe de sus hijos.

Así como hemos expuesto estos tres breves puntos, se pueden nombrar otros tantos atropellos contra el derecho de los padres a educar a sus hijos; por ejemplo, el monopolio abusivo de la educación por parte del Estado.  

3. El laicismo en la escuela: un camino sin salida

A pesar de que el laicismo es presentando con bombos y platillos como el sistema de la libertad, vemos en él ciertas contradicciones.

El laicismo no trae libertad de pensamiento, sino eclecticismo: “forma una cierta variedad de caracteres vagos, inconsistentes, que no cesan de balbucear, incapaces de soluciones, destinados a la ineficacia y que disimulan su debilidad  bajo su apariencia de objetividad científica”[10].

Nuestras diferencias decían provienen de nuestros prejuicios, de los “dogmas” y “verdades preestablecidas” a partir de las cuales nosotros pensamos. La meta de la educación sería, pues, el aprendizaje de una libertad absoluta del pensamiento y la ética. El pensar libre es descrito por Edmond Benzecri como: “estar en condiciones de desprenderse de todos los poderes engañadores […], externos e internos”.[11] Es, entonces, todo lo que es “otro” en lo que se corre riesgo de “perder la libertad”. ¿Podrán estos hombres rechazar las leyes físicas? ¿Podrán vivir fuera de los usos trasmitidos por la palabra, los hábitos sociales, la familia? ¿Podrán expresar lo que piensas, sin pedir prestado, el canal de una lengua heredada?

Así vemos que el laicismo rechazado el absoluto, el dogma y pregonando la libertad de pensamiento, se convierte en un dogma absoluto del pensamiento único. Y esto es lo que se vive a partir 1884.

4. El objetivo: la enseñanza religiosa

Más allá de la gratuidad y obligatoriedad, importa destacar que el punto central de esta ley era la abolición de la enseñanza religiosa:

  • Se deja de lado la enseñanza religiosa como objeto de la enseñanza (art. nº 1).
  • Se establece un mínimo de instrucción obligatoria del cual se excluye la enseñanza religiosa (art. nº 6).
  • Sólo se permite la enseñanza religiosa antes o después de las horas de clases y dada por los ministros autorizados del culto (art. nº 8).

Respecto a esto y profundizando algunos de las ideas explicadas en el punto anterior, como sostiene Guillermo Furlong[12], la ley 1420:

  • “es anti-argentina: porque está en contradicción con toda la tradición desde 1534 hasta 1884 a la vez que, tratándose de un pueblo como el nuestro, no es posible reconocer su historia y su literatura, sus creencias, sus sentimientos, sus tradiciones más queridas si no se conoce, y muy de cerca, a la Iglesia Católica […] y como no se ama lo que no se conoce, la enseñanza laica forzosamente, necesariamente, amenguará o extinguirá el verdadero y eficiente amor a la Patria”.
  • “es anticonstitucional […] porque una Constitución que invoca a Dios en su mismo preámbulo, que exige que el presidente sea católico[13], que sostiene el culto católico, que ordena la instrucción religiosa de los indígenas ¿no supone, no requiere, no exige que se conozca a ese Dios?”.
  • “es anticatólica, ya que excluye la enseñanza religiosa como asignatura, la hace imposible […]”.
  • “no atiende al sentimiento religioso del 95% de la población argentina que era católica”.
  • “Fue dictada por un Congreso que distaba de haber sido elegido ‘democráticamente’ (a causa del reconocido fraude electoral); y no tuvo en cuenta las más de 160.000 firmas que se pronunciaron en contra de esta ley”.

Acudiendo al Magisterio, nos parece “evidente, por tanto, que la libertad de que tratamos, al pretender arrogarse el derecho de enseñarlo todo a su capricho, está en contradicción flagrante con la razón y tiende por su propia naturaleza a la perversión más completa de los espíritus (…)”. “Solamente la verdad debe penetrar en el entendimiento, porque en la verdad encuentran las naturalezas racionales su bien, su fin y su perfección (…)”.Este es el fundamento de la obligación principal de los que enseñan: extirpar el error de los entendimientos y bloquear con eficacia el camino a las teorías falsas”.[14]

Ese es el deber del maestro: iluminar con la verdad y no seguir los caprichos de una pseudo-libertad como propone el laicismo, porque la autoridad del maestro es muy grande ante los oyentes y porque son muy pocos los discípulos que pueden juzgar por sí mismos si es verdadero o falso lo que el maestro les explica.

Por todo lo expuesto podemos terminar con aquello del Rvdo. Padre Leonardo Castellani:

“La religión de Cristo es la religión de la mayoría nacional; es la religión de nuestros muertos, de nuestros Padres, de nuestros Grandes […], es la única verdadera […]. ¿Se debe enseñar o no el cristianismo a los argentinos pichones? […] ¡Y qué otra cosa quiere enseñar, entonces!”.[15]

Conclusión

El laicismo ingreso como un caballo de Troya en la escuela y desde allí estableció la hostilidad en las clases sociales y rompió nuestra continuidad histórica y espiritual. Se injertó un modelo educativo de corte francés, aunque no hubiera importando si provenía de Inglaterra o EE.UU. Para ellos era necesario cortar completamente los lazos que nos unían a nuestro pasado. Así la Argentina fue quedando aislada y fue perdiendo sus fuentes culturales, políticas y religiosas, propias de la configuración de un país de origen hispano.[16]

Al perder, sobre todo, su carácter religioso perdió también el carácter patriótico; pues, al despojarse de la fuerza religiosa que significaba tradición y savia argentina, la gran masa popular permaneció indiferente por falta de enlace valioso con el pasado de la Nación.

Se intentó, y se logró en gran parte, a pesar de lo que prescribía la Constitución –amén de las salvedades realizadas-, destruir las raíces religiosas de la escuela y de la Patria.

Con ciertos rasgos de incoherencia vemos como en el plano económico el Estado se desprende absolutamente de todo para dejarlo en manos privadas; pero, por el contrario, en lo referido a todo aquello que tiene un matiz religioso, el Estado pretende un monopolio absoluto: una religión de Estado.

Podemos finalizar planteando que la escuela laica, la ley laica nº 1420, por lo que acabamos de exponer,  siguiendo a Santo Tomás, no es ley, pues viola deliberadamente el fin último de cualquier ley que es el Bien Común.

 

José Gastón

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NOTAS:

[1] PONFERRADA, G. Introducción al Tomismo. Club de Lectores. Bs. As., 1985, p. 155. Ley Natural que obliga a hacer el bien y evitar el mal, que se manifiesta en conservar el ser, la especie y a vivir en sociedad según normas racionales. A su vez la ley natural es una participación de la ley eterna.

[2] Para tener una somera idea sobre Bien Común, entre infinidades de libros y artículos, se puede leer el “Santo Tomás y el orden social”. En: SACHERI, C. Orden social y esperanza cristiana. Escipión, Mendoza, 2014.

[3] IBARGUREN, F. Nuestro ser nacional en peligro. Vieja Guardia, Bs. As., 1987, p. 134.

[4] Ibídem., p. 134-135.

[5] Cfr. RÖTTJER, A. La escuela argentina... op. cit., p. 11.

[6] CASTELLANI, L. Cristo… op. cit., p. 127.

[7] En: RÖTTJER, A. La escuela argentina... op. cit., p. 12.

[8] En: Ibídem., pp. 29-30.

[9] Cfr. Discurso de Pedro Goyena. En: RÖTTJER, A. La escuela argentina... op. cit., p. 28-29.

[10] CREUZET, M. La Enseñanza… op. cit., p. 19.

[11] L’Action Laïque, enero de 1962, p. 17. En: CREUZET, M. La Enseñanza… op. cit., p. 25.

[12] FURLONG, G. La tradición religiosa y la escuela en argentina. Teoría, Bs. As., 1957, pp. 83 y ss. En: DIEZ, M. Luces y sombras… op. cit., p. 90.

[13] Luego de 100 años se modificó esto. Con la reforma de 1994.

[14] Libertas Praestantissimun, nº 19.

[15] CASTELLANI, L. Cristo… op. cit., 133.

[16] Cfr. LAMAS, F. Panorama de la educación en Argentina. Ateneo de Estudios Argentinos, Bs. As., 1976, p. 29.

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La irrupción del laicismo en la educación argentina (2/3)

III. Algunas apreciaciones históricas

Es interesante, a partir de ciertos hechos, analizar este ataque tendiente a borrar toda presencia cristiana en la vida pública y sus consecuencias.

a. Caseros

En nuestra Patria el avance del laicismo puede retrotraerse a la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, la cual fue el hecho bisagra en la historia de la Patria:

“Después de Caseros y Pavón se inició la ofensiva destinada a abatir las substancias católicas de nuestras vida; programa compacto de abatimiento de nuestras bases religiosas. El liberalismo asimiló los principios naturalistas y positivistas, constituyéndose en una verdadera filosofía que negaba al ser y a la nacionalidad y a todo el conjunto de sus valores espirituales. Esta etapa dio primacía a los intereses materiales y coincidió con el auge del liberalismo económico y la penetración del capitalismo imperialista. Era la perdida irremediable de nuestra soberanía […] El liberalismo desfiguró nuestra fisonomía tradicional, violentó nuestras convicciones espirituales, comprometió nuestra independencia, dilapidó nuestras riquezas, traicionó las justas aspiraciones del pueblo, abatió las columnas que defendían nuestra soberanía y falsificó los hechos históricos para desalentar toda posible empresa recuperadora”.[1]

Un año después de Caseros se sancionó una nueva Constitución. La “organización del estado” se pone en marcha gracias, entre otros, a Mitre y a Sarmiento… liberales y masones:[2]

“La revolución liberal –expresa Jordán B. Genta- triunfó en Caseros, y lo primero que hizo fue erigir, sancionar, una constitución esencialmente liberal, que si bien reconoce e incorpora algunas prescripciones que proceden de la tradición católica, no hacen a la esencia misma de la constitución.

Y sobre la base de ese estatuto, fundamentalmente liberal, se han ido consumado todas las destituciones de esos principios, de esas verdades esenciales que son el fundamento de una vida noble y decorosa de los hombres y de las naciones”.[3]

Pero por sobre todo, el período forzosamente laico es el que se profundiza, a decir de Díaz Araujo, con la Generación del ’80. Período laico que como hecho Providencial tiene su cierre en el año 1934 con el “Congreso Eucarístico Nacional”.[4]

Cabe aclarar que no todos los hombres de esta generación abogaban por un Estado laico (ateo): “Fue una época  de arduos debates públicos especialmente entre liberales y católicos que se desenvolvió en la prensa y en el Congreso”.[5] Entre los católicos que salieron con empeño a debatir, podemos nombrar a José Manuel Estrada, Pedro Goyena, Tristán Achával Rodríguez, entre otros.

“Pero –nos dice Marcelo Diez- el triunfo legislativo de los reformistas terminó generalizando su pensamiento como si hubiese sido compartido por todos”.[6]

b. Las leyes laicas

Contra toda una tradición religiosa de nuestro pueblo se sancionaron las leyes de:

  • Registro civil; por la cual se abandonaban los registros parroquiales.
  • Educación neutra; por la que, en la práctica, se hizo imposible la enseñanza de la religión en la escuela.
  • Matrimonio civil; por el que se reconocerá sólo a este como el único válido.
  • Cementerios: por el que los cementerios pasan a depender de los municipios.

Años antes, en 1878, Vicente Fidel López, en la Cámara de Diputados, había dejado bien claro que ellos querían una Nación liberal, al proclamar:

“Nosotros tenemos que ser una república liberal. Entonces, señor Presidente, nosotros debemos dirigir la educación, y no podemos admitir ni doctrinas, ni teorías, ni principios que vengan del siglo XIV, y que traen en pos de sí todas las miserias de los malos hábitos y de una educación retardataria. Es muy buena la libertad, pero la libertad para sí mismo, no para los que no usan de ella sino para matarla”.[7]

He ahí el punto neurálgico, los liberales que deseaban con ardor abrirse a los “beneficios” del libre mercado, entregándose -y entregando la soberanía- como manso ganado a intereses foráneos y haciendo del Estado un “estado gendarme”, querían centralizar y dirigir la educación. Que, por supuesto, también fue una entrega, y de la más ruin.[8]

 

José Gastón

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NOTAS:

[1] GARCÍA MELLID, A. Proceso al liberalismo argentino. s/e, Bs. As., 1957, p. 519. En: RÖTTJER, A. La masonería en la Argentina y en el mundo. 6ª ed., Nuevo Orden, Bs. As., 1983, p. 292.

[2] Aníbal Röttjer expone en su libro sobre La masonería en la Argentina y en el mundo, las directivas masónicas de proyección nacional e internacional, p. 341 y ss.

[3] GENTA, J.B. Religión, Patria y Familia. Conferencia pronunciada en el Colegio Lasalle, el 20 de abril de 1959.

[4] Se recomienda, a propósito de esto, el discurso pronunciado el día 12 de octubre de 1934 por el escritor católico argentino Dr. Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast), en el Teatro Colón y con motivo del día de la raza, durante el XXXII Congreso Eucarístico Internacional celebrado en la ciudad de Buenos Aires.

Nota aparte, recién en 1943 se restaura la enseñanza religiosa en la escuela estatal.

[5] DIEZ, M. Luces y sombras de la educación argentina. Bosquejo histórico. Gladius, Bs. As., 2009, p. 84.

[6] Ídem.

[7] DIAZ ARAUJO, E. Aquello que se llamó Argentina. El Testigo, Mendoza, 2002, p. 57. En: DIEZ, M. Luces y sombras… op. cit., p. 89.

[8] Cfr. PALACIO, E. Historia de la Argentina. 17ª ed., Abeledo-Perrot, Bs. As., 1999, p. 448 y ss.

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