Ante una gran lección

“Todos los tiempos son de martirio. No se diga que los cristianos no sufren persecución; no puede fallar la sentencia del Apóstol: Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución (2 Tim. III, 12). Todos, dice, a nadie excluye, a nadie exceptúa. Si quieres probar ser cierto ese dicho, empieza tú a vivir piadosamente, y verás cuánta razón tuvo para decirlo” (San Agustín, Sermón 6)
“Nuestra vida en este viaje de aquí abajo no puede estar sin pruebas, nuestro progreso no se realiza más que entre pruebas, y nadie se conoce a sí mismo si no ha sido tentado. Sólo hay recompensa para el que ha vencido, sólo hay victoria para el que ha combatido, sólo hay combate frente al enemigo o la tentación” (San Agustín, Comentario sobre el salmo 60)

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   – “Comenzó la guerra, arrancó el combate; ¡enhorabuena!”

 

   Con estas palabras incomprensibles para el mundo, el mismísimo padre Diego de Jesús, desde su celda-cielo, nos da la clave para comprender lo que está sucediendo en estos días en relación a los monjes y al monasterio del Cristo Orante.

   Pero, en primer lugar, ¿por qué hablar de guerra, de combate? Décadas de prédica pacifista pueden haber llegado a convencernos de que bajo ningún motivo es lícito hablar de guerra, de lucha, de combate. ¡Y menos que lo haga un monje!

   Nunca más oportuno que ahora recordar que este mundo es enemigo del nombre cristiano. Mundo que, por un lado, se desgarra las vestiduras y mete presos, por las dudas, a dos monjes de reconocida virtud por el sólo hecho de haber sido acusados de supuestos abusos, sin mediar pruebas ni evidencias sino el simple testimonio de uno solo que dice ser una víctima; y por otro lado, promueve desenfrenada y descaradamente el libertinaje sexual, la promiscuidad y hasta la contra natura. Frente a este mundo hipócrita, que se empeña en salvar a los árboles y a las crías de ballena, a la par que intenta por todos los medios legitimar el asesinato de inocentes en el vientre de sus madres, no cabe más que hablar de guerra. De encarnizada y furiosa guerra.

   ¡Despierta, cristiano, tú que duermes plácidamente, y reconoce quién eres y frente a quién estás! ¡Tanto tiempo hace que te hablan de diálogo que ya te deja perplejo lo que está sucediendo ante tus narices! Mira a tu Dios y Señor, contempla su vida y su muerte. Haz silencio y escúchale nuevamente decirte: _”Si a Mí me persiguieron, a vosotros también os perseguirán”_ (Jn. XV, 20). Atrévete a contemplar no sólo cómo pasó su vida haciendo el bien, sino también los odios que despertó entre los suyos que no lo recibieron y las envidias de que fue objeto, y no sea esto último para tí una piedra en la cual tropieces.

   Entonces, sí: comenzó la guerra, arrancó el combate.

   Pero, en segundo lugar, ¿¡enhorabuena! nos dice el padre? ¿Cómo?

   Sí, pues los monjes, sin pretensión de su parte, nos están dando una gran lección viviendo la más alta de las bienaventuranzas: la referente a la persecución que los hace poseedores del Reino de los Cielos. De otra manera no se entendería la secreta alegría que se adivina en la citada carta del p. Diego. Ambos monjes nos gritan con santa Teresa de Jesús: “¡Ya no durmáis, no durmáis, que no hay paz sobre la tierra!”. Y conjugando admirablemente la malicia humana con la milicia cristiana, actualizan en sí mismos aquella paradoja magistral del ciento por uno en esta vida, en medio de pruebas y persecuciones. Pidiéndonos que recemos no sólo por ellos sino también por sus enemigos, nos muestran cómo han de actuar los hijos del buen Dios, ese Padre que hace salir el sol y llover sobre justos y pecadores.

   ¡Enhorabuena, entonces! Pues el testimonio-martirio no sólo de los monjes detenidos, sino de toda la pequeña comarca del Cristo Orante será semilla de nuevos cristianos, pero también de cristianos nuevos. Nuevos en su resplandeciente fe; nuevos en su insobornable esperanza; nuevos en su triunfante caridad.

   Aquél exquisito perfume con que la Magdalena ungió los pies del Señor en Betania profetizando su gloriosa muerte y sepultura, también ha esparcido su fragancia en el calabozo, embriagando con su aroma a los padres Diego y Oscar. No es otro, a mi entender, su testimonio.

   Es este mi testimonio.

Nazareno Demonte

desde Aldea Brasilera, Entre Ríos.

Cinco panes y dos peces

En estas breves reflexiones, el cardenal Nguyen van Thuan, nos introduce a la experiencia de ser testigo de Jesús desde la cárcel. Nos presenta siete reflexiones dirigidas especialmente a los jóvenes. En ellas nos ofrece su testimonio sobre la importancia de vivir el momento presente, la elección de Dios, la oración, la Eucaristía, el amor con la medida de Jesús, la maternidad de María y cómo renovar el mundo siguiendo a Cristo.

Seguir el enlace:

Primer pan.

Van ThuanSegundo pan: discernir entre Dios y las obras de Dios

Es verdad: Jesús es un amigo exigente que indica metas altas… ¡Abatid las barreras de la superficialidad y del miedo! Reconociéndoos hombres y mujeres «nuevos».

(Juan Pablo II, Mensaje para la II Jornada Mundial de la Juventud, 1997, n. 3).

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Cuando era estudiante en Roma, una persona me dijo: «Tu cualidad más grande es la de ser dinámico, y tu defecto más grande es el de ser ‘agresivo’». En todo caso soy muy activo, soy un scout, capellán de los Rover, es un estímulo que cada día me impulsa: correr contra el reloj, tengo que hacer todo lo que me es posible para confirmar y desarrollar la Iglesia en mi diócesis de Nhatrang, antes de que vengan los días difíciles, cuando estemos bajo el comunismo.

En ocho años aumentó el número de 42 a 147 seminaristas mayores; y el de los menores de 200 a 500, en cuatro seminarios; formación permanente de los sacerdotes de seis diócesis de la Iglesia metropolitana de Hue; desarrollar e intensificar la formación de los nuevos movimientos de jóvenes, de laicos, de los consejos pastorales… amo mucho mi diócesis, Nhatrang.

Y debo dejar todo para ir rápidamente a Saigón, siguiendo las órdenes del Papa Pablo VI, sin tener la oportunidad de decir adiós a todos aquellos a quienes estoy unido por el mismo ideal, con la misma determinación, compartiendo las mismas pruebas y los mismos gozos.

Aquella noche en que grabé mi voz para dar el último saludo a la diócesis, fue la única vez en ocho años en que lloré. ¡Y lloré amargamente!

Después, las tribulaciones en Saigón, el arresto; fui llevado nuevamente a mi primera diócesis de Nhatrang, al cautiverio más duro, no lejos del obispado. Mañana y tarde, en la oscuridad de mi celda, oigo las campanas de la catedral, donde pasé ocho años que me destrozan el corazón; por las noches oigo las olas del mar delante de mi celda.

Luego, en el fondo de un barco que llevaba 1,500 prisioneros hambrientos y desesperados. Y en el campo de reeducación de Vinh-Quang, en medio de otros prisioneros tristes y enfermos, en las montañas.

Sobre todo la larga tribulación de nueve años en aislamiento, sólo con dos guardias, una tortura mental, en el vacío absoluto, sin trabajo, caminando en la celda desde la mañana hasta las 9:30 de la noche para no ser destruido por la artrosis, al límite de la locura.

Muchas veces fui tentado, atormentado por el hecho de que tenía 48 años, edad de la madurez; había trabajado ocho años como obispo, habiendo adquirido mucha experiencia pastoral, ¡y ahora me encontraba aislado, inactivo, separado de mi pueblo, a 1,700 km de distancia!

Una noche, desde el fondo de mi corazón oí una voz que me sugería: «¿Por qué te atormentas así? Tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo lo que has realizado y deseas continuar haciendo: visitas pastorales, formación de seminaristas, religiosos, religiosas, laicos, jóvenes, construcción de escuelas, de hogares para estudiantes, misiones para evangelización de los no cristianos… todo esto es una obra excelente, ¡son obras de Dios, pero no son Dios! ¡Si Dios quiere que abandones todas estas obras, poniéndolas en sus manos hazlo pronto y ten confianza en Él. Dios lo hará infinitamente mejor que tú; confiará sus obras a otros que son mucho más capaces que tú. Tú has elegido sólo a Dios, no sus obras».

Había aprendido a hacer siempre la voluntad de Dios. Pero esta luz me da una fuerza nueva que cambia totalmente mi modo de pensar y que me ayuda a superar momentos de sufrimiento, humanamente imposibles de soportar.

A veces un programa bien desarrollado debe dejarse sin terminar; algunas actividades iniciadas con mucho entusiasmo quedan obstaculizadas; misiones de alto nivel se degradan hasta ser actividades menores. Quizá estés turbado o desanimado. Pero ¿me ha llamado a seguirlo a Él o a esta iniciativa o a aquella persona? Deja que el Señor actúe: Él resolverá todo y mejor.

Mientras me encuentro en la prisión de Phú-Khánh, en una celda sin ventana, hace muchísimo calor, me sofoco, siento disminuir mi lucidez poco a poco hasta la inconsciencia; a veces la luz permanece encendida día y noche; a veces siempre está oscuro; hay tanta humedad que crecen los hongos en mi lecho. En la oscuridad vi un agujero en la parte baja del muro —para hacer correr el agua—: así pasé más de cien días por tierra metiendo la nariz en este agujero para respirar. Cuando llovía, subía el nivel del agua, y entonces entraban por el agujero pequeños insectos, pequeñas ranas, lombrices y ciempiés entraban desde fuera; los dejaba entrar, ya no tenía fuerza para echarlos fuera.

Escoger a Dios y no las obras de Dios: Dios me quiere aquí y no en otra parte.

Cuando los comunistas me metieron en el fondo del barco Hâi-Pông con otros 1,500 prisioneros, para transportarnos al norte, viendo la desesperación, el odio, el deseo de venganza sobre las caras de los detenidos, compartí su sufrimiento, pero rápidamente me llamó otra vez esta voz: «escoge a Dios y no las obras de Dios», y yo me decía: «De veras, Señor, aquí está mi catedral, aquí está el pueblo de Dios que me has dado para que lo cuide. Debo asegurar la presencia de Dios en medio de estos hermanos desesperados, miserables. Es tu voluntad, entonces es mi elección».

Llegados a la montaña de Vinh-Phû, al campo de reeducación, donde hay 250 prisioneros, que en su mayoría no eran católicos, esa voz me llama de nuevo: «Escoge a Dios y no las obras de Dios». «Sí, Señor, tú me mandas aquí para ser tu amor en medio de mis hermanos, en el hambre, en el frío, en el trabajo fatigoso, en la humillación, en la injusticia. Te elijo a ti, tu voluntad, soy tu misionero aquí».

Desde ese momento me llena una nueva paz y permanece en mí durante 13 años. Siento mi debilidad humana, renuevo esta elección ante las situaciones difíciles, y nunca me falta la paz.

Cuando digo: «Por Dios y por la Iglesia», me quedo en silencio en la presencia de Dios y me pregunto honestamente: «Señor, ¿trabajo sólo por ti? ¿Eres siempre el motivo esencial de todo lo que hago? Me avergonzaría admitir que tengo otros motivos más fuertes».

Escoger a Dios y no las obras de Dios.

Es una bella elección, pero difícil. Juan Pablo II los interpela a ustedes: «Queridísimos jóvenes, como los primeros discípulos, ¡seguid a Jesús! No tengáis miedo de acercaros a Él. No tengáis miedo de la ‘vida nueva’ que Él os ofrece: Él mismo, con la ayuda de su gracia y el don de su Espíritu, os da la posibilidad de acogerla y ponerla en práctica» (Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud, 1997, n. 3).

Juan Pablo II anima a los jóvenes mostrándoles el ejemplo de santa Teresa del Niño Jesús: «Recorred con ella el camino humilde y sencillo de la madurez cristiana, en la escuela del Evangelio. Permaneced con ella en el ‘corazón’ de la Iglesia, viviendo radicalmente la opción por Cristo» (Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud, 1997, n. 9).

El muchacho del Evangelio hizo esta opción ofreciendo todo: cinco panes y dos peces en las manos de Jesús, con confianza. Jesús hizo «las obras de Dios», dando de comer a 5,000 hombres y a las mujeres y a los niños.

***

Oración

Dios y su obra

Por tu amor infinito, Señor, 
me has llamado a seguirte,
a ser tu hijo y tu discípulo.

Luego me has confiado una misión 
que no se asemeja a ninguna otra,
pero con los mismos objetivos
de las demás:
ser tu apóstol y testigo.

Sin embargo, la experiencia 
me ha enseñado
que continúo confundiendo
dos realidades:
Dios y sus obras.

Dios me ha dado
la tarea de sus obras.

Algunas sublimes, 
otras más modestas;
algunas nobles,
otras más ordinarias.

Comprometido en la pastoral en la parroquia, 
entre los jóvenes,
en las escuelas,
entre los artistas y los obreros,
en el mundo de la prensa,
de la televisión y la radio,
he puesto en ello todo mi ardor,
utilizando todas mis capacidades.

No me he reservado nada, 
ni siquiera la vida.

Mientras estaba así,
apasionadamente inmerso en la acción,
me encontré con la derrota de la ingratitud,
del rechazo a colaborar,
de la incomprensión de los amigos,
de la falta de apoyo de los superiores,
de la enfermedad y la debilidad,
de la falta de medios…

También me aconteció, que en pleno éxito, 
cuando era objeto de aprobación,
de elogios y de apego para todos,
fui imprevistamente removido y se me cambió de papel.
Heme aquí, pues, poseído por el aturdimiento
camino a tientas
como en la noche oscura.

¿Por qué, Señor, me abandonas? 
No quiero desertar de tu obra.
Debo llevar a término mi tarea,
terminar la construcción de la Iglesia…
¿Por qué atacan los hombres tu obra?
¿Por qué le quitan su sostén?
Ante tu altar, junto a la Eucaristía,
He oído tu respuesta, Señor:
«¡Soy yo al que sigues, no a mi obra!
Si lo quiero me entregarás la tarea confiada.
Poco importa quién tome el puesto; es asunto mío.
Debes elegirme a Mí».

En el aislamiento en Hanoi (Vietnam del Norte), 11 de febrero de 1985, memoria de la aparición de la Inmaculada en Lourdes.

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Fuente: NGUYEN VAN THUAN, F. X. Cinco panes y dos peces. Testimonio de fe de un obispo vietnamita en la cárcel. 4ª Ed., Ciudad Nueva, Bs. As., 2013.

Notas acerca de la esperanza del cristiano

“El cristiano debe vivir teniendo
delante de sus ojos la eternidad.”
San Alfonso Ma. de Ligorio

cross_esperanza_de_israel“Corto y lleno de tedio es el tiempo de nuestra vida; no hay consuelo en el fin del hombre; ni se ha conocido nadie que haya vuelto de los infiernos.

Pues nacido hemos de la nada, y pasado lo presente seremos como si nunca hubiésemos sido…

Caerá en el olvido con el tiempo nuestro nombre, sin que quede memoria de nuestras obras.

Porque el tiempo de nuestra vida es una sombra que pasa; ni hay retorno después de nuestra muerte.

Venid, pues, y gocemos de los bienes presentes. Llenémonos de vinos exquisitos, y de olorosos perfumes.

Ninguno deje de tomar parte de nuestra lascivia; dejemos por todas partes vestigios de nuestro regocijo.”

Esto, que parece tan actual (¿parece?), donde, como se ha visto, la vida llega a su fin con la muerte, trae como consecuencia arrojarse furtivamente y sin tapujo a los placeres, al hedonismo desenfrenado; esto, repetimos, que es tan actual, fue escrito ¡doscientos años antes de Cristo![1]

A raíz de la cita antes mencionada viene a la mente la pregunta, que por cierto es de larga data, ¿tiene o no la vida un sentido trascendental? Pareciera que no, pues, cuando los signos vitales desaparecen llega a su término la existencia. Pero, nos asalta otra duda; si esto es así ¿de dónde viene aquella sed de felicidad profunda e insobornable del hombre? ¿Cómo, qué, dónde se satisface?

Para quien no se puede abrir a lo trascendente su vida no se extiende más de 70, 80 o 90 años… ¡qué poco! ¿cierto?… ¿sació su sed de felicidad? Es poco probable, pues la respuesta a esta pregunta sólo tiene respuesta en Dios.

Por ese motivo, un cristiano, no se puede dar el lujo de quedarse “con lo que pasa”. El cristiano se sabe, en tanto llamado a la santidad, eterno; y puede responder al mundo cuando lo inquiere: “a los ojos de los insensatos pareció que morían; más ellos reposan en paz… Y si delante de los hombres han padecido tormentos, su esperanza está llena de inmortalidad” (Sab. III).

El hombre, como dijimos, es llamado a ser feliz, quiere ser feliz, no poquito, no a veces… él quiere ser por siempre feliz. Pero el hombre moderno ha renegado de Dios y “se ha vuelto a las fábulas”, por este motivo es que vemos y escuchamos frecuentemente: “¡He aquí la felicidad: dinero, fama, placeres por doquier, libertinaje!”. Son como grandes carteles luminosos, luces incandescentes, ruido, música… que al fin y al cabo no sacian, porque el hombre siempre quiere más y más. Porque el alma es demasiado grande para saciarla con pequeñeces, porque el alma tiene sed de eternidad.

Es por ello que aquel que desee, realmente, ser plenamente feliz, no debe ser como el rico insensato (Lc. 12, 13-21), sino que debe alejarse, debe ir al monte, a la intimidad del alma, desde donde se puede contemplar con nitidez el cielo… Cielo que en el mundo está disfrazado por las luces. Hay que ir dentro, bucear en el profundo misterio de nuestra alma, ya que in interiore homine habita veritas.

Bien, y de ¿qué monte hablamos? Del Tabor, de Getsemaní, pero sobre todo, del Monte Calvario. Y es allí al pie de la Cruz donde debe estar anclada nuestra esperanza. Cuando enfrentemos la adversidad, las penas, las injurias, miremos la Cruz y cobijémonos bajo la esperanza de la vida con Cristo. Busquemos dilatar nuestra esperanza, no como una espera vacía o pasiva, como quien espera un colectivo; sino una esperanza como expectación, sabiendo absolutamente que vamos a ser auxiliados por el amor de Dios.  Confiemos con plena certeza alcanzar la vida eterna, apoyados, como dijimos en el omnipotente auxilio de Dios, y pidiendo la intercesión de la que saludamos como “vida, dulzura y esperanza nuestra”. Porque Ella es Abogada ante el Hijo como el Hijo es ante el Padre. Depositemos en María nuestra esperanza y no seremos defraudados.

Y, en fin, sabiendo que Cristo ha resucitado, y nosotros por él, con él y en él, que en nuestra última hora, no permitamos al espectro de la muerte espantarnos como espanta a los que no esperan nada de la eternidad; escuchemos, más bien, al ángel de la esperanza, que, inclinado sobre nosotros, se prepara a llevarnos con él al cielo, y digámosle a éste amable compañero de nuestra futura felicidad: ¡qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor!

 

 

Mikael

 

 

[1] Lo encontramos en el capítulo I del Libro de la Sabiduría.

 

Él ascendió

AscensiónSeñor mío, te sigo hasta el cielo. Cuando te elevas mi corazón y mi mente van contigo. Nunca hubo un triunfo como éste. En Belén te presentaste en la carne humana de un bebé. Esa carne, tomada de la Virgen Bienaventurada, no existía antes de que la formaras como un cuerpo. Fue una obra nueva de tus manos. Y tu alma fue nueva también, creada por tu omnipotencia en el momento en que entraste en ese seno sagrado. Ese cuerpo y esa alma puros, de los que te revestiste, comenzaron a ser en la tierra; nunca había estado en otra parte. Esto es un triunfo. La tierra se levanta hasta el cielo. Te veo subir. Veo esa forma humana que colgó de la cruz, esas manos y pies marcados, y el costado traspasado, que suben al cielo. Los ángeles están llenos de júbilo, miríadas de espíritus bienaventurados que expanden su gloria se abren como las aguas para dejarte pasar. El pavimento viviente del palacio de Dios está partido en dos, y los querubines con espadas flamígeras, que forman la muralla del cielo contra los hombres caídos, abren camino para que tú puedas entrar con tus santos detrás. ¡Qué día memorable!

Los Apóstoles sienten que es un día memorable, ahora que llegó, pero antes sintieron de modo diferente. Le tuvieron terror cuando venía. Pero ahora, según leemos, regresan a Jerusalén “con gran gozo” (Lc. 24, 52). ¡Qué momento de triunfo! Ellos lo entendieron ahora. Comprendieron lo flojos que habían sido en escatimar a su Señor y Maestro, el glorioso Capitán de su salvación y Magnífico primer fruto de la familia humana, esta corona de su gran obra. Era el último acto que aseguraba todo, por el cual ahora el hombre está verdaderamente en el cielo. Él ha entrado en posesión de su herencia. La raza pecadora tiene uno de sus propios hijos allí, de su carne y sangre, en la persona del Hijo Eterno. ¡Qué admirable matrimonio entre el cielo y la tierra! Comenzó en el dolor, pero ahora el largo esfuerzo de ese misterioso día de bodas ha terminado. La fiesta matrimonial ha comenzado. Matrimonio y nacimiento han ido juntos. El hombre ha nacido de nuevo cuando el Emmanuel entra en el cielo.

¡Emmanuel, Dios en nuestra carne, también nosotros esperamos seguirte, por tu gracia! Nos aferraremos al borde de tus vestiduras mientras subes, porque sin ti no podemos ascender. ¡Emmanuel, que día de alegría será cuando entremos al cielo! ¡qué inexpresable éxtasis, después de todas las penas! Nada es fuerte sino tú. Tenuisti manum dexteram meam: et in voluntate tua deduxisti me, et cum gloria suscepisti me. Quid enim mihi est in caelo, et a Te quid volui super terram? Defecit caro mea et cor deum; Deus cordis mei, et pars mea Deus in aeternum. “Tú tomas mi mano derecha, me guías según tus planes, y me llevas a un destino glorioso. ¿No te tengo a ti en el cielo?; y contigo ¿qué me importa la tierra? Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi herencia eterna” (S. 72, 23-26).

Fuente: Newman, John E. “Meditaciones y Devociones”. Ed. Agape. Bs. As. 2007.