Libro recomendado

“Estas páginas no pueden ser, ni lo son, un estudio erudito sobre el tema a tratar, pues solamente buscan acompañar al bautizado católico en el ahondamiento y reflexión sobre una de las nociones elementales de su catecismo básico.
Tal vez el lector se pregunte sobre el motivo para la elección de este Cuarto Mandamiento (“Honrarás a tu padre y a tu madre”). Ocurre que en este caso particular su comprensión por el creyente es despachada a menudo de manera superficial y empobrecida, por lo que se dejan ocultas muchas riquezas que no debemos resignar.
Ya en otra ocasión habíamos tratado el tema del Cuarto Mandamiento (en Misterios de Amor, Amistad y Patria) pero sobre todo en relación al vínculo entre los padres y la patria, ese doble cumplimiento que nos urgía esta virtud singular que los romanos llamaron la pietas.
Pero ahora buscamos lo que Dios ha querido decirnos y enseñarnos llanamente en las páginas de las Escrituras sobre nuestros padres y sobre nosotros.
Tal vez encontremos aquí aspectos harto singulares que habríamos pasado por alto.”

 

Para descargar: El mandato bifronte: honrar a los padres. Miguel Cruz

Es tiempo de regresar…

 

Con esta brevísima entrada damos por concluida la serie de artículos que tuvieron por temática la familia y la educación de los hijos.

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La familia, esa pequeña Iglesia doméstica, es para todo cristiano un alcázar a defender con la vida si fuera preciso, porque ella debe ser escuela de santidad. Si este alcázar cae, es eminente la destrucción moral y espiritual del hombre. O la familia es terreno bueno, o es terreno seco, árido, duro, pedregoso. Lo triste de todo esto es que la misma familia cristiana ha caído en cierta laxidad, tal vez, debido a los tiempos que corren, tiempos de confort. Pero si queremos formar un verdadero Hogar, escuela de santidad como hemos dicho, es menester volver a los paisajes alegres de la infancia, al agua y a la tierra, al trabajo y la oración, a la existencia profunda que extrae agua dulce de la fuente de la tradición, lo más noble que se nos ha legado. Así la tierra -el terreno del alma y también el Hogar-, es apta para que la semilla penetre en ella, crezca y dé fruto.

No basta defender, es menester conquistar, reconquistar. Que en cada corazón, en cada latido del corazón habite la nostalgia, la añoranza de un verdadero Hogar. Que el fuego del amor en donde padres e hijos se cobijan crezca y se haga inextinguible. Que toda nuestra vida sea sacrificada a restaurar-instaurar todas las cosas en Cristo.

Deseamos cerrar con un, aunque extenso, bellísimo párrafo de John Senior que merece ser leído y meditado una y otra vez:

“Es tiempo de regresar a esas condiciones en las cuales el ser humano puede crecer nuevamente, no solamente con aire puro y agua clara […], sino al aire y al agua naturales, a las flores y a los árboles, y, más importante aún, a los barrios y pueblos en los que podamos caminar a una velocidad humana normal, comprar en comercios amistosos donde el carnicero y el almacenero conozcan a sus clientes, enviar a nuestros hijos a colegios donde los padres conozcan a los maestros y los maestros amen su oficio y a sus alumnos.  Por supuesto, dado que somos humanos, podemos fallar; pero, porque podemos hablar entre nosotros, existe la posibilidad de que nos convirtamos en amigos y, aunque esto no resuelva la crisis mundial y la recesión económica, podremos vivir en hogares decentes aunque modestos, como familias […]”.

 

José Gastón

Por los frutos se conoce el árbol: la crianza de los hijos

“Inicia al niño en el camino que debe seguir,

y ni siquiera en su vejez se apartará de él”.

Prov. 22, 6

 

A diferencia de la enseñanza formal que reposa en métodos, en técnicas y en el esfuerzo cognoscente, la crianza se basa en hábitos. Ésta es puramente formativa: forma la persona total o integral. Se basa más en el ejemplo, en el trato humano, en el conocimiento por connaturalidad. En ella juegan un papel decisivo los afectos, la sangre, el suelo; o dicho de otro modo: la familia, la herencia, la patria. La crianza es una educación hecha “a medida” de la persona; trata de sacar lo mejor de sus aptitudes naturales.

La familia es paidocenosis, es decir un ambiente educativo, donde los padre forman y guían a sus hijos, por tal motivo podemos decir que son los primeros y más importantes pedagogos ­agós, conducir; paidós, niño-, pero este proceso de educación “no sólo queda en el niño sino que retorna a los padres como la imagen del espejo y ellos mismos son formados como hombres”[1]. Es más, esto se da desde la epifanía del hijo que se espera. Y ese hijo es, según bella expresión de Caturelli, lugar de encuentro y de co-incidencia de la mutua entrega de los esposos. Entonces, unos y otros se influyen y se ayudan en el camino de la perfección, pues sólo la familia será cristiana en la medida en que sea escuela de virtudes.

A este respecto daremos algunas consideraciones sobre la educación de los hijos, que no pretenden ser exhaustivas, sino tan sólo ejemplificadoras.

Podemos decir, analógicamente, que los niños son como los árboles, necesitan del aire, de la tierra, del agua y de la luz del sol. Sus manitas tienen que ser como las raíces del árbol: enraizadas en la tierra. En nuestro mundo de plástico, de ciudades de cemento, de edificios carentes de patios, y de la artificialidad de la televisión, el celular y la computadora, es imposible que crezca cualquier planta, y parece imposible que crezca un niño con ojos cargados de admiración, pues no hay nada que suscite despertar el anhelo por la belleza. Para que esto último acontezca, para que los niños sean un verdadero fruto fecundo necesitan la experiencia directa y cotidiana de los campos y sus dorados trigales, de los bosques y su tierra húmeda, de los arroyos y su agua cristalina, de los pájaros y sus melodiosos cantos, del pasto y  de la tierra entre sus dientes.

Los niños deben acampar bajo las estrellas, jugar en el barro, construir sus casitas de maderas ingeniándose las puertas, el techo, las paredes, hasta la forma de calefaccionarla. Deben salir al encuentro de dragones y centauros, de princesas y de caballeros que luchan por la justa causa del bien. Así la vida, su vida, su existencia, será preciosa, será una aventura y nacerán en el asombro y serán humildes, porque se sabrán pequeños, y esta humildad los hará alabar:

Los cielos atestiguan la gloria de Dios;

y el firmamento predica las obras

que Él ha hecho. (Sal. 18, 2)

En la Creación, tanto en el día como en la noche, podrán escuchar, en el misterioso lenguaje de su silencio, el mensaje que todas las cosas creadas se trasmiten unas a otras. Y tendrán un corazón bien puesto que los hará diestros para el misterio y capaces de develar algo de lo que tras las cosas se oculta. En última instancia, un corazón bien puesto es un corazón puro, y lo propio del corazón puro, que hay que cultivar toda la vida, es ver a Dios.

Desde pequeños hay que enseñarles a disponerse hacia el bien, a ser virtuosos. Así como muchas veces los padres envían a sus niños a que le enseñen algún deporte, a tocar un instrumento, de la misma forma se les debe enseñar a ser virtuosos, pues la virtud es un hábito, es decir, se debe practicar constantemente; de la misma manera como asiduamente practicamos con la guitarra para mejorar la técnica,

“De un modo semejante, practicando la justicia nos hacemos justos; practicando la moderación, moderados, y practicando la virilidad, viriles […] Por nuestras transacciones con  los demás hombres nos hacemos justos o injustos […] Así, el adquirir un modo de ser de tal o cual manera desde la juventud tiene no poca importancia, sino muchísima, o mejor, total”[2].

Por otra parte, debemos darle importancia a la lectura de cuentos, para que en lugar de dormirse con el celular en la mano, se duerman con la ilusión de despertar durante el sueño en ese cuento de hadas que se les ha leído, que no es otra cosa que el país soleado del sentido común.

De igual manera hay que acostumbrarlos al trabajo, desde pequeños y según sus posibilidades. Acostumbrar a los niños a trabajar desde pequeños es enseñarles a sopesar el trabajo de los padres, pero al mismo tiempo es ayudarles a que sean fuertes y no sientan el esfuerzo como algo penoso, sino como el camino necesario para alcanzar el gozo. Fr. Petit de Murat tiene, sobre este tema, unas páginas memorables en El amanecer de los niños que se encuentran cargadas de sentido común. Una de ellas refiere a la importancia de que el varón trabaje con sus manos, dice:

“Comprarles cosas de carpintería. Que hachen leña. El niño necesita de esas cosas de ingenio. Hay que ver la inteligencia del niño como se agudiza, cuando tiene en las manos un serrucho y un formón, y tiene que trabajar la madera y hacer alguna cosa; ¡y uno se siente artista!”.[3]

A este trabajo hay que impregnarlo del debido sentido, profundo y trascendental.

Al mismo tiempo los niños deben alimentarse de las prácticas católicas tradicionales: el rezo del rosario, las visitas al Santísimo Sacramento, el Vía Crucis. La oración es vital, es la respiración del alma, es ese impulso del corazón, del cual hablaba Santa Teresita, esa sencilla mirada lanzada hacia el cielo, que es un grito de agradecimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría. Enseñar a rezar, en familia, pero también en la intimidad de su habitación y de su corazón, el Padrenuestro, el Ave María y la oración al Ángel de la Guarda es indispensable. Es indispensable, también, hacer entender la oración como diálogo con una Persona y que esa Persona lo ama infinitamente.

Un peligro real son las liviandades de todo tipo en nuestra sociedad, que hace que muchos padres conserven a sus hijos en un recipiente herméticamente cerrado. Esto muchas veces es contraproducente. Cuando los padres contrastan, obstaculizan o impiden a los hijos la formación de su personalidad y quieren que “sean como ellos”, los niegan como personas. No hay que censurar y cortar, hay que educar su inteligencia y su voluntad para que formen su carácter, su personalidad, así podrán decidir como verdaderos varones y mujeres, distinguiendo el bien del mal. J. Senior al referirse a los adolescentes expresa certeramente:

“Denles una catequesis fuerte, sermones serios, buenos ejemplos y ejercicio físico. Gobiérnenlos con firmeza, pero no los enfermen: déjenlos leer los buenos libros ‘peligrosos’, y déjenlos practicar deportes ‘peligrosos’, como el rugby y el montañismo. La condición humana supone que alguno se quiebre una pierna y peque, pero en una familia católica bien equilibrada las caídas serán pocas y los cuerpos y las almas se recuperarán”.[4]

Aquí, en este terreno, en este verdadero Hogar cristiano, el Sembrador tiene buen suelo donde sembrar su semilla, la cual de manera invisible, en secreto y lentamente comienza a crecer y, naturalmente, no tiene más que una sola dirección: el Cielo.

 

Continuará en la próxima entrada…

 

José Gastón

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NOTAS:

[1] CATURELLI, A. Dos una sola carne… op. cit., p. 157.

[2] ARISTÓTELES. Ética nicomáquea, II, 1103ab.

[3] PETIT DE MURAT, M. El amanecer… op. cit., p. 139.

[4] SENIOR, J., op. cit., p. 51.

La mujer: el corazón de la familia

“He aquí la esclava del Señor: Séame hecho según tu palabra”.

Lc. 1, 38

Ya habrá observado el lector que el mundo actual, embotado por una mentalidad materialista y una peculiar concepción antropológica,[1] realiza una verdadera “campaña de liberación” de la mujer del ámbito de la familia, catalogando a ésta como un ambiente en donde ella se empobrece y se frustra.

En las antípodas de este pensamiento reductor se encuentra la doctrina cristiana, llena de luz y de armonía, confiando a la mujer el son y el ton de la vida hogareña; Dios le ha dado el encargo de ser el corazón de la familia que en ritmos constantes debe mantener vivo al cuerpo. Es el corazón porque en él radica la fuerza. La virtud de la fortaleza se forja en su corazón a través de la resistencia cotidiana y de un sacrificio sostenido:

“Un varón puede ser un héroe en una crisis, y luego retrotraerse a la mediocridad. Él carece de la resistencia moral que le permite a la mujer ser heroica a través de los años, meses, días e inclusive segundos de su vida, cuando la monotonía realmente repetitiva de sus tareas desgasta el espíritu”.[2]

Los actos heroicos se suceden en el mundo y son reconocidos. Los grandes amores y los grandes sacrificios suelen presentarse frecuentemente. Lo raro, lo difícil de encontrar, y de hacer notar, es la adaptación de aquellos grandes amores al molde de la vida diaria, de la diaria realidad. Es lo que podríamos llamar “heroísmo en lo pequeño”. Es la mujer, que es verdadera mujer y verdadera madre, la que es capaz de aplicar aquel amor a todos los instantes. Ella identifica el amor con la existencia y disemina su propia oblación a través de la vida. Ese gran obispo que fue Fulton Sheen tiene unos párrafos admirables para describir de lo que es capaz el amor de una mujer, destaquemos uno:

“La mujer es capaz de hacer mayores sacrificios que el hombre […], sino porque al ver los fines antes que los medios y el destino antes que el presente, ella ve la perla de gran valor por la que vale la pena sacrificar el campo entero”.[3]

Una madre puede pasar noches enteras en vela al pie de la cama de su hijo enfermo, y esto sólo es posible porque el corazón también es el lugar donde habita el amor, y el amor es una donación, hasta podríamos decir en el caso de la maternidad, una oblación. La entrega por y para los hijos es incondicional, digna únicamente de un amor que desborda el pecho como un río embravecido por una fuerte inundación.

“Sacrificarse por una criatura, amarla a pesar de su nada, a causa de su nada: amarla con amor más fuerte y más puro que el deseo de la dicha, esto no es posible sino a condición de que el amor humano se conjugue y se amalgame con el amor eterno”.[4]

No es el amor de ella un amor de horas excepcionales, sino uno que se dilata a lo largo de los minutos, de las horas, de los días y de la vida. Este amor se verticaliza cuando llena los ojos de sus hijos de Eternidad, ojos que se convierten en cántaros de agua cristalina que reflejan la hermosura del Cielo.

Toda buena madre podría repetir estas palabras de Santa Mónica:

“Había una sola razón por la que quería permanecer un poco más en esta tierra. Quería verte cristiano católico antes de morir. Mi Dios me ha cumplido este deseo y aún más colmadamente de lo que yo deseaba. Te veo siervo suyo, que desprecia la felicidad de la tierra. ¿Qué hago ya aquí?”.[5]

Un verdadero cristiano, entonces, hará bien en procurar la defensa cuidadosa de este privilegio, de este don, tan noble de la mujer: ser madre.

La mujer católica, cuando está plenamente realizada es exquisita, delante de ella se hace un silencio y se convierte en un maravilloso conductor del fuego divino. La mujer católica con su sola presencia debe proclamar pureza, castidad, dignidad. El varón necesita de ella para que cual brisa pura refresque las sienes cansadas y sólo le inspire pensamientos castos y elevados. Una mujer que acompase sus latidos en las alegrías y las tristezas, los gozos y los sufrimientos.

Sabemos que no es fácil ser esposa, que no es fácil ser madre, pero no se asusten porque el auxilio viene de lo alto:

“Deben saber, para consuelo, que Dios ama a la madre con el amor que ama a todas esas criaturas que están dependiendo de esa madre. Así que tengan muchos hijos. Si tienen tres hijos, las amará como a cuatro. Y estará dispuesto a comunicar toda inspiración y todas las luces que necesita para formar al ser humano. Y si tiene doce hijos, las amará como a trece. ¡Miren ustedes!”.[6]

La mujer, también, es tierra, es profundamente telúrica, en ella se siembra la semilla de la vida y debido a ella, a su fertilidad, que es estar adornada de virtudes, los pequeños retoños pueden crecer fuertes y rectos, tendiendo siempre a lo alto. La madre, la tierra, es el primer regazo del niño, por tanto debe conocerse a sí misma, y sus pasiones deben ser imperadas por la inteligencia y la voluntad. Esto es lo que pedía Santa Teresa a sus hijas, es decir, que sean varonas. Muy bien ¿pero qué significa ser varona? Que la mujer desempeñe el lugar del verbo en el varón: “La mujer tiene que ser la imagen de la gloria del varón. Y los que es el Verbo respecto del Padre, es la mujer respecto del varón”.[7] Pero no a cualquier varón, sino al varón pleno, al varón hecho, al varón que es verdadero varón.

Corazón de la familia, reina del hogar, el mundo puede ser rehecho por ustedes si ustedes –como condición necesaria- son el vivo ejemplo de María Santísima. Manos, pues, a la obra, que el tiempo urge, y apremian las circunstancias.

 

Continuará en la próxima entrada…

 

José Gastón

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NOTAS:

[1] No podemos extendernos en este punto, simplemente plantear que esa concepción antropológica considera que el hombre es hombre en tanto que trabajador. Recomendamos leer para profundizar esta idea algunas de las obras del filósofo alemán Josef Pieper entre ellas “El ocio y la vida intelectual” y “Defensa de la filosofía”.

[2] SHEEN, F. Camino hacia la felicidad. San Pablo, Bs. As., 2008, pp. 58-59.

[3] SHEEN, F. El primer amor del mundo. María, la Madre de Dios. Lumen, Bs. As., 2017, p. 143.

[4] THIBON, G. Lo que Dios a unido. Plantin, Bs. As., 1952, p. 127.

[5] SAN AGUSTÍN. Confesiones, IX, 10.

[6] PETIT DE MURAT, M. El buen amor. 4ªed. Lectio, Mendoza, 2006, p. 48.

[7] PETIT DE MURAT, M. El amanecer de los niños. 3ª ed., Vórtice, Bs. As., 2008, p. 34.

Arar la tierra, restaurar el hogar

Hemos expuesto de diferentes maneras las causas y las consecuencias nefastas de la aridez y la esterilidad en el terreno familiar. Ahora bien, ese suelo infértil, transformado en camino, se lo puede recuperar y convertirlo en terreno fértil, fecundo. Debemos arar la tierra endurecida, arrogar las piedras del campo, desmalezar el terreno de espinas, en palabras de John Senior,

“(Restaurar) la tierra de la cultura cristiana que es obra de la música en sentido amplio, e incluye las canciones, el arte, la literatura, los juegos, la arquitectura […] Es algo a la vez simple y difícil: se trata de reinstalar en nuestros hogares ‘las caricias de una dulce armonía’, a fin de que nuestros hijos crezcan mejor que nosotros, con música en sus corazones”.

Restaurar los hogares, he aquí el punto neurálgico.  Nos vemos obligados a retornar y hacer un elogio a la intimidad familiar. En esta intimidad uno se encuentra con los suyos. La oración, la música, los libros, el silencio, deben tener en el hogar sus bellas horas propicias. Así el diálogo se hace fluido, rico, repleto, sereno, distendido, y es donde disfrutamos verdaderamente. Vivir puertas adentro es saborear y conocer humanamente a los que viven bajo el mismo techo, y tener una familia unida se convertirá en uno de los tesoros más preciados. Así esta intimidad con la familia nos recuerda la intimidad consigo mismo y con Dios. Todo debe estar engarzado en el oro del divino Amor. Y Cristo debe ser este Amor que aman y en el que se aman y por el cual cada uno es canal de gracia para el otro. La familia, los padres y lo hijos, deben ser una unidad viva en Cristo. Un “jardín cerrado” de esos que ama Cristo repletos de simplicidad, de silencio, de pobreza, de caridad, de alegría y de gozo.

Restaurar el hogar implica también empeñarse en sanear el ambiente en donde está inserto. Esto es evangelizar, y la familia es evangelizadora siempre y en toda circunstancia con tal que todo sea hecho in Christo. Todo se debe hacer en nombre de Cristo y hay que realizarlo con una caridad ardiente que se da sin miramientos, intentado hacer todo el bien que se pueda, a corta distancia, lo que está a mano: formar un Hogar cristiano, una empresa cristiana, un club cristiano, un colegio cristiano, donde todo tienda a Dios, donde todos tengan ante sus ojos la Eternidad.

Una verdadera familia cristiana es capaz de trastocar el vecindario. Y muchas familias cristianas son capaces de transfigurar el mundo. Encender el fuego del Hogar comienza en el corazón simplísimo de los esposos que se aman y luego se propaga en los hijos. Este fuego, alimentado por el amor de Cristo jamás se consumirá, es más, se extenderá y provocará un incendio. Un incendio de amor. Por eso ha dicho Benedicto XVI:

“La fe tiene que ser en nosotros llama del amor, una llama que realmente encienda mi ser, que sea una gran pasión de mí ser, y así encienda al próximo. Este es el: ‘Accéndat ardor próximos’, que la verdad se vuelva en mí caridad y la caridad encienda como fuego también al otro la presencia del Evangelio, que ya no es sólo palabra, sino también realidad vivida”. 

Lo que el alma es al cuerpo, los cristianos son al mundo. Dios nos ha dado un puesto elevadísimo: sostener al mundo, y no podemos renunciar a él. Un orden más humano –y más divino- será obra de cristianos decididos y fieles a Dios, a la Iglesia, a la Patria. Debemos animarnos a un amor efectivo cada vez mayor, “como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día” (Prov. 4, 18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios.

Continuará en la próxima entrada…

José Gastón