La pedagogía del corazón

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El amor de lo eterno a través de lo efímero

Ya no se sabe ser fiel porque ya no se sabe sacrificarse. Se condenan así a no conocer más que la superficie del objeto amado y, cuando esta superficie los desilusiona, a abandonarla por otra superficie ¡Cuánto más fácil es correr que cavar! Mas, quien quiera saborear la profundidad de una criatura, ése debe saber padecer por esa criatura.

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A ti que pasas y te desmoronas,

Te he buscado allende los días y las nubes,

En las playas invariables de la voluntad eterna…

He descendido a tus entrañas

Más lejos que los latidos de tu corazón,

Más bajo que la fuente de tus juramentos,

Hasta el solemne centro donde tu vida se anuda a la Vida

¡Hasta la creadora palpitación de Dios!

– ¡Amo tu alma!

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Libro recomendado

Discurso del Excmo. Sr. D. Pedro Laín Entralgo

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La cartuja

Este vetusto monasterio ha visto, 
secos de orar y pálidos de ayuno, 
con el breviario y con el Santo Cristo, 
a los callados hijos de San Bruno. 

A los que en su existencia solitaria 
con la locura de la cruz, y al vuelo 
místicamente azul de la plegaria, 
fueron a Dios en busca de consuelo. 

Mortificaron con las disciplinas 
y los cilicios la carne mortal, 
y opusieron, orando, las divinas 
ansias celestes al furor sexual. 

La soledad que amaba Jeremías, 
el misterioso profesor de llanto, 
y el silencio, en que encuentran armonías 
el soñador, el místico y el santo, 

fueron para ellos minas de diamantes 
que cavan los mineros serafines, 
a la luz de los cirios parpadeantes 
y al son de las campanas de maitines. 

Gustaron las harinas celestiales 
en el maravilloso simulacro, 
herido el cuerpo bajo los sayales, 
el espíritu ardiente en amor sacro. 

Vieron la nada amarga de este mundo, 
pozos de horror y dolores extremos, 
y hallaron el concepto más profundo 
en el profundo «De morir tenemos». 

Y como a Pablo e Hilarión y Antonio, 
a pesar de cilicios y oraciones, 
les presentó, con su hechizo, el demonio 
sus mil visiones de fornicaciones. 

Y fueron castos por dolor y fe, 
y fueron pobres por la santidad, 
y fueron obedientes porque fue 
su reina de pies blancos la humildad. 

Vieron los belcebúes y satanes 
que esas almas humildes y apostólicas 
triunfaban de maléficos afanes 
y de tantas acedias melancólicas. 

Que el Mortui estis del candente Pablo 
les forjaba corazas arcangélicas 
y que nada podía hacer el diablo 
de halagos finos o añagazas bélicas. 

¡Ah!, fuera yo de esos que Dios quería, 
y que Dios quiere cuando así le place, 
dichosos ante el temeroso día 
de losa fría y Resquiescat in pace! 

Poder matar el orgullo perverso 
y el palpitar de la carne maligna, 
todo por Dios, delante el Universo, 
con corazón que sufre y se resigna. 

Sentir la unción de la divina mano, 
ver florecer de eterna luz mi anhelo, 
y oír como un Pitágoras cristiano 
la música teológica del cielo. 

Y al fauno que hay en mí, darle la ciencia 
que al Ángel hace estremecer las alas. 
Por la oración y por la penitencia 
poner en fuga a las diablesas malas. 

Darme otros ojos; no estos ojos vivos 
que gozan en mirar, como los ojos 
de los sátiros locos medio-chivos, 
redondeces de nieve y labios rojos. 

Darme otra boca en que queden impresos 
los ardientes carbones del asceta; 
y no esta boca en que vinos y besos 
aumentan gulas de hombre y de poeta. 

Darme otras manos de disciplinante 
que me dejen el lomo ensangrentado, 
y no estas manos lúbricas de amante 
que acarician las pomas del pecado. 

Darme otra sangre que me deje llenas 
las venas de quietud y en paz los sesos, 
y no esta sangre que hace arder las venas, 
vibrar los nervios y crujir los huesos. 

¡Y quedar libre de maldad y engaño, 
y sentir una mano que me empuja 
a la cueva que acoge al ermitaño, 
o al silencio y la paz de la Cartuja!

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Rubén Darío

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Nuevo libro en la Biblioteca

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De ocio y contemplación

No es por mucha actividad
Que el alma encuentra el reposo
Sino que se encuentra el gozo
Conociendo la verdad.

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Pero entre negocio y vanidad
El hombre su alma pierde
Porque la acedia lo hiere
En su afán de contemplar.

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El único modo de hallar
La dicha eterna y el ocio
Es buscar a Dios en todo
Hasta en la misma actividad

+

Porque el ocio jamás será
Sinónimo de alma marchita
Es la serena alegría
de quien goza en realidad.

 

Ines de Jesús

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Mitos ideológicos sobre la Edad Media

Es cosa innegable la influencia de las escuelas históricas francesas en los estudios actuales, especialmente en nuestro país, donde los “taitas oficiales de la historia” -como les llamaba Castellani- han sostenido una incansable admiración por los historiadores galos.

En efecto, desde la predilección de Mitre por Michelet, la preeminencia de los Annales de Bloch y Febvre o el influjo reciente de los cultores de la “historia cultural” como Chartier o Darnton, la historiografía argentina ha sido largamente seducida por su análoga francesa.

Sin embargo, los popes de nuestra historiografía dominante -que tendrán sus matices ideológicos pero sobre todo acuerdos y convergencias- han esquivado resueltamente las referencias a los historiadores franceses que, en términos muy amplios, merecen ser señalados como “revisionistas”. Por eso en nuestras universidades permanecen casi inauditos los nombres de Jacques Bainville, Jean Dumont, Paul Hazard o, más recientemente, René Remond y Jean Meyer, por sólo mencionar a unos pocos.

Entre esos historiadores vetados por la cerrazón académica se distingue una mujer, la notable Regine Pernoud (1909-1998) quien -como el resto de los revisionistas, cada cuál a su modo- llevó a cabo la siempre atrayente tarea de desmalezar el pasado de la cizaña de mitos, leyendas y embustes ideológicos.
Pernoud se formó en Letras en la ƒcole National des Chastes y se doctoró en Historia en la Universidad de París. Fue paleógrafa y archivista y por muchos años conservadora de los museos de Reims y de Historia Francesa. Su interés por la historia, disciplina que ocupa el grueso de su obra escrita, se inició con la fascinación por el arte medieval en sus múltiples manifestaciones.

A nuestro entender son dos las notas que informan el prolífico itinerario intelectual de nuestra autora. En primer término, su predilección por el género biográfico, que ya dejaba señalado en uno de sus primeros libros: “La biografía es para mí lo más apasionante del mundo, y también lo más significativo; es portadora de sentido en la investigación histórica”.

Fruto magnífico de ese ímpetu biográfico son sus libros sobre Hildegarda de Bingen, Leonor de Aquitania y sobre todo aquellos que escribió sobre la Doncella de Orleáns, Santa Juana de Arco. A Pernoud se le debe la fundación del Centro Juana de Arco, uno de los principales ámbitos de investigación sobre la Pucelle.

Por otro lado, su obra se define por el estudio de la (mal) llamada Edad Media, una ingente tarea de desenmascaramiento de las múltiples deformaciones historiográficas en torno a ese período. Ese trabajo intelectual estuvo jalonado por libros notables como Luces del Medioevo; ¿Qué es la Edad Media?; La mujer en tiempos de las Cruzadas; Los hombres de las cruzadas: historia de los soldados de Dios o La mujer en el tiempo de las catedrales.

Bajo la forma de síntesis el afán revisionista de Pernoud se verifica en el libro Para acabar con la Edad Media (Barcelona, Medievalia, 2010) afortunadamente reeditado poco tiempo atrás y que aquí reseñamos en sus líneas centrales.

Para Pernoud la historiografía acerca de la Edad Media es la expresión por antonomasia de la llamada Leyenda negra, puesto que no hay época más históricamente deformada. Con ironía sostiene que este largo período “es materia privilegiada puesto que puede decirse sobre ella lo que se quiera con la casi certeza de que nadie lo desmentirá”.

En efecto, la Edad Media es el objeto de toda una mitología ideológica que a fuerza de propagandística repetición ha terminado por imponerse a la verdad histórica. Poco importa que esa construcción ideológica, común a historiadores liberales y marxistas, esté viciada de nulidad por sus contradicciones y antihistóricos presupuestos, que no han impedido sin embargo su vasta difusión y aceptación.

Resulta notable que tamaño despropósito haya adquirido visos de realidad, pues basta con pensarlo un momento: un milenio de historia occidental -en el que por decir lo menos se forjaron las monarquías cristianas, nacieron las universidades y el arte románico y gótico y que tuvo a pensadores como Abelardo, Santo Tomás o Buenaventura- reducido al mote de “edad oscura” o, peor aún, al absurdo del “modo de producción feudal” de la historiografía marxista. Suena ridículo. Pues bien, ¡a esa ridiculez remite grosso modo la historiografía “oficial” acerca del Medioevo desde hace unos trescientos años!

En este libro breve y notable, Pernoud desarrolla los fundamentos de ese infundio y otorga algunas herramientas de zapa, útiles para socavar las bases edificadas por los falsarios de la historia.

Inicia el libro señalando la importancia del arte medieval y subrayando su radical originalidad puesto que, a diferencia del arte renacentista -de suyo determinado por la imitación de la Antigüedad-, el medieval es original en sentido estricto, esto es, fiel a su origen cristiano.

SAGRADO

Contrariamente a lo sostenido por muchos historiadores modernos, el artista medieval tomó de la Antigüedad sólo lo que le interesaba, sin imitaciones ni copias, para expresarse así en modo “ontológicamente distinto al arte pagano antiguo, vinculándose íntimamente con lo religioso, dando fe de esa tendencia inherente al hombre que le lleva a expresar lo sagrado, lo Trascendente, en este lenguaje secundario que es el Arte en todas sus formas”.

Por otro lado, Pernoud enseña el carácter rural de la cultura medieval en la que los castillos y monasterios fueron centros de irradiación de una sapiencia raigalmente comunal centrada en la transmisión de la tradición auténtica. Esa cultura, compartida por siervos y señores, inició su declive con el ascenso burgués en el siglo XV y el afincamiento urbano de una cultura de elite, desarraigada de lo comunal y tradicional, que terminó por cristalizar en la cultura moderna.

Nuestra autora analiza uno a uno los múltiples tópicos de la Leyenda negra sobre el Medioevo, derribándolos con la solvencia y autoridad que confieren décadas de estudio junto al desvelo por la verdad histórica. Así, por ejemplo, se ocupa de la farsa repetida ad nauseam de Galileo quemado en la hoguera; o desmiente con solidez los “errores y abusos sobre el concepto de Feudalismo” y el intencionado anacronismo de la “lucha de clases” aplicada a la sociedad feudal. Asimismo, con no poco sarcasmo explica las remanidas invenciones sobre la Inquisición o critica por antihistóricas las versiones fabulatorias acerca de las Cruzadas.

También se detiene en contradicciones o paradojas como aquella tan afín a la historiografía moderna -especialmente la de sesgo marxista- que condena la servidumbre feudal sin siquiera mencionar la desaparición de la esclavitud antigua a partir del siglo V, en los albores del Medioevo, mientras silencia el resurgir de la esclavitud en el siglo XV hasta la actualidad.

DISTORSIONES

Sin embargo, Pernoud destaca dos grandes distorsiones historiográficas respecto del mundo medieval. La primera centrada en el malicioso apelativo de Edad Oscura, resultante del prejuicio racionalista que opone fe y razón. El “mito de la Oscuridad” llega al punto de negar toda entidad cultural al período. Se pregunta Pernoud:

“¿Mil años sin producción poética o literaria digna de ese nombre? ¿Acaso es esto concebible? ¿Mil años vividos por el hombre sin que haya expresado nada bello, profundo o grande sobre sí mismo? ¿A quien se lo harían creer?”.Estimada Regine, se lo han hecho creer a generaciones enteras.

Pero para Pernoud el culmen de la Leyenda negra está representado por la infausta visión sobre la Iglesia, es decir, la institución vertebral de la Cristiandad Medieval. Por eso se ocupa de desmontar la fábula que versa sobre la exasperada misoginia que habría caracterizado a la Iglesia medieval y que encuentra su estereotipo en la idea de la “mujer sin alma”.

Así las cosas, dice Pernoud, “durante siglos se habría bautizado, confesado y admitido en la Eucaristía a unos seres sin alma…es extraño que los primeros mártires venerados como santos hayan sido mujeres y no hombres: santa Inés, santa Cecilia, santa Agata y tantas otras. Es sorprendente que una de las pinturas más antiguas de las catacumbas (en el cementerio de Priscila) haya representado a la Virgen con el Niño. En fin, ¿a quien creer, a los que reprochan a la Iglesia Medieval, precisamente, el culto a la Virgen María, o a los que opinan que la Virgen era considerada entonces una criatura sin alma?”.

Lo rigurosamente cierto es que, junto a la Cristiandad medieval, otras materias históricas están sujetas a tergiversaciones múltiples, lo cual no deja de ser paradójico en tiempos de constante ensalzamiento de la memoria. Quizás por eso Pernoud termina su libro con algunas sugerencias sobre la enseñanza de la historia, enfatizando la necesidad imperiosa de cultivar el sentido histórico en los jóvenes. Lo dice con claridad meridiana:

“Al descuidar la formación del sentido histórico, al olvidar que la Historia es la memoria de los pueblos, la enseñanza forma amnésicos”.

¡Cuán patente es esto en la Argentina de hoy! Y cuánto más con el agravante de que la sociedad no sólo se ha vuelto amnésica sino también autodenigratoria puesto que repite hasta el cansancio las falsificaciones de su pasado. Es lo que poéticamente decía Manuel Machado:

¡Ay del pueblo que olvida su pasado
y a ignorar su prosapia se condena!
¡Ay del que rompe la fatal cadena
que al ayer el mañana tiene atado!

En suma, este libro de Regine Pernoud es una auténtica joya, de suyo recomendable para profesores o maestros pero también para aquellos que, munidos ante todo de buena voluntad e inteligencia abierta, deseen acercarse a la verdadera historia.

 

Sebastián Sánchez

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Visto en: La Prensa

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San Martín. General Cristiano

Al conmemorarse el bicentenario del Cruce de los Andes es importante remarcar que las grandes gestas históricas son hechas por quienes entienden el sentido trascendental del hombre y de la Patria, por tal motivo debemos saber que si no se reconoce a San Martin como un hombre cristiano, no podrá jamás valorarse dicha gesta y menos aún recordarla y celebrarla con sentido amor patriótico.

Nuestra patria tiene, desde sus orígenes, en el sueño y en la mente de los hombres que la hicieron, de los hombres que quisieron su libertad  y su independencia, un alma cristiana, es esto algo que no podemos olvidar, y es algo a lo cual no tenemos derecho de renegar, sin traicionar la ilusión de aquellos que fundaron esta Patria.

San Martín quiso una patria libre en su cuerpo y cristiana en su alma. Esa es la herencia que hemos recibido y es ésta la herencia que no tenemos derecho a traicionar. San Martin así como se ocupó del cuerpo de la Patria, se preocupó de su alma y por ello fue incomprendido, calumniado y arrojado al exilio precisamente por aquellos que no entendían el alma cristiana de la patria. Fueron estos los que miraban hacia otras tierras, hacia otros pueblos: los “doctorcitos unitarios”, los señores de las logias porteñas como Rivadavia, Mitre y Sarmiento, que no querían el alma de la patria, que miraban no hacia la tradición de España, sino hacia los principios masónicos de la Revolución Francesa.

La grandeza moral del General consiste en que, cualesquiera que hayan sido sus ambiciones secretas, no se le conocen otras que sus designios históricos, en los que tuvo la fortaleza del desinterés, del que es el más noble y varonil modelo; en que supo tener moderación en sus triunfos; en que murió en silencio después de 30 años de olvido. Sin debilidad, sin orgullo, sin amargura, porque había visto triunfante su obra, y deprimida su gloria.

Hay en él la gloria mayor que la del guerrero, la de haberse vencido a sí mismo renunciando a los honores, ascensos y premios del triunfo. Por todo esto tal vez no se comprenda a San Martín, cuando no se piensa en él como un general cristiano, ya que es esta la clave de su vida, porque cuando se cree en la trascendencia del hombre, es más fácil vencerse a sí mismo, soportar dolores y agravios, y desdeñar triunfos pasajeros; la vida sirve, no para gozar sino para cumplir la misión que a cada uno se le encomienda, quedando esto estampado en lo que repetidamente decía a sus  soldados “serás lo que debes ser o si no, no serás nada” . Cesan así las ambiciones y el deseo de perpetuarse en la memoria de los hombres, porque en lugar de la simple corona de laureles, se confía en la corona incorruptible de la que hablo San Pablo.

He aquí la perfecta síntesis del héroe, del hombre santo,  del héroe como resumen de todas las virtudes humanas, del coraje, de la generosidad, del desinterés, del servicio al Bien Común, y del santo como resumen de las virtudes sobrenaturales. Porque el servir a la patria con espíritu cristiano, es servir a Dios, perpetuando en la figura de éste gran capitán, las palabras de nuestro querido padre Castellani:

 

“Amar a la patria es el amor primero

y es el postrero amor después de Dios

y si es crucificado y verdadero

ya son un solo amor, ya no son dos”

 

Recemos así al señor para que nuestra patria recuerde que nació cristiana, que recuerde que fue hecha con la Cruz de los misioneros al mismo tiempo que con la espada de los conquistadores. La que expulso al hereje y tributo sus estandartes a los pies de María, la que eligió los colores de su manto para tener como bandera. La que escalo los Andes para mirar más alto la independencia de América. La Argentina de Saavedra, de San Martin, Güemes y Belgrano, la que fue estrella federal con Don Juan Manuel de Rosas, caudillo de los Caudillos y ultimo príncipe cristiano, y recemos para que a nosotros nos niegue el descanso hasta que sepamos ganar para la Patria la cosecha que siembra la muerte de éstos héroes y nos de la fuerza para continuar el buen combate.

¡Dueña de los ejércitos australes,

altísima Señora de las armas

que a través de los Andes condujiste

la bandera de amor, celeste y blanca,

inspira nuestro canto, reverdezcan

los añosos laureles de la Patria

en la sien de sus héroes y en el himno que

pronuncia mi voz enamorada!

Madre de Cristo, no el brutal orgullo,

sino la Gloria de sutiles alas

enardezca las vías del recuerdo y

haga puro el sabor de mi alabanza!

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Luthien

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“¡Que bien estamos aquí!”

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Diviso el mundo entero

Y sin atreverme a mentir

Lo miro como lo has creado

“¡Qué bien estamos aquí!”

+

Y me acuerdo de tantas gracias

Que de tus manos recibí

Y sin duda a veces exclamo

“¡Qué bien estamos aquí!”

+

Y aún recuerdo al loco Pedro

Decir lo que yo oí

Aunque todo se venga abajo

“¡Qué bien estamos aquí!”

+

Pero a veces me interrogo

Creo que inmanente fui

Olvide el cielo y pensé

“¡Qué bien estamos aquí!”

+

Con gracias recibidas

Y con Cristo estando allí

En la Santa Misa dije

“¡Qué bien estamos aquí!”

+

No basta para quien

Al empíreo quiere ir

Afirmar así nomás

“¡Qué bien estamos aquí!”

+

Es menester esperar

Para poder, por fin, decir

Delante del Eterno, orar

“¡Qué bien estamos aquí!”

                                                                                                                            

Inés de Jesús

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Una tesis de Aristóteles en entredicho

Advertencia: Lo que sigue es tan sólo una breve reflexión surgida de una charla amical, sin el rigor científico que merecería dicha reflexión, pero apuntando algunos argumentos.

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¿Qué autor, alguna vez, no ha citado la frase con la cual Aristóteles principia su metafísica? Nosotros no queremos ser la excepción. Pero en nuestro caso es para ponerla en entredicho. En realidad no somos nosotros, sino el pensamiento hodierno.

La tesis a la cual nos referimos es, a saber: “todos los hombres tienen naturalmente el deseo a saber”. ¿Existe hoy tal deseo? Si es algo a lo que tiende el hombre naturalmente, la respuesta debe ser afirmativa. Para confirmar esto y mostrar la evidencia de lo dicho, el Filósofo plantea: “El placer que nos causas las percepciones de nuestros sentidos son una prueba de esta verdad”. Seguidamente agrega que las cosas nos agradan “independientemente de su utilidad”. Lo que nos lleva a deducir que existe un saber útil –como medio para- y un saber honesto –querido por sí mismo. Son dos tipos de saberes que se ordenan jerárquicamente: 1) el saber honesto, que se goza por sí mismo, en la contemplación y 2) el saber útil, que sirve a los efectos de medio para alcanzar otra cosa. Detengamos el paso aquí ¿Qué nos depara el tiempo presente con relación a lo dicho? Consideramos que hay una primacía notoria e indudable de los saberes útiles en detrimento, y aún en el olvido y casi desaparición, de los honestos, puesto que estos últimos no están en consonancia con los tiempos que corren.

Una causa de esta inversión tiene una clara raíz antropológica. Fue Pieper quien observó una radical transformación de la esencia del hombre y de su existencia. Hoy se ha concebido y constituido un nuevo concepto antropológico: la figura del trabajador. De esta manera la existencia humana poco a poco se comprime en los márgenes del trabajo –sumamente estrechos, por cierto. Recordemos que Aristóteles denominó las ocupaciones diarias con un nombre negativo “no-ocio”. Y a la vida de neg-ocio ni siquiera le da un lugar en los principales modos de vida que desarrolla en el Libro Primero de su Ética, y dice: “es algo violento”, no propio de la naturaleza humana –o de los “hombres libres”-, aunque sí necesario para sobrevivir y disfrutar del ocio: “trabajamos para tener ocio”. El trabajo es medio, el ocio es fin.

Pero qué es lo que ha sucedido, el trabajo se ha adueñado de la principalía de  la vida, se ha convertido en fin. Hay una inserción total del hombre en la planificación utilitaria de la sociedad. No hay grieta alguna para salir del estrecho cuarto que delimita la existencia del “hombre-trabajador”. Quien ha nacido entre esas cuatro paredes está prisionero y no lo sabe. Testimonio de ello ha podido dejar Platón quien supo describir plásticamente esta situación en el Libro Séptimo de La República.

El saber por saber hoy es totalmente desechado, aún en la Universidad. El porqué de las cosas, sus causas últimas y primeras son sutilezas inútiles –en el sentido peyorativo del término. A quien se le ocurra hablar de estas cosas podrá escuchar en el vulgo la misma risa socarrona de la muchacha tracia.

Para ir cerrando esta breve reflexión digamos que Aristóteles expresa una evidencia clara como la luz matinal, ayer y hoy. Pero si los ojos se cierran a la luz no la podrán ver aunque resplandezca como el sol. Hoy hay una cerrazón y un ofuscamiento de la razón que ha trastocado todo y no le permite ver tamaña evidencia. Se ha perturbado el ser, el hombre, su existencia, su finalidad. El “entredicho” en que se encuentra la tesis del estagirita no es su falta de tino sino el producto del insensato, maniático y desequilibrado pensamiento moderno que ha desplazado lo honesto por lo útil.

 

José Gastón

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