Los vientres de la muerte

 

Todos pudimos ver cómo abortistas de todo pelaje y profesión, reunidos en la común obsesión por matar, salieron a tratar de explicar por qué se debía abandonar al bebé de Concordia en una cubeta, hasta morir.

Tenían la vida misma delante de sus ojos, bastaba abrirlos y ahí estaba el prodigio de un nuevo ser, único en dignidad, biológicamente irrepetible, el pequeño y deslumbrante momento de una vida que empieza.

No les alcanzó a los abortistas el fanatismo y la furia no los autoriza a mirar la vida de frente.

Embrollados en esa masa oscura, sin misericordia y sin culpa, preanunciaron la muerte del bebé, de ahí los malabarismos verbales, por eso esquivan llamar a las cosas por su nombre: “si estaba vivo ‒empezaron diciendo‒ pero no era vida “en serio”, era una semivida precaria e inestable, no podía sobrevivir, porque la “ciencia” dice que en esas condiciones es imposible.

En realidad estaban anunciando sus propios deseos. Lo de la supuesta ciencia, puro cuento nomás.

Revisando últimos estudios sobre el tema de recién nacidos de muy bajo peso y también de extremado bajo peso, resulta que la información médica, la verdadera, aporta datos bien diferentes. Un trabajo publicado en la revista American Journal of Obstetric destaca que las tasas de supervivencia de los bebés prematuros han aumentado entre cinco y nueve por ciento en las últimas tres décadas, debido a las mejoras en la atención neonatal.

Por ejemplo, los bebés que nacen antes de las 22 semanas ‒que no hace mucho tiempo era improbable que sobreviviesen, ahora en cambio, gracias a diversos enfoques de tratamiento y nuevos aportes científicos‒ un 23% de esa población sigue con vida ‒y dos tercios de ellos no tienen deterioro serio del desarrollo neurológico.

Un ejemplo de lo que decimos, sucedió hace cuatro años en Texas, una mujer con 20 semanas y media de gestación dio a luz a Lyla, una nena que al nacer pesaba menos de 400 gramos. También a la mamá le anunciaron que la hija moriría. Claro que una madre, no queda inmóvil como estatua al ver agonizar a su hija. Usó desesperadamente todas las palabras imaginables, una detrás de otra, rogó, suplicó a los médicos que asistieran a la beba, tal vez, de alguna imposible manera sabía que viviría.

Y los médicos de Texas escucharon.

Después de 126 días de cuidados en neonatología, finalmente pudo ir con sus padres a conocer su casa.

Hoy Lyla ‒la nena de la que hablamos‒ tiene 4 años y salvo un leve defecto en el habla lleva una vida normal.

Claro, Lyla tuvo la dicha de nacer lejos de Entre Ríos y más lejos aún, de la jueza Estévez.

Ahora nos enteramos que una chica jujeña de 12 años fue abusada por un tipo de más de 60. Ahí está el mayor agravio a la razón. Bien visto el único acto de justicia posible sería castigar duramente al violador, pero no, ellos quieren la otra sangre, la que colma el odio, la del más completo inocente, quieren la sangre de la víctima.

Son los mismos que se aterran cuando hablan de pena de muerte.

Una sociedad enredada en confusión tan descomunal, en la que cualquiera opina sobre todo,  con aires de saber demasiado, cuando en realidad su única demasía es la ignorancia, un grupo humano que ama las formas más groseras y vulgares, desconoce los límites y llama problema moral complejo a exigir que los médicos, en lugar de proteger la vida se vuelvan criminales.

Volviendo al artículo, nos indica que pasa con los bebés nacidos entre las 22 y las 23 semanas de gestación, sorprende encontrar que ellos lleguen a alcanzar casi un 75% de supervivencia y sin deterioro grave.

Claro que la mayoría de los medios hacen lo imposible por incentivar esa inquietante sed de crueldad. Son datos normales ‒explican‒ esa es una realidad deseable en una sociedad progresista, revolucionaria, de avanzada.

A la curiosa degradación, desde Cambiemos, la llaman “chau tabú”.

Nosotros creemos que la escena del bebé en aquel quirófano de Concordia, desde ahora deberá ser imprescindible en un álbum sobre las formas menos humanas del odio. Como algunos la creyeron “inapropiada” fue rápidamente retirada de los medios y culparon a quienes la difundieron, a los mensajeros, en lugar de juzgar a los responsables del crimen.

Parecería que una cosa es hablar del aborto y otra distinta ver las consecuencias.

De acuerdo, dejemos de lado por un momento el tema del aborto, pero vayamos al otro aspecto ‒por las razones que fueran‒ el hecho esencial, lo determinante es que nos encontramos con un bebé que respira y se mueve, llora, su corazón late, o sea muestra su vitalidad de manera clara y manifiesta.

Entonces, ¿qué se debe hacer con él? ¿Lo asistimos como a una persona más necesitada de ayuda, lo protegemos como a cualquier otro recién nacido o hay que dejarlo morir? ¿Tiene derecho a la vida? Y la pregunta última: ¿quién dice quién vive y quién muere?

Hemos escuchados múltiples comentarios acerca del caso de Jujuy. Vimos en la tele a periodistas indignadas porque no se había cumplido con el protocolo del aborto no punible.

Es decir: protestaban no por la jovencita violada, ni por su salud, la furia era porque le practicaron una cesárea en lugar de un aborto, es decir estaban indignadas porque no se había consumado la carnicería.

Es desolador escucharlas, hay mucho de terrible y oscuro, hay un derrumbe moral estruendoso que sucede cuando un hombre vocifera porque no mataron a un recién nacido. Pero cuando como ahora, las que gritan son mujeres en nombre de sus derechos, esos derechos en cierto modo, son como los vientres de la muerte y huelen menos a triunfo que a cadáver.

No manipulemos más las palabras y de una buena vez digámoslo todo, blanco sobre negro, muy negro porque en eso consiste un aborto, en una impiadosa negrura del alma, de esto se trata la famosa “interrupción”, consiste en destrozar instrumentalmente a un bebé.

Un médico, digo, un sirviente de Planned Parenthood, declaró que: una vez que una mujer decide abortar, a la única que hay que proteger es a la mujer.

Como si nos dijera, hay un “otro” pero qué valor tiene, a quien le importa, es una nada. Rezuma el veneno sartreano: “el infierno son los otros”.

 

Miguel De Lorenzo

 

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Visto en: Cabildo

Mi padre y la muerte. Testimonio

Jordán Bruno Genta

La posibilidad cierta de la muerte violenta no le surgió ni por extrañas visiones ni por dones de adivino. Las amenazas llegaban por teléfono, todos los sábados a las 11 de la mañana (por lo matos aquellas de las que tuvimos noticia, porque varias veces atendieron el teléfono mi madre o la empleada…).

Jamás, por otra parte, alardeó de esta persecución, tomando de ella ocasión para ensoberbecerse o presumir de fuerte, binumerables veces incluso, le oímos poner en duda su propio comportamiento cuando llegara el momento crucial. Transcribo exactamente: «Siempre le ruego a Dios que si cumplen la amenaza me maten pero no me secuestren. Tengo conciencia de mi bajo umbral al dolor. Me dolería mucho hacer un mal papel en ese trance, no por mí, sino por la doctrina que represento».

Su estilo frente a la muerte viene a ser la ‘versión criolla’ de un Tomás Moro (quien se defendió con todo el peso de su rango) o el de José Antonio: «la vida no es una bengala para quemarla en fuegos de artificio», o «nunca es alegre morir a mi edad».

Admiraba sí, aun en el adversario, el temple ante la tortura (por comentarios por ejemplo cuando los montoneros publicaron el relato de la muerte de Aramburu), pero no creo que nadie le haya escuchado postularse como mártir, o pedir aquella muerte.

No claudicó ante las amenazas, pero nunca le escuchamos la menor fanfarronería ante el sufrimiento o la muerte.

Frente a las amenazas tomó la misma actitud que ante otras cruces o pruebas de su vida: aceptación confiada, fidelidad y disponibilidad a la suprema Voluntad de Dios.

 

María Lilia Genta de Caponnetto

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En: GENTA, J.B. Asalto terrorista al poder. Editorial Santiago Apóstol, Bs. As., 1999, p. 11.

La Resurrección del Señor

Hermanos, la lección del santo Evangelio que acabáis de oír es harto clara en su sentido histórico, pero debemos inquirir brevemente su sentido místico.

Cuando todavía estaba obscuro, fue María Magdalena al sepulcro Según la historia, se hace notar la hora del suceso; pero, según el sentido místico, señala el estado en que se hallaba la inteligencia de la que buscaba, esto es, qué era lo que entendía María Magdalena. En efecto, María buscaba en el sepulcro al Creador de todo, al cual había visto muerto corporalmente, y al no encontrarle creyó que había sido robado. Todavía estaba obscuro cuando llegó al sepulcro, echó a correr apresurada y lo anunció a los discípulos. Pero, de éstos, se apresuraron más los que más amaban, a saber, Pedro y Juan. Los dos corrían igualmente, pero Juan corrió más aprisa que Pedro, llegó el primero al sepulcro, pero no se determinó a entrar; llegó, pues, Pedro tras él y entró.

¿Qué, hermanos, qué significa este correr? ¿Creeremos, acaso, que esta descripción del evangelista carece de misterio? No por cierto, que tampoco Juan diría que él llegó delante y que no entró, si creyera que en esa misma indecisión suya no hubiera misterio. Ahora bien, ¿qué se significa por Juan sino la Sinagoga, y qué por Pedro sino la Iglesia? Y no parezca cosa extraña el que se exponga que la Sinagoga está figurada por el más joven, y la Iglesia por el más viejo, puesto que, si bien la Sinagoga vino al culto de Dios primero que la Iglesia de los gentiles, con relación a la vida presente, la multitud de los gentiles fue primero que la Sinagoga, como lo atestigua San Pablo, que dice (1 Cor 15,46): Pero no es el espiritual el que ha sido formado primero, sino el animal. De suerte Pedro, el más viejo, se significa la Iglesia de los gentiles y por Juan, el más joven, la Sinagoga de los judíos.

Corren los dos igualmente, porque, desde el principio de la vida, hasta el fin, la gentilidad y la Sinagoga corren por igual y común camino, mas no por igual y común sentido. La Sinagoga llegó la primera al sepulcro, pero no entró, porque ella, sí, recibió los preceptos de la Ley, oyó las profecías referentes a la encarnación y a la pasión del Señor, pero no quiso creer en El muerto; Juan pues vio los lienzos puestos en el suelo, pero no entró, lo cual significa que la Sinagoga conoció los misterios de la Sagrada Escritura y, con todo, difirió entrar, esto es, creer, en la fe de la pasión del Señor. Vio presente a aquel a quien había profetizado hacía mucho tiempo desde lejos y ampliamente, pero se negó a recibirle; tuvo a menos el que fuera hombre; no quiso creer en Dios hecho mortal en la carne. ¿Qué significa, por tanto, esto sino que corrió más aprisa y, con todo, permaneció vacua ante el sepulcro?

Y llegó tras él Pedro y entró en el sepulcro, porque la Iglesia de los gentiles, que llegó después, además de reconocer que el Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, había muerto en la carne, le creyó Dios vivo. Vio los lienzos puestos en el suelo, y el sudario que había sido puesto sobre su cabeza, colocado, no junto con los demás lienzos, sino separadamente doblado en otro lugar. ¿Qué creemos, hermanos, que signifique el no estar el sudario de la cabeza junto con los demás lienzos sino que Dios, como dice San Pablo, es la cabeza de Cristo, y que los misterios incomprensibles de la divinidad están fuera de lo que alcanza a conocer nuestra pequeñez, y que su poder trasciende la naturaleza de la criatura? Y es de notar que se dice que estaba no sólo separado, sino también doblado en otro lugar. Pues bien, del lienzo que se halla doblado no se ve el principio ni el fin; y así, con razón se halla doblado el sudario de la cabeza, porque la Majestad divina es sin principio ni fin, ni nace principiando ni está sujeta a concluir.

Y rectamente se dice en otro lugar que Dios no se halla en las almas desacordes de los pastores, porque Dios está en la unidad y no merecen recibir su gracia los que unos de otros se hallan divididos por los escándalos de las sectas.

Ahora bien, como con el sudario suele enjugarse el sudor de los que trabajan, con el nombre de sudario puede también significarse el cansancio de Dios, que cierto es que en sí permanece siempre inmutable, pero, sin embargo, se muestra como cansado cuando soporta las crueles maldades de los hombres. Por eso dice también el profeta (Jer. 6,11): Canséme de sufrir. Dios, pues, cuando apareció en la carne, padeció en nuestra flaqueza; a vista de cuya pasión, los incrédulos no quisieron venerarla, pues tuvieron a menos creer. Por eso Jeremías dice también (Lam. 3,64): Tú les darás, ¡oh Señor!, lo que merecen las obras de sus manos. Pondrás sobre su corazón, en vez de escudo, las aflicciones que les enviarás. Pues para que no llegaran a sus corazones las punzadas de la predicación, menospreciando los sufrimientos de su pasión, pusieron como escudo los mismos sufrimientos suyos, es a saber, que no permitieron que llegaran a ellos las palabras de El, por lo mismo que le vieron sufrir hasta la muerte.

Pero¿qué somos nosotros sino miembros de nuestra cabeza, esto es, de Dios? De manera que por los lienzos de su cuerpo se Significan las ligaduras de los sufrimientos que ahora oprimen a todos los elegidos, es decir, a sus miembros. Y se halla aparte el sudario que se había puesto sobre su cabeza, porque la pasión de nuestro Redentor dista mucho de nuestros sufrimientos, puesto que El soportó sin culpa lo que nosotros soportamos culpables El quiso sucumbir voluntariamente a la muerte, a la cual llegamos nosotros contra nuestra voluntad. Prosigue: Entonces entró también el discípulo que había llegado el primero al monumento. Después de haber entrado Pedro entró Juan también: éste, que había llegado primero, entró el último. Es de notar, hermanos, que al fin del mundo se acogerá tam-bién la Judea a la fe del Redentor, según lo atestigua San Pablo, que dice (Rom. 11,25): Hasta tanto que la plenitud de las naciones haya entrado en la Iglesia, y entonces salvarse ha todo Israel.

Y vio y creyó. ¿Qué es, hermanos, lo que os parece que creyó? ¿Acaso que el Señor a quien buscaban había resucitado? No por cierto, porque aún no se veía en el sepulcro y, además, porque lo contradicen las palabras que siguen, y que dicen: Y vio y creyó.

¿Qué es, pues, lo que vio y lo que creyó? Vio los lienzos que estaban en el suelo, y creyó lo que había dicho la mujer: que el Señor había sido robado del sepulcro. En lo cual debemos reconocer una gran providencia de Dios; porque así el corazón de los discípulos se encendió en deseos de buscarle y a la vez se les dilata el encontrarle, para que la debilidad de su espíritu, acosado por su misma tristeza, se robusteciera más al hallarle y con tanto mayor valor le retuviera después de hallado cuanto más había tardado en encontrarle.

Hermanos carísimos, hemos repasado brevemente todo esto en la exposición de la lección evangélica; ahora resta decir algo acerca de la grandeza de esta solemnidad. Y con razón digo la grandeza de esta solemnidad, porque es la primera de todas las otras solemnidades; y así como en la Sagrada Escritura, por razón de su dignidad, se llaman el sancta sanctorum y el Cantar de los Cantares, así esta solemnidad puede llamarse la solemnidad de las solemnidades, puesto que en ella se nos muestra el ejemplo de nuestra resurrección, la esperanza segura de la patria celestial y la realidad de la gloria del reino celeste, que ya casi tocamos con las manos. Por ella son llevados ya a las amenidades del paraíso los justos que, si bien en el seno tranquilo de Abrahán, sin emargo estaban cerrados en los abismos de la muerte.

Lo que el Señor había prometido antes de su pasión, en la resurrección lo cumplió (lo. 12,32): Cuando fuere levantado en alto en la tierra, dijo, todo lo atraeré a mi ; porque todo lo atrajo quien no dejó ninguno de sus elegidos en el infierno. Llevóse todos. claro que los elegidos, pues a ningún infiel, ni a los condenados a los suplicios eternos por sus delitos, los restituyó el Señor al perdón cuando resucitó, sino que sólo arrancó de las Profundidades del infierno a los que reconoció como suyos por la fe Y Por las obras.

De ahí también se dice con razón por Oseas (13,14): ¡Oh muerte!, yo he de ser la muerte tuya; seré tu mordedura, ¡oh infierno! ; pues aquello a lo que damos muerte hacemos que totalmente no sea, pero de lo que solamente mordemos, una parte substraemos y dejamos otra parte; luego porque a todos sus elegidos libró totalmente de la muerte, fue muerte para la muerte; pero como del infierno sacó una parte y dejó otra parte, no mató del todo al infierno, sino que le destruyó o le mordió; por eso dice: Yo he de ser la muerte tuya, ¡oh muerte!; como si claramente dijera: Porque acabo totalmente contigo en mis elegidos, seré tu muerte, ¡oh muerte!, y seré tu mordedura, ¡oh infierno!, porque, arrebatándote los elegidos, te dejo la otra parte.

¡Qué tal será, pues, esta solemnidad que ha destruido los abismos del infierno y nos ha dejado abiertas las puertas del reino de los cielos!

Analicemos detenidamente su nombre; preguntemos al apóstol San Pablo y veamos qué es lo que declara acerca de su valor. Dice, pues (1 Cor. 5,7): Porque Jesucristo, que es nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado por nosotros. Ahora bien, si Cristo es la Pascua, debemos atender a lo que la Ley dice de la Pascua, para que indaguemos sutilmente si es que ello parece dicho de Cristo.

Dice Moisés (Ex. 12,7…): Y tomarán la sangre del cordero y rociarán con ella los dos postes y el dintel de las casas en que le comerán. Las carnes las comerán aquella noche asadas al fuego, y panes ázimos con lechugas silvestres. Nada de él comeréis crudo ni cocido en agua, sino solamente asado al fuego. Comeréis también la cabeza, y los pies, y los intestinos. No quedará nada de él para la mañana siguiente; si sobrare alguna cosa, la quemaréis al fuego. Donde toda-vía se añade: Y le comeréis de esta manera: tendréis ceñidos vuestros lomos y puesto el calzado en los pies y un báculo en la mano, y comeréis aprisa. Cosas todas ellas que nos causarán grande admiración si las exponemos en su significado místico. Porque cuál sea lo que significa la sangre del cordero, bebiéndola lo habéis aprendido mejor que oyéndolo. Y con esta sangre se rocían los dos postes cuando se bebe no sólo con la boca del cuerpo, sino también con del corazón; se han rociado, pues, los dos postes cuando el sacramento de su pasión se toma por la boca para nuestra redención Y con la mente atenta se la medita para su imitación; porque quien recibe la sangre de su Redentor de tal modo que, no obstante, no quiera imitar su pasión, pone en un solo poste la sangre que debe Poner además en el dintel de las casas.

Y qué entendemos espiritualmente por las casas sino nuestras almas, en las cuales habitamos por el pensamiento?; el dintel de las cuales es la intención que preside nuestras acciones. Por tanto, quien dirige la intención de su alma a imitar la pasión del Señor, Pone la sangre del Cordero en el dintel de la casa. O bien, nuestras casas son nuestros cuerpos, en los que habitamos mientras vivimos; y ponemos en el dintel de la casa la sangre del Cordero cuando llevamos en la frente la señal de la cruz de la pasión del Cordero.

Acerca del cual aún se dice: Las carnes las comerán de noche asadas al fuego. Efectivamente, comemos de noche el Cordero, porque en el sacramento recibimos el cuerpo del Señor ahora cuando todavía no vemos nuestras conciencias respectivas. Pero estas carnes deben asarse al fuego, sin duda porque el fuego deshace las carnes que se cuecen en agua, pero da mayor firmeza o consistencia a las que cuecen sin agua.

De manera que el fuego asó las carnes de nuestro Cordero, porque la misma virtud de su pasión le hizo más poderoso para resucitar y más resistente para la incorrupción; pues al fuego de la pasión se endurecieron las carnes de aquel que tomó a la vida después de muerto. De ahí lo que también el Salmista dice (Ps. 21, 16) Todo mi verdor se ha secado como un vaso de barro cocido. Pues ¿qué es un vaso de barro antes de ponerse al fuego sino barro blando? Pero con el fuego se consigue solidificarle. Luego el verdor de su humanidad se secó como un vaso de barro cocido, porque con el fuego de la pasión adquirió la firmeza de la incorrupción.

Mas para la verdadera solemnidad del alma no es bastante con sólo entender los misterios de nuestro Redentor, sino que a ellos deben agregarse además las buenas obras; porque ¿qué aprovecha comer y beber su sangre y ofenderle con las malas acciones? Por eso todavía se añade cómo se ha de comer: con panes ácimos y lechugas silvestres. Y come los panes sin fermentar quien realiza las buenas obras sin el fermento de la vanagloria, quien practica las obras de misericordia sin mezcla de pecado, a fin de no desvirtuar malamente lo que al parecer dispensa rectamente. También habían mezclado a su buena acción el fermento del pe-cado aquellos a quienes el Señor, increpándolos, decía por el pro-feta (Am. 4,4): Id a Betel a continuar vuestras iniquidades; y poco después:Y ofreced el sacrificio de alabanza con pan fermentado; porque quien de la rapiña ofrece a Dios sacrificio inmola a los ídolos el sacrificio de alabanza.

Pero, como las lechugas silvestres son muy amargas, las carnes del cordero deben comerse con lechugas silvestres, para que, al recibir el cuerpo del Redentor, nos aflijamos llorando nuestros pecados, y de esa manera el mismo amargor de la penitencia purifique del humor de la mala vida el estómago del alma.

Además también allí se agrega: Nada de él comeréis crudo ni cocido en agua. Ved que ahora las mismas palabras de la historia se oponen al sentido histórico. Pues qué, hermanos carísimos, ¿acaso aquel pueblo, cuando estaba asentado en Egipto, había tenido por costumbre comer el cordero crudo, para que la Ley diga: Nada de él comeréis crudo? También se añade: Ni cocido en agua. Pues ¿qué se significa por el agua sino la sabiduría humana, según esto que pone Salomón en boca de los herejes (Prov. 9,57): Las aguas hurtadas son más dulces? ¿Qué significan las carnes crudas del cordero sino la falta de consideración a su humanidad, el pensar en ella con descuido e irreverencia?; pues todo lo que meditamos minuciosamente, como lo cocemos en el alma. Mas la carne del Cordero ni se ha de comer cruda ni cocida en agua, porque a nuestro Redentor ni hemos de tenerle por puro hombre ni la ciencia humana debe investigar cómo Dios pudo encarnarse; porque quien cree que nuestro Redentor es solamente hombre, ¿qué otra cosa hace sino comer crudas las carnes del Cordero, las cuales no ha querido cocer mediante el reconocimiento de su divinidad? Y todo el que se empeña en descubrir, mediante la ciencia humana, los misterios de su encarnación, quiere cocer en agua las carnes del Cordero, esto es, quiere penetrar el misterio de su providencia mediante una ciencia que le disuelve.

Por consiguiente, quien quiera celebrar la solemnidad del pozo pascual, no cueza en agua el Cordero ni le coma crudo; esto es, ni quiera penetrar lo misterioso de su encarnación con los recursos de la humana sabiduría, ni crea que El es un puro hombre, sino que debe comer sus carnes asadas al fuego, esto es, debe saber que todo ello es obra providencial del poder del Espíritu Santo.

Y todavía se añade con respecto a ello: Comeréis la cabeza, y los pies, y los intestinos. Según dijimos antes, hermanos, hemos aprendido del testimonio de San Pablo que Cristo es la cabeza, porque nuestro Redentor es el alfa y la omega, esto es, Dios antes de los siglos y hombre hasta el fin de los siglos; comer, pues, la cabeza del Cordero es recibir por la fe su divinidad; y comer los pies del Cordero es investigar las huellas de su humanidad mediante el amor y la imitación. Y ¿qué son los intestinos sino los preceptos encerrados y ocultos en sus palabras, los cuales comemos cuando escuchamos con avidez sus palabras de vida? Y al decir: y comeréis de prisa, ¿qué otra cosa se condena sino la languidez de nuestra pereza cuando no buscamos por nosotros mismos sus palabras y sus misterios y lo oímos de mala gana cuando otros lo predican?

No quedará nada de él para el día siguiente; porque sus palabras deben meditarse con grande solicitud, a fin de que antes de que llegue el día de la resurrección, durante la noche de esta vida presente, todos sus mandatos sean entendidos y cumplidos. Mas, como es muy difícil poder entender toda la Escritura y penetrar sus misterios, oportunamente se agrega: Si sobrase alguna cosa, la quemaréis al fuego. Quemamos al fuego lo que resta del Cordero cuando humildemente atribuimos al Espíritu Santo lo que del misterio de la encarnación no podemos entender ni comprender; así que nadie se atreva, soberbio, ni a despreciar ni contradecir lo que no entiende, sino que, atribuyéndolo al Espíritu Santo, lo entregue al fuego.

Pues que ya sabemos cuál es la Pascua que se debe comer, aprendamos ahora cuáles deben ser los que deben comerla. Prosigue: Y le comeréis de esta manera: tendréis ceñidos vuestros lomos. ¿Qué se entiende por los lomos sino los deleites carnales? Por lo que el Salmista pide (Ps. 25,2): Acrisola al fuego mis lomos o afectos; pues, si no supiera que el placer de la liviandad reside en los lomos, no pediría que se los acrisolase al fuego. De ahí que, como principalmente por el placer sensual prevaleció sobre el género humano el poder del diablo, de éste dice el Señor (Job 40,11): Su fortaleza está en sus lomos. Luego quien come la Pascua debe tener ceñidos sus lomos; es decir, que quien celebre la solemnidad de la resurrección y de la incorrupción, no debe estar ya sujeto a la corrupción por vicio alguno; debe domar sus apetitos y apartar de la lujuria su carne.

Así es que no ha aprendido aún qué cosa sea la solemnidad de la incorrupción quien, por la incontinencia, es todavía esclavo de la corrupción.

Duras cosas son éstas para algunos, pero angosta es la puerta que conduce a la vida, y tenemos ya muchos ejemplos de continentes. De ahí que todavía se añade con acierto: Tendréis el calzado puesto en los pies ¿qué son nuestros pies sino nuestras obras, y qué el calzado sino pieles de animales muertos? ¿Y cuáles son los animales muertos con cuyas pieles protegemos nuestros pies sino los Padres antiguos, que nos han precedido en la vida eterna? Cuando, pues, meditamos en sus ejemplos, protegemos los pies de nuestras obras. Luego tener puesto el calzado en los pies significa contemplar el camino que siguieron los muertos y evitar que a nuestras obras las hiera el pecado.

Teniendo un báculo en la mano. ¿Qué designa la Ley por el báculo sino la vigilancia pastoral? Y es de notar que primero se preceptúa tener ceñidos los lomos y después tener los báculos en la mano; porque los que ya saben dominar en sus cuerpos las inclinaciones de la lujuria, ésos son los que deben recibir el ministerio pastoral, para que, cuando predican a otros obligaciones fuertes, no caigan ellos flojamente en los suaves lazos de la molicie.

Y se añade rectamente: Y comeréis aprisa. Fijaos, hermanos carísimos, fijaos en que se dice: aprisa, apresurados. Aprended aprisa los mandamientos de Dios, los misterios del Redentor, los gozos de la patria celestial. Apresuraos a cumplir en seguida los preceptos que conducen a la vida, pues así como sabemos que hoy todavía se nos permite obrar, no sabemos si mañana nos será permitido. Por lo tanto, comed aprisa la Pascua, esto es, anhelad la solemnidad de la patria celeste. Ninguno sea perezoso en el camino de esta vida, no sea que pierda su puesto en la patria. Ninguno demore el cuidado de apetecerla, antes bien, lleve a cabo lo comenzado, no sea que luego no se le permita concluir lo que principió. Si no nos emperezamos en el amor de Dios, nos ayudará el mismo a quien amamos, Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre, en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

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En: San Gregorio. Obras Completas. BAC, Madrid, 1958, pp. 637-640.

La muerte cristiana

El cristianismo no disimula la muerte, no la reviste de máscaras que difuminen la tragedia, que disimulen las causas. Sólo el cristianismo es capaz de presentar la Muerte con su verdadero rostro. Porque sólo Jesucristo miró a la Muerte, frente a frente, tal cual es, y nos enseñó a mirarla así. Porque si eludimos su sombra tampoco veremos el verdadero esplendor de la Luz que la ha vencido.

 

En: COMANDI, M. Cuando las sombras se disipen. Una reflexión sobre la muerte cristiana. s/e, El Volcán, San Luis, Argentina, 2017, p. 42. El subrayado es nuestro

Libro recomendado

Es necesario que todo cristiano lea las Sagradas Escrituras, pues sólo leyéndolas se puede verdaderamente conocer a Jesucristo.

Ahora bien las Escrituras no pueden ser interpretadas por cada persona individualmente –esto es protestante-, sino que se leen al interior y con el sentir de la Iglesia, porque es de tremenda importancia que nos expliquen las Escrituras, así como Jesús a los discípulos de Emaús. San Agustín lo entendió de esa forma, cuando en sus Confesiones dice:

“Me alegraba también el que se me hubiera enseñado a leer las antiguas Escrituras de la Ley y los Profetas con ojos distintos (…) Me complacía oír lo que tu siervo Ambrosio repetía en sus sermones al pueblo: ‘que la ley escrita mata y que el espíritu vivifica’ (II Co. 3, 6). Y cuando levantaba el velo del misterio y descubría el sentido espiritual de los textos (…) no me escandalizaba por ellos”.

Esto es lo que pretende realizar el P. Comandi en esta obra suya: explicarnos las Escrituras, develarnos el sentido espiritual de las mismas. Pero dejemos que hable el P. Alfredo Sáenz, quien al presentar el libro realiza un elogioso comentario:

“He quedado realmente fascinado por el esclarecido comentario del Padre Miguel Ángel Comandi sobre tres milagros atestiguados por el Evangelio, donde se trata de la muerte y ulterior resurrección de diversas personas, un niño, un joven, un adulto (…) Los sucsivos comentarios del Padre Comandi están en espléndida continuidad, no sólo con el espíritu del Evangelio, sino también con las consideraciones que sobre dicho tema nos han dejado aquellos gigantes de la fe que fueron los Padres de la Iglesia, testigos vivos e irradiantes de la tradición católica”.

Al finalizar dicha presentación el P. Sáenz augura que “este libro será un solaz para todos los que se apresten a abordarlo” y concluye indicando que es un desposorio de espiritualidad, poesía y arte “demostrando así una vez más que la teología no es reductible a una mera exposición académica, sino una acceso al misterio rutilante y esplendoroso”.

Quede presentado –y recomendado- así este bellísimo libro del P. Miguel A. Comandi “Cuando las Sombras se disipen: una reflexión sobre la muerte cristiana”