Discurso sobre la Hispanidad

Malaquías, el profeta, cinco siglos antes de Cristo, había anunciado a los sacerdotes judíos que llegaría un tiempo en que los sacrificios judaicos serían abolidos, y que, en su lugar, se ofrecería un sacrificio puro e inmaculado en todas las naciones del mundo, desde donde sale el sol hasta su ocaso. El cumplimiento de dicha profecía la llevo a cabo, por Providencia divina, la España de los Reyes Católicos, la España de la Reconquista, la España del Alcázar, la España eterna… la heredera de la Cristiandad.

El 12 de octubre no es tan sólo un acontecimiento histórico, sino, también, meta-histórico, es una fecha eminentemente Eucarística. Y, como ya dijimos, le tocó en suerte llevar tremenda hazaña a la católica España, que con gallardo tesón llevó a cabo el “Id y predicar a las naciones” que mandó nuestro Señor, y no fue sino a costa de grandes sacrificios. Es el poeta José María Pemán quien en pocos, elocuentes y hermosos versos sintetiza la misión de España:

Cuando hay que descubrir un Nuevo Mundo
o hay que domar al moro,
o hay que medir el cinturón de oro
del Ecuador, o alzar sobre el profundo
espanto del error negro que pesa
sobre la Cristiandad, el pensamiento
que es amor en Teresa
y es claridad en Trento,
cuando hay que consumar la maravilla
de alguna nueva hazaña, los ángeles que están junto a su Silla,
miran a Dios… y piensan en España.

Pero España no tan sólo cargó la gloria, también el agravio: fue insultada e injuriada a lo largo de los siglos por predicar el Nombre de Jesús. ¡Bienaventurada España!

La civilización que implantaba España en América tenía un carácter y sello absolutamente cristianos. Siendo esto así, la Iglesia había de tomar forzosamente parte activa y principal de esa magna obra. El mundo jamás vio apóstoles tan incansables y celosos como los misioneros en tierra americana; se debió a ellos, más que a las armas españolas, la conquista de América. Una conquista que era para Dios.

La Hispanidad así concebida y defendida, por ser el germen de la americanidad auténtica, no es otra cosa, en definitiva, que una de las expresiones capitales de la Cristiandad.

El hecho providencial de haber sido alumbrados a la vida de la gracia, el misterio inefable de haber sido incorporados al Cuerpo Místico del Redentor nos hace asumir y sostener la maternidad de España, y las maternidades son irrevocables. América:

¡Fundada en Cristo por misión de España…!

¡Oh excelsa engendradora, así engendrada,

Mi España ascensional mística y fuerte

Señora de la Cruz y de la Espada!

Que esta fecha que hoy conmemoramos sea un aliciente, un estímulo para honrar la memoria de aquellos que regaron con su sangre este continente. Ellos fueron los fundadores de nuestros pueblos, los artífices de nuestra cultura, los forjadores de nuestro carácter, de nuestras costumbres y tradiciones, en definitiva, los hombres heroicos que por medio de la Cruz y de la Espada hicieron nacer un nuevo continente a la Luz de Dios.

Muchas gracias.

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El Misterio: una causa por la cual desenvainar la espada

Quien no conoce aquella sentencia cartesiana que dice que el objetivo primordial es transformar la naturaleza y hacer al hombre amo de todo por medio de la ciencia y de la técnica. Esto lleva como consecuencia el rechazo al conocimiento contemplativo. Las nuevas formas de producción necesitaban de un conocimiento empírico. Descartes se adelantaba así a la Tesis XI de Marx.

A partir del siglo XVIII la idea del Progreso fatal y continuo –impulsada por Bacon y Descartes siglos antes- impregnará los ambientes más diversos. Este Progreso traía consigo la promesa de dominar la naturaleza, de la abundancia material, de la mayor felicidad para el mayor número de personas, y de la libertad personal sin amenazas: El progreso de las ciencias físicas y naturales determina el progreso de la Humanidad presente y futura. El futuro de la Ciencias dicta su futuro a la Humanidad.

Este progreso hizo creer que la técnica nos haría omnipotentes y que la ciencia nos volvería omniscientes. La “razón”, paradójicamente, tiene un gran poder de producir artefactos técnicos, pero a la vez se siente incapaz de dar respuesta a cuestiones que son vitales para el hombre, a cuestiones que explican nada más y nada menos que su razón de ser en el mundo.

De estos cientificistas, positivistas, ha dicho el genial Chesterton en Ortodoxia:

“Estos dilatadores del universo, no tenían nada que mostrarnos sino más y más infinitos corredores de espacio, alumbrados por soles tétricos y vacíos de todo lo que era divino (…) Pero yo sentía un tremendo cariño por el universo y deseaba tratarlo con diminutivo (…) Pues acerca de lo infinito había una especie de descuido que era lo opuesto del ardiente y piadoso cuidado que yo sentía con respecto a lo inapreciable y peligroso de la vida (…) Los árboles y planetas parecían cosas salvadas del naufragio –no podían perderse ninguna de esas cosas-, y cuando vi el Matterhon me alegré de que no se le hubiese olvidado en la confusión. Me sentía ahorrativo respecto de las estrellas como si fueran zafiros –así se las llamaba en el Edén de Milton-; atesoraba las montañas (…) Todo esto sentía yo y la época no me alentaba de ningún modo a sentirlo”.

El sentido de la realidad que se colige de este párrafo es el del límite y el misterio. La sola existencia de las cosas acentúa el misterio, y el conocimiento de las cosas produce el asombro: “Y en todo este tiempo –nos dice Chesterton cerrando la cita que antecede- no había ni pensado en la teología cristiana”.

En otro lugar, el alegre Chesterton, nos acerca la historia de un niño que intenta arrancar una pequeña plantita del jardín. Para ello solicita permiso, el cual es denegado con razones un poco vagas y que no superan el deseo que tenía de arrancarla y conocer cómo crecía. Así, una noche, intentó extirparla y no pudo. Esta tentativa se llevó a cabo durante varios días… y también años. Pasado un tiempo, este niño –que ya no era niño-, convocó a un grupo de fornidos varones, como un ejército, y entre todos trataron de arrancar la plantita día y noche. Se produjo, debido a esto, en escala infinitamente mayor lo que sucedió en tiempos ya remotos; en aquel entonces se cayó la cocina, al presente se registraron grandes cataclismos, se cayó la Gran Muralla, la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad.

Chesterton refiere esta alegoría a la Fe, nosotros al Misterio. Seguramente el inglés no estaría en desacuerdo con ello, porque cuando hablamos de Fe hacemos referencia necesaria al Misterio.

Casi finalizando dicho cuento Chesterton hace decir al niño de su historia:

“Ustedes me dieron una cantidad de razones complicadas e inútiles de por qué no debía arrancar este arbusto ¿Por qué no me dieron las dos razones verdaderas: primero, que no puedo, y segundo que estropearía todo lo demás si llegaba a intentarlo?”

En esta pregunta se encuentran los tópicos negados por el mundo moderno, pero imposibles de desterrar de la intimidad del ser: por un lado, que el misterio no puede ser desalojado, aunque sí ocultado de manera grotesca, como aquel que tapa el sol con una mano. Y, por el otro, que prevalece entre nosotros la insensatez, que lastima, lesiona y menoscaba nuestra relación con la realidad, que es siempre misteriosa.

La época moderna, que se abre camino con sendos errores en materia de razón y fe, como lo fueron el Nominalismo y la Deforma, trajo como corolario ineludible la exclusividad de una razón inmanente, cerrada en sí misma, que todo lo mide, lo cuantifica. La ciencia empírica hace sentir al hombre un semi-dios. El orgullo poco a poco carcome el escaso sentido común que le queda y profundiza el desprecio general por todos aquellos vestigios de orden natural y sobrenatural que aún perduran. Su mirada se vuelve tosca, seca, apagada, sin ningún brillo. La noche se cierne sobre su cabeza. Los árboles no conservan ya las antiguas canciones. El viento no dialoga con las flores. La vida se convierte en un letargo rutinario, un paisaje monótono y uniforme, donde todo es regido por el tiempo de reloj. Como producto de ello: la negación del Misterio.

La realidad ya no es misteriosa para el racionalista moderno: primero, porque el hombre está cierto de que se puede correr ese velo creado, según ellos, por la “armazón mítica” del misterio y de la fe. Segundo, porque al negar toda validez al conocimiento no científico, ingenuamente creen haber destituido y hecho desaparecer el misterio.

Ya lo dijimos, creen poder tapar el sol con la mano. A estos racionalistas les responde León Bloy: “No se puede prescindir del Misterio. Se puede vivir sin pan, sin vino, sin techo, sin amor, sin una dicha temporal, mas no se puede vivir sin el Misterio”.  No se advierte que el ente es siempre misterioso. No se advierte que la existencia misma es misteriosa. Misteriosa la identidad de cada persona. Incomprensible que yo exista o deje de existir. El que las cosas sean así y no de otra manera. El ser está envuelto en misterio. Y tanto, que mirarlo causa admiración y veneración.

Vayamos cerrando esta breve reflexión. Siempre hay causas por las cuales es menester desenvainar la espada. Ésta es una de ellas. Inaugurar una y otra vez nuestra mirada frente a las cosas. Retornar y cobijarnos bajo el ancho y radiante Misterio como aquel que se detiene, se arroba y se dispone a contemplar el cielo tachonado de estrellas. Y esto significa ser como niño.

Otra vez Chesterton, porque aun habiendo “descubierto el secreto de los ángeles, lo mejor y más útil que hacer podría, sería volver aquí a jugar con chiquillos”.

 

José Gastón

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Del seno de aquel que cree en Mí manarán ríos de agua viva

Obrando únicamente en Dios, con Él y por Él, el hombre de oración se coloca en el centro mismo de los corazones, sobre todos influye y a todos da la plenitud de la gracia de la que está informado.

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Van der Meer de Walcheren, Pieter. El paraíso blanco. DEDEBEC, Bs. As., 1943, p. 146.

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Libro recomendado

Es necesario que todo cristiano lea las Sagradas Escrituras, pues sólo leyéndolas se puede verdaderamente conocer a Jesucristo.

Ahora bien las Escrituras no pueden ser interpretadas por cada persona individualmente –esto es protestante-, sino que se leen al interior y con el sentir de la Iglesia, porque es de tremenda importancia que nos expliquen las Escrituras, así como Jesús a los discípulos de Emaús. San Agustín lo entendió de esa forma, cuando en sus Confesiones dice:

“Me alegraba también el que se me hubiera enseñado a leer las antiguas Escrituras de la Ley y los Profetas con ojos distintos (…) Me complacía oír lo que tu siervo Ambrosio repetía en sus sermones al pueblo: ‘que la ley escrita mata y que el espíritu vivifica’ (II Co. 3, 6). Y cuando levantaba el velo del misterio y descubría el sentido espiritual de los textos (…) no me escandalizaba por ellos”.

Esto es lo que pretende realizar el P. Comandi en esta obra suya: explicarnos las Escrituras, develarnos el sentido espiritual de las mismas. Pero dejemos que hable el P. Alfredo Sáenz, quien al presentar el libro realiza un elogioso comentario:

“He quedado realmente fascinado por el esclarecido comentario del Padre Miguel Ángel Comandi sobre tres milagros atestiguados por el Evangelio, donde se trata de la muerte y ulterior resurrección de diversas personas, un niño, un joven, un adulto (…) Los sucsivos comentarios del Padre Comandi están en espléndida continuidad, no sólo con el espíritu del Evangelio, sino también con las consideraciones que sobre dicho tema nos han dejado aquellos gigantes de la fe que fueron los Padres de la Iglesia, testigos vivos e irradiantes de la tradición católica”.

Al finalizar dicha presentación el P. Sáenz augura que “este libro será un solaz para todos los que se apresten a abordarlo” y concluye indicando que es un desposorio de espiritualidad, poesía y arte “demostrando así una vez más que la teología no es reductible a una mera exposición académica, sino una acceso al misterio rutilante y esplendoroso”.

Quede presentado –y recomendado- así este bellísimo libro del P. Miguel A. Comandi “Cuando las Sombras se disipen: una reflexión sobre la muerte cristiana”

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La pedagogía del corazón

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El amor de lo eterno a través de lo efímero

Ya no se sabe ser fiel porque ya no se sabe sacrificarse. Se condenan así a no conocer más que la superficie del objeto amado y, cuando esta superficie los desilusiona, a abandonarla por otra superficie ¡Cuánto más fácil es correr que cavar! Mas, quien quiera saborear la profundidad de una criatura, ése debe saber padecer por esa criatura.

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A ti que pasas y te desmoronas,

Te he buscado allende los días y las nubes,

En las playas invariables de la voluntad eterna…

He descendido a tus entrañas

Más lejos que los latidos de tu corazón,

Más bajo que la fuente de tus juramentos,

Hasta el solemne centro donde tu vida se anuda a la Vida

¡Hasta la creadora palpitación de Dios!

– ¡Amo tu alma!

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Libro recomendado

Discurso del Excmo. Sr. D. Pedro Laín Entralgo

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La cartuja

Este vetusto monasterio ha visto, 
secos de orar y pálidos de ayuno, 
con el breviario y con el Santo Cristo, 
a los callados hijos de San Bruno. 

A los que en su existencia solitaria 
con la locura de la cruz, y al vuelo 
místicamente azul de la plegaria, 
fueron a Dios en busca de consuelo. 

Mortificaron con las disciplinas 
y los cilicios la carne mortal, 
y opusieron, orando, las divinas 
ansias celestes al furor sexual. 

La soledad que amaba Jeremías, 
el misterioso profesor de llanto, 
y el silencio, en que encuentran armonías 
el soñador, el místico y el santo, 

fueron para ellos minas de diamantes 
que cavan los mineros serafines, 
a la luz de los cirios parpadeantes 
y al son de las campanas de maitines. 

Gustaron las harinas celestiales 
en el maravilloso simulacro, 
herido el cuerpo bajo los sayales, 
el espíritu ardiente en amor sacro. 

Vieron la nada amarga de este mundo, 
pozos de horror y dolores extremos, 
y hallaron el concepto más profundo 
en el profundo «De morir tenemos». 

Y como a Pablo e Hilarión y Antonio, 
a pesar de cilicios y oraciones, 
les presentó, con su hechizo, el demonio 
sus mil visiones de fornicaciones. 

Y fueron castos por dolor y fe, 
y fueron pobres por la santidad, 
y fueron obedientes porque fue 
su reina de pies blancos la humildad. 

Vieron los belcebúes y satanes 
que esas almas humildes y apostólicas 
triunfaban de maléficos afanes 
y de tantas acedias melancólicas. 

Que el Mortui estis del candente Pablo 
les forjaba corazas arcangélicas 
y que nada podía hacer el diablo 
de halagos finos o añagazas bélicas. 

¡Ah!, fuera yo de esos que Dios quería, 
y que Dios quiere cuando así le place, 
dichosos ante el temeroso día 
de losa fría y Resquiescat in pace! 

Poder matar el orgullo perverso 
y el palpitar de la carne maligna, 
todo por Dios, delante el Universo, 
con corazón que sufre y se resigna. 

Sentir la unción de la divina mano, 
ver florecer de eterna luz mi anhelo, 
y oír como un Pitágoras cristiano 
la música teológica del cielo. 

Y al fauno que hay en mí, darle la ciencia 
que al Ángel hace estremecer las alas. 
Por la oración y por la penitencia 
poner en fuga a las diablesas malas. 

Darme otros ojos; no estos ojos vivos 
que gozan en mirar, como los ojos 
de los sátiros locos medio-chivos, 
redondeces de nieve y labios rojos. 

Darme otra boca en que queden impresos 
los ardientes carbones del asceta; 
y no esta boca en que vinos y besos 
aumentan gulas de hombre y de poeta. 

Darme otras manos de disciplinante 
que me dejen el lomo ensangrentado, 
y no estas manos lúbricas de amante 
que acarician las pomas del pecado. 

Darme otra sangre que me deje llenas 
las venas de quietud y en paz los sesos, 
y no esta sangre que hace arder las venas, 
vibrar los nervios y crujir los huesos. 

¡Y quedar libre de maldad y engaño, 
y sentir una mano que me empuja 
a la cueva que acoge al ermitaño, 
o al silencio y la paz de la Cartuja!

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Rubén Darío

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Nuevo libro en la Biblioteca

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De ocio y contemplación

No es por mucha actividad
Que el alma encuentra el reposo
Sino que se encuentra el gozo
Conociendo la verdad.

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Pero entre negocio y vanidad
El hombre su alma pierde
Porque la acedia lo hiere
En su afán de contemplar.

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El único modo de hallar
La dicha eterna y el ocio
Es buscar a Dios en todo
Hasta en la misma actividad

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Porque el ocio jamás será
Sinónimo de alma marchita
Es la serena alegría
de quien goza en realidad.

 

Ines de Jesús

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