Sobre la lectura

La mayor utilidad de los grandes maestros de la literatura no es la literaria; está fuera de su soberbio estilo y aun de su inspiración emotiva. La primera utilidad de la buena literatura reside en que impide que un hombre sea puramente moderno. Ser puramente moderno es condenarse a una estrechez final; así como gastar nuestro último dinero terreno en el sombrero más nuevo es condenarnos a lo pasado de moda. El camino de los siglos pasados está empedrado con méritos modernos. La literatura, clásica y permanente, cumple su mejor misión al recordarnos perpetuamente la vuelta completa de la verdad y al balancear ideas más antiguas con ideas a las cuales, por un momento, podemos estar dispuestos a inclinarnos. El modo como lo hace, sin embargo, es lo bastante peculiar como para que valga la pena tratar de comprenderlo.

En la historia de la humanidad, aparecen de tiempo en tiempo, de manera especial en épocas muy agitadas, como la nuestra, ciertas cosas. En el mundo antiguo, se las llamaba herejías. En el mundo moderno, se las llama modas. A veces, resultan útiles durante cierto tiempo; otras, son completamente dañinas. Pero siempre se conforman gracias a una concentración indebida en torno a una verdad, o una verdad a medias. Así resulta verdad insistir en el conocimiento de Dios, pero es herético insistir en ello como lo hizo Calvino, a costa del amor de Dios; de esa manera, es verdad desear una vida sencilla, pero es una herejía desearla a expensas de los buenos sentimientos y de las buenas conductas.

El hereje (que también es el fanático) no es un hombre que ama demasiado la verdad; nadie puede amar demasiado la verdad. El hereje es un hombre que ama su verdad más que la verdad misma. Prefiere la verdad a medias que él ha descubierto, a la verdad completa que ha encontrado la humanidad. No le gusta ver su pequeña y preciosa paradoja atada con veinte perogrulladas en el paquete de la sabiduría del mundo.

A veces, tales innovaciones tienen una sombría sinceridad, como Tolstoi; otras, una sensitiva y femenina elocuencia como Nietzsche y, a veces, un admirable humor, ánimo y espíritu público, como Bernard Shaw. En todos los casos, provocan una pequeña conmoción y tal vez crean una escuela. Pero siempre se comete el mismo error fundamental: se supone que el hombre en cuestión ha descubierto una nueva idea. Pero, en realidad, lo nuevo no es la idea sino la separación de la idea. Es muy probable que la idea misma se encuentre repartida en todos los grandes libros de un carácter más clásico e imparcial, desde Homero y Virgilio a Fielding y Dickens. Se pueden encontrar todas las nuevas ideas en los libros viejos, sólo que allí se las encontrará equilibradas, en el lugar que les corresponde y a veces con otras ideas mejores que las contradicen y las superan. Los grandes escritores no dejaban de lado una moda porque no habían pensado en ello, sino porque habían pensado también en todas las respuestas.

En el caso de que esto no resulte claro, tomaré dos ejemplos, ambos en referencia a nociones de moda entre algunos de los teorizadores más imaginativos y jóvenes. Nietzsche, como todos saben, predicó una doctrina que él y sus discípulos consideraron aparentemente muy revolucionaria; sostuvo que la moral comúnmente altruista había sido la invención de una clase esclava para evitar la emergencia de que tipos superiores la combatan y la dirijan. Los modernos, estén o no de acuerdo con ello, siempre se refieren a esa idea como a algo nuevo y jamás visto.

Con calma y persistencia, se supone que los grandes escritores del pasado, digamos Shakespeare, por ejemplo, no sostuvieron esa idea porque jamás se les ocurrió, porque jamás la habían imaginado. Recorramos el último acto de Ricardo III de Shakespeare y encontraremos no sólo todo lo que Nietzsche tenía que decir, resumido en dos líneas, sino también las mismas palabras de Nietzsche. Ricardo el Jorobado dice a sus nobles:

 Conciencia es sólo una palabra que usan los cobardes,

creada al principio para infundir terror a los fuertes.

Como ya he dicho, el hecho es evidente. Shakespeare había pensado en Nietzsche y en el Jefe de la Moralidad; pero le dio su propio valor y lo colocó en el lugar que le corresponde. Este lugar es la boca de un jorobado medio loco en vísperas de la derrota. Esa rabia contra los débiles es sólo posible en un hombre morbosamente valiente pero fundamentalmente enfermo: un hombre como Ricardo, un hombre como Nietzsche. Este caso sólo debía destruir la absurda idea de que estas filosofías son modernas en el sentido de que los grandes hombres del pasado no pensaron en ellas. Pensaron en ellas, sí, sólo que no pensaron demasiado. No se trata de que Shakespeare no viera la idea de Nietzsche; la vio, pero también vio a través de ella.

Tomaré otro ejemplo: Bernard Shaw, en su sorprendente y sincera obra de teatro llamada Mayor Bárbara, arroja uno de sus desafíos verbales más violentos a la moral proverbial. La gente dice: “La pobreza no es un crimen.” “Sí -dice Bernard Shaw-, la pobreza es un crimen y la madre de los crímenes. Es un crimen ser pobre cuando es posible rebelarse o enriquecerse. Ser pobre significa ser pobre de espíritu, servil o falso”.

Shaw muestra señales de querer concentrarse en esta doctrina, y muchos de sus discípulos hacen lo mismo. Pero sólo la concentración es nueva, no la doctrina. Thackeray hace decir a Becky Sharp que es fácil ser moral con mil libras al año y muy difícil serlo con cien. Pero, como en el caso de Shakespeare que antes mencioné, lo importante no es solamente que Thackeray conocía esta doctrina, sino que también sabía exactamente su valor. No sólo se le ocurrió, sino que supo dónde colocarla. Debía hacerlo en una conversación de Becky Sharp, una mujer astuta y no carente de sinceridad, pero que desconocía totalmente las emociones más profundas que hacen que valga la pena vivir. El cinismo de Becky, con Lady Jane y Dobbin para equilibrarlo, tiene cierto aire de verdad. El cinismo del Undershaft de Bernard Shaw, presentado con la austeridad de un predicador de campaña, simplemente no resulta verdadero. No es verdad, en absoluto, decir que los pobres son en su conjunto menos sinceros o más serviles que los ricos. La verdad a medias de Becky Sharp se convirtió primero en una locura, después en un credo y, finalmente, en una mentira. En el caso de Thackeray, como en el de Shakespeare, la conclusión que nos concierne es la misma. Lo que llamamos ideas nuevas son, generalmente, fragmentos de las viejas ideas. No es que una idea particular no se le ocurriera a Shakespeare. Es que, simplemente, encontró muchas otras aguardando para quitarles toda la tontería.

 

 

En: CHESTERTON, G.K. El hombre común. Lohlé-Lumen

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Música que es nostalgia de la Belleza

Reflexiones a propósito de “Tristeza”, de Horacio “Chango” Spasiuk

Emil Cioran, el atormentado filósofo rumano nacido y muerto en el siglo XX, decía, glosando un sentido aforismo de Nietzsche, que toda verdadera música procede del llanto porque ha nacido de la nostalgia por el paraíso. Con estas palabras, el escéptico pensador rumano nos dio quizá la clave para entender por qué ciertas piezas musicales -aquellas fieles al dictado de las musas- hacen trepidar el corazón, parecen hablar ese indescifrable idioma cordial que la razón no entiende.

“Algo en uno se siente llamado”, dijo alguna vez el mismo Chango Spasiuk tratando de describir su propia vibración interior ante los tonos de una canción litoraleña que hablaba de un caballo alazán y de una niñez montando en pelo, entre yerbales, montes y olor a pan casero.

Moro, que no alazán, era el potro junto al que don Leopoldo Marechal vió, en pañales, a la metafísica, “Tempranamente, allá en el sur”. Y tordillo era el flete en el que don Atahualpa descubrió la cifra de la amistad, recorriendo sobre su ancho lomo esa tierra con espinillos que Dios creó “en un descanso de domingo”.

Moros, alazanes o tordillos, en el monte de tierra colorada o en la pampa dorada y oliva, a una y la misma epifanía asistían los ojos niños de los poetas aquí convocados. Por ello no llama la atención que, puesto a descifrar el idioma indescifrable en cuyo inasible horizonte semántico recibió aquel llamado, hablara Spasiuk, en aquel artículo, de la infancia. Desde aquí parecía provenir el llamado hecho audible en una canción litoraleña. Algunos años después y consagrado al mismo afán de desciframiento, compondrá y presentará el Chango, el chamamé “Tristeza”, y lo hará como quien ofrece la genciana rilkeana hallada en la cima de un monte de tierra colorada.

MIRADA INAUGURAL

En “Tristeza” nos parece encontrar los motivos fontales de la música del Chango. Algunas de sus profundas constelaciones melódicas reaparecen en “Mi pueblo, mi casa, la soledad”, y las verdades inefables que sus tonos revelan tornan con renovados matices en sus más emotivas producciones como “Camino”, “Pynandí”, “Mi sur”, “Búsqueda”.

Hablamos de motivos pero quizá todos sean reconducibles a uno que, como el télos aristotélico, es el originario y finalísimo: la -en palabras del mismo Spasiuk- “búsqueda desesperada de la belleza”. Lo cual es decir también afán por recuperar aquella mirada inaugural, por regresar al hogar de la infancia donde el contacto con la belleza era tan cercano y cotidiano como el olor a yerbales y a pan casero.

“Tristeza” tiene mucho de ese clamor del alma que busca sin descanso una belleza cuya revelación inacabada es herida, es ausencia y es llamado. Nos animamos a decir que esta pieza de Spasiuk nos habla -en una atmósfera serena en la que se adivina algo parecido a la esperanza- de la ausencia, de la pérdida, de la carencia, del naufragio. Y lo hace sin abaratar su tematización musical. Estas densas realidades son “presentadas”, son llevadas a su registro más pleno, en todo el hondo desgarramiento interior que implican. Pero la serenidad y la belleza con la que ese desgarramiento es ofrecido a nuestra percepción cordial, nos dice, nos sugiere, algo más. Como si frente a la perspectiva segura de un desgarramiento definitivo el compositor nos dijera, con el poeta, que el naufragio es la única ruta hacia la isla prometida.

LA INTUICION

En aquella inmortal ejecución realizada hace cuatro años en el Teatro Colón (y que conforma el que a nuestro modesto entender es el mejor trabajo discográfico de Spasiuk: Tierra Colorada en el Teatro Colón), la idea, la intuición nuclear, la concepción espiritual, en suma, el lógos de “Tristeza”, es presentado, sin preámbulos, al inicio mismo del concierto. Durante los diez segundos inaugurales suena, desnudo, el entrañable acordeón del Chango. Ese acordeón sierva, siempre al servicio de la intuición profunda de su ejecutante misionero. Alejada por igual del relleno simplón y del virtuosismo estéril. Donde todos los recursos técnicos son puestos al servicio de la idea, de la intuición, que preside y gobierna todo el desarrollo de la canción. Ese acordeón al servicio, en definitiva, de la música.

Su singular protagonismo en “Tristeza” se nos antoja vinculado, no sólo a la natural centralidad del instrumento ejecutado por el artista solista, sino a la sobrenatural virtud del sonido mismo del acordeón para hablar, por igual, el idioma de la tristeza y el de la alegría.

Su introducción desnuda, al iniciar la pieza sobre la que estamos meditando, nos hace entrar repentina pero suavemente en un clima de intimidad espiritual profunda. Una intimidad que es también comunión porque el Chango, descendiendo a las cisternas de su alma para encontrar allí el sonido y el significado inefable de la nostalgia (que procede del vocablo griego que designa al “regreso”), nos ofrece un espejo musical en el que descifrar el sentido de los desgarramientos más hondos de nuestra propia alma. Frente a ello, el oyente no puede sino conmoverse y estremecerse súbitamente, como si sintiera tocada la fibra más íntima y sensible de su tejido espiritual.

Así conmovido, así retratado, no llama la atención que al escuchar por primera vez “Tristeza”, el corazón vaya por delante “como madrina de tropilla”, adivinando los tonos que siguen, rememorando en esas notas inéditas una música ya conocida. De principio a fin, el corazón recorre un itinerario que no le es extraño aunque lo recorra por primera vez. Parece adivinar los recodos, las pendientes, los ascensos que se aproximan.

A poco andar, se hace nítido un sencillísimo y casi familiar rasguido litoraleño de guitarra que acompaña las notas de la tristeza. Con ese rasguido sereno acompañando el acordeón estas realidades y el registro más pleno de ellas que esta pieza nos da, son como enclavadas en el centro de nuestra vida cotidiana, de nuestra existencia desgarrada. Situados allí, y después de una exquisita transición, la pieza va ganando rápidamente en intensidad expresiva hasta llegar a su momento culmen en el que un violín adquiere el protagonismo diciéndonos algo como en secreto.
Hacia el final y como pendiente repentina abierta en el curso de un río torrentoso, el acordeón llena de sonido el silencio, asciende en intensidad expresiva y llegando casi al límite de su lamento, se sujeta deliberada y conclusivamente al cauce final de quietud que le ofrece el violín, recuperando así el registro del silencio…

Si, como agua de deshielo, nuestras lágrimas -esas que, según Marechal, acumulamos desde que fuimos concebidos- encuentran en piezas como “Tristeza” su cañada natural y su música escondida, no es porque esta composición de Spasiuk juegue a la melancolía imponiendo caprichosamente tonos menores a manera de diques y riachuelos. No. Ella encarna, por el contrario, los motivos más hondos del espíritu que busca desesperadamente la belleza. Del espíritu que, atado al destino eu-catastrófico de este mundo sublunar, canta en tono menor la efímera epifanía de esa belleza arrebatadora, llora en tono mayor su larga partida y emprende siempre de nuevo, en sinfonía de esperanza, el camino hacia su reencuentro definitivo.

Por estas razones es que frente a “Tristeza”, de Horacio Chango Spasiuk, nos hallamos frente a una pieza musical que encarna los motivos de toda obra artística que merece ser reconocida y que honra y jerarquiza nuestra cultura nacional.

 

Santiago H. Vázquez

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Visto en: La Prensa

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Religión en la UNCuyo: imposiciones del laicisismo

En una de sus últimas y más íntimas obras, Ernesto Sábato, evocando la profunda conmoción que tuviera frente a la imagen del Señor del Milagro en Salta, reflexiona largamente sobre el desprecio a los valores trascendentes sobre el que se están levantando, desde hace varios lustros, las sociedades, sus instituciones y hasta la misma apariencia edilicia de éstas.

Entre las razones que el literato esgrime para comprender este hecho verdaderamente luctuoso, se refiere a la “globalización”. Este recurso explicativo, trillado y hasta caprichosamente conspiracionista y trasnochado en boca de algún analista “intratable”, resulta, en la pluma incisiva del afamado escritor argentino, revelador, convincente.

En efecto, dicha globalización es, primariamente, colonización mental pues busca imponer una “uniformidad arrogante”, dirá Sábato, que margina la religión de la vida de los hombres buscando edificar una sociedad ignorante de las tradiciones que la han constituido en la sociedad que es.

Esta funesta globalización encuentra en el término “laico” una verdadera trinchera semántica en la que se parapeta frente al natural rechazo que genera en la sociedad su propuesta secularizadora. Estamos frente a un embate de la ideología laicista. Es desde este horizonte ideológico que hoy se nos anuncia estentóreamente que la religión no está prohibida pero que es un asunto privado, reservándose (los portadores de esta ideología) el derecho de decir cuáles son esos asuntos privados y cuáles de estos pueden o no tener vocación y correlato públicos. Por ello no llama la atención que sea desde esta ideología que se busque hoy justificar el hecho vandálico y cobarde de la quita y/o destrucción de las imágenes de la Virgen María en la UNCuyo. 

Pretendidamente neutra, falsamente tolerante, lo que busca el laicismo es imponer dogmáticamente su propio criterio y su propia concepción de lo que debe y no tener manifestación pública. Como si la postura defendida no supusiera (como lo supone la religiosa, con la diferencia de que en ella es consciente y explícita) toda una cosmovisión más o menos elaborada acerca de lo que el hombre es, de qué es lo deseable para él y, en última instancia, de aquello en lo que consiste su felicidad.

La propuesta del laicismo de quitar las imágenes religiosas y su defensa desembozada de la quita violenta ya perpetrada, se sostiene -conscientemente o no- en un horizonte metafísico irreligioso que se nos quiere imponer.

Nuestras tradiciones, esas en cuya pérdida Sábato ve una de las razones del destructor “culto a sí mismo” que signa nuestra época, no son piezas de museo de un tiempo áureo ya inexistente. Nuestras tradiciones nos constituyen, nos han hecho lo que somos y tienen así una vigencia perenne. Por ello aún rendimos honor a los próceres que las encarnaron. 

A esas tradiciones y arquetipos, se ha de mirar para encontrar un criterio claro frente a los reclamos de los grupos laicistas. Grupos que no tienen pudor en destruir lo que durante siglos motivó la fundación de ciudades e instituciones como la universidad, dándoles nombres, consignas, lemas.

Nuestro poema nacional nos da, en la historia del hijo del Sargento Cruz, una lección definitiva de la que debemos embebernos ante estos reclamos siempre extemporáneos. Porque Picardía, ese hijo, descubre el sentido sacro de su existencia cuando, sabiendo quién fue su padre, adivina quién es él mismo, prorrumpiendo así en un sentido ruego al “Eterno Padre”, pidiendo honrar la memoria del noble varón que lo engendró.

 

Santiago H. Vázquez

Doctor en Filosofía Investigador-Facultad Filosofía y Letras-UNCuyo

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Visto en: Diario Los Andes

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Cómo evangelizar desde la cátedra (3/3)

IV – LA FIGURA DEL DOCENTE

Es evidente que una misión tan formidable exige personas bien formadas. Exaltemos aquí la figura del docente. Será él quien habrá de determinar el carácter específico de la Escuela Católica, lo que requiere una visión católica del mundo, especialmente de la cultura, así como una pedagogía adaptada a los principios evangélicos. Bien dice el Documento de la Congregación de Educación Católica al que antes hemos aludido: “Es evidente que semejante orientación de la enseñanza no depende tanto de la materia o de los programas, sino principalmente de las personas que lo imparten. Mucho dependerá de la capacidad de los maestros el que la enseñanza llegue a ser una escuela de fe, es decir, una transmisión del mensaje cristiano. La síntesis entre cultura y fe se realiza gracias a la armonía orgánica de fe y vida en la persona de los educadores. La nobleza de la tarea a la que han sido llamados reclama que, a imitación del único Maestro, Cristo, ellos revelen el misterio cristiano no sólo con la palabra, sino también con sus mismas actitudes y comportamiento. Se comprende así la fundamental diferencia que existe entre una escuela en la cual la enseñanza estuviera penetrada del espíritu cristiano y otra que se limitara a incluir la religión entre las materias escolares” (n. 43).

Cuenta Platón que los jóvenes se acercaban espontáneamente a Sócrates para oírle hablar porque tenían conciencia de que él era maestro, es decir, docto, en otras palabras, que podía enseñar porque sabía; y además, y esto era lo más importante, porque Sócrates era una sola cosa con aquello que enseñaba; enseñaba con su propia persona, con el espejo de su ejemplo. Platón concluye de ello que el maestro por excelencia es aquel que tiene un alma en la que reina el orden. Advierte Caturelli cómo este orden del que habla Platón, no es un orden inventado o creado por el maestro mismo; es un orden descubierto por él y hecho suyo hasta identificarlo consigo mismo, hasta hacerlo uno consigo. En el alma del maestro reina el orden de los principios que fluyen del descubrimiento de la verdad, y porque esta verdad poseída es común, el maestro puede comunicar con los otros, entrar en comunión con los estudiantes. Pero, para esto, al maestro tiene que pasarle lo que a Sócrates que era uno con lo que enseñaba y por ello los adolescentes iban a escucharlo.

El maestro: un hombre de orden, un alma arquitectónica. De ahí la necesidad de la propia formación. Nadie da lo que no tiene. No basta con conocer más o menos la materia que se dicta. Si es que de veras se quiere imbuirla de catolicidad será necesario que el docente encare con firmeza su propia formación -nunca terminada especialmente en el ámbito de la filosofía y de la teología, así como en el campo de la historia, tan importante para comprender el sentido de los acontecimientos. Son sobre todo estas asignaturas, trascendentes a todas las otras, las que crean orden en el alma del profesor, permitiendo que éste “ubique” su materia específica en la cosmovisión cristiana. Por eso la tarea de la educación exige en el docente, verdadero ministro del Verbo, una penetración y profundización constante en la Verdad, así como un perfeccionamiento progresivo de su vida espiritual, es decir, de su total humanidad concreta, pues solamente tiene posibilidad de enseñar aquel que, como acabamos de decir, está identificado con la verdad que enseña.

Si queremos que nuestros adolescentes logren una formación sintética, arquitectónica, lo primero es lograr esta síntesis en nosotros mismos, ya que todos estamos bastante fragmentados o desintegrados, en buena parte por culpa de este mundo felón en que vivimos, mundo apóstata, de verdades enloquecidas. Lograr la unidad interior: he aquí nuestra primera meta. Tenemos que aprender a elaborar esa síntesis de todas las dimensiones de nuestro ser, poner en armonía nuestra inteligencia y nuestra voluntad, nuestro corazón y nuestros sentidos. Recobrar un orden, un cosmos, en contraposición al caos en que estamos hoy inmersos. E informarlo todo con la luz de la gracia, con la fuerza de la gracia, con el calor de la gracia.

Tenemos que hacer de nosotros el santo, el docente santo. Tenemos que ser santos y fundadores, porque necesitamos crear instituciones que realmente sean canal de esa cultura que anhelamos. La tendencia a la santidad, y a una santidad fundacional, llenará nuestra alma de celo apostólico, de ese celo que es calor del alma encendida en el amor a Dios y que ama al prójimo por amor a Dios. Celo al ver cómo las almas se corrompen por el influjo demoledor de la sociedad de nuestro tiempo, que nada o casi nada nos ayuda en nuestra empresa, celo al ver que Cristo, que quiere hacerse uno, desposarse, con cada uno de nuestros alumnos, es por ellos preterido y postergado en pro de los amantes que se les ofrecen en el mundo moderno. Si no sentimos este celo en nuestro corazón quiere decir que aún tenemos mucho de funcionario y poco de educador, de apóstol. Pero siempre hay tiempo para rectificar el camino.

 V – FORMAR HÉROES

 Finalmente, no olvidemos que debemos formar para nuestro tiempo. Algunos interpretan esta afirmación como si debiéramos preparar a nuestros jóvenes para “adaptarse” al mundo moderno. Nada más lejos del ideal de un colegio católico. Hay dos maneras de ser modernos: haciendo lo que hacen todos, y sabiendo enfrentar los errores del propio tiempo con espíritu creador.

El Documento de la Sagrada Congregación, al que repetidamente nos hemos referido, dice que en la sociedad actual se hace necesario garantizar la presencia del pensamiento cristiano en medio del “caos de las concepciones y los comportamientos” de nuestra época (cf. n. 11). Y agrega: “Si se prestan oídos a las exigencias más profundas de una sociedad caracterizada por el desarrollo científico y tecnológico, que podría desembocar en la despersonalización y en la masificación, y si se quiere darles una respuesta adecuada, resulta evidente la necesidad de que la escuela sea realmente educativa; o sea, que se halle en grado de formar personalidades fuertes y responsables, capaces de hacer opciones libres y justas” (n. 31).

Personalidades fuertes, capaces de discernir lo bueno de lo malo, que amen la justicia y odien la iniquidad, que abracen la verdad y aborrezcan el error. Eso es lo que necesitamos. Por ello, hoy menos que nunca tenemos derecho a formar mentalidades gregarias, católicos flanes. El enemigo de Dios y de la Iglesia tiene un especial interés por dominar el campo de la cultura. Sabemos que en Italia, los dirigentes del llamado “eurocomunismo” han dicho que en este momento no les interesaba tanto “la toma del poder” cuanto “la toma de la cultura”. El que toma la cultura, da forma al país. Nosotros, católicos, hemos de trabajar intensamente por dar una forma católica a la cultura en nuestra Patria. Debemos formar jóvenes de carácter, capaces de negarse a la masificación contemporánea. Esa terrible dictadura del espíritu, peor que cualquier opresión física. La educación es obra de “artesanía”, no de producción masiva o en serie. Formar jóvenes con ideales, con escala de valores, con una visión verdaderamente católica del mundo. Si al menos cada año salieran de nuestros colegios cuatro, sólo cuatro alumnos realmente bien formados y militantes, pronto cambiaría el ambiente de nuestra Patria. Resolvámonos pues a educar. Tal es nuestra misión, nuestra difícil pero fascinante misión.

 

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En: SÁENZ, Alfredo. Cómo evangelizar desde la cátedra. Mikael, 1982.

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Cómo evangelizar desde la cátedra (2/3)

II – EL COLEGIO CATÓLICO

Frente a este mundo apóstata de Jesucristo y de su santa Iglesia, nos urge la ardua pero apasionante tarea de la evangelización. ¡Ay de nosotros si no evangelizáramos! Pues bien, el colegio católico tiene a este respecto un papel sustancial. La evangelización, dice el documento de Puebla, incluye la educación, porque la Iglesia cuando evangeliza no deshumaniza al hombre, antes bien lo ennoblece. Y aunque la educación no pertenezca al contenido esencial de la evangelización pertenece sin embargo a su contenido integral. “La educación resultará más humanizadora en la medida en que más se abra a la trascendencia, es decir, a la Verdad y al Bien sumos”. No hay, pues, dos etapas: primero humanizar, luego evangelizar. Mientras evangelizo estoy humanizando, educando. Así ha sucedido a lo largo de toda la historia de la Iglesia.

  1. Educación de todas las potencialidades

Como lo ha explicado detalladamente Caturelli, la educación se ordena a la actualización creciente y armónica de todas las potencialidades del hombre (desde el existir al entender), hasta que la misma naturaleza del hombre alcance su plenitud. El verdadero maestro es aquel que de tal modo sabe desarrollar las hábitos buenos en sus alumnos, que éstos alcancen el total señorío de sí mismos, de modo que el adolescente llegue a “poseerse” de veras a sí mismo, por un creciente grado de interiorización en la verdad. Perfección ante todo de los hábitos técnicos, que se ordenan al dominio de las cosas que simplemente existen, para lo cual es necesario un conocimiento sumario de la naturaleza inanimada; en un segundo grado, el logro de un conocimiento también sumario de la naturaleza viva; para concluir en aquella realidad espiritual, la suya propia, que resume en sí misma toda la riqueza entitativa: el hombre, mediante la formación de los hábitos que perfeccionan la naturaleza humana total, es decir, las virtudes intelectuales que disponen para la ciencia y, sobre todo, las virtudes morales que lo ordenan al Bien. Una educación que comprende estos tres grados, será de veras una educación integral. Generará planes de estudios coherentes, seleccionará los profesores no solamente entre los de más saber sino entre los de mayor virtud, procurará que los hábitos intelectuales se desarrollen en el estudio intensivo de las humanidades y los hábitos morales en orden a la integridad de la naturaleza humana.

Sin embargo, esto no es todo: formar al adolescente en su integridad total es un fin inalcanzable con las solas fuerzas de la naturaleza. Para llegar a la plena posesión de la Verdad, del Bien y del Ser, se necesita algo que está allende la naturaleza. Por eso, una verdadera educación que no quiera eliminarse a sí misma como educación, debe ponerse en estado de apertura a lo sobrenatural, pues sólo mediante un salto que trascienda lo contingente es alcanzable lo Absoluto, único ámbito en que puede lograrse la formación integral del hombre. Si la educación no quiere suicidarse como educación total, debe estar metódicamente dispuesta a no limitar su ascensión a los grados del ser natural, por sublimes que sean. En realidad sólo tiene dos caminos: o abrirse al orden de lo sobrenatural o cerrarse sobre sí misma. En este segundo caso, anula el fin de la educación al limitarlo arbitrariamente al solo orden natural; y si anula el fin de la educación, anula la educación misma ya que no es concebible una educación sin finalidad alguna.

No se puede formar al adolescente cuando no se atienden a sus diversas religaciones. El hombre es un ser religado de múltiples maneras. Religado a los otros, por ser “animal social”. Religado al mundo, como integrante de la naturaleza. Religado a la ley moral; por sus exigencias de perfección. Religado al tiempo y a la historia, en cuanto heredero de una tradición y hacedor de una cultura. Religado al Absoluto por su condición de creatura. Religado finalmente a Cristo, por su carácter de redimido. Una educación que no atienda a todas estas religaciones no será verdadera educación, no será una educación integral.

Sólo habrá educación católica si Cristo es el faro que ilumina, la meta que atrae, el modelo que se contempla. Como dice el Documento sobre la Educación Católica, promulgado no hace mucho por la Sagrada Congregación de la Educación Católica. “en el proyecto educativo de la Escuela Católica, Cristo es el fundamento: El revela y promueve el sentido nuevo de la existencia y la transforma capacitando al hombre a vivir de manera divina” (n. 34). Cristo debe ser la clave de bóveda; el principio de cohesión y de armonía, “in Quo omnia constant” como dice S. Pablo (Col. 1,17).

  1. Integración arquitectónica de todos los saberes.

De lo dicho hasta acá, se ve claramente la necesidad de integración de los diversos saberes en una unidad superior. Una cultura es un sistema de valores destinado a crear una visión del mundo. Y el valor supremo de una cultura cristiana es la gloria de Dios. Todo el actuar de lo que no es Dios, de lo que es relativo, tiene sentido en la medida en que dé gloria a Dios. La escuela, al decir del Documento antes citado, “es un centro donde se elabora y se transmite una concepción específica del mundo, del hombre y de la historia” (n. 8). Y más adelante, en texto decisivo: “La referencia, implícita o explícita, a una determinada concepción de la vida (Weltanschauung) es prácticamente ineludible, en cuanto que entra en la dinámica de toda opción. Por esto es decisivo que todo miembro de la comunidad escolar tenga presente tal visión de la realidad, aun cuando sea según diversos grados de conciencia, por lo menos para conferir unidad a la enseñanza” (n. 29). De ahí la insistencia de la Santa Sede en la necesidad de “transmitir de modo sistemático y crítico la cultura a la luz de la fe y de educar el dinamismo de las virtudes cristianas, promoviendo así la doble síntesis entre cultura y vida. y fe y vida” (n. 49).

Los conocimientos profanos y los conocimientos atinentes a la fe deben, en cierto modo, entrecruzarse.

Es conocida la célebre fórmula: “Intéllige ut credas, crede ut intélligas”. El conocimiento profano sirve para ahondar en la fe. Y el conocimiento de la fe lleva a una inteligencia más profunda de las realidades profanas. No creamos que estamos dando una educación católica por el mero hecho de que en el programa de estudios, donde hay tantas materias dictadas según las más diversas ideologías, agreguemos una hora de religión. Así como no podemos pensar que estamos haciendo una televisora católica, porque a la programación general, que produce un verdadero lavado de cerebro, agregamos unos diez minutos en que hablamos de Cristo o de la vida eterna. Cuando decimos que la cultura debe ser sobrenatural, queremos afirmar que lo sobrenatural debe informar toda la cultura, de manera semejante a como decimos que la gracia asume la naturaleza. La educación debe ser unitaria: estoy educando a un adolescente que tiene una unidad de destino -natural y sobrenatural-, y no puedo desintegrarlo enseñándole según principios diversos sus distintas dimensiones. ¡Cómo no va a haber conflicto en la sociedad de hoy y en el hombre de hoy, cómo no va a haber tanta esquizofrenia, cuando pareciera que todo lo que se hace es para dividir al hombre interiormente! Pensemos en las Universidades, incluso en las llamadas católicas, en las que con frecuencia las materias son enseñadas divergentemente, por profesores que piensan cada uno a su manera…

Tal vez alguno dirá que la catequesis no exige, de manera absoluta, la existencia de un colegio católico, pues podría darse en locales aparte y en horas extraescolares. Algo de eso es verdadero.

Sabemos que han salido excelentes católicos militantes de la escuela pública laica, donde estos aprendieron a agudizar su sentido apostólico. De ahí que el solo poder dar algunas horas de religión no justificaría el enorme esfuerzo que implica el montaje de un colegio católico. Sin embargo la verdadera educación no se hace por yuxtaposición; no se trata de sumar conocimientos cristianos a una conducta pagana; de enseñar el contenido de la fe agregándolo a una cosmovisión laicista. La formación humana y la formación religiosa no pueden ser opuestas, ni siquiera paralelas o sucesivas, deben imbricarse la una en la otra. El espíritu cristiano debe impregnar la enseñanza profana, procurar que las distintas materias sean consideradas a la luz de la Verdad divina, y lograr que sea Dios quien informe toda la actividad humana. Al fin y al cabo Dios es la causa primera y el fin último de todo. El pensar del cristiano debe inspirarse íntegramente en Él y a Él referirse. Todo debe llevar la impronta de la fe. Y es claro que sólo el colegio católico está equipado para realizar semejante labor, pues sólo él es capaz de impregnar todas las ramas del saber en el espíritu evangélico.

Si nos cuesta entender esto, escuchemos al menos las siguientes palabras de un marxista él sí bien consciente de la necesidad de una cosmovisión para formar el militante del Partido: “La fuerza del marxismo -decía- es la siguiente: un profesor marxista, un docente marxista de cualquier disciplina particular, abre perspectivas sobre una concepción global del mundo. La fuerza de nuestros profesores marxistas está en hacernos sentir que esta disciplina particular toma su sentido de la concepción global del mundo que Marx ha aportado”. El colegio católico no puede ser tan sólo una institución en la que se enseña la doctrina cristiana junto con los demás conocimientos, sino donde todo, incluso lo que no es estrictamente enseñanza religiosa, se enseña con espíritu católico. No se crea que es mejor acumular cursos de religión o multiplicar cursillos de formación religiosa. Ello puede ser a veces útil. Sin embargo, aun prescindiendo de la dificultad tan común de la falta de tiempo disponible, tal procedimiento es poco conforme a la psicología del adolescente y a las leyes de la asimilación. La explicación dada en pequeñas dosis, de un modo discreto pero categórico, por medio de advertencias ocasionales por parte de los profesores de las diversas materias profanas, es infinitamente mejor recibida por los adolescentes, penetra en su conciencia casi sin darse cuenta, y acaba por determinar su concepción del mundo, del hombre y de la historia.

III – EVANGELIZAR A TRAVÉS DE LAS MATERIAS

Como se ve, resulta hoy más imperativa que nunca la necesidad de integrar todas las materias dentro de una escala y un orden jerárquico. Realizar la síntesis, y la integración arquitectónica de los diversos contenidos del saber humano, a la luz del mensaje evangélico, y en orden al desarrollo de las virtudes que deben caracterizar al cristiano. Naturalmente que cada materia tiene su propia autonomía -sana autonomía-, debiendo ser desarrollada según sus principios específicos. Pero al mismo tiempo ha de contribuir a la cosmovisión cristiana. Las diversas materias no sólo no son antitéticas con la cosmovisión cristiana, sino que, respecto de ella, constituyen una suerte de preparación evangélica, ya que el auténtico desarrollo de la naturaleza es una especie de preparación a la gracia. Más aún, las materias profanas reciben iluminación y complemento de la cosmovisión cristiana; el puro saber profano tiene algo de indigencia; la cosmovisión cristiana ensancha sus horizontes para una mejor comprensión de la ciencia, del hombre y de la historia. Porque el verdadero saber sobre el hombre y el mundo sólo se alcanza cuando se reconoce la realidad total del hombre y de su historia de salvación, es decir, cuando se reconoce en el Verbo de Dios encarnado, recapitulador de todo, la luz verdadera que ilumina a todo hombre y a todas las cosas del hombre. De ahí la afirmación de Pío XII: “Todas las ramas del saber humano manifiestan a la inteligencia las obras de Dios y sus leyes naturales”; al tiempo que exhortaba a “hacer ver todas las cosas a la luz de la grande y divina Verdad” (6 de mayo de 1951).

Tratemos ahora de concretar más esta aspiración de la Iglesia recorriendo las diversas asignaturas, aunque sin intentar cubrirlas en su totalidad.

  1. La Catequesis:

Esta materia -porque es necesario que sea también una materia y no sólo una “vivencia”, como a veces se pretende- implica la comunicación de contenidos, a saber, la revelación divina y la doctrina del Magisterio de la Iglesia que explicita dicha revelación. Gracias a ella, el adolescente aprenderá a distinguir lo que se puede conocer por la luz natural y lo que sólo se nos ofrece por la revelación. Tres son los conocimientos catequísticos fundamentales: lo que hay que creer (el Credo), lo que hay que esperar (el Pater), lo que hay que amar (el doble precepto de la caridad y los Mandamientos). Pero no basta con aprender, es menester entrañar lo aprendido, asimilarlo, convertirlo en algo propio, hacerlo no sólo conocimiento sino bandera, militancia. La catequesis no puede ser en todo una materia como las demás.

  1. La Filosofía:

A diferencia de la catequesis, la filosofía no parte de la revelación sino que es un conocimiento racional del mundo, del hombre y de Dios, a la luz de la razón natural, buscando siempre las últimas causas de la realidad. En esta materia, hay que evitar a toda costa que los adolescentes sean formados en el eclecticismo, contentándose el profesor con la exposición de los diversos sistemas filosóficos; hay que enseñarles a discernir, con espíritu crítico, el error de la verdad. El joven debe salir del colegio católico con una posición clara ante la vida, que le permita detectar los errores que pululan en el ambiente y lo capacite para saber refutarlos convenientemente. Una mente sólida no se forma con cuestiones disputadas, con dudas. Hay que ir a la filosofía perenne, a la de los clásicos, sobre todo a Santo Tomás. Sin obviar, naturalmente, el conocimiento de otras filosofías, pero juzgadas a partir de la filosofía perenne, única anclada en la realidad.

  1. Las ciencias:

La enseñanza de las llamadas “ciencias” fisicoquímicas debe comunicar al joven el conocimiento de la materia y de sus leyes. En las ciencias se aprenden las leyes de la naturaleza. A algunos este conocimiento los ha de hecho conducido al ateísmo: la naturaleza, absolutizada, acaba por convertirse en un sucedáneo de Dios. Para el marxista la ciencia es lo único, reemplaza a la religión. En nuestros colegios debemos enseñar la física y la química con visión científica, sin duda, pero con un telón de fondo religioso. Dios es el comienzo y el fin de toda ley física, de toda propiedad química, Creador tanto del electrón como de la estrella. Por eso el universo canta la gloria del Creador. Este mundo, con sus leyes admirables, es una palabra o un poema, “quasi magnum carmen ineffabilis modulatoris”, decía San Agustín. El docente debe realizar su propia síntesis entre ciencia y fe, señalando como corresponde la presencia de Dios en su creación. La observación de los hechos se convierte así en un trampolín hacia Dios. La misma Sagrada Escritura, en cada una de sus páginas, suscita la admiración por el orden, hermosura y sabiduría que resplandecen en la creación. Será preciso despertar en los alumnos el sentido de la admiración ante la grandeza de la obra divina, admiración que es una de las mejores introducciones a la oración.

  1. Las matemáticas:

Esta materia ayuda a crear en el alumno el hábito de la exactitud al tiempo que le permite tener experiencia de la “medida” de las cosas. Naturalmente, no hay diferencia entre un manual de matemáticas compuesto por un autor cristiano, y otro compuesto por un ateo. Sin embargo, si el profesor posee sabiduría cristiana, sabrá despertar en sus alumnos el culto de la verdad desinteresada, les inspirará el sentido del rigor intelectual. Las matemáticas exigen una suerte de ascética no ciertamente extraña al orden cristiano. Esta ascética está tejida de atención a la realidad dada, de método, de humildad, de perseverancia, de anhelo de precisión y concisión. El alumno irá advirtiendo que se podrá reencontrar con esfuerzos semejantes cuando, ya adulto, trate de modelar, por medio de la reflexión, su vida y la ciudad terrestre en conformidad con la fe católica. Además, la belleza y elegancia de ciertas demostraciones, lo conducirán a veces al silencio interior. Esa contemplación admirativa, ese contacto con un valor que linda con lo absoluto, provoca una dilatación interior, una sublimación, una purificación que no carece de analogía y afinidad con la plegaria. Sólo habrá que cuidar que el “esprit de géometrie” no extinga el “esprit de finesse”, según la conocida expresión de Pascal.

  1. La historia:

La importancia de esta asignatura para la evangelización es enorme. Solamente la memoria del pasado puede calibrar con exactitud cualquier análisis del presente o cualquier prospectiva. Aquello de la historia “magistra vitae” tiene acá plena vigencia. Será preciso que el profesor no se limite a la mera narración de los hechos. En su mente debe tener bien estructurado lo que se ha dado en llamar “filosofía de la historia”, aunque más bien habría que decir “teología de la historia”. El libro clave para esta formación de fondo será el inmortal “De Civitate Dei” de San Agustín, donde el Santo Doctor desarrolla el curso de la historia a la luz del conflicto teológico entre dos ciudades, la Ciudad de Dios y la Ciudad de Satán, montadas ambas sobre el amor: el amor de Dios hasta el menosprecio del hombre la Ciudad de Dios, el amor del hombre hasta el menosprecio de Dios la Ciudad de la Tierra. Todos los hechos, épocas e instituciones, deberán ser estudiados en sí, con la autonomía legítima que tal estudio requiere, pero luego integrados en aquella grandiosa visión crítica y teológica. Así el alumno sabrá valorar adecuadamente las diversas épocas y acontecimientos de la historia e incluso aprenderá a leer el diario con inteligencia…

  1. La geografía:

Esta materia constituye una apertura al medio próximo de vida, el cual a su vez es puente para pasar al orbe mayor. La geografía permite captar mejor al hombre, sus diversas razas, sus tradiciones; la del propio país ayudará a acrecentar el amor a la Patria. La geografía física contribuirá al conocimiento del Dios Creador, bello, poderoso, inagotable. La geografía humana permitirá conocer mejor al hombre, cooperador del Creador.

  1. La literatura:

El objetivo propio de esta asignatura es el acercamiento a la realidad con un conocimiento distinto al meramente racional. El contacto con los grandes autores, especialmente los clásicos universales y de lengua española es de veras enriquecedor. En un poema elevado hay siempre algo de la inefabilidad de Dios. Particularmente el conocimiento cabal de nuestra lengua, en una época en que cada vez se la habla peor, permitirá al cristiano expresar su fe en el marco y el genio del propio idioma, el nuestro tan rico y tan preñado de catolicidad, de un pueblo “que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”.

  1. La música:

La música -la buena música- no sólo es expresión de alegría y de amistad, sino también medio de elevación de los sentimientos humanos. La admiración por lo bello está muy unida con la aspiración a lo bueno. Ya los antiguos atribuían capital importancia a la formación musical. Porque la música forma al hombre. Los diversos tipos de música hacen los diversos tipos de hombre: el hombre sensual, el hombre materialista, el hombre superficial. el hombre erótico, el hombre virtuoso. Es necesario que el colegio católico eduque en el sentido de lo estético, del buen gusto, de la música clásica. Máxime en nuestro tiempo en que la música parece rendir culto a la fealdad, al ruido ensordecedor que hace prácticamente imposible todo tipo de vida interior. El verdadero arte -musical o visual- no sólo transmite el sentido de las armonías sensibles, sino también el sentido de las verdades profundas, sobre todo las que dicen relación con el misterio. El auténtico papel del arte consiste en irradiar, a través de lo sensible, el esplendor de la verdad.

  1. La educación física:

La valoración del papel que tiene el cuerpo en el desarrollo integral de la personalidad es una de las principales metas de la educación física. Desde que el Verbo se hizo carne, lo corporal ha adquirido una gran elevación, porque se ha adherido a la divinidad de Cristo con unión indisoluble. Si nuestro cuerpo está llamado a ser nada menos que templo del Espíritu Santo, es menester cuidarlo, respetarlo, fortalecerlo. El profesor de gimnasia debe estar imbuido de este sentido católico -no hedonista- del cuerpo humano.

Así pues, todas las materias, cuyo elenco no hemos recorrido en su totalidad, han de contribuir a forjar el hombre integral, ese hombre integral que precisamente por ser tal es cristiano y católico. Todas las materias deben reflejar a Cristo, la Realeza de Cristo, en el ámbito de la cultura. Filosofía, ciencias, matemáticas, historia, geografía, literatura, música, educación física, tantas maneras de evangelizar, de reflejar a Cristo verdad, a Cristo exactitud, a Cristo medida, a Cristo Señor de la historia, a Cristo Verbo encarnado en nuestro espacio humano, a Cristo el más bello de los hijos de los hombres. En una palabra: evangelizar es formar a Cristo en el alumno, hacer de él otro Cristo.

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En: SÁENZ, Alfredo. Cómo evangelizar desde la cátedra. Mikael, 1982.

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Cómo evangelizar desde la cátedra (1/3)

I- BREVE HISTORIA DE LA EDUCACIÓN

El tema de la educación es un tema perenne. Ya los griegos se preocuparon por la formación del hombre integral. Y lo pensaron sobre todo en base a dos actividades, la gimnasia y la música, la gimnasia para la formación del cuerpo y la música (o bellas artes) para la educación del alma. Así trataban de lograr el hombre de la “areté“, de la virtud.

Llegada la época del cristianismo, se planteó enseguida en la primitiva Iglesia el problema de la vinculación de las materias profanas con la revelación cristiana. Ello fue motivo de largas discusiones, que tuvieron por protagonistas a algunos Santos Padres y escritores eclesiásticos, discusiones que versaron acerca de la relación entre el Evangelio y la cultura griega o, al decir de Tertuliano, entre Pablo y Aristóteles. Razón y revelación, filosofía y cristianismo, naturaleza y gracia: he ahí los dos elementos que a veces pudieron ser considerados en relación dialéctica.

El hecho es que con el tiempo se fue produciendo la anhelada síntesis entre la revelación -que provenía del ámbito del pueblo elegido y la cultura del mundo greco-romano –derivada del ámbito de lo que los judíos llamaban “las naciones” o los gentiles. Ambas cosas: la revelación y la cultura, aunque de distintos modos, brotaban de la misma Providencia divina. Al fin y al cabo, Cristo no era sino la plenitud de los tiempos, no sólo la plenitud de la revelación sino también la plenitud de la sabiduría, el Logos encarnado. Gracias principalmente a los intentos de la escuela palatina de Carlomagno, dirigida por Alcuino, se fue organizando la primera educación católica que alcanzaría un momento de apogeo en la Edad Media, la tan vilipendiada Edad Media.

La enseñanza se repartía en el “trivium“, constituido por la gramática, la retórica y la dialéctica, o sea la enseñanza del idioma latino, la literatura y oratoria, y el arte del razonamiento. El “quadrivium” completaba la formación intelectual añadiendo la aritmética, la geometría, la astronomía y la música. Esta última disciplina comprendía las diversas artes liberales: poesía, historia y música propiamente dicha. Sin embargo, la enseñanza no quedaba circunscripta a estas siete materias. Trivium y quadrivium no eran más que medios; el fin consistía en formar a los alumnos en la verdad y la sabiduría. Todo el estudio de las diversas asignaturas humanas estaba empapado de Dios, de Cristo, de Iglesia, estaba bañado en la teología, en el conocimiento del mundo sobrenatural, sin escisión alguna. Cristo era considerado el Rey no sólo de las naciones –Rex regum– sino también de la cultura –Rex veritatis.

A partir de fines de la Edad Media comienza un proceso de desintegración de la cultura. El primer paso lo da el Renacimiento. El hombre del Renacimiento continúa siendo cristiano: para él teóricamente DIOS sigue existiendo, pero sin embargo a la gloria de Dios va progresivamente sustituyendo de hecho la gloria del hombre. Este hombre es el que afirmando la gracia y el pecado, su filiación divina, etc., pero en la práctica se va convirtiendo en hombre a secas. El genio y el artista sustituyen al hombre virtuoso el príncipe maquiavélico sucede al rey santo, al estilo de San Luís. Interesa más el nuevo “homo universalis” que el “homo religiosus” del trasnochado medioevo. Subsiste la religión, pero escindida de todo lo demás. Lo temporal profano pretende independencia absoluta; no su justa autonomía sino su independencia total. La filosofía rompe con la teología; el derecho, la política y el arte se divorcian de la moral. Queda inaugurada la era de las rupturas y de las rebeliones.

Luego viene el Protestantismo, que implica un avance en la línea de la escisión desintegradora de aquel edificio arquitectónico que había constituido la grandeza de la cristiandad medieval. Dios existe, sí, pero se lo aleja más y más, hacia el mundo de lo irracional. Asimismo la Iglesia, expulsada antes del ámbito temporal, lo es ahora del ámbito mismo de lo religioso, e incluso se la aliena del hombre individual, el cual en adelante, recurriendo al libre examen, deberá entenderse a solas con Dios. Y dentro mismo del hombre, la grieta entre gracia y naturaleza se va ampliando, ya que según la concepción protestante la gracia es algo puramente extrínseco que cubre pero no sana ni eleva propiamente. A su vez el mundo queda mucho más secularizado, no sólo porque la Iglesia ha sido exiliada de lo temporal, sino porque incluso los templos materiales dejan de ser templos sacros al desaparecer de ellos el sacrificio y al quedar reducida al mínimo la sacramentalidad.

Después se da otro paso: el Deísmo, que surgiendo en Inglaterra, pasa luego a Francia y Alemania con el nombre de lluminismo o Aufklarung. El proceso de la rebelión avanza. Ahora va a comportar la negación de todo el orden sobrenatural. Dios existe, sí, pero no es el Dios de la revelación, el Dios uno y trino, sino el Creador del orden natural, el supremo Hacedor, el Arquitecto, que hizo el mundo y se fue. Un Dios que está en el principio y en el fin. Pero no está en el presente, en la historia. Y lo que cuenta para este hombre es tan sólo la historia, lo intrahistórico. Es la época de la sectorización de la enseñanza, del enciclopedismo masónico. Es el mundo liberal, burgués, el mundo del “homo faber”, del rendimiento, del negocio.

Finalmente accede el Materialismo contemporáneo, el individual freudiano y el social marxista. No sólo se expulsa a la Iglesia -como en el protestantismo- ni a Cristo -como en el deísmo sino al mismo Dios, proclamándose el ateísmo, o mejor, el antiteísmo más radical. Porque, si bien Dios no existe, debe ser combatido como si existiera. El hombre es sólo materia. Cualquier pretensión de espiritualidad, especialmente en el nivel de la educación, constituiría un espejismo alienante. Y el mundo se convierte en un hormiguero, un enorme Gulag.

Nosotros vivimos en esta época, en este siglo XX, que ha recibido los desemboques de todo ese largo proceso iniciado en el Renacimiento o al fin de la Edad Media. Y es precisamente el ámbito de la cultura el que ha sido más bombardeado por las fuerzas disgregadoras. Hoy todos los valores están en tela de juicio: la verdad, el bien, la belleza, el amor, la patria, la familia, Dios, todo. Y conste que no se trata de una crisis localizada en un espacio determinado, sino que se extiende peligrosamente, ya que prácticamente incide sobre la totalidad del mundo a través de los medios masivos de comunicación. Una crisis que, para colmo, se presenta encarnada en personajes de literatura, o en personajes reales, del cine, del arte, lo cual resulta aún más impactante. La consecuencia: el hombre se siente vacío disperso, incapaz de pensar, con una desbocada apetencia de sensaciones y de cosas materiales, ese hombre que experimenta una especie de frenesí por vencer el horrible aburrimiento que lo diseca.

Decía Chesterton que las viejas virtudes cristianas se han vuelto locas. ¿Cómo se produjo este enloquecimiento? Primero, desconectándose las virtudes entre sí. La caridad, por ejemplo, desconectada de la verdad, puede llevarnos a amar tanto al pecador que acabemos por decir que el pecado no es pecado. Segundo, desarraigándose las virtudes de sus respectivas potencias. Así, a una virtud cristiana tan fundamental como es la humildad, que tiene su propio lugar en la voluntad, se la cambia de potencia, se la ubica en la inteligencia. Y entonces tenemos al hombre relativista, al escéptico, al que la certeza le angustia; su paz reside en la duda. Virtudes, pues, desconectadas; virtudes desubicadas de sus potencias y objetos. Más aún: en ocasiones las potencias y hábitos actúan sin objeto alguno. Funcionan en el vacío, patinando como las ruedas sobre el barro. Es lo que le pasa con frecuencia al hombre de nuestro tiempo que se siente angustiado, deprimido, sin saber por qué, y entonces odia y declara repugnante la realidad con que se topa, cualquiera sea ella. Es el nihilismo, la culminación y el paroxismo del subjetivismo, del autoencierro del hombre que se quiso autosuficiente.

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En: SÁENZ, Alfredo. Cómo evangelizar desde la cátedra. Mikael, 1982.

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Al cielo por un pequeñísimo camino

Se llamaba Pierina Bertrone y había nacido en Saluzzo (Cuneo) el 6 de abril de 1903, hija de un panadero, Pietro, y de Giuseppina Mirino, en medio de una numerosa familia. En Airasca, adonde se trasladaron, sus padres gestionaban un restaurante. En 1917 se establecen definitivamente en Turín, donde se ocupan de un negocio de pasta y cereales. Un ambiente concreto, hecho de trabajo y de cosas, nada romántico.

Pierina crece con muchas ganas de orar, estudiar, trabajar y hacer el bien a los demás. Entra en la “compañía de las Hijas de María”; cultiva proyectos de amistad con Jesús y de apostolado. Lee pronto el “Tratado de la verdadera devoción a María” de S. Luis M. de Montfort y se confía a la Virgen “en total esclavitud de amor”, para que su vida, en manos de María, sea verdaderamente una misión.

Es hermosa y amable, muy dotada. Después de la educación elemental, continúa, como puede, los estudios – las scuole magistrali festive – alternándolos con el trabajo en el negocio: sabe latín, francés, pintura y escribe muy bien. El 8 de diciembre de 1916, después de la Sagrada Comunión, oye por primera vez a Jesús, que le llama: “¿Quieres ser totalmente mía?”. Pierina responde: “Sí.”.

En búsqueda

14/15/20 años. En su parroquia de S. Massimo en Turín, trabaja en la Acción Católica, ocupándose de las muchachas con inteligencia y dedicación, sobre todo de las más pequeñas y necesitadas. Recibe, en Misa, a Jesús Eucarístico cada día, venciendo diferentes dificultades de quien no la querría demasiado en la iglesia, y, con el corazón rebosante de Él, explica a las niñas que “la vida cristiana es amor a Dios”. Les enseña a repetir a menudo: “Jesús, te amo”.

Tiene un temperamento apasionado y fuerte, pero dentro de sí misma sufre un largo periodo de oscuridad interior. Se hace más ardiente, ora, trabaja y comparte sus ideales de consagración interior con algunas amigas, que, como ella, serán totalmente de Jesús. Un día – tiene unos 21 años –, con sus niñas de Acción Católica, se dirige a orar a Valsalice, a la tumba de don Bosco. A través del cristal de la urna, lee un autógrafo del Santo que dice: “Muchos fueron los llamados, pero les faltó el tiempo.”. Comprende de improviso que “ha llegado su hora”.

Precisamente esa noche le cae en las manos “Historia de un alma” de S. Teresa del Niño Jesús y comienza a leerla en su habitacioncita, a la luz de la farola de la calle S. Massimo. En ese momento intuye su vocación: “Sentí – dirá – que la vida de amor de S. Teresita podía hacerla mía; habría podido imitar a esta santa. Lo que más me conmovió, lo que me hizo romper a llorar, fue la frase: ¡Querría amar mucho Jesús, amarle como no ha sido amado jamás!”. Es un encuentro decisivo: comienza a salir de su “oscuridad”, a encontrar el camino de la confianza y del abandono en Dios; ¡en su amor, en efecto, está toda solución!

El 26 de enero de 1925 entra en las Hijas de María Auxiliadora y se convierte en “sor Pierina”. Tras alrededor de un año se convence de que no es su camino… Intenta otra experiencia de vida religiosa en el Cottolengo, donde descubre su sed de ocultamiento y de sacrificio. Pero ni siquiera allí está su camino y el 26 de agosto de 1928 vuelve con sus padres a la calle S. Massimo. En las comunidades por las que ha pasado, fervorosa y sonriente, ha sido muy amada.

Su lugar

Con 25 años, busca su camino en el mundo. Continúa trabajando en la Acción Católica, ora más intensamente y recibe los consejos de su director espiritual para llegar adonde Dios la quiere. Sor María, superiora de las hermanas del Buen Pastor de Angers, le dice: “Si me escuchas, entra en las Capuchinas: es clausura papal y tienen oficio divino”. Pierina se decide: entra en las Capuchinas de Turín, en Borgo Po. Viste el santo hábito, poco más de un año después, al término del noviciado, ofrece a Dios los sagrados votos. Es ahora sor Consolata.

Pide como regalo a sus amigos y conocidos, la Confesión y la Comunión para sí, pero sobre todo para su santificación y su permanencia en el camino hacia la santidad. A partir de ese día, busca en todo lo más perfecto, la obediencia absoluta, la dedicación total de corazón y de mente hasta evitar todo pensamiento que no sea Jesús. Ofrece a Dios un solo propósito: el continuo “acto de amor”, expresado en la invocación “Jesús, María, os amo, salvad a las almas”. Incesante acto de amor.

Y Jesús, que la invade, la ocupa y le enseña para ella y para los demás el “pequeñísimo camino”, el mismo que recorre ella: el del amor y de la confianza: “Perteneces a las almas pequeñísimas… Estas te seguirán dándome el acto incesante de amor… No serán sólo miles las “pequeñísimas”, sino millones y millones. A ellas pertenecen también los hombres. Y a tu muerte las “pequeñísimas” correrán a Mí, como un día, cuando aparecías en la plaza de S. Massimo, corrían a ti las niñas más pequeñas”.

En 1938, sor Consolata es asignada al nuevo monasterio de Moriondo (Testona-Turín), que las Capuchinas han abierto por el afluir de muchas jóvenes a su convento. Ella había previsto todo esto y, por sugerencia suya, el monasterio es dedicado al Sagrado Corazón. Desde que entra en el monasterio, se inmola por la conversión de los sacerdotes que “lo han dejado”, por la santificación de todos los sacerdotes, a quienes llama “mis hermanos” (también por los que vendrán en nuestro tiempo de decadencia).

Renueva su consagración a la Virgen, en total esclavitud de amor, para que la Mamá Celeste de a Jesús todas las almas que ella le pide. “Dame las almas – ora como don Bosco – y toma todo lo demás: salud, alegría, vida”.

Tú también puedes

No acabaríamos de contar esta interesante “historia” de pequeñas grandes cosas, todas marcadas por el amor más puro y heroico, por la Sangre de Cristo, recibida y ofrecida, por la configuración cada vez más perfecta a Él. Su ofrenda victimal por las almas y por la Iglesia se hace suma durante la segunda guerra mundial. Al final de la guerra, en noviembre de 1945, sor Consolada es ingresada en el sanatorio: es un sacrificio enorme dejar su celda, la oración en soledad o en comunidad ante Jesús-Hostia. Pero ofrece a Dios sus últimos “sí”, intensos, plenos, hasta el culmen.

Está, pues, en el S. Luigi en Turín, entre los enfermos incurables. Le quedan pocos días de vida. Con las manos agarradas al Rosario, repite hasta el final: “Jesús, María, os amo, salvad a las almas”.

El 3 de julio de 1946, vuelve a su monasterio de Moriondo. Pesa sólo 35 kilos y tiene sólo 43 años. Tiene una sonrisa maravillosa y todas quieren verla y despedirse de ella, ahora que va a partir hacia el Paraíso.

Quince días de agonía y el 17 de julio, el último de su vida, Consolata desea ser velada, es la primera y la única vez.

A las tres de la madrugada, se vuelve hacia la imagen de Jesús y de la Virgen que tiene cerca y murmura en piamontés: “Jesús, María, ayudadme porque no puedo más”. A las cuatro, se hace la señal de la Cruz y besa el Crucifijo como se besa el Rostro del amor… y Le ve. Es el alba del 18 de julio de 1946.

A su director espiritual, el padre Sales, sor Consolata había escrito el 7 de octubre de 1944: “Jesús, un día, mostrándome al mundo, dirá: Se ha fiado de Mí. Me ha creído. Sí, Jesús hará grandes cosas. Consolata se convertirá en consoladora. Me inclinaré con amor sobre quien sufre, quien desespera, quien impreca… Jesús y yo nos queremos. ¡Quién sabe después en su Reino!”.

El 8 de febrero de 1995 se inició su causa de beatificación-canonización; oremos cada día para que se acelere este camino suyo hacia la gloria de los altares, donde será digna compañera y émula de S. Teresa del Niño Jesús. Su “pequeñísimo camino” hacia el Cielo, hecho de confianza y de amor, es posible para todos: también para mí, para ti, nos es dado hacer de la vida, en unión con Jesús, un continuo acto de amor para la gloria del Padre y para la salvación del mundo: “Jesús, María, os amo: salvad a las almas”.

Candidus

P.S. Su “admirable vida” ha sido narrada por Paolo Risso, L’amore per vocazione, Ancora, Milano, 2001, con estilo narrativo, fluido, apasionado.

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

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Visto en: Adelante la Fe

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Separación entre Iglesia y Estado

Coronación de Carlomagno por León III.

 

Que sea necesario separar al Estado de la Iglesia es una tesis absolutamente falsa y nociva. Porque al apoyarse en la tesis de que el Estado no debe cuidar para nada la religión constituye una verdadera negación del orden sobrenatural, despreocupándose de la razón última del ciudadano, que es la eterna bienaventuranza. El Estado no debe ser obstáculo para alcanzar este sumo bien sino que, además, debe necesariamente favorecerlo. Es necesario que exista una ordenada relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo. Error muy grande y de muy graves consecuencias, como hoy podemos observar, es excluir a la Iglesia, obra del mismo Dios, de la vida social, de la legislación, de la educación de la juventud y de la familia.

Para quien la penetre a fondo, la separación no es más que una funesta consecuencia del laicismo que es propugnado por derecha e izquierda, y cuando hablamos de laicismo nos referimos a la apostasía moderna, que pretende alejarse de Dios y de la Iglesia. Esto sucede, en la mayoría de los casos, debido a la apatía o a la timidez de los buenos, que se retiran de la lucha o resisten con excesiva debilidad; de donde se sigue como natural consecuencia que los enemigos de la Iglesia aumenten en su audacia temeraria. Pero si los fieles, en general, comprendiéramos que es un deber militar con infatigable esfuerzo bajo las banderas de Cristo Rey, entonces, inflamados ya en el fuego del apostolado, nos consagraríamos a llevar a Dios de nuevo a las sociedades y a trabajar por mantener incólume los derechos del Señor.

Para condenar y reparar de alguna manera la pública apostasía que con tanto daño se produce en nuestro tiempo, es preciso gritar fuerte: Dios no muere,  Cristo no muere, Su Iglesia no muere. Porque cuanto mayor es el indigno silencio con que se calla el dulce nombre de nuestro Redentor, tanto más alta debe ser la proclamación de ese nombre por los fieles y la energía en la afirmación y defensa de los derechos de su real dignidad y poder.

José Gastón

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La admiración

 

“La admiración que da lugar a la filosofía nos hace suspender por un momento la ajetreada ocupación en que nuestro ser se dispersa y afana, y viene a colocarlo bajo un interrogante en que el hombre se torna sobre sí. […] Preguntarse por el sentido total  de todo eso que hacemos y deshacemos en la faena de nuestra vida. […] Y al recogerse en la meditación de estos temas, trasciende la dispersión de su diario vivir en el plano sensible y material y se libera, siquiera sea por un momento, del peso de nuestro cuerpo sobre la tierra”.

 

En: MILLÁN PUELLES, Antonio. Fundamentos de filosofía. 10ª ed., Rialp, Madrid, 1978, p. 36.

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C.S. Lewis: Consejos sobre el arte de escribir para jóvenes principiantes (y no tan jóvenes)

La lectura está estrechamente ligada a la escritura, y no solo por una relación de causalidad. Normalmente, el buen escritor ha sido y es un buen lector (lo hemos visto en las entradas Las bibliotecas familiares e Infancia, poesía y libros), pero además casi todo buen lector (aunque luego no llegue a ser literato) sentirá pronto la necesidad de escribir; y si es niño, mucho más, ya que es en la infancia cuando late con una fuerza inusitada esa característica tan humana que es la necesidad de imitar, tal y como cantó Wordsworth: “como si su entera vocación fuera una imitación interminable”.

Por ello, acompaño hoy esta breves líneas con fragmentos de algunas cartas de un escritor muy querido por mí y muy relevante en el mundo de la literatura infantil y juvenil; hablo de C. S. Lewis. Como siempre, pido disculpas por la traducción de algunas líneas de mi propia cosecha (fácilmente identificables como aquellas menos afortunadas).

Y empiezo por una carta dirigida al crítico y estudioso James E. Higgins, experto en Lewis y en la literatura fantástica en general. Les remito a la dirección web donde encontrarán el texto de la misiva y un interesante y profundo comentario del mismo Higgins, (A letter from C. S. Lewis, The Horn Book, octubre de 1996). Yo me limito aquí a traducir una pequeña parte de la introducción y la carta misma.

 

Una carta de C.S. Lewis

por James E. Higgins

C.S. Lewis no se consideraba un experto en el campo de los libros para niños. En una carta dirigida a mí de fecha 31 de julio de 1962, escribió: “(…) mi conocimiento de la literatura infantil es realmente muy limitado (…). Mi experiencia se agota con Macdonald, Tolkien, E. Nesbit, y Kenneth Grahame”. Sin embargo, fue esta falta de pericia, como deseaba él llamarla, lo que le permitió traer un nuevo soplo de frescura al campo de la literatura fantástica. Desde que Paul Hazard escribiera su Libros, niños y hombres, ningún distinguido intelectual había dejado una marca tan indeleble en las páginas de la historia y la crítica de la literatura infantil. Para los niños de hoy y de mañana, Lewis ha dejado El león, la bruja y el armario y sus otros libros de Narnia, mientras que para los adultos que de alguna manera influyen en los hábitos de lectura de los niños, ha dejado no solo estos libros, sino también sus ricos comentarios críticos sobre la imaginación, la sabiduría y la integridad.

Creo que una segunda carta que recibí del profesor Lewis, en la que respondió a las preguntas que le hice en relación con la escritura para los niños, es una valiosa contribución a este legado, pues aunque algunas de sus respuestas se pueden encontrar en otros lugares, hay comentarios, en particular los relativos a sus hábitos de composición al escribir textos infantiles, que probablemente se mencionan aquí por primera vez.

Es por esta razón por la que me gustaría, primero, compartir esta carta, y luego, hacer comentarios sobre sus respuestas.

Magdalene College, Cambridge
2 de diciembre de 1962

 

Estimado Sr. Higgins:

 (…)

  1. Los libros de Narnia no son tanto una alegoría como una suposición. “Supongamos que hay un mundo de Narnia y que, como el nuestro, necesita redención. ¿A qué tipo de encarnación y pasión podríamos suponer que Cristo se sometería allí?”
  2. Solo después de que Aslan entró en la historia –lo hizo por su cuenta; yo nunca lo llamé­– recordé al “León de Judá” de las Escrituras.
  3. No, no conocí personalmente a Chesterton. Supongo que la misma afinidad que encontré en él nos ha hecho a los dos afines a Macdonald.
  4. Utilicé los cuentos de hadas porque parecía la forma que demandaban ciertas ideas e imágenes que pululaban en mi mente; al igual que un hombre podría componer fugas debido a que las frases musicales que sonaban en su cabeza parecían ser “buenos temas de fuga”.
  5. Cuando escribí El león no tenía en mente escribir los demás libros de la serie.
  6. Se trató, sin duda, de una escritura en clave “infantil”, en la que modifiqué mis hábitos de composición. Así, (a) me impuse un límite estricto en el vocabulario; (b) excluí el amor erótico; (c) reduje los pasajes reflexivos y analíticos; (d) ello me llevó a producir capítulos de casi igual longitud para facilitar su lectura en voz alta. Todas estas restricciones me hicieron mucho bien –como al poeta al sujetarse a una métrica estricta–.
  7. Sí, recibo cartas maravillosas de niños de EE UU y de otros lugares.

Le saluda atentamente,

            C.S. Lewis

En algunas de las cartas que menciona esta misiva (dirigidas a los niños que le escribían) y en otras fuentes, Lewis dejó a algunos de sus jóvenes destinatarios varios consejos sobre el arte de la escritura que también pueden servirnos de orientación. Son los siguientes (con la cita de las cartas en las que se pueden encontrar):

  1. “Apaga la radio” (hoy, obviamente, aplicable a la televisión y a internet).
  2. “Lee todos los buenos libros que puedas, y evita casi todas las revistas”.
  3. “Escribe (y lee) siempre con el oído, no con el ojo. Deberías escuchar cada frase que escribas como si fuera leída en voz alta o hablada. Si no suena bien, inténtalo de nuevo”.
  4. “Escribe sobre lo que realmente te interesa, sean cosas reales o imaginarias, y nada más. (Observa que esto significa que si estás interesado solamente en escribir, nunca serás un escritor, ya que no tendrás nada sobre lo que escribir…).”
  5. “Haz grandes esfuerzos para ser claro. Recuerda que aunque empiezas sabiendo a qué te refieres, el lector no lo sabe, y una sola palabra mal escogida le puede llevar a un malentendido total. En una historia es terriblemente fácil olvidar el no haberle dicho al lector algo que necesita saber; la imagen completa es tan clara en tu propia mente que te olvidas de que no sucede lo mismo en la del lector”.
  6. “Si te rindes, no tires el trabajo hecho a la basura (a menos que sea irremediablemente malo). Ponlo en un cajón. Puede resultar muy útil más adelante. Gran parte de mi mejor trabajo, o lo que yo considero el mejor, es la re-escritura de cosas iniciadas y abandonadas años atrás”.
  7. “No uses una máquina de escribir. El ruido destruirá tu sentido del ritmo, que todavía necesita años de entrenamiento”.
  8. “Asegúrate de saber el significado (o los significados) de cada palabra que utilizas.”
  9. “La forma en que una persona desarrolla un estilo es saber exactamente lo que quiere decir y asegurarse de que está diciendo exactamente eso. Tenemos que recordar que el lector no empieza sabiendo lo que queremos decir. Si las palabras son ambiguas, se le escapará nuestro significado. A veces pienso que la escritura es como guiar una manada de ovejas por una carretera. Si está abierta alguna puerta hacia la izquierda o la derecha, el lector, con toda seguridad, entrará por ella”.
  10. “Intenta siempre utilizar el lenguaje para dejar muy claro lo que quieres decir y asegúrate de que la frase no pueda tener otro significado distinto”.
  11. “Elige siempre palabras claras y precisas en lugar de largas y de significado difuso. Por ejemplo, las promesas no se «cumplimentan», se «cumplen»”.
  12. “Nunca uses los sustantivos abstractos cuando los concretos son suficientes. Si quieres decir que «murió más gente», no digas «ascendió la mortalidad»”.
  13. “Cuando escribas, no uses adjetivos que describan simplemente el estado de ánimo que el escritor quiere provocar en el lector ante un hecho determinado. Es decir, en vez de contar que algo fue «terrorífico», descríbelo de forma que aterrorice al lector. No califiques algo de «encantador», haz que el lector después de leer la descripción exclame «¡encantador!». Mira, si utilizas palabras como horripilante, maravilloso, espantoso, exquisito es como si dijeras a tus lectores: «Por favor, hagan ustedes mi trabajo»”.
  14. “Tampoco utilices palabras que excedan en mucho al tema en cuestión. No digas «infinitamente» cuando quieres decir «muy». Si no, cuando desees decir que algo es verdaderamente infinito, no te quedará ninguna palabra para expresarlo”.
  15. “No debemos, por supuesto, escribir ninguna cosa que halague la lujuria, el orgullo o la ambición. Pero no todos necesitamos escribir obras patentemente morales o teológicas. De hecho, el trabajo cuyo cristianismo es latente puede hacer tanto bien y puede llegar a aquellos a los que una obra obviamente religiosa ahuyentaría. El primer propósito de una historia es ser una buena historia. Cuando Nuestro Señor hizo una rueda en el taller de carpintería, puedes estar seguro: primero y ante todo, era una buena rueda. No trates de «traer» pedazos específicamente cristianos: si Dios quiere que le sirvas de esa manera (tal vez Él no lo haga, hay diferentes vocaciones) verás que llegará por sí mismo. Si no, bueno, una buena historia que da placer inocente es una buena cosa, al igual que cocinar una buena comida nutritiva…Cualquier trabajo honesto (ya sea haciendo historias, zapatos o conejeras) puede hacerse para la gloria de Dios”.

Fuentes:

  • Números del 1-8: carta de C.S. Lewis a una chica llamada Thomasine (14 de diciembre de 1959), un estudiante de séptimo grado cuyo maestro había asignado a sus alumnos la tarea de escribir a un autor famoso para recibir consejos de redacción.
  • Número 9: De la última entrevista de C.S. Lewis (7 de mayo, 1963), seis meses antes de su muerte. Estaba respondiendo a una pregunta de Sherwood Wirt (1911-2001), quien preguntó: “¿Cómo sugieres que un joven escritor cristiano trate de desarrollar un estilo?”
  • Números del 10-14: carta de C.S. Lewis a Joan Lancaster (26 de junio, 1956), una joven americana que le había escrito para pedirle consejo sobre la escritura y en la que Lewis da cinco consejos para escritores novatos.
  • Número 15: carta de C.S. Lewis a Cynthia Donnelly (14 de agosto, 1954).

La selección –realizada por Justin Taylor–, ha sido tomada de la siguiente web:https://www.thegospelcoalition.org/blogs/justin-taylor/15-pieces-of-writing-advice-from-c-s-lewis/ 

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Visto en: De libros , padres e hijos

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