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Día de la Soberanía Nacional

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La parábola de los talentos

Uno de los siervos dice: «Señor, cinco talentos me entregaste»; otro indica que se le dieron dos. Ellos reconocen que de él han recibido el medio de hacer el bien; le atestiguan un gran reconocimiento y le rinden sus cuentas. ¿Qué les responde el maestro? «Bien, siervo bueno y fiel (puesto que lo propio de la bondad es ver al prójimo); has sido fiel en lo poco, voy a ponerte al frente de mucho. Entra en el gozo de tu señor». De este modo es que Jesús designa una beatitud completa.

En cuanto al que no había recibido más que un talento, lo fue a esconder. «A ese siervo inútil, échenlo afuera, en las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes». ¿Lo ves? no es solamente el ladrón, el hombre que busca siempre enriquecerse, el que hace el mal; quien al final es castigado, es también aquel que no hace el bien. Entonces ¿Cuáles son esos talentos? Es el poder de cada uno, la autoridad que disponemos, la fortuna que poseemos, la enseñanza que podemos impartir, y cualquier otra cosa de la misma índole. Que nadie venga entonces a decir: solo tengo un talento, no puedo hacer nada. Porque puedes, incluso con un solo talento, actuar de manera loable.

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San Juan Crisóstomo (345-407), presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia

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La parábola de las diez vírgenes

1 “En aquel entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. 2 Cinco de entre ellas eran necias, y cinco prudentes. 3 Las necias, al tomar sus lámparas, no tomaron aceite consigo, 4 mientras que las prudentes tomaron aceite en sus frascos, además de sus lámparas. 5 Como el esposo tardaba, todas sintieron sueño y se durmieran. 6 Mas a medianoche se oyó un grito: “¡He aquí al esposo! ¡Salid a su encuentro!” 7 Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. 8 Mas las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan”. 9 Replicaron las prudentes y dijeron: “No sea que no alcance para nosotras y para vosotras; id más bien a los vendedores y comprad para vosotras”. 10 Mientras ellas iban a comprar, llegó el esposo; y las que estaban prontas, entraron con él a las bodas, y se cerró la puerta. 11 Después llegaron las otras vírgenes y dijeron: “¡Señor, señor, ábrenos!” 12 Pero él respondió y dijo: “En verdad, os digo, no os conozco”. 13 Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora”.

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Comentario de Mons. Dr. Juan Straubinger:

1 ss. Esta parábola, como la anterior, quiere enseñarnos la necesidad de estar siempre alerta, porque nadie sabe el día ni la hora del advenimiento de Cristo. Del esposo: La Vulgata añade: “y de la esposa”. El texto griego se refiere solamente al esposo, lo que cuadra mejor con las costumbres hebreas, porque las vírgenes solían estar con la novia, y junto con ella esperaban la venida del esposo acompañado de sus amigos. En cuanto a la explicación de la parábola, advierte ya S. Jerónimo que las diez vírgenes simbolizan a todos los cristianos. “La espera es el período que precede a la segunda venida del Salvador; su venida es la Parusía gloriosa; el festín de la felicidad del Reino de los cielos… Los fieles que no están preparados a la venida de Cristo serán eliminados de la beatitud parusíaca… El momento de la Parusía es capital… y hay que tener siempre a mano la provisión de aceite” (Pirot). En efecto, la lámpara sin aceite es la fe muerta que se estereotipa en fórmulas (15, 8). La fe viva, que obra por amor (Ga. 5, 6), es la que produce la luz de la esperanza que nos tiene siempre en vela; lo que no se ama no puede ser esperado pues no se lo desea. S. Pedro enseña que esa lámpara o antorcha con que esperamos a Jesús en estas tinieblas es la esperanza que nos dan las profecías basta que amanezca el día cuando Él venga (2 Pe. 1, 19). David enseña igualmente que esa luz para nuestros pies nos viene de la Palabra de Dios (Sal. 118, 105), la cual, dice S. Pablo, debe permanecer abundantemente en nosotros, ocupando nuestra memoria y nuestra atención (Col. 3, 16), para que no nos engañe este siglo malo (Ga. 1, 4). El sueño –que no es aquí reproche, pues todas se durmieron– representa, dice Pirot, lo imprevisto y súbito de la Parusía, de modo que la lámpara de nuestra fe no se mantendrá iluminada con la luz de la amorosa esperanza, si no tenemos gran provisión del aceite de la palabra, que es lo que engendra y vivifica la misma fe (Rm. 10, 17).

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Comentario de San Agustín, Doctor de la Iglesia

“En medio de la noche” (Sermón 93)

    Las diez vírgenes querían ir todas a recibir al Esposo. ¿Qué significa recibir al esposo? Es ir a su encuentro de todo corazón, vivir esperándolo. Pero tardó en venir, y todas se durmieron…..¿Qué significan estas palabras? Hay un sueño al que nadie puede escaparse. Os acordáis de las palabras del apóstol Pablo: “No queremos, hermanos, que ignoréis la suerte de los que duermen el sueño de la muerte” (1Tim 2,12)…. Todas se durmieron. ¿Pensáis que la virgen prudente puede escapar de la muerte? No, tanto las prudentes como las necias deben pasar por el sueño de la muerte…

“A medianoche se oyó un grito: Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro” (Mt 25,6). ¿Qué decir? Es el momento que nadie piensa, que nadie espera… Vendrá en el momento en que menos pensáis. ¿Por qué viene de este modo? Porque, dice él, “No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha fijado con su poder.” (Hch 1,7) “El día del Señor”, dice Pablo, “vendrá como un ladrón en plena noche.” (1Tim 5,2) Vigilad, pues, durante la noche para que no os sorprenda el ladrón. Porque, queriendo o sin querer, el sueño de la muerte llegará necesariamente.

Y no obstante, todo esto llegará cuando se oiga un grito en medio de la noche. Este grito es lo que el apóstol Pablo dice: “En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la trompeta, porque la trompeta sonará, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados.” (1Cor 15,52) Después de este grito que resonará en medio de la noche: “Llega el esposo” ¿qué pasa? “. Todas se levantaron”(Mt 25,7ss).

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Comentario del P. Diego de Jesús, Monasterio Cristo Orante

 

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La sociología de los Fariseos

Dejémonos de teologías y vamos a ver un momento de cerca, a lo Augusto Comte, qué demonios pasó en puridad con esta sociedad de los “separados” (Phêrushim o phêrishajja, de donde fariseos).

Ya hemos dicho lo que pasó; pero la casuística, el ritualismo fanático, el mesianismo político y la política son los síntomas o si se quiere los morbos. ¿Qué es lo que hizo posible esos morbos?

Fue una sociedad que se socializó: es decir, se cerró sobre sí misma.

En lo religioso, cuando una asociación se cierra sobre sí misma se vuelve una secta: puede mantenerse enteramente ortodoxa y protestar de una perfecta fidelidad a la cabeza de la Iglesia; pero ha dejado de ser “católica”. Sus lazos con la cabeza se vuelven puramente externos.

Cuando un organismo empieza a crecer “para adentro”, eso se llama cáncer…

Es mala seña para un cuerpo social que la preocupación por la “unión” se sobreponga a la preocupación por la “finalidad”. (¡Dios! Acabo de oír un discurso interminable en pro de la “unión de los españoles”, ¡qué bodrio! Unirse, unirse… ¿para qué? Digan primero para qué…)

Es pésimo síntoma que el cuerpo piense demasiado en sí mismo, antes y más en el objeto real que constituye su razón de ser: es exactamente lo que le pasa a los enfermos, como nota Santo Tomás. “El fin de una cosa cualquiera no puede ser su propia conservación”.[1]

 

En: CASTELLANI, Leonardo. Cristo y los fariseos. Ediciones Jauja, Mendoza, 1999, pp. 51-52.

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Notas:

[1] “La involución significa que una sociedad se cierra sobre sí y empieza a crecer para adentro, es decir, para sí misma, proceso que Bergson describió a fondo y A. Cochin denominó ‘socialización’: es la hipertrofia de lo colectivo hasta oprimir lo individual, en este caso, la personalidad de sus miembros. Podrían llamarse sociedades ‘corchificadas’”. (Castellani, Diario, enero de 1948).

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La Escuela: un tiempo de posibilidades

La escuela es una realidad, está allí, con toda su organización temporal. Ahora bien, esa realidad la podemos concebir e interpretar de una manera diferente a la actual –y es menester hacerlo-. Cualquiera que se encuentre en este ámbito, puede vivir el tiempo más allá de las regulaciones externas que éste puede imponerle. Empezar por suspender en la escuela el tiempo que rige en el campo económico y político de la sociedad, separando las instituciones educativas de la lógica del mundo productivo, podrá generar un espacio, o mejor, un tiempo de posibilidades, ya que ofrecerá a los estudiantes una experiencia del tiempo liberada de lo que la sociedad moderna considera sagrado.

Esto, desde nuestro punto de vista, sería vivir el ocio, vivir la Escuela como Schola, lo cual nos permitiría hacer un paréntesis en el tiempo: un demorarse para tomarse, valga la redundancia, un tiempo. Es permitir que kairós, ese dios joven y huidizo, mantenga por un instante, por un momento brevísimo de tiempo, la puerta abierta para que por ella ingrese aiôn y el hombre pueda eternizarse, romper la bóveda en la que nos mantiene prisioneros Krónos.

El ocio se convierte en un tiempo para formar la mirada del estudiante, para re-crear su mirada con categorías totalmente diferentes a las que propone el utilitarismo reinante, para que mire el mundo como si fuera nuevo en la vida, para que perciba una nueva forma de estar en el mundo habituándose a reflexionar sobre su vida.

Para llegar a este punto consideramos que es necesario que el maestro capte la atención de sus alumnos y les llame la atención sobre aquello que parecía invisible, para que empiecen a escuchar ciertos sonidos del mundo que pasaban desapercibidos. Para ello es necesario establecer ciertas estrategias. Esta vida ociosa supone un obrar, pero que no es un obrar físico, exterior, sino precisamente íntimo e interior. No se trata de un obrar dirigido hacia afuera, sino, por el contrario, es un obrar interno. Es un fruto que se desarrolla hacia adentro. Pero el mundo moderno, la educación moderna, como hemos explicado, lejos de advertir esta dimensión teleológica la ha negado, o mejor, la ha falsificado, exaltando la finalidad productiva y materialmente redituable.

Volviendo a la consideración del maestro, éste tiene un papel sumamente importante, es el guía, es el que, como ya dijimos, devela lo que estaba oculto y desapercibido colocándolo “sobre la mesa”. El educador obra sobre el educando en el sentido de disponer las circunstancias ideales y más propicias para que él obre sobre sí mismo. Pero el maestro también debe poseer otra cualidad, debe amar. El amor es creador y fecundo, que puede conmocionar la vida y darle otra dimensión, dilatando, ensanchando, eternizando el tiempo. Entonces, el maestro, para poner un ejemplo, debe amar su materia y sus alumnos, debe ser un “aspirante” que siempre se sabe incompleto y que está en búsqueda. El maestro apasionado no sólo informa sobre la materia sino que también le da vida, hace que ella nos hable. Un excelente ejemplo de esto, nos parece, es la poco habitual lección es la que da Guillaumet a Saint-Exupéry:

“¡Mas qué extraña lección de geografía recibí! Guillaumet no me mostraba España. Por el contrario, la convertía en una amiga. No me hablaba ni de hidrografía, ni de poblaciones. No me hablaba de Gaudix, pero sí de tres naranjos que, cerca de Gaudix, bordeaban un campo: ‘no te fíes de ellos, señálalos en tu mapa…’. Y los tres naranjos ocupaban ahora más lugar que Sierra Nevada. No me hablaba de Lorca, sino de una sencilla granja cerca de Lorca. De una granja viva. Y de su granjero. Y de su granjera. Y aquella pareja, perdida en el espacio a mil quinientos kilómetros de nosotros, adquiría de súbito una importancia desmesurada. Porque bien instalados en la pendiente de su montaña, semejantes a guardianes de faros, siempre se hallaban dispuestos, bajo sus estrellas, a socorrer a los hombres […] Y, poco a poco la España de mi mapa se transformaba, bajo la luz de la lámpara en un país de cuentos de hadas”.[1]

Pasa, súbitamente, frente a la fachada del espíritu del discípulo el lado de una cosa que antes no se había mostrado nunca, se devela un poco de aquella luz misteriosa que guardan las cosas. Hay un gozo y a su vez una incertidumbre por una presencia oculta tras la cosa. Es, en efecto, la vibración afectiva ante la riqueza de lo real, el motor que dirige y concentra a la inteligencia en la observación de su objeto y puede hacerlos “conmover” y pueden ser conmovidos o inspirados por ella. Y lo más importante, el maestro puede hacer que olviden el tiempo.

Precisamente el docente que se entusiasma y se apasiona por la sabiduría trasmite esa pasión, ese cuidado, ese respeto, esa casi reverencia por el tema que trata y por el mundo siempre nuevo que presenta. Ese maestro hace que el tiempo de su clase sea vivido de otra manera; si el ama y hace amar lo que enseña, hace de su tiempo y del tiempo de sus alumnos un tiempo dentro del tiempo.

Sacar al alumno y a uno mismo, por un instante al menos, de la vida inquieta, del frenesí, de la ambición desmedida, que se convierte en un viento helado que va marchitando las flores de la existencia humana, es hacer que el tiempo salga de su monotonía horizontal, para convertirse en un tiempo vertical. Liberar al alumno del funcionalismo social y hacerle entender y darle las condiciones para estudiar por estudiar, por el propio acto de estudiar, por el simple saber por saber, es permitirle que mire el mundo con otros ojos.

Recrear y reinventar la escuela y a quienes forman parte de ella –y son, en definitiva, quienes la hacen- sería la oportunidad –kairós– de hacer ingresar aiôn en el chrónos escolar, porque si bien no se puede salir del tiempo cronológico que rige nuestras vidas, si es posible colocar en él un paréntesis. Se trata de convertir el temporalismo disperso en tiempo interior: chrónos en aiôn.

Se engañaría empero, como hemos venido mostrando, quien pretendiese valorizar este tiempo aiôn por la innegable disponibilidad a la ejecución, pues sería una contradicción. La vida dirigida por este tiempo aiôn no agota su sentido en dirigir y orientar las actividades humanas, sino en consagrar el tiempo y aprender a vivir.

La Escuela no ha sabido encontrar o, tal vez, buscar en ese temporalismo dispersivo y exteriorista –chrónos-, la oportunidad -kairós- para que ingrese aiôn, porque se ha configurado de una manera totalmente diferente a la skholé, a la schola clásica. Por lo tanto proponerse una educación que vincule en su seno lo que venimos desarrollando implica el coraje y el sacrificio de desafiar a una civilización que margina y desdeña todo lo que no se ajuste a su infatuada dimensión de lo útil. Pero por sobre todo, proponerse una educación de este tipo, significa abandonar las vías fáciles del estar mejor para elegir el camino del mejor ser.

 

José Gastón

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Notas:

[1] SAINT-EXUPÉRY, A. Tierra de hombres. En: Obras completas. Plaza & Janés, España, 1967, pp. 192-193. Notable diferencia la de Guillaumet con el geógrafo de El Principito.

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In memoriam: Josef Pieper

Un día como hoy, pero de 1997, Josef Pieper cerraba los ojos a la luz del mundo… y los abría a la Luz inaccesible por la cual vivió y enseñó. Habló de contemplar, hoy “fija la mirada en el Amado”. Habló de fiesta, hoy se encuentra extasiado de la Felicidad Eterna. Habló de culto, hoy canta el Gloria in excelsis Deo junto a los ángeles.

José Gastón

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A 20 años de su partida a las moradas eternas donde está frente a frente a lo anhelado durante toda su vida… Sabemos que esto fue así pues lo delata la frente amplia, la mirada profunda y cristalina, el semblante sereno y relajado, propios de aquel que ha sabido contemplar realidades, a los vulgares ojos, invisibles…

 

De ocio y contemplación

 

No es por mucha actividad

Que el alma encuentra el reposo

Sino que se encuentra el gozo

Conociendo la verdad.

Pero entre negocio y vanidad

El hombre su alma pierde

Porque la acedia lo hiere

En su afán de contemplar.

El único modo de hallar

La dicha eterna y el ocio

Es buscar a Dios en todo

Hasta en la misma actividad.

Porque el ocio jamás será

Sinónimo de alma marchita

Es la serena alegría

de quien goza en realidad.

Inés de Jesús

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Cultivar la vida sencilla

Una vida sencilla es aquella que se lleva con llaneza y sin ostentar, es una vida pulcra y sin ornamentos. Pocas cosas, ha dicho Pemán, necesita alguien que lleve una vida sencilla:

“Casa limpia en que albergar,

pan tierno para comer,

un libro para leer

y un Cristo para rezar”

La sencillez nos lleva a la idea de unidad, el que es sencillo es uno, es simple, en él no hay doblez, ni fingimiento, ni simulación. Una vida sencilla es en definitiva una vida virtuosa.

Pocos son los que se han percatado de que la vida humana se debe desenvolver en la sencillez. Podríamos decir que el punto de partida y de llegada de la educación es la sencillez: la educación arranca por cultivar la mirada sencilla, el obrar sencillo y de allí va profundizando este sentido hasta culminar en la sencillez de la vida espiritual. Recordemos que la sencillez de niño es la condición sine qua non para acceder al Reino de los Cielos: “hacia ella – dice San León Magno- orienta los adultos, a ella hace volver a los ancianos, la da como ejemplo a todos los que eleva al reino eterno”.[1]

Por tanto la educación se resuelve cuando el hombre conquista de nuevo, ahora a nivel intelectual y espiritual, la sencillez, es decir, cuando se es sabio, cuando se es santo.

Concomitante a lo anterior, la sencillez también debe ser medio. Hay que proponerle a los niños el poder re-crearse en las cosas sencillas, en la belleza y el misterio que trasunta cada ser, para así empaparse de aquella otra realidad de la que esta es signo. Para eso es necesario que el niño esté en contacto con la naturaleza. Que chapotee en el agua, que trepe los árboles, que corte troncos, que le lean y lea cuentos. Eso es indispensable. Indispensable es también hacer que el niño se enamore de las cosas sencillas, diarias y ordinarias, para que de ellas pueda hacer cosas extraordinarias, que pueda mirar más allá de lo puramente fenomenológico, que vea la hondura y la amplitud del misterio que se esconde detrás de cada cosa. La realidad tiene mucho más que decirnos de lo que habitualmente nos dice. Esto requiere que le enseñemos a atesorar la sencillez de su alma. Primero, porque sólo es posible admirarse desde la sencillez; segundo, porque conquistar esta sencillez llevará a sentirse dichoso aún en la austeridad. No es malo celebrar una vida simple ha dicho Tolkien.

La mirada sencilla cultivada y conservada, por un lado, no permite que las cosas caigan en el letargo de la rutina, y por el otro, le trasmite al niño cierta reverencia honrosa y edificante ante lo esplendoroso de toda cosa creada. Quien puede gozarse de y en lo sencillo, de lo verdadero, de lo bueno y de lo bello alcanza la madurez del espíritu. Para cerrar esta breve reflexión sobre la sencillez acudimos a Nietzsche, quien no goza de mi devoción, pero tiene unas palabras bellísimas para poder describir este estado espiritual:

“Cuanto más alegre y seguro se vuelve el espíritu, tanto más desaprende la carcajada estruendosa; en cambio, continuamente le brota una sonrisa espiritual, un signo de su maravilla ante los innumerables placeres ocultos de la buena existencia”.[2]

 

José Gastón

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Notas:

[1] Cit. en: RICHÉ, P. La educación en la cristiandad antigua. Herder, Barcelona, 1968, p. 39.

[2] Nietzsche, F. El caminante y su sombra. Tomo I, Gredos, Madrid, 2014, p. 235.

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Hombres sin corazón

Los hombres sin corazón son una atrocidad que comúnmente se les denomina “intelectuales”. Los cuales

“No se destacan por un exceso de pensamiento, sino por defecto de emoción fértil y generosa. Sus cabezas no son más grandes que lo normal: la atrofia del corazón las hace parecer así.

Y todo el tiempo -tal es la tragicomedia de nuestra situación- seguimos clamando precisamente por aquellas cualidades que tornamos imposibles. No se puede abrir un periódico sin encontrar la afirmación de que lo que nuestra civilización necesita es más impulso o dinamismo o autosacrificio, o creatividad.

Con una especie de atroz simplismo, extirpamos el órgano y exigimos la función. Formamos hombres sin corazón, y esperamos de ellos virtud y arrojo. Nos burlamos del honor, y después nos sorprende descubrir traidores entre nosotros. Castramos, y esperamos fertilidad”.

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Fuente: LEWIS, C.S. La abolición del hombre. Vórtice, Bs. As., p. 11.

 

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Elecciones en Argentina

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