Auxilium Chistianorum

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El nombre de María vivas mieles

Que significa el MAR solemne y santo

Rompió como un mar bravo allá en Lepanto

Y destrozó el poder de los infieles.

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Un relente de rosas y claveles

Azulceleste veste y blanco manto,

Pero también el ímpetu y espanto

Contra los viles, contra los luzbeles.

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Porque Ella es reina y madre todo junto,

Del poder del amor vivo prasunto,

Y como Reina tiene sus cuarteles.

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Como una flor camuflada en flores

Y como Madre tiene sus furores

Cuando le tocan sus hijitos fieles.

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P. Castellani

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Homenaje a Alberto Caturelli

Alberto Caturelli en una de sus visitas a San Luis.

En el marco de una nueva Jornada Universitaria de Apologética en la provincia de San Luis, en la cual han participado más de un centenar de jóvenes de diferentes provincias, se realizó un homenaje al Maestro Alberto Caturelli. Las hermosas palabras que se leyeron son un resumen de un artículo más extenso realizado por la Prof. Ana C. Galiano. Aprovechamos este espacio para agradecerle tan generoso gesto de hacer públicas dichas palabras en nuestro blog y la exhortamos a divulgar el artículo completo, donde la verdad, la pulcritud y la belleza con que está escrito se unen armoniosamente a la descollante personalidad del biografiado intelectual católico argentino.

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Eminente filósofo, incansable predicador de la verdad y cristiano cabal

Es un honor para nuestra Patria Argentina haber contado entre sus hijos a uno de los más eminentes filósofos y ante todo verdadero católico. A modo de un sentido homenaje, quisiéramos traer aquí el recuerdo de su lucidez en este mundo, de su innegable inteligencia y coraje para defender la verdad, de su certísima percepción de los males y peligros que actualmente acechan al cristiano y a la Iglesia.

Alberto Caturelli nació el 27 de noviembre de 1927 en Villa del Arroyito, cerca de la ciudad de Córdoba. Esposo de Celia Isabel Galíndez y padre de ocho hijos. Doctor en Filosofía, y Doctor honoris causa de varias Universidades en diversos países. Participó en dos centenares de Congresos a nivel nacional e internacional. Publicó alrededor de cuarenta libros y quinientos artículos. Un rasgo característico es lo valioso de sus obras: todas son profundas, claras, llenas de la más amplia erudición e iluminadas por la fe cristiana.

San Agustín dice: Para conocer a un hombre, pregúntale lo que ama”. Caturelli amaba sobre todas las cosas al Dios Uno y Trino, a quien recibía diariamente en el Sagrado Sacramento; a la Santísima Virgen, bajo cuyo amparo encomendó su vida y su familia. Amaba a la Iglesia, y por eso se dolía profundamente por aquello que denominó “la invasión de los iscariotes del relativismo sofistico y anticontemplativo”[1], la secularización y el falso ecumenismo. Amaba a la Patria Hispana y Católica, que no olvida sus raíces helénicas y romanas, convencido del sentido que América tiene como esperanza de la Iglesia. Amaba la familia, manifestándolo en su limpio, profundo y verdadero amor para con su esposa Celia, y a sus 8 hijos, para quienes fue un padre ejemplar. Amaba el paradigma del amor cristiano, en la amistad que tenía con Sciacca, Meinvielle, Sacheri, Derisi, entre otros. Amaba la Universidad, la cual era su casa, y por eso su dolor al verla sin ciencia y sin logos, huérfana de theoría y desaristotelizada. Caturelli era, además,  un alma enamorada del Ser -del Bien, la Verdad y la Belleza-, y por tanto, sabía reaccionar con la razón y el corazón ante la presencia de la mentira, del error y del pecado. Finalmente, entre sus amores encontramos la Filosofía; era un padeciente de amor por la sabiduría, y por ello decía que la filosofía es agonía -dolorosa y gozosa-, porque es una dramática búsqueda de la Verdad que siempre hace gozar y sufrir terriblemente, y por ello no puede tener fin sino en la Sabiduría. Gozo de la agonía por la verdad por la cual vale la pena dar la vida aunque en este mundo del poder mundial bastardo y sin alma, me tomen por loco[2].

En el Prólogo de La Iglesia Católica y las catacumbas de hoy, Caturelli escribe: “Entonces el Señor dijo a Pablo de noche en una visión: ‘No temas, sino habla y no calles’ (…) Todos estamos llamados. Y el mandato de no callar a todos nos obliga, siempre que tengamos algo de qué hablar. De eso se trata. He tenido algo de qué hablar en el seno de la vida de la Iglesia; por eso, no callo.” Sus palabras tienen peso, altura y profundidad; imponentes y proféticas. Quienes hemos tenido el honor de escucharlo o leerlo reconocemos en él a un verdadero maestro que remonta vuelo, pero que sabe volver al valle para dilucidarnos las necesarias cuestiones terrenas.

Algunos de sus discípulos lo recuerdan  por su rigor intelectual, profundidad de pensamiento y lógica impecable. Además, lo caracterizan por su inconmensurable bondad, traducida habitualmente en una sonrisa transparente y en un gesto amable; su hablar pausado y sereno, fruto, seguramente, de su aquilatada vida interior además de su proverbial alma provinciana[3]. Esto manifiesta su conducta, de singular envergadura, lo cual no sólo da cuenta de la capacidad intelectual, su adhesión a los principios y una evidente vocación teórica, sino también de un hombre que siempre se destacó por una extraordinaria calidez, sencillez y humildad en el trato con discípulos, alumnos, y público en general.

Como hijo de los hijos de los apóstoles, se caracterizó por llevar adelante el “apostolado intelectual”, como le gustaba llamarle. Aquella confluencia en la que se unen armónicamente la búsqueda racional de la verdad como acto propio de la filosofía, con el carácter misivo del apostolado cristiano.

Con mucha claridad, haciendo referencia a sí mismo, sentencia: Me encanta que me tilden de intolerante… porque de veras no tolero el error en el orden especulativo ni el mal en el orden práctico; intransigente…porque la inteligencia se ordena necesariamente a la verdad del ser y, por eso, no puedo ‘transigir’ en ese orden y sí rendirme humildemente a lo verdadero; reaccionario… porque soy hombre de reacciones rápidas ante el error y la injusticia; no ecumenista… porque lo que hoy corre por el mundo es un sincretismo acomodaticio y relativista enmascarado de ‘apertura’, ‘ponderación’ y (pseudo) ‘diálogo’; anti-pluralista… porque el único pluralista válido es el que se funda en la unidad y unicidad de la verdad, que es lo que hace posible la pluralidad de los juicios a la luz de la verdad.[4]

Sabía que es peligroso hablar de Dios, pero también que la vocación filosófica no tiene sentido sin Él. Y por eso mismo, se fue haciendo cargo de los peligros que acarrea el “pensar contracorriente”. Debido a esto, nunca verdaderamente dejó de poner en primer plano su condición de católico, sin mezclas ni vacilaciones. Comprendió que la filosofía viva, auténtica y comprometida, es agonía perpetua; contemplación y a la vez lucha interior; también es como un surco que se abre e impulsa a seguir en el mismo sin poder ya detenernos. Pero, al mismo tiempo, el ambiente se ponía más y más difícil y con la agonía filosófica había comenzado a mezclarse una suerte de agonía total[5]. Empresa ardua y difícil es luchar contracorriente; y la llevó adelante con coraje, vestido con la “armadura de Dios”, único modo para entrar en el combate espiritual: Contra el pecado nefando del inmanentismo actual, la ‘armadura’ de Aquel que ha creado el orden natural[6]. Por eso, es nuestro deber inmediato y urgente romper con la pusilanimidad para consagrarlo todo desde las catacumbas donde estamos.[7] Existen profundas razones para sentir un gran temor; existen inconmensurablemente más para sentir un gran gozo y agradecimiento.[8]

En el último capítulo de La Historia Interior, Caturelli habla sobre el fin del camino diciendo: “El camino de la historia interior ha llegado hasta aquí. Llegar, sin embargo, no significa que se haya concluido o cerrado. La tierra hollada donde habitualmente se transita no termina, no sólo porque, al camino, puede abrírselo siempre más, sino porque, al fin, se abre más allá del tiempo”[9]. Y luego, en Historia de la Filosofía en la Argentina, concluye con estas palabras que bien podrían ser una suerte de despedida: “Por eso, aquí termino, pudiendo decir lo mismo que el inmortal poeta al despedirse de sus hijos, contemplando el horizonte infinito:

“Permítanme descansar,

¡Pues he trabajado tanto!

En este punto me planto

Y a continuar me resisto

Estos son treinta y tres cantos,

Que es la mesma edá de Cristo”[10].

 

Podemos decir que su paso por la vida le allanó el camino al cielo, y no caben dudas de que Cristo Rey y Su Santísima Madre le recompensarán con creces su infatigable caridad en servicio a la Verdad crucificada.

Sus amigos, alumnos y discípulos lo recuerdan diciendo “fue un incansable predicador de la verdad. Fatigado por el buen combate que libró, su alma goza ya del encuentro del Esposo en la contemplación de la Verdad Eterna”.

A los 88 años de edad, Alberto Caturelli entregó su alma a Cristo, con la debida atención sacerdotal y con el auxilio de los Sacramentos. Misteriosa y significativamente fue llamado por el Padre el día 4 de octubre de 2016 -día en que su madre, varias décadas antes, le precedió en el camino- en la fiesta de San Francisco de Asís, de quien los dos profesaban una especial devoción.

Mario Caponnetto expone un bellísimo relato respecto de la última vez que lo vio diciendo: “Lo visité en agosto de 2014 en su casa de Córdoba, Fue la última vez que lo vi. Hablamos por más de una hora. Fue una fiesta del espíritu. Después hablé un par de veces por teléfono tras la muerte de Celia; me contó que Celia, al morir, le dijo: “te espero en el cielo”. Allí estarán ahora los dos, unidos en el amor creado, contemplando al Amor Increado.”[11] Y en otra oportunidad expresa: “Caturelli deja una obra filosófica inmensa, pero sobre todo nos deja el legado de un testimonio insobornable de fe católica íntegramente pensada y vivida. Fue modelo de intelectual católico; estoy seguro de que ya está contemplando la verdad que tanto amó, estudió y enseñó.”

Alberto Caturelli, nos ofrece una obra monumental en la que confluyen los trabajos de toda una vida empeñada al servicio de la verdad y la caridad en el apostolado intelectual. Eminencia intelectual con humildad y sencillez evangélica, siempre alzó su voz y su pluma, enamorado de la verdad, del bien y la belleza; irradió luz, esa luz que eleva la inteligencia y conforta la voluntad.

Gran católico argentino, que libró el buen combate, concluyó su carrera y conservó su fe.

Ana C. Galiano

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Notas

[1] Caturelli, Alberto, La historia interior, Buenos Aires: Gladius, 2004, p. 186.

[2] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 193.

[3] Alonso, Ernesto, IN MEMORIAM: Homenaje al profesor y doctor Alberto Caturelli (1927 – 2016) “El maestro de la metafísica realista, interiorista y personalista”; Cabildo, 2017.

[4] Caturelli, Alberto, La historia interior, Buenos Aires: Gladius, 2004, p. 191.

[5] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 82.

[6] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 169.

[7] Caturelli, Alberto, La historia interior, Buenos Aires: Gladius, 2004, p. 122.

[8] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 345.

[9] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 200.

[10] Caturelli, Alberto, Historia de la Filosofía en la Argentina (1600-2000), Buenos Aires: Ciudad Argentina – Universidad del Salvador, 2001, p. 921.

[11] En: Gristelli, Virginia; ¡Gracias, Alberto Caturelli; descansa en paz tras el Buen Combate!; InfoCatólica, 2016.

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Apuntes sobre antropología tomista

El hombre es una unidad substancial de cuerpo y alma. Este hombre está sujeto a leyes físicas, como todo ser corpóreo; posee vida, como los vegetales, y está sometido a exigencias biológicas; tiene sentidos que le permiten conocer y sentir, como los animales; “pero trasciende a los demás seres por su capacidad de comprender y de amar propias de su interioridad espiritual”.[1]

El hombre es un ser “animado”, es un ser que vive y cuyo primer principio de vida es el alma (anima). Ahora bien, ¿cómo se manifiesta la vida, cómo se nos hace posible conocerla? Sólo mediante las operaciones; fundamentalmente dos: conocer y moverse.

La actividad vital, como toda acción, supone un sujeto, una potencia y un principio activo. El sujeto, en este caso, es el ser viviente; la potencia, su capacidad de automoción; el principio activo, su alma.

Examinando las operaciones y los objetos de la actividad vital, se distinguen diferentes tipos de potencias: vegetativa, sensitiva, apetitiva, locomotiva e intelictiva. Todas estas potencias actúan simultáneamente y recíprocamente configurando grandes síntesis funcionales. Estas son complejos funcionales unificados en orden a cumplir una determinada operación: a) síntesis funcional vital primaria; b)  síntesis funcional cognitiva; c)  síntesis funcional apetitiva.

Pero nuestra atención debe detenerse en la vida sensitiva y racional. Decimos estos puesto que las funciones vegetativas, aunque interiores al sujeto,  son sólo un esbozo de inmanencia,[2] mientras que en el conocimiento sensorial y en el apetito sensitivo hay ya una aparición, aunque imperfecta, de la verdadera interioridad.[3]

Pero por encima de la vida consciente animal de los sentidos y los apetitos con objetos materiales concretos, “aparece una vida total y esencialmente superior a las anteriores y que en su actividad se independiza de toda materia, y por eso, es intrínseca y totalmente inmaterial, o sea, espiritual”.[4] Es así que por el conocimiento intelectual el mundo se hace presente al hombre en sus aspectos más recónditos y esenciales. Y en este sentido podemos decir, siguiendo a Pieper, que lo propio del hombre es “conocer las estrellas por sobre el propio techo; mirar la totalidad de las cosas que son, más allá de la morada habitual, de la adaptación a lo cotidiano; mirar más allá del mundo circundante”.[5]

Y, a su vez, este compuesto de espíritu y materia hace del hombre confín entre lo invisible y lo visible: “(…) El alma intelectual es como un cierto horizonte y confín entre lo corpóreo y lo incorpóreo”.[6]

Esta situación en la que se encuentra el hombre, se presenta así, como lo que es, un misterio, propio de esas cosas que no pueden ser contempladas directamente a riesgo de quedar encandilados por su resplandor. Pues esto es misterio, no oscuridad sino exceso de luz.

Bien, para no irnos de tema, frente a ese mundo infinito del ser, de-velado y aprendido por la inteligencia, surge en el espíritu una segunda actividad: la que dirige a realizar y posesionarse del ser. El ser, en cuanto objeto de este apetito espiritual o voluntad o, brevemente, en cuanto apetecible, es el bien.

Si tuviéramos que buscar una analogía humana del acto creador de Dios, la más próxima pese a su infinita distancia, ella residiría en el acto por el cual nuestro intelecto concibe. De ahí que el hombre por su acto espiritual de inteligencia se constituya en el santuario del ser. En este contexto, podemos citar aquella afirmación de Santo Tomás que subraya que toda realidad natural está constituida entre dos intelectos, a saber: el del Creador, que la concibió, y el de la creatura, que la conoce[7]. De donde podría deducirse que toda contemplación viene a ser, en última instancia, un cierto diálogo. Y esto queda demostrado ya que

“la persona humana en el mundo es el único ser, donde se de-vela y se toma posesión consciente del ser, y, por eso, es imago Dei (…) Fuera del hombre, los seres ocultos a sí mismos están como esperando ser de-velados (…), como anhelando este reencuentro con la luz de la inteligencia que los arranque de su ocultamiento y haga patente o presente su verdad o su ser”.[8]

¡He aquí la dignidad del hombre! “Cuando Dios hizo partícipes de su Ser a otros seres comenzaron a ser sin saber que eran. Pero al hombre Dios le confirió no sólo el ser sino el ser en el grado superior de total inmaterialidad o espiritualidad”;[9] con lo cual lo hizo inteligente. La persona humana es imago Dei porque con su apetito espiritual o voluntad se encuentra y consigue (por conquista o realización), la posesión del bien como tal. Finalmente el hombre es Imago Dei, y, como tal, persona, porque continúa en el mundo la obra creadora de Dios.

José Gastón

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NOTAS:

[1] PONFERRADA, G. Introducción al Tomismo. Ed. Club de Lectores, Bs. As., 1985, p. 134.

[2] “Debe, pues, distinguirse la movilidad transitiva, en la que la acción pasa (transit) a un término exterior al sujeto y la inmanente, cuyo término permanece (manet in) en el sujeto mismo”. En: PONFERRADA, G. Introducción… op. cit., p. 135.

[3] Podemos ir vislumbrando como hay, pues, una complejidad creciente que jerarquiza a los tipos de alma: la superior asume lo inferior y le añade una característica específica.

[4] DERISI, O. Santo Tomás de Aquino y la filosofía actual. EDUCA, Bs. As., 1975, p. 167.

[5] Pieper, Josep. El ocio, fundamento de la cultura. Ed. Librería Córdoba. 2010. p. 115.

[6] Contra Gentiles, II, c. 68.

[7] Cfr. De Veritate, I, II, corpus.

[8] DERISI, O. Santo Tomás de Aquino… op. cit., pp. 178- 179.

[9] Ídem.

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Escuela: verdad vilipendiada, ‘respeto’ celebrado.

La época actual pudiera muy bien recapitular aquella escena del pretorio romano en donde se da ese breve diálogo entre Jesús y Pilato:

¿Qué es la verdad? – indagó Pilatos-. Jesucristo no le contestó nada.

¿Por qué Jesús no contesto? Porque al que pregunta ¿Qué es la verdad? sin muchas ganas de conocerla, la Verdad no se le muestra. En sentencia del Beato J. H. Newman: “La verdad se esconde de quien no la busca”. Pilato es el tipo de muchos racionalistas que formulan una pregunta parecida y luego se van sin escuchar la respuesta de la Verdad misma, que es Jesucristo. Acertadamente dice san Agustín: “si no se desean, con toda la energía del alma, el conocimiento y la verdad, no pueden ser hallados. Pero si se buscan dignamente, no se esconden a sus amantes”.

Así está el mundo actual, embarrado de lo que podríamos denominar “Pilatismo”: preguntar qué es la verdad, y a pesar de tenerla frente a frente, darle la espalda.

La Escuela da la espalda

Es en el ámbito de la Escuela donde la verdad se ve cada vez más ultrajada, insultada y vilipendiada por un monopolio de filodoxas que en favor de un “respeto” a la diversidad de opiniones, le da la espalda. Dos cosas debemos apuntar y hacer notar de este celebrado “respeto”. En primer lugar, vale decir, siguiendo al Padre Castellani, que la “opinión es una afirmación no cierta, basada en argumentos válidos, mas no evidentes, opuestos a otros también válidos. (Ahora bien) opinión no es cualquier afirmación lanzada al aire porque sí, por charlatanismo; eso es macaneo. No confundir, pues, el derecho a opinar y el derecho a macanear”. Tristemente en una sociedad como nuestra el derecho a macanear, como dice Castellani, está a la orden del día. En segundo lugar, y como oportunamente hace notar el Dr. Carlos Lasa, hay que saber diferenciar entre pluralismo y pluralidad pues el pluralismo de principio, al igual que todo dogmatismo, oblitera el acto de pensar y condena al hombre a un pragmatismo del cual él mismo, a la postre, resulta ser la principal víctima. Todo aquello que oblitere el pensar cerrará la puerta al verdadero progreso de la humanidad que es progreso en la verdad.”

Pues bien estas pseudo-filosofías atentan contra el fin último de la educación que es conocer y gozar de la verdad. En esta postura subyace un marcado escepticismo dado que, si todas las respuestas valen de igual modo, ninguna tiene valor porque ninguna responde en definitiva al problema.

En tanto que la pluralidaddestaca la importancia fundamental para la persona humana del acto de pensar, pone toda su energía en asegurar que dicho acto pueda ejercerse, lo cual supone su libre ejercicio”.

Por ello no todo hombre tiene derecho a opinar sobre todo tema, sino los entendidos sobre aquello que entienden[1].

¿Por qué hemos dicho todo esto? Porque la Escuela no debe ser el lugar de los charlatanes en donde se intercambien monólogos del orden de “creo que”, “opino que”, “tengo la impresión de que”, sino que debe ser por eminencia “el lugar reservado a la contemplación, al cuidado de la vida interior y a la elevación de la inteligencia”.[2]

 

José Gastón

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NOTAS:

[1] Cfr. CASTELLANI, L. Sentencias y aforismos políticos. Edición del Grupo Patria Grande, Bs. As., 1981, p. 18.

[2] CAPONNETTO, A. Pedagogía y educación. Cruz y Fierro Editores, Bs. As., 1981, p. 17.

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La Voz de Cristo

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La voz de Cristo llama

Es el corazón que arde

Y en San Juan se imprime a fuego

“Son las cuatro de la tarde”

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La voz de Cristo suena

Es el varón a quién Él aparte

Quien recuerde cual San Juan

“Son las cuatro de la tarde”

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La voz de Cristo clama

“Siervo fiel,  no fuiste cobarde”

Con San Juan repetirás

“Son las cuatro de la tarde “

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Inés de Jesús.      

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Inspiración

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Inspiración…

Es caminar como un ciego

en la noche oscura

y percibir de repente

La lumbre radiante y pura.

Es al cielo agradecer la locura

Y ver a los molinos cual gigantes

Ser el caballero de la triste figura .

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Es sentir del viento

Una ardiente frescura

Y Saborear con la mente una insaboreable dulzura

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Es mirar la cruz

y no verla tan ruda

Es mirar al Señor

y sentir que el alma se fuga.

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 Es colocar le al amor

La más sólida armadura

Es comentarle al dolor

Que ya se tiene la cura.

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Inés de Jesús.

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Las melodías del Agua

bautismo

“Las aguas del bautismo se descargan sobre el alma, como un río de aguas cristalinas y mansas. Una música de suaves melodías en ella se instala, y a quien la escucha nunca más le abandona la nostalgia del cielo de donde se derraman esas aguas”.

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Día del Idioma Español. Autorretrato de Cervantes

Hoy se celebra el Día del Idioma Español, en honor al gran escritor español Miguel de Cervantes Saavedra.

Cervantes murió en 1616, el 22 de abril. Pero, según la costumbre de la época, se registró su muerte el día de su entierro, el 23 de abril, por lo que históricamente se tomó esa fecha para conmemorar su fallecimiento.

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Véase cómo el genial escritor se pintó a sí mismo en el prólogo de las Novelas Ejemplares:

“Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente liza y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no há veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes no crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; este, digo, que es el rostro del autor de la Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación de César Caporal Perusino[1]” y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizás sin el nombre de su dueño; llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra: fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades; perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo[2] del rayo de la guerra, Carlos V, de felice memoria.

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Retratos absolutamente auténticos de Cervantes no se poseen. Suele presentarse como fidedigno el que preside las sesiones de la Real Academia Española de la Lengua atribuido al pintor y poeta Juan de Jáuregui.

NOTAS:

[1] Poeta satírico de Perusa (Italia) que compuso “Viaggio al Parnaso”.

[2] Don Juan de Austria, vencedor de Lepanto.

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Tengo tanto que leer y poco tiempo

¡Qué pena morir, cuando me queda tanto por leer!

Marcelino Menéndez y Pelayo

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Tengo tanto que leer y poco tiempo

           que por seguir el consejo castellino

             leyera nomás los clásicos y muriera

               sin llegar al asombroso cristianismo.

Tengo tanto por leer y poco tiempo

                 que no hay día que una página no ojee

 al ocaso y al alba por si acaso

                         que no hay noche que no sueñe con aquello

     que otros divisaron desde antes.

Tengo tanto por leer y poco tiempo

            que el saber se convirtió en hambre

        que la ignorancia se trocó en frío

                que el mirar y contemplar el Absoluto

                 fue deseo de una vida y no un instante.

Inés de Jesús.

 

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La cosmología de Santo Tomás y nuestro tiempo

La ciencia-técnica actual está atravesada claramente por el pragmatismo y utilitarismo, que lleva consigo una especie de fetichización de la misma. Desacralizando de este modo el mundo, concibiéndolo, no como Creación, sino como naturaleza a dominar, simple “materia” a transformar (Descartes, Comte, Marx). Así las ciencias empíricas se ocupan (o se limitan) a los puros fenómenos que cambian, a su externa fachada sensible; no al ser de las cosas.

Siguiendo esta línea, se abandona la búsqueda de sus causas, sus por qué, y la ciencia- técnica se instala en lo empírico descriptivo, en el fenómeno.

Dicho esto, y considerando que el saber no se reduce a una enciclopedia de disciplinas simplemente agregadas en un todo mecánico, sino que “a semejanza del organismo vivo, todos sus miembros se hallan animados por una fuerza o energía común”.[1] Es de considerar que es sumamente importante estudiar las razones últimas del mundo corpóreo; y esto es en gran medida posible, gracias a lo postulado por Santo Tomás en su Filosofía de la Naturaleza. La búsqueda, por debajo de los fenómenos y leyes empíricas, de las causas últimas intrínsecas inteligibles de ese ser sensible.

Pero debemos decir que, así como la ciencia es insuficiente para satisfacer la cognoscibilidad de las cosas sensibles, de la misma forma la Filosofía de la Naturaleza no es capaz de satisfacer dicho conocimiento. Por ello debemos afirmar que entre Cosmología y ciencia no existe oposición, sino más bien, limitándose a su propio solar, son complementaria la una de la otra. Pues, para suplir la falta de penetración de la inteligencia, que no puede llegar por vía filosófica a descifrar la constitución esencial específica de un ser, el hombre complementa dicho saber filosófico con un conocimiento de los fenómenos. Las relaciones entre las ciencias y la Filosofía de la Naturaleza son tan íntimas y forman una trama tan inextricable, que es imposible “tratar de la Filosofía de la Naturaleza sin verse en la obligación de hacer constantes referencias a las ciencias físicas”.[2] Si bien, hay que dejar claro, la Filosofía de la Naturaleza no puede confundirse con la ciencia, bien lo dice Mons. Derisi:

“para mantener semejante armonía entre ambos conocimientos, autónomos en sus sectores, es menester que uno de ellos vigile con autoridad sobre el otro para que ninguno de ellos desborde su propio cauce y ámbito objetivo y cuide a su vez de que el inferior sirva al superior, el científico al filosófico”[3].

Retomar el diálogo entre Filosofía de la Naturaleza y ciencia implicaría devolver a nuestro conocimiento del mundo visible el carácter contemplativo, comprendiendo que “en cualquier terreno que transitemos es preciso no perder de vista el horizonte de la totalidad”[4], inclinándonos ante su orden y su belleza.

 

José Gastón

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NOTAS:

[1] MILLÁN PUELLES, A. Fundamentos de filosofía. 12ª ed., Rialp, Madrid, 1981, p. 212.

[2] CATURELLI, A. La filosofía. 2ª ed., Gredos, Madrid, 1977, p. 71.

[3] Cfr. DERISI, O. Esbozo de una epistemología tomista. Cursos de Cultura Católica, Bs. As., 1946, p. 131.

[4] PIEPER, J. El ocio, fundamento de la cultura. Librería Córdoba, Bs. As., 2010, p. 72.

 

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