Cómo evangelizar desde la cátedra (3/3)

IV – LA FIGURA DEL DOCENTE

Es evidente que una misión tan formidable exige personas bien formadas. Exaltemos aquí la figura del docente. Será él quien habrá de determinar el carácter específico de la Escuela Católica, lo que requiere una visión católica del mundo, especialmente de la cultura, así como una pedagogía adaptada a los principios evangélicos. Bien dice el Documento de la Congregación de Educación Católica al que antes hemos aludido: “Es evidente que semejante orientación de la enseñanza no depende tanto de la materia o de los programas, sino principalmente de las personas que lo imparten. Mucho dependerá de la capacidad de los maestros el que la enseñanza llegue a ser una escuela de fe, es decir, una transmisión del mensaje cristiano. La síntesis entre cultura y fe se realiza gracias a la armonía orgánica de fe y vida en la persona de los educadores. La nobleza de la tarea a la que han sido llamados reclama que, a imitación del único Maestro, Cristo, ellos revelen el misterio cristiano no sólo con la palabra, sino también con sus mismas actitudes y comportamiento. Se comprende así la fundamental diferencia que existe entre una escuela en la cual la enseñanza estuviera penetrada del espíritu cristiano y otra que se limitara a incluir la religión entre las materias escolares” (n. 43).

Cuenta Platón que los jóvenes se acercaban espontáneamente a Sócrates para oírle hablar porque tenían conciencia de que él era maestro, es decir, docto, en otras palabras, que podía enseñar porque sabía; y además, y esto era lo más importante, porque Sócrates era una sola cosa con aquello que enseñaba; enseñaba con su propia persona, con el espejo de su ejemplo. Platón concluye de ello que el maestro por excelencia es aquel que tiene un alma en la que reina el orden. Advierte Caturelli cómo este orden del que habla Platón, no es un orden inventado o creado por el maestro mismo; es un orden descubierto por él y hecho suyo hasta identificarlo consigo mismo, hasta hacerlo uno consigo. En el alma del maestro reina el orden de los principios que fluyen del descubrimiento de la verdad, y porque esta verdad poseída es común, el maestro puede comunicar con los otros, entrar en comunión con los estudiantes. Pero, para esto, al maestro tiene que pasarle lo que a Sócrates que era uno con lo que enseñaba y por ello los adolescentes iban a escucharlo.

El maestro: un hombre de orden, un alma arquitectónica. De ahí la necesidad de la propia formación. Nadie da lo que no tiene. No basta con conocer más o menos la materia que se dicta. Si es que de veras se quiere imbuirla de catolicidad será necesario que el docente encare con firmeza su propia formación -nunca terminada especialmente en el ámbito de la filosofía y de la teología, así como en el campo de la historia, tan importante para comprender el sentido de los acontecimientos. Son sobre todo estas asignaturas, trascendentes a todas las otras, las que crean orden en el alma del profesor, permitiendo que éste “ubique” su materia específica en la cosmovisión cristiana. Por eso la tarea de la educación exige en el docente, verdadero ministro del Verbo, una penetración y profundización constante en la Verdad, así como un perfeccionamiento progresivo de su vida espiritual, es decir, de su total humanidad concreta, pues solamente tiene posibilidad de enseñar aquel que, como acabamos de decir, está identificado con la verdad que enseña.

Si queremos que nuestros adolescentes logren una formación sintética, arquitectónica, lo primero es lograr esta síntesis en nosotros mismos, ya que todos estamos bastante fragmentados o desintegrados, en buena parte por culpa de este mundo felón en que vivimos, mundo apóstata, de verdades enloquecidas. Lograr la unidad interior: he aquí nuestra primera meta. Tenemos que aprender a elaborar esa síntesis de todas las dimensiones de nuestro ser, poner en armonía nuestra inteligencia y nuestra voluntad, nuestro corazón y nuestros sentidos. Recobrar un orden, un cosmos, en contraposición al caos en que estamos hoy inmersos. E informarlo todo con la luz de la gracia, con la fuerza de la gracia, con el calor de la gracia.

Tenemos que hacer de nosotros el santo, el docente santo. Tenemos que ser santos y fundadores, porque necesitamos crear instituciones que realmente sean canal de esa cultura que anhelamos. La tendencia a la santidad, y a una santidad fundacional, llenará nuestra alma de celo apostólico, de ese celo que es calor del alma encendida en el amor a Dios y que ama al prójimo por amor a Dios. Celo al ver cómo las almas se corrompen por el influjo demoledor de la sociedad de nuestro tiempo, que nada o casi nada nos ayuda en nuestra empresa, celo al ver que Cristo, que quiere hacerse uno, desposarse, con cada uno de nuestros alumnos, es por ellos preterido y postergado en pro de los amantes que se les ofrecen en el mundo moderno. Si no sentimos este celo en nuestro corazón quiere decir que aún tenemos mucho de funcionario y poco de educador, de apóstol. Pero siempre hay tiempo para rectificar el camino.

 V – FORMAR HÉROES

 Finalmente, no olvidemos que debemos formar para nuestro tiempo. Algunos interpretan esta afirmación como si debiéramos preparar a nuestros jóvenes para “adaptarse” al mundo moderno. Nada más lejos del ideal de un colegio católico. Hay dos maneras de ser modernos: haciendo lo que hacen todos, y sabiendo enfrentar los errores del propio tiempo con espíritu creador.

El Documento de la Sagrada Congregación, al que repetidamente nos hemos referido, dice que en la sociedad actual se hace necesario garantizar la presencia del pensamiento cristiano en medio del “caos de las concepciones y los comportamientos” de nuestra época (cf. n. 11). Y agrega: “Si se prestan oídos a las exigencias más profundas de una sociedad caracterizada por el desarrollo científico y tecnológico, que podría desembocar en la despersonalización y en la masificación, y si se quiere darles una respuesta adecuada, resulta evidente la necesidad de que la escuela sea realmente educativa; o sea, que se halle en grado de formar personalidades fuertes y responsables, capaces de hacer opciones libres y justas” (n. 31).

Personalidades fuertes, capaces de discernir lo bueno de lo malo, que amen la justicia y odien la iniquidad, que abracen la verdad y aborrezcan el error. Eso es lo que necesitamos. Por ello, hoy menos que nunca tenemos derecho a formar mentalidades gregarias, católicos flanes. El enemigo de Dios y de la Iglesia tiene un especial interés por dominar el campo de la cultura. Sabemos que en Italia, los dirigentes del llamado “eurocomunismo” han dicho que en este momento no les interesaba tanto “la toma del poder” cuanto “la toma de la cultura”. El que toma la cultura, da forma al país. Nosotros, católicos, hemos de trabajar intensamente por dar una forma católica a la cultura en nuestra Patria. Debemos formar jóvenes de carácter, capaces de negarse a la masificación contemporánea. Esa terrible dictadura del espíritu, peor que cualquier opresión física. La educación es obra de “artesanía”, no de producción masiva o en serie. Formar jóvenes con ideales, con escala de valores, con una visión verdaderamente católica del mundo. Si al menos cada año salieran de nuestros colegios cuatro, sólo cuatro alumnos realmente bien formados y militantes, pronto cambiaría el ambiente de nuestra Patria. Resolvámonos pues a educar. Tal es nuestra misión, nuestra difícil pero fascinante misión.

 

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En: SÁENZ, Alfredo. Cómo evangelizar desde la cátedra. Mikael, 1982.

La Escuela: un tiempo de posibilidades

La escuela es una realidad, está allí, con toda su organización temporal. Ahora bien, esa realidad la podemos concebir e interpretar de una manera diferente a la actual –y es menester hacerlo-. Cualquiera que se encuentre en este ámbito, puede vivir el tiempo más allá de las regulaciones externas que éste puede imponerle. Empezar por suspender en la escuela el tiempo que rige en el campo económico y político de la sociedad, separando las instituciones educativas de la lógica del mundo productivo, podrá generar un espacio, o mejor, un tiempo de posibilidades, ya que ofrecerá a los estudiantes una experiencia del tiempo liberada de lo que la sociedad moderna considera sagrado.

Esto, desde nuestro punto de vista, sería vivir el ocio, vivir la Escuela como Schola, lo cual nos permitiría hacer un paréntesis en el tiempo: un demorarse para tomarse, valga la redundancia, un tiempo. Es permitir que kairós, ese dios joven y huidizo, mantenga por un instante, por un momento brevísimo de tiempo, la puerta abierta para que por ella ingrese aiôn y el hombre pueda eternizarse, romper la bóveda en la que nos mantiene prisioneros Krónos.

El ocio se convierte en un tiempo para formar la mirada del estudiante, para re-crear su mirada con categorías totalmente diferentes a las que propone el utilitarismo reinante, para que mire el mundo como si fuera nuevo en la vida, para que perciba una nueva forma de estar en el mundo habituándose a reflexionar sobre su vida.

Para llegar a este punto consideramos que es necesario que el maestro capte la atención de sus alumnos y les llame la atención sobre aquello que parecía invisible, para que empiecen a escuchar ciertos sonidos del mundo que pasaban desapercibidos. Para ello es necesario establecer ciertas estrategias. Esta vida ociosa supone un obrar, pero que no es un obrar físico, exterior, sino precisamente íntimo e interior. No se trata de un obrar dirigido hacia afuera, sino, por el contrario, es un obrar interno. Es un fruto que se desarrolla hacia adentro. Pero el mundo moderno, la educación moderna, como hemos explicado, lejos de advertir esta dimensión teleológica la ha negado, o mejor, la ha falsificado, exaltando la finalidad productiva y materialmente redituable.

Volviendo a la consideración del maestro, éste tiene un papel sumamente importante, es el guía, es el que, como ya dijimos, devela lo que estaba oculto y desapercibido colocándolo “sobre la mesa”. El educador obra sobre el educando en el sentido de disponer las circunstancias ideales y más propicias para que él obre sobre sí mismo. Pero el maestro también debe poseer otra cualidad, debe amar. El amor es creador y fecundo, que puede conmocionar la vida y darle otra dimensión, dilatando, ensanchando, eternizando el tiempo. Entonces, el maestro, para poner un ejemplo, debe amar su materia y sus alumnos, debe ser un “aspirante” que siempre se sabe incompleto y que está en búsqueda. El maestro apasionado no sólo informa sobre la materia sino que también le da vida, hace que ella nos hable. Un excelente ejemplo de esto, nos parece, es la poco habitual lección es la que da Guillaumet a Saint-Exupéry:

“¡Mas qué extraña lección de geografía recibí! Guillaumet no me mostraba España. Por el contrario, la convertía en una amiga. No me hablaba ni de hidrografía, ni de poblaciones. No me hablaba de Gaudix, pero sí de tres naranjos que, cerca de Gaudix, bordeaban un campo: ‘no te fíes de ellos, señálalos en tu mapa…’. Y los tres naranjos ocupaban ahora más lugar que Sierra Nevada. No me hablaba de Lorca, sino de una sencilla granja cerca de Lorca. De una granja viva. Y de su granjero. Y de su granjera. Y aquella pareja, perdida en el espacio a mil quinientos kilómetros de nosotros, adquiría de súbito una importancia desmesurada. Porque bien instalados en la pendiente de su montaña, semejantes a guardianes de faros, siempre se hallaban dispuestos, bajo sus estrellas, a socorrer a los hombres […] Y, poco a poco la España de mi mapa se transformaba, bajo la luz de la lámpara en un país de cuentos de hadas”.[1]

Pasa, súbitamente, frente a la fachada del espíritu del discípulo el lado de una cosa que antes no se había mostrado nunca, se devela un poco de aquella luz misteriosa que guardan las cosas. Hay un gozo y a su vez una incertidumbre por una presencia oculta tras la cosa. Es, en efecto, la vibración afectiva ante la riqueza de lo real, el motor que dirige y concentra a la inteligencia en la observación de su objeto y puede hacerlos “conmover” y pueden ser conmovidos o inspirados por ella. Y lo más importante, el maestro puede hacer que olviden el tiempo.

Precisamente el docente que se entusiasma y se apasiona por la sabiduría trasmite esa pasión, ese cuidado, ese respeto, esa casi reverencia por el tema que trata y por el mundo siempre nuevo que presenta. Ese maestro hace que el tiempo de su clase sea vivido de otra manera; si el ama y hace amar lo que enseña, hace de su tiempo y del tiempo de sus alumnos un tiempo dentro del tiempo.

Sacar al alumno y a uno mismo, por un instante al menos, de la vida inquieta, del frenesí, de la ambición desmedida, que se convierte en un viento helado que va marchitando las flores de la existencia humana, es hacer que el tiempo salga de su monotonía horizontal, para convertirse en un tiempo vertical. Liberar al alumno del funcionalismo social y hacerle entender y darle las condiciones para estudiar por estudiar, por el propio acto de estudiar, por el simple saber por saber, es permitirle que mire el mundo con otros ojos.

Recrear y reinventar la escuela y a quienes forman parte de ella –y son, en definitiva, quienes la hacen- sería la oportunidad –kairós– de hacer ingresar aiôn en el chrónos escolar, porque si bien no se puede salir del tiempo cronológico que rige nuestras vidas, si es posible colocar en él un paréntesis. Se trata de convertir el temporalismo disperso en tiempo interior: chrónos en aiôn.

Se engañaría empero, como hemos venido mostrando, quien pretendiese valorizar este tiempo aiôn por la innegable disponibilidad a la ejecución, pues sería una contradicción. La vida dirigida por este tiempo aiôn no agota su sentido en dirigir y orientar las actividades humanas, sino en consagrar el tiempo y aprender a vivir.

La Escuela no ha sabido encontrar o, tal vez, buscar en ese temporalismo dispersivo y exteriorista –chrónos-, la oportunidad -kairós- para que ingrese aiôn, porque se ha configurado de una manera totalmente diferente a la skholé, a la schola clásica. Por lo tanto proponerse una educación que vincule en su seno lo que venimos desarrollando implica el coraje y el sacrificio de desafiar a una civilización que margina y desdeña todo lo que no se ajuste a su infatuada dimensión de lo útil. Pero por sobre todo, proponerse una educación de este tipo, significa abandonar las vías fáciles del estar mejor para elegir el camino del mejor ser.

 

José Gastón

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Notas:

[1] SAINT-EXUPÉRY, A. Tierra de hombres. En: Obras completas. Plaza & Janés, España, 1967, pp. 192-193. Notable diferencia la de Guillaumet con el geógrafo de El Principito.

El maestro, alpinista de la verdad

alpinista-mont-blancEl maestro debe ser un alpinista de la verdad. En las cumbres elevadas del saber se levanta el punto más sublime que domina todo el cordón montañoso con majestuosa autoridad. El maestro misterioso y atrevido concibe el designio de subir allá; mira, tantea, tropieza, cae, se levanta, trepa por altísimos peñascos, es equilibrista en la cornisa de los abismos, se agarra de débiles plantas y raíces para no caer, tiene miedo de tremenda altura alcanzada, pero persiste en el afán primero; lleno de sudor y casi agonizante alcanza la cumbre, levanta lo brazos en gesto de victoria y se deja caer. En ese momento entra en él toda la luminosidad del paisaje y el aire puro penetra en sus pulmones. Entonces de una ojeada domina todos los escondrijos, vertientes, pasajes que escondía la montaña; lo que antes veía en partes, ahora lo ve en su conjunto. Observa lugares por donde había intentado subir y ríe de su ignorancia, pues era imposible. Y una vez contemplado lo que se le ha dado, dice y se pregunta: “esto es de una belleza inaudita ¿y cómo harán aquellos que están mirando para subir hasta aquí?”. Mirando descubre un sendero, no sin dificultades y que da muchos rodeos, pero por el cual se puede acceder al pico más alto. Entonces desciende hasta el valle y se ocupa de convencer y guiar a los que deseen que les enseñe el camino y la vista que de la cumbre se percibe.

Mikael

¡Se necesitan maestros!

maestroEs cierta aquella máxima que dice “Nadie puede dar lo que no posee”. Si la educación exige, por parte de quien se educa, la adquisición de las virtudes intelectuales y morales, ¿cómo será posible que éstas le sean transmitidas por maestros que no las poseen? ¿Cómo podrá hacer el maestro para que el alumno adquiera el hábito de la conceptualización cuando él mismo no lo posee? Y si no lo posee, ¿cómo será capaz de formular juicios y raciocionios con sentido? Resulta a todas luces claro que el tan ponderado “pensamiento crítico” es sólo un anhelo que queda escrito en los papeles. El maestro, entonces, será un mero repetidor de fórmulas de las cuales ni siquiera conoce el sentido; que “obligará” al alumno seguir a rajatablas el camino de adquisición de las mismas. ¿Cómo quedaría un alumno si preguntase al profesor para qué le enseña lógica, matemática, literatura, historia, y no obtuviese del docente más que una evasiva que esconde el sin sentido de su tarea docente? Frente a tan patética situación, la mayoría del alumnado sigue el mismo camino –camino éste exigido por el docente mismo–: emular al pseudomaestro ocupándose también de repetir como loros las fórmulas de memoria sin saber qué sentido tienen; en este caso, el estudiar se transforma en un árido tránsito en orden a la obtención de un título. No se estudia para saber: el estudio es sólo un medio para alcanzar un determinado fin. O sea: no es un estudio que se pone al servicio del desarrollo interior de la persona humana, sino un instrumento más que le permitirá, supuestamente, pasarla mejor en la vida. Aquel alumno que osare hacer uso de su inteligencia pensando con cabeza propia no gozará, ciertamente, de los favores que tienen los repetidores. Todo se ordena a impedir la originalidad promoviendo, por el contrario, un alumno sin carácter, sin espesor, carente de ideas propias: un alumno amorfo, apto para ser dirigido por los manipuladores de turno.

Y a nivel de las virtudes morales, ¿qué se le enseña? La lógica de nuestras escuelas se halla imbuida del espíritu baconiano: es menester “conocer” para “dominar” la naturaleza y ponerla al servicio de las propias necesidades vitales. En este sentido, conocer es sinónimo de poder. O sea que, ya desde el comienzo se abandona todo principio, tal como comentáramos en nuestro artículo «De cómo el hombre se anguiliza y empobrece el mundo». Desde esta lógica resulta imposible fundar una ética por cuanto el obrar carecerá de una instancia firme sobre la cual fundarse. Presa de este relativismo gnoseológico y moral, la escuela se revela como incapaz de dar forma, en el educando, al hombre entero.

El estudio, entendido como una yuxtaposición de datos carentes de unidad, se transforma en una tortura para las pobres inteligencias de los alumnos. Mas no sólo ellos lo padecen, sino que los mismos docentes se encargan de enseñarles que el estudio es un castigo cuando, por ejemplo, los mandan a estudiar o les toman una evaluación ante un mal comportamiento. En realidad, los espíritus de algunos docentes transitan  por senderos muy alejados de aquél que debiera ser uno de sus oficios diarios: estudiar.

En el proceso educativo la tarea docente es fundamental. Es menester, pues, contar con docentes que posean una sólida formación profesional y cultural, capaces de formar integralmente al hombre argentino. Una reforma educativa “en serio” no puede dejar de pensar en crear grandes centros de formación docente en nuestro país, cuyo plantel docente sea la flor y nata de los formadores argentinos. No se trata de multiplicar “cursitos” o de entregar a diestra y siniestra títulos que habiliten para que los docentes permanezcan en el sistema: se trata de formar sólidamente, mediante la adquisición de virtudes intelectuales y morales, a una pléyade de maestros que sean capaces de conducir a nuestros niños y jóvenes a la plenitud humana.

Carlos Lasa

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Visto en: fueralosmetafisicos.com

La Misión del Maestro

El siguiente artículo es un extracto del libro “Educadores Católicos” de A. Caponnetto, en donde el autor va comentando un artículo del P. Alfredo Sáenz, “Cómo evangelizar desde la Cátedra”.

sermon-de-la-montanaDos rasgos iniciales debe tener quien aspire a ser un maestro católico, pronuncia el Padre Sáenz: el primero está en su persona, el segundo en su ciencia.

En su persona, la congruencia entre la Fe y la vida, la plena armonía entre sus creencias, sus conductas, sus gestos y sus palabras.

En su ciencia quiere decir que la misma debe ser cosmovisional y omniabarcadora, que no es lo mismo que enciclopedista o libresca. Ciencia enhebrada de rectos criterios, de discernimientos firmes, de principios inamovibles, de elasticidades prudentes, de consejos oportunos.

“El maestro por excelencia es aquel que tiene un alma en la que reina el orden (…)[1]

“El maestro es un hombre de orden, un alma arquitectónica. De ahí la necesidad de la propia formación (…). Será necesario que el docente encare con firmeza su propia formación, especialmente en el ámbito de la filosofía y la teología, así como en el campo de la historia (…). Por eso la tarea de la educación exige en el docente, verdadero ministro del Verbo, una penetración y profundización constante en la Verdad, así como un perfeccionamiento progresivo de su vida espiritual”[2].

Merecen subrayarse dos ideas para mejor entender el conjunto. Que se le pida al maestro un alma arquitectónica, equivale a pedírsele un ser integrado, dueño de sí mismo, señor de su vida interior, buscador y forjador de una síntesis indivisible entre la inteligencia que contempla los trascendentales del ser y una voluntad dispuesta a prestarles servicio (…).

Además de un alma arquitectónica, el maestro debe ser un verdadero ministro del Verbo. Alguien que lo sirva, que lo exprese, que lo garantice, que le preste encarnadura para hacerse visible y atractivo. Su vocación es diaconal respecto al Verbo (…). Por eso escuchamos decir tantas veces a Jordán Bruno Genta que la verdadera pedagogía era la Pedagogía del Verbo, Cátedra de la Cruz: la única que no perece ni muda con el paso de los años.

El Padre Sáenz no trepida en llegar con su argumentación hasta el final. Un docente de tal porte tiene que ser “el docente santo”. “(…) Con celo apostólico, celo que es calor del alma encendida en el amor a Dios y que ama al prójimo por amor a Dios”[1].

(Por último) “No olvidemos que debemos formar para nuestro tiempo”[2], insiste el Padre Sáenz (…). Formar para nuestro tiempo no significa congraciarse con él, sino plantarse ante él, reaccionar en contra cada vez que fuera necesario, pero sabiendo que es a ese tiempo y en ese tiempo que Dios nos plantó al que debemos responder.

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Debemos procurar imitar esta pedagogía, pidiendo a nuestro Señor que nos alcance la gracia de imitarlo a Él, supremo Maestro.

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[1] Ibidem. p. 26.

[2] Ibidem.