La Doctrina Espiritual de Teresa de Lisieux y la Educación

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Estimado amigos:

A continuación les dejamos un bellísimo trabajo acerca de “La Doctrina Espiritual de Teresa de Lisieux y la Educación”, escrito por María Jesús Becerra.

Partiendo por describir la actual situación del mundo, presenta frente a ella la Doctrina de la Santa, en donde la primacía del amor, la humildad y el reconocimiento de la propia nada son necesarios para derribar la soberbia imperante. Por último, en el capítulo más extenso, establece la relación, ineludible, entre educación e infancia espiritual.

La lectura de este trabajo les hará muy bien al alma, se los puedo asegurar.

La caballería espiritual y la vida filosófica

ContemplaciónEs esta la ocasión de presentar una imagen de hondísimo significado… Ha llegado el momento de discernir entre todos los símbolos de la tradición aquellos que son más a propósito para señalar un “modo” de vida que sea propicio a la Contemplación.

            No se trata de insistir con ninguna institución existente y, menos aún, de fundar alguna nueva. Por el contrario, es hora de descubrir en el mismo interior del alma el eco de esas maravillosas estampas de la tradición, que viven, que están vivas, y que pueden muy bien ser recuperadas en una nueva y fecunda dimensión.

            La Literatura nos ha ofrecido, a través del tiempo, notables modelos y ejemplos, desde luego rescatados de la vida cotidiana. Es quizá allí donde hallaremos un gran tesoro para diseñar lo que nos proponemos. Cuando evocamos a Don Quijote, por ejemplo, aludimos además a un ideal y también a un estímulo para emprender nuestro camino que siempre es senda abierta al Cielo.

            Esta vez, sobre los pasos del eremita, nos encontramos con el caballero y con el hidalgo. Sin duda una “creación” cristiana que invita a la virtud y, desde luego, a la santidad. Porque es en esta “clave” que nosotros lo trataremos aquí.

             Pero estos “ideales” no advienen desde fuera, por decirlo así… Se gestan dentro, en el corazón, en el camino mismo de la vida, en el sufrimiento, en la lucha, en el deseo.

            Simplemente el hombre rescata de la Historia y de la vida, de los testimonios vivos de quienes lo precedieron, una dimensión en la cual se reconoce, un ámbito, un hogar, un estado –diré- que está más allá de instituciones y compromisos perecederos y se imprime en su alma para acompañarlo en la Eternidad.

            Estos “ideales” constituyen un fundamento que no puede ser despreciado o ignorado. Requieren, para su plena formación, un desarrollo de la “atención”, de esa cualidad y virtud que tanto encomiaron los Padres y que es necesaria en la vida espiritual.

            Pero, desde luego, hay más. Disertar acerca de un “modelo” de vida, con raíces hondas en la tradición, parecerá no tener fin. Sin embargo hemos de seguir adelante, sobrepasando las dificultades.

            Hay más –como digo- mucho más. Es fundamental plantear ahora mismo que el peregrino no descubre su vocación profunda sino cuando la adversidad lo lleva de la mano. Es así. Nos quedaríamos conformes y satisfechos con todo lo aparente, con todo lo perecedero, sin saltar más allá o procurar horizontes mayores, si lo más banal y superfluo nos sonriera y se nos brindaran en bandeja de plata las mil posibilidades que ofrece el mundo.

            La contradicción, en cambio, abre un camino, inicialmente muy penoso, que ha de ser recorrido sin temor y aún sin pena. Se trata de una escuela, de una escuela admirable, en todo dispuesta a enseñar esos pasos inalcanzables que nos llevan más directamente a destino.

            El caballero no se avergonzará ni se detendrá ante la lucha y mucho menos ante la “lucha sutil”. Este campo requiere toda la atención, pues el discernimiento comporta un empeño notable y la paz interior…

            Si el caballero clásico hacía profesión de servir con las armas, hoy, el caballero espiritual ha de empeñarse en otro combate, en cierto sentido más duro y riesgoso, que es lo que llamo “lucha sutil” o “guerra invisible” con las armas de la virtud y de la constancia. Y todo ello con sus raíces en el “abandono”, la “confianza” y el “desinterés”.

            Acerca de esto último es necesario subrayar con mayor fuerza lo que constituye más profundamente la condición de un “caballero espiritual”. Se trata, en primer lugar, de la “generosidad” que debe distinguirlo, pero que quedará en él elevada a ese amor puro y desinteresado que no tiene otra compensación que el amor mismo.

            El “desasimiento” hace al amor. En efecto, quien ama deja hasta el “abandono”, y está dispuesto a “perder”, de algún modo, el objeto amado, en el empeño de esta lucha. Dicho de otra manera, está llamado a poseer de un modo mucho más alto.

            Se ha olvidado, no se considera ya, que la posesión verdadera es el desprendimiento. Que, sin duda, la posesión verdadera no se realiza en el plano de los sentidos exteriores… Este es el lenguaje del corazón.

             El “lenguaje del corazón”, el más desatendido en nuestros días, al menos en los lugares que nos toca recorrer. Pero el peregrino ha de dar testimonio a pesar del dolor y del rechazo, a pesar de la incomprensión y de la rudeza con la que se ve tratado. “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”, decía San Juan de la Cruz. Este es el desafío y la lucha en la que el peregrino de buena voluntad debe distinguirse. Y, desde luego, sin aguardar comprensión ni aplauso alguno.

            Persevera en este camino. No en esta o en aquella institución. En este camino, ya que en múltiples instituciones y lugares serás incomprendido y rechazado. El ámbito que recorre el caminante puede ser cualquiera. Y como tal toda eventualidad ha de ser considerada como una oportunidad nueva. Una ocasión luminosa de la Providencia. Pues, cada vez, Dios nos brinda su Amor y su Palabra en hechos y en cosas, no en ideas o en principios. Persevera, digo, sin temor. Anda y sigue, no haya lugar para titubeos. La misión es seguir… lo imposible. Lo imposible para los hombres es posible para Dios.

             Pero hay mucho más. La vocación de una auténtica interioridad supone no detenerse cuando hieren los rasguños del camino o molestan las picaduras de los mosquitos. Estas son eventualidades con las que hay que contar, pero no merecen atención. Pueden ladrar por aquí y por allá, pueden danzar los fantasmas y representar una terrible guerra ahí, no más, en no sé qué escenario. Todo eso puede ocurrir y mucho más. Pero cuando el alma está suspensa en la auténtica realidad de su vida y de su vocación trascendente; cuando toda ella se deja iluminar por ese permanente llamado a pasar más adelante y más alto en la lumbre del Ser; entonces no llegan a los oídos los roedores mezquinos, que sólo logran carcomer sus propios caparazones…

            Quizá haya llegado la hora para manifestar al mundo una confianza nueva, precisamente cuando las técnicas prometen una eficacia total. Este es el secreto “totalitarismo” que siempre requiere nuevos esclavos. Dirán los satisfechos, muy orondos, “¿para qué confiar en lo que no sabemos o en lo que no vemos? ¿Para qué preocuparnos ya si todo está bien ajustado y planificado? ¿Para qué dejar al corazón titubeante de una persona (o de dos o tres) la aventura de lo que sea? Ya tenemos todo en nuestras manos: el poder, el dinero, la autoridad, los recursos ideológicos… Hemos elaborado estatutos definitivos, porque la Historia ha recomenzado con nuestra indudable practicidad. Ahora tenemos la fuerza y los medios…”

            Esto dicen o piensan los necios hoy… Pero es lo que han dicho siempre. Nada puede edificarse sobre la soberbia y la Historia es la “Maestra” que nos lo repite a cada paso. Pero los hombres de esta edad, decía un poeta, “tienen flaca la memoria”. O no tienen memoria alguna, ni quieren saber nada de “lecciones de humildad”.

            Pues bien, la confianza es virtud de los humildes. Y de los grandes, de los de alma grande y magnánima, que saben “desaparecer” y renunciar a las pompas de este mundo para permanecer fieles a la vocación del corazón, a su lenguaje y a su vida.

Alberto Enrique Justo

¿Por qué a ti?

san FranciscoEn cierta ocasión, morando San Francisco en el convento de la Porciúncula con fray Maseo de Marignano, hombre de grande santidad, discreción y gracia para hablar de Dios, por lo que era muy amado del Santo, un día que éste venía de orar en la selva, quiso el dicho fray Maseo probar su humildad y haciéndosele encontradizo a la salida del bosque, le dijo casi reprendiéndolo:

    –    ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?
    –    ¿Qué es lo que quieres decir con eso? – preguntó San Francisco.
    –    Digo por qué todo el mundo viene en pos de ti, y parece que todos ansían verte, oírte y obedecerte. Tú no eres hermoso de cuerpo, tú no tienes gran ciencia, no eres noble. ¿De dónde te viene, pues, que todo el mundo vaya en pos de ti?

San Francisco, vivamente regocijado, levantó el rostro al cielo y estuvo grande espacio con la mente suspensa en Dios; luego, volviendo en sí, se arrodilló y alabó y dio gracias al Señor, después, con gran fervor de espíritu, se volvió a fray Maseo diciendo:

    –    ¿Quieres saber de dónde a mí? ¿Quieres saber de dónde a mí? ¿Quieres saber de dónde a mí, que todo el mundo venga en pos de mi? Pues esto me viene de los ojos del altísimo Dios que en todas partes contemplan a buenos y malos; porque aquellos ojos santísimos no han visto entre pecadores ninguno más vil, ni más inútil, ni más grande pecador que yo; no habiendo encontrado sobre la tierra criatura más vil para la obra maravillosa que se propone hacer, me escogió a mí para confundir la nobleza y la grandeza, y la belleza y la fortaleza, y la sabiduría del mundo, a fin de que se conozca que toda virtud y todo bien procede de Él y no de la criatura, y ninguno pueda gloriarse en su presencia, sino que quien se gloría, se gloríe en el Señor, al cual sea toda la honra y la gloria por siempre.

Fray Maseo quedó asombrado de oír tan humilde respuesta, dicha con tan gran fervor; y conoció con certeza que San Francisco estaba fundado en verdadera humildad.

San Luis. El Evangelio y el Salterio

san luis rey de franciaSan Pablo, empleando una de las figuras más atrevidas del lenguaje, ha hecho su propio panegírico en estos términos: Mihi vivere Christus est (Fil. 1, 21); lo que San Juan Crisóstomo tradujo por esta paráfrasis: “La respiración de mi boca, el latido de mi corazón, es Jesucristo”. Y desde entonces, a lo largo de los siglos, el Apóstol ha tenido imitadores, émulos, hombres en los cuales la gracia reemplazó tan absolutamente la naturaleza, que Jesucristo llegó a convertirse en el principal y único resorte de su alma. Tal fue el santo rey del cual os voy a hablar.

La patria de Luis, hermanos míos, fue la fuente bautismal donde nació a la vida de la gracia. Y porque esta segunda vida debía ser su vida propia y verdadera, parece que la Providencia dejó de consignar en la historia una palabra precisa y cierta acerca del lugar de su nacimiento temporal: cuestión agitada desde hace tres siglos, con bastante poco fundamento, lo reconozco. Pero ¿qué importa dónde nació el hombre, ya que sabemos dónde nació el cristiano, y en Luis el hombre se borró ante el cristiano? El título de hijo de Dios, de heredero del reino de los cielos, será siempre tan querido a su corazón que, aun después que la diadema ciñera su frente, se seguiría llamando Luis de Poissy más bien que Luis de Francia. Y cuando sus amigos se extrañasen por ello, les diría en su inimitable lenguaje que la realeza del hombre acá abajo se parece a la realeza de cualquier manjar, que acaba al ser consumido, mientras que la realeza del cristiano es una realeza eterna, que sobrevive a la perdida de los cetros perecederos y de las coronas efímeras.

Alégrate, blanca piadosa; admira cómo tus viriles y fuertes lecciones van a llevar su fruto. La unción santa ha consagrado al real adolescente como lugarteniente de Jesucristo en el reino de Francia. Ni un solo instante olvidará que su papel no es sino el de la segunda majestad, y que todos sus cuidados deben tener por objeto procurar y extender en medio de su pueblo el reino de la majestad soberana. Como no podré detenerme sino en algunas de las obras de San Luis, antes de entrar en detalles, quiero, mis hermanos, agregar aún aquí algunas palabras para revelaros el principio y la inspiración de dichas obras.

…¿Dónde pues tomaba el monarca su punto de apoyo? Es lo que importa decir.

Dos libros sobre todos presidieron la educación real de Luis, el Evangelio y el Salterio. Durante toda su vida, no dejó de instruirse en esta doble escuela. Luis tomó en serio, aceptó sin reservas el Evangelio íntegro de Jesucristo, seguro que la verdad venid del cielo y enseñada por la boca de un Dios, debía servir de regla al hombre público tanto como al hombre privado, y que la sabiduría, incluso política, no podía encontrarse mejor en ninguna parte que en el libro de la divina sabiduría, a la cual aquella no podía jamás oponerse. Luego, tras Jesucristo tuvo a David por preceptor y maestro, y no solamente por maestro sino por amigo, por compañero inseparable; encontró en él su ángel del consejo y su genio protector. Nuevo Jonatás, a pesar de la distancia de las edades, en cierta manera su alma se hizo una con el alma de David (cf. 1 Rey. 18, 1). ¡qué hombres aquellos, a más de veinte siglos uno del otro, David y Luis, el santo rey de Israel y el santo rey de Francia, unidos por un mismo sentimiento de fe, de justicia, y también por una admirable conformidad de reglas, grandezas y de regios infortunios! Un día oiremos a Luis, cautivo y casi moribundo, bendecir al cielo con ardor, porque entre tantos objetos precisos perdidos, sólo su breviario se había conservado. Quizás acá el hombre del mundo se sonría; lamentará sin embargo tal debilidad si se acuerda que ningún libro encierra tanta filosofía, conocimiento del corazón humano, y verdadera política como el libro de los Salmos, libro maravilloso del cual cada mañana se nos hace un nuevo comentario por una nueva experiencia de la vida y de la adversidad; libro tan fecundo y tan lleno de sentido para todo hombre que piensa y que sufre; cuánto más para aquel que, como David, pensaba sobre el trono y sufría bajo la diadema. Así pues, hermanos míos, para tener la inteligencia del reino y de la administración de San Luis, deberemos siempre recurrir a esas dos fuentes, a las bienaventuranzas del Evangelio y a las enseñanzas del Salmista real. Después de esto ¿habrá que extrañarse si este reino es el reino de Dios?…

Fuente: Homilía pronunciada por el card. Louis E. Pie (1846 y 1848). En Revista Mikael, año 9, nº 25, primer cuatrimestre de 1981. Seminario de Paraná, Entre Ríos. pp. 131-152.

(Se recomienda enfáticamente su lectura completa pues, el card. Pie, nos presenta, sin disimular su admiración, a un héroe de la fe y de su Patria, al mismo tiempo que nos exhibe un modelo acabado del político católico. Se puede descargar este número AQUÍ).

Trastevere (o de lo pequeño)

 

merry del valEn un post anterior hablamos “de lo grande” del cardenal Merry del Val. Pero hoy toca que hablemos “de lo pequeño” (si cabe la expresión)

Quisiera que nos fijáramos en algunos pequeños detalles que nos hacen entrever que su grandeza era aún mayor al escoger –más aún desde su posición y recorrido– lo pequeño y los pequeños.

Merry del Val es el autor de las “Letanías de la humildad”, que rezaba todos los días después de comulgar. Pero las palabras no son suficientes.
Ya hemos dicho que con 22 años León XIII le hizo monseñor antes de ser sacerdote, porque el Papa quería que vaya a Londres con la Legación de Monseñor Rufo para ofrecer sus respetos a la Reina con ocasión de su jubileo de oro. Lo que no hemos contado es que cuando se enteró de la decisión papal, que le parecía descabellada a todas luces, Merry corrió al Vaticano: –Santo Padre, desearía no abandonar mi Academia…; cedo gustoso ese honor a otros con más méritos que yo. León XIII, socarrón, le mira en silencio, le sonríe, y le dice al fin: –Me parece muy bien, hijo. Lo que ocurre es que Nos hemos decidido enviar a Londres precisamente a uno que no quiere ir.

Durante cuarenta años, todas las tardes que estuvo en Roma, fue al barrio del Trastevere. Allí realizó un apostolado oculto y muy fecundo entre las familias menesterosas y los jóvenes. En 1890 fundó, con siete chicos, el Oratorio del Sagrado Corazón. De él salió poco después la Pía Asociación del Sagrado Corazón de Jesús en Trastevere, que fue durante largos años una de las más florecientes y mejores asociaciones juveniles de Roma. Incluso siendo Secretario de Estado, el cardenal quiso seguir viendo todos los días a sus chicos. Es sorprendente para algunos de sus biógrafos, pero el mismo Merry así lo afirma, que el tiempo que pasaba en el Trastevere era ocasión de verdadero descanso. Sólo dos o tres tardes faltó a su encuentro con su querido barrio: aquellas en las que se encontraba en el hospital los días previos a su muerte.

Siendo presidente de la Academia Eclesiástica, el 18 de diciembre de 1901, con treinta y seis años de edad y trece de sacerdote, escribe a Leon XIII:

“Beatísimo Padre:

Postrado a los pies de V.S., y con sentimiento de filial sumisión, vengo a exponer el deseo íntimo de mi corazón y a solicitar una gracia que, a mis ojos, es la mayor que puedo obtener de la paternal benevolencia de V.S. para el más humilde de sus hijos.
Nada he pedido hasta ahora a V.S. para mí mismo; esta es la primera gracia, y tal vez la última, que os imploro.

Quisiera que V.S. me concediese la facultad de renunciar al oficio que ocupo, bien que indigno, en la Academia Eclesiástica, y que me permitiese retirarme al Trastevere, o a otro barrio de Roma donde, libre de otro empleo, pudiera consagrarme enteramente al ministerio sacerdotal en medio del pueblo y, al mismo tiempo, dedicarme al bien espiritual de los forasteros en Roma, especialmente los de lengua inglesa.
No poseo grandes medios de fortuna, pero me basta para vivir con decoro lo que me suministra mi familia; no pido ni deseo más.

Esta decisión parecerá extraña a no pocos, pero yo estaré muy contento de aceptar sus consecuencias, seguro de hacer algo agradable al Señor.

+Raffaele Merry del Val[1]

Sus «letanías de la humildad» nos dejan constancia de lo que era el deseo de su corazón: «Libre del deseo de ser estimado, elogiado, ensalzado, preferido, consultado… Libre del temor de ser humillado, despreciado, calumniado, olvidado, ridiculizado, injuriado… Anhelando que otros sean más estimados, más considerados que yo; que otros crezcan en la opinión del mundo, y yo mengüe; que otros sean empleados en cargos, y se prescinda de mí; que otros sean ensalzados, y yo no; que otros sean preferidos a mí en todo…»

En su testamento dejó escrito: “Dejo todo lo que tengo a la Congregación de Propaganda Fide para las misiones más pobres”. En su tumba, que se encuentra en una cripta vaticana, leemos las sencillas palabras que él mismo escribió en su testamento: “Deseo ser sepultado con la mayor sencillez. Que en mi tumba se escriba solamente mi nombre con estas palabras: Señor, dame almas, y quítame todo lo demás”.

Rafael Merry del Val, un hombre grande por ser pequeño.

[1][1] Merry del Val es un cabal ejemplo de que no es necesario apostatar de la buena y recta doctrina para acercarse a los más pobres. Y que justamente es la recta doctrina, la que profesa la Iglesia, y que tiene por centro  a Cristo, la que nos otorga la verdadera liberación.