Domingo XII del Tiempo Ordinario

Homilía completa en audio

Mc 4,35-41

Al atardecer de ese mismo día, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?» Despertándose, Él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!» El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Cómo no tenéis fe?» Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen»


Este evangelio indaga la identidad de Jesús. La pregunta del final es, en cierto modo, clave de comprensión del pasaje, y de todo el Evangelio. Es una pregunta que debe ser respondida y, como se ha afirmado, la respuesta definitiva está en la Pasión del Señor, cuando “al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a Él, exclamó: verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). La Pasión y Muerte redentoras nos ofrecen la respuesta y la manera de comprender los signos que preceden a ese momento culminante en el Calvario. El viento y el mar, bajo la palabra todopoderosa de Cristo, detienen su ímpetu y sobreviene una calma grande. No es una mera manifestación de poder: es un signo que adelanta la Pasión. Porque aquellas fuerzas incontenibles, que amenazan la Barca donde navega el Señor y los Apóstoles, signo de la Iglesia, son las fuerzas del Mal, del Pecado, de la Muerte. Fuerzas imposibles de detener para cualquier creatura, pero vencidas por el infinito poder desplegado en la Cruz del Salvador. Notemos que Jesús parece emplear el vocabulario del exorcismo: “Silencio! Cállate!” le dice al viento y al mar. San Marcos destaca adrede la grandeza de lo que sucede. Una “gran tempestad”, una “calma grande” un “gran temor” finalmente en la conmoción de los Apóstoles ante lo que han visto. Es un evangelio muy dramático, muy sonoro, de singular dinamismo. En la brevísima primera lectura de este domingo, se lee aquella notable expresión de Dios, en el Libro de Job: “El Señor respondió a Job desde la tempestad, diciendo: ¿Quién encerró con dos puertas al mar, cuando él salía a borbotones del seno materno, cuando le puse una nube por vestido y por pañales, densos nubarrones? Yo tracé un límite alrededor de él, le puse cerrojos y puertas, y le dije: «Llegarás hasta aquí y no pasarás; aquí se quebrará la soberbia de tus olas».” (Job 38,1.8-11). Dios aparece, envuelto de misterio profundo y potente, limitando aquellos poderes incontenibles. Dios se muestra vencedor invicto de las máximas fuerzas, preanunciando lo que sucedería en la Redención, siglos después. Porque lo que sucede en la Cruz es un prodigio infinitamente mayor que calmar los vientos o aplacar las olas.

Jesús duerme y luego despierta. Acciones que nos remiten nuevamente hacia el Misterio Pascual. El dormir es signo de su Pasión y Muerte y el despertar, de su Resurrección. En aquel momento culminante Jesús nos ha redimido; ya ha triunfado. La Iglesia aguarda ansiosamente la Resurrección, pero, al mismo tiempo, los discípulos parecen desesperanzados y agobiados por el peso de lo que ha sucedido. La Pasión es la gran prueba de Fe para los Apóstoles. En la barca, Jesús, al despertar, les hace ver la falta de Fe, como raíz de aquella debilidad fatal, en medio de los embates del Enemigo.

Es también una exhortación para confiar en la Presencia de Dios, aunque no sea una presencia manifiesta, o no lo sea tal como lo esperamos o quisiéramos, en el estrecho marco de nuestras pobres convicciones o pretensiones humanas. “No despertéis al amado, hasta que Él quiera” (Cant 3,5), nos recuerda el admirable Cantar de los Cantares. Sin embargo, todo el Antiguo Testamento espera y ansía profundamente este despertar de Dios: “¡Despierta ya! ¿Por qué duermes, Señor? ¡Levántate, no rechaces para siempre!” (Sal 44,24). Porque el levantarse de Dios preanuncia el nuestro, cuando, en medio de la densa noche de este mundo, escuchemos aquella voz definitiva “¡Ya está aquí el Esposo! ¡Salid a su encuentro!” (Mt 25,6). Es la esperanza que pone en movimiento nuestra vida presente en dirección a la Eterna: “Mas yo, en la justicia, contemplaré tu Rostro, al despertar me saciaré de tu Presencia.” (Sal 17,15). Anhelamos despertar de las sombras de la tierra a la luz del Cielo, cuando el sueño de la muerte se convierta en despertar definitivo, como lo profetizara Isaías: “Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán, despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es tu rocío, y la tierra echará de su seno las sombras.” (Is 26,19).

Sólo Dios puede vencer el poder de la Muerte. Por eso aquella pregunta final de los Apóstoles encuentra su respuesta en la Cruz. Un temor de otra índole los invade ante el acontecimiento; el temor de la Presencia divina, la intensidad de su ser ante la creatura limitada y pequeña. Comienzan a advertir, con fuerza inusual, la identidad de Cristo, el Verbo que se ha hecho carne para salvarnos. Es indudable que el tema central de este pasaje del evangelio es la identidad del Mesías, cuya presencia y obra destruye, a causa del Amor misericordioso, las cadenas de la Muerte. San Marcos ha vuelto a desplegar, así, ante nuestros ojos, la admirable obra de la Redención.

In Memoriam: Pbro. Miguel B. García

(16-04-1958|11-06-2021)

El padre Miguel B. García, sacerdote muy querido por mí (y por tantos), se nos adelantó por el camino a la Casa del Padre en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Lo que seguidamente se publica es el testimonio doloroso y ,a la vez, esperanzador del P. Hernán Barreto quien tuvo la gracia de poder acompañarlo en los últimos momentos de su vida. Doloroso porque vio sufrir a su padre espiritual a imitación de Cristo sufriente; esperanzador porque, como bien dice, “así como el dolor rubrica el parto natural, el dolor debe rubricar el nacimiento a la eternidad”.

No es el retrato de la muerte como la entiende el mundo lo que se pinta aquí, sino la muerte cristiana, la muerte que ya no tiene poder sobre los hijos de Dios y que se convierte en una puerta que se abre hacia la Vida, porque el cristiano cree en el Supremo Testigo, en la Suprema Víctima que dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en Mí, aunque muera, vivirá” (Jn. 11, 25)


 El propósito de este escrito no es narrar la vida o importancia para nuestra diócesis de San Luis, y de la Iglesia toda, de tan eminente sacerdote (él fue prefecto del Seminario diocesano durante mucho tiempo, formador de Moral y también su rector, su corazón y su cabeza, su impronta misma durante 20 años, impronta comunicada a tantos sacerdotes, un “padre de padres”). Tampoco es el propósito aquí describir sus virtudes, como su piedad, afabilidad, humildad, paternidad o abnegación entre muchas otras que lo hicieron modelo de vida sacerdotal. El único objetivo es narrar sucintamente, con la mayor claridad e integridad posibles, los últimos momentos de su vida, momentos de los que fui partícipe por pura gracia de Dios, gracia inmensa e inmerecida. A eso vamos…

Cabe recordar un poco la primera impresión que tuve de su persona. Ingresé al Seminario San Miguel Arcángel, de San Luis, en el año 2005, y estudié allí hasta el 2015, año en que fui ordenado sacerdote. Cuando conocí al padre Miguel, rector en ese entonces, él me dijo: “¿Para qué querés ser sacerdote?”. Y yo le contesté: “Porque quiero ser santo”. “No”, me cortó en seco: “para ser santo hay que cumplir la voluntad de Dios, seas o no seas sacerdote”. Esa fue mi primera conversación, y durante años traté con él diversos temas espirituales y de todo orden.

Fue mi padre y mi amigo, pero no por eso le restaba respeto a su rol de autoridad. Cuando buscaba consejo y palabras suyas, él se hacía tiempo para dármelos, igual que a los demás seminaristas. A lo que quiero llegar con todo esto, resumiendo en pocas líneas más de diez años vividos con él, es que siempre fue padre y siempre buscó formar a sus hijos, sus seminaristas, para que también nosotros llegáramos a ser santos sacerdotes, fieles a la doctrina de la Iglesia de Cristo, devotos de María Santísima y apasionados por la Eucaristía y por los sacramentos.

Pero vayamos al tema nuestro… En este año que corre, 2021, en una de esas idas y venidas de protocolos contra el Covid, cuando se puso una medida de riguroso confinamiento por una semana, decidí realizar mi retiro espiritual sacerdotal escogiendo como “desierto” el convento del Instituto Mater Dei de Villa Mercedes. Resultó que los cinco días que tenía planeado estar allí se convirtieron en diecisiete porque una hermana que estaba con síntomas dio positivo y todos tuvimos que aislarnos. Pensándolo luego, esos días fueron la preparación remota para el encuentro con el padre Miguel, ya deteriorado, en el peor -y el mejor- de sus momentos. Durante esos días, decía, medité y prediqué, tanto a las hermanas como en charlas virtuales a distintas personas, acerca de la identificación con Cristo Víctima, la verdadera obediencia, la virtud y don de la Fortaleza, y otras cosas más, y todas providencialmente me fueron de provecho para lo que se avecinaba.

Durante ese lapso de tiempo el padre fue internado y, el mismísimo día en que se acababa mi aislamiento y el de las hermanas, todos mis bolsos preparados para volver a mi parroquia en Villa Mercedes, recibo un llamado de un sacerdote amigo de San Luis. “Oiga, padre”, me decía, “usted ha sido escogido para asistir al padre Miguel. No la está pasando muy bien. Su situación es grave y necesitamos que lo vaya a animar y a sacarlo adelante”. Sorprendido por ese llamado, pero entre contento por la elección y amargado por las nuevas, dije: “Ya salgo para allá, pero antes avise al obispo, por favor”. Así lo hizo. Me despedí de las hermanas de Villa Mercedes y me aventuré a la incertidumbre de lo que me esperaba.

A las 12:30 llegué al Policlínico de San Luis. Fue providencial que tuviese en el auto no sólo ropa, por los días que pasé con las hermanas, sino también elementos para celebrar la Santa Misa. No pensaba bajar todo pero algo me detuvo, algo me insinuó que lo hiciera. Antes de internarme con el padre Miguel visité a las religiosas que asisten en el hospital, las servidoras del Señor y de la Virgen de Matará. Hice unos llamados y, para mi sorpresa, mi “visita” no estaba pensada para sólo un día, ni sólo para animarlo: el objetivo era quedarme con él hasta el final, saliese o no de allí.

Sin mucho preámbulo, las hermanas me dieron unas hostias y un poco de vino para la celebración de la Santa Misa y, previo saludar al Santísimo, marché al pabellón de traumatología, provisionalmente destinado para enfermos de Covid (en esa fecha, seis pabellones del hospital estaban destinados a los pacientes contagiados con el virus).

El padre Miguel se encontraba en la habitación al final del pasillo a la izquierda, la uno. El pabellón se me hacía desolador: médicos, enfermeros y personal en general, yendo de un lado para el otro, imposible diferenciarlos pues todos vestían igual con su bata celeste, la cofia, máscara, barbijo y guantes. De las habitaciones salía el ruido, seco y taladrante, de la continua oxigenación a pacientes. Mirando a izquierda y derecha, hombres y mujeres de toda edad y condición social, podríamos decir: unos con cánula; otros con mascarilla; otros con casco de oxígeno. Desolador. Debo destacar ahora una cosa, la excelencia del personal de salud: en las peores circunstancias, siempre tratando del mejor modo posible a los pacientes, buscando animarlos, no quejándose frente a ellos, infatigables y amables.

Cuando ingresé a la minúscula habitación uno me encontré con este panorama: ropa y medicamentos echados en todos lados, una ventana por la cual entraba una luz tenue; una puerta para el baño (mínimo también); un joven sentado en una reposera -el que lo cuidaba hasta ese momento- y el padre… el padre Miguel acostado, su rostro dolorido y pálido detrás del casco de oxígeno, y los ojos cerrados por el ardor y comezón efecto del oxígeno… el padre Miguel era la viva imagen del dulce Cristo sufriente.

Antes de caer en la amargura, de la cual el Señor me sostuvo durante todos esos días, la médica a cargo me indicó: “su misión aquí será cuidarlo, pero sobre todo levantarle el ánimo. No lo deje, bajo ningún respecto, deprimirse, ¿entiende?”. Y dije que sí, aunque no, no entendía bien, perplejo como me encontraba.

El cuidador me dio algunas indicaciones y, en breve, estábamos solos el padre Miguel y yo, y nadie más. Fue mi primer intento de darle ánimos, pero era difícil ya que al padre se le dificultaba tanto el ver como el escuchar y el hablar. Quiero creer que mi presencia, la de un hijo sacerdote suyo, implicaba algo de ánimo para él, aunque no lo pudiera expresar muy bien detrás de ese casco de oxígeno.

Al rato vinieron cinco o seis del personal médico a cambiar al padre de habitación. Para ello, agarraron de las sábanas y lo trasladaron a la camilla. La nueva habitación, la dos, no era muy distinta a la primera, salvo que entraba un poco más de luz por la ventana. Ya allí, acomodé bien mis cosas y me dispuse a mi misión. Primero le señalé al padre que muchas personas rezaban por él, y asintió con la cabeza como que entendía. Luego lo invité a escuchar audios y ver videos pero, con la cabeza, presionando los ojos y sacudiendo levemente una mano, me indicó que no. “El Santísimo”, susurro el padre, con esa vocecita agitada y cortada. “El Santísimo”, repitió. De algún modo, entendí que se había percatado del cambio de habitación y me preguntaba dónde habían puesto la teca con el Santísimo Sacramento. “Está a su lado”, le dije. Efectivamente, allí estaba: no éramos dos en la habitación sino tres.

Tras rezar el Rosario caminando en la “celdita” (daba tres pasos y pegaba la vuelta), y luego de hacer también la Hora intermedia y Vísperas, finalmente me dejé caer en la reposera, desanimado yo, y esperé las indicaciones que me daría el personal médico: me dieron varias y quedé mareado, horas de medicaciones, cuidados del padre, modo de alimentación (se ponía un sorbete por un agujerito que había que destapar temporalmente, debajo del casco, y había que embocarlo en su boca), ayudarlo en sus necesidades, estar atento a esto, a esto otro, en fin, debía desenvolverme como un enfermero más.

Sin mayores sobresaltos, así terminó el primer día, un miércoles. La noche cayó y el padre seguía sin poder dormir (ya hacía un par de días de insomnio, y por eso le habían aplicado morfina en el suero). Y yo tampoco pude dormir. No había llevado ningún abrigo y la noche era fría. Además, debía estar atento, con un ojo medio abierto, a los movimientos del padre por si necesitara algo. Y así fue, varias veces. Y a eso se suma los controles esporádicos de los médicos, controles de oxigenación, sobre todo. Y ese ruido constante del oxígeno que, según decían, era peor para el padre, con su cabeza dentro de ese casco. Incluso le ofrecieron taparle los oídos con algodón, pero él no quiso.

Entonces frío, incomodidad, mugre (había una ducha, pero bañarse era una ilusión, sobre todo porque significaba desatender al padre pero además porque el baño, aunque limpio, estaba lleno de baldes y cosas), cansancio, tensión, reclusión (una vez adentro, ya no se podía salir de la habitación hasta que no saliese el paciente) … todo un verdadero tormento. Así estaba el padre Miguel, completando en él lo que falta a los padecimientos de Cristo, como buen sacerdote e hijo querido del Padre.

El segundo día, jueves, el padre comenzó a progresar en su salud. La oxigenación iba de bien en mejor, llegando incluso por momentos a 99 de saturación. Es más, recibiría varias visitas que le alegrarían el día. Un sacerdote le prestó una reliquia de San Bernardo, a la cual se aferró y afirmó en su pecho. Incluso una médica le preguntó si estaba más tranquilo y contento, y asintió. Cuando le hicieron los ejercicios con movimiento de brazos, el padre hizo, por propia iniciativa, más de los indicados, mostrándose aliviado. Le dije fuerte, casi gritando, porque el casco no lo dejaba escuchar: “¡hoy es día de ejercicios, padre!”, y esbozó una sonrisa… un gran logro. Todo daba un buen pronóstico, incluso la médica, ella también contenta, le decía: “¡si seguimos bien, padre, mañana le sacamos el casco!”. Y así creíamos que iba a ser.

A eso de las 19, cuando no había tanta circulación de personal médico, preparé un altar improvisado para celebrar la Santa Misa: eran las primeras vísperas del Sagrado Corazón de Jesús. Saqué al padre de su somnolencia y me observó de arriba abajo, ya revestido con la casulla blanca. Comencé la celebración, diciendo las lecturas y oraciones en voz alta para que el padre escuchara y participara. ¡Y él lo hizo, muy a su modo! Miraba, movía los labios (incluso en la consagración y en el padrenuestro), contemplaba a Jesús durante la elevación de la Hostia y del cáliz.

Terminé de comulgar, y me puse a purificar el cáliz. El padre, entonces, abrió bien los ojos y gritó casi sin fuerzas: “La hostia… la hostia”. Quería comulgar. “Padre, mañana le doy la comunión, mañana le sacan el casco, tenga paciencia”, le dije. Pero el continuó: “La hostia… la teca”. Recordé que en unas horas antes unos enfermeros le habían levantado el casco para darle medicación. Me dije, “es la comunión, ¿cómo voy a dejarlo sin comulgar?”. Entonces me puse manos a la obra: levanté como pude el engorroso casco hasta sus ojos; abrí la teca, le di la comunión y volví a colocarle el casco. Tras ello noté mucha paz en el padre: respiraba relajadamente y su semblante parecía alegre. Era ésta su última Misa, su última comunión. Cuando le di la bendición final él se santiguó.

A partir de ese momento, de esa “Última Cena”, las cosas empezarían a empeorar. Los médicos harían sus rondas más seguido con el padre porque la oxigenación no andaba bien. Pese al último chequeo, que daba 99 de saturación, el nuevo daba 94. Y no subía. El padre se ponía molesto porque no podía dormir y el casco se le hacía una carga insufrible. Sus ojos y su cara le picaban. Sus labios, de resecos, estaban llenos de aftas. Su lengua y garganta eran como una lija. Muchas veces me diría con voz cansina “tengo sed”, como Nuestro Señor en la cruz, pero el agua no se la apagaba sino que ella también le producía dolor, según me explicaron.

A eso de las 22:30 el chequeo de saturación le dio 88 y el médico decidió subir el nivel de oxigenación al máximo. Eso implicaba, entre otras cosas, mayor ruido, mayor sequedad e imposibilidad de sueño. El padre no aguantaría otra noche más sin poder dormir.

Los médicos iban y venían de la habitación y, alrededor de la 1:00 del día viernes le sacaron el casco porque “ya no tenía ningún sentido”. A eso de las 2:00, finalmente, vinieron todos juntos. Ya no éramos dos sino al menos ocho, todos apretujados en ese pequeño Gólgota. Terrible escena para el padre: todos callados y serios, como quienes tienen que tomar una decisión desagradable. La jefa del personal se acercó y le dijo, tocándole el hombro: “Miguel, la oxigenación no mejora, ¿te das cuenta de lo que eso significa?”. El padre asintió. “Miguel, no tengas miedo, cuando despiertes después de la entubación va a ser como si nada hubiese pasado, vas a salir de acá. ¿Te parece?”. Y asintió de nuevo.

Tardaron un rato en traer la camilla para llevarlo a entubar. Mientras, yo le dije algunas palabras al oído, quizá proféticas: “Padre: ánimo, no tema, hoy es el día del Sagrado Corazón, ese Corazón al cual usted siempre le tuvo tanta devoción. ¡Quién sabe si no esté preparando algo muy bueno para usted! Tenga paciencia, es sólo un momento y después todo se acabó. ¡Ánimo!”. Entre cansancio y nervios, le di la absolución, con indulgencia plenaria y la unción de los enfermos.

Cuando llegaron con la camilla, a eso de las 2:20, y la pusieron al lado de su cama, vi algo que me sorprendió, igual que a los demás. “A la cuenta de tres lo subimos a la camilla”, dijo la médica. Pero no hizo falta: el mismo padre se arrastró a la camilla, sacando fuerzas vaya a saber uno de dónde. “Lo hizo sólo”, dijo la médica, tras una pausa de unos segundos. Salió entonces la camilla. Vi cómo se alejaba por el largo pasillo ante el silencio de los espectadores a los costados. Le di una última bendición y me dije: “nunca más va a volver”. Y así fue.

Ese lapso de tiempo entre las 2:20 y las 3:30 fue el único momento, paradójicamente, en el que pude dormir algo, sueño que fue interrumpido por la médica: “Disculpá”, me dijo, “procedimos a entubar a Miguel, pero al rato tuvo una descompensación, un infarto, y falleció. Todavía no entiendo cómo pudo pasar esto. Lo siento mucho”. Yo bajé la cabeza unos segundos, la volví a levantar y dije: “y ahora, ¿qué debo hacer?”. Según me contaron luego, lo último que pidió el padre fue que se le volviera a dar la unción de los enfermos y que, mirando hacia la imagen de la Virgen, cerró sus ojos.

De ahí en más fueron seis horas de un ir y venir, llamados, mensajes, trámites, todo. No caí en la cuenta de lo que había pasado sino hasta que me senté a eso de las 9:30, hora en que pude llorar. Llorar no sólo por lo traumático de lo vivido durante esos tres días sino, sobre todo, por la pérdida del padre Miguel García. Sin embargo, hay que decirlo, fue el momento más glorioso del padre. Fue su última gran purificación, como no podía ser de otro modo. Si el sacerdote es otro Cristo por el orden sagrado, su vida no puede más que reflejar la vida y muerte de Cristo. “Conforma tu vida con el misterio de la Cruz”, nos decía el obispo siguiendo el ritual el día de nuestra ordenación, y así debe ser.

¿Y qué significa la cruz sino el sufrir con Cristo y por Cristo? El padre Miguel, todos lo saben, sufrió indeciblemente sus últimos días. La internación fue su última gran entrega y purificación. Una purificación pasiva, una noche oscura. Cero certidumbres humanas, cero esperanzas de salir con vida, y dolor, mucho dolor. El vivir en la fe y de la fe, como los justos. Ya no podía rezar como acostumbraba: su oración ahora era el padecer. Ya no podía dar consejos o hacer actividades: su actividad ahora era el callar y estar clavado en la cama. Ya no podía más que mirar sin ver y decir frases cortas, con voz agitada. Como aquellas palabras que dijo el Señor a San Pedro: “cuando ya seas viejo, extenderás los brazos y otro te vestirá, y te llevará a donde ni quieras”.

Era el padre como un niño que necesitaba de otros para todo. El padre necesitaba asistencia para las cosas más básicas como asearse, alimentarse, e incluso moverse. Y es que uno vuelve, realmente, a ser niño cuando se aproxima la muerte. Él era un niño, en todo sentido, un niño grande y canoso. Y sabemos que si queremos ingresar a la casa del Padre debemos hacernos como niños, porque la misma idea de Dios como Padre significa eso: que nosotros somos sus hijos, sus “niños”. Y así como el dolor rubrica el parto natural, el dolor debe rubricar el nacimiento a la eternidad.

Así la obra gigantesca del padre Miguel no queda ya en lo que ha hecho en la tierra. No. Cristo, Nuestro Señor hizo muchos milagros en su vida terrena: curó a leprosos, dio la vista a los ciegos, resucitó a muertos. También dio muchas magistrales enseñanzas, como sus diálogos con los judíos, como las Bienaventuranzas, como su discurso de la Última Cena. Sin embargo, su mayor obra no fue nada de eso: su mayor obra fue su muerte en la cruz. Por medio de su muerte nos redimió del pecado, razón primera de su Encarnación. Cuando estaba crucificado, clavado de pies y manos; cuando por el peso del propio cuerpo, el dolor de la corona de espinas y del agobio, no podía formular grandes y elaboradas frases; cuando quiso suspender temporalmente su taumaturgia y presentarse como un gusano pendiendo del madero: allí obró su mayor proeza, allí aplastó la cabeza de la serpiente, allí destruyó la muerte y nos abrió las puertas del Cielo para siempre.

Su mayor obra fue su muerte: así también la del padre Miguel García. Su muerte es un signo y una realidad. No es la muerte de un “estilo” sacerdotal. No es la muerte de una clase de sacerdotes propios de una diócesis “particular”, sino, todo lo contrario, es la esperanza de un resurgir. Con su muerte hará más bien que con todo lo que hizo durante su vida entera. Desde el Cielo intercederá por las vocaciones futuras para que se formen como auténticos sacerdotes católicos. Sacerdotes que vivan y mueran desde sus labores cotidianas, silenciosas y escondidas, sólo visibles a los ojos del Padre. Vida sacerdotal no propagandística y mediática, sino fructífera, con los frutos que ve el Padre, aunque sean desconocidos de los hombres. Sacerdotes crucificados por amor a Dios y a las almas. Así quiera el Señor que sean los sacerdotes de la diócesis de San Luis, diócesis que le debe su vigor y su impronta católica a curas, sobre todo, como el padre Miguel Bernardo García, rector inmortal del Seminario: padre de padres.

Dios lo tenga en su Santa Gloria.

Hazme a mí justicia. Comentario al Salmo 7

Cuando juzgamos la relación del alma con Dios, lo hacemos desde dos parámetros: la justicia y la misericordia. Y al fin de cuentas sabemos que la última tiene un papel preponderante, ya que el amor a la miseria es lo más perfecto, y aquella nos es imposible de vivir y aplicar con todo rigor.

Todavía más, misericordia pedimos a Dios, porque sabemos que en razón de estricta justicia somos nada, o debiéramos ser reducidos a ella. Entonces podemos caer en el pensamiento del Justo Juez rodeado de términos lóbregos y sombríos: pues nadie en razón de justicia podría salir ganancioso al ser pesado cuando sea llamado a juicio.

El hombre vive en medio del dilema de hacer el mal que no quiere y omitir el bien que sí quiere (Rom. 7, 19), dada la ley de la concupiscencia. Y así comenta Henri Marrou a propósito de San Agustín, cuando explica que las dos ciudades -fundadas por el amor a Dios y el amor a sí- cohabitan en el corazón del hombre: “La frontera entre la Iglesia y el mundo, la luz y las tinieblas, entre la Ciudad de Dios y la ciudad del mal pasa, como lo ha recordado con frecuencia en sus predicaciones el cardenal Journet, por el interior de nuestro propio corazón”[1].

La consecuencia de ello es que en la historia muchos hombres han actuado contradictoriamente o luchando entre sí, aunque fueran todas causas nobles o justos los contendientes. Y esto se debe simplemente a que no somos perfectos, y que siendo libres, elegimos entre bienes. En efecto, la elección ofrece caminos que desvanecen toda determinación del actuar en dos ámbitos que ocupan a la historia: el individual y el comunitario.

Estas reflexiones nos dan un aliento considerable al pensar nuestras limitaciones y nuestras malas obras, y que, lejos de ser un frívolo argumento sentimental, podemos hallarlo en el Salmo 7 que el rey David compuso apelando al Justo Juez:

Yahvé, Dios mío, si yo hice eso,

si hay en mis manos iniquidad;

si he hecho mal a mi amigo

-yo, que salvé a los que me oprimían injustamente-

persígame el enemigo y apodérese de mí;

aplaste mi vida en el suelo

y arrastre mi honor por el fango.

Despierta, Yahvé, en tu ira;

yérguete contra la rabia

de los que me oprimen.

Levántate a mi favor

en el juicio que tienes decretado.

Rodéete la congregación de los pueblos

y siéntate sobre ella en lo alto.

Yahvé va a juzgar a las naciones.

Hazme a mí justicia, Yahvé,

según mi rectitud,

y según la inocencia que hay en mí.

Cese ya la malicia de los impíos

y confirma Tú al justo,

¡oh justo Dios, que sondeas

los corazones y las entrañas!

Mi defensa está en Dios,

que salva a los rectos de corazón. (Salmo 7, 4-11)[2]

Leamos con atención el versículo 9: “Hazme a mí justicia”. Sin dudas que David confía libre de todo temor, no porque él sea un justo cabal, sino porque en el habita la justicia, y la ciudad de Dios, aunque sea de modo imperfecto. Comenta Straubinger que aquí no mira a Dios como un acusador sino como el Salvador, y que esa confianza debe colmar de esperanza al corazón humano: “La peor de las herejías, dice Pío XI, es la de mirar a Dios como un juez implacable, en vez de mirarlo como un Padre misericordioso”[3].

David no teme, y se atreve a pedir no solo misericordia, sino justicia, porque es consciente de albergar también un poco de la más pura inocencia en su corazón, como reza el versículo citado.

Si bien somos instados a pedir misericordia, no debemos creer que no somos capaces de una mínima justicia, ni que Dios no la tendrá en cuenta.

Gabriel Vilanova


[1] Teología de la historia, 1978, RIALP, Madrid. P. 126.

[2] Traducción de Mons. Dr. Juan Straubinger.

[3] Comentario al versículo 11.

El oficio divino. La liturgia de las horas

“El Breviario es un medio de santificación eficacísimo; el que no sale del Breviario más puro, mas arrepentido, más humilde, más unido con el Maestro, ha faltado al fin y a la esencia de él”
Bt. José Canovai

Principio y Fundamento

El Ideal de la vida cristiana (su finalidad) es la santificación de nuestra propia alma; y la santificación de nuestra alma, no significa otra cosa que la plena configuración de ésta con Jesucristo, que se dará en la unión con Dios por el amor y en la perfecta conformidad con la Voluntad Divina.

Ahora bien, sabemos que la Liturgia es “el completo culto público del Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, de la Cabeza y de sus miembros”[1], dicho culto es especial y particular, por ser explícitamente querido por Dios, guardado y enseñado por la Santa Iglesia por Él mismo fundada.
El fin de la Liturgia es bipartito: la gloria del Dios Uno y Trino, y la santificación cada vez mayor del hombre.
Al ser, la Sagrada Liturgia, la oración oficial de la Iglesia de Dios y la que por sí sola produce frutos por ser ella lo que es; se deduce que será ella uno de los medios más eficaces que tienen los hombres para llegar a cumplir la obra de santificación en su alma.

San Pablo nos instruye en este hermoso ideal diciéndonos: “Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos”[2]. Vivir para Dios, realizando cada obra para Él y con Él, cada palabra, cada pensamiento y cada hora hechas para el Señor, pues de Él somos.

El Oficio Divino, la oración más antigua de la Iglesia[3]

El Oficio Divino tiene como finalidad “abrazar” todas las horas del día y santificarlas para Dios; abarca todos los tiempos y las diversas condiciones de la vida humana.

En la historia y tradiciones veterotestamentarias podemos ver que las oraciones públicas y comunes no solo tenían lugares y tiempos específicos, sino que también en las casas particulares se realizaban este tipo de “actos litúrgicos”.
El pueblo judío, y luego los cristianos, tenían la costumbre de dedicarse a la oración en común en algunos tiempos determinados, como por ejemplo la primera y última hora del día.

El Oficio Divino se constituye principalmente de los Salmos que se encuentran en las Sagradas Escrituras, la mayoría de ellos escritos por el Rey David[4], quien vivió alrededor de los años 1040 y 966 a. C.
A pesar de la antigüedad de los Salmos, fue por iniciativa y obra principalmente de los primeros monjes y ascetas que el Oficio Divino quedó debidamente conformado, y posteriormente admitido por la autoridad de la Iglesia como oración litúrgica.

Los Salmos[5]

Se ha dicho con verdad que los salmos son como un resumen de toda la Biblia: historia y profecía, doctrina y oración. En ellos habla el Espíritu Santo y nos enseña lo que hemos de pensar, sentir y querer con respecto a Dios, a los hombres y a la naturaleza, y también nos enseña la conducta que más nos conviene observar en cada circunstancia de la vida.

A veces el divino espíritu nos habla aquí con las palabras del Padre Celestial; a veces con palabras del Hijo. En algunos salmos, el mismo Padre habla con su Hijo; en otros muchos, es Jesús quien se dirige al Padre. Sorpréndenos, así, el arcano del Amor infinito que los une, o sea los secretos más íntimos de la Trinidad, y vemos enunciados, mil años antes de la Encarnación del Verbo, los misterios de Cristo doliente y los esplendores de su triunfo.

David es la abeja privilegiada que elabora la miel de la oración por excelencia. Todo lo que pasa por las manos del Real Profeta se convierte en oración: afectos y sentimientos; penas y alegrías; aventuras, caídas, persecuciones y triunfos; y, principalmente, visiones sobre Cristo, “sus pasiones” y posteriores glorias. Profecías de un alcance insospechado por el mismo David; detalles asombrosos de la pasión, revelados diez siglos antes con la precisión de un Evangelista.
Todo sale de su boca y su arpa, no ya sólo al modo de un canto de ruiseñor que brota espontáneamente como en el caso del poeta clásico, si no a manera de olas de un alma que se vuelca, que “derrama su oración” en la presencia paternal de su Dios

La oración del salmista es toda sobrenatural. Dios la produce, como miel divina, en el alma de David, para que con ella nos alimentemos y nos endulcemos todos nosotros.
El santo rey entrega así, estas sublimes oraciones con que había de alabar a Dios toda la iglesia de aquel entonces y, hoy día, la iglesia de Jesucristo.

La Suma Dignidad del Oficio Divino

Al ser una oración propia y eminentemente Litúrgica, Cristo en ella une a sí mismo toda la comunidad de fieles y la asocia consigo.
En el Oficio Divino, Jesucristo “ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como nuestra Cabeza; y nosotros oramos a Él como nuestro Dios. Reconozcamos en Él nuestra voz, y su voz en nosotros (…) a Él se le pide en forma de Dios, y Él ora en forma de siervo: allí como Creador, aquí como creado, tomando -sin ser cambiado- a la criatura que ha de ser cambiada, y haciéndonos consigo un solo hombre, Cabeza y Cuerpo. Luego oramos a Él, por Él y en Él; y hablamos con Él, y Él habla con nosotros; y recitamos en él, y el recita en nosotros”[6].

Concordancia de voz, mente y corazón

A la excelsa dignidad de esta oración ha de corresponder la intensa piedad de nuestra alma, pues la voz del que así ruega repite aquellos cantos que fueron escritos por inspiración del mismo Espíritu Santo, que declaran y ensalzan la perfectísima grandeza de Dios[7].

San Benito de Nursia decía: “Creemos que Dios está presente en todo lugar y que «los ojos del Señor están vigilando en todas partes a buenos y malos»; pero esto debemos creerlo especialmente sin la menor vacilación cuando estamos en el oficio divino.
Por tanto, tengamos siempre presente lo que dice el profeta: «Servid al Señor con temor»; y también: «Cantadle salmos sabiamente», y: «En presencia de los ángeles te alabaré». Meditemos, pues, con qué actitud debemos estar en la presencia de la divinidad y de sus ángeles, y salmodiemos de tal manera, que nuestro pensamiento concuerde con lo que dice nuestra boca”[8]
.

El Beato José Canovai, por su parte, nos dice que el Breviario “es una plegaria que debe continuamente suscitar en nosotros la unión con Jesucristo, una participación viva en los deseos y sentimientos del Maestro; por esto es plegaria esencialmente santificante; ella nos lleva a la comunión interior con Cristo, a revivir, a hacer nuestros los pensamientos y ofrendas con que Él adoro al Padre sobre la tierra”.

Consideraciones y Consejos a la hora del rezo del Oficio Divino

-Silencioso recogimiento.
La vida de oración debe de ser reposada y asidua. Adornada con estas cualidades, la oración ayuda eficazmente a ser, cada vez más, hombres del Señor, y le hace sentir a éste claramente la presencia de Dios y comprender mejor Su Voluntad. Para favorecer este espíritu de oración tiene una gran importancia la observancia del silencio.
Respetando con fidelidad el tiempo de silencio, nuestros corazones se disponen para oír mejor la Palabra de Dios y para cumplirla con más generosidad.

-Oración pausada.
– “Esto es de gran importancia: cierta lentitud en la recitación del Breviario destiende el alma, le da el sentido vivo y vivido de “vocare Deo”, de sentirse toda para Dios, es decir, toda ofrecida y dedicada a buscarlo y unirse a Él fuera de cualquier preocupación de tiempo”.
– “El apuro es la muerte de la plegaria (…) pocas cosas son tan santificantes como recitar el Breviario lenta y solemnemente”
– Bt. José Canovai.

-Rezar el Oficio Divino, preferentemente, junto con otros fieles.

Al ser una oración Litúrgica, es muy remendable rezarla acompañado o en comunidad. La Sagrada Liturgia es la que goza eminentemente de la promesa de Nuestro Señor: “Allí donde dos o tres están reunidos por causa mía, allí estoy Yo en medio de ellos”[9].

-Preferencia del rezo del Salterio frente al Sagrario.
Recitar el Breviario delante del Santísimo Sacramento es como un “prestar” nuestros labios a Cristo para que continúe su plegaria insomne; es como un explicitar en palabras la alabanza silenciosa de Cristo presente en la Sagrada Hostia.
El recitar el Oficio Divino ante el Sagrario es también la más bella acción de gracia de la Santa Misa, porque así el alma adora a Cristo presente en el altar en el silencio de la Sagrada Eucaristía, y se unifica a Jesús presente en sí misma, quien ruega con su misma Palabra; Jesucristo presente en su doble forma: Cristo Pan y Cristo Palabra, en dulce intimidad y unificante plegaria.

-Recitar, al menos, algunas partes en latín.
Además de ser la “lengua oficial” establecida por la Santa Iglesia, dicha lengua es signo de unidad y es también antídoto eficaz contra toda corrupción de la pura doctrina.

ORACION PREVIA AL REZO
DEL OFICIO DIVINO.

Señor, abre mis labios
para que pueda bendecir tu Santo Nombre.
Purifica mi alma de todo pensamiento vano, malo y extraño.
Ilumina mi entendimiento y enciende mi corazón,
para que pueda recitar este Oficio digna, atenta y devotamente;
y merezca ser oído en presencia de tu Divina Majestad.
Por Cristo, Nuestro Señor. Amen.

ORACIONES EN LATÍN.

Ad Laudes Matutinas.

V/. Dómine, lábia mea apéris.
R/. Et os meum annuntiábit laudem tuam.

Benedictus.

Benedíctus Dóminus Deus Israel;
quia visitávit et fécit redemptiónem plébis suæ:
Et eréxit córnu salútis nóbis,
in dómo David púeri sui.

Sícut locútus est per os sanctórum,
qui a sæculo sunt, prophetárum eius:
Salútem ex inimícis nóstris,
et de mánu ómnium, qui odérunt nos:

Ad faciéndam misericórdiam cum pétribus nóstris,
et memorári testaménti sui sáncti.
Iusiurándum, quod iurávit ad Ábraham pátrem nóstrum,
datúrum se nobis:
Ut síne timóre, de mánu inimicórum nostrórum liberáti, serviámus illi.
In sanctitáte et iustítia córam ipso,
ómnibus diébus nóstris.

Et tú, púer, prophéta Altíssimi vocáberis,
præíbis énim ante fóciem Domini paráre vías eius:
Ad dándam sciéntiam sálutis plébi eius:
in remissiónem peccatórum eórum:
Per víscera misericórdiæ Dei nóstri:
in quíbus visitávit nos, óriens ex alto:
Illumináre his qui in ténebris et in úmbra mórtis sédent:
ad dirigéndos pédes nóstros in víam pácis.
Gloria Patri. Sicut erat. Ámen.

Ad Vesperas.

V/. Deus, in adiutórium meum inténde.
R/. Dómine, ad adiuvándum me festína.
Glória Patri. Sícut erat. Ámen (T.P. Alleluia)

Magnificat.

Magníficat ánima méa Dóminum,
Et exultávit spíritus méus in Déo salutári méo.
Quia respéxit humilitátem ancíllæ súæ,
ecce enim ex hoc beátam me dícent ómnes generatiónes.

Quia fécit míhi mágna qui pótens est:
et sánctum nómen éius
Et misericórdia éius a progénie in progénies timéntibus éum.

Fécit poténtiam in bráchio súo:
dispérsit supérbos ménte córdis súi.
Depósuit poténtes de séde,
et exaltávit húmiles.

Esuriéntes implévit bónis:
et dívites dimísit inánes.
Suscépit Israël púerum súum,
recordátus misericórdiæ súæ.

Sicut locútus est ad pátres nóstros,
Abraham et sémini éius in saécula.
Gloria Patri. Sicut erat. Ámen.

Concluditur.

V/. Dominus nos benedícat, et ab ómne málo deféndat, et ad vítam perdúcat ætérnam.
R/. Ámen.

Jonathan Rodríguez


[1] “MEDIATOR DEI”, Pio XII, N° 29

[2] ROM. XIV, 8

[3] Si bien no es la más antigua en su “aprobación formal” como oración litúrgica, sí lo es en su composición principal.

[4] Una tradición cristiana llama al libro de los Salmos “El salterio de David”

[5] Texto extraído de la Introducción a los Salmos de “La Santa Biblia”, Mons. Dr. Juan Straubinger.

[6] “ENARRACIONES SOBRE LOS SALMOS”, San Agustín, Salmo 85, N° 1.

[7] “MEDIATOR DEI”, Pio XII, N° 180

[8] “SANTA REGLA”, San Benito, C 19.

[9] MT. XVII, 20.

Solemnidad de Corpus Christi

Homilía completa en audio por el Pbro. Miguel Ángel Comandi

Mc 14,12-16.22-26

El primer día de la fiesta de los panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?» Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad; allí os encontraréis con un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidlo, y decidle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: “¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?” Él os mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; preparadnos allí lo necesario.» Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad, esto es mi Cuerpo.» Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Os aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.»


            La Solemnidad de Corpus Christi despliega ante nuestra mirada creyente la inmensidad de la Misericordia divina, expresada en este Sagrado Alimento de Vida Eterna. Alimento anunciado desde el inicio mismo de los tiempos, cuando Dios daba de comer a nuestros primeros Padres: “Y dijo Dios: Yo os doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos os servirán de alimento” (Gn 1,29). Pero aún más atrás todavía, el texto Sagrado nos muestra, en el tercer día de la creación, el primer embellecimiento de la tierra: “Y dijo Dios: que la tierra produzca vegetales, hierbas que den semilla y árboles frutales, que den sobre la tierra frutos de su misma especie con su semilla adentro” (Gn 3,11). Esto sucede en aquel tercer día primigenio y anuncia un futuro tercer día, definitivo: el día de la Resurrección. Día que nos remite al Primero, al día de la creación de la Luz, porque allí está contenida la obra de la Misericordia divina que triunfa sobre el poder de las Tinieblas. Así, en cierto modo, tercer y primer día están unidos en Cristo. Dios ha concedido fecundidad a una tierra para que produzca frutos, frutos vegetales que serán, como lo señalamos, el alimento del hombre. Pero hay que destacar que es un alimento dado por Dios, donado por el Creador a la creatura. De hecho no es casual que el Primer Pecado de los hombres sea no recibir sino alcanzar por las propias fuerzas lo que debía ser dado por Dios, aquel fruto que, según se ha interpretado desde antiguo, preanunciaba el fruto bendito de las purísimas entrañas de María; fruto que, en aquel árbol inicial, contenía una profética referencia a Cristo como Alimento.

            El hombre, pretendiendo alcanzar lo que solamente debía recibir, empezará a experimentar las consecuencias del Pecado: de allí en adelante la tierra producirá “cardos y espinas […] hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste sacado” (Gn 3,18-19). Y, más adelante, comenzará el derramamiento de sangre y el drama de que, para mantener la vida se deberá proporcionar la muerte a los vivientes. Pero, tal como Dios lo ordena, la carne no podrá comerse con su sangre, porque en la sangre está la vida (Gn 9). Paradójicamente el Antiguo Testamento estará regado de sangre, especialmente, de la sangre de los animales ofrecidos en el culto, porque se había derramado una sangre inocente que clamaba desde las entrañas de la tierra. Pero también será un larguísimo ayuno de sangre, aguardando aquella Sangre en la que, realmente, está la Vida. Dios alimentará a su pueblo, pero también ese pueblo llegará al límite del hambre y la sed. Son límites que debieron servir al Pueblo de Dios para reconocer que la vida que posee proviene de un Dios Misericordioso. Y así Dios proporciona, en el desierto del mundo, el prodigio del maná, uno de los signos eucarísticos más intensos del Antiguo Testamento. Innumerables pasajes precedieron el momento culminante en que el alimento y quien nos alimenta coinciden: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” dice Jesús, ante la mirada atónita de un mundo que no comprende porque tiene un corazón duro. Porque el problema del hambre y la sed en la Historia de la Salvación es, en primer término, de índole espiritual.

Como lo dirá Amós, descubriendo para nosotros una profundidad necesaria en torno a este misterio, llegarían los tiempos en que Israel ya no padecería ese hambre física, sino algo mucho más terrible todavía, un hambre que se extiende hasta nuestros tiempos: “vendrán días en que enviaré hambre sobre el país, no hambre de pan ni sed de agua sino de escuchar la palabra del Señor. Se arrastrarán de un mar a otro e irán errantes del norte al este buscando la palabra del Señor, pero no la encontrarán” (Am 8,11-12). Pero también el Profeta contempla un Tiempo en que “por las montañas correrá el vino nuevo y destilarán todas las colinas” tiempo en que “cultivarán huertas y comerán sus frutos” (Am 9,13-14).

Un hombre con un cántaro de agua se dirige a la casa donde tendrá lugar la Última Cena. Ese es el signo que Jesús les da a los apóstoles. Deben seguir a ese hombre y hablar con el Dueño de la Casa donde entre. Tal vez, bajo la mirada atenta de los Padres de la Iglesia, podemos entrever el sentido de ese signo, aparentemente poco significativo, casi casual. Porque aquel hombre llevando el agua es el Antiguo Testamento que busca el lugar donde se celebre el Sacrificio, busca al Dueño, al Señor de cielos y tierra, para que el agua que era insuficiente para purificar pecados sea realmente signo del agua que brota hasta la Vida Eterna, sea finalmente signo de la Sangre de la Nueva Alianza.Jesús mismo es la semilla que nos alimenta, que nos hace participar de su misma Vida para la gloria del Padre, en el Espíritu Santo. En Cristo se unifican aquellas ofrendas diversas y tan antiguas: el sacrificio de Abel que alcanza plenitud en el Cordero de Dios; la ofrenda de Caín, cuya perversión es revertida, corregida y plenificada en lo que debió ser y no fue. El Alimento eucarístico, que en este día celebramos especialmente, es el único capaz de darnos Vida Eterna. Como Dios le revelara a Elías, en medio de un desierto estéril y muerto: “levántate, come y bebe, porque el camino es demasiado largo para ti”. Ese camino es el nuestro, el camino al encuentro con Dios, no ya en el Horeb de este mundo, sino en la montaña santa donde se asienta la Jerusalén del Cielo. Y ese Alimento hace posible el camino, cuyo término definitivo es aquel Banquete de Bodas del Cordero, eterna celebración del Amor que nos ha redimido.