Sobre abandonos silenciados de la niñez

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Por Gastón H. Guevara

La historia de la infancia nos muestra con argumentos contundentes cómo en períodos históricos pasados los hijos, por lo general de la nobleza o clase adinerada, se “abandonaban”[1] a los cuidados y crianza de una nodriza; y una vez crecidos volvían a integrar el núcleo familiar. El “sentimiento” actual sobre la infancia, nacido tal vez con la modernidad según Ariés, suele sentir repulsión al anoticiarse de estos hechos pretéritos y sobre las diversas condiciones que en torno a ellos se desenvuelven. Vociferan exclamaciones, hacen gestos de desdén, como quien no entiende tal práctica carente del mínimo afecto.

Ahora bien, en la actualidad ¿no existen casos similares de “abandono” que son silenciados? Así como aquellos otrora fueron tenidos por “comunes y corrientes” -y hoy por bárbaros-, los “abandonos” de hoy son silenciados porque se encuentran tras el velo de lo “común”.[2] No nos referimos aquí a aquella práctica que hasta hace relativamente poco tiempo se llevaba a cabo en los pueblos pequeños o en el campo, como era “prestar” un hijo a otra familia para que ayude en las diferentes tareas de la casa a cambio de que lo enviaran a la escuela. No hablamos de esto. Sí hablamos, por el contrario, de ciertos espacios que se han convertido en lugares de “abandono temporario”.

¿Cuáles son estos lugares? Uno de ellos puede ser la misma casa, cuando se emplea una “niñera” (la nodriza moderna temporaria), que cuida de los hijos cuando los padres están ausentes[3] la mayor parte del día por verse atareados con cuestiones laborales. Labores que, en muchos casos, van absorbiendo hasta la existencia misma: se vive para trabajar. Esto tiene, inexcusablemente, ciertas consecuencias en la crianza de los hijos: les impide jugar con ellos porque se van a trabajar cuando duermen y vuelven por la noche… cuando duermen. No pueden leerles un cuento, o, simplemente, se ven privados de contemplarlos. Demos un ejemplo: en los últimos años han aparecido cuentos tradicionales adaptados, para leerles a los niños antes de dormir. ¿Adaptados para los niños? No. Adaptados para los padres que no deseen perder tiempo; son cuentos que ¡sólo duran un minuto! El fin: ayudar a los padres que han de volver rápidamente a “ocupaciones más importantes”. Todo debe hacerse rápido. Chrónos, el devorador, va engullendo hasta estos pequeños y solemnes momentos. Los hijos son “abandonados” a las fauces de este dios despiadado que es el Tiempo –Chrónos-. Inculcándoles, tal vez sin querer, que su infancia es algo tan falto de importancia que deben convertirse lo más aceleradamente posible en una persona mayor. Caro al autor de “El Principito” es esta caracterización, pues para él una “persona mayor” son todos los que no han conservado los rasgos de la infancia. Y es interesante notar, además, que no usa la expresión “adulto”, ya que la adultez supone una etapa de la vida en la que usualmente se alcanza la madurez.

A cambio de aquellos cuentos, el mercado expande los productos “para niños”. Estos productos son “mejores” modos de entretenerse: “la play”, el celular. A diferencia del cuento estos artefactos no los llevan a la calma y la escucha sino a la estimulación y excitación de las luces y los sonidos.

Muchos, también, son los niños que viven en edificios, en departamentos asépticos y herméticos a toda intrusión de la naturaleza. También aquí los niños son “abandonados” a una nodriza, no ya de “carne y hueso”, pero que tiene un ascendiente de tamaña magnitud: la televisión. Vemos, además, que se hace casi imposible en las grandes ciudades salir a jugar a la calle por diferentes peligros a los que se pueden exponer los pequeños. Pero también porque las nuevas tecnologías raptan la atención del niño con vigorosa fuerza. Estas seducen la voluntad de los chicos y ocupan el lugar de la imaginación y la fantasía. Es triste: ya no quieren salir a jugar.

Otro espacio de “abandono temporario” lo podemos reconocer en lo que hoy se denomina “jardín maternal” y en tiempo pasado fue “guardería”. Para algunos padres, a pesar del nuevo nombre, sigue siendo una guardería. Andemos un poco por aquí. Si pensamos en aquello que Ariés remarca, en su ya clásico “El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen” (más allá de los aciertos y/o desaciertos de la obra), respecto al carácter normalizador, disciplinante y encorsetante de la escuela sobre la infancia, vemos que los niños son “institucionalizados” cada vez más pequeños. Para algunos padres, como decíamos más arriba, el jardín maternal no funciona como una institución escolar sino como una guardería, donde pueden cuidar al hijo durante cierto tiempo, lo que les permite trabajar despreocupadamente. ¡Y qué problema cuando hay paro, feriado u otro acontecimiento que no permita dejar a los niños en ese lugar! Los padres “no saben qué hacer” con sus hijos.

Estos niños poco a poco y de manera no consciente, simplemente siguiendo el ejemplo de las personas mayores se convierten en “hijos” de la prisa, incapaces de detenerse para ver. Y cuando llegan a una edad adulta, bien se les podría aplicar aquello de Saint-Exupéry:[4]

“Viejo burócrata, compañero mío aquí presente, nadie te ha hecho evadir jamás y tú no eres responsable de ello. Tú has construido tu paz a fuerza de cegar con cemento, como lo hacen las termitas, todas las salidas hacia la luz. Te has enroscado en tu seguridad burguesa […]. No quieres inquietarte por los grandes problemas. Ya tienes bastante trabajo con olvidar tu condición de hombre […]. Nadie se preocupó de sacudirte los hombros cuando aún era tiempo. Ahora, la arcilla de que estás formado se ha secado, se ha endurecido. Y nada, en adelante, será capaz de despertar al músico dormido, al poeta o al astrónomo que quizás habitaba en ti en un principio”.

Los niños no pueden ser poetas porque la infancia misma no tiene sentido en sí misma, sino en relación a un futuro de prisa y de trabajo. La infancia parece acortarse (si se nos permite hablar de ella como un período de tiempo); los niños y los jóvenes cada vez están más ocupados, más programados, más apresurados: de la escuela a la casa -y luego de una breve estadía- se van al “instituto de inglés”, y de ahí a practicar algún deporte o instrumento musical, que en muchos casos no se hace por el goce mismo de jugar o tocar algún instrumento, sino con la presión social de la profesionalidad, de ser el mejor.

A esto debemos sumarle el abandono más serio y triste: el espiritual. Muchos son los niños que hoy no conocen a Cristo, porque nunca se les ha hablado de Él. Esto es culpa de los padres, sí, por diversos motivos: sea por indiferencia, o por una fe débil quebrantada por las mentiras en torno a Dios y su Iglesia que proliferan en todos los ambientes, o por un odio visceral a todo lo referido a la Iglesia; sea lo que fuere el niño se ve privado de conocer a su mejor Amigo. La otra parte, que tiene una responsabilidad inexcusable en este terrible “abandono espiritual” de la niñez es la Iglesia –en su conjunto- que ha dejado de predicar la Buena Nueva, rechazando, algunas veces implícitamente y otras explícitamente, la evangelización, tildado a esta -despectivamente- de “proselitismo”, de falta de “tolerancia” o falta de “ecumenismo”, exponiendo erróneamente que “todos creemos en un mismo Dios”. Se deserta así del “Id y predicar a las naciones”, del “sí, sí; no, no”… en pro de una fe difusa, de una fe relativista.

Desde la hondura divina se escucha la Voz solemne de Cristo que lanza enojado,  nos dice el Evangelio, una colosal advertencia a los discípulos que no permiten que los niños se acerquen a Él: “Dejad que los niños vengan a mí y no los estorbéis” (Mc. 9, 13-14). ¿Acaso no son hoy los discípulos de Cristo los que no dejan llegar a los niños a Jesús? ¡Cuidado!, a quien obstaculiza a los niños el camino que los lleva hacia Él, Cristo les dice: “al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen una piedra de molino de asno y le arrojasen al fondo del mar” (Mt. 18, 6).

Ser padres no radica tan sólo en dar el ser al hijo sino, ineludiblemente, en dotarlo de eternidad.

Ésta, desde nuestra perspectiva, es una infancia abandonada ¿Qué estamos haciendo de los niños?

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NOTAS:

[1] El término correcto sería: delegar. Si bien hemos generalizado por demás, pues el objetivo del ensayo no es este, hay que hacer alguna aclaración: pues la Antigüedad se caracterizó, en muchos casos, por crasos abandonos y hasta infanticidios, costumbre que fue considerada horrorosa cuando esas costumbres se impregnaron de Evangelio.

[2] Debemos aclarar, antes de seguir avanzando, que lo que se pretende aquí es tan sólo plantear un punto de vista que permita corrernos del lugar común y poder ver tras ese velo de lo común.

[3] Hacemos notar que hablaremos de niños que pertenecen a cierta clase social (media, media alta), con el propósito de analogarla con aquella con la que abrimos el ensayo.

[4] SAINT-EXUPÉRY, A. Tierra de Hombres. Obras Completas, Plaza & Janés, Barcelona, 1967, p. 197-198.

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Visto en: Centro de Estudios Educativos “Rigans Montes”

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Santísima Trinidad

16 Porque así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna[1]. 17 Porque no envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo[2], sino para que el mundo por Él sea salvo. 18 Quien cree en, Él, no es juzgado, mas quien no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

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Comentario de Mons. Straubinger

[1] 16. “Este versículo, que encierra la revelación más importante de toda la Biblia, debiera ser lo primero que se diese a conocer a los niños y catecúmenos. Más y mejor que cualquier noción abstracta, él contiene en esencia y síntesis tanto el misterio de la Trinidad cuanto el misterio de la Redención” (Mons. Keppler). Dios nos amó primero (1 Jn. 4, 19), y sin que le hubiésemos dado prueba de nuestro amor. “¡Oh, cuán verdadero es el amor de esta Majestad divina que al amarnos no busca sus propios intereses!” (S. Bernardo). Hasta dar su Hijo único en quien tiene todo su amor que es el Espíritu Santo (Mt. 17, 5), para que vivamos por Él (1 Jn. 4, 9).

[2] 17. Para juzgar al mundo: Véase 5, 22 y nota.

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Comentario de  San Efrén (c. 306-373), diácono en Siria, doctor de la Iglesia.

Himno a la Trinidad

«Un solo Dios, un solo Señor, en la trinidad de personas y en unidad de su naturaleza» (Prefacio)

Refrán: ¡Bendito sea el que te envía!

Toma como símbolos el sol para el Padre
para el Hijo, la luz,
y para el Espíritu Santo, el calor.

Aunque sea un solo ser, es una trinidad
lo que se percibe en él.
Captar al inexplicable, ¿quién lo puede hacer?

Este único es múltiple: uno formado de tres,
y tres no forman sino uno,
¡gran misterio y maravilla manifestada!

El sol es distinto de sus rayos
aunque estén unidos a él;
sus rayos también son el sol.

Pero nadie habla, sin embargo, de dos soles,
aunque los rayos
son también el sol aquí abajo.

Tampoco nosotros decimos que habría dos Dioses.
Dios, Nuestro Señor, lo es,
también él, por encima de lo creado.

¿Quién puede enseñar cómo y dónde le está unido
el rayo al sol,
así como su calor, siendo libres.

No están ni separados ni se confunden,
unidos aunque distintos,
libres pero unidos, ¡oh maravilla!

¿Quién puede, escrutándolos, tener poder sobre ellos?
¿Y, sin embargo, no son ellos,
aparentemente tan simples, tan fáciles?

Mientras que el sol permanece todo él arriba,
su claridad, su calor,
son, un símbolo claro para los de aquí abajo.

Sí, sus rayos llegan hasta la tierra
y se quedan en nuestros ojos
como si revistieran nuestra carne.

Cuando nuestros ojos se cierran en el momento del sueño
como a unos muertos, los abandona,
a ellos que seguidamente se desvelarán.

Y cómo la luz entra en el ojo,
nadie lo puede comprender.
Así Nuestro Señor en el seno…

De esta manera Nuestro Señor se ha revestido de un cuerpo
con toda su debilidad,
para venir a santificar al universo.

Pero cuando el rayo vuelve a su fuente,
nunca ha estado
separado del que lo engendró.

Deja su calor para los que están abajo,
como Nuestro Señor
ha dejado el Espíritu Santo a los discípulos.

¡Contempla estas imágenes en el mundo creado,
y no dudarás,
en cuanto a los Tres, porque sino te pierdes!

Lo que estaba oscuro te lo he hecho claro:
cómo los tres hacen uno,
trinidad que no forma sino una esencia.

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Comentario del P. Diego de Jesús DIOS SOLO SE BASTA

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Libro recomendado

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“Santo Tomás de Aquino. Aproximación a su pensamiento”
de Mario Caponnetto.
Queridos amigos, ponemos en circulación la venta anticipada a $240 de este inédito libro de 488 páginas que nos acerca al pensamiento de unos de los más importantes Doctores de la Iglesia, de manos de uno los mayores referentes del tomismo en nuestro país. El precio es por pago efectivo anticipado y contamos con envío a todo el país. Se conservará el precio de $240 hasta principios del mes de julio, fecha en la que se entregará, Dios mediante, a los que hayan abonado la preventa. Luego de ese tiempo el precio será de $350.- Muchas Gracias y se agradece su difusión.
Más informacion y pedidos por mensaje privado o al correo stauros-ediciones@hotmail.com

 

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La Ascensión del Señor

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Nuestra vida «desde ahora escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3)

      Cristo, que había prometido que sus discípulos llegarían a ser, con él, uno en Dios; que había prometido que estaríamos en Dios y Dios en nosotros, ha realizado ya esta promesa para nosotros. De manera misteriosa llevó a término esta gran obra, este sorprendente privilegio. Parece que lo realizó al subir al Padre, en su ascensión corporal y su descenso espiritual, y que la asunción de nuestra naturaleza hasta Dios es al mismo tiempo el descenso de Dios hasta nosotros. Se podría decir que, aunque en sentido oscuro, nos ha llevado verdaderamente hasta Dios y ha hecho que Dios se llegara a nosotros; depende del punto de vista en que nos situemos.

Así pues, cuando san Pablo dice que «nuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col  3,3), se podría entender con ello que nuestro principio de existencia ya no es un principio mortal y terrestre, tal como el de Adán después de la caída, sino que somos bautizados y escondidos de nuevo en la gloria de Dios, en esta pura luz de su presencia la cual perdimos con la caída de Adán. Somos creados de nuevo, transformados, espiritualizados, glorificados en la naturaleza divina. Por Cristo recibimos, como por un canal, la verdadera presencia de Dios, tanto dentro de nosotros como fuera de nosotros; estamos impregnados de santidad y de inmortalidad.

Y esta es nuestra justificación: nuestra subida por Cristo hasta Dios o el descenso de Dios, por Cristo, hasta nosotros; lo podemos decir de una u otra manera… Estamos en él y él en nosotros; Cristo es «el único Mediador» (1Tm 2,5), «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6) uniendo la tierra con el cielo. Esta es nuestra verdadera justificación –no tan sólo el perdón o el favor, no solamente una santificación interior- … sino el hecho de estar nosotros habitados por nuestro Señor glorificado. Este es el gran don de Dios.

 

Beato John Henry Newman

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La fuerza del Silencio

Libro (altamente) recomendado del Card. Robert Sarah. Hacer “click” en la imagen para descargar.

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Auxilium Chistianorum

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El nombre de María vivas mieles

Que significa el MAR solemne y santo

Rompió como un mar bravo allá en Lepanto

Y destrozó el poder de los infieles.

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Un relente de rosas y claveles

Azulceleste veste y blanco manto,

Pero también el ímpetu y espanto

Contra los viles, contra los luzbeles.

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Porque Ella es reina y madre todo junto,

Del poder del amor vivo prasunto,

Y como Reina tiene sus cuarteles.

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Como una flor camuflada en flores

Y como Madre tiene sus furores

Cuando le tocan sus hijitos fieles.

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P. Castellani

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Homenaje a Alberto Caturelli

Alberto Caturelli en una de sus visitas a San Luis.

En el marco de una nueva Jornada Universitaria de Apologética en la provincia de San Luis, en la cual han participado más de un centenar de jóvenes de diferentes provincias, se realizó un homenaje al Maestro Alberto Caturelli. Las hermosas palabras que se leyeron son un resumen de un artículo más extenso realizado por la Prof. Ana C. Galiano. Aprovechamos este espacio para agradecerle tan generoso gesto de hacer públicas dichas palabras en nuestro blog y la exhortamos a divulgar el artículo completo, donde la verdad, la pulcritud y la belleza con que está escrito se unen armoniosamente a la descollante personalidad del biografiado intelectual católico argentino.

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Eminente filósofo, incansable predicador de la verdad y cristiano cabal

Es un honor para nuestra Patria Argentina haber contado entre sus hijos a uno de los más eminentes filósofos y ante todo verdadero católico. A modo de un sentido homenaje, quisiéramos traer aquí el recuerdo de su lucidez en este mundo, de su innegable inteligencia y coraje para defender la verdad, de su certísima percepción de los males y peligros que actualmente acechan al cristiano y a la Iglesia.

Alberto Caturelli nació el 27 de noviembre de 1927 en Villa del Arroyito, cerca de la ciudad de Córdoba. Esposo de Celia Isabel Galíndez y padre de ocho hijos. Doctor en Filosofía, y Doctor honoris causa de varias Universidades en diversos países. Participó en dos centenares de Congresos a nivel nacional e internacional. Publicó alrededor de cuarenta libros y quinientos artículos. Un rasgo característico es lo valioso de sus obras: todas son profundas, claras, llenas de la más amplia erudición e iluminadas por la fe cristiana.

San Agustín dice: Para conocer a un hombre, pregúntale lo que ama”. Caturelli amaba sobre todas las cosas al Dios Uno y Trino, a quien recibía diariamente en el Sagrado Sacramento; a la Santísima Virgen, bajo cuyo amparo encomendó su vida y su familia. Amaba a la Iglesia, y por eso se dolía profundamente por aquello que denominó “la invasión de los iscariotes del relativismo sofistico y anticontemplativo”[1], la secularización y el falso ecumenismo. Amaba a la Patria Hispana y Católica, que no olvida sus raíces helénicas y romanas, convencido del sentido que América tiene como esperanza de la Iglesia. Amaba la familia, manifestándolo en su limpio, profundo y verdadero amor para con su esposa Celia, y a sus 8 hijos, para quienes fue un padre ejemplar. Amaba el paradigma del amor cristiano, en la amistad que tenía con Sciacca, Meinvielle, Sacheri, Derisi, entre otros. Amaba la Universidad, la cual era su casa, y por eso su dolor al verla sin ciencia y sin logos, huérfana de theoría y desaristotelizada. Caturelli era, además,  un alma enamorada del Ser -del Bien, la Verdad y la Belleza-, y por tanto, sabía reaccionar con la razón y el corazón ante la presencia de la mentira, del error y del pecado. Finalmente, entre sus amores encontramos la Filosofía; era un padeciente de amor por la sabiduría, y por ello decía que la filosofía es agonía -dolorosa y gozosa-, porque es una dramática búsqueda de la Verdad que siempre hace gozar y sufrir terriblemente, y por ello no puede tener fin sino en la Sabiduría. Gozo de la agonía por la verdad por la cual vale la pena dar la vida aunque en este mundo del poder mundial bastardo y sin alma, me tomen por loco[2].

En el Prólogo de La Iglesia Católica y las catacumbas de hoy, Caturelli escribe: “Entonces el Señor dijo a Pablo de noche en una visión: ‘No temas, sino habla y no calles’ (…) Todos estamos llamados. Y el mandato de no callar a todos nos obliga, siempre que tengamos algo de qué hablar. De eso se trata. He tenido algo de qué hablar en el seno de la vida de la Iglesia; por eso, no callo.” Sus palabras tienen peso, altura y profundidad; imponentes y proféticas. Quienes hemos tenido el honor de escucharlo o leerlo reconocemos en él a un verdadero maestro que remonta vuelo, pero que sabe volver al valle para dilucidarnos las necesarias cuestiones terrenas.

Algunos de sus discípulos lo recuerdan  por su rigor intelectual, profundidad de pensamiento y lógica impecable. Además, lo caracterizan por su inconmensurable bondad, traducida habitualmente en una sonrisa transparente y en un gesto amable; su hablar pausado y sereno, fruto, seguramente, de su aquilatada vida interior además de su proverbial alma provinciana[3]. Esto manifiesta su conducta, de singular envergadura, lo cual no sólo da cuenta de la capacidad intelectual, su adhesión a los principios y una evidente vocación teórica, sino también de un hombre que siempre se destacó por una extraordinaria calidez, sencillez y humildad en el trato con discípulos, alumnos, y público en general.

Como hijo de los hijos de los apóstoles, se caracterizó por llevar adelante el “apostolado intelectual”, como le gustaba llamarle. Aquella confluencia en la que se unen armónicamente la búsqueda racional de la verdad como acto propio de la filosofía, con el carácter misivo del apostolado cristiano.

Con mucha claridad, haciendo referencia a sí mismo, sentencia: Me encanta que me tilden de intolerante… porque de veras no tolero el error en el orden especulativo ni el mal en el orden práctico; intransigente…porque la inteligencia se ordena necesariamente a la verdad del ser y, por eso, no puedo ‘transigir’ en ese orden y sí rendirme humildemente a lo verdadero; reaccionario… porque soy hombre de reacciones rápidas ante el error y la injusticia; no ecumenista… porque lo que hoy corre por el mundo es un sincretismo acomodaticio y relativista enmascarado de ‘apertura’, ‘ponderación’ y (pseudo) ‘diálogo’; anti-pluralista… porque el único pluralista válido es el que se funda en la unidad y unicidad de la verdad, que es lo que hace posible la pluralidad de los juicios a la luz de la verdad.[4]

Sabía que es peligroso hablar de Dios, pero también que la vocación filosófica no tiene sentido sin Él. Y por eso mismo, se fue haciendo cargo de los peligros que acarrea el “pensar contracorriente”. Debido a esto, nunca verdaderamente dejó de poner en primer plano su condición de católico, sin mezclas ni vacilaciones. Comprendió que la filosofía viva, auténtica y comprometida, es agonía perpetua; contemplación y a la vez lucha interior; también es como un surco que se abre e impulsa a seguir en el mismo sin poder ya detenernos. Pero, al mismo tiempo, el ambiente se ponía más y más difícil y con la agonía filosófica había comenzado a mezclarse una suerte de agonía total[5]. Empresa ardua y difícil es luchar contracorriente; y la llevó adelante con coraje, vestido con la “armadura de Dios”, único modo para entrar en el combate espiritual: Contra el pecado nefando del inmanentismo actual, la ‘armadura’ de Aquel que ha creado el orden natural[6]. Por eso, es nuestro deber inmediato y urgente romper con la pusilanimidad para consagrarlo todo desde las catacumbas donde estamos.[7] Existen profundas razones para sentir un gran temor; existen inconmensurablemente más para sentir un gran gozo y agradecimiento.[8]

En el último capítulo de La Historia Interior, Caturelli habla sobre el fin del camino diciendo: “El camino de la historia interior ha llegado hasta aquí. Llegar, sin embargo, no significa que se haya concluido o cerrado. La tierra hollada donde habitualmente se transita no termina, no sólo porque, al camino, puede abrírselo siempre más, sino porque, al fin, se abre más allá del tiempo”[9]. Y luego, en Historia de la Filosofía en la Argentina, concluye con estas palabras que bien podrían ser una suerte de despedida: “Por eso, aquí termino, pudiendo decir lo mismo que el inmortal poeta al despedirse de sus hijos, contemplando el horizonte infinito:

“Permítanme descansar,

¡Pues he trabajado tanto!

En este punto me planto

Y a continuar me resisto

Estos son treinta y tres cantos,

Que es la mesma edá de Cristo”[10].

 

Podemos decir que su paso por la vida le allanó el camino al cielo, y no caben dudas de que Cristo Rey y Su Santísima Madre le recompensarán con creces su infatigable caridad en servicio a la Verdad crucificada.

Sus amigos, alumnos y discípulos lo recuerdan diciendo “fue un incansable predicador de la verdad. Fatigado por el buen combate que libró, su alma goza ya del encuentro del Esposo en la contemplación de la Verdad Eterna”.

A los 88 años de edad, Alberto Caturelli entregó su alma a Cristo, con la debida atención sacerdotal y con el auxilio de los Sacramentos. Misteriosa y significativamente fue llamado por el Padre el día 4 de octubre de 2016 -día en que su madre, varias décadas antes, le precedió en el camino- en la fiesta de San Francisco de Asís, de quien los dos profesaban una especial devoción.

Mario Caponnetto expone un bellísimo relato respecto de la última vez que lo vio diciendo: “Lo visité en agosto de 2014 en su casa de Córdoba, Fue la última vez que lo vi. Hablamos por más de una hora. Fue una fiesta del espíritu. Después hablé un par de veces por teléfono tras la muerte de Celia; me contó que Celia, al morir, le dijo: “te espero en el cielo”. Allí estarán ahora los dos, unidos en el amor creado, contemplando al Amor Increado.”[11] Y en otra oportunidad expresa: “Caturelli deja una obra filosófica inmensa, pero sobre todo nos deja el legado de un testimonio insobornable de fe católica íntegramente pensada y vivida. Fue modelo de intelectual católico; estoy seguro de que ya está contemplando la verdad que tanto amó, estudió y enseñó.”

Alberto Caturelli, nos ofrece una obra monumental en la que confluyen los trabajos de toda una vida empeñada al servicio de la verdad y la caridad en el apostolado intelectual. Eminencia intelectual con humildad y sencillez evangélica, siempre alzó su voz y su pluma, enamorado de la verdad, del bien y la belleza; irradió luz, esa luz que eleva la inteligencia y conforta la voluntad.

Gran católico argentino, que libró el buen combate, concluyó su carrera y conservó su fe.

Ana C. Galiano

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Notas

[1] Caturelli, Alberto, La historia interior, Buenos Aires: Gladius, 2004, p. 186.

[2] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 193.

[3] Alonso, Ernesto, IN MEMORIAM: Homenaje al profesor y doctor Alberto Caturelli (1927 – 2016) “El maestro de la metafísica realista, interiorista y personalista”; Cabildo, 2017.

[4] Caturelli, Alberto, La historia interior, Buenos Aires: Gladius, 2004, p. 191.

[5] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 82.

[6] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 169.

[7] Caturelli, Alberto, La historia interior, Buenos Aires: Gladius, 2004, p. 122.

[8] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 345.

[9] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 200.

[10] Caturelli, Alberto, Historia de la Filosofía en la Argentina (1600-2000), Buenos Aires: Ciudad Argentina – Universidad del Salvador, 2001, p. 921.

[11] En: Gristelli, Virginia; ¡Gracias, Alberto Caturelli; descansa en paz tras el Buen Combate!; InfoCatólica, 2016.

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Apuntes sobre antropología tomista

El hombre es una unidad substancial de cuerpo y alma. Este hombre está sujeto a leyes físicas, como todo ser corpóreo; posee vida, como los vegetales, y está sometido a exigencias biológicas; tiene sentidos que le permiten conocer y sentir, como los animales; “pero trasciende a los demás seres por su capacidad de comprender y de amar propias de su interioridad espiritual”.[1]

El hombre es un ser “animado”, es un ser que vive y cuyo primer principio de vida es el alma (anima). Ahora bien, ¿cómo se manifiesta la vida, cómo se nos hace posible conocerla? Sólo mediante las operaciones; fundamentalmente dos: conocer y moverse.

La actividad vital, como toda acción, supone un sujeto, una potencia y un principio activo. El sujeto, en este caso, es el ser viviente; la potencia, su capacidad de automoción; el principio activo, su alma.

Examinando las operaciones y los objetos de la actividad vital, se distinguen diferentes tipos de potencias: vegetativa, sensitiva, apetitiva, locomotiva e intelictiva. Todas estas potencias actúan simultáneamente y recíprocamente configurando grandes síntesis funcionales. Estas son complejos funcionales unificados en orden a cumplir una determinada operación: a) síntesis funcional vital primaria; b)  síntesis funcional cognitiva; c)  síntesis funcional apetitiva.

Pero nuestra atención debe detenerse en la vida sensitiva y racional. Decimos estos puesto que las funciones vegetativas, aunque interiores al sujeto,  son sólo un esbozo de inmanencia,[2] mientras que en el conocimiento sensorial y en el apetito sensitivo hay ya una aparición, aunque imperfecta, de la verdadera interioridad.[3]

Pero por encima de la vida consciente animal de los sentidos y los apetitos con objetos materiales concretos, “aparece una vida total y esencialmente superior a las anteriores y que en su actividad se independiza de toda materia, y por eso, es intrínseca y totalmente inmaterial, o sea, espiritual”.[4] Es así que por el conocimiento intelectual el mundo se hace presente al hombre en sus aspectos más recónditos y esenciales. Y en este sentido podemos decir, siguiendo a Pieper, que lo propio del hombre es “conocer las estrellas por sobre el propio techo; mirar la totalidad de las cosas que son, más allá de la morada habitual, de la adaptación a lo cotidiano; mirar más allá del mundo circundante”.[5]

Y, a su vez, este compuesto de espíritu y materia hace del hombre confín entre lo invisible y lo visible: “(…) El alma intelectual es como un cierto horizonte y confín entre lo corpóreo y lo incorpóreo”.[6]

Esta situación en la que se encuentra el hombre, se presenta así, como lo que es, un misterio, propio de esas cosas que no pueden ser contempladas directamente a riesgo de quedar encandilados por su resplandor. Pues esto es misterio, no oscuridad sino exceso de luz.

Bien, para no irnos de tema, frente a ese mundo infinito del ser, de-velado y aprendido por la inteligencia, surge en el espíritu una segunda actividad: la que dirige a realizar y posesionarse del ser. El ser, en cuanto objeto de este apetito espiritual o voluntad o, brevemente, en cuanto apetecible, es el bien.

Si tuviéramos que buscar una analogía humana del acto creador de Dios, la más próxima pese a su infinita distancia, ella residiría en el acto por el cual nuestro intelecto concibe. De ahí que el hombre por su acto espiritual de inteligencia se constituya en el santuario del ser. En este contexto, podemos citar aquella afirmación de Santo Tomás que subraya que toda realidad natural está constituida entre dos intelectos, a saber: el del Creador, que la concibió, y el de la creatura, que la conoce[7]. De donde podría deducirse que toda contemplación viene a ser, en última instancia, un cierto diálogo. Y esto queda demostrado ya que

“la persona humana en el mundo es el único ser, donde se de-vela y se toma posesión consciente del ser, y, por eso, es imago Dei (…) Fuera del hombre, los seres ocultos a sí mismos están como esperando ser de-velados (…), como anhelando este reencuentro con la luz de la inteligencia que los arranque de su ocultamiento y haga patente o presente su verdad o su ser”.[8]

¡He aquí la dignidad del hombre! “Cuando Dios hizo partícipes de su Ser a otros seres comenzaron a ser sin saber que eran. Pero al hombre Dios le confirió no sólo el ser sino el ser en el grado superior de total inmaterialidad o espiritualidad”;[9] con lo cual lo hizo inteligente. La persona humana es imago Dei porque con su apetito espiritual o voluntad se encuentra y consigue (por conquista o realización), la posesión del bien como tal. Finalmente el hombre es Imago Dei, y, como tal, persona, porque continúa en el mundo la obra creadora de Dios.

José Gastón

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NOTAS:

[1] PONFERRADA, G. Introducción al Tomismo. Ed. Club de Lectores, Bs. As., 1985, p. 134.

[2] “Debe, pues, distinguirse la movilidad transitiva, en la que la acción pasa (transit) a un término exterior al sujeto y la inmanente, cuyo término permanece (manet in) en el sujeto mismo”. En: PONFERRADA, G. Introducción… op. cit., p. 135.

[3] Podemos ir vislumbrando como hay, pues, una complejidad creciente que jerarquiza a los tipos de alma: la superior asume lo inferior y le añade una característica específica.

[4] DERISI, O. Santo Tomás de Aquino y la filosofía actual. EDUCA, Bs. As., 1975, p. 167.

[5] Pieper, Josep. El ocio, fundamento de la cultura. Ed. Librería Córdoba. 2010. p. 115.

[6] Contra Gentiles, II, c. 68.

[7] Cfr. De Veritate, I, II, corpus.

[8] DERISI, O. Santo Tomás de Aquino… op. cit., pp. 178- 179.

[9] Ídem.

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Escuela: verdad vilipendiada, ‘respeto’ celebrado.

La época actual pudiera muy bien recapitular aquella escena del pretorio romano en donde se da ese breve diálogo entre Jesús y Pilato:

¿Qué es la verdad? – indagó Pilatos-. Jesucristo no le contestó nada.

¿Por qué Jesús no contesto? Porque al que pregunta ¿Qué es la verdad? sin muchas ganas de conocerla, la Verdad no se le muestra. En sentencia del Beato J. H. Newman: “La verdad se esconde de quien no la busca”. Pilato es el tipo de muchos racionalistas que formulan una pregunta parecida y luego se van sin escuchar la respuesta de la Verdad misma, que es Jesucristo. Acertadamente dice san Agustín: “si no se desean, con toda la energía del alma, el conocimiento y la verdad, no pueden ser hallados. Pero si se buscan dignamente, no se esconden a sus amantes”.

Así está el mundo actual, embarrado de lo que podríamos denominar “Pilatismo”: preguntar qué es la verdad, y a pesar de tenerla frente a frente, darle la espalda.

La Escuela da la espalda

Es en el ámbito de la Escuela donde la verdad se ve cada vez más ultrajada, insultada y vilipendiada por un monopolio de filodoxas que en favor de un “respeto” a la diversidad de opiniones, le da la espalda. Dos cosas debemos apuntar y hacer notar de este celebrado “respeto”. En primer lugar, vale decir, siguiendo al Padre Castellani, que la “opinión es una afirmación no cierta, basada en argumentos válidos, mas no evidentes, opuestos a otros también válidos. (Ahora bien) opinión no es cualquier afirmación lanzada al aire porque sí, por charlatanismo; eso es macaneo. No confundir, pues, el derecho a opinar y el derecho a macanear”. Tristemente en una sociedad como nuestra el derecho a macanear, como dice Castellani, está a la orden del día. En segundo lugar, y como oportunamente hace notar el Dr. Carlos Lasa, hay que saber diferenciar entre pluralismo y pluralidad pues el pluralismo de principio, al igual que todo dogmatismo, oblitera el acto de pensar y condena al hombre a un pragmatismo del cual él mismo, a la postre, resulta ser la principal víctima. Todo aquello que oblitere el pensar cerrará la puerta al verdadero progreso de la humanidad que es progreso en la verdad.”

Pues bien estas pseudo-filosofías atentan contra el fin último de la educación que es conocer y gozar de la verdad. En esta postura subyace un marcado escepticismo dado que, si todas las respuestas valen de igual modo, ninguna tiene valor porque ninguna responde en definitiva al problema.

En tanto que la pluralidaddestaca la importancia fundamental para la persona humana del acto de pensar, pone toda su energía en asegurar que dicho acto pueda ejercerse, lo cual supone su libre ejercicio”.

Por ello no todo hombre tiene derecho a opinar sobre todo tema, sino los entendidos sobre aquello que entienden[1].

¿Por qué hemos dicho todo esto? Porque la Escuela no debe ser el lugar de los charlatanes en donde se intercambien monólogos del orden de “creo que”, “opino que”, “tengo la impresión de que”, sino que debe ser por eminencia “el lugar reservado a la contemplación, al cuidado de la vida interior y a la elevación de la inteligencia”.[2]

 

José Gastón

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NOTAS:

[1] Cfr. CASTELLANI, L. Sentencias y aforismos políticos. Edición del Grupo Patria Grande, Bs. As., 1981, p. 18.

[2] CAPONNETTO, A. Pedagogía y educación. Cruz y Fierro Editores, Bs. As., 1981, p. 17.

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La Voz de Cristo

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La voz de Cristo llama

Es el corazón que arde

Y en San Juan se imprime a fuego

“Son las cuatro de la tarde”

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La voz de Cristo suena

Es el varón a quién Él aparte

Quien recuerde cual San Juan

“Son las cuatro de la tarde”

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La voz de Cristo clama

“Siervo fiel,  no fuiste cobarde”

Con San Juan repetirás

“Son las cuatro de la tarde “

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Inés de Jesús.      

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