San José, el santo del silencio

Es un caso excepcional en la Biblia: un santo al que no se le escucha ni una sola palabra. No es que haya sido uno de esos seres que no hablaban nada, pero seguramente fue un hombre que cumplió aquel mandato del profeta antiguo: “Sean pocas tus palabras”. Quizás Dios ha permitido que de tan grande amigo del Señor no se conserve ni una sola palabra, para enseñarnos a amar también nosotros en silencio. “San José, Patrono de la Vida interior, enséñanos a orar, a sufrir y a callar”.

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Oración al Glorioso San Josñe

S.S. LEÓN XIII

A Vos recurrimos en nuestra tribulación, bienaventurado San José, y después de implorar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro Patrocinio. Por el afecto que os unió la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, por el amor paternal que profesasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos que volváis benigno los ojos a la herencia que con su que Jesucristo conquistó con su Sangre y que nos socorráis con vuestro poder en nuestras necesidades.

Proteged, oh prudentísimo Custodio de la Sagrada Familia, el linaje escogido de Jesucristo; preservadnos Padre amantísimo, de todo contagio de error y corrupción, sednos propicio y asistidnos desde el Cielo, poderosísimo Protector nuestro, en el combate que al presente libramos contra el poder de las tinieblas. Y del mismo modo que, en otra ocasión, librasteis del peligro de la muerte al Niño Jesús, defended ahora a la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y contra toda adversidad. Amparad a cada uno de nosotros con vuestro perpetuo patrocinio; a fin de que, siguiendo vuestros ejemplos y sostenidos por vuestro auxilio, podamos vivir santamente, morir piadosamente y obtener la felicidad eterna del Cielo. Amén.

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Conviertete, y confirma a tus hermanos

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Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como se hace con el trigo. Pero Yo he rogado por ti, a fin de que tu fe no desfallezca. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos. Pedro le respondió: “Señor, yo estoy pronto para ir contigo a la cárcel y a la muerte”. Mas Él le dijo: “Yo te digo, Pedro, el gallo no cantará hoy, hasta que tres veces hayas negado conocerme”. (Lc. XXII, 31-34)

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En el silencio de la tarde…

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Sin respirar, sin voz, sin movimiento,

nos mirábamos quietos y callados,

como estatuas de mármol, contagiados

por la quietud solemne del momento…

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La tarde declinaba,

y hasta la brisa leve que pasaba

acariciando frescas amapolas

dormida se quedó. Todo callaba

para que hablaran nuestras almas solas.

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Y se hablaron, quizá, y se dijeron

sus secretos más hondos y escondidos,

mientras los campos fueron

quedándose dormidos…

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Callaron los regatos bullidores,

calló la fuente clara,

los pájaros cantores,

los huertos, las esquilas, los pastores…

¡Y sonaron mis besos en tu cara

Como un rumor de abeja entre flores!

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José María Pemán

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Nueve lunas

“Mujer: en un silencio que me sabrá a ternura,

durante nueve lunas crecerá tu cintura,

y en el mes de la siega tendrás color de espiga,
vestirás simplemente y andarás con fatiga.
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El hueco de tu almohada tendrá olor a nido,
y a vino derramado nuestro mantel tendido.
Si mi mano te toca, tu voz, con la vergüenza,
se romperá en tu boca lo mismo que una copa.
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El cielo de tus ojos será cielo nublado,
tu cuerpo todo entero, como un vaso rajado
que pierde un agua limpia. Tu mirada un rocío.
Tu sonrisa la sombra de un pájaro en el río.
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Y un día, un dulce día, quizás un día de fiesta
para el hombre de pala y la mujer de cesta,
el día que las madres y las recién casadas
vienen por los caminos a las misas cantadas.
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El día que la moza luce su cara fresca,
y el cargador no carga, el pescador no pesca…
tal vez el sol deslumbre; quizá la luna grata
tenga catorce noches y espolvoree plata.
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Sobre la paz del monte; tal vez en el villaje
llueva calladamente; quizá yo esté de viaje…
Un día, un dulce día, con manso sufrimiento,
te romperás cargada como una rama al viento.
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Y será el regocijo de besare las manos,
y de hallar en el hijo tu misma frente simple,
tu boca, tu mirada, y un poco de mis ojos,
un poco, casi nada…”

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José Pedroni

 

 

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Sermón del polvo

cenizas“Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (“Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás”).

El polvo quita la vista y el polvo devuelve la vista.  En las comarcas de Tierra Santa, la tierra salitrosa y arenosa levanta un polvo finísimo y blanco, que por una parte reflejando vivamente la luz ardiente del sol oriental y por otra parte alzándose con el viento en nubes enceguecedoras, produce numerosas oftalmías y en muchísimos casos la ceguera.  Cuando leéis los Evangelios, reparáis cuántas veces se nombra en ellos esta temible desgracia; cuántos ciegos no curó el Señor; la señal que dio a San Juan Bautista para indicarle que el Mesías llegó: “Los ciegos ven”; la comparación que usó en la parábola: “Si un ciego guía a otro ciego, los dos se van al hoyo”.

A uno de estos pobres desdichados curó el Señor en las puertas del Templo, según nos cuenta San Juan en el capítulo IX, poniéndole en los ojos un poco de barro; escupió en el polvo, hizo un poco de lodo, se lo echó en los ojos y le dijo: “Anda a lavarte en la piscina de Siloé”.

Señor, ¿qué hacéis?  ¿Polvo para curar a un ciego?  ¿Saliva para curar la ceguera?  La saliva que es cáustica y el polvo que es fricante, más bien volverán ciego a uno que ve, Señor, que no volverán los ojos a uno que no ve.

Dejadme hacer, dejad hacer al que es la Luz del mundo.  “Y fue, y se lavó y vio” —dice San Juan— “volvió viendo, volvió sanado”.

Polvo tenemos en los ojos, polvo de la tierra nos tiene ciegos.  Polvo son las riquezas, polvo son los honores, polvo son los placeres; polvo enceguecedor que nos impide ver.  Mas la Iglesia, Madre nuestra ansiosa por sanarnos, Esposa de Cristo poderosa para sanarnos, nos echa este día un puñado de polvo a la cara, y a imitación de su Divino Maestro dice a los pobres ciegos: “Con lo mismo que te enfermó, yo te sano.  Pero no con lo mismo: porque el polvo solo, el polvo de la tierra, no sirve para sanar, sino para enfermar más, si no se le mezcla la saliva de un Dios, es decir, la palabra de Dios”.  Y la Iglesia mezcla a este polvo de la tierra una palabra de Dios, una palabra tomada del Libro del Génesis, una palabra sencilla, verdadera y cáustica.

“¡Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás!” (Libro del Génesis, III, 19).

Si nos pusiese solamente ceniza en la frente para recordarnos la muerte que ha de reducirnos a polvo, no curaría la Iglesia nuestras llagas, sino más bien aumentaría nuestra tristeza; y la tristeza no es el remedio de nuestros males.  ¡Bastante tristeza nos da este siglo inquieto!  A este asilo de paz, a este puerto de oración en medio del estrépito de la calle abierto, venimos precisamente algunas veces huyendo de la tristeza del mundo.  Y bien, señores; no temáis, porque el polvo que allá fuera enferma, aquí dentro sana; el polvo que la Iglesia nos pone en los ojos nos devuelve la vista, aunque sea cáustico en el momento de la operación; y el que ve, señores, no está triste: porque el que ve, sabe adónde va; porque el que ve, camina seguro; el que ve, no tropieza en la piedra ni cae en el hoyo.

Y por eso, Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de este día nos manda el ayuno, pero nos prohíbe la tristeza.  “Cuando ayunéis —dice— no os pongáis tristes como los hipócritas”.

Y ¿cómo haremos para no estar tristes teniendo que sufrir el cuerpo?  No poniendo nuestro tesoro en el cuerpo, que es polvo, ni en las cosas de la tierra, que son polvo, sino más arriba.  “Y vuestro Padre que está en los cielos os lo pagará allá arriba.  No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y el gorgojo los deshacen, el ladrón rompe y los roba.  Amontonad tesoros en el cielo, donde ni polilla ni gusano deshacen, ni el ladrón rompe y roba”.

La polilla y el gorgojo son las miserias de esta vida; el ladrón es la muerte, y el tesoro es lo que buscamos y deseamos, nuestro ideal y nuestro último fin.

El mundo moderno ha exaltado demasiado al hombre y lo ha deprimido demasiado; lo ha adulado y lo ha calumniado, y alternativamente —contra la Iglesia, que le dice: “Tú eres polvo”—, le dice: “Tú eres un semidiós”, y después le dice: “Tú eres una podredumbre”.  El mundo miente, y es condición de mentirosos tener que corregir una mentira con otra mentira más grande.  El siglo de la filosofía del superhombre es el siglo de la filosofía del pesimismo; el siglo del confort y de los placeres es el siglo del bolchevismo y del pauperismo; y el siglo de los grandes hallazgos científicos, el siglo de las grandes miserias morales; el siglo pacifista es el siglo de la Gran Guerra; el siglo de las luces es el siglo de la ignorancia religiosa.

Yo hojeo nuestras revistas, nuestros periódicos, oigo nuestros doctores y nuestras universidades…  ¿Y qué veo?

“Hombre —exclama el mundo— tú eres libre; no te sujetes.  Tú eres rey; no obedezcas.  Tú eres hermoso; goza; todo es tuyo.  Pueblo soberano, tú no debes ser gobernado por nadie, sino gobernarte a ti mismo.  Rey de la creación, la ciencia y el progreso ponen en tus manos la tierra toda.  Animal erguido y blanco, tu cuerpo es hermoso, no lo ocultes.  Tu cuerpo es la fuente y el vaso de un mundo de placeres: bébelos. El dinero es la llave de este mundo: procúratelo.  Los honores, las dignidades, el mando son un manjar de dioses; la fama es el ideal de las almas grandes; la ciencia es la aristocracia del alma.  ¡A luchar!  ¡A arrebatar tu parte!  ¡A triunfar!  ¡A echar fuera a los otros!  ¡Si eres pobre: asalto a los ricos!  ¡Si eres rico: exprime a la plebe!”.

Señores, ¿y el gusano y la polilla?  El semidiós, el superhombre se encuentra con el gusano y la polilla.  Enfermedades del cuerpo, tiranía del pecado y del instinto, hastío de los placeres, temores en la riqueza, pequeñez del entendimiento, disgustos en el poder, miserias de la conciencia, limitación del alma; contrastes familiares, fracasos sociales, grandes desastres nacionales, polillas del polvo humano, ¡cuántas hay! y ¡cómo las llevamos todos escondidas y cómo han aumentado desde que la fe ha disminuido y el pecado crecido!

Y entonces, cuando comienza a deshacerse el ídolo de polvo en el que se había puesto el tesoro y el corazón, cuando la dura realidad tarde o temprano disipa los castillos basados sobre la mentira, ¡ah! entonces, señores, los maestros de la mentira os cantarán otra canción muy diversa, os consolarán con la canción del odio, el desencanto y la desesperación.

“Hombre: eres un absurdo, un enigma, una miseria.  Tu nacimiento es sucio; tu vida, ridícula; tu fin es desconocido.  Engañado por los fantasmas de las cosas hermosas que te prometen la felicidad, corres sin saber adónde, dando tumbos por la vida, hasta dar el gran salto del que nadie vuelve, a la noche de lo desconocido.  Tu hermano, a tu lado, es un lobo para ti; tu superior, arriba, es un tirano; el apóstol que te predica, te engaña y te explota.  No sabes nada de nada, no puedes nada contra tu destino.  Tus ideales más grandes, tus ensueños más hermosos: el amor, la religión, el arte, la santidad… ¿quieres saber lo que son en el fondo?  Son solamente sublimaciones del instinto del sexo que llevas en la subconsciencia.  La vida no vale la pena de ser vivida”.

He aquí las dos grandes mentiras del mundo.  Pero no hay ninguna mentira que no tenga algo de verdad —una mentira pura no se podría sostener—.  El mundo predica del hombre dos verdades: la grandeza de su alma y la miseria de su cuerpo.  Pero ignora del hombre dos verdades: la miseria de su alma, que es el pecado original, y la grandeza de su cuerpo, que es la resurrección final.

“Dios modeló al hombre del limo de la tierra y le sopló en la cara un viento de vida”, dice el Libro del Génesis.  Por lo tanto, señores, el hombre está hecho de dos cosas: de cuerpo y de alma; está hecho de un poco de barro y de un soplo de Dios: una cosa inferior tomada de la tierra y una superior bajada del cielo.  Que lo superior domine lo inferior, que el alma mande y el cuerpo obedezca: aquí tenéis el orden, la armonía, la felicidad; aquí tenéis el primer plan divino, el estado de inocencia original de Adán y Eva, el primer retrato de semidioses que nos hace el mundo.  Pero la fe nos enseña y el mundo ignora que el hombre por el pecado subvirtió este orden, deshizo esta armonía, perdió esta felicidad, y entonces el cuerpo se sublevó contra la inteligencia, la carne se zafó de las manos del espíritu, la materia oprimió al alma.  “Y conocieron que estaban desnudos; se avergonzaron, temieron la ira de Dios y se escondieron entre las hojas”.  Es decir: el hombre sintió el castigo de su desobediencia, en la desobediencia de los miembros de su cuerpo y de las facultades de su alma, en el terrible desorden, guerra, tristeza que no tenían remedio, sino en la misericordia de Dios, porque el hombre culpable, herido en lo natural y despojado de lo gratuito, no podía redimirse a sí mismo.

Éste se llama el estado de la caída, el segundo que el mundo nos describe, cuando le pedimos un segundo retrato del hombre.  El primer retrato es un semidiós, el segundo retrato es un gusano.  Y mirad, señores, cómo miente el ciego guía de ciegos.  Estos dos estados, estado de semidiós y estado de gusano, estado de justicia original y estado de caída, son dos estados históricos del hombre; porque, efectivamente, hubo un momento en que el primer hombre fue inocente y un momento en que fue irreparablemente culpable, pero dos momentos que no existen más ni volverán a existir, dos estados pasados, ya que el actual estado del hombre implica la caída y la redención, es el estado del hombre lapsus-reparatus, caído en Adán y redimido por Jesucristo Hijo de Dios y Señor nuestro.

Para librarnos de los engaños del mundo, de la seducción, la fascinación, la atracción del polvo de la vida, la Iglesia nos echa a la cara el polvo de la muerte.  ¿Cómo haré, dice la Iglesia, para que el hombre no se aprecie demasiado y no se desprecie demasiado, para que no se ensoberbezca y no se desaliente?  ¿Cómo haré para que en este tiempo de Cuaresma se abaje y se levante: abaje el cuerpo por el ayuno, levante el alma con la oración; para que desprecie los tesoros de la tierra y ponga su tesoro en el cielo?  ¡Es tan irresistible la seducción de lo que se ve, de lo que se toca, de lo que se siente!  Pues bien; lo haré ver, tocar, sentir qué cosa es lo que él desordenadamente ama.  Llamaré en mi auxilio a la muerte.  “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris”.  ¡He aquí lo que os impide amar a Dios, he aquí lo que pone en peligro vuestra eterna felicidad!  ¡Polvo!

En un antiguo auto sacramental del teatro español, aparece la Muerte armada de espada y daga para hacer un sermón a los hombres.  ¡Qué gran predicador la Muerte!  Entra la Hermosura, una gran dama vestida, adornada, engalanada; todo es seda y oro, todo jazmines y rosas; todo es gracia y gentileza; los hombres están locos por ella y ella está loca de sí misma.  La Muerte la toca con su espada, y se convierte en un cadáver hinchado y repugnante.

No era necesario el ladrón, bastaba la polilla; no era necesaria la muerte, bastaba el tiempo, el tiempo… tranquilo e implacable marchitador de todas las flores, el tiempo con su calva, sus arrugas, su joroba, sus achaques.  Pero como hoy han inventado ciertas pinturas y ciertos postizos para matar la polilla y hacer la guerra al Tiempo, vamos al ladrón, a la Muerte.  Levantad la losa y mirad la hermosura tocada por la muerte: es un montón de podredumbre, una cosa que no tiene nombre en ninguna lengua.  En esto ha parado todo: era, pues, una cosa caduca, pasajera, accidental.  Pasó y se llevó mis tesoros, dirá el libertino; la felicidad de mi alma en la otra vida, la paz de mi alma en esta vida, la salud de mi cuerpo, la firmeza de mi carácter.  ¡Oh, muerte, cuán amarga es tu lección para el que pone su fin en los placeres!

Entran las Riquezas, señores, pisando fuerte, mirando alto, vistiendo elegantemente, con gran cortejo de criados, de amigos y de parásitos.  La Muerte lo toca, y el Rico se convierte en un esqueleto.  Huyen los amigos, desaparecen los aduladores; y los parientes, con un ojo llorando y con el otro repicando, se apresuran a esconder bajo tierra al que se fue tan oportunamente.  Se fue solo, con las injusticias que cometió para ganarlas, con las iniquidades que hizo para conservarlas y con los pecados que perpetró para gozarlas.  En verdad os digo que los ricos difícilmente se salvan.  ¡Oh, muerte, cuán amargo es tu recuerdo para el que pone su fin en las riquezas!

Entra el Poder, señores; entra un Rey con su corte, soldados, sabios, políticos, lanzas, clarines, cien pendones al viento.  La Muerte lo toca, y todo se convierte en polvo: el polvo que fue Menfis, el polvo que fue Nínive, el polvo que fue Cartago, el polvo que fue Roma.  La Muerte, señores, manda más que los reyes y es más duradera que las naciones.  Pero la gloria —me decís—, la gloria queda.  Sí, señores, la gloria eterna con que Dios glorificará a los pobres y humildes de corazón, la gloria eterna queda.  No —me decís—: la gloria terrena, también la gloria terrena queda.  ¡Ah, señores!  ¿Qué es la gloria terrena?…  Un día visitaba el sepulcro de los Escipiones, en Roma.  Es un montón de ladrillos medio sepultado en un campo al lado de una calle polvorosa y solitaria.  Un guardia lo acompaña al visitante por unos sótanos oscuros y húmedos y le explica que en la Edad Media los campesinos llevaron los mármoles para hacer casas y en la Edad Moderna unos bodegueros hicieron una bodega para guardar el vino, donde reposaban el poeta Ennio, Escipión Emiliano, el primer Africano y Escipión el Asiático.  Este pedazo de hueso, este pedazo de húmero, es probablemente del primer Africano.  Esta es la gloria de la tierra, señores.  Un nombre en la historia: un pedazo de hueso que se muestra a los turistas.

Contra el Gran Ladrón nocturno ninguno puede.  A todos espera, a todos alcanza, a todos vence.  Ha vencido la Hermosura, el Poder, las Riquezas, las Naciones y la Fama: vamos a juntar a todo el mundo contra él, a ver si lo vence.  Mueren los individuos, pero queda la especie; mueren los hombres, pero permanece el género humano; mueren las naciones, pero queda el Mundo.  El Mundo contra la Muerte.

Señores, mirad qué es el Mundo.  Nosotros somos hormigas al lado de todo el mundo, de los mares, de las montañas y de las estrellas.  Los millones y millones de hombres con sus riquezas y sus posesiones, sus inventos; las maravillas del arte, de las letras, de la ciencia; los monumentos, las vías de comunicación, las máquinas; las grandes organizaciones y las grandes edificaciones eternas; el trabajo de siglos acumulado pacientemente para hacer una torre que llega hasta el cielo.

El Mundo Universo contra la Muerte.  La Muerte lo toca, ¿y qué sucede?  Sabemos lo que sucederá hasta en sus menores detalles.  El sol se oscurece, la luna se pone de color de sangre, las estrellas caen del cielo como higos maduros, el mar se pone a dar bramidos, los hombres todos reunidos para hacer la guerra a Dios y su Cristo huyen despavoridos; y en medio de la tribulación más grande que ha habido desde el principio de los siglos y después de una tremenda aunque breve agonía, este mundo pasó y toda su gloria se convirtió en nada.

Señores, es menester decirlo: en el siglo del progreso indefinido, de la evolución creadora, en que muchos hombres, cansados de esperar la Segunda Venida del Cristo, dijeron: “No viene más” y dormitaron y durmieron.

Lo que la razón sospecha, la fe nos lo asegura: este Mundo, que tuvo principio, tendrá también fin.  No sabemos el día ni la hora, pero sabemos que tenemos que vivir vigilantes.  No sabemos si falta mucho todavía, pero sabemos que vendrá el Gran Ladrón cuando menos lo esperan.

Os he hecho un gran espectáculo de desolación y de ruinas; he tomado la Muerte y he reducido a polvo la carne del hombre, las obras del hombre y el mundo todo del hombre.  Sobre este montón de ruinas, ¿qué queda, sino la tristeza y la desesperación?  Así es, señores, si fuésemos filósofos pesimistas; pero somos hijos de la Iglesia; no somos cultores de la muerte, sino hijos de la Vida.

El autor del Libro del Eclesiastés, inspirado por el Espíritu Santo, después de haber mostrado amargamente la vanidad de las cosas terrenas, no concluye, señores, la desesperación, sino que concluye la moderación.

Después de haber recorrido la vanidad de los placeres que dan hastío, la vanidad de la ciencia que aumenta el sufrimiento, la vanidad de las riquezas, del poder, del nombre, de la fama, de la hermosura, el autor sacro irrumpe en conclusiones de sentido común, de moderación y de templanza.  “Hay que despreciar todo lo caduco, hay que usar moderadamente de la vida, hay que usar también templadamente de los placeres y alivios que la hacen serena y llevadera, y sobre todo hay que temer a Dios, cumplir sus mandamientos y recordar su juicio”.  “Teme a Dios y observa sus mandamientos, porque esto es todo el hombre”.

Es curioso que no dice: “Cumple los mandamientos de Dios, porque eso es el alma del hombre.  El cuerpo es polvo; cumple los mandamientos para salvar tu alma”.  No, señores: “Cumple los mandamientos, porque eso es todo el hombre, cuerpo y alma”.  Señores, el que se salva, salva su cuerpo y su alma: envía su alma al cielo y envía el montón de polvo de su cuerpo a la tierra, como semilla de resurrección.

Hombre verdaderamente sabio, prudente y juicioso, señores, el que se salva.  No nos está prohibido desear riquezas, sino desear riquezas mentirosas.  ¿Cómo se pueden asegurar las riquezas contra un ladrón?  Mandándolas a la caja de seguridad.  Ese es el consejo de Cristo: por medio de la limosna, enviad vuestras riquezas donde no hay ladrones, para que allá os esperen.

¿Cómo se puede asegurar el grano de trigo contra el gorgojo?  Hay que sembrarlo.  Es el consejo de Cristo: “Si el grano se hunde en la tierra y muere, después brota y hace grande fruto”.

Así nuestros cuerpos, hundidos por la humillación, deshechos por la mortificación, pulverizados por la muerte, brotarán un día  con nueva vida y florecerán como rosas bajo el sol de la Inmortalidad.

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Fuente: CASTELLANI, L. Cristo ¿Vuelve o no vuelve?

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Tranquila incomodidad

«Soy un afán inmenso de infinito»

José María Pemán

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liriosYa en otros escritos habíamos planteado que ante el acuciante tiempo que nos toca vivir es necesario plantearse la urgente tarea de sentar las bases de una sólida formación cristiana que se traduzca en acciones puntuales, capaces de trocar el panorama que nos circunda. Y es una obviedad que para que nazca en el alma de un hombre común el deseo de mejorar la realidad, es preciso, antes que nada, captar que hay algo roto que debe ser reparado, algo torcido que debe ser enderezado, pues sin este punto de partida, condición por la cual el hombre es capaz de ponerse en movimiento (entiéndase a este como lo explicara la filosofía, “Paso de la potencia al acto”), es imposible trocar de la capacidad de perfectibilidad de un determinado ente para lograr justamente la perfección que se desea adquirir.

Es por ello que nos remontamos en esta cuestión al título que fue causa primera de este escrito. Lo engorroso demanda inquietud frente al problema formulado y nos habla  de la firme convicción de que siempre hay entes que pueden ser factibles de modificación y por lo tanto capaces de llegar a una cumbre de plenitud.

Del mismo modo póngase como ejemplo cualquier situación cotidiana, o las cuestiones de siempre, a saber, familia, educación, juventud, apostolado… La lista puede ser interminable porque no puede cuantificarse el deseo de perfección que sólo puede colmarse en el infinito.  En palabras de Pieter Van Der Mer de Walcheren: “Mi espíritu tiene hambre de la verdad, hambre de algo que no sé qué nombre darle pero que pueda saciarle por completo”.[1]

Esa sed de Absoluto y completud es el imán que insta a desplazarnos atraídos por una fuerza irresistible a la cual no podemos obviar, hasta que no descansemos y bebamos, en la fuente inagotable de Verdad, todas sus delicias. Es esta inquietud por el reposo eterno la que, paradójicamente nos lleva a movernos y a la vez detenernos a contemplar. En palabras de nuestro querido Papa emérito Benedicto podemos decir que:

El hombre sabe que no puede responder por sí mismo a su propia necesidad de entender. Aunque se haya creído – y todavía se crea autosuficiente-, sabe por experiencia que no se basta a sí mismo. Necesita abrirse a otro, a algo o a alguien, que pueda darle lo que le falta, debe salir de si mismo hacia Aquel que pueda colmar la plenitud de su deseo”[2]

Esa saciedad es la que anhelamos, aquella  cuyo solo pensamiento nos anonada y asombra y a la vez nos lanza a la carrera por la corona de gloria que no se marchita[3]. Se cumplen aquí las palabras que diría alguna vez San Agustín: “Nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en Ti”.  No descansa el corazón que ama a Dios frente a la oración en la que debe contemplar, frente al Evangelio que falta predicar, frente al libro que ha de escribirse, la obra de caridad que urge hacer; es el corazón amante, de Aquel que nos amó primero, inquieto frente al mundo en el que  Cristo debe reinar.

Pero he aquí que esa incomodidad frente al mundo que necesita de Dios, (como venimos anunciando en el título de este pobre escrito) va acompañada de confiada tranquilidad puesto que al recordar las palabras del Divino Providente[4] sobre los lirios y los pájaros a quienes no se les quita el sustento y el vestido necesario, porque naturalmente cantan la gloria de Quien los creó, cuánto más a nosotros menesterosos de la Gracia cuando busquemos el reino de Dios ¿no se nos dará acaso la añadidura de la paz por el bien cumplido y aún aquello que no nos atrevemos a pedir?[5]

Es aquí cuando el hombre en su actitud de sospecha,  si no termina de abandonarse a Dios y por lo tanto si no halla la paz, al cargar con los males propios de la natura humana,  se hace doblemente desdichado. Porque la confianza en la Providencia es ineludible pues  es real que incluso estos males tienen en sí cuantos bienes Dios quiera darnos, incluso el abandono tan necesario. Nos dice San Claudio de la Colombiére al respecto:

¡Cuánta será nuestra confusión cuando comparezcamos delante de Dios, y veamos las razones que habrá tenido de enviarnos estas cruces que hemos recibido tan a pesar nuestro! ´´He lamentado la muerte del hijo único en la flor de la edad´´: ¡Ay!, pero si hubiera vivido algunos meses o algunos años más, hubiera perecido a manos de un enemigo, y habría muerto en pecado mortal…´´ debo mi salvación eterna a esta confusión que me ha costado tantas lágrimas´´… ¿De qué nos molestamos?… ¡Dios carga con nuestra conducta, y nos preocupamos![6]

Si bien es cierto que ante el dolor y la prueba no podemos quedar impasibles, la preocupación excesiva agobia el alma y la carga de un modo sutil de doble malestar frente a la tarea que el Señor nos pide. Es por eso que hay que estar tranquilos e incómodos. Tranquilos porque Dios nos ama y nos cuida con ternura paternal. Incómodos porque hay que buscar “el Reino de Dios y su justicia” [7]

Ahora bien, al hombre que se siente tranquilo frente a Dios e incómodo frente al mundo pueden aplicársele las palabras de San Claudio a quien venimos citando:

“Me lo represento como un hombre sentado sobre una roca en medio del océano; ve venir hacia él las olas más furiosas sin espantarse, le agrada verlas y contarlas a medida que llegan a romperse a sus pies; que el mar esté calmo o agitado, que el viento impulse las olas de un lado o del otro, sigue inalterable porque el lugar donde se encuentra es firme e inquebrantable. De ahí nace esa paz, esta calma, ese rostro siempre sereno, ese humor siempre igual que advertimos en los verdaderos servidores de Dios.”[8]

Quiera el Señor, confiando en Su Amor, que podamos decirle cotidianamente con tranquila incomodidad:

“Gracias por este camino

donde caigo y me levanto,

donde te entrego mi canto,

mientras marcho peregrino,

Señor, a tu monte santo.[9]

 

                       Inés de Jesús.

_______________________________

NOTAS:

1 DE WALCHEREN ,Pieter Van Der Meer, “Nostalgia de Dios” , pág. 89, Ediciones LOHLE-LUMEN, 1995

[2] BENEDICTO XVI, “El hombre en oración, Catequesis durante las audiencias de los miércoles, Colección Pontífices nº 13, Editorial AGAPE Libros, 2011.

[3] 1Pe 5, 1-4

[4] Mt. 6, 25

[5] Liturgia de las Horas para los fieles, Oración conclusiva – II Vísperas del Domingo XXVIII, pág. 419, Editorial Desclée De Brouwer, decimoséptima edición, 2007.

[6] San Claudio de la Colombière, “El Abandono confiado a la Divina Providencia”, I Punto: “Verdades consoladoras”, pág. 2, versión en Word, 16/11/2007.

[7] Mt. 6, 33

[8] San Claudio de la Colombière. Op. cit., pág. 4

[9] Liturgia de las Horas para los fieles, Himno de Laudes – Martes III, pág. 673, Editorial Desclée De Brouwer, decimoséptima edición, 2007.

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Se ha dicho: el amor es ciego

corazon-de-piedraQuién no ha escuchado aquella frase: “el amor es ciego”. Pero ¿el amor es ciego? ¿Qué puede significar tal cosa? El amor, como muchas otras palabras que expresan realidades altísimas, ha sido vaciado del contenido primigenio y rellenado de todo lo vacuo, trivial y pueril que puede existir, llegando a establecer cierta equidad con el término placer, que a su vez es considerado como el más obtuso hedonismo.

El amor (eros) es falta, es deseo por completar esa falta, es tendencia ascendente a la unidad. El amor (ágape), también, en toda su excelsitud, es donación, entrega, sacrificio, y es descendente: de Dios a los hombres. Por ambos motivos el amor nunca puede ser ciego, pues quien desea conoce el objeto de su deseo y por eso lo ama y lo busca infatigablemente. De igual manera el que se entrega, conoce por quién lo hace y no mide consecuencias, sólo se da; no le importa si el otro lo abandona, si el otro lo engaña, si el otro lo perjudica, se da por completo, se sacrifica por él. El amor es tan sublime, tan noble, tan elevado, que son pocos los que no se marean en semejantes alturas.

Entonces ¿por qué el amor es hoy tan ultrajado? Porque el hombre es vil, rencoroso y  soberbio, lo que lo hace incapaz de alcanzar semejantes alturas. Por tal motivo dice que el amor es ciego, porque no puede superar ni siquiera las primeras estribaciones de ese monte sagrado, desde el valle nada se ve, nada se observa. Pero el que sufriendo asciende por las pendientes y alcanza la cumbre, todo lo ve, todo lo conoce y sabe de los dulces encantos del amor. Sólo quien es capaz de sacrificarse en este ascenso puede inteligir aquello de San Pablo:

La caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no es interesada, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace con la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera”.

El santo Apóstol nos presenta el Amor con una donación total y sin miramientos. El amor no radica en el yo sino en el tú, el objeto de amor es el tú, no el yo.

Lo propio del amor, dijimos, es ver, y de esa conjunción entre ver y amar es que nace la contemplación, la cual aplica con sosegado ánimo la mirada en el objeto amado. El amor requiere del ver, no se ama si no se ve, si no se conoce el objeto de la predilección amorosa. Esto genera un vínculo –que puede ser con la verdad o con una persona, por ejemplo-. Un vínculo que poco a poco se consolida, se unifica, se hace uno. El yo se ata –eso significa vincular- al tú por medio del amor, uno se dona al otro por medio del amor, y en ese atarse y en ese donarse, aunque a los oídos modernos suene paradójico y se rasguen las vestiduras, está la verdadera libertad, la libertad de los que aman, la libertad de aquellos que se olvidan de sí mismo y dan la vida por el otro.

Querido amigo, te estoy hablando del Amor, y si del Amor hablo, estoy hablando de Cristo ¿acaso Él no te amó conociendo cómo eras? ¿Acaso Él no se entregó al infame patíbulo sabiendo que una y otra vez lo negarías? ¿Acaso Él no te llamo amigo en la Última Cena? ¿Acaso Él no dijo que no había cosa más grande que dar la vida por los amigos, es decir, por los que se ama? Nuestro Señor es el modelo del Amor perfecto. Paguemos Su Amor con amor, Su Entrega con nuestra entrega, Su Sacrificio con nuestro sacrificio, para que seamos, si así el Señor lo desea, otros Cristos.

 

José Gastón

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De la virtud y el placer

lucas-vorsterman-retrato-de-seneca“La virtud es algo íntimo, elevado y propio de reyes, invencible, infatigable; el placer es de baja extracción, propio de esclavos, sin energías, perecedero; su puesto, su domicilio, son los prostíbulos, y las tabernas. La virtud la encontrarás en el templo, en el foro en el senado, en pie ante las murallas, cubierta de polvo, acalorada, con las manos encallecidas; el placer se oculta con enorme frecuencia, intentando acogerse a las tinieblas, en torno a los baños, los gimnasios y los lugares que temen a los vigilantes, blando, sin nervios, empapado en vino y perfumes, pálido o lleno de cosméticos y rebozado en mejunjes. El sumo bien es inmortal, no puede abandonar, no se sacia ni se arrepiente. En efecto, la mente recta nunca cambia, ni se toma odio a sí misma, ni se altera en nada, siendo como es la mejor. En cambio, el placer se extingue en el momento que más complace; no tiene mucha capacidad, de modo que se colma rápidamente, se convierte en hastío y languidece después del primer impulso. […] y ya cuando comienza está contemplando su fin.”

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Fuente: Sobre la felicidad. En: SÉNECA, L. ANNEO. Diálogos. Altaya, Barcelona, 1993, p. 234

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VIII Jornadas de Cultura y Cristianismo: Arte y Cristianismo

academia
La Academia de Humanidades de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo organiza las VIII Jornadas de Cultura y Cristianismo. Ellas pretenden generar un espacio de análisis y reflexión en torno al papel medular que el cristianismo ha jugado en la cultura e historia occidentales. Su particular impronta, cuyos límites trascendieron la geografía europea en todas direcciones, ha establecido para los hombres un hogar común, un éthos que, incorporando todo lo humano, lo ha redimido bajo la óptica divina. En este sentido, nada le es ajeno: la filosofía, la educación, el arte, las ciencias, y la política misma encuentran en la luz de la fe un principio capaz de solidarizarlas.
Estas VIII Jornadas de Cultura y Cristianismo, han adoptado como temática específica el estudio de la relación entre arte y cristianismo. Si es cierta la afirmación hegeliana de que el arte es la manifestación sensible de la idea, y que como tal su misión es la de conducir al espíritu humano desde lo sensible hasta el umbral de la teología, entonces es fácil comprender la importancia de la temática propuesta. La prolífera producción artística generada dentro y a partir de la visión de la fe es, sin lugar a dudas, un enorme esfuerzo por continuar la obra poiética iniciada por Dios con la Creación misma. Más aún, la Encarnación, como tópico central de la Historia, como esa Poíesis por excelencia, ha renovado en el corazón del hombre cristiano aquel impulso esencial donado en el Génesis. En este sentido, todas las artes han hablado de Cristo bajo diversas formas: tanto la arquitectura, cuanto la escultura, la música, la pintura y la poesía han pronunciado sensiblemente, han querido encarnar con belleza al Encarnado.
Con esta temática, las presentes Jornadas quieren invitar a la reflexión sobre el arte y el cristianismo desde diversas áreas del conocimiento. A partir de dichas perspectivas se pretende, por una parte, arribar a la unidad común que las convoca, a ese núcleo central alumbrado por la fe; por otra parte, se busca subrayar el carácter iluminador que las diversas formas artísticas tienen para el hombre contemporáneo, ya que tratándose de un arte verdadero, no puede quedar encerrado en la mera colección de museo sino que
por su vitalidad y su carácter intemporal, puesto que espiritual, debe continuar dialogando esencialmente con todo espíritu de buena voluntad.

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En este enlace la 2ª circular.

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La charla antes de la carta

pluma-tintero-papelLeón Bloy y Juana Molbech, la mujer llamada a compartir su vida, se vieron por primera vez el 19 de agosto de 1889. Volvía el del entierro de su gran amigo Villiers de l’Isle-Adam, muerto el día anterior. Tan agobiado, tan sombrío parecía aquel hombre, que Juana quedó hondamente impresionada. Al día siguiente volvieron a encontrarse, esta vez en casa de la familia Coppée, de la que ambos eran amigos. Fueron presentados y hablaron, él con interés y ella sin saber qué pensar de aquel extraño desconocido. “¿Quién es este hombre?”, preguntó Juana a su amiga Annette Coppée cuando quedaron a solas. “Un mendigo”, respondió ésta. “Tuve el presentimiento de una enorme injusticia –escribía Juana treinta años más tarde- y mi corazón voló de inmediato hacia ese hombre a quien se entregaba así, indefenso, a una recién llegada”.

En efecto, Juana, hija del poeta danés Christian Molbech, y danesa ella misma, había llegado poco antes a París, donde la familia Coppée le daba hospitalidad.

Fue allí donde tuvieron ocasión, días después, de hablar por primera vez a solas. “Me senté cerca de él –dice Juana en el prólogo de la edición francesa de estas cartas- y comenzó el inolvidable coloquio, casi un monólogo, durante el cual ese hombre, extraordinariamente candoroso, entregó los secretos de su vida a una pobre muchacha que no atinaba sino a escucharlo, pero cuyo corazón iba hacia él en un impulso irresistible, aunque demasiado tímido en su expresión. Antes de separarnos, me atreví a preguntarle: ¿Cómo es posible que usted, un hombre superior, sea católico? – Acaso por eso mismo- respondió. Yo callé, comprendiendo mi ignorancia”.

Y termina el prólogo con estas palabras: “Me besó la mano y nos separamos. Al día siguiente recibí la primera carta de León Bloy”.

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