Domingo XIV

Mateo 11, 24-30

Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis afligidos y agobiados, y Yo os aliviaré. Cargad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontraréis alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.


            Jesucristo no condena ni la sabiduría ni la prudencia. Paradójicamente, los verdaderos sabios y prudentes son los pequeños. Lo que el Señor condena es la soberbia, la sabiduría y la prudencia según el espíritu del mundo, condena lo que engendra un proceder acorde al mundo y contrario a Dios. La astucia de la serpiente en el relato del Génesis es el punto de partida de ese linaje cuya cabeza aplasta el pie de la Mujer y de su Descendiente. Para ese linaje, el Misterio de Dios permanece oculto. San Pablo lo dice especialmente del propio pueblo de Dios, de aquellos que proclamando su condición de miembros de ese pueblo, se desdicen con sus intenciones y con sus obras: “Pero se embotaron sus inteligencias. En efecto, hasta el día de hoy perdura ese mismo velo en la lectura del Antiguo Testamento. El velo no se ha levantado, pues sólo en Cristo desaparece. Hasta el día de hoy, siempre que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Y cuando se convierte al Señor, se arranca el velo.” (2 Cor 3,14-16). Es un velo que impide acceder al Misterio de Dios, es el no reconocimiento de Cristo, es el apartarse del Hijo de Dios, el rechazarlo. Es la falta de Amor verdadero y auténtico. Es no poseer la verdadera sabiduría ni la verdadera prudencia. Es no ser pequeño, no ser humilde, no tener el corazón dispuesto para que Dios habite en él.

            La verdadera sabiduría no consiste en el conocimiento de muchas cosas, sino en conocer y amar a Dios, y contemplar desde Dios todas las cosas. Es saborear su Presencia, degustar su compañía, es estar pendiente de sus Palabras, es vivir amándolo. Y la verdadera prudencia discierne y pone en obra los mejores medios para alcanzar a Dios, para buscarlo en todas las cosas y para encontrarlo un día, cara a cara, en la Gloria del Cielo. Es también, a su modo, un sinónimo del amor, anhelante y paciente, esforzado y constante. Y por ello, el verdadero sabio y prudente es necesariamente pequeño, humilde, dócil. Por eso San Juan divide entre quienes conocer y no conocen a Dios, en relación con la Caridad: “Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error. Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor.” (1 Jn 4,6-8). Es la crítica que Jesús dirige contra los fariseos, que se glorían vanamente en un supuesto conocimiento y amor a Dios: “vosotros decís: “El es nuestro Dios”, y sin embargo no lo conocéis, yo sí que lo conozco, y si dijera que no lo conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo lo conozco, y guardo su Palabra.” (Jn 8,54-55). No conocen el Misterio de Dios porque en lo profundo de su corazón lo rechazan. Jesús, en cambio, el Hijo de Dios, conoce y guarda su Palabra, puesto que él es el Pequeño por excelencia: “paciente y humilde de corazón” como hemos escuchado en la lectura del Evangelio.

            Por ese motivo este Evangelio es tan importante: aquí, el propio Jesús, nos dice cómo es su Corazón. Lo cual equivale a decirnos cómo es el Hijo, y cómo es el Padre. El corazón de Cristo nos revela al Padre. El corazón lo resume todo, lo compendia todo. El corazón como interioridad nunca es mera interioridad. El corazón es todo lo que el hombre es. Y esto, en plenitud, lo encontramos en el Corazón de Cristo. Ése es el verdadero corazón sabio y prudente, manso y humilde, pequeño y grande a la vez. Y Jesús quiere que el nuestro sea semejante al suyo. Sabe que nosotros solos no podemos dar ese paso, producir ese cambio que nos asemeje a Él. Y por eso se da a conocer y nos da la fuerza de la gracia y del amor que configure nuestro corazón como un corazón de hijo.

ESCUCHAR HOMILÍA COMPLETA

Del obispo felón y de la niña fiel

“Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí,

más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que

mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar”.

Mateo 18,6.


Son conocidos ya, públicamente, los desafueros, atropellos y vejámenes múltiples con los que el obispo de San Rafael, Eduardo Taussig, en un verdadero compendio de despotismo clericalista, viene castigando a los sacerdotes y laicos fieles de su diócesis. El último motivo que ha encontrado para desfogar su obsesión –de origen psicopatológico o preternatural- es la legítima negativa del clero y del laicado a recibir de prepo la comunión en la mano. Y a recibirla así, coactivamente, bajo amenaza de puniciones severas y crueles.

        En medio de la natural conmoción de la feligresía, que se ha movilizado para defender los derechos de Dios, tuvo lugar un episodio que no puede ni debe quedar sin registro. Y que, si hubiera justicia en la Iglesia y en la sociedad civil, no debería tampoco quedar impune.

        Una niñita de seis años –María José- lloraba en la puerta del Obispado, con inspirada tristeza infantil, porque no quería que la obligaran a recibir a Jesús en la mano. Estaba con sus padres, sus hermanitas y sus amigos; bien conocida la familia ejemplar en el pago que habitan. El pastor felón no tuvo mejor ocurrencia que conducir a la pequeña hacia adentro de su sede, para “convencerla” de que debía aceptar sus órdenes, aprovechando además la ocasión para desautorizar la crianza religiosa que le habían dado sus padres. La apercibió por su conducta, y quiso conminarla –ejerciendo presión moral y psicológica – a que recibiera la Eucaristía en la mano. La pequeña, conste, precisamente por su madurez espiritual, ya ha hecho su Primera Comunión.

        La niña se resistió con sus ojos llenos de lágrimas, mientras sus hermanas y amigas, al verla partir llevada compulsivamente por el obispo, se hincaron a rezar fervorosamente, para que María José no aflojara. Y no aflojó. Aunque el déspota indocto, entre otras insensateces, apeló al bajísimo golpe de decirle que, entonces, si no le hacía caso, “se perdería a Jesús”.

        Todo esto que narro, y otras cosas que por ahora callo, me constan de un modo directo, personal, objetivo y fehaciente. Taussig ha tratado de enmascarar los hechos ante una potencial denuncia por abuso de autoridad; cargo que podría ampliarse con algún otro conexo, según me dice un jurista y canonista amigo.

        Pasará la mentira de la pandemia y el suplicio de la cuarentena. Entonces puede ser que me encuentre cara a cara con el obispo felón. Veremos si es tan bravo con los viejos católicos como con las niñitas del poblado.

        Mientras tanto, en homenaje a la pequeña gran comulgante, le compuse este Romance:

ROMANCE DE LA NIÑA MARÍA JOSÉ

San Rafael era en junio

y ya unas brisas heladas,

cuando la nieve hace cima

por los cerros o enramadas.

En el aire de la aldea

hay un gemido de herida,

cruenta y sin sangre a la vez

como una cruz invertida.

Trocó el cayado en azote

el pastor de la comarca,

verdugo de los sagrarios

negro sayón de la Barca.

Su corazón vuelto piedra

no oye súplicas ni llantos,

tiene la piel de Caifás,

tiene del lobo quebrantos.

Entonces fue una pequeña

con sus lágrimas de luz,

la que le dijo inocente:

“¡Quiero en la boca a Jesús!

De rodillas y en mis labios

así lo recibiré,

tal cual lo hiciera la Virgen,

si ella lo hizo, yo lo haré”.

¡Ay mi María José!

Tal el nombre de la niña,

tu sollozo tiene el cielo,

el trigo de oro en la Viña.

¡Ay mi María José!

tus amigas, tus hermanas,

tus padres, los curas fieles,

quieren doblar las campanas.

Por tu bravura y pureza

que celebran relucientes

los ángeles de las guardias,

y cantan los combatientes.

Yo no estaré cuando crezcas,

te verán crecer los montes,

el rocío de la noche

las vides, los horizontes.

Pero te dejo estos versos

de breve y de última grey

con un lema: ¡Dios no muere!

¡Viva siempre Cristo Rey!


Antonio Caponnetto

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

Carta del Diablo a su sobrino: “no dejes que razone”

Mi querido Orugario:

Tomo nota de lo que dices acerca de orientar las lecturas de tu paciente y de ocuparte de que vea muy a menudo a su amigo materialista, pero ¿no estarás pecando de ingenuo? Parece como si creyeses que los razonamientos son el mejor medio de librarle de las

garras del Enemigo. Si hubiese vivido hace unos (pocos) siglos, es posible que sí: en aquella época, los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamientos. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. Tu hombre se ha acostumbrado, desde que era un muchacho, a tener dentro de su cabeza, bailoteando juntas, una docena de filosofías incompatibles. Ahora no piensa, ante todo, si las doctrinas son «ciertas» o «falsas», sino «académicas» o «prácticas», «superadas» o «actuales», «convencionales» o «implacables». La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado en la labor de mantenerle apartado de la Iglesia. ¡No pierdas el tiempo tratando de hacerle creer que el materialismo es la verdad! Hazle pensar que es poderoso, o sobrio, o valiente; que es la filosofía del futuro. Eso es lo que le importa.

La pega de los razonamientos consiste en que trasladan la lucha al campo propio del Enemigo: también Él puede argumentar, mientras que, en el tipo de propaganda realmente práctica que te sugiero, ha demostrado durante siglos estar muy por debajo de Nuestro Padre de las Profundidades. El mero hecho de razonar despeja la mente del paciente, y, una vez despierta su razón, ¿quién puede prever el resultado? Incluso si una determinada línea de pensamiento se puede retorcer hasta que acabe por favorecernos, te encontrarás con que has estado reforzando en tu paciente la funesta costumbre de ocuparse de cuestiones generales y de dejar de atender exclusivamente al flujo de sus experiencias sensoriales inmediatas. Tu trabajo consiste en fijar su atención en este flujo. Enséñale a llamarlo «vida real», y no le dejes preguntarse qué entiende por «real».

Recuerda que no es, como tú, un espíritu puro. Al no haber sido nunca un ser humano (¡oh, esa abominable ventaja del Enemigo!), no te puedes hacer idea de hasta qué punto son esclavos de lo ordinario. Tuve una vez un paciente, ateo convencido, que solía leer en la Biblioteca del Museo Británico. Un día, mientras estaba leyendo, vi que sus pensamientos empezaban a tomar el mal camino. El Enemigo estuvo a su lado al instante, por supuesto, y antes de saber a ciencia cierta dónde estaba, vi que mi labor de veinte años empezaba a tambalearse. Si llego a perder la cabeza, y empiezo a tratar de defenderme con razonamientos, hubiese estado perdido, pero no fui tan necio. Dirigí mi ataque, inmediatamente, a aquella parte del hombre que había llegado a controlar mejor, y le sugerí que ya era hora de comer. Presumiblemente —¿sabes que nunca se puede oír exactamente lo que les dice?—, el Enemigo contraatacó diciendo que aquello era mucho más importante que la comida; por lo menos, creo que esa debía ser la línea de Su argumentación, porque cuando yo dije: «Exacto: de hecho, demasiado importante como para abordarlo a última hora de la mañana», la cara del paciente se iluminó perceptiblemente, y cuando pude agregar: «Mucho mejor volver después del almuerzo, y estudiarlo a fondo, con la mente despejada», iba ya camino de la puerta. Una vez en la calle, la batalla estaba ganada: le hice ver un vendedor de periódicos que anunciaba la edición del mediodía, y un autobús número 73 que pasaba por allí, y antes de que hubiese llegado al pie de la escalinata, ya le había inculcado la convicción indestructible de que, a pesar de cualquier idea rara que pudiera pasársele por la cabeza a un hombre encerrado a solas con sus libros, una sana dosis de «vida real» (con lo que se refería al autobús y al vendedor de periódicos) era suficiente para demostrar que «ese tipo de cosas» no pueden ser verdad. Sabía que se había salvado por los pelos, y años después solía hablar de «ese confuso sentido de la realidad que es la última protección contra las aberraciones de la mera lógica». Ahora está a salvo, en la casa de Nuestro Padre.

¿Empiezas a coger la idea? Gracias a ciertos procesos que pusimos en marcha en su interior hace siglos, les resulta totalmente imposible creer en lo extraordinario mientras tienen algo conocido a la vista. No dejes de insistir acerca de la normalidad de las cosas. Sobre todo, no intentes utilizar la ciencia (quiero decir, las ciencias de verdad) como defensa contra el Cristianismo, porque, con toda seguridad, le incitarán a pensar en realidades que no puede tocar ni ver. Se han dado casos lamentables entre los físicos modernos. Y si ha de juguetear con las ciencias, que se limite a la economía y la sociología; no le dejes alejarse de la invaluable «vida real». Pero lo mejor es no dejarle leer libros científicos, sino darle la sensación general de que sabe todo, y que todo lo que haya pescado en conversaciones o lecturas es «el resultado de las últimas investigaciones». Acuérdate de que estás ahí para embarullarle; por cómo habláis algunos demonios jóvenes, cualquiera creería que nuestro trabajo consiste en enseñar.

Tu cariñoso tío,

Escrutopo


El sesgo liberal frente a la fortaleza y la templanza

Ciertamente la imagen del hombre forjada por el liberalismo implica un falseamiento general de las cuatro virtudes cardinales; pero lo que más lejos quedó, sobre todo, del alcance de esa imagen fue el entendimiento y la custodia del sentido original de las virtudes «fortaleza» y «templanza». Cegado por su concepto burgués, optimista y mundano de la vida, el hombre ilustrado, que creía «muy confiadamente» hallarse «en su casa» «en este mundo interpretado» (R. M. Rilke), no podía llegar al conocimiento del supuesto real sobre el que se asientan esas dos virtudes. Este fundamento real, sin el que ni la fortaleza ni la templanza podrían ser concebidas en su pleno sentido de hábitos laudables, es el hecho metafísico de la existencia de la iniquidad: del mal humano y del mal diabólico, del mal en la doble figura de culpa y de castigo, es decir, del mal que hacemos y del mal que padecemos. El hombre del liberalismo ilustrado no es capaz de conocer ni menos aún reconocer esta verdad fundamental; se lo impiden su mundanidad decidida, su incondicional optimismo por esta vida y su aburguesamiento metafísico, nacido de aquélla y de este; aburguesamiento que, en su angustiado afán de seguridad, «pretende verse libre de la fortaleza». Solo en forma insuficiente podía tomar contacto la razón natural con el corazón, velado de tiniebla, de la esencia del pecado. Únicamente la fe alcanza conciencia del enigmático abismo de la culpa creada (porque el orden sobrenatural no solo aporta más elevadas posibilidades de felicidad, sino también abismos más hondos de tristeza). Y la verdad que la Iglesia enseña, según la cual el hombre «natural», es decir, todavía no unido a Cristo, yace caído por causa del pecado original «bajo el dominio de Satán», es una verdad que el optimismo puramente «natural» y la obstinada y convulsa voluntad de seguridad no sabrían contemplar en su comprometedora evidencia a no ser a costa de anularse a sí mismos.

Fuente:

El asombro, entre la alegría y la nostalgia

Re-leyendo un libro de Josef Pieper –El ocio y la vida intelectual-, en especial la parte dedicada al asombro, nos encontramos con una hermosa expresión que dice: “del asombro proviene la alegría”. En una primera y superficial lectura parece decir poco menos que nada, pero si la rumiamos un tanto causa vértigo la profundidad de su sentido. Asomemos un poco nuestro rostro a ese abismo. Para ello nos serviremos de una lacónica oración escrita por Chesterton:

“Aquí muere otro día

durante el cual tuve ojos, oídos y manos

y el vasto mundo a mi alrededor,

y mañana empiezo otro,

¿Por qué se me conceden dos?”

En la precedente oración hay un motivo de alegría que es completamente ordinario: dar gracias por cosas tan comunes como los ojos, oídos y manos. Pero es justamente aquí donde se patentiza el verdadero asombro: de-velar lo extraordinario en lo ordinario; des-cubrir en las pequeñas cosas cotidianas la luminosidad del ser. Chesterton sabe ver, porque ha sabido amar; ve amando. Solo quien ama puede expresar que todo lo que existe es bueno, y es bueno que exista. Por eso se alegra. Solo después de la apertura al si-no del Misterio que todo lo atraviesa, aún (o sobre todo) las cosas comunes de la vida, se abalanza a la pregunta.

Pero el asombro no es tan sólo privativo de la alegría, tiene un componente que lo convierte en una paradoja. Acudimos a Pieter Van der Meer para que nos ilustre acerca de ese otro elemento. En un bellísimo diario suyo, en donde nos cuenta el itinerario de su alma, ha dejado escrito lo que sigue:

“Me siento animado, este hermoso día me produce contento. Miro con sorpresa las primeras flores que han abiertos sus corolas en el jardín todavía árido. Un vientecillo suave acaricia mi rostro y mis desnudas manos. Hundo mi mirada en el radiante y profundo azul del cielo y se me figura que éste es la cúpula de mi corazón. Experimento el gran desconcierto que causa la vida, y todo se convierte en una maravilla indescifrable, profundamente misteriosa. Lleno de sorpresa veo a nuestro hijo triscando y cantando por el jardín. Ahí viene Cristina, vestida de claro; veo sus ojos, me sonríe. Mi corazón se quiebra de emoción y de amor (…).”

En esta primera parte la mirada prístina se detiene atenta ante las pequeñas cosas que se suceden cotidianamente y que a Pieter se le manifiesta como algo infinitamente maravilloso y misterioso. En otro lugar dirá: “siento intensamente que todo lo que me rodea es misterio”.

Es indudable que aquí hay una alegría inusitada, primigenia, pueril, y queda manifestado en ese sentirse animado, y el contento que le producen estas cosas. Pero su alegría prontamente se transforma, el asombro nos muestra su otra cara: esta alegría le parece efímera, fugaz, precaria; y se pregunta:

“¿Por qué siento tan profunda melancolía poseyendo la ensoñada dicha del amor? ¿Quiénes somos, pues, que, insatisfechos incluso ante toda esta delicia, nuestros anhelos nos empujan más y más y nuestros sueños atisban eternos mundo inaccesibles? ¿Acaso hemos perdido algo?”

Resuena en las honduras y rincones de nuestra alma esa última interrogación ¿Acaso hemos perdido algo? La nostalgia invade el alma, una paradojal experiencia se cierne sobre nosotros; estamos alegres y contentos, pero a la vez presentimos una falta, una ausencia, estamos insatisfechos:

“No son las estrellas del cielo ni las profundidades del mar lo que anhela mi alma. Todo esto se puede medir, es demasiado pequeño. Siento que mi alma es en mí mayor de lo más grande y nada de los que ven mis ojos, nada de lo que conozco es capaza de saciarla. Sollozando está en mí a causa de una indecible nostalgia.”

La nostalgia se convierte en un llamado. En algunos se presenta como un susurro, en otros en una voz clara que llama. Mas, en ambos casos es presentir un “algo” o “alguien” detrás de eso que nos asombra y que nos provoca este ambivalente sentimiento de alegría y melancolía. La vocación aquí se dirime entre dos posturas totalmente contrapuestas: acudir al llamado o rechazarlo. O en otras palabras, la nostalgia se puede convertir en gozosa esperanza o en enfermiza angustia. Esta última era la situación espiritual de Pieter y de su esposa, Cristina. En una de las tantas conversaciones que comparten Cristina, luego de que Pieter le exponga la duda y el desamparo que atormentan su mente, le dice:

“Conozco esas horribles horas de desesperación; en tales ocasiones quisiera rezar. Mas ¿A quién?”

Observemos que los dos han escuchado el llamado, han intuido que hay algo más, pero al no poder conocer a quién rezar caen en la desesperación. El vacío en torno a ellos es enorme, el amor que se profesan parece tan frágil.

En estas circunstancias se encuentran, también, una cantidad innumerable de poetas, filósofos y artistas que, aun escuchando el llamado más claro del Llamador, a diferencia de Pieter y Cristina, prefieren no acudir, prefieren desentenderse, evitarlo, pero por ello mismo no pueden negarlo, y entonces lanzan sus gritos de odio contra el cielo pidiendo que se los deje en paz. Tal vez sea esta la causa por la cual la mayoría de las personas se enfrasca con imágenes y ruido, desechando el silencio. Bien ha dicho el Cardenal Robert Sarah:

“A veces me pregunto si la tristeza de las sociedades occidentales, ahítas de depresiones, suicidios y sufrimientos morales, no procederá de la pérdida del sentido del misterio. Al perder la capacidad del silencio ante el misterio, los hombres se apartan de las fuentes de la alegría, se encuentran solos en el mundo, sin nada que los supere y los sostenga. ¡No se me ocurre nada más aterrador! (…) Sin silencio estamos privados de misterio, condenados al miedo, a la tristeza y a la soledad”

En este párrafo se ha resumido todo lo escrito hasta el momento. El abandono del silencio, la perdida de sentido ante el misterio son causa de la angustia existencial que arremete contra los corazones de las sociedades contemporáneas. Y de esta forma se privan de la alegría, porque la alegría “es la respuesta -dice Pieper- a la obtención de un bien”. En este caso se han privado voluntariamente del bien y del bien más alto único bien capaz de hacer feliz al hombre.

El mundo moderno nació con la duda y rechazó el asombro, prefirió abroquelarse en los oscuros entresijos de la razón, de una loca razón, y abandonar la intemperie luminosa. Decidió confiar en la Ciencia y no en la Providencia. El abismo que le proponía el asombro no era de su agrado. Se decidió por las ideas claras y distintas, por la inmanencia, por la razón que “lo puede todo”, en definitiva, por la soberbia. Quien así se maneja en la vida nada más grande que su ego puede encontrar en el mundo.

Por el contrario, si nos abrimos al asombro nos convertimos en seres ínfimos ante la grandeza del ser, y esto no puede significar otra cosa: humildad. Y solo el que es humilde es capaz de Dios. Será por ello que Santo Tomás ha expresado que quien se asombra ha puesto un pie en el camino al final de cual se encuentra la visio beatifica.

Pieter, ahora recientemente convertido al catolicismo, nos deja estas palabras –y con ellas cerramos- en donde se manifiesta el consuelo y la alegría de haber encontrado aquello que anhela:

“Él es mi más dulce alegría y mi más amarga desesperación, mi consuelo y mi temor, mi angustia y mi profunda paz, mi finalidad, mi patria, la razón de mi existencia y mi puerto, mi fiesta y mi regocijo. Es mi mina de oro, mi perdido jardín del Paraíso, mi playa, mi manantial, mi cielo estrellado, mis días, mi sangre y mi vida, mi alimento y mi suprema riqueza, ¡Mi Jesús, mi Jesús!… ¡Oh, mi amor se lanza hacia arriba, cada vez más arriba, infinitamente más arriba que las doradas nubes matutinas, más que el sol, más que la luna y todas las estrellas! Sobre mi corazón está Dios como la Vía Láctea sobre los mundos. ¡Oh hermosura! ¡Oh todopoderoso! ¡Oh Amor, os pertenezco por toda la eternidad, por toda la eternidad, por toda la eternidad!”

José Gastón