La resurrección de Lázaro

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Jn 11, 1-7. 20-27. 33b-45

 

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas de Lázaro enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo.» Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.» Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.» Jesús, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron?» Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.» Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?» Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quitad la piedra.» Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.» Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!» El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo para que pueda caminar.» Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él.

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Asistir a este acontecimiento gracias a las palabras del Evangelio, nos sitúa en un ámbito del todo particular. Escuchamos las palabras, los diálogos, los susurros, accedemos a sentimientos y reacciones profundas, percibimos llantos y vemos las lágrimas surcar diversidad de rostros –y, sobre todo, El Rostro– sentimos el hedor de la muerte y evocamos los aromas de la unción perfumada. Muerte y Vida se conjugan aquí con especial fuerza y significatividad, en este último signo, previo a la Pasión, según el Evangelio de San Juan. Signos inaugurados hacía tiempo, en aquellas bodas en Caná de Galilea, cuando en un “tercer día” (Jn 2,1) Jesucristo “manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él” (Jn 2,11). Como en aquél signo, el primero de todos, no sólo por cronología sino por preeminencia –puesto que todo el Misterio Pascual estaba allí contenido– este último signo habla también de la Muerte, irreversible e inexorable, y de la Vida, de quien Es la Resurrección y la Vida, que triunfa sobre aquella, que arranca de sus sombrías mansiones las víctimas que ha cobrado.

En el horizonte de este milagro se eleva ya con claridad el Calvario y la Cruz. Los discípulos intentan disuadir a Cristo de su propósito de dirigirse a Judea. Intuyen lo que sucederá, van comprendiendo que los diversos anuncios de la Pasión se harán realidad, aunque les cuesta advertir que luego de la Muerte, viene la Resurrección. Este milagro lo pone de manifiesto. Es un milagro, es un signo hecho “para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado”. Según San Juan, la glorificación del Hijo se da ya en la Pasión. Jesucristo se presenta como el Mesías, el Salvador, como “la Resurrección y la Vida” como verdadero Dios, empleando el nombre divino, de honda raigambre en el Antiguo Testamento: “Yo Soy”. San Juan acentúa al máximo estos títulos, esta realidad plena. Y por eso nos sorprende tanto aquella expresión, cortante, incisiva, paradójica, en el centro mismo del relato: “Jesús lloró”.

Enigmático llanto, sorprendentes lágrimas surcan el Rostro de Dios. Él, que dijo a la atribulada madre de Naím que no llorara, ahora no contiene sus propias lágrimas. Pero es como si le hubiera dicho, no llores hasta que Yo mismo no derrame las lágrimas de la salvación, porque mis lágrimas son el arquetipo, el modelo de las tuyas, de las lágrimas de la humanidad que manifiestan la realidad de la muerte, pero que sólo por Cristo pueden convertirse en bienaventuranza: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.” (Mt 5,5). Tus lágrimas deben ser mías, y las mías tuyas, para que contengan la salvación, porque es necesario comprender lo que el mismo Jesús anuncia: “Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros.” (Jn 14,20). Así las lágrimas del dolor se convierten en las del amor (“el que tú amas está enfermo”; “cómo lo amaba”) y el aroma desagradable de la muerte se convierte en suavísimo perfume de vida. Por eso San Juan alude a la unción en Betania al inicio de este evangelio y al hedor de la muerte que retrae a los presentes de retirar la piedra que tapa el sepulcro. Piedra a la que se hace alusión más adelante, en el santo sepulcro de Cristo. En realidad, nadie puede retirar esa piedra, o lo que esa piedra significa: las regiones de la muerte están clausuradas, cerradas para siempre, se han vuelto inaccesibles. Pero la Palabra de Cristo participa su poder en aquellos que despejan la entrada de la tumba y su Voz poderosa, que en otro tiempo llamara a nuestros primeros padres para que salieran de las tinieblas en que el pecado los había sumergido, llama con autoridad absoluta a Lázaro: “Ven afuera”. Cual nuevo éxodo, los lazos de la muerte han sido quebrantados y el hombre, desatado de ellos, puede caminar libremente hacia Cristo y, por Él, hacia el Padre. Pero puede hacerlo porque Cristo lo ha hecho antes que nosotros. Él atravesó por las puertas de la Muerte, el resurgió triunfante porque es la Vida.

Que el Señor pronuncie también aquellas palabras sobre nosotros, ese llamado imperativo que nos haga “salir afuera” de la prisión en que nuestros pecados nos retienen, y libres de toda oscuridad, nos permita recorrer el camino hacia la Jerusalén celestial.

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Visto en: Erat Verbum

 

Libro recomendado

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Cuando hace algún tiempo profundizábamos la lectura del “Poema de Robot” del poeta Leopoldo Marechal, y dedicábamos un comentario al mismo con un pequeño libro llamado “Redención de Robot” (Sjolé, Córdoba, 2019), no imaginábamos estar literalmente a las puertas de un bos­que sombrío y enmarañado, cuyas eventuales luces provienen de las mismas llamas que lentamente lo están consumiendo y aniquilando.

Hablamos metafóricamente, claro, del sistema educativo moderno. Hablamos de “la escuela”, tal como la hemos conocido y como sigue siendo sostenida por el Estado y las instituciones de la democracia liberal en que vivimos.

Hablamos de ese enorme aparato burocrático que se yergue frente a nosotros con pretensiones academicistas, y consume la mayor par­te del tiempo útil, vivacidad y entusiasmo natural que caracterizan a la infancia y la adolescencia. El niño, fundamentalmente interesado más en jugar con el barro que en “definir la tierra”, en correr tras la pelota que en aprender “el reglamento del fútbol”; y el adolescente, constitucionalmente preparado para la aventura y, por lo mismo, más interesado en cruzar ríos y escalar montañas que en “memori­zar las capitales del mundo”, más cercano a la trifulca y la rebeldía que a “la tabla periódica; las ecuaciones polinómicas; los diagramas de eficientización de recursos en la gestión de las organizaciones”.

Esta deliberada oposición que planteamos entre los intereses na­turales de cada etapa de la vida, y los contenidos y programas que la escuela moderna propone a sus alumnos, podrá espantar a algunos si no hacemos una breve aclaración.

No se trata, ni defendemos aquí en absoluto, de aquel sistema que pretende librar a los niños y jóvenes al capricho de sus fugaces emociones y volátiles inquietudes, características típicas, por cierto, de dichas edades. No se trata de librarlos cual barriletes al castigo de los vientos, tan fácilmente trocados en temporales por los ardores de la riqueza pasional que domina el escenario vital de ambas etapas iniciales de la vida, la infancia y adolescencia.

Justamente lo opuesto. Se trata de encauzarlos, de dirigirlos, de reducir a una dirección inteligente y experimentada todas aquellas capacidades e intereses que se manifiestan en cada edad, volviendo el flujo de la vida psicológica y afectiva de la persona en un torrente de creciente fortaleza y caudal; un manantial que no desborda, sino que concentra toda su fecundidad en el lugar exacto que la belleza del paisaje le impone.

Perdona, paciente lector, estos desbordamientos poéticos: médico, cúrate a ti mismo, podrás decirme en justicia. Diré entonces, para con­cluir: la armonía maravillosa que rige al macrocosmos del universo, y al microcosmos de los hombres, demandan que cada cual ocupe el lugar para el cual ha sido eternamente previsto por el Creador, Aquel que a cada cosa nombra signándole un sitial adecuado a su naturale­za: «mira que al recibir un nombre, se recibe un destino», cifra bellamente Marechal en su “Didáctica de la Patria”.

El rol de la educación, y tal como su etimología lo indica (e ducere; conducir, guiar, orientar desde), no es el de “introducir” contenidos en el alma noble del alumno, sino prin­cipalmente y por el contrario, modelar “desde” el alma del educando, procurando actualizar sus potencias, desarrollar sus facultades, y sacar de esa alma la mayor virtud iluminativa posible. Dios nos creó a Su imagen y semejanza; la potencia del alma de nuestros hijos y alumnos es inconmensurable, hecha para conocer y amar la infinitud de su Creador.

Estos “Apuntes” no constituyen pretensión alguna de agotar los temas que tratan, sino apenas de servir como aporte a la reflexión de estos asuntos; son “Apuntes” literalmente anotados a lo largo de los años, a través de experiencias áulicas y hogareñas; a través de la observación de los niños y la formación de adolescentes. Acaso es­tén llenos de carencias y simplificaciones, pero tienen un mérito que quiero reconocerles con sencillez: han sido fruto de la aplicación rigurosa y cotidiana a la observación de los fenómenos que trataré, procurando comprenderlos a la par, a través del estudio disciplinado de sus fundamentos psicológicos y filosóficos.

Lo diré una vez más: no tienen pretensiones concluyentes, sen­tenciosas, dictaminantes. Están escritos para su público natural, que será un puñado de amigos, pacientes y generosos hasta lo inverosí­mil, que tengo por cierto tendrán la caridad de leerlos, y la caridad de criticarlos, a sabiendas de que autor y lector son uno cuando hay comunión de ideas y afectos. Para ellos lanzo estas notas; para los buenos amigos que comparten conmigo idénticos amores y parejos dolores en este afán de custodiar, a través de la infancia, el futuro de la Patria y las moradas del Cielo.

Por último, queremos prevenir a los académicos e ilustrados que tengan la poca suerte de cruzarse con estas líneas, respecto a la sim­pleza que encontrarán en las siguientes páginas, las cuales rozarán en ocasiones los lindes del humor y la ironía. El estilo ha sido elegido adrede, puesto que no tenemos pretensiones de “escuela”, en senti­do iluminista y moderno, sino de “escuela”, a la manera luminosa y graciosa que nos enseñaron Sócrates y las “Florecillas” de San Fran­cisco y sus hermanitos de Asís. Graciosos: llenos de la gracia del cielo y de la tierra.

Entonces, si a través de las siguientes páginas, un padre, una ma­dre, un educador, logra sacar un pensamiento valioso para su familia o su escuela; una pequeña semilla que con el tiempo dé buen fruto, entonces este librito quedará enteramente justificado.

Endemientras, yo doy gracias a Dios por haberlo escrito.

Jorge Bosco

jorgeabosco@gmail.com

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Curación del ciego de nacimiento

Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.» El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?» Unos opinaban: «Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.» Él decía: «Soy realmente yo.» El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.» Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.» Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?» Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?» El hombre respondió: «Es un profeta.» Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y lo echaron. Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre?» El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando.» Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él.

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La ceguera y la vista no están en simple continuidad física con las tinieblas y la luz, sino también en una estrecha relación teológica, espiritual, sobrenatural. No es casualidad que San Juan inicie su evangelio aludiendo a este misterio de la luz y las tinieblas. No es casualidad que la Revelación bíblica comience también así, cuando las tinieblas reinaban y en medio de ellas brilla la luz, gracias a la Palabra de Dios. “La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad” (Gn 1,2-4). Y así como la Revelación se despliega en medio de las sombras, concluye en el libro del Apocalipsis, extendiendo el horizonte de luz eterna, sin fin, sin mengua alguna, sin oscuridad, sin noche. Toda la Escritura es como un largo amanecer, donde ciertamente se sucede el día y la noche, la tarde y la mañana. Pero todo converge definitivamente en la Luz del Cordero, que ilumina la Ciudad Santa, despejando y derrotando los poderes de la oscuridad, la fuerza del pecado, la hostil presencia del Demonio. Aquella Ciudad magnífica y resplandeciente “no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero.” (Ap 21,23).

Como el mismo Jesucristo lo dice, la ceguera de aquel hombre era para que se manifieste la obra de Dios. No tanto porque aquel hombre fuera o no pecador, sino por lo que la ceguera significaba, en cuanto tiene de oscuridad. Aquí, los verdaderos ciegos son los fariseos, aunque ven con los ojos de la carne, porque no quieren ver con los de la fe, porque se niegan a admitir esa manifestación de la obra de Dios. Rechazan a Dios y eso los envuelve en oscuridad. En cambio, aquel ciego cree en Cristo, cree en la Luz del mundo, y por eso ve. Por eso Jesús afirma al final de este Evangelio: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos” (Jn 9,39). Esos que ven, son los que en realidad creen ver, pero ya son ciegos. Jesús pone en evidencia su ceguera, su corazón cerrado a la obra de Dios. La Tiniebla habita en aquellos corazones, lóbregos y llenos de maldad.

Así como la Biblia nos muestra ese camino, desde la oscuridad a la luz, ese paulatino amanecer que confluye en la Vida Eterna, camino que comprende la totalidad de los siglos, así es también nuestra vida, iniciada lejos de Dios, heridos por el pecado original, envueltos en la más densa oscuridad, pero lavados y purificados por el agua salvífica del bautismo, iluminados por la fe, tenue pero auténtico resplandor de la gloria que nos aguarda. Todavía padecemos de cierta ceguera, que los pecados acentúan y la gracia despeja; todavía no vemos con claridad. Pero queremos ver, y un Día admirable veremos, lo veremos a Él, “lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2). Nos postraremos ante Él y escucharemos esas palabras profundas, que aquel ciego escuchó al ser curado de su enfermedad: “Tú lo has visto, es el que te está hablando”. Porque “Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara.” (1 Cor 13,12).

Jesucristo mismo es quien, por nosotros, atravesó la oscuridad de la Muerte, cargando con nuestros pecados, y volvió a la Luz al Resucitar. La obra que realiza en ese ciego proyecta el Misterio Pascual. Los discípulos, primero, dudarán sobre su presencia luego de la Resurrección, dudan si es realmente Él, hasta que finalmente creen: “Señor mío y Dios mío” dirá Tomás; “Es el Señor” afirmará Juan; “Y al verlo lo adoraron” (Mt 28,17). Su Luz cura nuestra ceguera, Él nos guía por aquellos “senderos de sombras de muerte” que cantara el Salmo, Él es Camino al Padre. Y nuestra confianza se funda en su Presencia, en que Él está con nosotros, en que Él es “Dios con nosotros”. Cura nuestra ceguera Señor, para que “al despertar, nos saciemos de tu Rostro” (Sal 17,15).

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Visto en: Erat Verbum

Al Padre Meinvielle

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La visita de la Porciuncula no bastaba

Quiso Dios que fuera esa vía

El  destino para aquel, que todavía,

 por legarnos cosas aún se quedaba

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Fueran conceptos de política o economía,

Que fundamentos católicos no faltaran

 El judío y su misterio en la historia,

tantos temas por enseñar aún quedaban

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Hasta luego mis queridos camaradas,

sólo queda esperar que la Argentina

 vea a Cristo llegar por la alborada.

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Desde el surco forjado por la espada,

y la Cruz plantada que germina

cual vigía que espera Su llegada.

 

Josefina Inés

Common sense virus

Respecto de la crisis planetaria desatada por el coronavirus, tenemos que coincidir con los medios masivos de (in)comunicación, que es apocalíptica, y explicaremos el porqué al final de la exposición. Adelantamos no obstante, que es por las más diversas razones.

El aluvión de aterradores mensajes en redes sociales y whatsapps con predicciones superiores en magnitud a las matanzas provocadas por la peste negra en el siglo XIV, tienen casi siempre en la mayoría de los casos, remitentes anónimos, que poseen la virtualidad de provenir de fuentes “confiables”, cuando no de tíos, primos, cuñados, ex-amantes o allegados cercanos que sin identificarse, padecieron o son testigos presenciales en España o Italia, de que estamos a los albores del más terrible de los flagelos de la historia de la humanidad.

La caja boba por su parte y los demás medios (des)informativos en general, aprovechan para utilizar sus diccionarios de sinónimos de adjetivos tremendistas (indispensable para trabajar en esos ámbitos), y agregan su porción de “aterradora realidad” a la crisis para hacer su valioso aporte al caos generalizado.

Lo concreto y corroborable por todos los medios, es que esta pandemia afecta a gente con las defensas muy bajas con patologías previas muy graves, o a personas mayores de 80 años con enfermedades previas. Ahora, si alguien está inmudeprimido, con un enfisema pulmonar, SIDA u otra enfermedad grave, lo que siempre se recomendó es que alguien resfriado u otra enfermedad, no se acerque porque podría ser mortal para un enfermo con un sistema inmunológico tan debilitado, es decir, el peligro para estas personas está siempre latente, y más cuando hablamos de una edad en la cual la naturaleza no necesita de la concurrencia de muchos factores para concluir etapas biológicas.

Pero aprendamos como se transmite una noticia cuando quiere causar un impacto emocional bloqueando el sentido racional. Uno googlea “muertos por coronavirus Italia” y uno de los resultados es este:

 

Uno comparte el link por Whatsapp y lo que se ve es esto:

lo mismo sucede si se lo comparte en facebook o en otra red social con igual vista previa:

Esto se comparte millones de veces, pero omitiendo ingresar al link para leer la información. El impacto visual de personas vestidas como astronautas y un titular que anuncia “record” de muertes en 24 horas, es suficiente para que no haga falta más info, sin dudarlo: -Compártase.

Sin embargo, al ingresar, lo primero que leemos a modo de subtítulo es lo siguiente:

Viendo otro terrible titular de “El Cronista” se informa:

https://www.cronista.com/internacionales/En-Europa-se-disparan-muertes-y-contagios-de-coronavirus-20200315-0026.html

En dicha publicación se nos informa de la muerte hasta el momento de 288 personas en España, mientras que son 1908 los fallecidos en Italia, países de ese continente con la mayor cantidad de fallecidos por el virus.

Leyendo un artículo de hace un par de años de la Organización Mundial de la Salud (organización que tanta alarma transmitió al planeta con esta nueva pandemia),  informa con toda tranquilidad que los muertos anuales por gripe estacional son entre 250000 y 650000.

 https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/influenza-(seasonal)

Si al dia de la fecha quisieramos exagerar el número de fallecidos en el globo para no quedarnos cortos a casi 1000 diarios (cifras hoy muy lejos de lo que está sucediendo en el mundo), tendríamos en un año un número que estaría casi en la mitad del máximo de muertos anuales por gripe común y un poco superior al mínimo. Resulta entonces que la declaración de pandemia universal con cierre de fronteras, escuelas, universidades, espectáculos públicos, prohibición de salir a la calle y hasta de concurrir a los trabajos y demás medidas extremas; no se condice con una patología que no llega a tener la gravedad ni el alcance de otras más comunes y cotidianas. Y no se trata de trivializar el drama de las personas fallecidas sino de contextualizar la situación, previniendo sólo a la franja poblacional con alto riesgo, sin generar pánico ni hacer extensivo el temor a la inmensísima mayoría que está fuera de peligro.

La pregunta sería entonces, ¿para qué generar tanto caos si la cuestión no reviste la importancia acorde a las medidas tomadas? Aquí un cartelito que puede parecer conspiranoico pero que creemos que no está muy alejado de la realidad:

Y si de vacunaciones masivas se trata, quienes serían los salvadores de la humanidad:

Los mismos que casualmente, según sus propias palabras dominan los medios masivos de comunicación que están generando este terrorismo psicológico.

Si creyéramos que todos vamos a morir, lo mejor que podríamos hacer, es preparanos adecuadamente para el encuentro con nuestro Creador. Sin embargo, las respuesta de la neoiglesia consiste en ser obediente a las autoridades y evitar las multitudes, por lo que se suspenden misas, procesiones, catequesis y demás actividades religiosas aún en semana Santa. En Italia incluso, suprimidas las Misas públicas, se deja a los apesadumbrados fieles sin sacramentos, pero el canal pornográfico PornHub en una muestra de inusitada “magnanimidad”, ofrece su servicio de lujuria autosatisfactoria gratuita al alcance de todas, todos y todes.

https://cnnespanol.cnn.com/video/italia-pornografia-gratis-pornhub-cuarentena-perspectivas-buenos-aires-cnnee/

Como resultado de la histeria colectiva se escuchan cosas del tipo de: “esto es un castigo divino”, “nos merecemos lo que nos pasa”, “y… la naturaleza pasa factura”, “con los gobiernos que tenemos, no podemos esperar otra cosa”; pero suponiendo que Dios quiera demostrarnos algo con todo esto (no creemos que este sea particularmente el caso) la respuesta parece ser, seguir al pie de la letra las indicaciones de las elites a las que culpamos principalmente de los peores males de estos tiempos. Y la principal recomendación-sugerencia-orden es aislarse, y seguir viendo la TV, retroalimentarse en el terror transmitido por los medios y para distraernos un poco y bajar tensiones, un poco de concupiscencia visual provista tan desinteresada y generosamente por la industria pornográfica mundial.

Los mass media son hoy sin dudarlo, los medios de destrucción masiva más terribles. Destruyen las buenas costumbres promoviendo la libertad individual sin límites como supremo ideal, destruyen la vida en su estado más inocente con la promoción mundial del aborto, destruyen el deber ser sustituyéndolos por caprichosos sentimientos fomentando las más desviadas conductas, destruyen las patrias proponiendo un ideal de “ciudadano del mundo” desarraigado, y principalmente, destruyen la fe, y con ella destruyen lo más importante: el alma de la gente. Tuvimos la oportunidad de explayarnos más en este sentido en una conferencia que sugerimos ver: Medios de comunicación y control social.

De lo que no tenemos dudas, es que después de todas las medidas restrictivas que se están imponiendo, la economía mundial, ya hoy muy castigada, va a terminar absolutamente destruida; y la consecuencia va a requerir medidas muchísimo más extremas en las que la humanidad va a terminar renunciando tranquilamente a su libertad a cambio de un poco de seguridad. Qué mejor escenario para la aparición del tan esperado “salvador”, mesías para el judaísmo, pero que nosotros sabemos que será por el contrario, el único y personal Anticristo.

Por eso decíamos al principio de este artículo, que, aunque por diametralmente opuestos motivos, considerábamos al igual que ellos que la crisis es apocalíptica. Y el principal de los síntomas, es la completa falta de sentido común, que hace absolutamente imposible una reacción adecuada, una contrarrevolución.

Salvo que esto sea un ensayo, sin haberse esforzado demasiado, los esbirros del “príncipe de este mundo”, están logrando someter a la humanidad al control absoluto en el cual el “Big Brother” se está haciendo de alguna manera omnipotente en las vidas del rebaño democrático global que le está cediendo dicha potestad.

Soluciones: ninguna, no está a nuestro alcance. Lo que sí podemos hacer es levantar los ojos al cielo, arrepentirnos, prepararnos espiritualmente para lo que viene, confiar en las herramientas que Dios nos proveerá llegado el caso o en aceptar su Divina Providencia, y por último y no menos importante, apagar la TV y silenciar los teléfonos celulares.

Don’t worry, be faithful

 

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Visto en: Nacionalismo Católico San Juan Bautista