El Padre Brown entre la justicia y la misericordia

El último crimen

Empero, a pesar de esta reconciliación con Dios, Flambeau vuelve a sus andanzas. Lo podemos deducir de lo siguiente: “El más hermoso crimen que he conocido -dijo Flambeau un día, en la época de su edificante vejez- fue también, por singular coincidencia, mi último crimen” (El candor, p. 81). De aquí se colige que aquel robo de la vajilla de plata no fue el último.

Flambeau, el artista del hurto, había logrado hacerse con tres famosos diamantes africanos llamados “Las estrellas errantes”, huyendo con ellos a través del jardín y saltando de árbol en árbol con agilidad felina. El P. Brown, que a esas alturas había reparado quién era el criminal, con una presteza y prontitud poco natural en él, echó a correr para poder atrapar al ladrón. Una vez que dio con él, oculto en lo más alto de la copa de un árbol, gritó: -“¡Flambeau!”. El grito funcionó como una especie de soga invisible que lo inmovilizó. Lanzó un quejido y se sentó sobre una gruesa rama que se arqueó un poco debido a que su huésped era bastante vigoroso. Aquí comienza el principio del fin de la vida criminal de Flambeau.

El P. Brown que ya conocía la presteza magistral para el robo y, además, los rincones del alma del hombre sentado en el árbol, comienza por destacar su ingenio, su perspicacia y sutileza en el substracción de los diamantes. Flambeau lo escucha. A pesar que el camino está allanado para la fuga, la pequeña figura sacerdotal y sus palabras tienen un poder hipnotizante; la sombra, que a la luz de la luna toma un matiz plateado, no se mueve. Este es el marco donde se desenvuelve el crucial y concluyente sermón del P. Brown: “Quiero que me los devuelva usted, Flambeau, y quiero que abandone usted esta vida. Todavía tiene usted bastante juventud, buen humor y posibilidades de una vida honrada (…) Los hombres han podido establecer una especie de nivel para el bien. Pero, ¿quién ha sido  capaz de establecer el nivel del mal? Ese es un camino que baja y baja incesantemente (…). Ya sé, Flambeau, que ante usted se abre muy libre el campo, ya sé que se puede usted meter por él como un mono. Pero un día se encontrará usted con que es un viejo mono gris, Flambeau. Y entonces, en su libre campo, se encontrará usted con el corazón frío y sintiendo próxima la muerte, y entonces las copas de los árboles estarán muy desnudas…” (El candor, p. 98). Tres diamantes como tres rayos cayeron sobre el césped y el pájaro de plata voló.

A Flambeau lo volveremos a encontrar, pero ahora como compañero de aventuras del P. Brown. En una de esas aventuras, podemos observar la altísima estima que el P. Brown tiene por su hijo espiritual: -“Flambeau, allí, bajo el alero, hay un banco donde podemos fumar un poco, resguardados de la lluvia. Es usted mi único amigo en el mundo. Necesito hablar con usted, o tal vez, callar junto a usted” (El candor, p. 155). Este párrafo es delicioso, el melancólico cura quita el velo de su corazón y declara sin ambages el amor benevolente para con el converso Flambeau. Nos enseña, además, que la amistad es lo más necesario para la vida. En efecto, como dijo Aristóteles, sin amigos nadie querría vivir, aunque tuviera los otros bienes. Mas, hay que tener en cuenta que un verdadero amigo es el que quiere el bien para mí, por ello es necesario que sea compañero de virtudes, pero no de vicios. ¡Y cuánto amor hay en este acto! ¡Cuánta entrega! El Padre Brown desde siempre quiso el bien de Flambeau, y sobre todo el bien de su alma.

Al final, cuando la amistad es tan perfecta, ya ni siquiera hace falta la palabra del amigo, porque el silencio lo llena todo. Dos que se hablan pueden comunicar parcialmente pero la palabra se agota en los labios. En los momentos solemnes de la vida comunicamos sólo a través del silencio.

Una vez retirado de ambas profesiones, Flambeau, se aquerenció en un castillo de España. Cambió su nombre por el de Duroc, pues el otro era un nombre de guerra. Allí conoció a una agraciada dama española con la cual se casó, convirtiéndose prontamente en padre de una considerable descendencia. Ahora el macizo castillo, la viña y las verdes tierras del  huerto junto a la ladera oscura de un monte es el refugio de un alma que supo, con la ayuda de un sacerdote, encaminarse al cielo.

***

El fuego se extinguía, G. Chace se había retirado, en la habitación quedaron solos los dos amigos. El humo de la pipa del P. Brown se elevaba serpenteando y formaba una ligera niebla contra el techo, Flambeau degustaba  un vaso del buen vino de su viña. Sus miradas se hallaban como perdidas en fulgor que desprendía el fuego. En torno a ellos, el silencio.

Gastón H. Guevara

El Padre Brown entre la justicia y la misericordia (2/3)

La conversión de Flambeau

Si hay un acto paradigmático de misericordia, es sobre aquel famoso delincuente francés: “La Hoguera” –más conocido por nosotros en su idioma de origen, Flambeau.

Este personaje aparece en el primer “crimen” –o intento del mismo- que resuelve el P. Brown, “La Cruz azul”, y en casi todos los subsiguientes. Su particular presencia, secundaria si la comparamos con la del sacerdote, tiene, si la miramos desde ángulo indicado, una preponderancia que merece nuestra atención. Se nos muestra el particular proceso de conversión; del cual es participe principal nuestro bondadoso sacerdote, verdadero pastor que va en busca de la oveja perdida

Pongamos en contexto el momento en el cual este pastor de almas increpa al malhechor y lo exhorta a la conversión.

Su epicentro fue el Vernon Hotel. Flambeau, con ingenio prominente, se hace de la vajilla de plata con la que habían cenado Los Doce Pescadores Legítimos; cuando está dispuesto a retirarse se encuentra en el vestíbulo con el P. Brown –aunque no lo reconoce por la escaza luz-. Se establece entre ellos un pequeño diálogo y Flambeau se percata que ese regordete vestido de negro sabe de su crimen. Por tal motivo, con la celeridad y gatuna elasticidad que lo caracterizaba, salta el mostrador que lo separa del cura, y se abalanza sobre él tomándolo por el cuello: “¡Quieto! –le dijo con un resoplido-. No quiero amenazarle a usted”. El P. Brown parecía un insecto que está a punto de ser aplastado, la enorme mano abrazaba todo su frágil pescuezo. Mas, a pesar de que sus pies rozaban apenas el piso, responde vehementemente, y su voz resuena como redoble de tambor, como cuerno de batalla: “Pero yo sí quiero amenazarle a usted con los calores eternos y con el fuego que no se extingue”. Atónito y ofuscado momentáneamente, responde el morrudo interlocutor: –“Es usted un extraño bicho de vestuario”. –“Soy un sacerdote, monsieur Flambeau, y estoy dispuesto a escuchar su confesión” (El candor, p. 67). Sorprendido y desconcertado, soltó de súbito al sacerdote y echándose hacia atrás cayó rendido en una silla. Rendido, sí, pero no frente al sacerdote, sino frente a los silbos amorosos de Aquel a quien éste representa. Pero en ese caer se hace manifiesto un levantarse del alma que hasta ese momento estaba hociqueando en el fango. Como el hijo pródigo, Flambeau retorna a la casa del Padre.

Para comprender, y extasiarse, en la nobilísima misericordia de Dios, de la cual el curita es embajador, hay que contemplar la realidad extensa y profunda del pecado. El pecado petrifica el corazón, divide el alma jalonada por todos los vicios, expulsa al hombre de su interior, lanzándolo al mundanal ruido. Pero la gracia, por singular  mediación del P. Brown, hace posible que lo que estaba dividido se haga uno nuevamente, que su dispersión exterior se concentre y vuelva a encontrarse a sí mismo, y en ese encontrarse, en recta concepción agustiniana, encontrarse con Aquel que es más íntimo que mi alma.

En posterior escena, al ser consultado por el paradero del ladrón, el P. Brown reconoce con cierta cuota de humor y seriedad: “Su verdadero nombre lo ignoro; pero algo conozco de su fuerza para el combate y de sus problemas espirituales. Me formé la primera idea cuando trató de estrangularme, y de los segundos, cuando se arrepintió” (El candor, p. 74). La respuesta del sacerdote tuvo como contrapartida una estruendosa carcajada del joven Chester y su subsiguiente expresión: -“¡Hombre! ¿Con que se arrepintió?”. Pregunta repleta de sorna, pues lo menos que le importaba era eso, lo que él hubiese deseado es que fuese apresado y condenado a prisión. Lo postrero que se dijo le permite al P. Brown la siguiente reflexión acerca de los ricos y las riquezas, como sigue: “¿Es muy raro que un vagabundo aventurero se arrepienta, cuando tantos que viven entre la seguridad y las riquezas continúan su vida frívola, estéril para Dios y para los hombres?” Para acabar por mostrar que hubo en el ladrón un verdadero arrepentimiento: “Si duda usted de la verdad de la penitencia, no tiene usted más que ver esos cuchillos y tenedores” (El secreto, p. 75). El Padre señala el aspecto material de la penitencia y no el espiritual debido a que la mirada de este personaje se detiene en la costra, sufre, inevitablemente, un aburguesamiento del espíritu que solo reconoce en el horizonte el polvo, pero no las estrellas. Por último el coronel le pregunta–“¿Ha ocultado usted a ese hombre? “-Sí –contestó-. Lo ha ocultado de los “jueces”, de la gente “decente”, pero no lo ha soltado: “Yo lo he pescado con el anzuelo invisible y con el hilo que nadie ve, y que es lo bastante largo para permitirle errar por los términos del mundo, sin que por eso se liberte” (El secreto, p. 75). Ese anzuelo y ese hilo, como veremos renglones más abajo, convierten al P. Brown en un pescador de hombres.

Flambeau, y tantos otros, apreciaron la caridad y el trato paternal del pequeño sacerdote, no quedándoles más remedio que doblegar las piernas. La caridad pudo romper la coraza de hierro que cubría el corazón. Años más tarde esta apreciación será confirmada por el mismo Flambeau a G. Chace, junto al fuego del hogar, luego de que este último pusiera en duda el “método” de su buen amigo cura. Dice Flambeau: “Tanto mis jueces como mis perseguidores tuvieron que habérselas con verdaderos crímenes. ¿Y cree usted que no conozco modo de juzgarlo y reprenderlo? ¿No he sufrido el juicio de los justos y la mirada fría de los respetables? ¿No he soportado sus enseñanzas frías y distantes? ¿Y cree que no me han preguntado cómo es posible caer tan bajo, y que no he oído decir que no hay ni una sola persona decente que pueda ni soñar en esas bajezas? ¿Creerá usted que todas estas observaciones no sirvieron para otra cosa sino para hacerme reír? Únicamente cuando mi amigo me explicó la motivación exacta del móvil de mis robos, solo desde entonces dejé de robar”. (El secreto, p. 191).

Flambeau denuncia la farisaica justicia de los “justos”, justicia con sabor a venganza, justicia que no devuelve al orden al juzgado sino que lo envilece aún más, justicia que mira la paja en el ojo ajeno y hace caso omiso a la viga en el suyo. En el anverso de esta caricatura de la justicia, se encuentra la justicia y la misericordia cristiana que el P. Browm lleva a la práctica y que fue la única que pudo tocar las fibras íntimas de su corazón, y por medio del corazón la inteligencia. Las palabras y la mirada del sacerdote, se convierten en la Palabra y la Mirada del Padre que conmueve el corazón ensombrecido. Y una nueva luz, como un amanecer que despunta, habita en el corazón de Flambeau. El P. Brown ama profundamente a este ladrón y le desea que esté en Dios.

Gastón H. Guevara

El Padre Brown entre la justicia y la misericordia (1/3)

Entre los grandes detectives que nos señala la historia nos encontramos con, al parecer el primero, Chevalier August Dupin (Poe), al cual debemos agregar otros dos de los más descollantes investigadores privados, de una talla superior e inigualable, hablamos, ni más ni menos, de Sherlock Holmes (Doyle) y de Hércules Poirot (Christie). A esta selección, completamente arbitraria que hemos realizado de seculares investigadores, debemos añadir uno, de otra especie y variedad, pues es un tanto heterodoxo respecto al método científico y deductivo de los primeros. Alguno podrá decir que no se puede comparar a la talla de aquellos, y es irrefutable tal afirmación, el personaje que aquí presentamos es más bien de talla baja y regordeta, como un globo terráqueo al cual le han incrustado miembros superiores e inferiores. Hablamos, sin más preámbulos,  del tipo de investigador religioso, del cura-detective, del incomparable Padre Brown (Chesterton).

Este sacerdote, con su aire desharrapado, no da crédito alguno a aquel que lo trata por primera vez. A simple vista le parece ingenuo, en el sentido peyorativo, y en consecuencia erróneo, con que hoy se usa ese término. Desconoce que detrás de la desprolijidad que atestigua su porte hay una mente lúcida, una intuición profunda, una sagacidad penetrante. Concomitante a esto, y a diferencia de los investigadores al principio nombrados, que aplican en la resolución de sus casos la concepción positivista de la ciencia “que estriba en salirse del hombre y estudiarlo como si fuera un insecto gigante; mantenerlo dentro de la luz fría e imparcial; en lo que yo diría una luz muerta y deshumanizada” (El secreto, p. 11-12), el P. Brown, sin dudar que aquella forma de investigar pueda dar resultados, prefiere otro “método”. Método que develará después de más de dos décadas de actividad detectivesca en la casa de su entrañable amigo Duroc.

Un ejercicio religioso

La noche se cerraba sobre el suelo castellano y al interior de la habitación el fuego de la estufa se entrecortaba en las figuras que se guarecían a su calor. Las sombras que se proyectaban sobre la pared blanca y desnuda del fondo daban segura impresión de las diversas composturas físicas. Una de ella delgada, estaba sentada y tendida hacia adelante, como quien escucha, pero a pesar de esta disposición se notaba su presteza de hombre joven. La otra figura, de pie, que doblaba en tamaño a la precedente, iba sirviendo vino directamente del barril, en ello se podía apreciar los gráciles movimientos de alguien que en su juventud los hubiera practicado constantemente. Por último, una pequeña figura era dibujada sobre la pared, era la mitad de alta que el primero, y la mitad de ancha que el segundo. Por los gestos realizados, parecía que él era quien hablaba. Grandison Chace, dueño de la sombra delgada, interpelaba a la figura regordeta acerca del secreto de su método detectivesco… si algo como un método podía aplicarse a su forma de trabajar. Entre tanto dimes y diretes, la figura rechoncha del P. Brown accede, con parca resignación, a dar a conocer su procedimiento, a descubrir su secreto.

Con pasmosa sorpresa G. Chace escucha del sacerdote lo que sigue: “Fui yo quien maté a todas esas personas” (El secreto, p. 10). El calor del fuego parecía arder en el rostro desencajado del entrevistador, que súbitamente se echó hacia atrás en su silla. Con asentada calma el Padre Brown, que sopesa continuamente sus palabras, siguió con su exposición: “Yo mismo había planeado cada uno de esos asesinatos cuidadosamente. Me había imaginado con todos los pormenores cómo se podía llegar a semejante cosa y en qué estado mental podría hacerse. Y cuando estuve completamente seguro de que el asesino había sentido lo que yo, entonces, naturalmente, sabía quién era” (El secreto, p. 10).

De lo dicho podemos inferir que nuestro sacerdote, con brillante penetración, hace un viaje a las profundidades de la psique humana. Es un trabajo arduo que le llevó demasiado tiempo lograrlo. Es que es bastante tiempo el que le lleva a uno sentir las cosas con esta crudeza. Tomemos un ejemplo de un caso particular, que nos va a ser útil para entender el método de manera global: “Intenté desbrozar mi mente de todos los atributos saludables y de buen sentido constructivo que he tenido la suerte de aprender y heredar. Cierro despiadadamente todas las ventanas a través de las cuales entra la buena luz diurna del cielo; imaginaba una mente cuyo calor solo viniera del horno rojo de las profundidades, fuego que iba echando rocas y creando abismos hacia lo alto…” (El secreto, pp. 185-186). Se cierra sobre sí mismo y pretende recrear el estado mental del otro; estado mental que lo convierte, frente a la mínima oportunidad, en un criminal. No se detiene en lo que los sentidos y los juicios de los demás atestiguan, esto solo le sirve de excusa para un análisis más profundo y personal. Tal vez la gracia de su ministerio sacerdotal y los años de impartir el sacramento de curación, es decir, la confesión, le permitieron conocer la insondabilidad del alma humana: sus vicios, sus pecados, su humildad, su contrición. Cuando el alma está sola con Dios, muestra fielmente su rostro. Todo esto lo convierte en alguien singularísimo que sabe leer la sinuosidad del corazón humano. “Lo que yo intento –nos dice- es meterme dentro del asesino… pensando sus pensamientos, acunando sus pasiones” (El secreto, p. 12).

Ilustremos esto con un ejemplo extraído del cuento “El oráculo del perro”. Al hablar del asesino expresa: “Aquel hombre era un jugador y un desgraciado”, una coyunda explosiva, pues al ver su suerte truncada haría cualquier cosa para trocarla a su favor. Y así fue: adivinó cómo diferentes piezas se acomodaban y esto lo llenó de vanidad, “la principal manía del jugador”. Por último, la pieza que faltaba para completar el rompecabezas se presenta: “ver un puntito blanco a través del seto” –color de la vestimenta del que iba a ser asesinado-; unas palabras demoniacas lo alientan -“¡Nadie que tuviera el poder suficiente para notar este detalle, puede ser lo bastante cobarde para no obrar en consecuencia!”, fatal comentario para un jugador. “Ahora –dice el padre- intente usted representarse la escena. Imagíneselo dudando sobre si aprovechar o no la oportunidad; miraría después a su alrededor  y levantando la cabeza vería una peña recortada de manera atrevida y que podía ser la imagen de su alma en aquel momento; una gran roca oscilando sobre otra (…); entonces recordó que la llamaban la Roca de la Fortuna. ¿Comprende usted cómo interpretaría aquel hombre la señal? Yo creo que fue ello lo que le movió a actuar” (La incredulidad, pp. 88-89). Una herencia que no es, un orificio en el seto, una roca y un bastón de estoque, dictaminaron la suerte del jugador.

Develar esto solo es posible si se conoce el carácter de las personas, para luego, convertirse en el asesino; una vez que conformaba su mente a la mente del homicida se daba cuenta de que él podía ser como aquel, o, en segura expresión del padre, que él era de esa manera. Aunque, claro, algo lo distingue: el rechazo formal de la acción.

Redonda lección de antropología y psicología nos da el curita. Todo aquel que juzgue a otro y diga –“Jamás lo haría”, es porque verdaderamente no conoce su natura débil. El Padre Brown, por el contrario, teme, por el hecho de que alguna vez podría cometer un crimen: “Un crimen pude parecer terrible porque no se concibe la posibilidad de cometerlo. Yo lo creo horrible, porque podría cometerlo” (El secreto, p. 90). Esta confesión es producto de la honda compresión del mensaje cristiano: “El cristianismo auténtico no ha cerrado jamás los ojos ante la semilla de perversidad que hay en nuestra natura, y ha asignado a la conducta moral dos raíces: el esfuerzo del albedrío y la ayuda de Dios”[1].

 Otra magistral lección del cura-detective, donde se pone de manifiesto la segunda raíz de la conducta moral, de la que habla Castellani, es que toma la actitud del publicano en el templo y deja para los que se tienen por justos la erguida soberbia del fariseo. Como el publicano, que se sabía indigno aun de levantar los ojos al cielo, pero que pedía humildemente a Dios que le fuese propicio, nuestro sacerdote expresa: “Pensé que si no hubiese contado con la gracia de Dios podía haber sido un hombre para quien el mundo no es más que un derroche de luz eléctrica, sin otra cosa que tinieblas a su alrededor y en el más allá” (El secreto, p. 186). El P. Castellani supo realizar una certera vivisección de este complejo actuar moral en una persona en su más que conocido artículo “Moral y moralina”[2], y que nos permite pulir y complementar la idea del P. Brown: “La moralina es fácil, superficial, presuntuosa, puritana, palabrera. La moral es difícil, profunda, humilde, cauta, callada y alegre. La moralina está siempre pronta a hacer portar bien a los demás, a juzgarlos y a reprocharlos. La moral tiene la vista en sí misma. La moralina propone mucho, promete mucho y confía en sus propias fuerzas. La moral va poco a poco, y siempre termina por buscar su apoyo en el sentimiento religioso para poder superar con la esperanza de sanciones futuras la imperfección o falla total de las sanciones humanas. Una lee a Marsden y Smiles, y la otra a Thomas de Kempis. La moralina es sólo la ilusión, y a veces la falsificación de la moral”.

Volvamos con el sacerdote inglés. Este pensar que uno puede cumplir el papel de malo, de que es capaz de cometer el mayor de los crímenes, de que puede convertirse en un Judas Iscariote, pero a su vez contar con el auxilio de la gracia que no permitirá que realicemos algún quebrantamiento del orden moral, es para el P. Brown un “ejercicio religioso”. Ejercicio que permite convencérsenos de que “no existe un hombre que sea realmente bueno mientras no sepa cuán malo puede llegar a ser”; y esto no se logra “hasta que no ha expelido de su alma la última gota de la esencia de los fariseos” (El secreto, p. 13). En este ejercicio religioso, creemos, se encuentra el quid de su método. Método que se asienta en dos virtudes eminentes: caridad y humildad. De la segunda hemos venido hablando; pasemos entonces a la primera. La virtud de la caridad, hace que la justicia se halle hermanada con la misericordia; en consecuencia la obra del P. Brown no concluye, no puede concluir en la condena del criminal, sea quien sea, Daniel Doon o Brander Merton –véase La saeta del cielo en “La incredulidad…”-. Su recta lectura de la moral evangélica busca salvar al criminal, restituyendo la gracia en el alma. El buen cura sigue el ejemplo del Maestro, que sabe que quien necesita del médico es el enfermo, que sabe reconocer el pecado, pero sabe más perdonar al pecador arrepentido: vete, pero no peques más.

En más de una ocasión, descubierto el crimen, dejaba libre al criminal; sabiendo, por supuesto, del sincero arrepentimiento del mismo. Cuando en el relato de “El hombre de las dos barbas” se descubre al ladrón de las joyas, que sucumbe en el lugar del delito “por un tiro medio casual disparado por un empleadillo en un jardín de suburbio” (El secreto, p. 89), y tras lo cual, el investigador de turno, Carver, resuelve todo el caso de manera magistral a partir de la relación establecida entre las abejas, la barba, los lentes, el memorándum y muchos otros fenómenos más, el cura no presta crédito, se mantiene incrédulo frente a tanta sucesión y concatenación de hechos que conducían directa y determinantemente al ladrón. Ante esta postura, le retrucan: “¿No le hemos visto todos con nuestros propios ojos?”, a lo que, mostrando el ancho de espadas, responde: “He visto muchas cosas con mis propios ojos en las que no creeré nunca” (El secreto, p. 91).

No obstante, detrás de este positivismo detectivesco, hasta cierto punto frenológico, se ocultaba algo macabro. Carven sabía que Claro de luna -el muerto- era un ladrón de renombre, y aunque retirado de su oficio, el halo de criminal pesaba sobre él. Teniendo en cuenta que los hombres, por lo general, se guían por las apariencias, se aprovecharon de la situación: la presencia en la zona de aquel famoso delincuente. Carven y su socio acondicionaron todo para asesinarlo, inculparlo y así salir ilesos y, lo más importante, quedarse con las joyas. Pero el P. Brown sabía que Claro de luna no podía ser el ladrón: “A este hombre muerto lo conocía, realmente, muy bien: era su confesor y amigo. Yo sabía lo que ocupaba su mente hasta allí donde nos es dado conocer al hombre, y su pensamiento era como una colmena de cristal llena de doradas abejas. Es algo superfluo decir que su conversión fue sincera. Era uno de esos penitentes que se las componen para sacar mayor provecho de la penitencia que otros de la virtud.” Remata más adelante con pálido rostro y melancólica voz: “Dije que era su confesor, pero, en realidad, era yo quien iba a él en busca de consuelo. Me complacía estar junto a un hombre tan bueno. Y cuando le vi yaciendo muerto en el jardín, me pareció oír recitar en voz alta sobre mi cabeza unas extrañas palabras que se pronunciaron en el principio de nuestra era” (El secreto, p. 91). Las extrañas palabras fueron las pronunciadas desde el madero de la Cruz a aquel ladrón penitente: “En verdad, te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso”. El hombre ve las apariencias, Dios el corazón.

Gastón H. Guevara


[1] Castellani, Leonardo. Las canciones de Militis. Ediciones Dictio, Bs. As., 1977, p. 129.

[2] Ídem.


Para este ensayo hemos utilizado las siguientes obras de Chesterton. El candor del Padre Brown. Hyspamerica-EGA, Trad. Alfonso Reyes/Emiliano Pascual, Madrid, 1982; La incredulidad del Padre Brown. 2ª ed., Ediciones G.P., Trad. Isabel Abello de Lamarca, Barcelona, 1982; El secreto del Padre Brown. José Janés, Trad. Isabel Abello de Lamarca, Barcelona, 1956. Las citas de estos libros se harán en el cuerpo del ensayo de la siguiente manera: (libro, página).

 Las ilustraciones están tomadas de El candor del Padre Brown y fueron realizadas por Iván Fernández.

El niño y el abuelo

A eso de las 6.00 de la mañana, antes de que el febo asome, Don Camilo se sienta en la cama mirando unas imágenes que tiene en una pequeña y vieja mesa de luz con un mantelito blanco, como reza la copla norteña. Sobre él se yerguen majestuosamente un Crucifijo de plata, una imagen de San Camilo de Lelis, la imagen de Nuestra Señora de Lourdes y algunos rosarios que atestiguan polvorientamente más de medio siglo de pasar cuentas; y comienza su rezo de todos los días: el santo Rosario, plegaria tan antigua y nueva a la vez, tradición límpida recibida de sus padres y que mantiene con mucha devoción.

Toda su vida la pasó en el campo, en medio del monte donde la soledad es una compañía constante y el silencio solo se ve alterado por el canto de los pájaros. De joven mozo contrajo nupcias con Emilia con quien tendría una numerosa prole y un jardín florido de nietos.

Tomás, uno de sus nietos que vive en la ciudad, gusta pasar las vacaciones de invierno como las de verano en el campo, al lado de su abuelo.

Una diáfana y gélida mañana invernal Don Camilo quiso que su nieto lo acompañara a una de sus labores. Así que después de unos mates bien calientes y dulces y una vez preparada el hacha y la carretilla para buscar la leña para el fuego de cada día, espetó Don Camilo –¡Voy a levantar a Tomas  así me acompaña a juntar leña!

La claridad de la mañana, el canto casi sinfónico de los pájaros, algún que otro mugido de alguna vaca pastando, capitán –el perro- que iba de un lado a otro que con su fino olfato busca algún bicho para correr, eran testigos del caminar del abuelo y el niño en busca de la preciada madera. Este hecho configura un retrato invaluable para quienes han gustado de la vida de campo, y perpetra la idea de la tradición.  

Por ese camino van el niño y el abuelo; lo nuevo y lo antiguo; la esperanza y el testimonio; vemos en el arco de la vida, al pequeño ser el comienzo y al anciano, el final de dicho parangón.

Tomás, criatura muy curiosa, aprovechó el trayecto para empezar a preguntarle cosas a Don Camilo.

Abuelo ¿Qué es ese collar de pelotitas que tenés en el espaldar de la cama? ¿Para qué sirve?

Don Camilo, que era hombre de pocas palabras, curtido por el sacrificio y con un aspecto externo de hombre más que serio, quedó un instante en silencio como meditando la respuesta: – Ese collar que vos decís, se llama Rosario. Porque cada pelotita es como una rosa que uno le ofrece por medio de La Virgen a Dios Padre cuando rezamos. Es un modo seguro de hablar con Dios que es nuestro Padre, quien cuida siempre de nosotros.

-Tomás: ¿Y por qué a veces te sentás y estás un rato con los ojos cerrados?

El abuelo se percató de que el niño buscaba ávidamente saber más sobre aquellos misterios que entreveran el alma humana y comenzaba a pensar mejor las respuestas porque la inocencia y candidez del pequeño requerían de serias y simples respuestas.

Abuelo: Porque siempre es bueno hacer un alto en el camino.

Tomás: Y eso ¿qué es?

Abuelo: Mirá, te lo explico. ¿Viste cuando traemos muchas vacas arreando desde muy lejos hasta el corral de nuestro rancho? Bueno, durante el arreo siempre es bueno parar a descansar, para que los animales tomen agua, acomodar el apero, asegurarse de que no se pierda ningún animal, recuperar fuerzas y luego continuar el viaje hasta llegar al corral. Bueno, cuando yo me siento a veces en el día y cierro los ojos, es para rezar y ver las cosas que he hecho en el día, para pedirle a Dios me ayude a mejorar las que están mal hechas y me de fuerzas para sostener las buenas.

Esto se llama mirar pa´dentro.

Tomás guardo para siempre estas palabras en su corazón.

Era mucha la leña que debía juntarse y Tomás miraba la destreza con que el abuelo cortaba algún espinillo o algún caldén.

Ya de vuelta al rancho, Don Camilo tarareando y el niño jugando con el perro, los espera el calor hogareño para resguardarse del crudo invierno, al cual el abuelo ya estaba muy acostumbrado pero el pequeño del pueblo no. A pesar de ello Don Camilo lo llevaba a estas pequeñas faenas pues el niño tenía que empezar a curtirse, porque seguramente lo esperaban las durezas de la vida para hacerse hombre de bien.

Patricio Serrano

A un Maestro y amigo: Eduardo Amitrano

Un 13 de julio de llovizna tenue y de frío intenso, mientras con un puñado de amigos realizábamos un curso de metafísica tomista, se nos dio la triste y dolorosa noticia de que nuestro maestro y amigo había fallecido; pero inmediatamente nos embargó la tranquilidad que brinda la fe de que había sido llamado a la Casa del Padre a gozar de la bienaventuranza eterna. Nuestro maestro tuvo su hora, una muerte envidiable. Su vida había sido una preparación para la buena muerte como nos enseña San Alfonso.


San Agustín nos dice que para conocer a un hombre hay que preguntarle lo que ama. Es decir, aquello donde está puesto su corazón.

El Dr. Eduardo Amitrano era uno de esos hombres que mostraba sin ambages ni sombras cuáles eran sus amores. Cuáles eran esas cosas que desvelaban su vida.

Sin temor a equivocarnos podemos aseverar que nuestro maestro tuvo tres grandes amores en los que resumió su fructífera vida:

Amó al Dios uno y trino; al Dios de la verdad y a la Santa Trinidad. Amó a la Iglesia Católica, aún con sus defectos como nos la describiera nuestro amado cura Loco, en su apocalíptica novela, Su majestad Dulcinea. Prueba de ello es que todos los días asistía a misa de las 10 en la iglesia mayor. Nuestra amada catedral. En ella cultivó grandes amigos y discípulos con los cuales desplegó naturalmente su caridad y generosidad sin coto.

Eduardo amó a su Patria. Ese bien que no se elige, sino que se hereda. Le dolía en carne propia la decadencia de su patria. Sus escritos son un testimonio infatigable por reivindicar nuestro ser nacional; predicaba orgulloso nuestra filiación hispano-criolla; nos dice en una de sus páginas: “Si Europa debe al cristianismo, particularmente a la Iglesia Católica, su Ser espiritual, de ella España ha tenido la mayor gloria de construir, sacrificada y heroicamente, un imperio al servicio de los ideales redentores de la Cruz de Cristo, y por ello, aun, a costa del Martirio.

Por último, amó admirablemente a su familia. Nuestro amigo amó su hogar, esa intimidad donde se conjugan las mayores alegrías y sacrificios. Supo hacer de la Sagrada Familia su modelo a imitar.

Eduardo era un Hombre de Dios, un aristócrata cabal pues en él se veía con claridad esa jerarquía de las cosas; un católico de magisterio fiel; un magnánimo que sabía tratar con grandes y pequeños; un hombre que entendió la política en su sentido más prístino como esa búsqueda del bien común; alguien que paso por esta vida haciendo el bien. Su ejemplo de vida fue fecundo, los frutos de vida así lo atestiguan.

Una máxima que él no se cansaba de repetir “Instaurare omnia in Christo” es un compromiso que nosotros debemos asumir en nuestra vida entera para que al fin podamos decir como él “he librado el buen combate, he conservado la fe”.

Franco Martín Amieva