Encantar las almas: las nanas

Por José Gastón

“Saber oír y saber contar es aprender el lenguaje olvidado de los juglares, los poetas, los trovadores y los locos”.

Rodríguez Abad


No se equivocaba el sabio Platón cuando decía que había que «encantar a las almas aún jóvenes y tiernas de los niños, contando todas las cosas hermosas», porque esas palabras míticas, poéticas… hermosas, se graban en el alma niña y conforman una segunda naturaleza y un tesoro imperecedero. Cerrillo no olvida los versos de Bécquer que recitaba su madre, Sartre recuerda con nostalgia las historias con olor a jabón y agua de colonia.

Hay en esa incipiente iniciación literaria un encuentro, es decir, confianza, fidelidad, fe y confidencia, con la literatura, sí, pero antes que nada (o durante) con los padres que por medio de sus palabras «enseñan a perderse en los bosques mágicos de las historias». El encuentro con los padres es muy importante para saborear la literatura, pues esta viene asida del abrazo, de la caricia, del beso, de la ternura, cosas de vital importancia para acceder con plena confianza al mundo mágico de las palabras. Este es un encuentro de dos corazones. Por eso ha dicho Puente Docampo que la «literatura es un lugar donde encontrarme con la belleza, con el placer y contigo».

Las primeras palabras literarias llegan por las nanas, donde los aspectos lúdicos tienen un papel preponderante (frente al significado de las palabras); así el ritmo y la musicalidad de estas canciones de cuna deben provocar en los pequeños la dicha estética. Por ello dice Rodríguez Abad que debemos «acostumbrarnos a usar las palabras, a seleccionar y a elegir la mejor para decir lo que deseamos», porque es esa palabra escuchada por el niño le va a permitir ver aquello que oye.

«¿Cómo, tú también?» La literatura como lugar de amistad

Por José Gastón

“Children reading”. Felix Schlesinger (1833-1910)

Por todos ustedes, lectores, debe ser conocida aquella frase de Lewis para expresar el nacimiento de una amistad: «¿Cómo, tú también? Yo pensaba que era el único»[1]. Lo que nos dice Jack es que tener “algo en común” nos dispone a inaugurar una amistad con otro. Hasta el momento del descubrimiento pensábamos que éramos los únicos con ciertas ideas, gustos, intereses y nos manteníamos recluidos en nuestro interior; mas, cuando ese otro nos revela que su tesoro o , por qué no, su cruz, es idéntico al nuestro exclamamos llenos de gozo ¿¡Cómo, tú también!?

Ese hallazgo pone en comunicación dos almas en torno a “algo en común”, y si hay algo que puede provocar este encuentro dichoso es la literatura.

*

Cuando leemos hacemos un doble movimiento: uno centrífugo, el otro centrípeto. Conocemos y nos reconocemos, buscamos y nos buscamos, leemos y nos leemos. La literatura se convierte en una salida de sí, no para evadirnos, en el sentido de rehuir de nuestra situación, sino para encontrarnos. Y descubrimos allá afuera y aquí adentro los más íntimos aspectos humanos, que por ser humanos son universales: amor, esperanza, gratitud, angustia, dolor, tristeza, etc.

Esa salida, ese poner un pie en el camino implica el inicio de una aventura. Una vez que atravesamos el pórtico que representa un libro, no hay vuelta atrás.

Como sabrás querido lector toda aventura trae consigo la gratificante contemplación de paisajes increíbles que, en este caso, va pintando el autor en nuestra imaginación. Cuando uno concluye el viaje al cual se ha lanzado y regresa a la habitación vacía por el mismo armario por el que se va a Narnia, uno vuelve transfigurado, aunque fiel a los principios.

Así como quien conoce un hermoso lugar quiere compartir su experiencia, de la misma manera el lector literario quiere comentar las lecturas-experiencias que ha vivido. Y cuando encuentra a otro que ha recorrido los mismos peligros, se siente impelido a decirle «¿¡Cómo, tú también!?» De esa forma se emprende una amistad que puede ser perdurable si se la hace fructificar.

La amistad puede crecer a partir de comentar y compartir esos eternos designios de la condición humana que se manifiestan en la obra leída y compartida; pero sobre todo en cómo se encarnan esos principios en el alma de cada uno. Si esos principios son queridos por ambos, ya no se ama tan sólo una obra sino un orden; y la vida ordenada es la vida virtuosa; y los amigos son verdaderos amigos en la virtud.

Por lo dicho recomiendo a los padres y a las diversas instituciones educativas que generen las condiciones oportunas para que niños  y jóvenes se reúnan en torno a un buen libro para que por medio de él penetren en el ancho, profundo y maravilloso mundo de la literatura, y de esta forma se consoliden las amistades virtuosas, que, claro, tendrán su corolario si se funden en la amistad con Cristo.


[1] Los cuatro amores. Rialp, Madrid, 2017, p. 44.

Dos libros para una infancia cristiana

Por Antonio Caponnetto

He leído con júbilo y esperanza los primeros dos libros que la generosidad de Paola Schultis puso en mis manos: Juan Barrilete y Alba y la batalla de los juguetes.

El júbilo es como un salto que da el alma cuando se siente traspasada de verdades, de bienes y bellezas. Y en este caso particular, cuando el leyente recupera la capacidad evocativa, y su memoria se vuelve reminiscencia de la niñez, melancólica y contenta recuperación del pasado infantil.

Pertenezco -por ese eufemismo que dan en llamar edad avanzada– a la generación de los barriletes. A cuyos integrantes nos resultaba casi un ritual mágico armarlos pieza por pieza, remontarlos en un parque barrial cualquiera, y soñar despiertos que volábamos con él la tarde entera, porque sólo bastaba con no soltarle el misterioso hilo.

Paola ha encontrado y descripto al arquetipo de ese niño perenne. Su Juan nos representa y encarna a todos los que queremos seguir viviendo poéticamente, a despecho de un mundo prosaico y tecnolátrico. Es más; nos ha rescatado de la amnesia colectiva, para recordarles a los hombres modernos que aún es posible contemplar desde lo alto; “buscar las cosas de Arriba”, como dice el Evangelio. Aún es posible barriletear la vida.

Pero a Juan le ha agregado Alba, otra criatura portadora de una fisonomía y de un nombre que quieren perdurar, no abandonarnos. De un legado que procura quedarse al lado de nuestras arrugas, cerca de nuestras remembranzas, próximo a lo que fuimos leales ayer y nos permite no traicionarnos hoy.

Alba es la niña que supo ser princesa, bailarina, mamá de sus muñecas, brincadora en su trompo, repostera en su fogoncito lúdico, domadora de potros en corceles de escoba; capaz de ver una serpiente amenazante en una soga saltarina y de dormir en paz, con su imaginación recostada sobre un lecho al que llegó por fin la anochecida bendición paterna.

Son varias las lecciones nobles y edificantes que pueden sacarse de estas páginas. Ya no para nosotros –la generación de volantines, cometas y cascabeles- sino para los chicos que, en tanto tales, nacen, se crían y viven hoy bajo el signo seguro y salvífico de los hogares católicos.

Por eso, decíamos al principio, que leímos estos libros también con esperanza. Porque es esperanzador saber y constatar que la tradición prosigue, continúa, resiste, se expande. Se hace un lugar en medio de la tormenta. Se parapeta para defenderse del espantoso fuego moderno.

Escribe Paola que “no hay peor amenaza para un libro que la de no volverlos a leer”.

Juan Barrilete y Alba y la batalla de los juguetes están exentos de esta amenaza. Por el contrario, ya nos estamos imaginando -de la mano de Chesterton- esas persistentes y reiteradas e inacabables vocecillas niñas, repitiendo hasta el insomnio: “¡vamos, cuéntamelos de nuevo, una vez más…una vez más!”.

Septiembre y Buenos Aires, Dos mil veintiuno.


2ª Peregrinación Nuestra Señora del Rosario. San Luis, Argentina

Por Lucas Gómez Balmaceda

«Dominus custodit advenas» (El Señor guarda a los peregrinos) Salmo 145,9

Los días 14 y 15 de agosto, en vísperas de la asunción de la Inmaculada a los Cielos, se realizó en el norte de la provincia de San Luis la “II Peregrinación a Nuestra Señora del Rosario”. Los campos de la provincia puntana fueron testigos de ciento veinticinco peregrinos que marcharon desgranando Rosarios, meditando los misterios de nuestra fe y cantando marchas e himnos en loor a Nuestra Señora bajo el lema de “Instaurar todas las cosas en Cristo”.

Las intenciones generales de este acto de devoción fueron reparar las ofensas cometidas contra el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María, encomendar nuestra amada Patria Argentina, para que vuelva a ser católica y mariana, pedir la protección para las familias y el fin del aborto.

Nuestra Señora del Rosario encabezó la peregrinación. Ella, la Defensora de la Cristiandad en Lepanto, la proclamada Defensora de la Familia por San Juan Pablo II, la que se hizo presente en la Provincia de San Luis desde los primeros años de su fundación -fue entronizada por los dominicos en el templo de Santo Domingo en el año 1603-, Patrona del norte puntano y de la mayoría de los pueblos atravesados por los 65 kilómetros recorridos desde San Francisco del Monte de Oro hasta la ciudad de Quines.

En el marco del providencial año de San José, los peregrinos meditaron en torno a la figura del santo Patriarca Universal, peregrino también él. San José fue el primero que peregrinó con La Virgen y Cristo. Hasta Belén, primero, en su huida a Egipto y de regreso, después. Él, custodio de nuestra fe, fue quien recibió a la Virgen y los peregrinos, de la mano de un grupo de fieles de la ciudad donde culminaba la marcha y los escoltó hasta el lugar de destino.

Realizar una crónica, tal como nos ha pedido muy amablemente el padre Javier, resulta algo extremadamente difícil. Primero, porque sin dudas cada peregrino podría realizar una versión diferente y más enriquecedora que esta, pues cada alma sabe de los sacrificios reparadores, de los actos de caridad, fe y fortaleza que se realizaron a cada paso -y que seguramente Dios los tiene más que presentes y los recompensará-. Segundo, porque cada aspecto de la organización y realización es un acto manifiesto de la Providencia, imposible de dimensionar en pocas palabras.

Para no pecar de abstracto pondré solo un ejemplo.

Durante la organización, los organizadores -sin experiencia alguna-, creímos conveniente no llamar demasiado la atención en cada uno de los cuatro pueblos que atravesamos peregrinando, por cuestiones protocolares y otros asuntos que cualquiera puede imaginarse en este contexto. Evidentemente Nuestra Señora quería otra cosa.

Al entrar a cada pueblo sucedió algo diferente que nos hizo descartar nuestras intenciones de sigilo. Ya contamos lo de Quines y San José, pero donde esto se vió de manera más clara fue en la localidad de Luján. La Inmaculada, que siempre fue adelante conquistando, quiso entrar a la ciudad nombrada en su honor como verdadera Reina y Señora.

Cuando la peregrinación se encontraba aproximadamente a 10 kilómetros de esta ciudad, un vecino avisó a los bomberos voluntarios de nuestra marcha. Ellos, con la sincera devoción mariana que aún se conserva en el corazón de los argentinos, se alistaron y salieron a nuestro encuentro. Escoltaron a Nuestra Señora y los peregrinos hasta el lugar donde se pernoctaría en Luján. Entramos en la ciudad con el estridente sonido de las sirenas, secundadas por himnos a la Virgen.

A cada paso cansado de los peregrinos, salieron al encuentro cada uno de los vecinos por donde pasó la Virgen y se unieron en oración a los que caminaban., ni uno sólo fue indiferente al paso de Nuestra Señora. Ancianos y niños se deshicieron en muestras de piedad hacia la Madre que enternecieron nuestros corazones.

La peregrinación es un acto de piedad que se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia. Este acto, de peregrinar con espíritu de recogimiento y oración a los lugares sagrados, que siguen realizándose hasta nuestros días en todo el mundo, es imagen plástica de la Iglesia Militante y manifestación pública de nuestra santa fe católica.

Nos fue muy grato enterarnos al finalizar la Peregrinación que este año se realizaría Nuestra Señora de la Cristiandad, de quien esta iniciativa puntana ha nacido, y que además surgieron en nuestra Patria otras Peregrinaciones con el mismo espíritu. Somos cada vez más conscientes que a los grandes males sobrenaturales debemos anteponer remedios sobrenaturales. Como Iglesia Peregrina y Militante nos encomendamos a viva voz a Nuestra Madre del Rosario diciendo:

¡Oh, María, Virgen poderosa,

grande e ilustre defensora de la Iglesia,

singular auxilio de los cristianos,

terrible como un ejército ordenado para la batalla,

Tú sola has triunfado de todas las herejías del mundo.

Oh Madre, en nuestras angustias,

en nuestras luchas, en nuestros apuros,

líbranos del enemigo y en la hora de la muerte

llévanos al Cielo. Amén.

Lo que vale ser amigo de Jesús

.: 3 consejos para tus visitas a Jesús en el Sagrario

Si “un amigo fiel -ha dicho el Espíritu Santo- es protección fuerte, y el que lo encuentra encontró un tesoro” (Si 6,14), ¡que protección tan fuerte, tan valiosa, y qué tesoro tan rico, tan inexhausto, encuentra el que llega a ser amigo de Jesús!

Abro el santo Evangelio, ¡y qué tesoros hallo prometidos a los amigos de Jesús!

Sólo la página de la Última Cena, con su inefable sermón de despedida, ¡qué testamento tan abundante en favor de los amigos, qué poema tan bello en honor de la amistad con Jesús contiene!

Para los amigos de Jesús, según esta página, son:

1°. La gratitud -leedlo bien- y el amor de predilección del Padre celestial.

¿No significan eso aquellas palabras: “Mi Padre os ama porque vosotros me habéis amado” (Jn 14,21)? ¿”El que me ama, observa mi doctrina y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos mansión dentro de él” (Jn 14,23)?

2°. Los secretos del Padre celestial y las confidencias más íntimas de su Corazón, y la luz del Espíritu Santo para conocerlos y entenderlos… “Todo lo que he oído de mi Padre os lo he hecho saber” (Jn 15,15).

“Ahora sí que hablas claro -le dicen sus amigos-, y no en proverbios” (Jn 16,29). “Cuando venga el Espíritu de Verdad, Él os enseñará todo” (Jn 16,13).

3°. Todo el poder y la misión del Padre.

“Así como Tú me has enviado al mundo, así también Yo los he enviado a ellos al mundo” (Jn 17,18).

4°. La Providencia y el cuidado a cargo del Padre celestial de todos los apuros, necesidades y miedos de sus amigos… “No os inquietéis -dice en otro lugar- por lo que habréis de comer o de vestir; sabe vuestro Padre que necesitáis de estas cosas” (Mt 6,31-32).

“¡Oh, Padre Santo! Guarda en tu nombre a éstos que Tú me has dado, a fin de que sean una misma cosa (por la caridad), como nosotros lo somos (en la naturaleza)” (Jn 17,11).

5° La omnipotencia de la oración.

“En verdad, en verdad os digo que cuando pidiéreis al Padre en mi nombre, o por mi mediación, os lo concederá” (Jn 16,23).

¿Os habéis dado cuenta del tesoro que poseéis sólo por ser amigos de Jesús?

¿Habéis reparado en lo que es y vale contar con la predilección agradecida, los secretos, las confidencias, la luz, el poder, la misión, la providencia y la omnipotencia de Dios?

Y con esas riquezas y abundancias, ¿aún lloráis escaseces de auxilios y pobrezas de dineros y abandonos e ingratitudes de amigos y enfermedades sin remedio y dolores sin esperanza de alivio?…

Pero ¿sois de verdad amigos de Jesús vivo del Sagrario y os dejáis llevar por la tristeza y por el desaliento y por el pesimismo?

Pero, ¿y la palabra del que dijo: “Yo os digo, amigos míos, no os asustéis…”?

Porque “los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán…” ¡No pasará la palabra de Jesús!

Sí; es muy formal amigo el amigo del Sagrario…

San Manuel González García