“¡Que bien estamos aquí!”

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Diviso el mundo entero

Y sin atreverme a mentir

Lo miro como lo has creado

“¡Qué bien estamos aquí!”

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Y me acuerdo de tantas gracias

Que de tus manos recibí

Y sin duda a veces exclamo

“¡Qué bien estamos aquí!”

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Y aún recuerdo al loco Pedro

Decir lo que yo oí

Aunque todo se venga abajo

“¡Qué bien estamos aquí!”

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Pero a veces me interrogo

Creo que inmanente fui

Olvide el cielo y pensé

“¡Qué bien estamos aquí!”

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Con gracias recibidas

Y con Cristo estando allí

En la Santa Misa dije

“¡Qué bien estamos aquí!”

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No basta para quien

Al empíreo quiere ir

Afirmar así nomás

“¡Qué bien estamos aquí!”

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Es menester esperar

Para poder, por fin, decir

Delante del Eterno, orar

“¡Qué bien estamos aquí!”

                                                                                                                            

Inés de Jesús

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Una tesis de Aristóteles en entredicho

Advertencia: Lo que sigue es tan sólo una breve reflexión surgida de una charla amical, sin el rigor científico que merecería dicha reflexión, pero apuntando algunos argumentos.

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¿Qué autor, alguna vez, no ha citado la frase con la cual Aristóteles principia su metafísica? Nosotros no queremos ser la excepción. Pero en nuestro caso es para ponerla en entredicho. En realidad no somos nosotros, sino el pensamiento hodierno.

La tesis a la cual nos referimos es, a saber: “todos los hombres tienen naturalmente el deseo a saber”. ¿Existe hoy tal deseo? Si es algo a lo que tiende el hombre naturalmente, la respuesta debe ser afirmativa. Para confirmar esto y mostrar la evidencia de lo dicho, el Filósofo plantea: “El placer que nos causas las percepciones de nuestros sentidos son una prueba de esta verdad”. Seguidamente agrega que las cosas nos agradan “independientemente de su utilidad”. Lo que nos lleva a deducir que existe un saber útil –como medio para- y un saber honesto –querido por sí mismo. Son dos tipos de saberes que se ordenan jerárquicamente: 1) el saber honesto, que se goza por sí mismo, en la contemplación y 2) el saber útil, que sirve a los efectos de medio para alcanzar otra cosa. Detengamos el paso aquí ¿Qué nos depara el tiempo presente con relación a lo dicho? Consideramos que hay una primacía notoria e indudable de los saberes útiles en detrimento, y aún en el olvido y casi desaparición, de los honestos, puesto que estos últimos no están en consonancia con los tiempos que corren.

Una causa de esta inversión tiene una clara raíz antropológica. Fue Pieper quien observó una radical transformación de la esencia del hombre y de su existencia. Hoy se ha concebido y constituido un nuevo concepto antropológico: la figura del trabajador. De esta manera la existencia humana poco a poco se comprime en los márgenes del trabajo –sumamente estrechos, por cierto. Recordemos que Aristóteles denominó las ocupaciones diarias con un nombre negativo “no-ocio”. Y a la vida de neg-ocio ni siquiera le da un lugar en los principales modos de vida que desarrolla en el Libro Primero de su Ética, y dice: “es algo violento”, no propio de la naturaleza humana –o de los “hombres libres”-, aunque sí necesario para sobrevivir y disfrutar del ocio: “trabajamos para tener ocio”. El trabajo es medio, el ocio es fin.

Pero qué es lo que ha sucedido, el trabajo se ha adueñado de la principalía de  la vida, se ha convertido en fin. Hay una inserción total del hombre en la planificación utilitaria de la sociedad. No hay grieta alguna para salir del estrecho cuarto que delimita la existencia del “hombre-trabajador”. Quien ha nacido entre esas cuatro paredes está prisionero y no lo sabe. Testimonio de ello ha podido dejar Platón quien supo describir plásticamente esta situación en el Libro Séptimo de La República.

El saber por saber hoy es totalmente desechado, aún en la Universidad. El porqué de las cosas, sus causas últimas y primeras son sutilezas inútiles –en el sentido peyorativo del término. A quien se le ocurra hablar de estas cosas podrá escuchar en el vulgo la misma risa socarrona de la muchacha tracia.

Para ir cerrando esta breve reflexión digamos que Aristóteles expresa una evidencia clara como la luz matinal, ayer y hoy. Pero si los ojos se cierran a la luz no la podrán ver aunque resplandezca como el sol. Hoy hay una cerrazón y un ofuscamiento de la razón que ha trastocado todo y no le permite ver tamaña evidencia. Se ha perturbado el ser, el hombre, su existencia, su finalidad. El “entredicho” en que se encuentra la tesis del estagirita no es su falta de tino sino el producto del insensato, maniático y desequilibrado pensamiento moderno que ha desplazado lo honesto por lo útil.

 

José Gastón

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Denostada actitud…

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Denostada actitud y empeño

De aquel que insiste voluntariamente

Obtener del Cielo costosamente

Intuición de Dios, de un ángel sueño.

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Porque es de Dios la inspiración premio

A aquel que intenta guardar celosamente

La Palabra, el signo, el Verbo valientemente

Y es preludio de lo puro, de lo simple, de lo eterno.

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Querer escribir forzado

Aquello que el espíritu no clama

Es obligar al sentimiento.

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Buscando discurrir porfiado

Las causas del corazón que ama

Es doblegar el pensamiento.

 

Inés de Jesús

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Algunas consideraciones para la crianza de los niños

A diferencia de la enseñanza que reposa en métodos, en técnicas y en el esfuerzo cognoscente, la crianza se basa en hábitos. Ésta es puramente formativa: forma la persona total o integral. Se basa más en el ejemplo, en el trato humano, en el conocimiento por connaturalidad. En ella juegan un papel decisivo los afectos, la sangre, el suelo; o dicho de otro modo: la familia, la herencia, la patria. La crianza es una educación hecha “a medida” de la persona; trata de sacar lo mejor de sus aptitudes naturales. Por tal motivo una educación que se permita prescindir de la crianza es una educación en crisis.

A este respecto daremos algunas consideraciones, que no pretenden ser exhaustivas, sino tan sólo ejemplificadoras. Analógicamente, podemos decir que los niños son como los árboles, necesitan del aire, de la tierra, del agua y de la luz del sol. Sus manitas tienen que ser como las raíces del árbol: enraizadas en la tierra. En nuestro mundo de plástico, de ciudades de cemento, de edificios carentes de patios -y de la artificialidad de la televisión, el celular y la computadora- es imposible que crezca cualquier planta, y parece imposible que crezca un niño con ojos cargados de admiración, pues no hay nada que suscite despertar el anhelo por la belleza. Para que esto último acontezca, para que los niños sean un verdadero fruto fecundo necesitan la experiencia directa y diaria de los campos, los bosques, los arroyos, los lagos, los océanos, el pasto y la tierra.

Los niños deben acampar bajo las estrellas, jugar en el barro, construir sus casitas de maderas ingeniándose las puertas, el techo, las paredes, hasta la forma de calefaccionarla. Deben salir al encuentro de dragones y centauros, de princesas y de caballeros que luchan por la justa causa del bien. Así la vida, su vida, su existencia, será preciosa, será una aventura y nacerán en el asombro y serán humildes, porque se sabrán pequeños, y esta humildad los hará alabar:

Los cielos atestiguan la gloria de Dios;

y el firmamento predica las obras

que Él ha hecho.

Así en la Creación, tanto en el día como en la noche, podrán escuchar, en el misterioso lenguaje de su silencio, el mensaje que todas las cosas creadas se trasmiten unas a otras. Tendrán un corazón bien puesto que los hará diestros para el misterio y capaces de develar algo de lo que tras las cosas se oculta. Y en última instancia, un corazón bien puesto es un corazón puro, y lo propio del corazón puro, que hay que cultivar toda la vida, es ver a Dios.

Desde pequeños a los niños hay que enseñarles a disponerse hacia el bien, a ser virtuosos. Así como muchas veces los padres envían a sus niños a que le enseñen algún deporte, a tocar un instrumento, de la misma forma se le debe enseñar a ser virtuosos, pues la virtud es un hábito, es decir, se debe practicar constantemente; de la misma manera como asiduamente practicamos con la guitarra para mejorar la técnica, de un modo semejante, ha dicho Aristóteles practicando la justicia nos hacemos justos; practicando la moderación, moderados, y practicando la virilidad, viriles. Por nuestras transacciones con  los demás hombres nos hacemos justos o injustos. Así, el adquirir un modo de ser de tal o cual manera desde la juventud tiene no poca importancia, sino muchísima, o mejor, total.

Por otra parte, debemos darle importancia a la lectura de cuentos, para que en lugar de dormirse con el celular en la mano, se duerman con la ilusión de despertar durante el sueño en ese cuento de hadas que se les ha leído, que no es otra cosa que el país soleado del sentido común.

De igual manera hay que acostumbrarlos al trabajo, desde pequeños y según sus posibilidades. Acostumbrar a los niños a trabajar desde pequeños es, primero, enseñarles a sopesar el trabajo de los padres, pero al mismo tiempo es ayudarles a que sean fuertes y no sientan el esfuerzo como algo penoso, sino como el camino necesario para alcanzar el gozo. Fr. Petit de Murat tiene unas páginas memorables en El amanecer de los niños sobre este tema cargadas de sentido común. Una de ellas refiere a la importancia de que el varón trabaje con sus manos, dice:

“Comprarles cosas de carpintería. Que hachen leña. El niño necesita de esas cosas de ingenio. Hay que ver la inteligencia del niño como se agudiza, cuando tiene en las manos un serrucho y un formón, y tiene que trabajar la madera y hacer alguna cosa; ¡y uno se siente artista!”.

A este trabajo hay que impregnarle el sentido profundo y trascendental, cuya idea hay que impregnar en el niño.

Al mismo tiempo los niños deben alimentarse de las prácticas católicas tradicionales: el rezo del rosario, las visitas al Santísimo Sacramento, el Vía Crucis. La oración es vital, es la respiración del alma, es ese impulso del corazón, del cual hablaba Santa Teresita, esa sencilla mirada lanzada hacia el cielo, que es un grito de agradecimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría. Enseñar a rezar, en familia, pero también en la intimidad de su habitación y de su corazón, el Padrenuestro, el Ave María y la oración al Ángel de la Guarda es indispensable. Es indispensable, también, hacerle entender que la oración es un diálogo con una Persona y que esa Persona lo ama infinitamente.

Un peligro real son las liviandades de todo tipo en nuestra sociedad, que hace que muchos padres conserven a sus hijos en un recipiente herméticamente cerrado. Esto muchas veces es contraproducente. No hay que censurar y cortar, hay que educar su inteligencia y su voluntad para que sepan decidir como verdaderos varones y mujeres, distinguiendo el bien del mal. J. Senior al referirse a los adolescentes expresa certeramente:

“Denles una catequesis fuerte, sermones serios, buenos ejemplos y ejercicio físico. Gobiérnenlos con firmeza, pero no los enfermen: déjenlos leer los buenos libros ‘peligrosos’, y déjenlos practicar deportes ‘peligrosos’, como el rugby y el montañismo. La condición humana supone que alguno se quiebre una pierna y peque, pero en una familia católica bien equilibrada las caídas serán pocas y los cuerpos y las almas se recuperarán”.

Una verdadera familia cristiana es capaz de trastocar el vecindario. Y muchas familias cristianas son capaces de transfigurar el mundo. Encender el fuego del Hogar comienza en el corazón simplísimo de los esposos que se aman y luego se propaga en los hijos. Este fuego, alimentado por el amor de Cristo jamás se consumirá, es más, se extenderá y provocará un incendio. Un incendio de amor.

Aquí, en este verdadero Hogar cristiano, el Sembrador tiene buen suelo donde sembrar su semilla, la cual de manera invisible, en secreto y lentamente comienza a crecer y, naturalmente, no tiene más que una sola dirección: el Cielo.

 

José Gastón

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Para que Él NO reine o Ley 1420

Con propósito de haberse cumplido, el 8 de julio, un nuevo aniversario de la Ley Nº 1420, dejamos el siguiente artículo que sirve de una somera aproximación para conocer las consecuencias, los argumentos -a favor y en contra- de esta nefasta ley. Como reza el título de la entrada, el objetivo de esta ley radica en que Él NO reine. En este enlace dejamos el artículo completo.

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En primer término, debemos dejar en claro que cuando hablamos de  “Ley” nos estamos refiriendo, en un sentido amplio, a toda norma que regula un acto u operación, cualquiera que ésta sea, en orden a un fin. “Las normas que las autoridades de las diversas sociedades promulgan  tienen por finalidad ordenar las acciones de los miembros de esas sociedades al bien común; si son justas obligan en conciencia, porque explicitan de modo concreto la ley natural”.[1]

Por lo tanto, toda la ley humana o positiva que atente contra el Bien Común[2], es decir, entre otros bienes, que atente contra la Verdad, a decir de Santo Tomás, no es ley.

a. La ley 1.420

La ley 1420 no fue algo espontaneo, sino completamente premeditado desde largo tiempo en la mente de los laicistas. No tan sólo fue una lucha en torno a cuestiones educativas, a más sociales o políticas, sino que fue a decir de Ibarguren una lucha religiosa. Lucha que comenzó a librarse hacia 1881: “El conflicto propiamente dicho estalló en 1881 en la provincia de Córdoba […] La tendencia anticlerical se manifestó con la insólita designación de profesores ‘libre pensadores’ en las vacantes para ocupar las cátedras de teología –nada menos-”.[3]

Pero el pleito religioso se agravo a raíz de la convocatoria al Congreso Pedagógico en el mes de agosto de 1.882: “el mismo fue integrado no tan sólo por liberales sino también por católicos, quienes al advertir su clara orientación anticlerical, abandonaron el recinto de sesiones del Congreso”.[4]

En dicho Congreso Pedagógico se colocó la piedra fundamental en la que se sustentaría el edificio de la ley 1.420.

El año 1.884 fue fatal, la mayoría liberal en el Congreso, salvo alguna oposición en el Senado, aprobó la Ley de Educación Común.

La ley 1.420 fue una copia de la Ley Ferry 1.882 en Francia, la cual en nombre de la libertad de conciencia y de la paz religiosa quitó a Dios de la escuela.[5] Es decir que el laicismo escolar francés es padre y modelo del laicismo escolar doméstico.

De esta manera podemos entender aquello de Castellani cuando se refiere a la escuela laica: “nos vino de afuera, armada y violenta. No era de aquí, no estaba en la tradición, y la dejaron entrar nuestros mayores por quién sabe que fatídica flojera, como a los gorriones y al sorgo de Alepo, creyéndola un gran progreso”.[6]

b. Algunos argumentos laicistas y su respuesta cstólica

  • Debemos respetar los derechos de los padres no católicos, de lo contrario disminuirá la inmigración. La enseñanza de obligatoria de la Religión Católica en la escuela oficial, será una barrera infranqueable.

Respuesta:

Rafael Igarzábal respondería: “Abrimos nuestras playas a todos los hombres del mundo no para que vengan a colonizarnos. Así, la libertad de cultos no debe entenderse en el sentido de que por cuatro disidentes debamos cambiar el tipo de nuestra educación nacional”.

Y añadiría Estrada: “para ganar un puñado de inmigrantes sacrificamos nuestra conciencia y nuestro mejor patrimonio. Naciones que sacrifican su carácter para fomentar su riqueza son tan infames como los hombres que inmolan su conciencia por un puñado de plata”.[7]

Podríamos agregar además que la mayoría de los inmigrantes no fueron anglosajones como quería Sarmiento, sino españoles, italianos, polacos católicos. Por otra parte, antes de 1884, habían llegado miles de inmigrantes y el “problema” no existía.

  • La Religión debe ser enseñada únicamente por los sacerdotes o ministros del culto, fuera del horario escolar.

Respuesta:

Goyena expresa: “(…) Será imposible que el reducido número de sacerdotes del país den la enseñanza religiosa a un gran número de niños”. Se crea así la imposibilidad de que los niños reciban educación religiosa a través de un subterfugio legal. Porque los maestros no están habilitados y los sacerdotes, por ser un número reducido, se ven imposibilitados de cumplir tal actividad. El mismo Goyena agrega, previendo las ideas oscuras de los laicistas: “Y, conocido el espíritu de la ley, no sería extraño que se pusiera a los sacerdotes dificultades para usar el recinto de la escuela, o que se combinase el horario de modo que la enseñanza religiosa fuera impracticable (…)”.[8] Tales pronósticos se cumplieron al pie de la letra.

  • La Religión es un asunto privado. Es un problema de la familia y de la Iglesia. Quien desee tal enseñanza que se la pague. Además, la enseñanza religiosa en la escuela pública es algo inconstitucional.

Respuesta:

La Constitución argentina empieza invocando el nombre de Dios, seguidamente expone que se debe sostener el culto católico, promoviendo la conversión al catolicismo a toda aquella parte de la población que todavía no se halle civilizada. Por tanto la Religión no es asunto privado sino que de ella, como quedó estipulado en la Constitución de 1853 –amén de las reservas consideradas en lo citado más arriba- es un elemento vital para mantener la unidad nacional.[9]

Por otra parte, es injusto que los padres deban costear la educación de sus hijos en una escuela privada, pues, con sus impuestos colaboran para el sostenimiento de la escuela pública. Es decir, que debe pagar por algo que no usan. Además, aquello padres imposibilitados de acceder a la educación privada, se ven obligados a enviar a sus hijos a la escuela laica viendo como destruyen la fe de sus hijos.

Así como hemos expuesto estos tres breves puntos, se pueden nombrar otros tantos atropellos contra el derecho de los padres a educar a sus hijos; por ejemplo, el monopolio abusivo de la educación por parte del Estado.  

c. El laicismo en la escuela: un camino sin salida

A pesar de que el laicismo es presentando con bombos y platillos como el sistema de la libertad, vemos en él ciertas contradicciones.

El laicismo no trae libertad de pensamiento, sino eclecticismo: “forma una cierta variedad de caracteres vagos, inconsistentes, que no cesan de balbucear, incapaces de soluciones, destinados a la ineficacia y que disimulan su debilidad  bajo su apariencia de objetividad científica”[10].

Nuestras diferencias decían provienen de nuestros prejuicios, de los “dogmas” y “verdades preestablecidas” a partir de las cuales nosotros pensamos. La meta de la educación sería, pues, el aprendizaje de una libertad absoluta del pensamiento y la ética. El pensar libre es descrito por Edmond Benzecri como: “estar en condiciones de desprenderse de todos los poderes engañadores […], externos e internos”.[11] Es, entonces, todo lo que es “otro” en lo que se corre riesgo de “perder la libertad”. ¿Podrán estos hombres rechazar las leyes físicas? ¿Podrán vivir fuera de los usos trasmitidos por la palabra, los hábitos sociales, la familia? ¿Podrán expresar lo que piensas, sin pedir prestado, el canal de una lengua heredada?

Así vemos que el laicismo rechazado el absoluto, el dogma y pregonando la libertad de pensamiento, se convierte en un dogma absoluto del pensamiento único. Y esto es lo que se vive a partir 1884.

d. El objetivo: la enseñanza religiosa

Más allá de la gratuidad y obligatoriedad, importa destacar que el punto central de esta ley era la abolición de la enseñanza religiosa:

  • Se deja de lado la enseñanza religiosa como objeto de la enseñanza (art. nº 1).
  • Se establece un mínimo de instrucción obligatoria del cual se excluye la enseñanza religiosa (art. nº 6).
  • Sólo se permite la enseñanza religiosa antes o después de las horas de clases y dada por los ministros autorizados del culto (art. nº 8).

Respecto a esto y profundizando algunos de las ideas explicadas en el punto anterior, como sostiene Guillermo Furlong[12], la ley 1420:

  • “es anti-argentina: porque está en contradicción con toda la tradición desde 1534 hasta 1884 a la vez que, tratándose de un pueblo como el nuestro, no es posible reconocer su historia y su literatura, sus creencias, sus sentimientos, sus tradiciones más queridas si no se conoce, y muy de cerca, a la Iglesia Católica […] y como no se ama lo que no se conoce, la enseñanza laica forzosamente, necesariamente, amenguará o extinguirá el verdadero y eficiente amor a la Patria”.
  • “es anticonstitucional […] porque una Constitución que invoca a Dios en su mismo preámbulo, que exige que el presidente sea católico[13], que sostiene el culto católico, que ordena la instrucción religiosa de los indígenas ¿no supone, no requiere, no exige que se conozca a ese Dios?”.
  • “es anticatólica, ya que excluye la enseñanza religiosa como asignatura, la hace imposible […]”.
  • “no atiende al sentimiento religioso del 95% de la población argentina que era católica”.
  • “Fue dictada por un Congreso que distaba de haber sido elegido ‘democráticamente’ (a causa del reconocido fraude electoral); y no tuvo en cuenta las más de 160.000 firmas que se pronunciaron en contra de esta ley”.

Acudiendo al Magisterio, nos parece “evidente, por tanto, que la libertad de que tratamos, al pretender arrogarse el derecho de enseñarlo todo a su capricho, está en contradicción flagrante con la razón y tiende por su propia naturaleza a la perversión más completa de los espíritus (…)”. “Solamente la verdad debe penetrar en el entendimiento, porque en la verdad encuentran las naturalezas racionales su bien, su fin y su perfección (…)”.Este es el fundamento de la obligación principal de los que enseñan: extirpar el error de los entendimientos y bloquear con eficacia el camino a las teorías falsas”.[14]

Ese es el deber del maestro: iluminar con la verdad y no seguir los caprichos de una pseudo-libertad como propone el laicismo, porque la autoridad del maestro es muy grande ante los oyentes y porque son muy pocos los discípulos que pueden juzgar por sí mismos si es verdadero o falso lo que el maestro les explica.

Por todo lo expuesto podemos terminar con aquello del Rvdo. Padre Leonardo Castellani:

“La religión de Cristo es la religión de la mayoría nacional; es la religión de nuestros muertos, de nuestros Padres, de nuestros Grandes […], es la única verdadera […]. ¿Se debe enseñar o no el cristianismo a los argentinos pichones? […] ¡Y qué otra cosa quiere enseñar, entonces!”.[15]

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NOTAS:

[1] PONFERRADA, G. Introducción al Tomismo. Club de Lectores. Bs. As., 1985, p. 155. Ley Natural que obliga a hacer el bien y evitar el mal, que se manifiesta en conservar el ser, la especie y a vivir en sociedad según normas racionales. A su vez la ley natural es una participación de la ley eterna.

[2] Para tener una somera idea sobre Bien Común, entre infinidades de libros y artículos, se puede leer el “Santo Tomás y el orden social”. En: SACHERI, C. Orden social y esperanza cristiana. Escipión, Mendoza, 2014.

[3] IBARGUREN, F. Nuestro ser nacional en peligro. Vieja Guardia, Bs. As., 1987, p. 134.

[4] Ibídem., p. 134-135.

[5] Cfr. RÖTTJER, A. La escuela argentina... op. cit., p. 11.

[6] CASTELLANI, L. Cristo… op. cit., p. 127.

[7] En: RÖTTJER, A. La escuela argentina... op. cit., p. 12.

[8] En: Ibídem., pp. 29-30.

[9] Cfr. Discurso de Pedro Goyena. En: RÖTTJER, A. La escuela argentina... op. cit., p. 28-29.

[10] CREUZET, M. La Enseñanza… op. cit., p. 19.

[11] L’Action Laïque, enero de 1962, p. 17. En: CREUZET, M. La Enseñanza… op. cit., p. 25.

[12] FURLONG, G. La tradición religiosa y la escuela en argentina. Teoría, Bs. As., 1957, pp. 83 y ss. En: DIEZ, M. Luces y sombras… op. cit., p. 90.

[13] Luego de 100 años se modificó esto. Con la reforma de 1994.

[14] Libertas Praestantissimun, nº 19.

[15] CASTELLANI, L. Cristo… op. cit., 133.

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La estudiosidad y la vida espiritual

A continuación dejamos un excelente artículo del maestro Dr. Alberto Caturelli, publicado en la revista Sapientia.

Para descargar AQUÍ

 

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El niño y el globo o estar contento en lo sencillo

Andrés cumplió cuatro años, y el festejo de su cumpleaños lo realizaron en un shopping, en el espacio destinado a los videos juegos o juegos electrónicos. Allí estaba él, entre medio de luces y ruidos, con varios amiguitos. No podemos decir que no estaba contento, pero no nos pareció ver la alegría genuina del juego por el juego. Entre juegos preestablecidos, minutos pautados y actividades administradas por una coordinadora fue pasando el tiempo.

Todo lo sucedido llevó a que realizáramos la siguiente y breve reflexión. Sabemos bien que en los últimos años la mercantilización de todo lo que gira en torno al niño es abrumadora, y el “festejo del cumpleaños” no está fuera de esta “oferta infantil”. El cumpleaños es un producto más que se compra y vende en el mercado. Ya no parece haber lugar en la casa para dicho festejo. Los padres no tienen tiempo de preparar un cumpleaños –aunque este sea ¡un día en trecientos sesenta y cinco que tiene el año!-“hogareño” como aquellos de antaño -bueno, tampoco tanto tiempo, ¿serán diez o quince años?-, donde los niños verdaderamente jugaban y recreaban su imaginación -recuerdo haber jugado a la mancha y todas las derivaciones existentes de ella que se inventaban en un instante, y a tantos otros juegos fruto de la imaginación-, donde el contacto y la relación con los otros era una necesidad. Hoy esto no es indispensable, es la máquina y el jugador, nada ni nadie más. Creo ver aquí una nueva forma de hacer perder a los niños la capacidad de compartir y de saberse contentar (estar contenido) con lo sencillo. Es cierto que las propuestas llamativas atraen su mirada, como esas publicidades que constantemente los bombardean y les hacen pedir todo y más de lo que ven, y que los padres, los tíos, los abuelos, quien sea, son los que se lo regalan, sin darse cuenta de que en realidad no lo necesitan. Son los mismos niños los que desmienten su “necesidad” de esos juguetes que salen en televisión, pues juegan un instante con lo que le han regalado y rápidamente pasa al olvido.

Todo gira en torno al consumismo. Y estos “mercenarios de la infancia” que ven en los niños simplemente a un consumidor –totalmente indefenso a los estímulos- se aprovechan de ellos y, también, por sobre todo, de la concepción materialista de las “personas mayores”, como gustaba decir a Saint-Exupéry. Pero el niño se burla de esto, y por eso abandona con tanta soltura los “juguetes” que le regalan, porque aún su mirada no está empañada por esta pseudo-cultura materialista, hedonista y consumista del poseer por el poseer mismo, y prefiere el barro, el agua, el insecto fantástico y desconocido, un palo convertido en espada y al instante siguiente en un brioso caballo con la crín al viento. La sencillez de su alma lo hace retornar al mundo de la fantasía y del juego por el juego; mundo, que lamentablemente, nosotros, las personas mayores, sin a veces darnos cuenta vamos convirtiendo en un suelo árido, porque las pretensiones de los niños por juguetes y más juguetes no son genuinas, sino creadas por la publicidad para vender un producto. ¿Acaso no nos damos cuenta? Si hasta nosotros, “personas con uso de razón” somos víctimas de este sabotaje.

Volvamos al cumpleaños para poder mostrar esto que hemos dicho. Casi al final de dicho cumpleaños ocurrió lo mágico, que despertó en Andrés la mirada alegre y la risa jovial. Un globo. Sí, un globo avivó en él tamaño desborde de vida. Al inicio del cumpleaños no parece haberlo registrado, pero ahora lo tiene entre sus manos, y lo lanza al aire una y otra vez; me llama para jugar y durante un largo tiempo hacemos lo mismo: lanzamos el globo al aire.

 

José Gastón

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Sobre abandonos silenciados de la niñez

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Por Gastón H. Guevara

La historia de la infancia nos muestra con argumentos contundentes cómo en períodos históricos pasados los hijos, por lo general de la nobleza o clase adinerada, se “abandonaban”[1] a los cuidados y crianza de una nodriza; y una vez crecidos volvían a integrar el núcleo familiar. El “sentimiento” actual sobre la infancia, nacido tal vez con la modernidad según Ariés, suele sentir repulsión al anoticiarse de estos hechos pretéritos y sobre las diversas condiciones que en torno a ellos se desenvuelven. Vociferan exclamaciones, hacen gestos de desdén, como quien no entiende tal práctica carente del mínimo afecto.

Ahora bien, en la actualidad ¿no existen casos similares de “abandono” que son silenciados? Así como aquellos otrora fueron tenidos por “comunes y corrientes” -y hoy por bárbaros-, los “abandonos” de hoy son silenciados porque se encuentran tras el velo de lo “común”.[2] No nos referimos aquí a aquella práctica que hasta hace relativamente poco tiempo se llevaba a cabo en los pueblos pequeños o en el campo, como era “prestar” un hijo a otra familia para que ayude en las diferentes tareas de la casa a cambio de que lo enviaran a la escuela. No hablamos de esto. Sí hablamos, por el contrario, de ciertos espacios que se han convertido en lugares de “abandono temporario”.

¿Cuáles son estos lugares? Uno de ellos puede ser la misma casa, cuando se emplea una “niñera” (la nodriza moderna temporaria), que cuida de los hijos cuando los padres están ausentes[3] la mayor parte del día por verse atareados con cuestiones laborales. Labores que, en muchos casos, van absorbiendo hasta la existencia misma: se vive para trabajar. Esto tiene, inexcusablemente, ciertas consecuencias en la crianza de los hijos: les impide jugar con ellos porque se van a trabajar cuando duermen y vuelven por la noche… cuando duermen. No pueden leerles un cuento, o, simplemente, se ven privados de contemplarlos. Demos un ejemplo: en los últimos años han aparecido cuentos tradicionales adaptados, para leerles a los niños antes de dormir. ¿Adaptados para los niños? No. Adaptados para los padres que no deseen perder tiempo; son cuentos que ¡sólo duran un minuto! El fin: ayudar a los padres que han de volver rápidamente a “ocupaciones más importantes”. Todo debe hacerse rápido. Chrónos, el devorador, va engullendo hasta estos pequeños y solemnes momentos. Los hijos son “abandonados” a las fauces de este dios despiadado que es el Tiempo –Chrónos-. Inculcándoles, tal vez sin querer, que su infancia es algo tan falto de importancia que deben convertirse lo más aceleradamente posible en una persona mayor. Caro al autor de “El Principito” es esta caracterización, pues para él una “persona mayor” son todos los que no han conservado los rasgos de la infancia. Y es interesante notar, además, que no usa la expresión “adulto”, ya que la adultez supone una etapa de la vida en la que usualmente se alcanza la madurez.

A cambio de aquellos cuentos, el mercado expande los productos “para niños”. Estos productos son “mejores” modos de entretenerse: “la play”, el celular. A diferencia del cuento estos artefactos no los llevan a la calma y la escucha sino a la estimulación y excitación de las luces y los sonidos.

Muchos, también, son los niños que viven en edificios, en departamentos asépticos y herméticos a toda intrusión de la naturaleza. También aquí los niños son “abandonados” a una nodriza, no ya de “carne y hueso”, pero que tiene un ascendiente de tamaña magnitud: la televisión. Vemos, además, que se hace casi imposible en las grandes ciudades salir a jugar a la calle por diferentes peligros a los que se pueden exponer los pequeños. Pero también porque las nuevas tecnologías raptan la atención del niño con vigorosa fuerza. Estas seducen la voluntad de los chicos y ocupan el lugar de la imaginación y la fantasía. Es triste: ya no quieren salir a jugar.

Otro espacio de “abandono temporario” lo podemos reconocer en lo que hoy se denomina “jardín maternal” y en tiempo pasado fue “guardería”. Para algunos padres, a pesar del nuevo nombre, sigue siendo una guardería. Andemos un poco por aquí. Si pensamos en aquello que Ariés remarca, en su ya clásico “El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen” (más allá de los aciertos y/o desaciertos de la obra), respecto al carácter normalizador, disciplinante y encorsetante de la escuela sobre la infancia, vemos que los niños son “institucionalizados” cada vez más pequeños. Para algunos padres, como decíamos más arriba, el jardín maternal no funciona como una institución escolar sino como una guardería, donde pueden cuidar al hijo durante cierto tiempo, lo que les permite trabajar despreocupadamente. ¡Y qué problema cuando hay paro, feriado u otro acontecimiento que no permita dejar a los niños en ese lugar! Los padres “no saben qué hacer” con sus hijos.

Estos niños poco a poco y de manera no consciente, simplemente siguiendo el ejemplo de las personas mayores se convierten en “hijos” de la prisa, incapaces de detenerse para ver. Y cuando llegan a una edad adulta, bien se les podría aplicar aquello de Saint-Exupéry:[4]

“Viejo burócrata, compañero mío aquí presente, nadie te ha hecho evadir jamás y tú no eres responsable de ello. Tú has construido tu paz a fuerza de cegar con cemento, como lo hacen las termitas, todas las salidas hacia la luz. Te has enroscado en tu seguridad burguesa […]. No quieres inquietarte por los grandes problemas. Ya tienes bastante trabajo con olvidar tu condición de hombre […]. Nadie se preocupó de sacudirte los hombros cuando aún era tiempo. Ahora, la arcilla de que estás formado se ha secado, se ha endurecido. Y nada, en adelante, será capaz de despertar al músico dormido, al poeta o al astrónomo que quizás habitaba en ti en un principio”.

Los niños no pueden ser poetas porque la infancia misma no tiene sentido en sí misma, sino en relación a un futuro de prisa y de trabajo. La infancia parece acortarse (si se nos permite hablar de ella como un período de tiempo); los niños y los jóvenes cada vez están más ocupados, más programados, más apresurados: de la escuela a la casa -y luego de una breve estadía- se van al “instituto de inglés”, y de ahí a practicar algún deporte o instrumento musical, que en muchos casos no se hace por el goce mismo de jugar o tocar algún instrumento, sino con la presión social de la profesionalidad, de ser el mejor.

A esto debemos sumarle el abandono más serio y triste: el espiritual. Muchos son los niños que hoy no conocen a Cristo, porque nunca se les ha hablado de Él. Esto es culpa de los padres, sí, por diversos motivos: sea por indiferencia, o por una fe débil quebrantada por las mentiras en torno a Dios y su Iglesia que proliferan en todos los ambientes, o por un odio visceral a todo lo referido a la Iglesia; sea lo que fuere el niño se ve privado de conocer a su mejor Amigo. La otra parte, que tiene una responsabilidad inexcusable en este terrible “abandono espiritual” de la niñez es la Iglesia –en su conjunto- que ha dejado de predicar la Buena Nueva, rechazando, algunas veces implícitamente y otras explícitamente, la evangelización, tildado a esta -despectivamente- de “proselitismo”, de falta de “tolerancia” o falta de “ecumenismo”, exponiendo erróneamente que “todos creemos en un mismo Dios”. Se deserta así del “Id y predicar a las naciones”, del “sí, sí; no, no”… en pro de una fe difusa, de una fe relativista.

Desde la hondura divina se escucha la Voz solemne de Cristo que lanza enojado,  nos dice el Evangelio, una colosal advertencia a los discípulos que no permiten que los niños se acerquen a Él: “Dejad que los niños vengan a mí y no los estorbéis” (Mc. 9, 13-14). ¿Acaso no son hoy los discípulos de Cristo los que no dejan llegar a los niños a Jesús? ¡Cuidado!, a quien obstaculiza a los niños el camino que los lleva hacia Él, Cristo les dice: “al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen una piedra de molino de asno y le arrojasen al fondo del mar” (Mt. 18, 6).

Ser padres no radica tan sólo en dar el ser al hijo sino, ineludiblemente, en dotarlo de eternidad.

Ésta, desde nuestra perspectiva, es una infancia abandonada ¿Qué estamos haciendo de los niños?

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NOTAS:

[1] El término correcto sería: delegar. Si bien hemos generalizado por demás, pues el objetivo del ensayo no es este, hay que hacer alguna aclaración: pues la Antigüedad se caracterizó, en muchos casos, por crasos abandonos y hasta infanticidios, costumbre que fue considerada horrorosa cuando esas costumbres se impregnaron de Evangelio.

[2] Debemos aclarar, antes de seguir avanzando, que lo que se pretende aquí es tan sólo plantear un punto de vista que permita corrernos del lugar común y poder ver tras ese velo de lo común.

[3] Hacemos notar que hablaremos de niños que pertenecen a cierta clase social (media, media alta), con el propósito de analogarla con aquella con la que abrimos el ensayo.

[4] SAINT-EXUPÉRY, A. Tierra de Hombres. Obras Completas, Plaza & Janés, Barcelona, 1967, p. 197-198.

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Visto en: Centro de Estudios Educativos “Rigans Montes”

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Santísima Trinidad

16 Porque así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna[1]. 17 Porque no envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo[2], sino para que el mundo por Él sea salvo. 18 Quien cree en, Él, no es juzgado, mas quien no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

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Comentario de Mons. Straubinger

[1] 16. “Este versículo, que encierra la revelación más importante de toda la Biblia, debiera ser lo primero que se diese a conocer a los niños y catecúmenos. Más y mejor que cualquier noción abstracta, él contiene en esencia y síntesis tanto el misterio de la Trinidad cuanto el misterio de la Redención” (Mons. Keppler). Dios nos amó primero (1 Jn. 4, 19), y sin que le hubiésemos dado prueba de nuestro amor. “¡Oh, cuán verdadero es el amor de esta Majestad divina que al amarnos no busca sus propios intereses!” (S. Bernardo). Hasta dar su Hijo único en quien tiene todo su amor que es el Espíritu Santo (Mt. 17, 5), para que vivamos por Él (1 Jn. 4, 9).

[2] 17. Para juzgar al mundo: Véase 5, 22 y nota.

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Comentario de  San Efrén (c. 306-373), diácono en Siria, doctor de la Iglesia.

Himno a la Trinidad

«Un solo Dios, un solo Señor, en la trinidad de personas y en unidad de su naturaleza» (Prefacio)

Refrán: ¡Bendito sea el que te envía!

Toma como símbolos el sol para el Padre
para el Hijo, la luz,
y para el Espíritu Santo, el calor.

Aunque sea un solo ser, es una trinidad
lo que se percibe en él.
Captar al inexplicable, ¿quién lo puede hacer?

Este único es múltiple: uno formado de tres,
y tres no forman sino uno,
¡gran misterio y maravilla manifestada!

El sol es distinto de sus rayos
aunque estén unidos a él;
sus rayos también son el sol.

Pero nadie habla, sin embargo, de dos soles,
aunque los rayos
son también el sol aquí abajo.

Tampoco nosotros decimos que habría dos Dioses.
Dios, Nuestro Señor, lo es,
también él, por encima de lo creado.

¿Quién puede enseñar cómo y dónde le está unido
el rayo al sol,
así como su calor, siendo libres.

No están ni separados ni se confunden,
unidos aunque distintos,
libres pero unidos, ¡oh maravilla!

¿Quién puede, escrutándolos, tener poder sobre ellos?
¿Y, sin embargo, no son ellos,
aparentemente tan simples, tan fáciles?

Mientras que el sol permanece todo él arriba,
su claridad, su calor,
son, un símbolo claro para los de aquí abajo.

Sí, sus rayos llegan hasta la tierra
y se quedan en nuestros ojos
como si revistieran nuestra carne.

Cuando nuestros ojos se cierran en el momento del sueño
como a unos muertos, los abandona,
a ellos que seguidamente se desvelarán.

Y cómo la luz entra en el ojo,
nadie lo puede comprender.
Así Nuestro Señor en el seno…

De esta manera Nuestro Señor se ha revestido de un cuerpo
con toda su debilidad,
para venir a santificar al universo.

Pero cuando el rayo vuelve a su fuente,
nunca ha estado
separado del que lo engendró.

Deja su calor para los que están abajo,
como Nuestro Señor
ha dejado el Espíritu Santo a los discípulos.

¡Contempla estas imágenes en el mundo creado,
y no dudarás,
en cuanto a los Tres, porque sino te pierdes!

Lo que estaba oscuro te lo he hecho claro:
cómo los tres hacen uno,
trinidad que no forma sino una esencia.

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Comentario del P. Diego de Jesús DIOS SOLO SE BASTA

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Libro recomendado

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