Católicos ¿Por qué asistir al Encuentro de Mujeres Autoconvocadas?

Defensa CatedralSe acerca Octubre, y se viene a la memoria la imagen de pañuelos rojos, verdes, violetas, el sonido de bombos y gritos que suenan al compás de “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”, “Iglesia, basura, vos sos la dictadura”…

Frente a esto, y bajo el amparo de María Santísima, mujer por excelencia, me tomo el atrevimiento de escribir estas palabras sin la intención de ofensa ni falso heroísmo, sino simplemente de incentivar y despertar en cada uno de nuestros corazones la lucha por el deber que nos espera…desde el Sagrario.

Como todos los años, desde hace 30 años, se lleva a cabo el Encuentro Nacional de Mujeres Autoconvocadas (que de la esencia de la mujer verdadera muy poco tiene). Este año a desarrollarse en la ciudad de Mar del Plata, durante los días 10, 11 y 12 de Octubre.

Imagino que todos saben de qué estoy hablando; pero si no es así, aclaro que este Encuentro, bajo las notas de “espíritu autónomo, autoconvocado, autofinanciado, pluralista, democrático y horizontal”, y con el lema “El Encuentro somos todas”, recibe a más de 30.000 “mujeres” de todo el país para “reunirse, dialogar y debatir” (tan propio de este tiempo) temas como: familia, feminismo, aborto, anticoncepción, educación, género, etc., para nombrar algún ejemplo.

Sin embargo, sabemos que el tan nombrado “dialogo y debate” con las católicas no existe; por tanto, cuando no hay más lugar para el debate, puede ser que haya llegado la hora del combate, para que sólo Él defina la Victoria, nunca sin Cruz. Bien lo dice el Beato cardenal Newman: “Aquí vivimos para esforzarnos y soportar la tribulación: luego vendrá el descanso eterno”.

Ahora bien, ¿por qué participar de estos encuentros?

  • Porque defendemos el orden natural.
  • Porque tenemos la misión de defender la vida y la familia.
  • Porque por nuestra voz y presencia se puede salvar la vida de muchos.
  • Porque las gracias que recibimos son inmensas e incontables.
  • Porque amamos a esta Patria que lleva como enseña los colores de Nuestra Señora.
  • Porque amamos y defendemos a Nuestra Santa Madre Iglesia.
  • Porque debemos ser fieles a Cristo en todos los ámbitos y aspectos de la vida.
  • Porque debemos esforzarnos para que la Verdad y el Bien se impongan.
  • Porque es necesario testimoniar la verdad, ¡porque para esto hemos nacido!

Y este testimonio ¡es proporcional a la profundidad del amor… del amor a la Verdad Crucificada!

Por tanto, ¡no podemos permanecer al margen de estos sucesos! Porque tal vez, sin darnos cuenta aplaudimos con entusiasmo la película Cristiada o Un Dios prohibido, exaltados por el heroísmo de los mártires, o deseamos haber sido nosotros quienes estuvieron en las Cruzadas defendiendo la fe católica, y mientras, miramos para otro lado cuando Dios nos pide nuestra presencia real, aunque débil y falible, ahora, en nuestro tiempo.

Dice San Juan de Ávila: “Si Nuestro Señor regresó al cielo herido y llagado, ¿vamos
a ir sus siervos vestidos y bañados?”
; o como bien lo expresa el Padre Castellani “(…) Quieren llegar a ella sano y limpio el esquife, seca la ropa y todos los bagajes en paz, cuando solo se arriba a ella lanzando al arrecife el bote y atacando desnudo a nado el caz”.

No debemos olvidar que nosotros sólo somos frágiles y miserables instrumentos de los cuales, inmerecidamente, Dios se vale para que el Espíritu Santo obre. He aquí también la importancia de prepararse formativa y espiritualmente, porque es Él quien mueve los corazones. Por lo tanto, debemos en estos días previos en los cuales tantas pruebas hay, rezar y ofrecer sacrificios por sus almas, por las nuestras, por la rectitud de intención, y prepararnos para todas las gracias que nos esperan.

Pero sobre todo, no debemos desconocer que este combate, es ante todo espiritual. ¡Pensemos cómo nuestros ángeles guardianes combaten contra el Demonio! ¡Y esa presencia se nota! ¡Pensemos en la alegría que debe haber en el Cielo, en los momentos en que nos enfrentamos cara a cara con el mal! ¡Y con qué amor de madre la Virgen recibirá cada una de nuestras acciones y plegarias!

Recordemos que, llegada la hora, se nos pedirá cuentas del bien que realizamos y del bien que omitimos realizar. ¡Cristo nos pide estar ahí, este año en Mar del Plata! ¡Nos pide que dejemos las comodidades, que nos sacrifiquemos, y que ofrezcamos todo para Mayor Gloria Suya!

Y Él, que ve en lo más profundo de los corazones, sabe que más allá de lo que se ve exteriormente, este gesto tiene el valor invisible de querer honrarlo; y por tanto, que sean sólo para Él todos los méritos.

¡Viva Cristo Rey de la Patria y de nuestros corazones!

Prudencia Prim

La mujer

ChestertonMe escribe un corresponsal una carta de gran interés y competencia a propósito de ciertas alusiones mías a la cuestión de las cocinas comunitarias. Él las defiende lucidísimamente desde el punto de vista del colectivista calculador. Pero, como muchos otros de su escuela, parece no comprender que la cosa puede verse de otra manera, que nada tiene que ver con tales cálculos. Afirma que sería más barato que todos comiéramos a la misma hora, a fin de que usáramos la misma mesa. Es verdad. También sería más barato que todos durmiéramos a distintas horas, a fin de usar solo un par de pantalones. El asunto, sin embargo, no es lo barato que compramos, sino qué es lo que compramos. Es barato tener un esclavo. Y aún lo es más serlo.
Dice también mi corresponsal que la costumbre de comer fuera, en restaurantes, etc., está creciendo. Lo mismo, creo, que la costumbre de suicidarse. No es que quiera relacionar ambos hechos. Parece bastante evidente que un hombre no pueda salir a comer en un restaurante porque acabe de suicidarse, y quizá sería demasiado decir que se ha suicidado porque acababa de comer en un restaurante. Pero ambos casos, puestos uno junto a otro, bastan para demostrar lo falso y ruin de esa eterna discusión sobre lo que está de moda. La cuestión para los hombres de bien no es si algo está incrementándose, sino si estamos incrementándolo nosotros. Yo como en restaurantes con mucha frecuencia, pues así lo aconseja la índole de mi trabajo: pero si pensase que haciéndolo contribuyo a la difusión de la comida comunitaria, no volvería a pisar ninguno; me llevaría pan y queso en el bolsillo o sacaría chocolate de las máquinas automáticas. Y es que hay cosas cuyo carácter personal es sagrado. El otro día lo dijo perfectamente el señor Will Crooks: «Lo más sagrado es poder cerrar nuestra puerta».

Dice mi corresponsal: «¿No se ahorrarían nuestras mujeres la pesada tarea de cocinar y todas las preocupaciones que ello conlleva, quedando libres para dedicarse a la alta cultura?». Lo primero que se me ocurre decir es muy simple y forma parte, creo, de la experiencia de cada cual. Si mi corresponsal encuentra el modo de evitar que las mujeres se preocupen, será un hombre muy, pero que muy notable. Creo que el asunto es más profundo. Ante todo, mi corresponsal obvia una distinción que es fundamental en la naturaleza humana. Teóricamente, supongo que todo el mundo quiere verse libre de preocupaciones. Pero seguro que nadie quiere verse libre de actividades que preocupan. A mí me placería en extremo (lo digo como lo siento en este momento) verme libre de la penosa faena de escribir este artículo. Pero eso no significa que me gustaría librarme también de la penosa faena de ser un periodista. Que algo nos preocupe no quiere decir que no nos interese. La verdad es lo contrario. Lo que no nos interesa, ¿por qué habría de preocuparnos? Las mujeres se preocupan por el gobierno de la casa, pero son las más interesadas las que más se preocupan. Les preocupan mucho sus maridos y sus hijos. Y supongo que si estrangulásemos a estos y aturdiésemos a aquellos, les quedaría tiempo para dedicarse a la alta cultura. O sea, quedarían libres para preocuparse por la alta cultura. Pues las mujeres se preocuparían por eso tanto como se preocupan por cualquier otra cosa.
Yo creo que este modo de hablar de las mujeres y de su alta cultura es una excrecencia exclusiva de las clases que (a diferencia de la periodística a la que pertenezco) disponen siempre de elevadas sumas de dinero. Una cosa curiosa observo. Quienes sobre ello escriben parecen olvidar que existen las clases trabajadoras y asalariadas. Como mi corresponsal, dicen, eterna letanía, que la mujer es esclava del trabajo. Pues ¿qué es el hombre, por los clavos de Cristo? Esta gente se figura que todos los hombres son ministros. Hablan del hombre como si no pensara más que en conquistar poder, labrarse un porvenir, dejar huella en el mundo, mandar y ser obedecido. Esto quizá sea cierto para ciertas clases sociales. Los duques, por ejemplo, no son esclavos del trabajo; pero entonces tampoco lo son las duquesas. Las damas y caballeros de la alta sociedad sí están libres para dedicarse a la alta cultura, que de preferencia consiste en pasearse en coche y jugar al bridge. Pero los millones de hombres normales y corrientes que integran nuestra civilización no son más libres para dedicarse a la alta cultura que sus mujeres.
Diré más, no lo son tanto como ellas. La mujer ocupa una posición privilegiada respecto del hombre. Ella reina en un mundo en el que puede hacer lo que le plazca; la mayoría de los hombres han de obedecer órdenes y no hacer otra cosa; han de poner ladrillo sobre ladrillo monótonamente, sin hacer otra cosa; han de sumar cifras y cifras monótonamente, sin hacer otra cosa. Quizá el mundo de la mujer es pequeño, pero ella puede cambiarlo. Una mujer puede decirle cuatro verdades al comerciante de turno. El empleado que haga lo mismo con su jefe se verá por lo general de patitas en la calle, o –por evitar el vulgarismo– se verá libre para dedicarse a la alta cultura. Y sobre todo, como dije en un artículo anterior, el trabajo de la mujer es hasta cierto punto creativo e individual. Puede disponer las flores o los muebles según su fantasía. No creo que el albañil pueda hacer lo mismo con los ladrillos, sin grave riesgo de su persona y la del prójimo. Si la mujer ha de poner un simple remiendo en la alfombra, puede elegirlo por el color; pero no creo que al de la oficina de correos le esté permitido franquear un paquete según el color de los sellos, y preferir por ejemplo uno más barato porque es malva claro a uno más caro que es rojo chillón. Una mujer quizá no siempre cocine artísticamente, pero puede hacerlo. Puede variar la composición de una sopa de manera personal e imperceptible. Pero ¡ay del empleado que varíe de manera personal e imperceptible la cifras de la contabilidad!
Lo bueno es que la cuestión que aquí planteo, que es la verdadera, no se discute. Lo que se alega es una cuestión de dinero, no de personas. Lo que me parece falso no son tanto las propuestas de estos reformadores como su mentalidad y sus argumentos. Estoy menos seguro de que las cocinas comunitarias son un error como de que sus defensores están en un error. De entrada, desde luego, hay una gran diferencia entre las cocinas comunitarias de las que hablamos y las comidas comunitarias (monstrum horrendum, informe) que, con intención bárbara y diabólica, evoca mi corresponsal. Pero en ambos casos el error es el mismo: sus defensores no las defenderán como instituciones humanas. No les interesará el evidente hecho psicológico de que hay cosas que un hombre o una mujer pueden desear hacer por sí mismos. Cosas que él o ella han de hacer de manera creativa, artística, individual… en una palabra, mal. Una de tales cosas es, quién lo diría, elegir esposa. ¿Es otra elegir la comida del marido? Esta es la cuestión: que nadie se plantea.

Y ahora la alta cultura. Conozco esa cultura. Si puedo evitarlo, yo no liberaré a nadie para que se dedique a la alta cultura. Sus efectos sobre los hombres ricos que tienen tiempo para dedicarse a ella son tan horribles que resulta peor que ningún otro de los entretenimientos del millonario, peor que el juego, peor incluso que la filantropía. La alta cultura es creer que el poeta más pequeño de Bélgica es más grande que el poeta más grande de Inglaterra. Es perder todo sentimiento democrático. Es ser incapaz de hablar con un peón sobre deportes, sobre cerveza, sobre la Biblia, sobre las carreras de caballos, sobre la patria o sobre cualquier otra cosa de la que él, el peón, quiera hablar. Es tomarse la literatura en serio, como los aficionados. Es perdonar la indecencia solamente cuando es sombría. Los discípulos de la alta cultura llamarán pala a una pala solo si es para cavar tumbas. La alta cultura es triste, mezquina, desabrida, antipática, poco honesta y nada relajada. Es «alta», en suma: este epíteto abominable (que también se aplica al juego) la describe perfectamente.

No; si se me pide que liberemos a la mujer para otra cosa, quizá esté más dispuesto. Si se me promete, en privado y solemnemente, que las liberaremos para que bailen en las montañas como ménades, o para que adoren a alguna divinidad monstruosa, estaré más de acuerdo. Si se me asegura que las señoras de Brixton, tan pronto como dejen la cocina, se pondrán a aporrear tantanes y soplar cuernos en el bosque, convendré en que al menos son ocupaciones humanas y acaso divertidas. Las mujeres han sido liberadas para ser bacantes, para ser vírgenes mártires, para ser brujas. No les pidamos ahora que se rebajen al nivel de la alta cultura.
Yo tengo mis propias ideítas sobre la emancipación de la mujer, pero me temo que nadie las tomará en serio si las expongo. Apoyaré toda iniciativa que aumente la enorme autoridad de la mujer en la casa y su acción creativa en ella. La mujer, por regla general, es una déspota; el hombre, por regla general, es un siervo. Aprobaré toda propuesta que vuelva a la mujer más déspota. Lejos de querer que se traiga de fuera la comida hecha, deseo que cocine ella misma con mayor libertad e imaginación de lo que lo hace. Lejos de querer que vaya siempre por la misma comida al mismo sitio, deseo que invente, si le place, un plato todos los días de su vida. Que la mujer sea más hacedora, no menos. Y llevamos razón al hablar de «la mujer»; solo los canallas hablan de mujeres. Los hombres, en cambio, hablan de hombres, y esta es la gran diferencia. Los hombres representan el elemento democrático y deliberante de la vida. La mujer encarna el elemento despótico.

G.K.Chesterton (1905)

Lectio Divina II

En el siguiente enlace se puede leer la Introducción a esta categoría “Lectio Divina”. ________________________________

La creación del hombre

creación26 Después dijo Dios: “Hagamos al hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza; y domine sobre los peces del mar y las aves del cielo, sobre las bestias domésticas, y sobre toda la tierra y todo reptil que se mueve sobre la tierra”.

27 Y creó Dios al hombre a imagen suya;

a imagen de Dios lo creó;

varón y mujer los creó.

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Comentarios: Mons. Dr. Juan Straubinger

26. “La solemnidad de la fórmula indica claramente que se trata de la obra más importante. Dios entra en consejo consigo mismo, e invoca la plenitud de su ser, del cual es revelación la Trinidad” (Náca-Colunga). La creación del hombre difiere de las otras creaciones en tres puntos: a) En vez de dar una orden a la materia prima, es el mismo Dios quien pone mano a la obra; b) Dios crea el hombre según Su imagen y semejanza; c) el hombre es constituido señor de toda la creación visible. “Al hombre”: en hebreo sin artículo, lo cual quiere decir que ha de entenderse en sentido colectivo. Imagen y semejanza: San Basilio, San Jerónimo y otros Padres distinguen entre imagen y semejanza. Esta se referiría a los dones sobrenaturales, aquélla a los naturales. Los modernos, p. ej., Hummelauer, se inclinan a ver en la unión de ambos términos una expresión enfática, que significaría imagen perfecta. ¿En qué consiste la semejanza del hombre con Dios? No en el cuerpo, sino en el espíritu, que es un soplo de Dios (2, 7), una centella del Espíritu divino. “Dios creó al hombre por puro amor, y le dio como destino no solamente una existencia natural, sino que, movido por su afecto paternal, le hizo partícipe de la misma vida divina. Dios dio la vida a la creatura humana, pero al mismo tiempo la ensalzó por encima de sí misma, incorporándola a la naturaleza divina (cf. II Pedro 1, 4). Adán era, por medio de la gracia santificante, un verdadero hijo adoptivo de Dios y como tal también socio de la naturaleza divina. Y por cuanto esta “justitia originalis” había sido dada juntamente con la naturaleza, constituía un bien añadido a la naturaleza perfecta del hombre, y estaba destinada a ser transmitida a toda la humanidad” (Sheeben). En el Nuevo Testamento se restauró esta grandiosa idea de la semejanza del hombre con Dios mediante nuestra inserción vital en Cristo. Léase sobre este insondable misterio el primer capítulo de la Carta de San Pablo a los Efesios, especialmente el v. 10. Sobre Cristo como imagen del Padre véase Colosenses 1, 15 y Hebreos 1, 3. De ahí que algunos vean en esta expresión del Génesis al Hijo, quien es “todo en todos” (Colosenses 3, 11).

27. Tenemos en este versículo la primera prueba de la poesía hebrea, cuya característica es el paralelismo de los hemistiquios. Es de notar que toda la narración muestra cierto ritmo poético. Varón y mujer, es decir, varón y mujer aparte, dos individuos, no un individuo con dos sexos (cf. Mateo 19, 4). Tampoco creó varios géneros humanos, como San Pablo explica en el discurso del Areópago. (Hechos 17,26).

Mujeres torturadas

mama-e-hijo-caminandoEn su hogar, una mujer puede ser decoradora, cuentacuentos, diseñadora de moda, experta en cocina, profesora… Más que una profesión, lo que desarrolla son veinte aficiones y todos sus talentos. Por eso no se hace rígida y estrecha de mente, sino creativa y libre. Ésta es la sustancia de lo que ha sido el papel histórico de la mujer. No niego que muchas han sido maltratadas e incluso torturadas, pero dudo que jamás hayan sido torturadas tanto como ahora, cuando se pretende que lleven las riendas de la familia y, al mismo tiempo, triunfen profesionalmente. No niego que antes la vida era más dura para las mujeres que para los hombres. Por eso nos descubrimos ante ellas.

Es la misma Naturaleza quien rodea a la mujer de niños muy pequeños que requieren que se les enseñe, no cualquier cosa, sino todas las cosas. Los bebés no necesitan aprender un oficio, sino que se les introduzca en un mundo entero. El niño es un ser humano capaz de hacer todas las preguntas posibles, y muchas de las imposibles. Si alguien dice que responder a ese niño insaciable es una tarea agotadora, tiene razón. Si dice que es un cometido desagradable, admito que puede ser tan desagradable como el de un cirujano o un bombero. En cambio, cuando la gente dice que esa tarea femenina no sólo es cansadora, sino trivial y odiosa, se me hace imposible entender lo que quieren decir. Si odioso significa insignificante, descolorido e intrascendente, confieso que no lo entiendo. Porque decidir y organizar casi todo; ser ministro de economía que invierte y compra ropa, libros, sábanas y pasteles, ser Aristóteles que enseña lógica, ética, buenos modales e higiene… Todo esto puede dejar a una persona exhausta, lo que no puedo imaginar es cómo podría hacerla estrecha y limitada.

La manera más breve de resumir mi postura es afirmar que la mujer representa la idea de salud mental, el hogar intelectual al que la mente ha de regresar después de cada excursión por la extravagancia. Corregir cada aventura y extravagancia con su antídoto de sentido común no es -como parecen pensar muchos- tener la posición de un esclavo. Es estar en la posición de un Aristóteles o de un Spencer, es decir, poseer una moral universal, un sistema completo de pensamiento. Una mujer así tiene que hacer muchos equilibrios para arreglar y resolver casi todo, para adaptarse a lo que haga falta. Y hacer equilibrios puede ser propio de personas cobardes, que se arriman al más fuerte. Pero también define a las personas de carácter noble, que siempre se ponen al lado del más débil, como el regatista que equilibra un velero sentándose donde se necesite su peso. Así es la mujer, y su oficio es generoso, peligroso y romántico. Su carga es pesada, pero la humanidad ha pensado que valía la pena echar ese peso sobre las mujeres para mantener el sentido común en el mundo.

 

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Fuente: CHESTERTON, G. K. La mujer y la Familia, Ed. Styria, 2006, págs.  33-35.

La contemplación del misterio en los Encuentros de Mujeres Autoconvocadas

Las siguientes palabras son el testimonio (ser testigo) de una amiga, de una de las Mujeres que tan valientemente enfrentan las perversidades y canalladas del demonio en los Encuentros de Mujeres: “porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas” (Ef. 6, 11). Con gran entereza ha sabido mirar sobre los ropajes de este mundo y ha podido vislumbrar el Misterio que se encuentra detrás…aunque no haya palabras para expresarlo.

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soledades1La intención y finalidad última de este escrito, no es la de contar lo que es el Encuentro Nacional de Mujeres Autoconvocadas, sino reflejar un poco de lo que ellos provocan en cada una de las personas que asistimos, o por lo menos lo que produce en mí.

Uno nunca termina de comprender ciertas cosas o, por lo menos, nunca termina de profundizar el misterio que estas encierran; todavía no he podido profundizar en la totalidad de las cosas que estos encuentros provocan en cada uno de los que participan y en el grupo en general.

No soy capaz de expresar claramente lo que siento, es nostalgia y dicha, y sin embargo es muy distinto a ambas, observo y comprendo cosas a las que no se darles nombre, pero que invaden el corazón de amor, no puedo explicar con palabras lo que siento, lo que aun ahora brilla en mi como un ardoroso clamor. El lenguaje que conozco no sirve para interpretar lo que sucedió y sucede en cada uno de nosotros. Se nos ha revelado algo muy hermoso y profundo, se nos ha revelado una parte del Misterio. El Misterio de amor más excelso,  el de entregarlo todo por amor.

A una semana de lo vivido en Salta, y contemplando en silencio el misterio y la realidad de aquellos días, descubro que en cada encuentro se percibe al Amado, se pelea en Él y se descansa en Él. Percibo en la miseria de cada una de las mujeres que asistimos a los talleres, a la mujer varona que pela con inteligencia, ardor y amor por los principios que no se negocian, que lucha para que la mujer sea la imagen de la gloria del varón; que en estos tiempos de atropello a la femineidad y delicadeza, de igualitarismo falaces y antinaturales, ella se vuelve más femenina, más digna y complementaria con el varón, ya que lucha por conservar la unidad de la familia natural y cristiana, para preservar la inocencia de sus hijos (y en ella a la de todos los niños) y para ser “mujer varona” de su esposo.

Que hermoso misterio de amor el de estas mujeres que entregan su tiempo, formación, celo y carácter en la anunciación y defensa de la verdad, sin importar que ello signifique estar expuesta a toda clase de vejaciones. Estas mujeres comprendieron y respondieron a la pregunta que todo hombre se hace: ¿qué hemos venido a hacer en la tierra? Hemos venido a dar luz y entendimiento a los anhelos de almas sencillas que, debido a su ignorancia, confunden y entremezclan con avidez la fabulas con la realidad, para así rehuir de la angustia de tener que aceptar la espantosa amargura de una vida sin sentido; estas mujeres que comprendieron que la única igualdad posible no es convertirse en hombres ni repudiar los principales caracteres femeninos, ni convertirse en un “híbrido moderno”, al decir de Chesterton, sino que la igualdad está en ser cada uno lo que es conforme al designio del Creador, que la única igualdad con el varón es la complementariedad perfecta y exquisita que existe entre ambos.

Y cómo no hacer referencia a estos hombres, a estos caballeros cristianos que con heroísmo velan por el cuidado de sus mujeres, de los templos, que cumplen con el mandato natural y bíblico de ser cabeza de la mujer. Porque es a ellos a quienes se les ha otorgado el señorío y el imperio de la familia, porque son ellos quienes nos demuestran que la mujer solo es libre en la esclavitud del amor; porque su compañía, cuidado y atención hacia nosotras en estos encuentros nos hacen comprender el misterio del amor, ya que es su hombría, su entendimiento y nobleza lo que nos inspira a seguir combatiendo en anhelo de restaurar aquel sacerdocio que el hombre ejerce sobre la mujer confiriéndole lo santo, ya que anhelamos y queremos restaurar ese amor con que la mujer ama y se adhiere al varón. El asombro de los varones ante el misterio femenino, es prueba de la plenitud de su hombría.

Hemos llegado a la última encrucijada, hay que decidir. Es asunto de vida y de muerte, de todo o nada. Es tiempo de restaurar y trance de combatir, es tiempo de decidir si queremos darlo todo o continuar en la comodidad de nuestras complacencias y en “el hacer según nuestras posibilidades”. Debemos dar párvulo a este fuego juvenil, que es la llama del Espíritu Santo, reanimar este ardor callado y quieto y orar siempre para que lleguemos a ser nosotros mismos respondiendo al fin y al destino para el que fuimos creados. Es este, pues, el cristianismo que restaura todo en Cristo.

 

¡Firmes y Dignos!

 

Luthien Tinuviel