Una tarde apacible

“¡Qué tarde tan apacible!” dijo una vez un amigo. Y así era: una tarde de domingo primaveral, estábamos en el predio del Seminario San Miguel Arcángel, ese  día otro querido amigo había recibido el hábito talar.

“¡Qué tarde tan apacible!”, había dicho luego de un suspiro, mientras mirábamos los árboles, la luz del sol a través de las hojas a la hora de la siesta, y unos mates de por medio. Y en verdad era apacible: lejos de todo, de los ruidos mundanales y las preocupaciones del día a día que no son más que una vorágine, de la inquietud de un mundo acelerado, que no es capaz de sentarse en una siesta de domingo a mirar los árboles y compartir un mate en silencio.

¡El silencio! ¿Posible en un mundo en el que no hay un instante en el que no esté sonando algo de fondo, donde para muchos el silencio representa algo solitario, temible?

¡Sentarse a mirar los árboles! ¿No es eso una pérdida de tiempo de hacer algo “útil”? (Aquí podríamos preguntar: ¿útil para quién?)

Lejos del mundanal ruido, el silencio del campo parecía algo precioso. Una brisa suave que anunciaba el cambio de estación movía las hojas de los árboles que enmarcan el camino de entrada al seminario. ¿Por qué tantos temen el silencio? No puedo evitar preguntármelo, y a la vez encuentro la respuesta: el silencio del afuera lleva, necesariamente, a escuchar las cosas que hay en el interior. Después de divagar un rato, uno se encuentra reflexionando sobre las cosas que ha dicho y hecho. Algunas ya no se pueden cambiar, muchas pueden rectificarse.

Y sin embargo, ¡cuántos rehúyen a este silencio interior, donde Dios habla al corazón! Donde la dulce voz de nuestro Señor nos lleva hasta el fondo de nuestro corazón, si se lo permitimos, para descansar en Él. Tal como le reveló a Santa Sor Faustina: “Cuando contemplas en el fondo de tu corazón lo que te digo, sacas un provecho mucho mayor que si leyeras muchos libros. Oh, si las almas quisieran escuchar Mi voz cuando les hablo en el fondo de sus corazones, en poco tiempo llegarían a la cumbre de la santidad” (Diario, 584).

¡Qué triste, Jesús, es ese “silencio”, esa “interioridad” que se pregona en estos días! Un mirar hacia adentro “subjetivo”; dicen conocerse a sí mismos, pero no se conocen, porque no te conocen. Sólo escuchan sus voces en un monólogo interminable.

En silencio, mirar los árboles y cómo se mueven las hojas al compás de la brisa, los colores de la tarde en la primavera que llega. ¿Cómo no encontrarte Señor, en tus obras? ¿Cómo no llegar hasta Vos, si toda tu creación te aclama? Lo bello de todas las cosas es que de Vos vienen, y a Vos retornan.

¡Qué triste, Jesús, que no sepan verte! Se admiran, sí, los he visto admirarse de la magnificencia de tu creación, pero no pueden encontrarte detrás de ella. ¿O no quieren encontrarte? “¡Mira, todas las cosas huyen de ti, porque tú huyes de Mí!”[1], expresó una vez un poeta.

En silencio, mirar el parque, compartir un mate con amigos. ¡Amigos! En toda amistad es necesario compartir un silencio de vez en cuando, gozar del bien que esa presencia significa. “En el silencio tiene lugar, a su vez, no sólo el conocimiento de sí mismo, sino también el auténtico conocimiento del otro… Quien siempre habla no se tiene realmente, pues continuamente se desvía de sí, y lo que da al otro, cuando debería ofrecerse él mismo, son meras palabras”[2].

¡Qué extraño es el corazón del hombre! Siempre inquieto, dijo San Agustín de sí mismo en las Confesiones[3], buscándote lejos y afuera, cuando estás cerca y adentro. ¿El último lugar donde te buscaríamos, tal vez? En el fondo de nuestro corazón, lo que requiere hacer un largo recorrido, justamente en silencio, de la misma forma en que se remonta un río para conocer su fuente. Así lo había expresado tiernamente Michel Quoist[4] en uno de sus libros, hablando sobre el amor.

El amor humano, que bien encauzado es un reflejo del Amor, amar como Dios ama, amar al otro con el amor con el mismo amor del Padre, o al menos uno que se le asemeje. El mismo amor que es capaz de contemplar en silencio las cosas, cuando las palabras ya no son necesarias. Cuántas veces he escuchado decir a mi director espiritual, citando a San Juan Pablo II, que las visitas al Santísimo Sacramento pueden consistir en un interminable intercambio de miradas, donde Él me mira, y yo le miro. “Si no tengo amor, no soy nada”, dijo el Apóstol en la primera carta a los Corintios.

“¡Qué tarde tan apacible!”, dijo mi amigo, después de un suspiro. Devuelvo el mate, ya casi son las seis de la tarde. Veo cómo declina el día, estamos en septiembre pero aún quedan vestigios del invierno. Es hora de volver.

 

A. B.

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Notas:

[1] “El sabueso del cielo”, Francis Thompson. En: SHEEN, F., Eleva tu corazón. Tercera parte, Capítulo 20.

[2] GUEVARA, G. Restaurar el rostro del niño y otros ensayos filosóficos. Cor ad cor, Bs. As., p. 39.

[3] Confesiones, X, 27.

[4] Cfr. QUOIST, M. Amor: el diario de Daniel.

De la dulce amistad

pelicula_la_pasion_ultima_cenaDesde antiguo la amistad ha sido ponderada como un gran bien. Dos grandes autores paganos como Aristóteles y Cicerón concebían a la amistad como el don más grande dado a los mortales, en donde el amor a la virtud es el principio natural más elevado de esta y en la cual el uno siempre quiere el bien del otro.

La amistad es lo más necesario para la vida. En efecto, dice Aristóteles, sin amigos nadie querría vivir, aunque tuviera los otros bienes. La inclinación al prójimo para trabar con él ese amor –philía- de amistad es una manifestación tan natural como respirar, nadie hay quien no tenga un amigo. Pero la amistad no es solo necesaria, sino también hermosa.

Mas hay que tener en cuenta, que un verdadero amigo es el que quiere el bien para mí, por ello es necesario que sea compañero de virtudes, pero no de vicios. Bien ha dicho el Filósofo -como gustaba llamar Santo Tomás a Aristóteles-: “La amistad perfecta es la de los hombre buenos e iguales en virtud”. Por tanto la amistad es la virtud que nos lleva a tener una relación sólida, profunda, desinteresada y recíproca con otra persona.

Pero hay una amistad que todo lo supera, todo lo sobrepasa, todo lo excede. Esa amistad es la Amistad de Jesús. El Amigo con mayúsculas. Él hizo de la amistad un “sacramento” cuando a pocas horas de su Agonía instituyó la Eucaristía por la cual Él, en cuerpo, sangre, alma y divinidad, se queda con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Jesús, en la Última Cena, vive con intensidad sublime y grandeza de alma este don de la amistad. Con un corazón desbordado de amor, como un dique que ya no puede contener más el agua que lo inunda, da y da hasta el final, su corazón se abre y da a conocer los secretos más arcanos; subraya lo que da y comunica a sus amigos los Apóstoles: su verdad, su gozo, su paz, sus secretos, sus confidencias con el Padre. El velo de la interioridad sagrada es levantado, el hombre tiene acceso a lo más íntimo de Dios y es Él quien lo invita a ser parte de la Luz impoluta en la que se encuentra. Jesús no se guarda nada, ni siquiera su vida. ¡Cómo conmueven las palabras de Cristo alentándonos a dar la vida por los amigos! Por eso la amistad para un cristiano debe estar por sobre la vida misma.

Dejarnos envolver de la luz Cristo, del amor que su corazón amantísimo vuelca sobre nosotros y reconocer la vivencia de esta amistad, es el secreto de los santos. La compañía consciente de Cristo da paso a los “locos enamorados” que aman a más no poder y que a imitación de la santa andariega dicen a gritos: “muero porque no muero”.

Entre nosotros el querido P. Castellani, al hablar sobre la amistad, nos dice:

“Yo tenía tres amigos. Uno me regalaba plata. Era un buen amigo. El otro una vez me puso la mano sobre la mano y me dijo: -Si te matan, yo me haré matar por vos. -¿Por vos o con vos?- le dije. -Con vos- y no mentía. El tercer amigo cuando iba a verlo se ponía alegre. Yo también me ponía alegre. Y estábamos alegres todo el tiempo. Era mi mejor amigo”.

¿Quién es este tercer amigo? Aventuro a decir que es Cristo en el Sagrario. Allí en ese minúsculo espacio está Alguien que es más grande que el universo, y que por amor se quedó allí y espera. Él es el que se alegra al vernos llegar y está atento, expectante y solicito a lo que queramos contarle; o, tal vez, tan sólo, que estemos ahí, en su compañía. “Yo lo miró y Él me mira”. Él es el Amigo, a Él lo debo buscar siempre, pues como dice Benson, incluso las más sagradas experiencias de la vida son estériles si la amistad de Cristo no las santifica. El amor más santo es oscuro si no arde en Su fuego. El afecto más puro es falso y traicionero a menos que Él, el amigo ideal y absoluto, sea el laso personal que nos una.

En la amistad con Cristo nuestra alma es incendiada por Su alma ardorosa y amorosa. Nuestro corazón late al unísono del corazón de Cristo. Nada sin Cristo, todo con Él. Ya lo ha dicho Kempis:

“Si Jesús estuviere contigo, ningún enemigo podrá dañarte. El que halla a Jesús, halla un buen tesoro, y de verdad bueno sobre todo bien. Y el que pierde a Jesús pierde muy mucho, y más que todo el mundo. Pobrísimo es el que vive sin Jesús, y riquísimo es el que está bien con Jesús”.

 

Mikael

Ya no os llamo siervos…

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Quisiéramos detenernos en el análisis de un cuadro y su contexto lleno de luz que pertenece al evangelista San Juan.

En el capítulo XV de su evangelio nos trae las maravillosas palabras del Señor sobre la amistad, amistad que Él vivió con incomparable grandeza del alma: “Nadie puede tener amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo más siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer”.

Jesús subraya lo que da y comunica a sus amigos los Apóstoles: su verdad, su gozo, su paz, sus secretos, sus confidencias con el Padre. Si sus amigos lo son de veras cumplirán el mandamiento nuevo del amor y Él compartirá con ellos la plenitud de los bienes celestiales anticipados ahora. Se dará un vivo y generoso intercambio.

¡Cómo conmueven las palabras de Cristo alentándonos a dar la vida por los amigos! La amistad está sobre la vida.

¿Y qué quiere decirnos el Señor al comunicarnos sus secretos? El Padre es su Bien total; todo lo tiene de Él. El Padre vive en una luz inaccesible. En Él está todo el pasado, el presente y el futuro. Estamos en Él todos los hombres, cada uno con la gracia singular con que lo marcara Dios.

En todos los hombres los secretos son parte de su vida. En el corazón de cada hombre hay una zona reservada para sí mismo. “Mi secreto es para mí” es una afirmación bíblica que hace al caso. Liberar estas zonas infranqueables, liberarlas para otro, parecería una traición a sí mismo, la destrucción de un extraordinario baluarte personal.

Sólo un hombre superior y noble es capaz de poseer secretos y no comunicarlos, a no ser cuando un amigo se pone a su lado. Pero entonces el secreto no es arrancado con violencia.

Como “mi amigo es mi otro yo” puedo con él compartir mi secreto. Compartir un secreto es confiarse a sí mismo. Es levantar el velo de una interioridad sagrada para co-poseer con otro; es “plus” del alma, de vida y de persona.

Los secretos están confiados a nuestra intimidad y por lo tanto confiados a nuestra autodefensa. Por eso comunicar un secreto es un acto de extraordinaria confianza y no menos extraordinaria intimidad. Cristo vive desde donde habita el Padre. De labios de su Padre escuchó las “palabras arcanas” que profiere Dios para aquellos a quienes llama en su infinita misericordia y los hace depositarios de sus secretos. Cristo, confiando los secretos del Padre a los Apóstoles, enalteció a estos de una manera no mensurable.

Los secretos de Cristo son más que sagrados. Hasta el momento de la Última Cena el Señor había vivido una vida misteriosa en medio de los hombres, envuelto en una especie de furor sagrado. Su corazón había sido sin duda el centro y el entrecruce de un mundo extraordinario y ya irrepetible: el Hijo de Dios hecho hombre, viviendo en medio de los hombres pero siempre dueño de Sí mismo, controlando sus sentimientos, libre en su Señorío espiritual, Cuerpo y Alma colmados de Dios.

Una distancia no franqueable se interponía entre Jesús y los Doce. Más aún, entre Jesús y su Madre. Pero llegó la hora de las despedidas, la noche del Testamento, la más solemne noche de la historia humana. Y, como rompiendo un mundo interior, el corazón de Jesús salió fuera de Sí mismo para confiar a sus hijos los misterios de Dios.

De un modo categórico afirma –más allá de toda sacudida emocional-: “Os he comunicado todo lo que oí de mi Padre”. Tanto el texto latino como el griego hablan de “todo” –“omnia”, “panta”-, sin exclusión de tema alguno.

El cuadro evangélico que hemos comentado y su contexto lleno de luz iluminan como pocos las exigencias propias de la amistad, las grandes riquezas que transfiere, o mejor dicho, comunica al hombre. Las leyes de la amistad fueron cumplidas por Cristo de un modo inimaginable. Así se es amigo.

Esta introducción, evidentemente larga, era inevitable si queremos subrayas dos cosas: a) la amistad brota de la caridad sobrenatural como una exigencia esencial y b) la amistad vivida al estilo de Dios colma de felicidad al hombre. Vale la pena desprenderse de todo para poseer en su perenne fluir el don de la amistad.

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Fuente: Mons. Adolfo Tortólo. Nuestros amigos los santos“Mikael”, año 5, Nº 15, Tercer cuatrimestre de 1977, Paraná, Entre Ríos, p. 7-17.

El Principito: pedagogía para el alma

El PrincipitoLa lectura de esta obrita es un excelente marco para la reflexión filosófica acerca del sentido de la vida, del verdadero valor de las cosas, de las personas, de la amistad y del trabajo.

En este sentido es un llamado al descubrimiento de la trascendencia que se oculta en cada cosa, en cada rincón del mundo. Y es también una profunda pero comprensiva crítica al pragmatismo que tan a menudo hace estéril la vida de muchos hombres.

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El Principito es la narración, en 28 breves capítulos, de un proceso espiritual. Es un librito imperecedero, se puede leer ayer, hoy y mañana. Su enseñanza es simple y a la vez encierra toda la complejidad del mundo y del ser humano como universal.

Adoptando la forma de un cuento, el narrador refiere en primera persona su encuentro en pleno desierto del Sahara con un misterioso niño, tras haber sufrido una avería durante una travesía aérea en solitario.

El argumento parte de una reflexión retrospectiva (diría recordar[1]) del narrador sobre su propia infancia, en la que la mirada asombrada y en apariencia ingenua del niño contrasta con la mentalidad utilitarista y pragmática de las personas mayores entre las que finalmente ha terminado por incluirse.

Alejado, no sólo en el tiempo de su infancia, teniendo una existencia convencional y aburguesada que le deja vacío: “Viví así, solo, sin nadie con quien hablar verdaderamente” (p. 13). Cifra el sentido de su vida en el ejercicio profesional de la aviación, pero también su avión termina por fallar, dejándole tirado y solo en medio del desierto, “a más de mil millas de toda región habitada” (p. 14).

Perdido y con escasos recursos para sobrevivir, se produce el acontecimiento: la aparición de un niño[2], procedente, al parecer, de otro mundo, un mundo pequeño e insignificante. El misterio profundo que le envuelve va dejando paso paulatinamente, no sin altibajos, a una creciente sintonía interior entre ambos personajes.

Así, pasamos a conocer que el muchachito abandonó decepcionado su minúsculo asteroide, en el cual permanece una flor a la que había dedicado en otro tiempo su trabajo y solicitud. Desde entonces ha viajado buscando y ofreciendo su amistad a solitarios personajes que habitan mundos sin sentido, estereotipos de hombres sumidos en la tristeza de su vacío existencial. En la Tierra, planeta de multitudes solitarias, el panorama no aparece más alentador: superficialidad, prisa, muerte.

Desolado por el descubrimiento en un jardín de miles de rosas en apariencia semejantes a la suya, se siente insignificante. Sólo la profunda y bienhechora amistad con un zorro le develará otra forma de mirar la vida: “sólo se conocen las cosas que se domestican… Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve bien con el corazón… El tiempo que perdiste (es lo único que no se puede recuperar) por tu rosa hace que sea tan importante… Eres responsable para siempre de lo que has domesticado” (pp. 82-88). El contraste radical con el tono de vida superficial y vertiginoso dominante entre los hombres se acentúa.

Finalmente, la vida del pequeño príncipe y la del aviador perdido se unen en medio del desierto, y su penosa marcha, apoyada tan sólo en su amistad, hace que el desierto se transfigure y se llene de trascendencia porque encierra un manantial de sentido (pp. 96 y 103). El manantial se descubre en la donación[3] personal, en la mirada que nace del corazón, en la aceptación asombrada del misterio que envuelve a cada cosa, a cada persona, a cada acontecimiento.

Mikael

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[1] Recordar significa etimológicamente “pasar de nuevo por el corazón”.

[2] Es curiosa, por ejemplo, la relación que existe entre determinadas situaciones y el hecho de que sea de noche o de día. Así, la caída del piloto en el desierto da paso a una noche “a mil millas de toda tierra habitada” (p. 14). La aparición del principito tiene lugar “al romper el día” (id.). La rosa que ilumina el pequeño asteroide con su aparición se muestra «una mañana, exactamente a la hora de la salida del sol» (p. 39). «Si me domesticas -dice el zorro- mi vida se llenará de sol» (p. 83). La desolación que se apodera del aviador y de su pequeño compañero ante la necesidad de buscar un pozo en la inmensidad del al azar es acompañada por la caída de la noche (p. 91). El descubrimiento de la fidelidad del principito hacia su flor y la profunda comunión entre éste y el aviador durante su marcha por el desierto da paso al encuentro del pozo «al nacer el día» (p. 93), etc.

La soledad, la desolación y la tristeza acontecen en la noche (las tinieblas). La comunión de la amistad, el encuentro, la presencia del amigo, llenan el mundo de luminosidad y de relieve (El encuentro con Dios).

[3] Cuando ha podido encontrarse, cuando ha podido ser uno consigo mismo, puede darse a ese otro que se ama.

Las amistades santas

«La verdadera amistad es una cosa rara y divina, es la señal cierta de un alma noble y la mayor de las recompensas visibles vinculadas a la virtud». P. Lacordaire

AmistadValor de un buen amigo.

«Un amigo fiel es poderoso protector; el que le encuentra halla un tesoro. Nada vale tanto como un amigo fiel; su precio es incalculable. Un amigo fiel es remedio saludable; los que temen al Señor lo encontrarán». Así habla el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura (Eccli. 6,14-16).

La experiencia confirma diariamente estas verdades. El estímulo y acicate de un verdadero amigo es uno de los más eficaces para la conquista de sí mismo y la práctica del bien. Porque la amistad verdadera, como decía Bossuet, es «una alianza de dos almas que se unen para obrar el bien». La verdadera amistad es desinteresada, paciente hasta el heroísmo, sincera y transparente. No conoce la doblez ni la hipocresía, alaba al amigo sus buenas cualidades, pero le descubre con santa libertad sus defectos y flaquezas con el fin de corregirle de ellas. Nada tiene de sensual; se aprecia y ama únicamente el valor moral del amigo. «La amistad—dice todavía Bossuet— es la perfección de la caridad». Por eso no puede haber verdadera amistad si no va apoyada en la virtud. «No puedo amar a alguien—escribe el P. Lacordaire — sin que el alma se vaya tras el corazón y ande Jesucristo de por medio. No me parecen íntimas las comunicaciones si no son sobrenaturales. ¿Qué intimidad puede haber donde no se va hasta el fondo de los pensamientos y de los afectos que llenan el alma de Dios?» Ya Aristóteles distinguía tres clases de amistades: una fundada en el placer (sensual), otra en el interés (utilitarista), y la tercera en la virtud (honesta). Sólo esta última es verdadera amistad.

Tres son las principales ventajas que proporciona una verdadera y santa amistad: la de encontrar en el amigo un consejero íntimo, al que confiamos los problemas de nuestra alma para que nos ayude a resolverlos; un corrector prudente y cariñoso, que nos dirá la verdad sobre nuestros defectos y nos impedirá cometer innumerables imprudencias; un consolador, en fin, que escuchará con cariño el relato de nuestros dolores y encontrará en su corazón las palabras y remedios oportunos para suprimirlos o suavizarlos.

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Fuente: ROYO MARÍN, Fray A. Teología de la perfección cristiana. 4ª ed., BAC, Madrid, 1962, p. 739.