¿El católico debe ser de derecha o izquierda?

Se deshace este mundo imbécil que pretendió ser cómodo sin Jesucristo. No que Cristo le haga cómodo, pues la Cruz es lo opuesto al ‘confort’ de los burgueses.

‘Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura’. Se nos prometió, es verdad, el reino de los cielos y no la comodidad de la tierra. Mas por añadidura se nos aseguraba la habitabilidad de este valle.

Los pretendidos filósofos, en cambio, los teóricos de la política liberal y socialista,  nos prometieron el paraíso en la tierra y nos han dado un confortable infierno aquí abajo y la garantía del inextinguible fuego en la vida venidera.

¿Y los católicos? ¿Andaremos mientras tanto afanosos por tomar posiciones a la derecha, al centro o a la izquierda, de quién? Dejémosles a los mundanos éstos términos y dejémosles que tomen posiciones en las filas del diablo.

Sería más saludable que nos cristianicemos nosotros mismos. Seamos católicos. Y como católico significa únicamente santo, tratemos verdaderamente de ser santos.

No consiste en hablar y pensar de la santidad. Es vida. La vida católica (que es conocimiento de Jesucristo), plenamente vivida en el ejercicio de la caridad, nos impondrá, por añadidura, una fisonomía católica en las manifestaciones puramente humanas de la vida: arte, ciencia, economía y política católicas.

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En: MEINVIELLE, Julio. La concepción católica de la política. Cursos de Cultura Católica, Bs. As., 1941, pp. 250-253. (Resumen)

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El anuncio de la gran Águila

Y antes de que el sol se hubiera alejado mucho del cenit, una gran Águila llegó volando desde el este, portadora de nuevas inesperadas de los Señores del Oeste, gritando:

.

¡Cantad ahora, oh gente de la Torre de Anor,

porque el Reino de Sauron ha sucumbido para siempre,

y la Torre Oscura ha sido derruida!

.

¡Cantad y regocijaos, oh gente de la Torre de Guardia,

pues no habéis vigilado en vano,

y la Puerta Negra ha sido destruida,

y vuestro Rey ha entrado por ella

trayendo la victoria!

.

Cantad y alegraos, todos los hijos del Oeste,

porque vuestro Rey retornará,

y todos los días de vuestra vida

habitará entre vosotros.

.

Y el Árbol marchito volverá a florecer,

y él lo plantará en sitios elevados,

y bienaventurada será la Ciudad.

.

¡Cantad oh todos!

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La muerte cristiana

El cristianismo no disimula la muerte, no la reviste de máscaras que difuminen la tragedia, que disimulen las causas. Sólo el cristianismo es capaz de presentar la Muerte con su verdadero rostro. Porque sólo Jesucristo miró a la Muerte, frente a frente, tal cual es, y nos enseñó a mirarla así. Porque si eludimos su sombra tampoco veremos el verdadero esplendor de la Luz que la ha vencido.

 

En: COMANDI, M. Cuando las sombras se disipen. Una reflexión sobre la muerte cristiana. s/e, El Volcán, San Luis, Argentina, 2017, p. 42. El subrayado es nuestro

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Invitación

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Tu voz, naturaleza

A Pablo Rafael Ferrari

 

“Si bien no es la palabra, tampoco es un lenguaje

cuya voz no pueda percibirse.” Sal XVIII, 4.

“Por numerosos que sean tal vez en el mundo los

diversos sonidos, nada hay, empero,

que no sea una voz.” Cor I,  XIV, 10.

“…otra voz, clara, joven y antigua como la primavera,

como el canto de un agua gozosa que baja a la noche

desde una mañana brillante en las colinas…” J.R.R. Tolkien

 

 +

Universo sonoro. Con tus cuerdas

de vientos, de colores y texturas

susurras desde el árbol y la piedra,

el rayo y la cadencia de la luna.

+

Las lágrimas de altura en la corteza,

la rima de las aves cuando cantan,

la inmensidad de hierbas o de estrellas

rumoreando una gloria antigua y casta.

+

¿Qué secretos albergan tus sonidos

deseosos de estallar en mi silencio?

¿Cómo aprehender tu idioma matutino

de gesto proverbial y de reflejo?

+

Como el aroma fresco nos invade,

la visión repentina de algún claro,

así llegan tus dardos insondables

abrigando un anuncio inesperado.

+

Desnudo de palabras tu lenguaje,

tu timbre melancólico y sereno

va surcando bullicios de mortales

con sutil ademán de mensajero.

+

Como reminiscencias de otro reino

se oye tu voz lejana y transparente

dorando los umbrales del recuerdo,

ensanchando horizontes con tus preces.

+

Sería menos pálido este mundo

si abriera sus oídos a tu música…

sería todo el cielo en un capullo

florecido sobre esta tierra acústica.

 

 

 

José A. Ferrari

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Mientras cantaban…

“Mientras cantaban, el hobbit sintió dentro de él el amor de las cosas hermosas hechas a mano con ingenio y magia; un amor fiero y celoso, el deseo de los corazones de los enanos. Entonces algo de los Tuk renació en él: deseó salir y ver las montañas enormes, y oír los pinos y las cascadas, y explorar las cavernas, y llevar una espada en vez de un bastón.”[1]

“Mientras cantaban…” el corazón del hobbit se convirtió en algo extremadamente delicado y ligero y se dejó impeler por las dulces armonías del canto de los enanos. Gratamente cómodo en su agujero-hobbit, no buscaba nada, pero el canto, ¡oh, el canto!, produjo en él un hallazgo afortunado e inesperado. Renació algo que estaba dormido, un nuevo albor rompía con una luz indescriptible. Se estremeció profundamente. “Sintió dentro de él el amor a las cosas hermosas…”, a todas y cada una de ellas, simbolizadas y encarnadas en las labores y faenas realizadas por las manos de los artesanos enanos que “con ingenio y magia…” disponían estrellas florecientes en collares de plata, y el fuego del dragón de las coronas colgaba, y en el metal de las espadas entretejían la luz de la luna y del sol. Pero también pudo ver “un amor fiero y celoso…” en el corazón de los enanos. Antaño la ambición por una piedra los perdió. Hogaño a quitar el oro y las arpas, antes de que el día nazca, a la desolación de Smaug zarpan.

Entre sentimientos entreverados la sangre de los Tuk corrió e hirvió de nuevo por sus venas, “deseó salir…”, deseó abandonar su agujero confortable y lujoso y, también, su agujero burgués: el hoyo en el que su alma se había visto sumida durante tanto tiempo, incapaz de ninguna aventura hacia lo inesperado, hacia el asombro. Se vio a sí mismo haciendo y diciendo cosas por completo inesperadas para un Bolsón “ver las montañas enormes, y oír los pinos y las cascadas, y explorar las cavernas, y llevar una espada en vez de un bastón.” Otra vez, el lado Tuk esperaba una ocasión para salir a la luz y de pronto, cuando los enanos entonaron el canto grave de antaño, en lo más hondo del corazón de Bilbo el sol brilló nuevamente.

José Gastón

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Nota:

[1] TOLKIEN, J.R.R. El hobbit. Minotauro, Bs. As., 2014, p. 24.

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La mirada patriarcal del arte

“Hilas y las ninfas”, de John William Waterhouse

Nos advertía Chesterton que nuestra época denomina “ideas novedosas” a las viejas herejías de siempre, disfrazadas con la jerga del momento. Podemos comprobar la veracidad de este aserto, con tan sólo reparar en el nuevo furor censorio que la ideología de género destina a las obras de arte en las que –reproducimos la jerga del momento– «el ideal de belleza femenina ha sido construido por la mirada patriarcal». Este furor censorio, en volandas de la caza de brujas montada a partir de los abusos sexuales de Weinstein, ha impulsado a los botarates que regentan la Galería de Arte de Manchester a quitar de sus paredes una bellísima pintura del prerrafaelita Waterhouse.

Resulta, en verdad, irrisorio que los adalides de la “liberación sexual” de la mujer hayan acabado postulando el más desquiciado puritanismo. Pero, ¿qué se oculta detrás de esta nueva pretensión que pretende combatir la “mirada patriarcal” del arte? Porque sólo los tontos de capirote pueden creerse que retirando obras de arte de los museos se está «protegiendo la salud pública y la integridad de las mujeres» (no conozco a ningún violador que se estimule en sus crímenes viendo cuadros de ninfas prerrafaelitas en los museos). Afirmaba Proudhon que detrás de todas las cuestiones políticas nos tropezamos siempre con la teología. Y detrás de este furor censorio de la ideología de género nos hallamos con la herejía iconoclasta, que en distintos crepúsculos de la Historia (lo mismo entre los bizantinos que entre los puritanos protestantes) ha buscado siempre lo mismo: negar la unión del Creador y la criatura, negar el abrazo de Dios al ser corporal del hombre logrado a través de la Redención. Como nos enseñaba Solovief, pretender que la divinidad no puede tener expresión sensible, pretender que la fuerza divina no puede emplear para su acción medios visibles y representativos, es quitar a la encarnación divina toda realidad; es negar la realización material de lo divino; es –en fin– negar la Redención.

El arte se dedica a celebrar el abrazo entre lo humano y lo divino. Y ese abrazo halla su expresión más íntima y gozosa en el vientre de una mujer, donde Dios se encarna. Esta unión entre Creador y criatura lograda en una mujer que es a la vez virgen y madre constituye el motivo más excelso del arte. Y un eco o reverberación de esa unión se ha dado, a lo largo de los siglos, en multitud de artistas, que mirando a la mujer con maravillada gratitud celebran –acaso sin saberlo– aquel acontecimiento que transformó la historia de la Humanidad y del Arte. Pues bien, a esta mirada agradecida y maravillada que contempla con rendida gratitud a la mujer es a lo que la ideología de género llama “mirada patriarcal”. Y no le falta razón; porque fue, en efecto, la mirada de un patriarca divino la que anticipó que la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente.

Que es lo que, a la postre, llena de furor a la serpentina ideología de género. El furor censorio contra el arte que retrata la belleza femenina no es en último extremo sino odio teológico, disfrazado de una jerga que lo hace parecer una idea novedosa a los panolis de nuestra época. La ideología de género sabe que en las mujeres enaltecidas por la “mirada patriarcal” del artista se renueva la mirada de aquel Dios que «ha mirado la humildad de su esclava» y ha hecho «obras grandes» en ella, convirtiéndola en expresión sublime de Belleza. Que la ha convertido, como dijo el poeta, en un «lujo de inocencia que apaga el furor de nuestros sentidos». A las herejías de antaño, como a las ideas novedosas de hogaño, siempre les ha resultado mucho más rentable la mujer que escatima la inocencia y enciende el furor de los sentidos.

 

Juan Manuel Prada

 

Visto en: ABC

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Perseguir

Sea éste, tal vez, de los verbos más intensos del vocabulario cristiano. Sus aromas y sabores son casi infinitos. Una de sus características más notables es que pueda decir tan a la vez asuntos tan contrarios como lo son la persecución como acechanza, como deseo de destrucción, y el perseguir como búsqueda de lo deseado y amado.

La pregunta de Jesús a Pablo tiene, sin dudas, ambas connotaciones.

Lo hermoso del caso es que no son simplemente dos acepciones posibles que precisen ser desambiguadas. Portan, en Boca del Señor, la expresa intención de decir ambas cosas a la vez. Como quien supiera decir “¿Saulo, por qué me pegas?” y “¿Saulo, me amas más que estos?” en un solo estampido.

Hoy es un día propicio para permitirle a Nuestro Señor (al Niño Jesús de Praga, convengamos) avanzar con esta única/doble pregunta sobre nuestros corazones. Y sea ocasión favorable para poder confesarle, con verdad: no lo sé, Señor, de veras que no lo sé. Ni lo uno ni lo otro. No sé por qué hago el mal que no quiero, ni sé qué fuerza arrolladora me mueve sin descanso a buscar, ¡a perseguir!, tu Rostro.

Pero en verdad lo acuciante es otra cuestión…

Y aunque no soy quién para redoblarte las preguntas, permite, mi Rey y Señor, a este indigno vasallo tuyo, haceros la misma, la mismísima pregunta: ¿por qué me persigues?, ¿qué interés se te sigue Jesús mío?; ¿por qué, desde mi infancia, persigues cada uno de mis desaciertos para destrozarlos con el furor de un León?, ¿por qué esta obsesionada pesquisa Tuya de mi alma, por qué esta batalla infatigable persiguiendo la rendición incondicional de mi corazón?

Oh divino Lebrel del Cielo, detienes tus pasos sobre el vano de mi vida, y, agitado, me miras con avidez. Tu persecución es feroz: quieres aplastar con tu Ira mi pecado; quieres envolver con tu ternura mi alma herida. Quieres matar y amar. ¿Y Tú me preguntas por qué yo? ¿Por qué Tú, Señor, por qué me persigues Tú?

El cristianismo tal vez no sea sino eso: una brutal y encarnizada persecución. La de Dios al Hombre. Como la sufrió y gozó Saulo de Tarso. Como la sufre y goza cada uno de nosotros.

 

Diego de Jesús

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La conversión de Saulo

Trocaste la prosa en verso,

la conversión de este alma.

Trocaste de insulto en rezo

Lo que Saulo anhelaba…

No bastó del caballo el peso

para aquel que derribaras,

Bastó la Gracia y con eso

el corazón le cambiabas.

Y a pesar del embeleso

que tu sola Luz le causaba

quisiste hablarle y por eso

Saulo se callaba…

Aquel que perseguidor fuera

en un instante se persignaba

y confesaba con sus labios

 a Aquel que lo salvara….

Trocaste de prosa en verso

lo que a Saulo le faltaba…

Trocaste de insulto en rezo

 lo que Pablo contemplara…

 

Inés de Jesús

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De los bailes y sus consecuencias espirituales (Una reflexión juvenil)

Nos encontramos hoy, tiempos difíciles y engañosos, en el acuciante dilema de la sana diversión y de los entretenimientos puros. Bien sabemos que el cristiano fiel y cabal (no existe otra manera de ser cristiano sin mancillar este dulcísimo nombre heredado de Nuestro Señor) está llamado a tener un corazón noble y puro, fiel y sensato, viril y decidido; sin más, un corazón de caballero. Es aquello de Castellani; el corazón de caballero, el corazón noble  es más aquello que se siente que lo que se dice; “nobles son los que en su conducta han puesto estilo. Son los que no piden libertad sino jerarquía. Son los que se ponen leyes y las cumplen. Son los capaces de obedecer, de refrenarse y de ver […]”. El cristiano, y cuánto más el joven cristiano, está llamado a la radicalidad, no a las medias tintas; a tener un corazón arrojado, entregado enteramente a Jesús. De sobra se sabe la vomitiva promesa que guarda Nuestro Señor para con los tibios, para con los “moderados”. No puede concedérsele una parte a Él y otra a Mamón, una parte a Él y otra a las diversiones paganas e impuras, Él lo quiere todo. Él no murió de agonía serena y muerte dulce sino exangüe, clavado en una cruz y sufriendo vejámenes y dolores por doquier. En este contexto quisiera yo interpelar a los cristianos de nuestro tiempo a permanecer atentos, a ser honestos, a tener una conciencia fina y delicada, a permanecer velando, no sea  que venga el Novio y nos agarre desprevenidos. Mis más puras intenciones van dirigidas a ayudar, desde mi pequeñísimo lugar, a despertarse del sopor generalizado a los cristianos moderados.

Los moderados son aquellos del “si” y el “no”, del “te doy un poco pero no todo”, nada de “sí, sí” y “no, no” ni de darse entero, eso no es sensato, no es prudente. Son aquellos que se escandalizan de las medidas radicales y desprecian a aquellos que las toman esgrimiendo siempre una falsa prudencia, prudencia de la carne de la cual nos advirtió el Apóstol. Aquellos que se dejan engañar por la relatividad de las cosas, por su punto de vista, por lo “prudencial”, son los que no entienden, en fin, la totalidad de la renuncia. Son también aquellos que juegan en la raya de sus conciencias, siempre y cuando las conserven, ya que no pocas veces es tristísimo comprobar que las han pisoteado hasta hacerlas casi inaudibles.

Así como insinuábamos al inicio, nos interesa hoy hablar de las diversiones lícitas a un cristiano actual. De manera especial de la asistencia a boliches y fiestas de similar calaña. Quizás sea un tema un tanto trillado, tal vez un tema en cierta manera superado y hasta podríamos decir subestimado. El hecho es que no es un tema menor cuando de jóvenes se trata y creo que no está demás insistir ya que el público (los jóvenes) siempre se renueva, diría un locutor de radio. Por otra parte hemos notado con creces que lo que parecía aclarado no lo está en absoluto. Sabemos  también que es difícil tratar sobre temas de moral sin caer en excesos o en defectos ya que siempre ha habido deformaciones por doquier, pero esto no es un tratado ni mucho menos; es tan solo un pensamiento, un consejo.

Así es que creo menester decir algo aunque sea escuetamente y valga la buena intención y la ayuda del Espíritu Santo para pararse en el tejado y gritar a viva voz.

Bien conocido por todos los jóvenes de hogaño es la clase de ambiente que uno enfrenta al adentrarse en estas fiestas o “bailes” modernos. Quién no lo sepa por experiencia propia lo sabrá por la ajena o bien por las evidencias que dejan los medios de comunicación y los asistentes  de las mismas. A nadie (que conserve, repito, la conciencia lúcida) puede escapársele el escenario nefasto que se presenta en esos recintos. Si bien algunos de almas inocentes y puras no atinen a imaginar, por su propia naturaleza, las atrocidades allí perpetradas, al menos su intuición y olfato les dirá que allí hay gato encerrado y que no es conveniente acercarse. Pero lo más llamativo es aquellos que conocen bien esos lugares e intentan justificarlos  como lugares lícitos a un católico

Es cierto que la Iglesia siempre ha dado lugar a decisiones prudenciales y que además no existe, y está bien que así sea, un manual o una lista de los lugares a los que no se puede asistir o las cosas que no se pueden hacer. También es cierto que siempre ha existido una sentido común cristiano, una prudencia colectiva (si se me permite el término) que nos dicta el adecuado obrar de un cristiano en cada tiempo. Sentido común que excede a las conciencias y percepciones de cada uno, no porque las omita si no porque la experiencia de los que más saben, de los más sabios y adelantados en la fe, de los más santos han vislumbrado la malicia de ciertas acciones o lugares del siglo y  las han determinado inoportunas para los fieles cristianos. Ya les advertía San Agustín, comentando el salmo 50, a los cristianos de su época acerca de lo pernicioso de tales acciones, en este caso, de asistir al circo romano:

“Supongo que vuestra Caridad ha concurrido hoy en mayor número, no por otra finalidad, sino la de orar por aquellos que están ausentes por un sentimiento contrario y perverso. Y no estoy hablando de paganos ni de judíos, sino de Cristianos; y de éstos ni siquiera de los que son todavía catecúmenos, sino de muchos que ya están bautizados, y son muy afines a vosotros en cuanto al baño bautismal, y no obstante distan mucho de vosotros en el corazón. ¡Cómo pensamos y nos lamentamos de esa gran cantidad de hermanos nuestros que hoy se van a esas puerilidades y locuras engañosas, haciéndose sordos en acudir adonde son llamados! Y lo curioso es que si allí, en el circo, por alguna razón se asustan, inmediatamente se santiguan, y se mantienen en su sitio llevando ese signo en la frente, de donde se apartarían si lo llevasen en su corazón. Debemos implorar la misericordia de Dios, para que les haga entender que estos espectáculos deben ser condenados, les dé la decisión de huir de ellos, y la clemencia para que les sean perdonados”.

A esto me refiero con sentido común cristiano. El santo y los fieles de su época, veían la malicia de estas obras y sentenciaban sin contemplaciones en su contra. Bien afirma un maestro contemporáneo de que nadie sale vivo de un boliche, así crea él no haber cometido ningún pecado mortal.

Ya nos advertía aquel recio pagano, Séneca, que tenía mucho más de cristiano que varios cristianos de ahora:

“¿Qué, pues?, ¿es preciso declarar odio a ciertos lugares? En modo alguno; pero, al igual que un vestido es más apropiado que otro para el hombre sabio y honesto, y, sin aversión por color alguno, él considera que uno en concreto es poco idóneo para quién ha hecho profesión de sobriedad, así existen también parajes que el hombre sabio, o que avanza hacia a la sabiduría, debe rehuir como inadecuados para las buenas costumbres”.

Cuesta, a veces, creer como puede a un cristiano molestarle tanto el que le censuren un lugar de diversión común y lo defienda a capa y espada ya sea enojándose con el que lo reprende o utilizando argumentos pueriles y engañosos para sí mismo; porque a fin de cuentas al que quiere convencer es a sí mismo. Nos sentencia en otra parte Séneca: “¿Por qué nadie confiesa sus vicios? Porque todavía se halla bajo su dominio. Contar el sueño lo hace el que está despierto; asimismo confesar los vicios es indicio de salud.”

Al ser un tema prudencial como hemos querido aclarar, a pesar de las advertencias expuestas más arriba, es preciso dar quizás pautas generales para que el cristiano, viril, actúe aplicando las mismas a su caso particular. Esto lo decimos porque no pocas veces el escenario no se presenta tan claro y distinguible. Creo que hay un consejo elemental y rector, prácticamente suficiente para  saber a qué lugar es lícito asistir. Es aquel en el que han insistido diversos padres espirituales, ancianos, mayores, sabios. A un cristiano hecho y derecho no le es lícito permanecer en un lugar, con la excusa de distensión y divertimento, en dónde no pueda ingresar su ángel de la guarda, el Espíritu Santo (del cuál es templo), su Madre María, en fin, sus padres terrenales. Utilícese el ejemplo que se quiera y discierna el cristiano con rectitud y honestidad si aquel lugar que pisa, en el que se halla, es digno de la presencia de alguna de estas personas. Y ya que muchos moderados nos acusarán de puritanos y exagerados, quedémonos con el último ejemplo. El  lugar al que voy a divertirme, ya sea boliche o fiesta de cualquier índole, ¿es adecuado para mis padres? O dicho de otro modo, ¿me sentiría cómodo y sin ningún pesar de conciencia si mis padres estarían sentados contemplando ese escenario de baile en el que yo me encuentro? Y la última ¿les molestaría a mis padres ver el modo en que se divierten y bailan y demás cosas que suceden en esos bailes? Hagamos el sano ejercicio que propone Tíhamer Toth en El joven y Cristo e imaginemos a Nuestro Señor en las bodas de Caná. Ciertamente los judíos tenían por gran fiesta a las bodas, era un acontecimiento sumamente importante y un gran motivo de alegría. Se invitaba a muchas personas, amigos, vecinos, familiares y allí se pasaban algunos días de mucha diversión con bailes, juegos, chistes y bromas. Nos dice el obispo:

“El Señor fue a visitar a los novios, pero sin turbarlos en su alegría […] es un rasgo digno de notar en el carácter del Señor: siempre fue agradable, atento, amistoso. No se mostraba esquivo con los hombres, participaba de sus legítimas alegrías […]”

Esto quizás es para aquellos que piensan que el hombre cabal, cristiano, que piensa en las cosas eternas, en Dios, en el alma, en la otra vida, es decir, que vive una vida profundamente religiosa, necesariamente tiene que mostrarse siempre serio, pensativo, callado, triste. Sigue el obispo:

“Jesucristo, con su presencia en las bodas de Caná y con el milagro que allí obra, nos ofrece una profunda enseñanza: nos muestra la relación estrecha que tiene su religión con la vida. Quiere que sintamos nosotros, a través de este milagro, su deseo: hacer las cosas más ordinarias de la vida, los actos más insignificantes, con espíritu elevado; saturar todas las manifestaciones de la vida con espíritu de religiosidad. Llevemos a Cristo por todas partes, y entonces cobrará nobleza, se transformará en vino añejo el agua, es decir, la manifestación más insignificante de la vida cotidiana”.

Y por último su sentencia al respecto:

“no creas, pues, que una vida profundamente cristiana te priva de todo gozo; al contrario: si el Señor mora en ti, su presencia te dará unas alegrías tan dulces como nunca pudiste sospechar. En cambio, también has de saber que sólo puedes gozar de aquellas diversiones o pasatiempos en que puedes llevar a Jesús contigo”.

Por último nos resta decir una cosa para poner equilibrio en la balanza. ¿Es malo el baile en sí mismo? En absoluto. No podríamos afirmarlo sin caer en un atropello. Pero el inconveniente no es ese, sino qué tipo de baile y en qué lugar y circunstancias. Nadie dudaría, por ejemplo, en decir que no es conveniente ir a bailar un tango a un burdel, pero muchos serían capaces de levantar una cruzada en defensa de un reggaeton  bailado en cualquier parte. Repetimos, no se trata del baile en sí mismo y muchas veces tampoco se trata del lugar en sí mismo, sino más bien de las circunstancias, las cuales son determinantes. Y aquí vale aclarar; nunca falta en una fiesta que se precia de decente los inadaptados de siempre;  el impúdico, el desubicado, el promiscuo, al que muchas veces es preciso reprender y si es necesario echar. El problema es cuándo en el ambiente priman los desubicados, los inadaptados, los impúdicos, los promiscuos. Es decir, la regla general del lugar es esa: la indecencia. Y aquí ya no vale decir: “yo no me puedo hacer cargo de las actitudes de cada uno, yo solo vengo a bailar y divertirme”, porque con la misma excusa yo me metería a divertirme a un burdel. Y si bien muchos dirán que la comparación no es válida yo les diría que es una situación perfectamente análoga. Porque si bien, es cierto, no es un burdel ya que no todo es semejante, el espíritu que prima en la fiesta es de burdel. Y digo, no me es necesario como cristiano astuto y sagaz interiorizarme en las conciencias de cada uno para corroborar este espíritu impuro e indecente, sólo me basta entrar, echar un vistazo y si mi juicio es recto y mi conciencia no se encuentra estropeada, determinar que ese lugar no me es conveniente ni lícito. ¿Ama y haz lo que quieras decía San Agustín? Ciertamente. Y que bella y honda frase. Solo que el santo suponía un pequeño detalle y no es más que el primer término de esta corta premisa: hay que saber amar…

Ubi caritas gaudet

ibi est festivitas.

Donde el amor se alegra

allí hay fiesta

San Juan Crisóstomo.

 

 

Fernando Silicato

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