Valoración y educación del Niño en la Edad Media (5/5)

4- La alta Edad Media: el niño en la familia y en la escuela. La escuela gratuita para todas las clases sociales.

Hacia el 1000, el cambio social se advierte en todos los campos. Los monasterios liberan en masa a sus siervos, y han expandido el valor del matrimonio como sacramento, emparejándolo incluso con la orden monástica al llamárselo “orden de los casados”. Así lo llamaba Abbon de Fleurye en el siglo X, lo que se afirma y se admite como cosa corriente en los siglos sucesivos [25]. Con ello hemos llegado a los siglos de la Alta Edad Media, época de gran florecimiento en que todo lo preparado anteriormente da magníficos frutos de todo tipo. La idea de que los laicos casados constituyen una “orden”, repercute por cierto en la valoración de los hijos: su recepción, tratamiento y atención. Uno de los hechos que lo atestigua es el aumento notable de la población que se constata en siglos XI, XII y XIII. Un poema de principios del siglo XIII enumera los elementos con que se contaba en los hogares rurales para atender al bebé: cuna, vestidos, biberón y palanganas para su baño [26].

Por su parte, Eustache Deschamps (un siglo y medio más tarde) describe en otro poema lo que se usaba en los hogares de las ciudades: cuna, pañales, calentadores, y palanganas para bañarlo “mañana y tarde”. También Vincent de Beauvais hablaba de esos baños que se le daban al niño dos veces por día [27]. A su vez Pierre Riché y Danièle Alexandre Bidon recogen estos y otros testimonios en su libro La vida de los niños en la Edad Media [28], y agregan ilustraciones miniadas de la época. Gracias a ellas podemos ver todas las etapas y situaciones de la vida infantil. Desde el nacimiento, en que el bebé es lavado y vestido, su bautismo, su amamantamiento, el uso del biberón, en la cuna, en el andador, bañado en una palangana junto a la chimenea, llevado a espaldas de la madre como lo hacen nuestras coyas, sus juguetes. Párvulos campesinos, cargados a caballo en el regazo de su madre mientras el padre los sigue a pie. También en el campo, el niño entre su padre que trabaja la tierra y su madre que hila, y junto a ella el recién nacido en su cuna. Niños de mayor alcurnia, jugando con caballitos de juguete.

Los regalos de Navidad. El niño en la escuela, aprendiendo a leer o a cantar junto al maestro. El niño ofrecido por sus padres al monasterio y recibido por el abad, luego estudiando y formando parte del capítulo…Incluso la enfermedad y su tratamiento están representados, las peregrinaciones para rogar por su salud, y aún la muerte…En todos los casos, vemos al niño atendido y cuidado.

En el campo educacional, en los siglos XI y XII, los obispos retoman la vieja tradición y vuelven a ordenar a los párrocos abrir escuelas para instruir gratis a todos los niños. Por su parte, muchos señores feudales colaboran abriendo escuelas en las parroquias de sus tierras. Y en las ciudades, entre los burgueses, aparecen “contratos de aprendizaje” por los cuales los patrones de distintos oficios se comprometen a enviar a la escuela a sus aprendices niños. En estas escuelas “primarias” gratuitas y abiertas a todas las clases sociales, ubicadas en locales lindantes con la Iglesia, la enseñanza es el catecismo, la lectura y escritura, en muchos casos rudimentos del latín (que ya no era una lengua hablada, sino cultural) y el cálculo o arte de “fichar” (por usarse fichas para hacer cuentas). Puesto que estamos aún en época de libros “manuscritos”, y ellos escaseaban y eran difíciles de obtener, en su lugar se utilizan cuadros murales, hechos con pieles de vaca o carnero, donde se pintaban los temas necesarios. Se conservan algunos que representan modelos de escritura, genealogías del Antiguo Testamento e imágenes que simbolizan los vicios y las virtudes -tal como las observamos también en piedra, en las catedrales. Otra vez las imágenes, que usó tanto la Iglesia medieval para la educación popular.

También en las escuelas monásticas prosigue la tradición de escuelas abiertas a todos. A principios del siglo XII, en Francia, hay setenta abadías con escuelas. Algunas de ellas, dedicadas sobre todo a la enseñanza secundaria y superior, se hicieron célebres. Basta recordar la de Bec-Hallouin, donde enseñaron Lanfranc y San Anselmo, la de Cluny donde brillaron tantos intelectuales hasta Pedro el Venerable, y la del monasterio femenino de Argenteuil, de donde salió Heloísa con un perfecto conocimiento del griego y del hebreo. Sin olvidar la de la abadía de Saint-Denis, en cuyos pupitres escolares compartieron la enseñanza elemental y se hicieron amigos un príncipe y un campesino: el futuro rey Luis VII y Suger. Éste es un ejemplo de la convivencia y camaradería que existía en la escuela entre niños de procedencias dispares. También demuestra que hasta los más pobres y rústicos, con aptitudes, pudieron acceder a la enseñanza secundaria y superior. Es bien sabido, en efecto, que Suger, el campesino, no sólo llegó a ser abad sino regente del reino y que también a él le debemos la concepción del primer espécimen de arquitectura gótica -la abacial de Saint-Denis- y que él mismo explica en sus tratados que se inspiró en la teología mística del pseudo-Dionisio Areopagita (que había sido traducida del griego al latín en la época carolingia).

El concilio de Letrán de 1215 impuso a todas las diócesis la obligación de abrir escuelas secundarias -llamadas catedralicias o capitulares-, con lo cual todos, ricos y pobres, podían recibir instrucción gratuita desde los 7 a los 20 años. En las escuelas monásticas siguió siendo gratuita, mientras en las episcopales se hizo costumbre que pagaran los ricos, no los pobres, y los concilios castigaron a maestros que exigieron pago a todos.

Esta enseñanza gratuita y abierta a todos explica la multitud de clérigos y profesores afamados que salieron del pueblo. Asimismo la difusión de la escritura en un nivel inferior queda probada en tantas actas notariales en que los testigos firman.

Todavía podríamos hablar de la importante acción educativa de Santo Domingo de Guzmán a principio del siglo XIII, cuya primera medida ante la difusión de la herejía cátara que rebajaba a la mujer, fue establecer (en 1206) una escuela para niñas -Notre Dame de la Prouille- para enaltecer la dignidad femenina.

Los niños en el Paraíso de Dante

Lo dicho alcanza para probar el cambio cumplido durante la Edad Media en lo referente

a la valoración y educación de los niños. Lo que lo hizo posible fue el Evangelio tomado en serio y puesto en práctica. Siguiendo el ejemplo del Divino Maestro, la Iglesia se hizo cargo del niño: le administra el bautismo, le ofrece tempranamente la Eucaristía, crea para él -gracias a los monjes- la escuela elemental. También reconoce su santidad, incluso precoz, como en el caso de los “santos inocentes”.

Y es justamente con una referencia a esta santidad precoz que queremos cerrar esta sumaria recorrida. Se trata de un caso notable y conmovedor: el de Dante en su Paraíso. Cuando el poeta contempla la “Rosa” que es el Cielo, su guía -San Bernardo- le muestra un numeroso grupo de párvulos explicándole: “Éstas son almas liberadas antes de disponer de arbitrio propio. Bien puedes advertirlo por los rostros y también por las voces infantiles… si tú los miras bien y los escuchas” (XXXII, 48)

¿A quién sino a un cristiano se le hubiera ocurrido incluir un grupo infantil en medio de las figuras tan sublimes que ocupan la Rosa Celestial? Los niños apenas aparecen en la literatura antigua, y si aparecen, siempre son considerados “menores”, de poca valía. Y bien, imbuido del Evangelio, Dante da este tierno cuadro que confirma y corona lo dicho: el valor del niño en sí mismo, en cuanto niño, que, redimido por Cristo, es cabal hijo de Dios y capaz de gozarlo en el Cielo.

Inés de Casagne

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Notas:

[25] Régine Pernoud, La femme au temps des cathédrales, Paris, Stock, 1980, p.184.

[26] L’outillement au vilain, en Poèmes français sur les biens d’un- ménage, publicado por Uran Nyström, 1940, citado por Régine Pernoud en op.cit., p. 90.

[27] Eustache Deschamps, L’Outillement au vilain , en Régine Pernoud, op.cit.p.91-92.

[28] Pierre Riché et Danièle Alexandre-Bidon, La vie des enfants au Moyen Age, Paris, éditions du Sorbier, 1994.

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Valoración y educación del Niño en la Edad Media (4/5)

3- Desde el “Manual para mi hijo de Dhuoda” hasta la renovación o “reforma” de Cluny.

La renovación carolingia -que fue posible por el trabajo persistente e ininterrumpido de los anteriores “siglos monásticos”- dio resultados patentes en todos los ámbitos: clericales y laicales. Dom Jacques Leclercq señala que ya en 816 se constata que los alumnos de los monasterios hablan en latín, no en lengua vulgar, y a partir de aquí esto se trasluce en la aparición de poetas de talla, como Notger de Saint-Gall -que siendo alemán escribe en latín- y en general en una gran producción de cantos y poemas latinos.

Es de notar la creatividad que esto implica: se escribe una literatura en un latín renovado, y es la segunda vez que esto tiene lugar. Así como había habido una literatura en un “latín patrístico”, espontáneamente renovado desde que los Padres asumieron ilustrar el patrimonio cristiano e integraron en él lo mejor de la herencia pagana, ahora, a partir del siglo IX aparece el “latín medieval”. Este latín literario, codificado en nuevas gramáticas, fue también forjando en contacto con los clásicos preconizados por Alcuino para instaurar, como él decía, “la nueva Atenas de Cristo” [19].

Por ello mismo, es bien consciente de su cometido: aprovechar dicha herencia antigua y orientarla a una meta cristiana. “Es lo que acostumbramos a hacer -comenta a su vez Rabano Mauro- y lo que debemos hacer cuando leemos los poetas antiguos, cuando los libros de la sabiduría de este mundo caen en nuestras manos. Si allí hallamos algo valedero, lo convertimos a nuestro dogma: si hallamos cosas superfluas…las eliminamos” [20]. Así, con esta literatura tributaria de la tradición clásica pero voluntariamente cristiana, surge su elemento expresivo: “ese latín medieval –apunta Leclercq- que iba a desarrollarse y enriquecerse en los siglos siguientes, menos vigoroso

quizás que el clásico y el patrístico, pero su continuación y renovación: lengua sencilla y fácil, ágil y clara, musical y rítmica” que viene ha ser el paralelo de las sobrias iglesias románicas que también se construirán a partir de entonces [21].

Este es el latín en que a mediados del siglo IX escribirá Dhuoda su “Manual para mi hijo”. Se trata nada menos que del primer tratado de educación, y escrito por una madre.

Dhuoda es una mujer de alta nobleza y alta cultura que formula sus enseñanzas y consejos con ternura y respeto: “Te pido, te sugiero, te exhorto….”. Pero asimismo demuestra una gran creatividad. Alterna con poemas didácticos su prosa, en la cual también con propósito didáctico se vale de juegos de palabras, juegos aritméticos, frecuentes imágenes y muchos ejemplos. Si bien muchos de estos ejemplos e imágenes están tomados de la vida, otros provienen de la Biblia, de la cual ella y su hijo están evidentemente muy impregnados. También acuden espontáneamente a completar sus enseñanzas las citas de los Padres de la Iglesia, de Prudencio, Donato, Isidoro de Sevilla, y por cierto de la Regla de San Benito, así como de los monjes benedictinos más cercanos, como Alcuino y Rabano Mauro. No es de extrañar entonces que sus consejos principales al hijo sean: “leer y orar”. Y esto es tanto más notable cuanto este hijo no se prepara para ser un intelectual, sino un caballero. Así pues, el caballero ha de ser alguien devoto y cultivado. Le dice que se procure muchos libros, los tenga siempre a mano, los medite y profundice. Y la oración por excelencia son los Salmos. En el plano moral, su enseñanza es fundamentalmente positiva: que cultive la sinceridad, la fidelidad, el agradecimiento, la amistad, la servicialidad, todo lo cual lo alejará de la tristeza y le procurará la alegría. Es así como Dhuoda entiende cumplir con su doble misión maternal: pues, según ella, hay “dos nacimientos en cada hombre, una carnal y otra espiritual, y la segunda es aún más noble” [22].

El Manual de Dhuoda tendría una repercusión que ella no pudo imaginar pues, habiendo muerto muy jóvenes sus dos hijos, quien lo aprovechó más fue su nieto, Guillermo de Aquitania, que en 910 fundó la abadía de Cluny, que aportaría a la sociedad una renovación notable y duradera. En efecto, por entonces el imperio se disgregaba y unos nuevos bárbaros (eslavos, magiares, sarracenos y normandos) sacudían la Cristiandad. Sarracenos y normandos atacaron sobre todo a los monasterios, focos de la civilización carolingia, por lo cual debieron ser fortificados. Aun así, prosiguieron su labor intelectual y docente en medio del caos. Pero a la larga iba a repercutir negativamente en ellos lo que por otra parte resultó efectivo contra las invasiones: el régimen feudal. En verdad fue necesario que los señores se hicieran cargo de la defensa de sus regiones, pero al mismo tiempo que cumplían con este imprescindible deber de protegerlas, asumían el derecho de dirigirlas, con lo cual finalmente se arrogaron también el de nombrar las autoridades eclesiásticas y monásticas que quedaban bajo su amparo. Y no todos los nombrados eran dignos de esos cargos.

A raíz de esto se produjo una relajación bastante generalizada, que hubo de ser corregida mediante una reforma. Y en ella tuvo un rol de excepción aquel monasterio de Cluny, en la Borgoña francesa. Se aplicó allí el régimen de “exención” -que significaba autonomía respecto del señor feudal-. Quien aceptó esta condición al donar el terreno, en el año 910, era Guillermo, duque de Aquitania, el nieto de Dhuoda, cuya influencia educativa puede calibrarse por su apelativo, “el Piadoso”, y por haber estado de acuerdo con la “exención”. Gracias a esta medida, el pequeño grupo de monjes fundadores pudo regirse sin trabas. Desde el comienzo en Cluny se aplicó la Regla de San Benito, y se la vivió con todas sus exigencias y con toda su inteligente y humana sencillez. Cluny tuvo la suerte de estar regida a lo largo de dos siglos por abades santos y longevos [23]. Los monjes, en su mayoría reclutados desde la infancia entre los niños aldeanos que frecuentaban la escuela del monasterio, observaban la humildad, la obediencia, la castidad. Y ello se trasuntó e irradió entorno. Muchos otros monasterios pidieron ponerse bajo la dirección de Cluny. Se formó así una pléyade de monjes y cristianos cabales, por cuyo ejemplo poco a poco se regeneró la sociedad a su alrededor [24].

 

Inés de Casagne

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Notas:

[19] Etienne Gilson: L’humanisme médiéval en Les idées et les lettres, Paris, Vrin, 1961.

[20] Rabano Mauro, De clericorum institutine, III, 18, PL 107, 396.

[21] Dom Jean Leclercq, L’amour des lettres et le désir de Dieu- Paris, les Éditions du Cerf, 1957, p.52

[22] Dhuoda, Manuel pour monfils, Paris, Les éditions du Cerf, Sources Chrétiennes nº 225 bis, 1991

[23] San Bernón (926-942), San Mayolo (954-994), San Odilón (994-1049), San Hugo (1049-1109).

[24] Daniel Rops, La Iglesia de los tiempos bárbaros, Barcelona, Caralt, 1956.

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Valoración y educación del niño en la Edad Media (3/5)

Codex Fuldensis. Alcuino de York y Rabano Mauro entregan un libro a Edgardo. Siglo X. Miniatura.

2 – La “translatio studii” y el Renacimiento carolingio

El período de transición de los tiempos bárbaros, en que la creatividad monástica se mostró tan notable y activa, se extendió hasta mediados del 700. A partir de entonces los monasterios introdujeron además estudios literarios provenientes de la escuela antigua, sobre todo en el nivel escolar “secundario”, aunque sin dejar por ello su ideal específico.

De este modo se concilian, según la pertinente fórmula de Dom Jean Leclerq, “el amor de las letras y el deseo de Dios” [11]. Un ejemplo es San Bonifacio, monje de origen inglés, reformador de la Iglesia de Francia con apoyo del padre de Carlomagno y evangelizador de Germania, quien escribió un opúsculo sobre métrica [12] y un tratado de gramática considerándolos instrumentos de su apostolado en vistas a interpretar mejor la Escritura.

Así llegamos a la época carolingia, alrededor del año 800, que resulta muy importante en este sentido porque Carlomagno, en su rol de Emperador de la Cristiandad, legisló en materia educativa e hizo organizar, reglamentar y difundir por todas partes los estudios en todos los niveles. Pero si pudo hacerlo, es que contó con colaboradores de mi primer orden que ya estaban entregados a una tarea cultural siguiendo una ininterrumpida tradición o “translación” de estudios que en algunas partes se había mantenido -y que proseguirá hasta la Alta Edad Media donde florecerán plenamente en todos los campos [13]. Por el momento, veamos la obra de los precursores [14].

El monje Alcuino, llamado por Carlomagno a dirigir la escuela palatina de Aquisgrán, y que se convirtió en el principal animador del “renacimiento carolingio” y organizador de los estudios en todos los niveles, acudió desde su monasterio de York, Inglaterra, en el que continuó la obra de Egberto, su fundador. Éste a su vez había sido discípulo de Beda el Venerable (675-735), el escritor más erudito y fecundo de su tiempo. Beda se había formado en el monasterio de Jarrow junto a Benito Biscop. Y así, pasando por Teodoro de Tarso, podemos remontarnos hasta el 600 en que San Gregorio Magno enviara a Inglaterra a San Agustín de Canterbury y a sus compañeros.

Otro colaborador de Carlomagno fue Teodulfo, que hizo de la abadía de Fleury -sur- Loire un importante centro cultural. Este monje procedía de España donde se perpetuaron las enseñanzas de San Isidoro en las zonas no ocupadas por los musulmanes y luego en las reconquistadas -pasando por otra parte a Irlanda, llamada “madre del saber” por difundir la cultura a la par de la evangelización a través de San Columbano y sus monjes misioneros-. El español Teodulfo resulta de particular interés para nuestro tema pues cuando llegó a ser obispo de Orléans ordenó “que en todas las villas y burgos los sacerdotes tengan escuelas; cuando los fieles les confíen sus niños para aprender las letras, los reciban e instruyan con toda caridad, no exijan por ello ninguna paga, a no ser algunas pequeñas liberalidades ofrecidas por sus padres” [15]. Además, “los grandes monasterios que iban a intervenir en el “renacimiento carolingio” estaban ya activos antes: en Corbie, San Martín de Tours, Saint-Gall, Fulda, Bobbio”, ya los monjes recopiaban los manuscritos utilizando una escritura nueva” que se llamaría “escritura carolingia”. Riché observa también que esta previa actividad irradiaba entorno: “ya en Inglaterra, en Baviera, en Galia, los obispos y los príncipes habían tomado disposiciones” para fomentar la instrucción. “Carlomagno – agrega- continúa esta obra restaurando las escuelas parroquiales y episcopales tal como habían sido organizadas en el siglo VII” [16].

Lo nuevo es su legislación tendiente a generalizarlos del todo: “Que en cada obispado y en cada monasterio se enseñen los Salmos, las notae (es decir, la estenografía), el canto el cómputo (cálculo), la gramática, y que se usen libros cuidadosamente corregidos” [17].

Lo nuevo es el “cada” que significa abarcar todo el territorio que estaba bajo su jurisdicción. Para ello, Carlomagno no se contentó con legislar, sino a lo largo de su reino controló el cumplimiento de sus leyes y directivas por medio de sus “missi” o enviados, de los concilios, y a través de encuestas. Con motivo de la encuesta de 803, les recuerda a los padres que deben enviar a sus hijos a la escuela. Y otro dato revelador sobre la valoración del niño: el concilio de Mayencia de 813 (ya muerto el emperador) expresa el deseo de que, de regreso a sus hogares, ¡los niños enseñen a sus padres las oraciones aprendidas! ¡He aquí al niño convertido en maestro!

Hay que subrayar al respecto un dato importante: Carlomagno contó con San Benito de Aniano, que renovó la vida benedictina volviendo a la plena observancia de la Regla de su predecesor y homónimo, San Benito de Nursia. Esto implica que, al imponerla en todos los monasterios con el apoyo de Carlomagno, regía nuevamente con todo vigor en sus escuelas la “valoración del niño” como fundamento y alma de su educación. Y este espíritu también irradió: lo comprobamos en el hecho de que la escuela elemental “modelo”, la del palacio imperial de Aquisgrán (o Aix-la-Chapelle) se recibían niños de origen humilde al lado de hijos de los nobles [18].

Inés de Cassagne

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Notas:

[11] Dom Jean Leclercq, L’amour des lettres et le désir de Dieu- Paris, les Éditions du Cerf, 1957.

[12] San Bonifacio, Ars Grammatica, editada por Gebauer y Löfstedt en Corpus Christianorum, serie latina, C. XXXIII B, Turnholdt, 1953. En ella se dirige a un alumno adolescente, recomendándole el estudio de los antiguos autores y gramáticos latinos para poder interpretar la Escritura, que tiene sus sutilezas. Le explica por qué ha colocado, a la cabeza de su tratado, dentro de un círculo, una cruz y el nombre de Jesucristo: pues “al igual que todo el Antiguo Testamento tendía a Cristo y contenía ya, bajo el velo de las figuras, la realidad de los misterios de la salvación, así también todo lo bueno que se puede leer en los gramáticos, poetas e historiadores antiguos, ha de ser referido a Cristo, según el consejo de San Pablo ‘Probadlo todo, retened lo que es bueno’”. “Todo ello ha de ser introducido en el círculo de la fe”, pues “comprender las cosas es captar su relación con Cristo”. El mismo criterio de los Padres de la Iglesia, que ha sido transmitido y ha llegado hasta entonces.

[13] Etienne Gilson, L’humanisme médiéval en Les idées et les lettres, Paris, Vrin, 1961.

[14] Lo hace tanto en la obra citada –Education et culture, como en Les carolingiens, une famille qui fit l’Europe, Paris, Hachette, 1983.

[15] Pierre Riché, Les Carolingien, sune famille qui fit l’Europe; Paris, Hachette, 1983, p.357.

[16] Pierre Riché, Education et culture dans l’Occident barbare, ut supra, p.399.

[17] Capit. Reg. Franc., I, p.60, citado por Riché: “Psalmos, notas, cantus, compotum, grammaticam, per singula monasteria vel episcopia et libros catholicos bene emen. date”

[18] Bertrand de Sauvigny, Histoire de France, p.48.

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Valoración y educación del Niño en la Edad Media (2/5)

1-Los siglos monásticos: “Los monjes redescubren al niño”

Pierre Riché, que ha estudiado amplia y meticulosamente cómo se organizó la cultura cristiana en los siglos VI, VII y VIII en los distintos países del Occidente, como resultado y resumen de su investigación, hace esta declaración: “Los monjes redescubren al niño” [3].

Lo rescatan y rehabilitan en medio de aquella sociedad romano-bárbara que era “sin piedad para con los niños”, ya que a la “severidad romana” se sumaba “la tradición germánica que daba al padre entero poder sobre los hijos”. Sobre todo en las clases populares eran una carga, y las leyes civiles y religiosas debían reprimir continuamente el aborto y el infanticidio, a pesar de lo cual muchos niños eran abandonados, o vendidos, luego explotados o mendigos.

Así pues, de esta suerte se libraban los acogidos en los monasterios, cuyo número, según Riché, parece haber sido muy grande. Allí encontraban un hogar donde eran vestidos, alimentados y educados, de modo que luego podían incluso ayudar a sus padres. Éstos los ofrecían de buen grado desde muy pequeños, y también lo hacían los de clase aristocrática para cumplir algún voto. En verdad, da la impresión de que eran muy numerosos, ya que los abades o fundadores reaccionaron contra aquella tendencia que convertía los monasterios en “jardines de infantes”. Ciertas Reglas, como la de San Cesáreo de Arles (hacia el 500), fijan como edad de ingreso a partir de los 6 o 7 años cuando ya pueden aprender a leer. Por su parte San Fructuoso (noble visigodo formado en Palencia, que murió en 667 tras haber fundado muchos monasterios en Galicia) establece que los padres pueden ir a visitarlos, puesto que quedan viviendo en familia en el monasterio.

Cabe señalar al respecto que la vida monástica implica “estabilidad” y vida en familia. De allí la palabra dada al superior: abad, abba, pater. Y esto no era nominal, sino real en el más alto sentido de la palabra, como puede verse en los preceptos que le fija la Regla de San Benito: “El abad digno de presidir un monasterio debe acordarse siempre del nombre que se le da”…”por lo mismo nada debe enseñar, establecer o mandar que se aparte de los preceptos del Señor”…. “no anteponga el noble al que es de condición servil… porque todos somos uno en Cristo…y ante Dios no hay acepción de personas”…”En su gobierno el abad debe observar aquella norma del Apóstol que dice reprende, exhorta, amonesta, es decir, que combinando tiempos y circunstancias y el rigor con la dulzura, muestre la severidad del maestro y el piadoso afecto del padre…Debe acordarse siempre el abad de lo que es, del nombre que se le da…Y sepa cuán difícil y ardua cosa emprende: gobernar almas, de las cuales habrá de rendir cuentas ante Dios, y adaptarse al temperamento de muchos; y a uno con halagos, a otro con reprensiones, a otro con la persuasión; y según la condición e inteligencia de cada uno, de tal manera se conforme y adapte a todos…y al par que con sus exhortaciones procura la enmienda de los otros, vaya él mismo enmendándose de sus defectos.” (Regla, cap.2)

Aquí aparece el rasgo esencial que dará el tono a la educación. El niño es visto y considerado como un hijo por un padre que se responsabiliza de él ante Dios. Un padre que lo sabe ante todo “hijo de Dios” y que por ello lo trata aún con más respeto. Un padre que, reconociendo esta dignidad, al mismo tiempo está atento a su progreso. Un padre que ha de tener en cuenta los diferentes caracteres y capacidades de estos hijos. Un padre que influye sobre todo con el ejemplo ya que, en la medida que los va moldeando y formando, él mismo se va corrigiendo y mejorando. Por ello este capítulo sobre el “abad” puede ser leído con provecho aún hoy por todo padre o maestro. Indudablemente esta influencia educativa del abad, ejercida para con sus hijos desde tan temprana edad y por tanto tiempo, favorece la formación completa. “El niño –apunta Riché- tenía ocasión de convertirse en un perfecto cristiano pues su formación intelectual y moral no estaba expuesta a otros influjos” [4]. Sólo los influjos de la familia monástica.

El monasterio es una escuela: una escuela de vida

El mismo autor subraya que en este sentido el monasterio aparece como una escuela. Los monjes crearon una “nueva escuela” que se diferenció por completo de la romana. La gran diferencia estriba en el mayor alcance formativo. Mientras la escuela del antiguo “didascalus” era un ámbito restringido al que el niño era llevado para aprender las primeras letras y a lo sumo, a través de ellas, máximas morales, la escuela monástica es un ámbito integral de formación. Más allá de que haya en el monasterio una escuela, el monasterio en sí es “concebido como una escuela” [5]: una escuela de vida. Familia y escuela a la vez.

San Césareo de Arles, recordando el monasterio de Lérins donde se había formado (hacia el 500), dice: “Esa isla santa acogió mi pequeñez en los brazos de su afecto. Como una madre ilustre y sin igual, y como una nodriza que dispensa todos los bienes, ella se esforzó por educarme y nutrirme” [6]. Y San Benito, que había estado en una escuela romana y la dejó para seguir su vocación, habla del monasterio por él fundado como una “escuela”. Con precisión emplea este término: “schola” -”escuela para el servicio de Dios”-, y él se llama a sí mismo tanto “padre” como “maestro” [7]. Ambas cosas están íntimamente unidas.

Dada la cantidad de niños en esta familia, el abad delegaba una parte de su tarea paternal a un monje formado y formador, que las reglas llaman “formaius” (o “formaria”, si es monja), o a veces “senior”, por ser mayor, o también “decanus” (o decana) por hacerse cargo de diez niños. Así, agrupados de a diez, estos pequeños monjes podrán ser mejor instruidos y vigilados. Cada decano formador se responsabilizaba ante el abad (o abadesa) de la formación cristiana y moral de la pequeña familia que éste le confiara.

En el hogar monástico, la paternidad y magisterio del abad se ve reforzada además por otros buenos ejemplos y tratos: los de los monjes o “hermanos mayores”. Justamente, San Benito se refiere a ello en el capítulo 70 de la Regla: “Los niños, hasta la edad de quince años, estén sujetos a una esmerada disciplina y vigilancia por parte de todos, pero esto con mucha medida y discreción… El que se enardeciere sin discreción contra los niños, sea sometido a la disciplina regular, porque está escrito: ‘No hagas a otros lo que no quieres que hagan contigo.”

San Benito utiliza dos veces aquí la palabra “discreción” –discretio– unida a la “medida”. Es decir, apunta a un influjo educativo justo y razonable, y si hay que castigar, que sea con dulzura y para corrección. Y si bien el que mereció el nombre de “padre de los monjes de Occidente” insistió particularmente sobre la “discretio”, igualmente los demás fundadores, en sus Reglas y cartas, recomiendan moderación y discreción para con los niños. Paulo Diácono, de Lombardía, en su comentario a la Regla de San Benito, escrita en la época carolingia cuando se propiciaba la aplicación de la misma a todos los monasterios, señala que los golpes hacen más mal que bien, y dice que ha de castigarse al maestro brutal; quiere que los niños tengan buena comida, vestido adecuado y calefacción en invierno. Además prescribe una hora de recreo y recomienda que el abad recompense a los buenos monjecitos con golosinas después de la comida. “Se creerá que éste es el cuadro de un monasterio ideal forjado por un monje humanista” –acota el investigador Riché- “Sin embargo, en todas las Reglas de los siglos VII y VIII hallamos la misma preocupación: no exigir demasiado de los niños, ni en trabajo ni en ayunos” [8].

A propósito de este redescubrimiento de la naturaleza infantil -en sus características específicas- el mismo autor concluye: “La vida monástica permitió rencontrar un valor largamente desconocido. Durante toda la Edad Media, los monjes se elevan contra la brutalidad de los maestros y contra el desconocimiento de la naturaleza infantil. Esta actitud nueva merecería un estudio general que permitiría revisar las opiniones corrientes sobre la pedagogía medieval” [9].

La enseñanza escolar: grupal y personalizada

La pedagogía monástica nos sorprende también por combinar dos características que suelen tenerse hoy por logros muy modernos: ser grupal y a la vez personalizada. Las Reglas recomiendan el aprendizaje en equipo, y esto se realizaba gracias al sistema de los “decanos”. Como hemos visto, el abad confiaba diez niños a un monje formador. Por eso este maestro se llamaba decano, y el grupo de niños se denominaba “década”. Este pequeño número permitía asimismo la enseñanza personalizada. De hecho, la escuela (schola en latín, del griego sjolé, que significa “ocio” o ámbito de libertad para aprender) se hallaba incluida dentro del conjunto de los edificios del monasterio, y en los monasterios grandes había una sala de clase para cada “década”. En este espacio de ocio tenían lugar los aprendizajes elementales: escritura, lectura, canto y cálculo. Con estiletes de hierro, hueso o plata, los niños trazaban las letras del alfabeto dibujándolas sobre trazos ya grabados en tablillas de madera o hueso recubiertas de cera. “Tal como el labrador traza los surcos con el arado, así el letrado dirige su estilete sobre la tableta”.

Esta comparación del gran educador San Isidoro de Sevilla (Orig., IV, 14-7), que dice asimismo de la dedicación y el esfuerzo exigidos para aprender, fue después frecuentemente retomada. Sabemos también, por Cesáreo de Arles y otros, del uso del papiro, pero éste no resultaba adecuado para los niños.

Una vez conocidas las letras, pasaban en general a las sílabas, y luego a las palabras. Sabemos que este método fue utilizado en Inglaterra pues el Beda el Venerable, autor benedictino del siglo VII, lo describe en su De arte metrica10. Pero a veces se usaba el método “global”: reconocer las letras a partir de las palabras e incluso a partir de las frases, aunque esto también a partir del conocimiento del alfabeto. En todos los casos, el libro de lectura es el SALTERIO. “Saber leer es conocer el Salterio”, con triple ventaja: aprender a leer, escribir y empaparse del texto sagrado.

Esto remplaza a las sentencias morales, de Catón por ejemplo, de la enseñanza romana, que asimismo apuntaban al mismo tiempo a la formación de la personalidad. Los salmos leídos, escuchados y memorizados, quedarán para toda la vida grabados en el alma. La prueba está que aparezcan tan citados en documentos y cartas de la época bárbara, carolingia y medieval.

Comprobamos la observancia del “trabajo en equipo” recomendado por las Reglas: el decano hacía que los niños leyeran y escucharan juntos, y que los que ya sabían enseñaran las letras y los salmos a los demás. Parece que aprendían a escribir en cursiva, como en la época romana, y a continuación se los llevaba al scriptoriumo biblioteca del monasterio, donde el maestro les mostraba en los libros los varios tipos de escritura. En un estadio posterior se hacía el dictado: el maestro dictaba el salmo que se había de escribir (de allí su nombre: “dictator”, que se conservará hasta la época del Renacimiento).

La lectura comprendía dos fases: después de la lectura en voz alta, continuaban con la lectura en silencio, en que sólo los labios se mueven. San Isidoro decía que esto favorece la comprensión del texto. Esta segunda lectio, prescripta en todas las Reglas, distingue al letrado medieval del antiguo: se trata de una lectura “rumiada”, que puede hacerse también caminando. De allí también la ejercitación de la memoria, que es especialmente dúctil en la infancia.

En la Vita Rusticulae (6, MGH, SRM, 4,p.342) hay un pasaje en que aparece la maestra que continúa leyéndole a la niña Rusticula que se durmió en su falda, y ésta repitiendo, como un anticipo del sistema llamado “hipnopedia”. Tanto se ejercitaba la memoria, que se relatan casos de monjes ciegos y ancianos que habían retenido todos los textos sagrados. En los textos de todo tipo de la época, las citas acuden espontáneamente a la pluma de los escritores. La enseñanza en el salterio constituía el primer paso del conocimiento del latín literario, cuyo estudio se hacía tanto más necesario en la medida que se iba diferenciando de los latines hablados en las distintas regiones, verdaderos dialectos que, por contacto con las lenguas bárbaras, se transformarían en las lenguas romances. Hasta que éstas cobraran forma definitiva, el latín fue durante siglos el único y universal idioma de la cultura, tanto profana como sagrada, y conocerlo resultaba indispensable para acceder a ella en sus textos.

El estudio del latín permitió la transmisión y de desarrollo de esa cultura que, junto con esa lengua, constituían por otra parte un factor de unidad en la Cristiandad occidental. De allí que muchos monjes escribiesen trataditos de “gramática latina”, y que incluso lo hicieran por razones misioneras de Evangelización, como es por ejemplo el caso de San Bonifacio, apóstol en zonas germanas en el siglo VIII.

El fin de los estudios elementales del latín no era hacer eruditos, como en la escuela antigua, sino dar los medios para acceder al segundo nivel, que se centraba en la explicación de la Escritura. La enseñanza del maestro era lo más importante, y los tratados redactados por algunos de ellos son el fruto de sus cursos con el objeto de que fueran de provecho para los alumnos más aventajados que iban a pasar a ese nivel superior.

Además, en la escuela elemental monástica se enseñaban los rudimentos del canto –tan cultivado en la liturgia- empezando por las notas y el modo de usar la voz. La otra materia escolar era el cálculo, enseñado mediante el cómputo digital o con piedritas, para pasar luego a resolver problemas de aritmética –algunos de los cuales nos han sido conservados por Beda y Alcuino.

En cuanto los exámenes antes de pasar a la escuela secundaria, contamos con el testimonio de Pablo Diácono que, en su Comentario a la Regla de San Benito, indica como ideal que se hagan en privado ante un huésped particularmente instruido: cada niño conversando con éste sobre “gramática, canto, cálculo y otras disciplinas” y el prior o abad oyendo desde lejos. Esta manera tan original de llevar a cabo los exámenes resulta muy interesante por adaptarse a la naturaleza infantil, demostrando una vez más la atención que se le dedicaba.

Las NIÑAS reciben la misma educación

Esta actitud nueva de conocimiento y aprecio de la naturaleza infantil incluye por cierto a las niñas: no hay diferencia. No hay dudas ni sobre su dignidad ni sobre su capacidad.

Los que escribieron Reglas para vírgenes, como San Cesáreo de Arles o San Leandro de Sevilla, lo hicieron porque estaban fundando monasterios femeninos. La de San Benito, en cambio, se aplica también a las monjas. Esto refleja sin duda la igualdad de los hijos e hijas de Dios proclamada por la Escritura: en el reino de Cristo “no hay varón ni mujer”. La gracia es eficaz y capacita a todo cristiano para alcanzar “la estatura de Cristo”. Esta es la propuesta espiritual del monacato.

Por ello, desde el principio del monacato, las mujeres fueron convocadas, y ya encontramos a fines de la Antigüedad, hacia el 400, una Santa Melania la Joven que fundó y rigió monasterios femeninos y masculinos y fue tenida por todos por “madre y maestra”. Como tal, ella se muestra a la vez exigente y comprensiva, y se destaca por la “discretio” o prudencial mesura con que va guiando el progreso espiritual de quienes tiene a su cargo. Esta mujer romana derivó no obstante su acción hacia la zona oriental del Imperio.

Pero más adelante encontramos nuevamente en el Occidente bárbaro otras mujeres fundadoras, como Radegunda en la Galia, y ya en el siglo VII aparecen abadesas, como Santa Hilda en Inglaterra o Gertrudis en la Galia, que estuvieron a la cabeza de “monasterios dobles”, es decir, con una casa para monjes y otra para monjas, que solían celebrar la liturgia en común. La formación que recibieron desde pequeñas las capacitó para desempeñar ese liderazgo, e incluso para llegar a dirigir reuniones conciliares, como le tocó a Santa Hilda en el concilio de Whitby. Al igual que a los niños, se educaba a las niñas para que, aprovechando los dones naturales y sobrenaturales, adquiriesen las “virtudes” o hábitos enraizados que facilitan la buena conducta moral y encauzan la pasionalidad hacia los fines propiamente humanos. Por ello el virtuoso puede ser cabalmente humano. Es en este sentido que se habla del ideal de la “mujer fuerte”, viril o virtuosa, contrapuesta a la que permanece “mulier” en cuanto “mollis” o blanda…

Esta formación moral, completada con la educación escolar, literaria, explica el rol activo que asumieron muchas mujeres en la sociedad romano-bárbara, ya contribuyendo a la conversión de príncipes y pueblos, como Clotilde y Radegunda, ya asumiendo cargos de gobierno, como: Brunehaut, Fredegunda, Teodolinda; ya estimulando y apoyando a los letrados, como la ya citada Radegunda. Su protegido, Venancio Fortunato de Poitiers, fue un gran poeta del siglo VII cuya producción fue muy importante en el campo de la liturgia, pero también se desplegó en canciones admirativas a la mujer, que se consideran un notable antecedente del “amor cortés”.

Escuelas parroquiales

Riché insiste mucho sobre la originalidad de la escuela elemental monástica en cuanto a su espíritu, contenido y métodos pedagógicos. Ahora bien, esta nueva educación cristiana que se fue forjando en los monasterios repercutió también fuera de ellos. En los tiempos bárbaros, muchos monjes pasaban a ser obispos llevando sus ideales y métodos a sus diócesis.

A su vez allí, en las escuelas elementales parroquiales para la instrucción de los laicos, demostraron su creatividad agregando otro medio educativo: las imágenes. Su valor didáctico ya es marcado por el monje-papa San Gregorio Magno en el 500: dice que los paganos recientemente convertidos, proclives a adorarlas, las necesitan en cambio como ilustraciones para seguir la vida de Cristo y las de los santos. Y el papa Gregorio II insiste: que se acompañe la instrucción oral mostrando las imágenes de las iglesias. Estas imágenes -pintadas o esculpidas- se multiplicaron desde entonces, regidas por las disposiciones de las autoridades y concilios.

De allí el ulterior florecimiento del gran arte románico y del gótico. También para los recientemente convertidos del paganismo, que estaban todavía muy adheridos a sus cantos y danzas, el canto litúrgico era considerado muy adecuado. La liturgia visigoda, por ejemplo, le acuerda una enorme importancia.

La Iglesia se adaptaba a esos laicos de los nuevos tiempos, menos cultos que los antiguos (que tomaban parte en los concilios y en la administración y que elegían a sus obispos). Para estos laicos más aniñados, llaman la atención estas dos manifestaciones, las imágenes y el canto, que anticipan nuestros modernos métodos audiovisuales.

 

Inés de Cassagne

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Notas:

[3] Pierre Riché, Éducation et culture dans l’Occident barbare –VIVIII siécle, Paris, Editions du Seuil, 1962-1995, p. 366.

[4] Pierre Riché, op.cit., p.366.

[5] Pierre Riché, op.cit., p. 94.

[6] San Césareo de Arles, Sermo ad monacho, Cs CXXXVI, 1-2, de Morin, t.II, p.894.

[7] “Escucha, oh hijo, los preceptos del maestro: así empieza la Regla de San Benito.

[8] Pierre Riché, op.cit., p.367.

[9] Pierre Riché, op.cit., p.506.

[10] San Beda el Venerable, De arte métrica ed.Keil, VII, p.228.

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Valoración y educación del Niño en la Edad Media (1/5)

Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: “En verdad os digo que si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Mas el que se haga pequeño como este niño, ése el mayor en el reino de los cielos.”

“Y quien reciba en mi nombre a un niño como éste, a mí me recibe. Y si alguien hace tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, más le valiera que se colgase al cuello una piedra de molino y se arrojarse al mar…”

“Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt.18, 1-4, 5-7, 10)

“Oh Señor Dios nuestro, qué grande es tu nombre por toda la tierra. Hasta el cielo tu esplendor es cantado por boca de los niños, de los pequeñitos.” (Salmo 8)

Cita orientadora de la Regla

Comenzaremos con una cita que constituye una pauta preciosa sobre la estima que llegó a tener la Edad Media por el niño. En la Regla de San Benito, redactada alrededor del año 529 para su monasterio de Monte Cassino y luego adoptada por todos los monjes de Occidente, leemos esta disposición: “Siempre que haya de tratarse cosas de importancia en el monasterio, convoque el abad a toda la comunidad, y que sean todos llamados a consejo, porque a menudo revela Dios al más joven lo que es mejor” (RM, cap.3, 1- 3) [1]. “Ello implica -dice el comentarista- que incluso los niños que forman parte de la comunidad ocuparán su lugar en el consejo y podrán hacer uso de la palabra. “Esta disposición refleja (como todo el resto de la Regla) el más puro espíritu evangélico.

En efecto, si ya en el salmo está el anuncio “De la boca de los niños sacarás tu alabanza” Jesús lo hace realidad al convocarlos: “Dejad que los niños vengan a Mí y no se los impidáis”. Y aún agrega, abrazándolos. “No los despreciéis. Quien acoge a uno de ellos en mi nombre a Mí me recibe”. Más aún: “Si no os hicierais como niños no entraréis en el Reino de los Cielos” les dice a los apóstoles extrañados…extrañados de esta valoración del niño que hace Jesús, así como se extrañaron de su valoración de la mujer. Es que el mundo antiguo los tenía en poco, y Jesús, que ha venido a restablecer el orden y la naturaleza creados, los restablece a ellos también, proclamando su dignidad, por tanto tiempo desconocida. La mujer y el niño son rehabilitados por Cristo.

Y de hecho, en los siglos siguientes, se irá abriendo paso en la sociedad este doble reconocimiento por obra de la Iglesia. En verdad, ambas cosas van juntas porque el concepto sagrado del matrimonio, así como el de la virginidad consagrada y el de la pureza repercuten en la actitud hacia el niño. Baste recordar que desde el principio los cristianos llamaron la atención (como lo señala ya la Epístola a Diogneto del siglo II) por no abortar y por no “exponer” y abandonar a los recién nacidos.

Es que en la civilización romana, el recién nacido siempre corría el riesgo de ser rechazado y expuesto en la vía pública. La “patria potestad” conferida al pater familia será un poder absoluto. Cuando el hijo nacía, se lo colocado a los pies del padre: si éste lo levantaba, significaba que lo reconocía y quería retenerlo; si le daba la espalda, significaba lo contrario, y los más expuestos al rechazo eran los débiles y las niñas. La selección entre débiles y fuertes, enfermos o sanos, era recomendada por la medicina. Soranos definía la puericultura como “el arte de decidir cuáles son los recién nacidos que merecen ser criados” [2], y ello era aceptada por todos. Séneca escribe con naturalidad: “Sacrificamos a un buey impetuoso, estrangulamos a un perro rabioso, ahogamos a los niños que nacen débiles y deformes.” Y Tácito calificaba de “excéntrica” la costumbre de los judíos de no suprimir a ningún recién nacido. De allí que San Justino (siglo II), al hablar del respeto de los cristianos por la vida del niño, creía necesario agregar “incluso del recién nacido”. En lo que respecta a las hijas mujeres, lo habitual era admitir sólo a la primera y rechazar a las siguientes.

Todos los estudiosos observan esto: la desaparición forzada de la hija menor. Pero aún la primera podía ser rechazada. Hay una carta del siglo I de un tal Hilarión a su mujer Apis, en que leemos.: “Me dijiste “no me olvides”: ¿cómo podría olvidarte? Te pido y suplico que cuides mucho a nuestro hijo pequeño… En cuanto al que viene, suerte para ti si es varón: déjalo vivir; si es mujer, arrójala.” Esta dureza es tanto más notable en cuanto contrasta con el efecto expresado para la esposa y el hijito que tienen…Todo quedaba librado a la voluntad del padre cuya “patria potestad” involucraba también poder castigar a sus hijos como quisiera, venderlos, etc.

Y si lo corriente era desechar a los débiles y a la niña menor, tanto más era librarse de los “indeseados”, por aborto o abandono, en aquella última época decadente cuando se multiplicaban los divorcios y las uniones ilegítimas. En ese entonces nacían tan pocos niños que la legislación romana, para contrarrestar esto, decidió limitar el monto de la herencia a la pareja sin hijos. Los niños “no deseados” eran ordinariamente abandonados en el foro romano, y se convertían en propiedad de cualquiera que los recogiese, ya para venderlos como esclavos, ya para abastecer los prostíbulos de Roma.

Frente a estas costumbres paganas, la nueva conciencia cristiana dio lugar a un cambio cultural realmente revolucionario. Ello se manifestó primero a fines de la Edad Antigua, y después, más plenamente, en la Edad Media. Por de pronto, como lo demuestra Marrou, la “antigüedad tardía” vio en el siglo IV, al lado de la decadencia pagana, el primer florecimiento cristiano. Y si en ese entonces brillaron en lo intelectual las figuras preclaras de los Padres, también desde el año 300 apareció y se difundió una institución a la que le cabría jugar un rol decisivo en el período ulterior: el monacato.

A los monjes les tocó pronto apuntalar a la sociedad occidental durante el avance y establecimiento de los bárbaros. Gracias a ellos, si el Imperio Romano desapareció, la civilización no sólo no se hundió, sino ganó en cambios decisivos que la volvieron más humana.  Por poner en práctica el espíritu del Evangelio, fue en los monasterios donde se facilitó la integración de romanos y bárbaros, así como la equiparación de libres y esclavos. Fue allí donde se logró la revalorización del trabajo manual. Y fue allí donde los niños -tan poco estimados por los bárbaros- fueron recibidos y educados.

De allí la importancia de la cita de la Regla de San Benito con que hemos encabezado este artículo. En ella se resume el espíritu que fue ganando el mundo desde los tiempos “bárbaros” hasta la Edad Media plena. Por ese espíritu que difundieron los monjes, los tiempos bárbaros merecieron ser llamados “siglos monásticos”, y la Edad Media llegó a ser lo que fue en cuanto recibió y asimiló este espíritu evangélico del monacato.

 

Inés de Cassagne

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San Juan

  Algunos están señalando culpables, y los hay. Desde hace largas décadas venimos asistiendo a un proceso inexorable cuanto cruel, de inmovilización y desmovilización de las Fuerzas Armadas Argentinas.

  No les han ahorrado agravios, ultrajes, vejámenes, hostilizaciones físicas y espirituales. No se las ha dejado de injuriar y de presentarlas a las nuevas generaciones como un hato brutal de genocidas.

  La prisión retiene a muchos que deberían ser tenidos por héroes, y de la libertad hacen gala el grueso de los enemigos de Dios y de la Patria.

  El menosprecio, claro, les ha ensuciado el alma y es lo más grave. Pero les ha enfermado la materia, que hoy significa el derrumbe de sus armamentos, y la dolorosa patencia de constatar nuestra poca valía física.

  Tanta, que ante dramas como el del hundimiento del Submarino San Juan, rogamos el auxilio a los mismos que asesinaron ayer a los nuestros en la gran batalla del Atlántico Sur. Y no lo llamamos menoscabo a la soberanía sino solidaridad internacionalista. ¡Cuántas malditas elipsis van y vienen, sustituyendo a la palabra veraz que defina como un tajo!

  No son exculpables de este drama las empinadas cúpulas castrenses, cómplices de aquellos precitados enemigos; pero peor aún: verdugos de sus propios camaradas.

  Le entregaron sus fueros, sus galones, sus heridas, sus años de servicio; y al final los dejaron morir entre herrumbres, ante el gozo caínico de los cernícalos marxistas.

  Mucho menos son exculpables los políticos, desde un mediano antaño hasta el reciente hogaño. Si sus nombres no damos es porque todos tienen el mismo y excecrable nombre: democracia.

  A otros, que culpas no mentan, se les ha dado por comparaciones que tienen su asidero. La más certera: tener en vilo a una sociedad por un desaparecido ficto, que apareció al fin para exhibir la nadidad crapulosa de su talla de anarquista blasfemo, y que no guarde proporción alguna ese vivir con el corazón en vilo por los que hasta hoy son una cuarentena larga de desaparecidos reales y honorables. Subleva tanta inequidad manifiesta.

  No negamos las razones de los unos y los otros que aquí quedan retratados. Si sirviera para algo, les llegue nuestro apoyo.

  Sálvese no obstante un desacuerdo que no es de poca monta: la palabra justiciera que castigue a los infames, cargada de pasión y de vehemencia, no puede ser sinónimo de coprolalia, de exabruptalidad y de guturalidad.

  Esta moda malsana no vuelve más eficaz nuestra santa ira. La vulgariza y la destina al olvido.

  Se preguntaba Hölderlin para qué los poetas en tiempos de angustia. Ellos –dice el germano- son semejantes a los sacerdotes del dios de las viñas, que en las noches sagradas andan de un lagar al otro custodiando las semillas y las siembras. Ellos nos sirven de testigos mientras llegue la hora en que aparezcan muchos héroes, crecidos en la cuna del bronce. A menudo, un frágil navío no puede contenerlos, pero después la vida no es sino soñar con ellos. Porque es mejor soñar con los héroes, que vivir sin ellos y en constante espera.

  Sería pertinente recordar estas enseñanzas a los que ahora no cesan de rezumar rencores, resentimientos y angustias sin horizontes sobrenaturales. A los que ahora no cesan su verborrea vacua y huera de todo horizonte sobrenatural y trascendente.

  Stella Maris permita que estén vivos. Pero si los tripulantes del Submarino San Juan han muerto, su sangre no fue vanamente derramada.

  Brotará al unísono, como la voz imprecante e impetrante de un nuevo Jonás, para espetarle al rostro de la ciudad apóstata y crepuscular, que no se puede vivir sin héroes y sin santos. Que no se debe vivir sustituyendo a aquéllos por los paródicos próceres del espectáculo, y escupiendo a los otros en nombre del secularismo.

  Sin duda emergerá del mar esa sangre inocente para limpiar tanta hediondez política, tanta falsedad histórica, tanto orgullo nefando por la contranataura; tanto pacifismo budista y tanto veneno cultural y espiritual desparramado a mansalva.

  Si nuestros pastores fueran católicos; ya mismo, y en comunión con el Pontífice –que se supone que aún recuerda que nació en estos lares y que fue bautizado en la Fe Verdadera- deberían repetir sin pérdida de tiempo una antiquísima costumbre de la España Medieval, que fue costumbre también de otras patrias cristianas.

  Ante situaciones como las que estamos padeciendo se exorcizaba el océano furioso, acción litúrgica que hacían solemnemente delante de los marinos todos, formados marcialmente cual peregrinos épicos, recitando precisamente el Prólogo del Evangelio de SAN JUAN. Y a continuación, esa brava marinería, arrojaba reliquias veneradas a las olas.

  A ver si hay un capellán católico e hispanocriollo en estos lares, que nos convoque a esta acción urgente y urgida. Allí estaremos entonces. Junto a los familiares, los deudos, los que aguardan sin arriar la esperanza, y los que ya han anclado la esperanza en la proa celeste. Allí estaremos, bandera azul y blanca enarbolada, Cruz en alto.

  Porque es mejor exorcizar el océano que confiar en la tecnología de los gringos hipócritas. Y es más eficaz aún que toda la parafernalia de la tierra, el entonar a coro, junto a los mojones de un puerto trinitario, las estrofas imbatibles e invictas del Salve Regina.

 

 

Antonio Caponnetto

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Visto en: Nacionalismo Católico San Juan Bautista

 

 

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Libro recomendado

 

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Día de la Soberanía Nacional

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La parábola de los talentos

Uno de los siervos dice: «Señor, cinco talentos me entregaste»; otro indica que se le dieron dos. Ellos reconocen que de él han recibido el medio de hacer el bien; le atestiguan un gran reconocimiento y le rinden sus cuentas. ¿Qué les responde el maestro? «Bien, siervo bueno y fiel (puesto que lo propio de la bondad es ver al prójimo); has sido fiel en lo poco, voy a ponerte al frente de mucho. Entra en el gozo de tu señor». De este modo es que Jesús designa una beatitud completa.

En cuanto al que no había recibido más que un talento, lo fue a esconder. «A ese siervo inútil, échenlo afuera, en las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes». ¿Lo ves? no es solamente el ladrón, el hombre que busca siempre enriquecerse, el que hace el mal; quien al final es castigado, es también aquel que no hace el bien. Entonces ¿Cuáles son esos talentos? Es el poder de cada uno, la autoridad que disponemos, la fortuna que poseemos, la enseñanza que podemos impartir, y cualquier otra cosa de la misma índole. Que nadie venga entonces a decir: solo tengo un talento, no puedo hacer nada. Porque puedes, incluso con un solo talento, actuar de manera loable.

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San Juan Crisóstomo (345-407), presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia

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La parábola de las diez vírgenes

1 “En aquel entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. 2 Cinco de entre ellas eran necias, y cinco prudentes. 3 Las necias, al tomar sus lámparas, no tomaron aceite consigo, 4 mientras que las prudentes tomaron aceite en sus frascos, además de sus lámparas. 5 Como el esposo tardaba, todas sintieron sueño y se durmieran. 6 Mas a medianoche se oyó un grito: “¡He aquí al esposo! ¡Salid a su encuentro!” 7 Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. 8 Mas las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan”. 9 Replicaron las prudentes y dijeron: “No sea que no alcance para nosotras y para vosotras; id más bien a los vendedores y comprad para vosotras”. 10 Mientras ellas iban a comprar, llegó el esposo; y las que estaban prontas, entraron con él a las bodas, y se cerró la puerta. 11 Después llegaron las otras vírgenes y dijeron: “¡Señor, señor, ábrenos!” 12 Pero él respondió y dijo: “En verdad, os digo, no os conozco”. 13 Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora”.

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Comentario de Mons. Dr. Juan Straubinger:

1 ss. Esta parábola, como la anterior, quiere enseñarnos la necesidad de estar siempre alerta, porque nadie sabe el día ni la hora del advenimiento de Cristo. Del esposo: La Vulgata añade: “y de la esposa”. El texto griego se refiere solamente al esposo, lo que cuadra mejor con las costumbres hebreas, porque las vírgenes solían estar con la novia, y junto con ella esperaban la venida del esposo acompañado de sus amigos. En cuanto a la explicación de la parábola, advierte ya S. Jerónimo que las diez vírgenes simbolizan a todos los cristianos. “La espera es el período que precede a la segunda venida del Salvador; su venida es la Parusía gloriosa; el festín de la felicidad del Reino de los cielos… Los fieles que no están preparados a la venida de Cristo serán eliminados de la beatitud parusíaca… El momento de la Parusía es capital… y hay que tener siempre a mano la provisión de aceite” (Pirot). En efecto, la lámpara sin aceite es la fe muerta que se estereotipa en fórmulas (15, 8). La fe viva, que obra por amor (Ga. 5, 6), es la que produce la luz de la esperanza que nos tiene siempre en vela; lo que no se ama no puede ser esperado pues no se lo desea. S. Pedro enseña que esa lámpara o antorcha con que esperamos a Jesús en estas tinieblas es la esperanza que nos dan las profecías basta que amanezca el día cuando Él venga (2 Pe. 1, 19). David enseña igualmente que esa luz para nuestros pies nos viene de la Palabra de Dios (Sal. 118, 105), la cual, dice S. Pablo, debe permanecer abundantemente en nosotros, ocupando nuestra memoria y nuestra atención (Col. 3, 16), para que no nos engañe este siglo malo (Ga. 1, 4). El sueño –que no es aquí reproche, pues todas se durmieron– representa, dice Pirot, lo imprevisto y súbito de la Parusía, de modo que la lámpara de nuestra fe no se mantendrá iluminada con la luz de la amorosa esperanza, si no tenemos gran provisión del aceite de la palabra, que es lo que engendra y vivifica la misma fe (Rm. 10, 17).

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Comentario de San Agustín, Doctor de la Iglesia

“En medio de la noche” (Sermón 93)

    Las diez vírgenes querían ir todas a recibir al Esposo. ¿Qué significa recibir al esposo? Es ir a su encuentro de todo corazón, vivir esperándolo. Pero tardó en venir, y todas se durmieron…..¿Qué significan estas palabras? Hay un sueño al que nadie puede escaparse. Os acordáis de las palabras del apóstol Pablo: “No queremos, hermanos, que ignoréis la suerte de los que duermen el sueño de la muerte” (1Tim 2,12)…. Todas se durmieron. ¿Pensáis que la virgen prudente puede escapar de la muerte? No, tanto las prudentes como las necias deben pasar por el sueño de la muerte…

“A medianoche se oyó un grito: Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro” (Mt 25,6). ¿Qué decir? Es el momento que nadie piensa, que nadie espera… Vendrá en el momento en que menos pensáis. ¿Por qué viene de este modo? Porque, dice él, “No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha fijado con su poder.” (Hch 1,7) “El día del Señor”, dice Pablo, “vendrá como un ladrón en plena noche.” (1Tim 5,2) Vigilad, pues, durante la noche para que no os sorprenda el ladrón. Porque, queriendo o sin querer, el sueño de la muerte llegará necesariamente.

Y no obstante, todo esto llegará cuando se oiga un grito en medio de la noche. Este grito es lo que el apóstol Pablo dice: “En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la trompeta, porque la trompeta sonará, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados.” (1Cor 15,52) Después de este grito que resonará en medio de la noche: “Llega el esposo” ¿qué pasa? “. Todas se levantaron”(Mt 25,7ss).

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Comentario del P. Diego de Jesús, Monasterio Cristo Orante

 

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